El pecado original de América
Héctor A. Murena
Observaciones para la segunda edición.
Febrero de 1965
Varios lustros han pasado desde que las metáforas, razones
u obsesiones -llámeselas como se desee- contenidas en estas
páginas empezaron a perseguirme. Más de dos, desde que aparecieron
en forma de libro. Y sin embargo este libro no deja de perturbarme.
El fenómeno me parece explicable cuando pienso que, después
de todo, el libro trata de la particular situación histórica
y geográfica que me fue dada -junto con muchos otros- para librar
esa ambigua batalla que se conoce como vida o destino. Y más
claro me resulta todo si considero que, por ser americano de
primera generación, el estupor inicial de abrir los ojos ante
un panorama ajeno a mi sangre no deja de repetirse día tras
día. América es una presencia en mí en la medida en que soy
americano, pero acaso aun más en la medida en que no lo soy.
Una de las perplejidades de tipo agudo se me produjo en
ocasión de mi primer viaje a Europa. Desde el momento mismo
en que pisé tierra europea me había asaltado el recuerdo de
este libro. ¿Qué sentido tenía? Recordaba mi insistir en la
diferencia total de América y, a medida que veía ciudades y
gentes, me invadía la desazón, más: la vergüenza. Me encontraba
entonces frente al principal de los términos de comparación
que me habían servido para fijar y reclamar esa diferencia de
América, una diferencia casi totalmente potencial, pero que
debía hallar un día su expresión formal. ¿Y qué era esa diferencia,
en términos rigurosos? ¿Se trataba de una diferencia o de una
inferioridad? ¿No sería quizás una diferencia por la inferioridad?
Estas y otras preguntas, peores, me seguían, articuladas a veces
o si no pesadamente confusas. La turbación alcanzó su punto
máximo en Florencia. Una tarde, sentado en la Plaza de la Signoria,
aplastado por el espíritu del lugar, mi mundo cedió. Ante lo
que estaba contemplando ¿qué significaba esa diferencia, que
ya sonaba con tono ridículo? ¿No era acaso la plenitud de lo
humano –en su sabida o no reverencia a los poderes divinos–
la meta de todo hombre? Y esa plenitud ¿no se hallaba ante mis
ojos lograda en forma insuperable? Esa plaza, como símbolo de
un mundo en el que lo humano había encontrado ocasión para cumplirse
en forma absoluta y en todas sus variadas capacidades ¿no era
un mandato para que callase lo caótico, informe y quizás también
frustrado? Insistir en la diferencia, en que debíamos ser diferentes,
¿no era apartarse de la meta misma de lo humano? Fue de semejante
nadir de donde salió la respuesta a esa perplejidad que sin
duda yacía en mí desde mucho antes del viaje. Y la respuesta
decía que América buscaba también la plenitud de lo humano,
pero que para cumplirla mediante sí debía en un primer paso
apartarse de lo ya cumplido por otros. Debía descender al fondo
de sí con movimientos que significaban en principio una negación
de lo occidental. Y no sólo de lo occidental, sino de todas
las formas en que se hubiese plasmado la plenitud. América debía
descender a lo informe, a sus zonas abismales: únicamente cuando
pareciera hallarse en pleno extravío se encontraría cerca de
su camino. Porque aunque lo que los americanos buscábamos fuera
igual que lo que ya habían logrado otros, debíamos buscarlo
a través de la diferencia. Sólo separándonos de los demás llegaríamos
a donde los demás estaban. Tal paradoja, que rige en toda vida
creadora, se aplicaba con entero rigor al caso de América. Aunque
necesitase de todos los ejemplos, no podía permitirse la adopción
de nada que no hubiese creado por sí. Resultaba innecesario
aclarar que no había en ello ninguna cuestión de vanidad o soberbia:
se trataba de una cuestión de vida o muerte. Porque ninguno
nada mediante los movimientos de otro y quien supone que lo
hace está en realidad cumpliendo
los espasmos de la agonía en el fondo del mar. En la medida
en que América imitara, las criaturas que la habitasen estarían
condenadas a llevar una existencia mortecina. Eso era lo que
el espíritu de este libro había querido señalar en su búsqueda
de la diferencia americana. Y el hecho de que la asunción de
la propia existencia estuviese en el caso de América condicionada
a un rechazo consciente y voluntario, a un rechazo de características
monstruosas –en lugar de producirse en forma espontánea, como
hubiese ocurrido en caso de que el nacimiento “oficial” del
continente hubiera acaecido en un lapso históricamente menos
saturado, menos poseído–, esa necesidad de insistir en lo diferente,
era ya un claro índice del carácter pecaminoso que graba la
existencia americana.
Pero ¿no
era ese particular punto de vista una mera consecuencia de que
su autor perteneciese por nacimiento a la Argentina, la zona
más “europea” de América? ¿No era esa voluntad de diferenciarse
una manifestación invertida del mismo impulso que había llevado
por lo común a esa zona a identificarse con lo europeo? Y, en
consecuencia, ¿no se trataba el de este libro de un punto de
vista discutible acaso en su aplicación a la Argentina, pero
del todo arbitrario si se pretendía extender su validez al resto
de América? Esta objeción me fue formulada no una sino muchas
veces. Reconozco que también esta observación hizo nacer interrogantes
en mí. Se me decía que yo no contaba con un conocimiento general
de América como para forjar una hipótesis sobre ella, y se subrayaba
la circunstancia de que la mayor parte de los ejemplos y casos
a los que me refería en mi texto eran argentinos. Y era así:
mi conocimiento físico de América en la época de escribir este
libro se hallaba limitado a muy pocos países y, en efecto, la
realidad concreta en que me había basado era principalmente
la argentina. Yo no dejaba de estar convencido de que, por ser
mi país parte de América, en el supuesto de que hubiera logrado
una visión válida para él, tal visión, superando la superficial
capa de los detalles, debía encerrar elementos válidos para
la totalidad de América. Pero los términos materiales de las
objeciones que se me formulaban seguían en pie. Y yo, a pesar
de no perder la persuasión, razonablemente dudaba.
Tales objeciones
afirmaban implícita o explícitamente que la Argentina era distinta
del resto de América. Las razones por las que se afirmaba esto
eran en determinados casos las que en este país había predominado
siempre un estilo de vida europeo en todos los sentidos, desde
la arquitectura hasta la vestimenta, la comida, etc., y que
tal estilo se veía confirmado y sostenido por un relativo orden
político y un crecimiento en la riqueza, también excepcionales
en América Latina.
Sin embargo,
la razón que con más frecuencia se esgrimía para hacer de la
Argentina un caso aparte era la de que no había aquí una proporción
significativa de indios o negros, no había mestizaje. Estilo
europeo y carencia de mestizaje: las dos características señaladas
eran en apariencia ciertas, incluso habían servido durante largo
tiempo para alimentar la jactancia de los argentinos. Pero sólo
en apariencia eran ciertas. Pues sin duda se habían construido
en estas latitudes ciudades de aspecto europeo, en las que habitaban
gentes de modales europeos, pero, tanto las ciudades como las
gentes se apoyaban sobre la inestable arena americana, cuyos
fantasmas trabajaban permanentemente esas estructuras y las
almas de sus constructores les infundían la inestabilidad del
suelo. Así se produjo el colapso argentino, que es un enigma
sólo para los que creyeron en la apariencia europea del país.
En unas décadas, sucesión impresionante de golpes de estado,
caos, miseria incipiente: prueba de la índole americana de la
Argentina, que se hace patente en sus negatividades por la soberbia
de una comunidad que se empeñó en creer en las apariencias,
que desatendió así los riesgos de su situación original. Y entre
tales apariencias debe incluirse la piel. Porque el mestizaje
americano –que en algunos países asume la forma racial– es de
orden mental, espiritual. Ese mestizaje surge del enfrentamiento
de las criaturas con un ambiente histórico extraño al que les
era habitual.
Afecta
tanto a los indígenas como a los recién llegados de Europa,
o Asia: es indiferente el color de la piel, la raza. Por esa
razón, por ser el mestizaje americano de orden mental, los problemas
americanos suelen darse en la Argentina mucho antes que en los
otros países de América, y a veces hasta con mayor intensidad.
Presumiblemente, el estar forzado a utilizar elementos argentinos
para sustentar mi tesis americana me había ahorrado la perspectiva
de confundirme con aspectos fortuitos, transitorios, de los
problemas, para darme la posibilidad de considerarlos en sus
manifestaciones centrales.
Por lo
demás, con el tiempo pude conocer, uno por uno, a la gran mayoría
de los países americanos. Me encontré con que, en efecto, se
daban en tales países las características diversas de las argentinas
sobre las que me habían hablado, y sobre las que había leído.
Características
sociales: falta, en general, de clase media, predominio de grandes
masas indígenas, mestizas o negras en varios países, mayor colorido
y gracia en las costumbres, hambre y analfabetismo en grado
extremo en ciertos casos, convivencia de varias lenguas en una
misma comunidad, etc. Esto en cuanto a la superficie social.
Pero ocurre que mi libro no encerraba preocupaciones de orden
social más que en forma secundaria. Mi libro buscaba apuntar
a las razones metafísicas que yacen tras de la superficie social
y que determinan a ésta.
Y tales
causas metafísicas, por denominarlas así en la forma más precisa,
tenían tanta vigencia en los restantes países como la tenían
en el mío. La principal de esas causas metafísicas –tras la
cual, como lo insinuaba claramente el título de este libro,
yace un misterio, o sea una pulsación religiosa– consiste en
que en todos los pueblos americanos se ha producido una fractura
histórica sin precedentes, una fractura a partir de la cual
la historia en el sentido tradicional de continuidad –no de
mera sucesión de hechos– parece no haber recomenzado más. Así,
los viajes me sirvieron para confirmar en cierta medida mi antigua
sospecha respecto a la inutilidad de los viajes. Pues pude observar
que la ruptura histórica que no cesaba de latir perturbadoramente
–más o menos oculta, nunca desaparecida, como el origen que
era– en el conglomerado argentino que formaban emigrantes que
llegaron a América abandonando su pasado europeo, esa misma
ruptura afectaba a los pueblos con alta proporción de indígenas
precolombinos –aztecas, incas, etc.–, cuyo pasado había sido
herido en forma radical por la irrupción de los conquistadores
europeos. Y este fenómeno que constituye el máximo común denominador
de los países americanos carece de precedentes. Pues, si bien
en lo que respecta a los indígenas americanos, existen en la
historia mundial muchos ejemplos similares de pueblos cuya forma
de vida fue sustituida de un día para otro por la de los conquistadores
extranjeros de los que habían sido víctimas, es preciso sin
embargo subrayar el carácter único de la emigración a América.
Las migraciones en Europa, Asia y África fueron cumplidas por
pueblos que en el momento de la marcha mantuvieron sus jefes,
su religión, su ganado, su lengua: todas sus posesiones materiales
y espirituales. Por el contrario, el hombre que vino a América
lo hizo abandonándolo todo: dejando en la mayoría de los casos
no sólo la propia comunidad y los propios dioses, sino también
la familia y la lengua. A ello debe añadirse el hecho de que,
por provenir en general de las regiones europeas más míseras,
estos seres pasaron en un día de pueblos cuya vida se había
detenido en el siglo XI o XII a ciudades cuyo aspecto por lo
menos era típico del siglo XIX. El resultado fue que venir a
América consistió en la insólita experiencia de pasar en realidad
de un planeta a otro.
De semejante
trauma –el primer epifenómeno del misterio de que nos haya tocado
nacer aquí– no nos hemos recuperado. A partir de este trauma
el americano se ha encerrado en sí, desnudo a pesar de todos
los títulos, poderes y riquezas con los que pretende cubrirse,
en guardia contra el ámbito extraño que componen según los casos
los extranjeros o los nativos: así, no se ha logrado formar
comunidades, sino sólo conglomerados, bancos coralíferos de
hombres. En estos conglomerados de criaturas sin nada espiritual
en común, la inseguridad profunda, la conciencia anormalmente
aguda de la precariedad, son corrosivos que suscitan todo un
sistema ético negativo –visible o pronto a aflorar en cualquier
momento– cuyos atributos son la avidez desmesurada, la ostentación,
las diferencias sociales vertiginosas, el falso refinamiento,
la barbarie, el abuso, la ironía, la pasividad, la desconfianza,
etc. Quiero anotar aquí que estos epifenómenos de segundo grado
de las causas metafísicas fundamentales, si por una parte constituyen
síntomas del agudo problema de ser que experimenta América,
por otra inducen a buscar soluciones en ese mismo nivel superficial.
Se trata de una conocida hipnosis que produce todo mal, mediante
la cual impulsa a buscar remedio en lo que es aun peor. Dictaduras
de cualquier tendencia, crispaciones nacionalistas o ilusiones
internacionalistas, indigenismos, neutralismos o europeísmos
son los intentos curativos de índole política o ideológica que
se inspiran en ese plano de males periféricos. Por supuesto,
como nacen de la percepción de aspectos secundarios de la cuestión
americana, tales intentos no sólo no pueden ofrecer ningún paliativo
verdadero a esa cuestión central, sino que además contribuyen
a aumentar el desorden y obran como agudos tóxicos que, aunque
distraigan por un tiempo a las criaturas, a la larga no tardan
en revelarse como derroche de preciosas energías. Pero esos
falsos remedios implican “filosofías” o concepciones adversas
al espíritu de este libro –al que reputan de inepto porque no
ofrece soluciones inmediatas, como si tal cosa fuera concebible
en el orden del espíritu– y puesto que en muchas circunstancias
sus representantes me formularon públicamente esa aversión,
también hicieron que volviese a reflexionar sobre mis puntos
de vista.
Contemporáneamente
se ha producido un fenómeno para el que América, por sus negatividades,
no estaba más que demasiado preparada. Se trata del auge de
la interpretación de la realidad por medio de la llamada sociología.
No es este el lugar para poner en claro la completa ilusión
–o desesperanza– que encierra ese supuesto sistema de conocimiento
que se titula científico porque se fundamenta en cifras estadísticas.
Me limitaré a señalar que no se puede obtener ningún conocimiento
de los hechos humanos mediante sistemas cuantitativos, puesto
que lo humano es fundamentalmente cualitativo, y sólo se deja
aprehender como cantidad en su aspecto petrificado, muerto,
inhumano, de evento que no se repetirá. Y añadiré que, aun en
el caso de que lo antedicho no fuese así, el supuesto de la
sociología de ser neutral, científica, de dejar hablar a los
hechos en bruto, a las cifras desnudas, es un despropósito o
una quimera, puesto que no sólo tal neutralidad es imposible
–porque ningún hecho existe sin el parcial registro humano y
porque el hombre no puede eludir la parcialidad de su registro–,
sino que además no se puede iniciar la recolección de las cifras
sin una hipótesis previa que ordene tal recolección, con lo
cual las cifras son amoldadas a la hipótesis, para constituir
el todo una mera conjetura vergonzante. Pero el caso es que
este procedimiento llamado sociología se ha adueñado del mundo
intelectual americano con la pujanza de quien poseyese llaves
del abismo. ¿Y qué nos da? Nos da de nuestros países cuadros
de carácter estadístico en los que se exponen unos problemas
demográficos, económicos, políticos, etc., según los cuales
tales países son comparables e intercambiables con muchos otros
del mundo. La sociología nos arrastra así hacia el anonimato
existencial. Por lo demás, como las causas de nuestros malestares
y graves problemas son consecuencia de nuestra dificultad de
ser, la sociología jamás podrá contribuir a su solución real.
Pero lo más grave es que, insegura por su usurpación y envidiosa
del saber cuyo puesto usurpó, la sociología fulmina con aire
absoluto, calificándolo de fantasioso, todo intento de conocimiento
que no se someta a sus cánones pretendidamente exactos. Esta
condena, que llama al menor esfuerzo, a no pensar, al encumbramiento
de la mediocridad, aparte del daño que así causa, veda el camino
a la reflexión seria sobre nuestro destino, desalienta respecto
a ella y, con su supuesta superioridad, consolida el ambiente
espiritualmente más negativo que se haya conocido desde hace
largo tiempo.
En tal ámbito, en el que las negatividades dominantes crecen
día a día y están lejos de haber alcanzado su cenit, una nueva
edición de este libro parece poco oportuna. No lo ignoro. Pero
lo cierto es que este libro nunca fue oportuno, ni siquiera
en el momento en que apareció por primera vez, a pesar de que
las circunstancias eran entonces diversas.
Esto me
asegura una cierta libertad. Y hago uso de ella como expresión
de la esperanza de que el anonimato no prevalecerá. Creo que
no prevalecerá a la larga porque la creciente gravedad de los
problemas reclamará al fin una apreciación nueva de las fuentes
de éstos. Y creo que ni siquiera en su cenit prevalecerá totalmente:
siempre quedarán algunas almas que no se dejen cegar. Semejantes
almas querrán reflexionar sobre nuestro origen, único camino
para buscar una salud no engañosa: este libro es una palabra,
equivocada o no, sobre el origen.
Selección: V.G.
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