Mapa del sitio

Quienes somos

Comuníquese con nosotros

Tema Malestar    Ver todas las notas de esta sección

 

La precesión de lo simulacros

Jean Baudrillard

(Parte dos)

 

Disneylandia es un modelo perfecto de todos los órdenes de simulacros entremezclados. En principio es un juego de ilusiones y de fantasmas: los Piratas, la Frontera, el Mundo Futuro, etcétera. Suele creerse que este mundo imaginario es la causa del éxito de Disneylandia, pero lo que atrae a las multitudes es, sin duda y sobre todo, el microcosmos social, el goce religioso, en miniatura, de la América real, la perfecta escenificación de los propios placeres y contrariedades. Uno aparca fuera, hace cola estando dentro y es completamente abandonado al salir. La única fantasmagoría en este mundo imaginario proviene de la ternura y calor que las masas emanan y del excesivo número de gadgets aptos para mantener el efecto multitudinario. El contraste con la soledad absoluta del parking - auténtico campo de concentración- , es total. 0, mejor: dentro, todo un abanico de gadgets magnetiza a la multitud canalizándola en flujos dirigidos: fuera, la soledad, dirigida hacia un solo gadget, el «verdadero», el automóvil. Por una extraña coincidencia (aunque sin duda tiene que ver con el embrujo propio de semejante universo), este mundo infantil congelado resulta haber sido concebido y realizado por un hombre hoy congelado también: Walt Disney, quien espera su resurrección arropado por 180 grados centígrados.

Por doquier, pues, en Disneylandia, se dibuja el perfil objetivo de América, incluso en la morfología de los individuos y de la multitud. Todos los valores son allí exaltados por la miniatura y el dibujo animado. Embalsamados y pacificados. De ahí la posibilidad (L. Marin lo ha llevado a cabo excelentemente en «Utópiques, Jeux d'Espaces») de un análisis ideológico de Disneylandia: núcleo del «american way of life», panegírico de los valores americanos, etc., trasposición idealizada, en fin, de una realidad contradictoria. Pero todo esto oculta otra cosa y tal trama «ideológica» no sirve más que como tapadera de una simulación de tercer orden: Disneylandia existe para ocultar que es el país «real», toda la América «real», una Disneylandia (al modo como las prisiones existen para ocultar que es todo lo social, en su banal omnipresencia, lo que es carcelario). Disneylandia es presentada como imaginaria con la finalidad de hacer creer que el resto es real, mientras que cuanto la rodea, Los Ángeles, América entera, no es ya real, sino perteneciente al orden de lo hiperreal y de la simulación. No se trata de una interpretación falsa de la realidad (la ideología), sino de ocultar que la realidad ya no es la realidad y, por tanto, de salvar el principio de realidad.

Lo imaginario de Disneylandia no es ni verdadero ni falso, es un mecanismo de disuasión puesto en funcionamiento para regenerar a contrapelo la ficción de lo real. Degeneración de lo imaginario que traduce su irrealidad infantil. Semejante mundo se pretende infantil para hacer creer que los adultos están más allá, en el mundo «real», y para esconder que el verdadero infantilismo está en todas partes y es el infantilismo de los adultos que viene a jugar a ser niños para convertir en ilusión su infantilismo real.

Además, Disneylandia no es un caso único. Enchanted Village, Magic Mountain, Marine World... Los Ángeles está rodeada de esta especie de centrales imaginarias que alimentan con una energía propia de lo real una ciudad cuyo misterio consiste precisamente en no ser más que un canal de circulación incesante, irreal. Ciudad de extensión fabulosa, pero sin espacio, sin dimensión. Tanto como de centrales eléctricas y atómicas, tanto como de estudios de cine, esta ciudad, que no es más que un inmenso escenario y un travelling perpetuo, tiene necesidad del viejo recurso imaginario hecho de signos infantiles y de espejismos trucados.
Disneylandia muestra que lo real y lo imaginario perecen de la misma muerte. A una realidad diáfana responde una imaginación exangüe.
Pero hubo un tiempo de poder para lo imaginario de igual modo que hubo una fase de poder de lo real, aunque ambas se hayan cumplido ya hoy en día. Los juegos de la ilusión tuvieron su momento triunfal desde el Renacimiento hasta la Revolución, en el teatro, el Barroco, la pintura y las peripecias «menores» del engaño visual. Éste presenta en dos dimensiones lo que en realidad tiene tres: el universo «real», pero de repente da un salto hasta la cuarta, la que precisamente le falta al espacio realista del Renacimiento. Nunca se vio con mayor claridad que se trata de seccionar lo real para abrirse a lo imaginario. Escamotear una verdad tras otra, un hecho tras otro, una palabra tras otra, escamotear lo real a lo real, tal es la potestad de la seducción. Si el poder tiene tres dimensiones, la seducción se inicia con una dimensión de menos. Esto es justamente lo que nos revela el «studiolo» del Palazzo Ducale de Urbino.
Minúsculo santuario engañoso en el corazón del inmenso espacio del palacio. Todo el palacio es el triunfo de una sabia perspectiva arquitectónica, de un espacio desplegado de acuerdo con las reglas. El «studiolo» es un microcosmos inverso: separado del resto del palacio, sin ventanas, sin espacio propiamente dicho, el espacio está en él perpetrado por simulación. Si todo el palacio constituye el acto arquitectónico por excelencia, el discurso manifiesto del arte (y del poder), ¿qué pasa con la ínfima célula del «studiolo» que, como una especie de otro lugar sagrado, flanquea la capilla desprendiendo cierto tufillo a sacrilegio y alquimia? Lo que se baraja ahí con el espacio y, por tanto, con todo el sistema de representaciones que ordena el palacio y la república, no está muy claro.

Se trata de un espacio privadísimo, es patrimonio del príncipe como el incesto y la transgresión fueron monopolio de los reyes. Tiene lugar aquí un cambio total de las reglas del juego que conduce a suponer que todo el espacio exterior, el del palacio y, más allá, el de la ciudad, que el espacio mismo del poder, el espacio político, puede que no sea más que un efecto de perspectiva. Un secreto tan peligroso, una hipótesis tan radical, el príncipe se preocupa de guardarlos para él, sólo para sí y en la intimidad más rigurosa: quizás reside ahí justamente el secreto de su poder. Después de Maquiavelo los políticos quizás han sabido siempre que el dominio de un espacio simulado está en la base del poder, que la política no es una función, un territorio o un espacio real, sino un modelo de simulación cuyos actos manifiestos no son más que el efecto realizado. Es este punto ciego del palacio, este lugar cercenado de la arquitectura y de la vida pública, el que, en cierto modo, rige el conjunto, no según una determinación directa, sino por una especie de inversión metafísica, de transgresión interna, de revolución de la regla operada en secreto como en los rituales primitivos, de agujero en la realidad - simulacro oculto en el corazón de la realidad y del que ésta depende en toda su operación.

Ocurre igual con el «studiolo» de Montefeltre: es el secreto inverso (¿perverso?) de la no existencia en el fondo de la realidad, secreto de la siempre posible reversibilidad del espacio «real» en lo profundo, incluido el espacio político - secreto que rige lo político, y que se perdió luego por completo, en la ilusión de la «realidad» de las masas.
En el truco visual no se trata nunca de confundirse con lo real, sino de producir un simulacro, con plena conciencia del juego y del artificio. Se trata, mimando la tercera dimensión, de introducir la duda sobre la realidad de esta tercera dimensión y, mimando y sobrepasando el efecto de lo real, de lanzar la duda radical sobre el principio de realidad. Pues la tercera dimensión, la de la perspectiva, es también la dimensión de la mala conciencia del signo para con la realidad y toda la pintura desde el Renacimiento está podrida de esta mala conciencia.
Si existe una especie de milagro del truco, jamás se da en la ejecución «realista» - las uvas de Zeuxis, tan reales que los pájaros las picoteaban. Absurdo. El milagro no puede darse nunca en el colmo del realismo, sino precisamente al contrario, en el desfallecimiento repentino de la realidad y en el vértigo que produce hundirse en él. Esta pérdida del escenario de lo real es la que revela la familiaridad súbita, surreal, de los objetos. Cuando la organización jerárquica del espacio real bajo el privilegio de la visión, cuando esta perspectiva simulada - pues no es más que un simulacro- se deshace, surge otra cosa que, a falta de algo mejor, expresamos en términos de tacto, de una hiperpresencia táctil de las cosas, «como si fuera posible tocarlas y llevárselas». Pero no nos engañemos, este espejismo de presencia táctil no tiene nada que ver con nuestro sentido real del tacto: es una metáfora de la «aprehensión» correspondiente a la abolición de la escena y del espacio representativo. De golpe, esta aprehensión, que es el milagro del engaño visual, resurge sobre todo el llamado mundo «real» circundante, revelándonos que la «realidad» nunca es otra cosa que un mundo jerárquicamente escenificado, objetivado según las reglas de la profundidad, y revelándonos también que la realidad es un principio bajo cuya observancia se regulan toda la pintura, la escultura y la arquitectura de la época, pero nada más que un principio, y un simulacro al que pone fin la hipersimulación experimental del engaño visual.

***

Watergate. Escenario idéntico al de Disneylandia, efecto imaginario ocultando que no existe ya realidad ni más allá ni más acá de los límites del perímetro artificial. Efecto de escándalo en este caso, ocultando que no hay diferencia alguna entre los hechos y su denuncia (los métodos usados por los hombres de la CIA y por los periodistas del Washington Post son idénticos). La misma operación de disuasión destinada a regenerar ya, por medio del escándalo, un principio moral y político, ya, a través de lo imaginario, un principio de realidad en extinción.
La denuncia del escándalo es siempre un homenaje tributado a la ley. Con Watergate se ha logrado ante todo imponer la idea de que Watergate fue un escándalo - lo que en este sentido ha constituido una operación de intoxicación prodigiosa, una buena dosis de reinyección de moral política a escala mundial. Puede decirse con Bourdieu: «Lo característico de toda tensión de fuerzas es disimularse como tal y lograr toda su potencia precisamente gracias a este disimulo», entendiendo lo anterior de este modo: el capital, inmoral, y sin escrúpulos, sólo puede ejercerse tras una superestructura moral, quienquiera que regenera esta moralidad pública (sea a través de la indignación, de la denuncia, etc.) trabaja espontáneamente para el orden del capital. Así lo hicieron los periodistas del Washington Post.

Pero esto no sería más que la fórmula de la ideología y cuando Bordieu lo enuncia sobreentiende la «relación de fuerzas» como verdad de la dominación capitalista y, también él, denuncia esta relación como escándalo, situándose en la misma posición determinante y moralista que los periodistas del Washington Post. Lleva a cabo el mismo trabajo de purga y relanzamiento de un orden moral, de un orden de verdad donde se engendra la auténtica violencia simbólica del orden social, más allá de todas las relaciones de fuerzas que no son sino su configuración movediza e indiferente en la conciencia moral y política de los hombres.
Bourdieu enmascara que el capital no significa en modo alguno un orden de la racionalidad, de la moralidad o de las relaciones de fuerzas, y como los periodistas del Washington Post, no hace más que simular para denunciarla, una instancia ideal del capitalismo. Ahora bien, esto es todo lo que el capital nos pide: recibirlo como racional o combatirlo en nombre de la racionalidad, recibirlo como moral o combatirlo en nombre de la moralidad. Se trata de lo mismo, y semejante peripecia puede leerse bajo otra forma: antaño se ponía empeño en disimular un escándalo, hoy el empeño se pone en ocultar que no lo es.

Watergate no es un escándalo, he aquí lo que es preciso decir a toda costa, pues es lo que todo el mundo, y antes que nadie los denuncian­tes, se dedican a ocultar. Semejante disimulo enmascara un ahondamiento de la moralidad, de la (puesta en) escena primitiva del capital: su pánico moral, a medida que nos acercamos a la crueldad instantánea, su incomprensible ferocidad, su inmoralidad fundamental - he aquí lo realmente escandaloso, inaceptable para el sistema de equivalencia moral y económica que constituye el axioma del pensamiento de la izquierda desde el Siglo de las Luces hasta el comunismo. Se le imputa al capital la idea del contrato, pero a él le tiene sin cuidado pues es una empresa monstruosa, sin principios, un punto y nada más. El pensamiento iluminado es el que intenta controlarlo imponiéndole reglas y toda recriminación con avisos de pensamiento revolucionarlo está hoy acusando al capital de no seguir las reglas del juego: «el poder es injusto, su justicia es una justicia de clase, el capital nos explota... », como si el capital estuviera ligado por un contrato a la sociedad que rige. Es la izquierda la que tiende al capital el espejo de la equivalencia esperando que quede prendido en él, prendido en la fantasmagoría del contrato social y cumpliendo sus cláusulas, redistribuyendo su deuda entre toda la sociedad (al mismo tiempo, la revolución ya no es necesaria: basta con que el capital se adhiera a la fórmula racional del cambio).
Pero el capital no ha estado nunca unido por un contrato a la sociedad que domina. Es una hechicería de la relación social, un desafío a la sociedad, y como a tal debe respondérsele. No es un escándalo que denunciar según la racionalidad moral o económica, es un desafío que hay que aceptar según la regla simbólica.

Watergate no ha sido, pues, más que una trampa tendida por el sistema a sus adversarios - simulación de escándalo con fines regeneradores. Esto estaría encarnado en el film por el personaje de «Deep Throat», de quien se ha dicho que era la eminencia gris de los republicanos manipulando a los periodistas de izquierda para desembarazarse de Nixon. ¿Por qué no?, todas las hipótesis son posibles aunque ésta, además, es superflua: la izquierda se basta muy bien para realizar ella sola, y sin complejos, el trabajo de la derecha. Sería, pues, muy inocente encontrar ahí una especie de amarga buena conciencia, ya que la derecha, por su parte, realiza también espontáneamente el trabajo de la izquierda. Todas las hipótesis de manipulación son reversibles en el seno de un torniquete sin fin: la manipulación es una causalidad flotante donde positividad y negatividad se engendran y se recubren, donde ya no existe activo ni pasivo. Sólo con la detención arbitraria de esta causalidad giratoria podrá ser salvado un principio de realidad política. Sólo mediante la simulación de un campo de perspectiva restringido, convencional, en el que las premisas y las consecuencias de un acto o de un suceso sean calculables, puede mantenerse cierta verosimilitud política (y, naturalmente, el análisis «objetivo», la lucha, etc.). Si se contempla el ciclo completo de no importa qué acto o suceso en un sistema donde la continuidad lineal y la polaridad dialéctica ya no existan, en un campo transtornado por la simulación, toda determinación se esfuma, todo acto queda abolido tras haber aprovechado a todo el mundo y haberse aireado en todas direcciones.

Un atentado en Italia, por ejemplo, ¿es obra de la extrema izquierda, provocación de la extrema derecha o un montaje centrista para desprestigiar los extremismos terroristas y reafirmarse en el poder?, más aún, ¿se trata de una farsa policíaca, de un chantaje a la seguridad pública? Todo ello es verdadero al mismo tiempo y la búsqueda de pruebas, es decir, de la objetividad de los hechos, no es capaz de detener semejante vértigo interpretativo. La cuestión es que nos hallamos en medio de una lógica de la simulación que no tiene ya nada que ver con una lógica de los hechos. La simulación se caracteriza por la precesión del modelo, de todos los modelos, sobre el más mínimo de los hechos - la presencia del modelo es anterior y su circulación orbital, como la de la bomba, constituye el verdadero campo magnético del suceso. Los hechos no tienen ya su propia trayectoria, sino que nacen en la intersección de los modelos y un solo hecho puede ser engendrado por todos los modelos a la vez. Esta anticipación, esta precesión, este cortocircuito, esta confusión del hecho con su modelo (ya sin desviación de sentido, sin polaridad dialéctica, sin electricidad negativa, implosión de polos opuestos), es la que da lugar a todas las interpretaciones posibles, incluso las más contradictorias, verdaderas todas, en el sentido de que su verdad consiste en intercambiarse, a imagen y semejanza de los modelos de que proceden, en un ciclo generalizado.

Los comunistas se las tienen con el P.S. como si pretendieran romper la unión de la izquierda, pero dejan que prospere la idea de que sus resistencia proceden de disensiones internas (¡simulación de democracia!). De hecho, ¿podría quizá tratarse de que, en bloque y realmente, no desean el poder?, pero, ¿no lo quieren en esta coyuntura o no lo quieren por definición? Cuando Berlinguer declara: «No hay que temer ver a los comunistas en el poder en Italia», esto puede significar a la vez:
- que no hay de qué temer, pues los comunistas, si llegan al poder, no cambiarán nada de su mecanismo capitalista fundamental.
- que no existe peligro alguno de que lleguen  al poder (por la sencilla razón de que no lo desean), y suponiendo que llegaran a ocuparlo, no harán otra cosa que ejercer el poder por procuración.
- que de hecho, el poder, lo que se dice un verdadero poder, ya no existe y no hay pues riesgo alguno de que alguien pueda tomarlo.
- más aún: Yo, Berlinguer, no temo que los comunistas tomen el poder en Italia, lo que puede parecer una perogrullada, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que
- ello puede querer decir lo contrario (no es necesario el psicoanálisis para comprenderlo): tengo miedo de que los comunistas tomen el poder (y existen buenas razones para tenerlo, incluso para un comunista).

Todo esto es verdadero al mismo tiempo. Es el secreto de un discurso que ya no sólo es ambiguo, como puedan serlo los discursos políticos, sino que revela la imposibilidad de una posición determinada ante el poder y la imposibilidad de una posición determinada ante el discurso. Y esta lógica no pertenece a ningún partido, sino que atraviesa todos los discursos aunque no lo deseen. ¿Quién será capaz de desenredar este embrollo? El nudo gordiano podía por lo menos cortarse. De la división de la banda de Moebius resulta una espiral suplementaria en la que no queda resuelta la reversibilidad de las caras (en el caso que nos ocupa, la continuidad reversible de las distintas hipótesis). Infierno de la simulación que no es ya el de la tortura, sino el de la torsión sutil, maléfica, inabacable, del sentido (1). Un ejemplo más: los condenados en el proceso de Burgos fueron un regalo de Franco a la democracia occidental a la que brindó la ocasión de regenerar su propio humanismo vacilante, pero ¿acaso la protesta indignada de los demócratas consolidó el régimen franquista aglutinando a las masas españolas contra semejante intervención extranjera? ¿Qué ha sido de la verdad en una maraña tal de complicidades admirablemente tejida sin advertirlo ni sus propios autores?

Conjunción del sistema y de su alternativa más lejana llegando ambos a tocarse como los dos extremos de un espejo cóncavo. Curvatura «viciosa» de un espacio político en adelante imantado, circular y reversible de derecha a izquierda - torsión parecida al genio maligno de la conmutación- , el sistema entero, lo infinito del capital se repliega sobre su propia superficie. ¿Acaso no ocurre lo mismo con el deseo y con el espacio libidinal? Conjunción del deseo y del valor, del deseo y del capital, del deseo y del poder. Conjunción del deseo y de la ley, úl­timo goce metamorfoseado de la ley (lo que ex­plica porqué ésta se encuentra tan generosa­mente a la orden del día): sólo goza el capital, decía antes de llegar a pensar que nosotros gozamos también en el interior del capital. Versatilidad aterrante del deseo en Deleuze, giro enigmático que quizás conduce al deseo, «revolucionario en sí mismo, casi involuntariamente, sólo por querer lo que quiere», a desear su propia represión y a investir sistemas paranoicos y fas­cistas. Torsión maligna que deja a la revolución del deseo sometida a la misma ambigüedad fun­damental de la otra revolución, la histórica.

Todos los referentes mezclan su discurso en una compulsión circular, «moebiana». Sexo y trabajo fueron no hace mucho tiempo términos ferozmente opuestos, hoy se resuelven ambos en el mismo tipo de demanda. Antaño, el discurso de la historia tomaba toda su fuerza de oponerse violentamente al de la naturaleza y el discurso del deseo de oponerse al del poder, hoy intercambian sus significantes y sus campos de acción.

Sería demasiado largo de correr todo el abanico de la negatividad operativa, el abanico de todos estos escenarios de disuasión que, como Watergate, intentan regenerar un principio moribundo mediante el escándalo, el espejismo y la muerte simulados - especie de tratamiento hormonal para la negatividad y la crisis. La cuestión es probar lo real con lo imaginario, la verdad con el escándalo, la ley con la transgresión, el trabajo con la huelga, el sistema con la crisis y el capital con la revolución, del mismo modo que se probó la etnología (los Tasaday) desposeyéndola de su objeto. Todo ello sin contar

probar el teatro con el antiteatro
probar el arte con el antiarte
probar la pedagogía con la antipedagogía
probar la psiquiatría con la antipsiquiatría etc. etc.

Todo se metamorfosea en el término contrario para sobrevivirse en su forma expurgada. Todos los poderes, todas las instituciones, hablan de sí mismos por negación, para intentar, simulando la muerte, escapar a su agonía real. El poder quiere escenificar su propia muerte para recuperar algún brillo de existencia y legitimidad. Por ejemplo, el caso de los presidentes norteamericanos: los Kennedy morían porque tenían aún cierta dimensión política; los demás, Johnson, Nixon, Ford, debían contentarse con atentados de pacotilla a base de asesinato simulado. Sin embargo, precisaban el aura de una amenaza artificial para ocultar que no eran más que marionetas del poder. Antaño, el rey debía morir (también el dios) y en ello residía su fuerza. En la actualidad, el líder se afana miserablemente en la comedia de su muerte a fin de preservar la gracia del poder. Sin embargo, esta gracia se ha perdido ya.
Buscar sangre fresca en la propia muerte, re­lanzar el ciclo a través del espejo de la crisis, de la negatividad y del antipoder, es la única solución- coartada de todo poder, de toda institución que intente romper el círculo vicioso de su irresponsabilidad y de su inexistencia fundamental, de su estar de vuelta y de su estar ya muerto.

La imposibilidad de escenificar la ilusión, es del mismo tipo que la imposibilidad de rescatar un nivel absoluto de realidad. La ilusión ya no es posible porque la realidad tampoco lo es. Éste es el planteamiento del problema político de la parodia, de la hipersimulación o simulación ofensiva. Toda negatividad política directa, toda estrategia de relación de fuerzas y de oposición, no es más que simulación defensiva y regresiva. Por ejemplo, sería interesante comprobar cuándo el aparato represivo reacciona más violentamente, si ante un hold- up simulado o ante un hold- up real. Pues el segundo no hace más que cambiar el orden de las cosas, el derecho a la propiedad, mientras que el primero atenta contra el mismo principio de realidad. La transgresión, la violencia, son menos graves, pues no cuestionan más que el reparto de lo real. La simulación es infinitamente más poderosa ya que permite siempre suponer, más allá de su objeto, que el orden y la ley mismos podrían muy bien no ser otra cosa que simulación (recordar el engaño de Urbino).

Pero la dificultad está cortada a la medida del peligro: ¿cómo fingir un delito y probar que fingíamos ...? Simule usted un robo en unos almacenes y haga que le descubran (sino, ¿dónde estaría el juego?). ¿Cómo persuadir al servicio de vigilancia de que se trataba de un hurto simulado?, no existe diferencia «objetiva» alguna. Se trata de los mismos gestos y de los mismos signos que en un robo real y, además, los signos no se inclinan ni de un lado ni de otro. Para el orden establecido son, sin duda, signos pertenecientes a la esfera de lo real.
Organice usted un falso hold- up. Asegúrese de que sus armas sean totalmente inofensivas y utilice un rehén cómplice a fin de que ninguna vida sea puesta en peligro (pues de lo contrario acabará en la cárcel). Exija un rescate y procure que la operación alcance la mayor resonancia. En suma, intente que el asunto resulte «verdadero» para poder poner a prueba la reacción del sistema ante un simulacro perfecto. No va usted a lograrlo: su red de signos artificiales se liará inextrincablemente con elementos reales (un policía disparará de verdad; un cliente del banco se desvanecerá y morirá de un ataque cardíaco; puede que incluso le paguen el rescate). Total, que sin haberlo querido se encontrará usted inmerso de lleno en lo real - una de cuyas funciones es precisamente la de devorar toda tentativa de simulación, la de reducir todas las cosas a la realidad- . Éste es precisamente el orden establecido, y lo era ya mucho antes de la puesta en juego de las instituciones y de la justicia.

Dentro de esta imposibilidad de aislar el proceso de simulación hay que constatar el peso de un orden que no puede ver ni concebir más que lo real, pues sólo en el seno de lo real puede funcionar. Un delito simulado, si ello puede probarse, será o castigado ligeramente (puesto que no ha tenido consecuencias), o castigado como ofensa al ministerio público (por ejemplo, si se ha hecho actuar a la policía «para nada»), pero nunca será castigado como simulación pues, en tanto que tal, no es posible equivalencia alguna con lo real y, por tanto, tampoco es posible ninguna represión. El desafío de la simulación es inaceptable para el poder, ello se ve aún más claramente al considerar la simulación de virtud: no se castiga y, sin embargo, en tanto que simulación es tan grave como fingir un delito. La parodia, al hacer equivalentes sumisión y transgresión, comete el peor de los crímenes, pues anula la diferencia en que la ley se basa. El orden establecido nada puede en contra de esto, está desarmado ya que la ley es un simulacro de segundo orden mientras que la simulación pertenece al tercer orden, más allá de lo verdadero y de lo falso, más allá de las equivalencias, más allá de las distinciones racionales sobre las que se basa el funcionamiento de todo orden social y de todo poder. Es pues ahí, en la ausencia de lo real, donde hay que enfocar el orden, no en otra parte.
Por eso el orden escoje siempre lo real. En la duda, prefiere siempre la hipótesis de lo real (en el ejército se prefiere tomar al que finge por verdadero loco), aunque esto se va haciendo cada vez más difícil, pues si resulta prácticamente imposible aislar el proceso de simulación a causa del poder de inercia de lo real que nos rodea, también ocurre lo contrario (y esta reversibilidad forma parte del dispositivo de simulación e impotencia del poder), a saber, que a partir de aquí deviene imposible asilar el proceso de lo real, incluso se hace imposible probar que lo real lo sea.
Por ello, todos los hold- up, secuestros de aviones, etc., son de algún modo hold- up simulados en el sentido en que están todos sometidos a priori al desciframiento y a la orquestación ritual de los mass- media que se anticipan a su escenificación y a sus posibles consecuencias. En definitiva, en el sentido en que funcionan como un conjunto de signos sometidos a su carácter de signos, en modo alguno a su finalidad «real». Pero guardémonos de tomarlos como irreales o como inofensivos. Al contrario, es en tanto que sucesos hiperreales, no teniendo ni contenido ni fines propios, pero refractados los unos por los otros (del mismo modo que los llamados sucesos históricos: huelgas, manifestaciones, crisis, etc.), es en tanto que tales que llegan a ser incontrolables para un orden que sólo puede ejercerse sobre lo real y sobre lo racional, sobre causas y fines. Orden referencial que sólo puede reinar sobre lo referencial, poder determinado que sólo puede reinar sobre un mundo determinado, pero que no puede nada contra esta recurrencia indefinida de la simulación, contra esta nebulosa ingrávida que no se somete a las leyes de la gravitación de lo real. El poder mismo acaba por desmantelarse en este espacio y deviene una simulación de poder (desconectado de sus fines y de sus objetivos, abocado a efectos de poder y de simulación de masa).

La única arma absoluta del poder consiste en impregnarlo todo de referentes, en salvar lo real, en persuadirnos de la realidad de lo social, de la gravedad de la economía y de las finalidades de la producción. Para lograrlo se desvive, es lo más claro de su acción, en prodigar crisis y penuria por doquier. «Tomad vuestros deseos por la realidad» puede llegar a entenderse como un eslogan desesperado del poder. En un mundo sin referencias, la referencia del deseo, o incluso la confusión del principio de realidad y del principio de deseo, son menos peligrosas que la contagiosa hiperrrealidad. Quedamos entre principios y en esta zona el poder siempre tiene razón. La hiperrealidad y la simulación disuaden de todo principio y de todo fin y vuelven contra el poder mismo la disuasión que él ha utilizado tan hábilmente durante largo tiempo. Pues, en definitiva, el capital es quien primero se alimentó, al filo de su historia, de la desestructuración de todo referente, de todo fin humano, quien primero rompió todas las distinciones ideales entre lo verdadero y lo falso, el bien y el mal, para asentar una ley radical de equivalencias y de intercambios, la ley de cobre de su poder. Él es quien primero ha jugado la baza de la disuasión, de la abstracción, de la desconexión, de la desterritorialización, etc., y si él es quien viene fomentando la realidad, el principio de realidad, él es también quien primero lo liquidó con la exterminación de todo valor de uso, de toda equivalencia real de la producción y la riqueza, con la sensación que tenemos de la irrealidad de las posibilidades y la omnipotencia de la manipulación. Ahora bien, esta lógica misma es la que, al radicalizarse, está liquidando hoy por hoy al poder, el cual no intenta otra cosa que frenar semejante espiral catastrófica secretando realidad a toda costa, alucinando con todos los medios posibles un último brillo de realidad sobre el que fundamentar todavía un brillo de poder (pero no logra otra cosa que multiplicar sus signos y acelerar el papel de la simulación).

Mientras la amenaza histórica le vino de lo real, el poder jugó la baza de la disuasión y la simulación desintegrando todas las contradicciones a fuerza de producción de signos equivalentes. Ahora que la amenaza le viene de la simulación (la amenaza de volatilizarse en el juego de los signos), el poder apuesta por lo real, juega la baza de la crisis, se esmera en recrear posturas artificiales, sociales, económicas o políticas. Para él es una cuestión de vida o muerte, pero ya es demasiado tarde.
De ahí la histeria característica de nuestro tiempo: la de la producción y reproducción de lo real. La otra producción, la de valores y mercancías, la de las buenas épocas de la economía política, carece de sentido propio desde hace mucho tiempo. Aquello que toda una sociedad busca al continuar produciendo, y superproduciendo, es resucitar lo real que se le escapa. Por eso, tal producción «material» se convierte hoy en hiperreal. Retiene todos los rasgos y discursos de la producción tradicional, pero no es más que una metáfora. De este modo, los hiperrealistas fijan con un parecido alucinante una realidad de la que se ha esfumado todo el sentido y toda la profundidad y la energía de la representación. Y así, el hiperrealismo de la simulación se traduce por doquier en el alucinante parecido de lo real consigo mismo.
Desde hace mucho tiempo, el poder no sueña más que en producir signos de su realidad. De pronto, ha entrado en escena otra figura del poder, la de la demanda colectiva de signos de poder, unión sagrada que se produce en torno a su desaparición y para conjurarla. Todo el mundo se adhiere más o menos a esta demanda por terror al hundimiento de lo político. Así llega­mos a un punto en que el juego se reduce a mul­tiplicar la obsesión crítica del poder, obsesión de su vida y de su muerte, a medida que se esfuma. Cuando nada quede de él, nos encontraremos todos, según una lógica de autodisuasión progresiva, bajo la alucinación total del poder. Una obsesión tal que se perfila ya por todas partes, expresando a la vez la compulsión de deshacerse del poder (nadie lo quiere ya, todos lo dejamos para los otros), y el nostálgico pánico de su pérdida. La melancolía de las sociedades sin poder, ella fue una vez quien suscitó el fascismo, la sobredosis de un referencial fuerte en una sociedad que no puede culminar su enlutada vocación.
Seguimos en el mismo sitio y no encontramos salida: no sabemos guiar el cortejo fúnebre de lo real, del poder, de lo social mismo, implicado también en la depresión en que nos agitamos. Y es precisamente por un recrudecimiento artificial del poder, de lo real y de lo social por lo que intentamos escabullirnos. Esto, sin duda, acabará produciendo el socialismo. Por una torsión inesperada, por una ironía que no es ya la de la historia, será de la muerte de lo social de donde va a surgir el socialismo, como brotan las religiones de la muerte de Dios. Advenimiento retorcido, energía inversa, reversión ininteligible para la lógica de la razón. Como lo es el hecho de que el poder no esté ahí más que para ocultar que ya no existe poder. Simulación que puede durar indefinidamente: a diferencia del «auténtico» poder que es, que fue, una estructura, una estrategia, una relación de fuerzas, una apuesta, el poder del que hablamos, no siendo más que el objeto de una demanda social, será objeto de la ley de la oferta y la demanda y no estará ya sujeto a la violencia y a la muerte. Completamente expurgado de la dimensión política, depende, como cualquier otra mercancía, de la producción y el consumo masivo (mass- media, elecciones, encuestas). Todo destello político ha desaparecido, solamente queda la ficción de un universo político.

Lo mismo ocurre con el trabajo. Ha desaparecido la chispa de la producción, la violencia del trabajo y de lo que en él se juega. Todo el mundo produce aún, y cada vez más, pero el trabajo se ha convertido en otra cosa: una necesidad, como lo contemplara idealmente Marx, pero en modo alguno en el mismo sentido, sino en el sentido de que el trabajo es objeto de una «demanda» social, como el ocio, al que se equipara en el funcionamiento general de la vida. Ahora bien, tal demanda es exactamente proporcional a la pérdida del rumbo en el proceso del trabajo (2). Idéntica peripecia que en el caso del poder: el escenario del trabajo se monta para ocultar que lo real del trabajo, de la producción, ha desaparecido. Y también lo real de la huelga, que ya no consiste en detener el trabajo, sino en su alternativa en la cadencia ritual de la anualidad social. Todo ocurre como si cada cual hubiera «ocupado», tras la declaración de huelga, su lugar y puesto de trabajo y retomado, como es de rigor en una ocupación «autogestionaria», la producción exactamente en los mismos términos que antes, pese a declararse (y a estar virtualmente) en estado de huelga permanente.

Sin embargo, aunque las cosas continúen como si no hubiera pasado nada, todo ha cambiado de sentido. No se trata de un sueño de ciencia ficción, sino del doblaje del proceso del trabajo y del proceso de la huelga - huelga incorporada como la obsolescencia en los objetos, como la crisis en la producción. No puede hablarse ya de huelga y de trabajo, sino de ambos a la vez, es decir, de algo completamente diferente: una magia del trabajo, un engaño, una escenificación del drama de la producción (por no decir de su melodrama), dramaturgia colectiva en el escenario vacío de lo social.
No es ya la ideología del trabajo lo que es cuestión –viejo discurso, moral caduca que ocultaría el proceso «real» de trabajo y el funcionamiento «objetivo» de la explotación. El hecho es que el trabajo sigue ahí tan solo para ocultar que no hay ya trabajo. De igual modo, la cuestión no está ya en la ideología del poder, sino en la escenificación del poder para ocultar que éste no existe ya. La ideología no corresponde a otra cosa que a una malversación de la realidad mediante los signos, la simulación corresponde a un cortocircuito de la realidad y a su reduplicación a través de los signos. La finalidad del análisis ideológico siempre es restituir el proceso objetivo, y siempre será un falso problema el querer restituir la verdad bajo el simulacro.
Por eso el poder está en el fondo tan de acuerdo con los discursos ideológicos y los discursos sobre la ideología, porque son discursos de verdad - válidos siempre, sobre todo si son revolucionarios, para oponerlos a los golpes mortales de la simulación.


NOTAS:

(1) Ello no desemboca forzosamente en la desesperación, sino a menudo en una improvisación de sentido, de sin sentido, de múltiples sentidos simultáneos que se destruyen.
(2) A esta debilitación de los atributos del trabajo, corresponde una baja paralela de los atributos del consumo.  Se acabó, por ejem., la satisfacción directa, de uso o de prestigio, del automóvil; se acabó el discurso amoroso que oponía netamente el objeto del placer al objeto de trabajo.  Ha llegado el turno de otro discurso que, por una mezcla paradójica, es un discurso de trabajo sobre el objeto de consumo, ante un  revestimiento activo, constreñidor (gaste menos gasolina, cuide su seguridad, no corra, etc.) al que tratan de adaptarse las características de los vehículos.  Recuperar la posibilidad de otra apuesta mediante el desplazamiento de un polo sobre el otro.  El trabajo se hace necesario, el automóvil deviene objeto de trabajo.  No existe mejor prueba de la escasa diferencia existente entre las bazas a jugar.  Por un deslizamiento parecido desde el «derecho» al voto hasta el «deber» electoral se pone en evidencia la escasez de atribuciones de la esfera política.

Texto extraído de "Cultura y simulacro", Jean Beaudrillard, págs. 29/57, editorial Kairós, Barcelona, España, 1978.
Edición original: E. Galilée, 1978.
Corrección: Cecilia Falco.
Selección y destacados: S.R.

Relacionar con:

La precesión de lo simulacros (parte uno) - J. B. >>>
La precesión de lo simulacros (parte tres) - J. B. >>>

Con-versiones, Agosto 2006

 

        

 

copyright 2005 Conversiones.com Todos los derechos reservados.