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Delmira Agustini
Daniel Ares

No
hay lágrimas que laven los besos de La Muerte.
D.
A.
Delmira Agustini
fue una mujer tan diferente de si misma, que no podia tener otro
final que ser asesinada por un hombre que se matara por ella después
de matarla.
El retrato que
de ella dejaron sus contemporáneos, sus cartas y, desde luego, sus
versos, la componen como una mujer singular y parece que bella:
"sangre gitana en rubio vaso teutónico", dijo Solar Correa;
"su libido fue un anhelo de idealidad insaciable", marcaba
Rubén Darlo, más que amigo, su maestro, su "Dios en el Arte".
Casta y sumisa,
indomable y ardiente, no sólo ella no pudo con ella y quizás por
eso, en lo mejor de su voz, con veintiocho años, dos nuevos libros
listos y libre por primera vez, decidió morir como la mataron.
Había nacido el
24 de octubre de 1886, en la ciudad de Montevideo, en el centro
de las ilusiones de una familia burguesa, tradicional, con un padre
próspero y ausente y una madre argentina pero germana, severa como
corresponde. Asi la Nena - como la llamarán siempre-
creció protegida y apartada, sumida en un ámbito de música clásica
y altas lecturas refinadas, ajena a todas las fiestas que no fuesen
de la familia, sin amigas casi, ni mucho menos hombres que pudieran
perturbarla, a no ser un par de ya célebres que pronto se vieron
atraídos por la rareza de sus versos, tempranos pero maduros, legítimos
de un alma llena de abismos insondables.
Apenas una adolescente,
con quince años, ya ve su nombre en letras de molde y sus poemas
son publicados en revistas y diarios de Montevideo, y pronto alcanza
las páginas de la prensa porteña de la mano de los consagrados,
que ahora la exaltan a ella, que los exaltaba tanto. En 1907 Delmira
tiene veintiún anos, su nombre suena entre los grandes, pero en
casa, para todos, ante el mundo, sigue siendo la Nena pese
a que su ópera prima acaba de publicarse: es El libro
blanco. Tres años más tarde aparece Cantos de la mañana.
"That is the woman", exclama Rubén Darío cuando la
lee. Es la primera vez - dice- que en la lengua castellana
aparece un alma femenina con tal orgullo de la verdad de su inocencia
y de su amor (...) Su poesía lleva una eléctrica majestad sensual
y patética que parece estremecer como un río nuevo el paisaje de
América."
Ahora su fama cruzará
el Atlántico hasta Europa. El ya célebre Manuel Ugarte elogiará
sus versos en La Lectura de Madrid. Se lo promete en una
carta desde Paris: "Muy distinguida señorita: pocas veces me
ha impresionado tanto un alma como la que acabo de ver a través
de los dos libros que ud. ha tenido la bondad de enviarme. En nuestra
América, pródiga de talentos, no faltan poetas delicados, evocadores,
impetuosos o entusiastas. Pero la nota que ud. da, no la habla oído
hasta ahora (...) Esas páginas tienen la sutileza y la dulzura,
la transparencia y la sinceridad de un corazón que se entrega (...)
En La Lectura de Madrid me ocuparé de su obra, tratando de
condensar todos los aplausos que ella merece".
Sin quererlo mucho,
sin entenderlo del todo, a sin importarle quizás, Delmira instala
su nombre y despliega su porvenir sobre las letras de su tiempo.
Nada se impone a su vocación, al contrario. Su madre se encarga
de anular el mundo para que ella escriba y alcance la gloria.
Pero ella - su madre no lo sabe, nunca lo sabrá- busca
otra cosa... sus poemas se inflaman, arden en sombras y gritos callados
que piden otra libertad que la condena de ser. Vuela en deseos,
pero revienta contra las paredes de su cuarto, donde todas las noches,
bajo doble llave, como quien hace lo que no debe, ella desnuda sus
ansias en versos que no la calman:
Y
era mi deseo una culebra
glisando
entre lo riscos de la sombra
a
la estatua de lirios de tu cuerpo.
Pide pasión, pero
recibe halagos. Mantiene ansu entorno la ficción que le asignaron:
es una nena buena, culta, recatada, obediente... Ahora también tiene
un novio reglamentario que al principio fue toda
una aventura de
mensajes cifrados y códigos secretos para que su madre no sospechara.
El pretendiente se llama Enrique Job Reyes, un rematador correcto
hasta el hastío y al que Delmira de a poco, ya con permiso de su
madre, comienza a seducir. Y le escribe a media lengua misivas ardientes:
"Quique
mio terido mi vida: La Nena sempe para ti, te tiere sempe más y
está loquita por verte ..." Es todo lo que le permiten, y se lo bebe hasta el
fondo. Al cabo de cinco años de noviazgo, en 1913, el jueguito acabará
en un casamiento que Delmira no quiere pero su madre impone. Secretamente,
su correspondencia con Ugarte y Darío continuaba y se encendía.
"Hoy he
logrado un momento de calma en mi eterna exaltación dolorosa - le
confiesa a Darío- . Y éstas son mis horas más tristes. En
ellas llego a la conciencia de mi inconsciencia. Yo no sé si su
neurastenia ha alcanzado nunca el grado de la mía. Yo no sé si usted
ha mirado alguna vez a la locura cara a cara y ha luchado con ella
en la soledad angustiosa de un espíritu hermético... Piense usted
que ni aun me queda la esperanza de la muerte, porque la imagino
llena de horribles vidas (...) A mediados de octubre pienso
internar mi neurosis en un sanatorio, de donde, bien o mal, saldré
en noviembre o diciembre para casarme. He resuelto arrojarme al
abismo medroso del casamiento. No sé: tal vez en el fondo me espera
la felicidad. ¡La vida es tan rara!".
Con un vestido
diseñado en París, regalos descomunales y presencias prestigiosas,
los diarios de Buenos Aires y Montevideo cubrieron el casamiento
como un hecho social, pero también artístico. La espectacularidad
de la fiesta no bastaba para esconder la tristeza de la novia ni
los nervios del novio. El día del casamiento - se supo después- ,
Delmira dudó hasta la renuncia, pero al final la convencieron en
nombre de los otros. Entre los invitados notables, registra una
foto, está Manuel Ugarte, el amante de la novia. El dato lo confirma
la cara del novio.
Apenas unos días
después de la boda, Delmira le escribe a Ugarte: "Piense
que todo lo que le he dicho y le digo, se podría condensar en dos
palabras. En dos palabras que pueden ser las más dulces, las más
simples, o las más difíciles y dolorosas... Para ser absolutamente
sincera, yo debí decirlas; yo debí decirle que ud. hizo el tormento
de mi noche de bodas y de mi absurda luna de miel... Lo único que
yo deseaba era tenerle cerca un momento: el momento del retrato...
Y después sufrir, sufrir hasta que me despedí de usted... Y
después sufrir más, sufrir lo indecible."
El simulacro de felicidad iba a durar exactamente
veintiún dias y veinte noches. Poco pero suficiente. Una mañana
Delmira se levanta y se va y lo único que se lleva es un ejemplar
de La novela de las horas y los días, que acaba de publicar
Ugarte, su verdadero amor. Y no.
Porque esa mujer,
tan diferente de si misma, deja a su marido por su amante y entonces
convierte en amante a su marido. Fatal, se sabe ahora, pero entonces
la relación continúa por un tiempo, sostenida en encuentros esporádicos,
furtivos y tal vez por eso apasionados. 0 no. Fuera como fuese,
su suerte estaba echada.
No eran Ugarte
y Job Reyes sus dos únicos amantes. Entre la separación y su muerte,
Delmira, con la voracidad que avisaban sus versos, experimenta por
primera vez lo que ha sentido tanto. Admiradores, amantes y candidatos
a tales le escriben sonetos, cartas y propuestas. Dice en Fiera
de amor, que escribe por entonces: "Fiera de amor, yo sufro
hambre de corazones./ De palomos, de buitres, de corzos o leones,/
no hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor/ habla ya estragado
mis garras y mi instinto/ cuando erguida en la casi ultratierra
del plinto/ me deslumbró una estatua de antiguo emperador".
Su tercer libro,
Cantos de la mañana, ya era célebre. Viva y libre como queria,
su voz se asentaba y sus cartas a Manuel Ugarte ahora incluian versos
que le dedicaba abiertamente: "joya de sangre y luna; vaso
lleno/ De rosas, de silencio y de armonía/ Nectario de su miel y
su veneno ... / Vampiro vuelto mariposa un dia".
Pero los encuentros
con Job Reyes, mientras tanto, continuaban y se enrarecían. En una
de las misivas que se cruzan en secreto, él le dice - o le
avisa- : "ya que no podemos ser felices, es preferible
vivir juntitos". Ella tal vez lo considera una metáfora, pero
acaso olvida que él es un rematador de oficio, no un poeta. Finalmente,
cansada, aburrida, demasiado enamorada de Ugarte, Delmira decide
terminar con Enrique sin saber que está terminando con todo. Se
lo dice friamente en una rápida misiva del 5 de julio de 1914: "Enrique:
he resuelto suspender toda explicación. Asi que no vengas esta noche.
Seria inútil. Mañana, por mi gusto, por resolución mia, me voy a
Sayago, dando por terminado el asunto. Mi resolución es irrevocable.
Inútil toda tentativa. Delmira".
Pero su amante
y ex marido exige - reclama- el derecho a la gracia de
un último encuentro, encuentro al que ella - o la otra, o las
dos, o todas las que ella era- accede para morir.
La tarde del 6
de julio, entonces, Delmira y Enrique se encuentran por última vez
en el cuarto de una casa de alquiler. Delmira tiene veintiocho años
y dos libros prontos para su publicación: Los astros del abismo
y El rosario de Eros. Ambos serán póstumos.
El 7 de julio,
los diarios uruguayos y argentinos sacuden la mañana con la noticia
y sus fotos. La Tribuna Popular titula asi: EL AMOR QUE MATA,
y abajo anuncia: "La poetisa Delmira Agustini ha muerto trágicamente.
Ayer, su esposo, Enrique J. Reyes la ultimó a balazos y luego se
suicidó descerrajándose un tiro en la cabeza". En las fotos
aparecia Delmira, poniéndose las medias al cabo de los besos, semidesnuda
y muerta, dos balazos en la cabeza y el espejo lleno de sangre junto
al cuerpo del marido que ella misma la convertido en amante para
avivar el fuego de esa pasión extrema que los quemó a los dos.
Asi murió la mujer
que era otra mujer. Y tuvo que ser precisamente Enrique Job Reyes
el que la matara y se matara, enceguecido por amor, por pasión,
por deseo, por despecho o lo que fuera... Y tal vez ella misma lo
quiso así. Ella, que no iba a ser capaz de suicidarse porque imaginaba
la muerte llena de vidas horribles", que vivia asfixiada por
su propia carne, que luchaba con la locura "cara a cara",
ella nunca logró ser la que era por ser tan distinta a la que era,
ella, que tal vez, no tuvo otra forma de escapar de si misma que
buscando la muerte dentro del mismo ardor que la consumió.
Yo
muero extrañamente ... no me mata la Vida,
no
me mata la Muerte, no me mata el Amor;
muero
de un pensamiento mudo como una herida ...
Texto
extraído de "Historias de escritores", Daniel Ares, págs.
111/118, editorial Alfaguara, Buenos Aires Argentina, 1998.
Selección:
S.R.
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agosto 2006
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