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MÉXICO, ahorita empiezo a entender

por Isabel Permuy


MISTERIOS MAYAS

Sí, ahorita nomás.
Empiezo a entender cuántas preguntas encierra la oscura selva de Chiapas, cuántas respuestas fueron buscadas en la sombra de la serpiente emplumada que sólo desciende la majestuosa escalera norte, para su cita puntual del 21 de Marzo, día del equinoccio de primavera.
¿De dónde venían?
¿A dónde se fueron con todos sus conocimientos luego de abandonar Palenque, Uxmal y Chichén Itzá?
¿Por qué los ojos del jaguar sagrado construido en piedra de una sola pieza de Chichén Itzá son de jade chino mientras que las incrustaciones del cuerpo son de jade local?
Estos son algunos de los interrogantes que nacen después de que un visitante del siglo XXI deja que el sol mexicano derrita su omnipotencia.

Que no vuelva la sociedad de consumo a fagocitarme.
Que no se cierre la brecha que el misterio Maya abrió en mi conciencia.
Que no regrese a viejos paradigmas olvidando quién soy y qué lugar ocupo en el Universo infinito.
¡Ah, hermanos desconocidos!
Mucha sabiduría han intentado transmitirnos y legarnos y poca importancia les damos, ocupados en la vorágine postmoderna!.
Napoleón, en Egipto, arengó a la tropa con su famosa frase: "Soldados, desde lo alto de estas Pirámides 40 siglos de Historia os contemplan". A falta de tropa que arengar yo me señalo a mí misma estas magníficas y esplendorosas muestras de una inteligencia desarrollada y abierta a superiores verdades que las que uno podría suponer en pueblos que existieron hace 2000 años.
Mucho que aprender y respetar de nuestra parte ante esos seres que no se resignaron a plantar maíz y comérselo.
Que edificaron monumentos asombrosos (frente a los que uno siente que las piernas tiemblan)  sólo para rendir culto a todo lo misterioso que los superaba, estando como estaban expuestos a la Naturaleza arbitraria y poderosa.

Seres que no se conformaron con oblaciones y ritos (a veces, es cierto, de terrible brutalidad como los sacrificios humanos y que hoy nos resultan absolutamente inaceptables) sino que quisieron ofrecer, y se esmeraron en ello, obras de altísimo nivel estético, de una prolijidad y un detalle y una paciencia que nos dejan mudos. ¿Se habrán imaginado al construirlas que algunos de nosotros, en el año 2005, las miraríamos? ¿Nos pensaron al pensarlas?.
No tuvieron obstáculos para ver la Naturaleza que los rodeaba y por eso pudieron sentirse sobrecogidos, tal vez de temor, pero también atrapados en la inspiración como sólo lo logra la integración del ser con el mundo que lo rodea, el ser que no se siente más que nada ni nadie pero al mismo tiempo sabe que nada ni nadie puede ocupar el lugar que a él le pertenece.

SANGRE EN CHICHÉN ITZÁ

El nombre de esta ciudad significa "La boca del pozo del brujo del agua". El agua, esencial para la vida,era de importancia fundamental en este lugar sin ríos y por eso hacían ofrendas al dios Chaac o "señor de la lluvia". En Yucatán existen los llamados cenotes que son ríos subterráneos, depósitos naturales donde se filtra el agua de las lluvias. En la región se registraron 1300 cenotes de entre 20 y 100 m de profundidad. Algunos eran de uso para la población y otros eran reservados a los rituales en cuyo caso el agua no era utilizada para consumo.
Los mayas no fueron originalmente brutales ni sanguinarios y no hacían sacrificios humanos sino de animales y alimentos. Fue la influencia tolteca la que hizo que sumaran a sus ritos la ofrenda de corazones vivos de víctimas escogidas. Los cuerpos, una vez arrancado el corazón, eran arrojados al cenote sagrado. Es muy peligroso arriesgarse a nadar allí. En él buzos valientes han encontrado esqueletos de adultos y niños; otros tantos valientes desaparecieron en esta aventura.
No se puede evitar sentir un escalofrio al ver el descomunal juego de pelota donde el capitán del equipo perdedor aceptaba su condición de víctima y era decapitado. Allí, en medio de ese silencio de resonancias cósmicas, resulta fácil ver con la imaginación a los atletas que se jugaban la vida tocando a la pelota con su cadera, con sus hombros, cabeza o rodillas, pero nunca con manos o pies. El aro por donde debía pasar el balón está a una altura que hace del rito una eximia prueba de habilidad y destreza. Las altas jerarquías, gobernantes y sacerdotes se instalaban enfrentados y separados por el extenso espacio  donde se desarrollaba el juego ritual. La acústica es tan perfecta que estos personajes podían escucharse hablar desde un extremo a otro del larguísimo campo de juego.

EL ETERNO JUEGO DE LOS PODEROSOS

De Chichén-Itzá me traje dos pañuelitos bordados a mano, con colores brillantes, de buen gusto aunque poco arte. Uno me lo vendió una jovencita, sin duda descendiente de mayas, que se gana su frijolada diaria conmoviendo a los turistas: "Mire señorita, sirve para secar el sudor, para darse aire, para...¡cómpreme uno, como recuerdo!". El otro fue un regalo. "Ay, ya, cómprale..." dijo mi amiga mexicana a su marido. Amiga a estrenar; jamás la había visto antes de esa mañana. Ella compró pañuelitos para las mujeres que íbamos por casualidad en esa excursión.
 Además de los pañuelitos bordados, me traje de Chichén-Itzá una sensación que no había experimentado durante los nueve días anteriores de recorrido arqueológico. Una persistente impresión de sangre manando desde el altar de los sacrificios hacia el fondo tenebroso del cenote sagrado.
A pesar del aire fresco, de la mañana diáfana, del sol brillante y del silencio sobrecogedor, hay sangre en Chichén-Itzá. Que no deja que los siglos la olviden.
Elegidas entre muchos para ofrendar sus corazones palpitantes al Señor de la Lluvia, aquellas víctimas vienen a mi pensamiento a ensombrecer el disfrute de esa magnífica obra del esfuerzo humano. La compasión por ellas se mezcla con una repentina revelación en mi conciencia.
Me compadezco de los mayas sacrificados a Chaac por otros mayas. De los capitanes del equipo perdedor. De los esclavos, de los prisioneros tomados como botín de guerra.
Me compadezco de todos los grupos indígenas que fueron sojuzgados por sus hermanos aztecas.
Me compadezco también de los bravos aztecas que tuvieron que retroceder ante el regreso de Quetzalcóatl, el dios blanco que sólo estaba interesado en su oro.
Y de los soldaditos españoles que entregaron su vida joven en una ambiciosa empresa ajena. No fue por ellos  por quienes se derramó el llanto de Hernán Cortés bajo el árbol del ahuehuete después de una Noche Triste.
Me compadezco de los frailes españoles que no fueron mejores que los salvajes a quienes venían a evangelizar, y arrasaron su cultura.
Me compadezco de los conquistadores que se excusaron en la evangelización para justificar moralmente la Conquista, y arrasaron con sus vidas, sus tesoros, sus mujeres, sus riquezas.
Me compadezco de todos los muertos en Chiapas. Ellos murieron por las conversaciones que sepulta la selva.

El Tiempo ni por un segundo olvida su misión: transcurrir. No olvida su condición ontológica que es ser a medida que deja de ser siendo. Ya San Agustín reconoció saber lo que es el Tiempo y no saberlo explicar. El Tiempo lo envuelve todo a su paso, lo consume, lo adormece, lo transforma. Las civilizaciones transitan su crecimiento, su esplendor y su caída, no pueden evadirse de este destino de sometimiento.
Y los hombres, que viven en el Tiempo, se las arreglan para que siempre, de manera más cruel o más sutil, sean los inocentes, los que no pueden oponerse, los que están en inferioridad de condiciones, quienes paguen los errores de los poderosos.


Con-versiones, Septiembre de 2006

 

 

        

 

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