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Escribir
Muerte
de una mosca (fragmento)
Marguerite Duras
“Me gustaría contar la historia que conté
por primera vez a Michelle Porte, que había rodado una película
sobre mí. En aquel momento de la historia, me encontraba en lo que
se llamaba la despensa, en la “casita” con la que comunicaba
la casa. Estaba sola. Esperaba a Michelle Porte en la mencionada
despensa. Con frecuencia me quedo así, sola, en esos lugares tranquilos
y vacíos. Mucho rato. Y fue aquel silencio, aquel día, cuando de
repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos
de la vida de una mosca común.
Me quedé en el suelo para no asustarla.
Me quedé quieta.
Estaba sola con ella en toda la extensión
de la casa. Nunca hasta entonces había pensado en las moscas, excepto
para maldecirlas, seguramente. Como usted. Fui educada como usted
en el horror hacia esa calamidad universal, que producía la peste
y el cólera.
Me acerqué para verla morir.
La mosca quería escapar del muro en le
que corría el riesgo de quedar prisionera de la arena y del cemento
que se depositaban en dicha pared debido a la humedad del jardín.
Observé cómo moría una mosca semejante Fue largo. Se debatía contra
la muerte. Duró entre diez y quince minutos y luego se acabó. La
vida debió acabar. Me quedé para seguir mirando. La mosca quedó
contra la pared como la había visto, como pegada a ella.
Me equivocaba: la mosca seguía viva.
Seguí allí mirándola, con la esperanza
de que volviera a esperar; a vivir.
Mi presencia hacía más atroz esa muerte.
Lo sabía y me quedé. Para ver. Ver cómo esa muerte invadiría progresivamente
a la mosca. Y también para intentar ver de dónde surgía esa muerte.
Del exterior, o del espesor de la pared, o del suelo. De qué noche
llegaba, de la tierra o del cielo, de los bosques cercanos, o de
una nada aún innombrable, quizá muy próxima, quizá de mí, que intentaba
seguir los recorridos de la mosca a punto de pasar a la eternidad.
Ya no sé el final. Seguramente la mosca,
al final de sus fuerzas, cayó. Las patas se despegaron de la pared.
Y cayó de la pared. No sé nada más, salvo que me fui de allí. Me
dije: “Te estás volviendo loca”. Y me fui de allí.
Cuando Michelle Porte llegó, le enseñé
el lugar y le dije que una mosca había muerto allí a las tres veinte.
Michelle Porte se rió mucho. Tuvo un ataque de risa. Tenía razón.
Sonreí para zanjar la historia. Pero no: siguió riendo. Y yo, cuando
la cuento ahora, así, de acuerdo con la verdad, con mi verdad, es
lo que acabo de decir, lo que ha ocurrido entre la mosca y yo que
no da risa.
La muerte de una mosca: es la muerte.
Es la muerte en marcha hacia un determinado fin del mundo, que alarga
el instante del sueño postrero. Vemos morir a un perro, vemos morir
a un caballo, y decimos algo, por ejemplo, pobre animal… Pero por
el hecho de que muera una mosca, no decimos nada, no damos constancia,
nada.
Ahora está escrito. Es esa clase de derrape
quizá –no me gusta esa palabra, muy confusa- en el que corremos
el riesgo de incurrir. No es grave, pero es un hecho en sí mismo,
total, de un sentido enorme: de un sentido inaccesible y de una
amplitud sin límites. Pensé en los judíos. Odié a Alemania como
durante los primeros días de la guerra, con todo mi cuerpo, con
todas mis fuerzas. Igual que durante la guerra, a cada alemán por
la calle, pensaba en su muerte a mí debida, por mí ideada, perfeccionada,
en esa dicha colosal de un cuerpo alemán muerto de una muerte a
mí debida.
Está bien que el escribir lleve a esto,
a aquella mosca, agónica, quiero decir: escribir el espanto de escribir.
La hora exacta de la muerte, consignada, la hacía ya inaccesible.
Le daba una importancia de orden general, digamos un lugar concreto
en el mapa general de la vida sobre la tierra.
Esa precisión de la hora en que había
muerto hacía que la mosca hubiera tenido funerales secretos. Veinte
años después de su muerte, ahí está la prueba, aún hablamos de ella.
Nunca había contado la muerte de esa mosca,
su duración, su lentitud, su miedo atroz, su verdad.
La precisión de la hora de la muerte remite
a la coexistencia con el hombre, con los pueblos colonizados, con
la fabulosa masa de desconocidos del mundo, la gente sola, la de
la soledad universal. La vida está en todas partes. Desde la bacteria
al elefante. Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos.
No había organizado nada alrededor de
la muerte de la mosca. Las paredes blancas, lisas, su mortaja, estaban
ya allí y contribuyeron a que su muerte se convirtiera en un acontecimiento
público, natural e inevitable. Era evidente que aquella mosca se
encontraba al final de su vida. No podía resistirme a verla morir.
Ya nos se movía. Eso también contaba, y también saber que no se
puede contar que esa mosca haya existido.
Hace veinte años de eso. Nunca había contado
esa historia como acabo de hacerlo, ni siquiera a Michelle Porte.
Lo que aún sabía –lo que veía- es que la mosca ya sabía
que aquel hielo que la atravesaba era la muerte. Eso era lo más
espantoso. Lo más inesperado. Ella sabía. Y aceptaba.
Una casa sola no existe así como así.
A su alrededor se necesita tiempo, gente, historias, “hitos”, cosas
como el matrimonio o la muerte de aquella mosca, la muerte banal;
la de la unidad y a la vez la del número, la muerte planetaria,
proletaria. La de las guerras, esas montañas de guerras de la Tierra.
Aquel día. El mencionado, el día de la
cita con mi amiga Michelle Porte, a quien sólo yo vi, aquel día
sin hora exacta, murió una mosca.
De repente el momento en que la miraba
eran las tres veinte de la tarde y pico: el rumor de los élitros
cesó.
La mosca había muerto.
Aquella reina. Negra y azul.
Aquella, la que yo había visto, había
muerto. Lentamente. Se había debatido hasta el último estremecimiento.
Y después cedió. Quizás duró entre cinco y ocho minutos. Había sido
largo. Fue un instante de absoluto pavor. Y fue la marcha de la
muerte hacia otros cielos, otros planetas, otros lugares.
Quería huir y al mismo tiempo me decía
que debía mirar hacia aquel ruido en el suelo, para, a pesar de
todo, haber oído, una vez, ese ruido de llamarada de leña húmeda
de la muerte de una mosca común.
Sí. Eso es, esa muerte de la mosca se
convirtió en ese desplazamiento de la literatura. Se escribe sin
saberlo. Se escribe para mirar morir una mosca. Tenemos derecho
a hacerlo.
A Michelle Porte le dio una ataque de
risa cuando dije a qué hora había muerto la mosca. Y ahora pienso
si no sería yo quien contara esa muerte de modo risible. En aquel
momento carecía de medios para expresarlo porque miraba aquella
muerte, la agonía de aquella mosca negra y azul.
La soledad siempre está acompañada por
la locura. Lo sé. La locura no se ve. A veces sólo se la presiente.
No creo que pueda ser de otro modo. Cuando se extrae todo de uno
mismo, todo un libro, forzosamente se está en el particular estado
de cierta soledad que no se puede compartir con nadie. No se puede
compartir nada. Uno debe leer solo el libro que uno ha escrito,
enclaustrado en el libro. Evidentemente eso tiene un aspecto religioso
pero no lo experimenta uno en el acto, puede pensarlo después (como
lo pienso en este momento) con motivo de algo que podría ser la
vida, por ejemplo, o la solución a la vida del libro, de la palabra,
de gritos, de aullidos sordos, silenciosamente terribles de todos
los pueblos del mundo.
Todo escribe a nuestro alrededor, eso
es lo que hay que llegar a percibir; todo escribe, la mosca, la
mosca escribe, en las paredes, la mosca escribió mucho a la luz
de la sala, reflejada por el estanque. La escritura de la mosca
podría llenar una página entera. Entonces sería escritura. Desde
el momento en que podría ser una escritura, ya lo es. Un día, quizás,
a lo largo de los siglos venideros, se leería esa escritura, también
sería descifrada, y traducida. Y la inmensidad de un poema legible
se desplegaría en el cielo.
Pero, pese a todo, en algún lugar del
mundo se escriben libros. Todo el mundo los escribe. Lo creo. Estoy
segura de que así es. Que para Blanchot, por ejemplo, así es. La
locura da vueltas a su alrededor. La locura también es la muerte.
Para Bataille, no.
¿Por qué estaba Bataille fuera del alcance
del pensamiento libre, loco? No sabría decirlo.
Quisiera seguir hablando un poco más acerca
de la historia de la mosca.
Aún la veo, a la mosca, a aquella mosca,
en la pared blanca, aún la veo morir. Primero a la luz solar, y
luego a la luz reflejada y oscura del suelo enlosado.
También se puede no escribir, olvidad
a una mosca. Sólo mirarla. Ver cómo se debatía a su vez, de un modo
terrible y contabilizado en un cielo desconocido y de nada.
Ya está, eso es todo.
Extraído del libro: “Escribir”
de Marguerite Duras, 1994. Tusquets Editores, 2006.
Selección: Marcela Depiera
Con-versiones,
Octubre 2006
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