EDIPO (Oedipus)
Pierre Grimal

Edipo es el protagonista de una de las leyendas más célebres de la literatura griega,
después del ciclo troyano. No poseemos los poemas épicos
a los que esta leyenda dio origen, pero sabemos que existieron.
Las aventuras de Edipo viven entre nosotros sobre todo por
las formas trágicas.
Edipo
pertenece a la raza de Cadmo. Su bisabuelo, Polidoro,
es hijo de Cadmo. Tiene por abuelo a Lábdaco, hijo
de Polidoro y Nicteis, quien, a su vez, desciende, por su
padre, Nicteo, de Ctonio, uno de los Espartoi, los
hombres nacidos de los dientes del dragón . Su padre
es Layo, hijo de Lábdaco. Todos los antepasados de
Edipo reinaron en Tebas, si bien con algunas interrupciones,
según la forma más conocida de la tradición, cuando la minoría
de edad de Layo.
La madre
de Edipo representa un importantísimo papel en la leyenda.
Su nombre se da en formas muy distintas: en la Odisea se
llama Epicaste; en los trágicos, Yocasta.
Suele vincularse a Penteo y, por él, a Equión,
uno de los Espartoi. Su padre es Meneceo,
y su abuelo, Oclaso. En la versión
épica del ciclo de Edipo, la madre del héroe
se llamaba Eurigania, o bien Eurianasa, y
era hija de Hiperfante, o tal vez de Perifante (el lapita),
o bien de Teutrante. Otra variante le da el nombre de Astimedusa,
y hace de ella una hija de Esténelo. Esta variante tiene
por objeto vincular a Edipo, por su madre, con el ciclo
heracleo.
Además
de estas diversas tradiciones concernientes a la madre de
Edipo, existen otras que las mezclan, utilizándolas arbitrariamente
para resolver contradicciones que aparecen en el seno de
la propia leyenda o entre sus diversas versiones.
Al
nacer, pesó ya sobre Edipo una maldición. En la tradición
representada por Sófocles, se trata de un oráculo
que habría declarado que el niño nacido de Yocasta «mataría
a su padre». En cambio, según Esquilo y Eurípides,
el oráculo habría sido anterior a la concepción, para prohibir
a Layo que engendrase un hijo, vaticinándole que si tenía
uno, este hijo no sólo lo matarla, sino que sería el causante
de una espantosa serie de desgracias que hundirían su casa.
Layo prescindió del aviso y engendró a Edipo. Más tarde
fue castigado por ello.
Para
impedir que se cumpliese el oráculo, Layo expuso
a su hijo recién nacido. Le había perforado los tobillos
para atarlos con una correa y la hinchazón producida por
esta herida valió al niño el nombre de Edipo, que significa «pie hinchado». Existen dos versiones
distintas de este episodio: ora se cuenta que el recién
nacido fue metido en una canasta y arrojado al mar, ora
que fue abandonado en el monte Citerón, cerca de Tebas.
En la primera versión, el lugar en que fue expuesto se ubica
en la costa septentrional del Peloponeso, ya en Sición,
ya en Corinto. Allí lo encontró la reina Peribea,
esposa del rey Pólibo, que lo recogió y lo crió.
En la otra versión se contaba que el niño había sido expuesto
en una vasija, en pleno invierno. Lo recogieron unos pastores
corintios que se encontraban en la comarca con sus rebaños,
y como sabían que su rey no tenía hijos y deseaba uno, se
lo ofrecieron. En la versión seguida por Sófocles,
el criado del rey Layo, encargado por su amo de exponer
al niño, lo entregó a los pastores extranjeros. Sea de ello
lo que fuere, todas las versiones coinciden en el nombre
del padre putativo de Edipo: es siempre Pólibo, pese
a que unas veces es considerado como rey de Corinto; otras,
de Sición o Antedón, y otras, de Platea.
Edipo pasó toda su infancia y adolescencia
en la corte de Pólibo, de quien creía sinceramente
ser hijo. Pero, llegado a la edad viril, abandonó a sus
padres adoptivos, por un motivo que varía según los autores.
La versión más antigua parece ser la siguiente: Edipo
habría partido en busca de unos caballos robados, y de este
modo habría encontrado, sin saberlo, a su verdadero padre,
Layo. Posteriormente, los trágicos introdujeron móviles
de menor simplicidad psicológica. Con ocasión de una riña,
un corintio, para insultar a Edipo, le había revelado que
no era hijo del rey, sino un niño recogido. Edipo
había interrogado a Pólibo, quien, con muchas reticencias,
acabó confesándole que era verdad. Entonces Edipo
partió para Delfos, con objeto de consultar al oráculo y
saber quiénes eran sus verdaderos padres.
Sea
lo que fuere, en el curso de este viaje Edipo se
encontró con Layo. El lugar del encuentro difiere
según los autores: ora se sitúa en Lafistión, en el camino
de Orcómeno, adonde se dirigía el joven en busca de los
caballos, ora en la encrucijada de Potnias, o bien en Fócide,
en el sitio que hoy se llama « encrucijada de Megas », punto
de confluencia de las rutas procedentes de Dáulide y Tebas
para formar la que conduce a Delfos, siguiendo el valle.
El camino se estrecha allí entre peñas, dejando escaso sitio.
Cuando el heraldo de Layo, Polifontes (o Polipetes), tras
de ordenar a Edipo que cediese paso al rey, mató
uno de sus caballos al no ver obedecida su orden con presteza,
Edipo, encolerizado, dio muerte a Polifontes y a
Layo, con lo cual quedó cumplido el oráculo. En esta última
versión, Edipo regresaba de Delfos, donde el oráculo
le había vaticinado que mataría a su padre y casaría con
su madre. Lleno de terror, y creyendo firmemente que era
hijo de Pólibo, había resuelto desterrarse voluntariamente;
por eso se encontraba en la ruta de Tebas cuando Layo,
al mandar insultarlo -o, según otros, al insultarlo personalmente-
se atrajo su ira.
Al llegar
a Tebas, Edipo se encontró con la Esfinge.
Era un monstruo mitad león y mitad mujer, que planteaba
enigmas a los viajeros y devoraba a los que no sabían resolverlos.
Generalmente preguntaba: «¿Cuál es el ser que anda ora
con dos, ora con tres, ora con cuatro patas y que, contrariamente
a la ley general, es más débil cuantas más patas tiene?».
Había también otro enigma: «Son dos hermanas,
una de las cuales engendra a la otra y, a su vez, es engendrada
por la primera». La respuesta al primer acertijo es:
«El hombre» - porque camina, cuando niño, a cuatro patas,
luego con las dos piernas y, finalmente, se apoya en un
bastón. La respuesta al segundo es: «El día y la noche»
(el nombre del día es femenino, en griego; es, pues, la
« hermana » de la noche). Pero ningún tebano había sabido
resolver nunca estos enigmas, y la Esfinge los devoraba
uno tras otro. Edipo vio en seguida las respuestas,
y el monstruo, despechado, se precipitó desde lo alto de
la roca en que se posaba; o bien fue Edipo quien lo arrojó
al abismo. Una versión quizá más antigua presentaba la leyenda
del siguiente modo: todos los días se reunían los tebanos
en la plaza de la ciudad para tratar de resolver en común
el acertijo, pero jamás lo conseguían. Y cada día, al término
de la reunión, la Esfinge devoraba a uno de los habitantes.
Según ciertos mitógrafos, incluso devoró al joven Hemón,
hijo de Creonte.
Al
matar a la Esfinge y librar del monstruo a los tebanos,
Edipo se ganó el favor de toda la ciudad. Para demostrar
su agradecimiento, los habitantes de Tebas le dieron en
matrimonio la viuda de Layo y lo elevaron al trono. Otras
veces se admite que Creonte, hermano de Yocasta, se había
hecho cargo del poder, en calidad de regente, a la muerte
de Layo, y que espontáneamente lo transfirió a Edipo
en recompensa por haber vengado la muerte de su hijo.
Sin
embargo, pronto va a descubrirse el secreto del nacimiento
de Edipo. En un determinado estado de la leyenda, las cicatrices
de sus tobillos revelan su identidad a Yocasta. Esta
versión ha sido modificada por Sófocles, quien ha
construido su tragedia Edipo Rey a base del
reconocimiento de Edipo. Una peste
está asolando la ciudad de Tebas, y Edipo envía a
Creonte a Delfos para interrogar al oráculo sobre la causa
de esta plaga. Creonte vuelve con la respuesta de la Pitia:
la peste no cesará
en tanto no se haya vengado la muerte de Layo. Entonces
Edipo fulmina contra el autor del crimen una maldición,
que acabará cayendo sobre su propia cabeza. Interroga al
adivino Tiresias, para averiguar quién es el culpable.
Tiresias que, por su condición, conoce todo el drama,
trata de esquivar la respuesta, con lo cual el rey imagina
que él y Creonte son los autores del homicidio, produciéndose
un altercado entre Edipo y Creonte. Interviene Yocasta
y, deseosa de reconciliarlos, pone en duda la clarividencia
de Tiresias. Presenta de ello una prueba: el vaticinio pronunciado
en otro tiempo respecto al hijo habido con Layo, hijo que
éste había expuesto por temor a que le matase. Y, sin embargo
-sigue Yocasta -, Layo está muerto; murió en una encrucijada,
a manos de unos bandidos. Al oír mencionar una «encrucijada», Edipo manda que se la describan,
así como el carruaje que montaba el rey. Manda también que
le precisen el lugar del crimen, y no tarda en ser presa
de una terrible duda: ¿No será él el culpable? Ordena que
le traigan del campo a uno de los criados que acompañaban
a Layo y que había sido testigo de su muerte, y este criado
resulta ser precisamente el pastor que, por orden de Layo,
abandonó a Edipo niño en el bosque. En esto llega de Corinto
un mensajero para comunicar a Edipo el fallecimiento
de Pólibo y rogarle que vuelva con él a la ciudad
para ocupar su trono. Edipo y Yocasta creen que la amenaza
del oráculo ha desaparecido, ya que Pólibo ha fallecido
de muerte natural. Pero queda la segunda parte de la amenaza
divina: ¿No corre el riesgo, Edipo, de cometer incesto con
la esposa de Pólibo? Para tranquilizarlo, el emisario corintio
le dice que es un niño expósito, y que Pólibo no era su
padre. De este modo se cierra la red en torno a Edipo, el
cual ha de rendirse a la evidencia. El relato acerca de
cómo fue encontrado el niño no deja ya duda a Yocasta:
su propio hijo ha dado muerte a su padre y ella ha cometido
incesto con él. Se precipita al interior del palacio y se
suicida. Edipo se perfora los ojos con el prendedor
de Yocasta.
Esta versión,
inmortalizada por Sófocles, ha sido modificada por
Eurípides en una obra perdida que atribuye a Creonte
un papel de mayor importancia. Éste trama una conjura contra
Edipo, al que considera como un usurpador. Componiéndoselas
para convencerlo de la muerte de Layo, lo manda cegar. Luego
Peribea, esposa de Pólibo se presenta para comunicar
el fallecimiento de su marido, y por el modo corno refiere
el hallazgo de Edipo niño en el Citerón, Yocasta
comprende que su segundo esposo es su hijo y se suicida,
como en la versión anterior.
En
la versión épica
de la leyenda de Edipo, la muerte de Yocasta no interrumpe
el reinado de Edipo; éste sigue en el trono hasta que muere
en una guerra contra sus vecinos (Ergino y los minias).
Pero
en los trágicos, Edipo, víctima de la imprecación
que él mismo había pronunciado contra el matador de Layo
antes de saber quién era, es desterrado de la ciudad y comienza
una existencia errante. Lo acompaña su hija Antígona, pues
sus dos hijos se han negado a intervenir en su favor, y
por esta razón él los ha maldecido. Tras largo y penoso
deambular, Edipo llegó al Ática, a la población de
Colono, donde muere. Habiendo declarado un oráculo que el país en el que radicara la tumba
de Edipo tendría la bendición de los dioses, Creonte y Polinices
trataron de persuadirle, estando ya moribundo, de
que volviese a Tebas. Pero Edipo, a quien Teseo
había recibido hospitalariamente, se negó y quiso que
sus cenizas permaneciesen en el Atica.
Referencias
a Edipo en los textos clásicos y en trabajos de actualidad:
Od., XI, 271 s.; y escol. al v. 271; II., XXIII,
676 s.; HEROD., V, 59; PIND., ól., II, 42
s.; PAUS., I, 28, 7; 30, 4; II, 20, 5; 36, 8; IV,
3, 4; 8, 8; V, 19, 6; IX, 2, 4; 5, 10 s.; 9, 5; 18, 3 s.;
25, 2; 26, 2; 4; X, 5, 3 s.; 17, 4; ESQ., Siete,
745 s.; SOF., Ed. Rey, passim, y los escol.;
Ed. en CoL, passim, y los escol., EUR., Fen.,
7 s.; 940 s.; escol. a los vv. 13; 26; 28; 50, 53;
61; 1760, etc.; HIG., Fab., 66; 67; escol. a
ESTAC., Teb., 1, 61; ATEN., X, 456 b; ESTRAB., VIII,
380; DIOD. SIC., IV, 64 s.; APD., Bibl., III,
5, 7 s; J. MAL., Chron., 11, 50; M. DELCOURT,
Oedipe ou la légende du Conquérant, Lieja, 1944,
cf. C. ROBERT, Oidipus... 2 vols., Berlín, 1915; L. W. DALY, art. Oedipus R. E. (1940); [DIRLMEIER, Der Mythus von
König Odipus. Maguncia, 1948]; W. POFTSCHER, Die
Oidipous Gestalt, Eranos LXXI, 1973, págs. 12-44; C. ASTIER, Le mythe d'Oedipe, París, 1974.
Texto extraído del "Diccionario de Mitología
griega y romana", Pierre Grimal, págs. 146/149, editorial
Paidós, Barcelona, España, 1981.
Edición original: Presses Universitaires de France,
París, 1951.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones septiembre
2006