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UTOPIAS DEL MUNDO ANTIGUO

J. Lens Tuero - J. Campos Daroca

(Parte dos)

 

2.2. LAS FORMAS CRÍTICAS: HISTORIOGRAFÍA, DIÁLOGO, TRATADO

2.2.1. Historiografía

Bajo la rúbrica de «historiografía», tomado el término historia en su sentido amplio vigente a lo largo de la Antigüedad, podemos subsumir esa serie de discursos que reformulan las tradiciones mitológicas desde una nueva perspectiva racional al someterlas a un escrutinio crítico. Esta se constituye al dotar a una incipiente categoría de la «experiencia» de una forma de autoridad que se presenta como alternativa y superior a la autoridad poética (56). En aquélla se opera una traslación compleja, ya encauzada por el relato de viajes y fundaciones, de los motivos a un espacio en el que se juega con su posible ubicación y donde adquieren con mayor plenitud el aspecto crítico y modélico de una sociedad para quien la contempla (57). En efecto, es en la crítica del mito como relato increíble (y no como relato inmoral, que se implanta con Jenófanes) donde se forja la identidad del discurso historiográfico antiguo, en el que se abren nuevos horizontes del tiempo y el espacio a la narración autorizada, y se configuran los antiguos relatos sobre el modelo de los nuevos. Con notable frecuencia encontramos el mismo material mítico reforjado como narración enclavada en un discurso autorial, en la que la responsabilidad ante lo dicho es siempre un elemento clave y distintivo frente al «se dice» de la tradición mítica. La historiografía antigua, a través de los diversos géneros en los que se especializa, se va a hacer marco de tres modalidades de textos utópicos, entre las cuales se dan múltiples interferencias y continuidades. Distinguimos por un lado toda la compleja tradición que podemos denominar «primitivista», en la que el ideal social se localiza en condiciones de naturaleza en un estadio todavía muy poco avanzado de la cultura; en segundo lugar, todos aquellos relatos en los que el centro está constituido por la figura del monarca y su reino, donde la civilización llega al otro polo de elaboración. Finalmente, aquellos cuadros en los que es la misma imagen de la Grecia en sus diversas formas de Estado la que se ofrece como modelo.

En la primera historiografía es donde se realiza el peculiar paso por el que las tradiciones antiguas son asentadas en el espacio de lo posible, sometiéndolas al doble mecanismo de la traducción a un horizonte de la credibilidad, y de la presentación por los medios de expresión de esa credibilidad. A partir de Heródoto se establece una tradición historiográfica de tendencia universal y, diríamos, «enciclopédica», cuyas pretensiones globales hacen obligada una relación más o menos detallada de los límites de la tierra, en los que se localiza de manera casi indefectible y según las preferencias del autor los parajes en los que las condiciones primitivas devienen condiciones de excelencia. Se diría que la propuesta universalista exige de manera inexcusable, y en proporción variable según los autores, aportar a este panorama completo de la variedad humana el contraste genérico entre la buena y la mala cultura. Éforo y Teopompo, y al hilo de ellos historiadores como Pompeyo Trogo, representan bien esta corriente, con soluciones muy diversas a esta exigencia de integración del ideal en el marco geográfico completo de su historia universal. Y es en definitiva a una obra de esas características a la que debemos el grueso de los textos con carácter utópico de la época helenística: la Biblioteca Histórica de Diodoro de Sicilia (58).

Ya hemos visto cómo la historiografía traslada estas tradiciones pretendidamente universales de una condición feliz de la humanidad a un cuadro espacial de carácter global que de manera incipiente se diseña como «mapa», y subyace a toda construcción historiográfica antigua. Pero la simplicidad del mismo denuncia la coexistencia y predominio de lo que Janni ha llamado representación «hodológica» del espacio, trasunto de una concepción cualitativa, y mítica en definitiva, del mismo, sobre la cartográfica (59). A partir de esta engañosa localización, se crea la posibilidad de acceso y, por tanto, de un discurso verídico sobre lo increíble, construido por la compleja articulación de lo visto y lo oído. Nace aquí lo que podemos llamar la etnografía antigua, en la que el elemento mítico y ficcional no deja de ser percibido hasta la tardía Antigüedad (60). En el seno de esta articulación los tópicos de aquella mitología de la felicidad humana se mantienen en buena medida intactos. Una plétora de pueblos míticos, depositarios de una vida feliz y virtuosa, a lo que se añade con frecuencia una caracterización monstruosa, aparecen asentados en los confines del espacio real del ecoumene según una disposición engañosamente cartográfica.

Así, Heródoto da expresión como principio de su discurso sobre los confines a un criterio que puede valer para la construcción de buena parte de la utopía antigua y moderna: «En general se ve que las tierras de los confines, que encierran a las demás, poseen aquellas cosas que entre nosotros tienen más valor y son raras». La etnografía aparece como una proyección en el espacio «real» de los mitos de la felicidad y la barbarie. Sin embargo, esos mitos ofrecen como mucho una serie de motivos recurrentes y el bastidor para montar un cuadro en el que la autoridad del relato tradicional ha sido sustituida por una voz individualizada, y la espontaneidad mágica por el dominio de la acción y la prudencia, personalizada y protagonizada por el fundador y legislador. Como han insistido no pocos autores, la utopía ha reelaborado desde una perspectiva racional los motivos tradicionales de la vida sin males, y con ello ha operado desplazamientos radicales. El hecho de que todos los elementos de idealización están representados como acciones motivadas por la previsión -que deriva de un conocimiento fruto de larga experiencia, mundano y no revelado-, hace que las condiciones del relato de la Edad de Oro representadas en forma «pasiva» se transmuten en efectos de una acción.

El caso del breve logos herodoteo sobre los etíopes (Heródoto, Hisdtoria III) es un ejemplo magnífico de esta reconstrucción historiográfica del mito que ha tenido una impresionante descendencia hasta llegar a la mismísima Utopía de Moro (61). Los rasgos esenciales de la visión ideal de los etíopes muestran una continuidad sorprendente desde que pueden rastrearse desde Homero, donde los felices etíopes reúnen abundancia y justicia en una localización genérica y «cualitativamente» meridional (62). El relato herodoteo de los exploradores de Cambises al reino de los etíopes se construye sobre los tópicos de la abundancia (la mesa del sol, la abundancia del oro) y la justicia, pero desarrollan la asociación entre los elementos de una cultura y su talante moral. El resultado es un contraste entre culturas en la que la idealización de una es la contrapartida de la crítica de otra. A partir de este momento el peso de la valoración residirá en la opción de vida de los pueblos ante, y frecuentemente contra, sus condiciones materiales de vida (geográficas y climáticas).

Fuera de los etíopes, donde la idealización es con todo ya bastante comedida, Heródoto parece complacerse en rebajar el tono idealizador de cuantos pueblos recibían el reconocimiento de los antiguos. Así los hiperbóreos (63) y los escitas (64), donde el cuadro de Heródoto es, diríamos, deliberadamente antiutópico. Pero en buena medida el primitivismo está ausente de Heródoto, aunque este autor suministra un punto de partida fundamental para constituirlo, como es el contraste entre moral y cultura. Es a finales del siglo V cuando se afianza el discurso sobre el salvaje en la cultura ateniense que permite la plena constitución de una ideología primitivista de valoración de las condiciones de simplicidad en las que la virtud se hace posible (65). La historiografía posterior seguirá diferentes líneas de idealización de los pueblos marginales. Así, Éforo de Cime, primer autor de una Historia Universal es conocido por el especial impulso que dio a la representación ideal de las costumbres escíticas y, en línea de continuidad, Pompeyo Trogo.

En el otro extremo de la serie «constitucional», la historiografía muestra un especial interés por configuraciones que, si bien del orden de la civilización, le son igualmente inconmensurables: las naciones donde el principio de territorialidad está determinado por un poder absoluto (66). Que este contraste, construido en torno a un enfrentamiento bélico con ocasión de la expansión del imperio persa, ha sido un elemento decisivo en la constitución del discurso historiográfico, es la tesis decisiva de R. Drews (67). La historia nace como historia de Persia, y, en consecuencia, historia de las monarquías a propósito de la expansión persa. La monarquía oriental ha sido siempre un referente fundamental y ambivalente para la comprensión de la civilización política griega, que parece no haber asimilado del todo su propia invención de la democracia. Más especialmente, las monarquías orientales tienen un papel más ambiguo en la constitución del ideal social. Sirve por un lado para destacar las cualidades primitivas de determinados pueblos. Así, uno de los motivos utópicos recurrentes, cuya primera configuración encontramos repetidamente en Heródoto, es la del encuentro entre el monarca ambicioso y el pueblo sencillo que nunca aspira a sobrepasar los límites de su propio territorio. Ciro, Cambises y Darío se encuentran sucesivamente con los límites morales de su avance representados en los monarcas de esos pueblos limítrofes en el umbral de la naturaleza. Pero pronto nos encontramos con un proceso de idealización de los Estados monárquicos, donde la separación frente a los pueblos primitivos es característicamente elusiva. Los escitas tienen efectivamente una monarquía, y cuando se enfrentan a los griegos muestran una manera sospechosamente cercana a los modos persas de organizarse en forma de Estado.

Dos grandes mirages monárquicos se configuran: el egipcio, de larguísima tradición en el mundo antiguo, y el indio, de configuración más tardía pero igualmente determinante (68). En ambos casos se muestra bien la convergencia de la sencillez y la simplicidad, como condiciones de virtud, con la provisión de un gobierno regio que encarna de manera emblemática las virtudes del pueblo. La recepción de estas idealizaciones ha sido considerable, en especial la que se encuentra de la monarquía persa en la muy admirada Ciropedia de Jenofonte, cuya trascendencia para la literatura utópica no ha dejado de ser señalada (69).

En la Atenas de finales del siglo V a.C. la profunda crisis de la ciudad multiplica los espejismos de pueblos ideales. Ya hemos mencionado los que tocan a los pueblos primitivos, y a la visión idealizada de las grandes monarquías orientales, a lo que debemos añadir la labor de los legisladores que cuajan en otros tantos mirages, algunos especialmente influyentes en la cultura de Occidente, como es el llamado mirage espartano, junto con el de Creta y Cartago, al que se añadirá más adelante Roma. Pero el camino que sigue la presentación de la excelencia constitucional no va a ser tanto el de la fabulación utópica como una forma de análisis más afín con la tradición política que tiene su punto de partida en los libros «empíricos» de Aristóteles (aunque se puede hacer remontar también hasta Heródoto). Sus hitos fundamentales serán después Polibio y Cicerón (70).

Así pues, uno de los hilos conductores de la utopía antigua podría seguir el proceso por el que una determinada tradición mitológica se transforma en la representación de modos de vida definidos por su radical alteridad con respecto al mundo civilizado en general o al estado presente del mismo, y que acaban, por efecto del cuestionamiento de los propios modelos culturales que sacude al mundo griego desde finales del siglo V, conformando ideales de vida que proyectan su excelencia críticamente sobre la degradación presente. En este punto, no es de extrañar que la historiografía antigua nos ofrezca sólo en el siglo IV obras que han podido considerarse como plenamente utópicas.

En efecto, en el siglo IV asistimos a un proceso de enorme interés en la evolución literaria, que consiste en la especialización de las formas en prosa hacia lo que podríamos llamar géneros monográficos. En este contexto surgen, a manera de derivaciones de la historia universal, una serie de obras que F. Jacoby bautizó con el ambiguo pero exitoso nombre de «utopías etnográficas», y cuya importancia como antecedentes del género tal y como se configura en la Edad Moderna no puede dejar de valorarse. De hecho, su posición marginal en la literatura historiográfica ha sido señalada por muchos autores, que ven en ella una cierta degradación hacia la fantasía y la desviación de lo que constituiría un auténtico género historiográfico. En esta tradición historiográfica tan peculiar encontramos desarrolladas las diversas tendencias utópicas que combinan la extrema civilización de la mano del monarca providente y la valoración de la simplicidad sobre el modelo de la naturaleza animal, pero siempre desde la ausencia del elemento político, lugar del que derivan todos los males que conllevan sus instituciones: tribunales y asambleas. La imagen de una Atenas «superpolitizada», simbolizada en su degradación social por la figura del orador, dibuja siempre el trasfondo negativo sobre el que destaca una comunidad en la que la perfección ética y la cohesión social hacen imposible el delito e inútil la deliberación.

A la cabeza de este género tan singular es costumbre situar a Hecateo de Abdera (71). Hecateo remeda los métodos e intereses de Heródoto, si bien con la perspectiva nueva del filósofo atento a los problemas políticos y morales del mundo griego. Las hazañas y empresas de los reyes egipcios no son objeto de indagación por su grandeza sino por su ejemplaridad, lo que le permite repetir sin más abundante información de Heródoto. El propósito de Hecateo no es presentar una nueva versión más autorizada de la historia de Egipto a partir de su propia investigación, sino un ideal político y social en la historia y las instituciones egipcias. Análogamente, Hecateo se aparta de la tradición herodotea al plantearse cuestiones de nuevo alcance, como es la reconstrucción del pasado ab origine y la naturaleza de los dioses antropomórficos. El uso que de la historia hace Hecateo de Abdera es en buena medida análogo al de su homónimo Hecateo de Mileto, cuya indagación estaba encaminada a clarificar problemas de orden más especulativo y filosófico que propiamente historiográfico.

Lo que define de manera más propia a este conjunto de obras es la manera en que imbrican la idealización de determinadas sociedades con ideas y categorías de origen filosófico, vulgarizadas ya como formas de pensamiento común entre las minorías cultas, que son los destinatarios propiamente de la producción literaria de esta época. Una lista considerable de autores, la mayoría de ellos conocidos fragmentariamente, producen sus obras siguiendo una fórmula recurrente: insistencia en la información directa, presentación detallada de la sociedad ideal como un sistema global siguiendo una tópica bastante fija, valoración positiva de esas sociedades y actitud crítica más o menos expresa ante la cultura griega, definida por una degradación moral que se concreta con frecuencia en términos de falsedad y verbalismo.

2.2.2. Diálogo y tratado

Los textos de la Antigüedad más importantes para la tradición utópica, la República y el Timeo-Critias de Platón, representan una forma literaria bien distinta a la narrativa que hemos presentado en la sección anterior. Con ella entramos en el complejo mundo de un género muy singular, el diálogo filosófico, cuya fundación se haya para nosotros en la obra de Platón, aunque el sentido de esta opción platónica esté todavía por dilucidar (72). Para nuestros propósitos, lo importante es que la forma dialógica da entrada a un tratamiento en el que la representación de un ideal de vida aparece ligada y escandida por su cuestionamiento crítico. Ciertamente, en los entresijos de la República y Leyes se dibujan tanto la fabulación áurea de las condiciones de vida primigenias como el relato de fundaciones que ya había tenido su evolución hacia el tratado con Hipódamo y Faleas. El nuevo contexto en el que se abordan los mitos ya racionalizados por la historiografía y la ilustración sofística es la conversación filosófica, que elimina la posibilidad de una construcción monológica, sobre un principio de autoridad socialmente sancionado. El juicio de su aceptabilidad se delega en el logos común de un acuerdo difícilmente aceptado, lenguaje y razón que el filósofo detenta sólo en la medida en que los demás se atengan a la razón por la fuerza de la misma. La racionalidad que subyacía a la ambición constructiva del relato fundacional se hace explícita en el argumento pendiente del sí del interlocutor.

Que la Utopía es un diálogo, o al menos un semidiálogo, como buena parte de las obras que la imitan y siguen, es algo que merece la pena destacar, habida cuenta de que la fortuna literaria de la utopía, y la imagen prototípica que de ella se tiene, ha venido casi siempre asignada al género novelesco con el marbete decimonónico de Staatsroman. La implicación entre forma dialógica y utopía fue sentida por esos autores precisamente por el modelo socrático-platónico subyacente que vincula la forma dialógica al tratamiento de los más importantes en el ámbito no institucional del ocio (73). El diálogo en la obrita de Moro tiene un protagonismo desigual, pero incluso en el libro II, donde la dominante es el monólogo de Hitlodeo, la forma dialógica aparece quintaesenciada en su función. La última reflexión que cierra el texto, cuando el conjunto del cuadro utópico viene puesto entre paréntesis, no ha dejado de suscitar perplejidades, con lo que queda explícito el efecto cuestionador del marco dialógico, en el que la credibilidad del relato queda escenificada. Y este contrapunto crítico de cierre se dobla a partir de las ediciones sucesivas con la adjunción de una carta, el género complementario del diálogo, en la que Moro responde con agradecimiento a un crítico del libro. A la crítica mimética interna al diálogo corresponde una segunda externa, inserta en la modalidad paratextual de carta epilogal.

Análogamente, una obra tan denostada como la República, paradigma de la sociedad cerrada y auténtica «¡dea platónica» del totalitarismo, recibe una nueva luz cuando se hace del diálogo, no ya una retórica que disimula la autoridad inexcusable de cualquier discurso, o la más peligrosa del filósofo dogmático disfrazado de afable paseante, sino una opción formal de implicaciones radicales en el contenido. Así hay lecturas de la República que se empeñan en destacar la duda sistemática que esconde la progresiva construcción del Estado ideal y que permite concluir que, si la sociedad que dibuja el incansable Sócrates es, ciertamente, el paradigma de la cerrazón, el diálogo por el que se accede a ella muestra una singular apertura que, por localizarse en el marco mismo, cuestiona de raíz el cierre de lo representado (74).

Entre Platón y Aristóteles no es sólo la actitud ante el Estado ideal la que cambia, sino también, significativamente, el medio textual. También Aristóteles escribió abundantes diálogos, pero no hemos conservado ninguno. Lo que de ellos sabemos como obras literarias, amén de lo que toca a las posiciones en ellas defendidas, es que en ellos la andadura monológica predominaba sobre el diálogo, que se habría convertido ya en una mera vestimenta para brindar los contenidos filosóficos al gran público (75). El centro del trabajo se organiza en torno a una nueva forma que ya toma en serio el medio escrito y las posibilidades que éste presenta. Vegetti ha puesto en relación estos dos hechos para el conjunto de la obra aristotélica, la consolidación de la escritura en la forma del tratado y una práctica que Aristóteles va imponiendo como procedimiento analítico «científico» y que hereda de la tradición médica presocrática: la disección (76). El medio escrito se impone en la indagación como único procedimiento de distinguir los elementos y los constituyentes. La recepción es, además, preponderantemente la del lector y el estudioso, aunque se siga con frecuencia aludiendo al carácter de «conferencias» que tendrían los tratados aristotélicos, reunidos sólo, y con frecuencia, un tanto desordenadamente por él mismo o sus discípulos.

Quizá el límite de esa forma dialéctica haya sido la República de Zenón de Citio. En esta obra Baldry reconstruía un procedimiento por el que a la exposición de las inconsecuencias del estado actual de las ciudades seguía la presentación de lo que debería ser en el estado de los sabios con un marcado ritmo silogístico. Esta estructura polémica de la obra de Zenón se separaba drásticamente de las formas narrativas de exposición que son las dominantes en la tradición utópica. Se encuentra, pues, en el límite del tratado que Aristóteles implanta en la tradición occidental.

2.2.3. Sátira y utopía. Luciano

El lugar de la sátira en la tradición utópica es doble y conviene distinguir entre la sátira que la utopía ejerce sobre la sociedad del autor, por la mera presentación de otro mundo en el que los ideales se realizan (77), y la sátira que se opera sobre las diversas formas de construcción literaria en las que se funda el discurso utópico. En cuanto al primer punto, el componente satírico de la utopía se puede reconducir hacia una tradición carnavalesca cuyo potencial transgresor ha sido destacado en los últimos años por la influyente investigación de Bajtin (78). Quien rechace los relatos áureos como impertinentes para la tradición utópica propiamente dicha debe dar cuenta del hecho de que, de una manera recurrente, estos textos aparecen vinculados a una posición de crítica social. En esta dimensión crítica, la tradición mitológica de la Edad de Oro aparece referida como la edad de Crono o Saturno, uno de cuyos textos fundamentales hemos recogido en este volumen y que presentan el interés de tener una dimensión institucional: los festivales dedicados a este dios, las Cronias y las Saturnalias, donde domina una ruptura con el mundo vigente que se refleja de la manera más aguda en la inversión de roles entre amos y esclavos, mujeres y hombres, y en la igualación entre ricos y pobres (79). Pese al carácter regulado de estas revoluciones y su funcionalidad interna en las sociedades en que se dan, hay que reconocer que en ellas se crea una condición crítica que trasciende la mera ocasión para hacerse crítica del orden social en su conjunto.

Una dimensión fundamental de esta línea de textos utópicos son los muy sugestivos de los autores cómicos del siglo V a.C., donde abundan de manera notable, como una obsesión, con una presencia que va desde la alusión a la obra completa, la representación de las condiciones de vida ideal, no como mera fabulación fantasiosa con referencia al muy dinámico horizonte político y social de la época (80). Algunos de estos textos (pensamos sobre todo en los de Aristófanes) tienen el interés adicional de presentar una mirada crítica que se desplaza a las formas incipientes del discurso utópico: los proyectos urbanísticos de Hipódamo o el comunismo platónico. La sátira romana presenta también esta posibilidad de lectura. Otro aspecto de esta tradición carnavalesca sobre la que ha llamado la atención especialmente Elliott es la producción satírica romana cuyo influjo sobre la cultura de Occidente se podría considerar ininterrumpido hasta la época moderna. Elliott ha subrayado la importancia de este influjo en Moro, que llega incluso a la articulación formal del diálogo en dos partes: una en la que se destacan ciertos aspectos de la estupidez y la locura humana y una segunda, explícita o implícita, en la que se ensalza el modelo, lo positivo.

El lugar de Luciano es decisivo en ambos momentos de la sátira: como paradigma, por un lado, de mirada moral sobre los vicios sociales, pero también como modelo literario que no sólo suministra un texto paradigmático, sino toda una retórica paródica de la construcción imaginaria (81). De la importancia de Luciano en la formación y el pensamiento de Tomás Moro no cabe ya dudar. Se ha señalado que en su tiempo Moro fue más leído como traductor, junto con Erasmo, de Luciano, que como autor de Utopía (82).

En este sentido, un escrito lucianesco en particular tiene un interés destacado para nuestro estudio, el de las Historias Verdaderas en dos libros, obra en la que Luciano realiza un auténtico tour de force intertextual por medio del cual subvierte toda una tradición literaria desde el momento constitutivo de su enunciación (83), la que comienza con el Ulises homérico cuando relata la historia de los feacios (paradigma del relato mentiroso) (84) y se continúa en poetas e historiadores, entre los que se destacan las figuras de Heródoto, Ctesias y Yambulo, tradición cuya importancia nuclear en la constitución y recepción de los textos utópicos ya hemos señalado anteriormente. La peculiaridad de la parodia lucianesca viene dada por ejercerse no sobre obras determinadas, sino sobre un género en su conjunto, en el que el viaje imaginario a la isla paradisíaca y la indagación de extrañas y bien instituidas sociedades con géneros de vida sorprendentes constituye el objeto de una mirada que se expresa con la autoridad del testigo que ve y cuenta porque ha visto. La declaración introductoria que en el límite de la conocida paradoja declara la falsedad del propio testimonio pone a las claras como pocos textos de la Antigüedad los límites y alcance de la ficción en esta literatura. Luciano parece protestar del abuso de las formas enunciativas características de la verdad, al ser utilizadas para la presentación de ficciones que por su misma inverosimilitud se denuncian a sí mismas como tales. Luciano propone restituir a la forma testimonial de la enunciación su valor de verdad pero, en el límite de la paradoja, para mentir verídicamente.

El hecho de que la fabulación de tradición historiográfica, emblematizada en la figura de Heródoto y Yambulo, constituya uno de los blancos de esta parodia, es de especial interés, por el hecho de que, entre todos los discursos de ficción, es la utopía el que ha mantenido con especial obstinación una dimensión referencial, su pretensión de verdad, bien que vehiculada por un medio indirecto como es la sátira. Pero pocos autores han recibido como Moro la práctica lucianesca profundamente irónica de señalar en el propio texto el carácter ficcional del mismo, y la necesidad de una lectura oblicua que suma al lector en la paradoja de entender que eso que se declara con las formas de la verdad es en realidad un imposible. Moro utiliza para ello un rico arsenal de nombres derivados del griego donde se declara desde el mismo nombre de la isla feliz la inexistencia real de lo que se describe.

Pero además del modelo irónico de la ficción, Moro ha tomado también de Luciano la fórmula del diálogo satírico, que pasa por ser una de las más significativas creaciones de este autor (85). En este sentido, se han podido destacar paralelos importantes entre el diálogo lucianesco y el libro I de Utopía (86), paralelos que permiten por contraste subrayar la originalidad del diálogo de Moro. Éste juega constantemente con las fórmulas y los roles que Luciano presentaba en sus diálogos. Por ejemplo, Moro parece tomar el papel lucianesco del que, desde el sentido común, refuta las pretensiones del sabio, pero a la vez asume una posición incompatible con aquél cuando defiende, frente a Hitlodeo, la disimulación en el puesto de consejero. Mientras el escepticismo de Luciano se expresa cuando destaca las ridículas inconsecuencias del filósofo, en Moro la diferencia se salda con un triunfo de la ficción utópica cuya excelencia es revalidada.

3. Tópica utópica

La presentación de una sociedad ideal esconde bajo la más o menos brillante descripción literaria una intención «argumentativa» que permite organizar los elementos que la constituyen en un cuadro de tópicos, cada uno de ellos desarrollado en dimensiones diferentes (87).

Ahora bien, pretendemos llamar la atención sobre la homogeneidad global que esta división en tópicos no debe ocultar. Los elementos centrales de la representación utópica aspiran a presentarse en una manera continua, que atendiera, en la medida de lo posible, al entrelazamiento de los mismos y su mutua traducción. La utopía pretende ser un universo de perfecta «traducibilidad» entre elementos y niveles: entre las condiciones naturales, las prácticas sociales y políticas, y el estado anímico de los habitantes debe reinar una congruencia completa que garantiza la estabilidad del conjunto. Así una condición de estabilidad política se expresa no pocas veces bajo la indicación de «tranquilidad», estado anímico o rasgo de carácter de los habitantes que «traduce» la estabilidad social en la que se ha proscrito la competencia, y que en definitiva es trasunto de la estabilidad climática y hasta meteorológica del lugar elegido. Cualquier desequilibrio en uno de los niveles deriva en la decadencia. El equilibrio del sistema no contempla mecanismos de compensación y por tanto las medidas para mantenerlo son radicales. Lo que repugna de la utopía no es tanto la estabilidad completa a la que aspira, sino los medios brutales y terminantes con los que la mantiene, sin que por lo general se saque la lección de que una cosa lleva a la otra.

Destaca la dominancia de los términos que hemos llamado «psicosociales», que hacen de la perspectiva anímica el punto de convergencia de todo el resto de elementos utópicos. Buena parte de la mala prensa de la utopía, y en general del pensamiento antiguo, deriva de esa apasionante paradoja que es la felicidad humana, con la que la utopía, culminando en esto las exigencias indiscutidas de la reflexión ético-política en la Antigüedad, tiene un compromiso absoluto. Aquí culmina la excelencia, o la perversión, de la utopía. Pero lo más inquietante de los textos que nos proponemos esquematizar es la facilidad con la que se absorbe en ellos el saber «científico» de la época. Reside aquí una de las más refinadas lecciones de la utopía antigua y, en definitiva, de todos los tiempos. La continuidad que señalamos entre los componentes de la vida utópica es trasunto de la visión «holística» propia del tema mitológico de la Edad de Crono. La progresiva asimilación de un saber racional del ser humano no trastoca esencialmente los tópicos sino su justificación, dejando intacta la fuerza con la que es capaz de imponerse.

Uno de los rasgos distintivos del discurso utópico es, pues, la homogeneidad interna de la sociedad utópica. Del mismo modo, son recurrentes soluciones a las cuestiones que lo articulan hasta dar un todo social lo más cerrado y exclusivo posible. Lo extremo de las medidas, junto con su carácter fantástico y estrafalario, no ocultan la relativa pobreza de las mismas. Esto hace fácil detectar la «figura» de la utopía, pese a la endémica dificultad para definirla, en la recurrencia de las formas comunistas de producción y propiedad, la estricta especialización funcional del trabajo, la detallada y puntillosa reglamentación educativa, la preferencia por formas patriarcales y muy estrictamente jerarquizadas de gobierno, las elaboradas (hasta lo repulsivo) formas de control comunitario y la especial y no menos sospechosa insistencia en la «felicidad» de los habitantes de tan perfectas ciudades, con especial atención a las formas de la fiesta en las que la comunidad muestra y se muestra a sí misma la excelencia de la que goza. No es frecuente señalar que es esta última categoría, que nos atreveríamos a clasificar de «psicosocial», la que recurre con mayor insistencia en los proyectos utópicos. La felicidad y la alegría, la tranquilidad y ausencia de preocupaciones aparecen como pieza de cierre (nunca sabremos si como premisa o como conclusión) de esa gran argumentación oculta que es la representación de la sociedad perfecta.

Del conjunto de fórmulas característicamente utópicas que hemos enumerado más arriba, escogeremos una cuya dominancia en los textos que hemos recogido es suficientemente conspicua. En ellos, el conjunto de los medios y las relaciones de producción y reproducción de la sociedad en cuestión está dominado por una idea tan inquietante como obsesiva para el mundo occidental, la del régimen común. Este recalcitrante comunismo de las utopías antiguas adquiere variadas formaciones profundamente interrelacionadas, aunque ha sido su expresión más peculiar, la de la República platónica, la que ha servido de referente de comunismo antiguo para su contraste con el moderno, desde Moro en adelante. Las formas más extremas de comunismo se encuentran testimoniadas para los antiguos en las sociedades «bárbaras», y consiste en la tríada de bienes, mujeres  e hijos (88). Los escitas pasaron en la Antigüedad como ejemplo de régimen comunitario, que en feliz expresión de su sabio emblemático, Anacarsis, es propio de los dioses. En el siglo I d.C. Filón de Alejandría celebrará las sectas judías de los eseos como aquellas que han realizado el ideal de comunidad como ningún pueblo entre los gentiles. En efecto, el mundo griego lo encontramos sólo en determinadas formas «extremas» de comunidad filosófica (los guardianes de Calípolis, cínicos y estoicos). Habitualmente nos las habemos con fórmulas más restringidas, como la comunidad de bienes (sectas pitagóricas), la comunidad de consumo (Esparta), la de producción (Faleas).                                                                                                                       

Subyace a todas estas soluciones una profunda preocupación  por un hecho tan elemental para nosotros como es el de la propiedad, esencialmente la de la tierra. Destaca desde la Antigüedad la constancia de la evocación de la condición común de la tierra y, en general, de la naturaleza toda. Esta relación constituye una de las vías por las que las representaciones míticas afluyen constantemente a la representación utópica. La tierra, madre común y generosa, aportaba en el mito de los orígenes alimento suficiente para todos sin necesidad del trabajo; la propiedad y la delimitación consiguiente de los confines evocan metafóricamente la herida de la tierra y se acumulan a otras imágenes de agresión que la pérdida de la condición primera implica sobre la madre común. Las actividades definitoriamente civilizadoras de la agricultura, la ganadería, el trabajo de los metales y las artes son medidas por este índice moral que es la apropiación y la acumulación de riquezas. La entrega a las olas para el comercio culmina y hace definitivo el abandono de la condición primigenia. El esfuerzo más importante de la inventiva humana que desarrolla la utopía se empleará en reconstruir lo común, pálido reflejo siempre de la vida primera.

Cerramos esta apretada exposición con el tratamiento somero de otros temas de la utopía que, si bien marginales con respecto al núcleo socioeconómico, son con todo de un enorme interés y pervivencia considerable en la tradición utópica. Son ellos los que hacen la representación utópica más rica y articulada y, en proporción, más arriesgada.

3.1. GEOGRAFIA Y CLIMA

«Utopía» es primariamente el nombre propio de un lugar, y así se sigue utilizando a lo largo del siglo XVI. Conviene destacar que la isla de Utopía, si nos dejamos llevar por la obra misma, recibe su nombre del rey Utopo, y no significa directamente «no lugar» (término, por cierto, imposible en griego antiguo), como se repite hasta el tedio, sino la isla del rey Utopo. Moro demuestra una familiaridad notable con las técnicas onomásticas de la tradición mitológica griega, propias del erudito humanista que era. En ella es, efectivamente, habitual que la relación significante pase por la vinculación de una persona a un lugar, a la que subyace siempre una función narrativa potencial. De ahí puede surgir la motivación del nombre, sobre el que caben los juegos etimológicos más variados. En el caso de Utopo, el nombre está narrativamente motivado por el hecho de haber dado él mismo a la tierra su característica condición isleña, esto es, el haberla convertido propiamente en Utopía. La isla de Utopía nos remite, en primer lugar, al mundo de la acción humana a través de la figura epónima del fundador.

En estos términos, Utopía designa, pues, un espacio del que se dan indicaciones más o menos precisas que permiten su localización. La consideración de este espacio como el perfectamente adecuado y, en última instancia, único en el que la vida ideal se hace posible constituye un momento inexcusable de la construcción de la utopía.

Una peculiaridad geográfica recurrente es su aislamiento, que se realiza generalmente en la forma ya aludida de isla (89). El aislamiento se puede realizar en dos formas: el político social de la utopía de los siglos V y IV y el geográfico de la utopía helenística. Esta ubicación tiene una lectura estrictamente ficcional, según la cual la marginalidad y el difícil acceso explicaría, en la utopía novelesca sobre todo, el desconocimiento de estos lugares por parte del resto del mundo (provocado internamente por el conocido motivo del naufragio y el acceso fortuito). Una segunda lectura «¡deológica» situaría aquí la primera nota de «cierre» tan propia de la tradición utópica. Hay que decir que ese cierre no excluye en numerosas ocasiones el contacto con el resto del mundo, sencillamente facilita el control de este contacto, que es el auténtico propósito de los utopistas. En el caso de la ausencia de este aislamiento natural, la regulación tiene sobre todo un fundamento institucional (así en Platón), por el medio legal del control de los viajes y los accesos. Moro somete a su Utopía al doble régimen de la isla (artificialmente creada, no lo olvidemos) y de las regulaciones legales. En definitiva, esa condición de regulación de los contactos constituye el primer factor que explica la estabilidad y la continuidad del mundo ideal, según la convicción que una vez llegado al equilibrio, garantizado psicológicamente por la aceptación voluntaria de los habitantes, sólo la acción del exterior puede motivar la degradación. En el orden de lo connotado, la nota de separación señala la de alteridad radical del mundo descrito con respecto al presente. Sobre esta alteridad se construye sin necesidad de ser más explícitos la crítica del mundo que se vive, que el grueso de los autores considera definitorio del relato utópico.

En segundo lugar, la determinación climática y genéricamente ambiental, el régimen de vientos y aguas, será un criterio básico, que deriva, en última instancia, de un motivo importante del relato de fundaciones. Pero esta determinación tiene una derivación más interesante, e inquietante, que a partir del siglo V va ser inseparable de la cuestión utópica: la estrechísima imbricación entre condiciones climáticas y condiciones fisiológicas, que garantizarán, junto con las medidas eugenésicas al uso en el nivel sociopolítico, la plenitud de las capacidades de los habitantes y consecuentemente el pleno y satisfactorio cumplimiento de sus funciones (90). Nos encontramos ante una de las más importantes teorías asimiladas al esquema de análisis etnográfico por los autores desde el siglo IV en adelante, que habrá de tener una fortuna notable en la tradición científica y literaria occidental. Se trata del conglomerado de teorías que podríamos denominar «determinismo ambiental», cuyo punto de partida se puede localizar en la literatura médica de finales del siglo V en el justamente famoso escrito hipocrático Sobre aires, aguas y lugares, pero que pronto pasa a la literatura filosófica hasta consolidarse como esquema «científico» para la interpretación de la variedad humana y cultural. Para el caso de la utopía, esta teoría traduce el sostenido ambiente paradisíaco en condiciones geográficas determinadas que permiten una perfecta y continua templanza del clima: la eukrasía, o clima temperado. Por ejemplo, de su imagen de la primitiva humanidad feliz en el Político, Platón, se diferencia también en ello de Hesíodo, ha suprimido la mayor parte de los componentes fantásticos referidos a la longevidad, no envejecimiento de los miembros y muerte semejante al sueño, pero ha introducido esa categoría destinada, como decíamos, a una extraordinaria fortuna, la de la eukrasía, la excelencia climática, que permite a estos hombres felices pasar su vida casi completamente al aire libre, sin vestidos ni más lecho que el que en forma de hojas les proporciona la naturaleza. Esta condición excelente tiene un primer reflejo anímico en la referencia a la belleza del paisaje que, natural o artificial, todo autor utópico recrea: el disfrute de la contemplación de la naturaleza que se encuentra ya presente en los textos más antiguos.

Los cuadros de sociedades ideales de la Antigüedad, y no pocos de la Edad Moderna, tienen como ineludible punto de partida la consideración de esas condiciones climáticas como factor explicativo de la excelencia de la sociedad. Este factor «científico» es extremadamente interesante por su capacidad de reducir diferencias geográficas radicales a un denominador común, desde el punto de vista de la cualidad física y social que favorece: vergel o desierto, edad de oro o primitivismo, clima moderado o extremo, permiten por igual, gracias a la cualidad temperada del aire ambiente, localizar una sociedad distinguida por un carácter moral y socialmente excelente, que extrae el máximo rendimiento del medio para confirmar la permanencia de su propia excelencia y felicidad.

3.2. LENGUAJE

Viaje y etnografía han sido indagadas con frecuencia como formas más o menos disfrazadas de la traducción, aunque el momento propiamente lingüístico tenga un protagonismo relativamente reducido en estos géneros (91). Los términos en los que se habla de la sociedad extraña operan por un proceso incontrolado de generalización y universalización que los convierte en estereotipos en los que se subsume la realidad nueva en lo ya conocido. Por ello lo diferente es «conjurado» y reducido a lo familiar, aunque el efecto exótico mantenga la ilusión de novedad.

Para la utopía, donde siempre hemos de añadir el momento cualitativo de la excelencia, la traducción, como Winter ha puesto de relieve, es especialmente problemática, porque a lo ajeno se añade el hecho de que la perfección de la lengua de utopía al traducirse a una lengua imperfecta distorsiona la realidad de manera irrecuperable (92). Ahora bien, ¿en qué consiste la perfección de una lengua? La lengua de Utopía, nos dice Moro, «no está falta de palabras y no es desagradable al oído, no hay ninguna otra que interprete más fielmente su pensamiento» (93), tres puntos en los que se reconoce la tradición del pensamiento clásico sobre la lengua y que tocan respectivamente el aspecto referencial, el fónico articulatorio y uno que podríamos llamar propiamente semántico. Los tres vistos no desde la descripción y el análisis, sino desde el ideal, formulados, pues, como virtudes.

Uno de los textos más significativos e inequívocos sobre este tema es el que encontramos en el relato de las islas del Sol, donde el lenguaje se manifiesta en una especial plenitud comunicativa, lo que podríamos llamar «supercapacidad lingüística», que hoy, en la era de la multicomunicación, sería de lo más envidiable. La atención del autor se centra en esa supercapacidad articulatoria que deviene directamente capacidad comunicativa. No hay en absoluto alusión al problema del sentido, que es el que para nosotros centra el problema de la traducción. Por contra, la presentación subraya la ruptura de dos límites impuestos al género humano a través del lenguaje, el que separa al hombre del animal y el que les separa de los demás hombres, el conocido problema de Babel, por no hablar del problema comunicativo de la dualidad emisor-receptor. Atiéndase al hecho de que de este modo, podría darse el caso de que todos los habitantes de la isla del Sol conversaran a la vez en única conversación. A la capacidad articulatoria responde una también aumentada capacidad receptiva. La supercapacidad lingüística responde adecuadamente, por tanto, a la necesidad social de concordia y no a un problema de eficiencia informativa.

En cuanto al primer punto, la imitación de las voces animales tiene una larga y hermosa tradición poética comenzando por los versos del Himno homérico a Apolo, en los que se nos refiere como «gran maravilla, cuya fama nunca perecerá» de las muchachas de Delos, que «de todos los hombres las voces y balbuceos saben imitar; diría uno que es él mismo el que habla, hasta tal punto se adapta su canto hermoso» (versos 162-165). Esta cualidad, que exhibía también Alcman con orgullo, es cuestionada con el conjunto de la tradición poética más o menos refinada, por Platón, quien la considera típica de la ciudad degradada por la excesiva variedad, en la que triunfaba el poeta que imitaba todo tipo de voces (tanto humanas como de animales) y de sonidos (94). Ni que decir tiene que este poeta es de los primeros en ser proscritos de la República. Pero esta idea nos lleva por un ligero desplazamiento a otra tradición de mucho más interés, la que hemos recogido en el capítulo dedicado a la comedia y al yambo, donde uno de los aspectos más llamativos es precisamente el de la comunicación con los animales. En la Edad de Oro de la tradición carnavalesca, por contraposición a las otras representaciones de este motivo donde este rasgo está marcadamente ausente, hombre y animal están en comunicación. De nuevo podemos asistir al proceso por el que un rasgo del mito se transforma en elemento de la utopía. Por el intermedio sofístico de la relativización de los elementos culturales se crea en el siglo IV una disyunción de especial fortuna entre el lenguaje natural y el lenguaje social, el primero señalado por ejercer de manera veraz la comunicación y el segundo por impedirla. En la reivindicación del lenguaje en la naturaleza andan mano con mano los ejemplos de los pueblos primitivos y animales. La República del cínico Diógenes exige el uso de todas las palabras, haciendo del lenguaje un elemento más que reconducir a la naturaleza; los escitas por su parte se distinguen, en palabras de Anacarsis, por su forma directa de hablar y reprochan a los griegos su verbalismo retórico. Este tópico antihelénico va a ser una constante en la literatura utópica de época helenística, que señalará el «laconismo» de los pueblos ideales como inseparable de su carácter sincero y veraz.

Dos textos marcan los límites de este lenguaje natural. El de Agatárquides de Cnido, quien en su ambigua presentación de la vida radicalmente natural de los ictiófagos presenta toda una gama de situaciones comunicativas extremas, que van desde carecer de articulación hasta la ausencia por completo de lenguaje, en el pasaje sobrecogedor sobre la tribu que él llama los «apáticos» (95). Agatárquides está en realidad aplicando una distinción de Aristóteles, quien en su Política vinculaba la capacidad lingüística del hombre a la percepción moral, pasaje cuyas implicaciones son notables. Los animales, en la medida que expresan algo, sólo dan señales de placer y dolor. Sin embargo, Agatárquides va más allá cuando dice que esta falta de lenguaje articulado no les impide regular su vida social por lo que hoy llamaríamos un complejo código kinésico. Finalmente, esa comunicación no articulada, casi táctil diríamos, permite un entendimiento perfecto con los animales del medio que el autor no duda en comparar, ventajosamente para la primera, con la comunicación humana.

En este punto enlazamos con uno de los grandes textos que presenta, de nuevo no sin cierta ambigüedad, los primeros momentos de la humanidad. Los pasajes de Lucrecio incluyen un desarrollo amplio sobre el origen del lenguaje, donde el papel conductor de la utilidad se fundamenta en un largo desarrollo del modelo animal por un argumento a fortiori: si las fieras mudas pueden emitir diferentes sonidos según diversas sensaciones de placer y dolor, cuánto más el hombre en el que están dotadas de especial vigor la voz y la lengua. También aquí encontramos la alusión al momento primordial del gesto, este caso plenamente deíctico, como grado elemental y universal, común a hombres y animales, de la comunicación (96).

Resumiendo podríamos decir que la representación de una lengua ideal se presenta en la Antigüedad determinada por los lugares donde se localizan los problemas de comunicación, que son: a) El problema referencial. El signo se comporta como un todo frente a la realidad, y la adecuación se centra en lo que hoy llamaríamos «significante», la forma vocal/articulatoria, y es del orden de la «imitación»: el lenguaje articulatoriamente debe imitar la variedad de la realidad. La traducción tiene como modelo la transliteración, no la adecuación de sentidos. Las lenguas de Utopía son perfectas desde el punto de vista articulatorio, y en su trasunto de las letras realizan el alfabeto perfecto. El caso de Yambulo es ejemplar: a una capacidad articulatoria infinitamente mayor que la nuestra, por su peculiar condición bífida (a la vez natural y artificial), se añade un peculiar sistema alfabético fundado en una combinatoria de las formas, y que encuentra un estrecho reflejo en el alfabeto utopiano de Moro. El resultado es un pliegue perfecto a la realidad de la que de una manera la lengua es un trasunto sonoro (y no tanto semántico). La solución inversa reconduce la adecuación por encima y más allá de la articulación al momento deíctico donde la correspondencia con las cosas es de nuevo perfecta. b) El problema comunicativo. El lenguaje es visto como instrumento de sociabilidad; por tanto, la lengua perfecta responde de manera ideal a las exigencias éticas de la sociedad, que son las de la concordia y la unidad. No debe interponerse entre los individuos lo que consigue cuando se hace arte que distrae o encanta al interlocutor. Las lenguas de Utopía son lenguas de sinceridad presididas por un ideal de concisión que evita que el lenguaje se haga de por sí un objeto autónomo. Correspondientemente no existe el problema «expresivo», en el sentido de la inadecuación entre el pensamiento y el lenguaje, entre la riqueza interior y las posibilidades del instrumento que media. Ni por supuesto el problema en su dimensión nacional o racial, en el sentido de que un lenguaje expresa una manera de ser el mundo propia y exclusiva de un determinado pueblo (97).

 


NOTAS:

56. La complejidad enunciativa del discurso poético antiguo y la construcción de nuevos modelos enunciativos para el discurso historiográfico han sido tratadas por C. Calame, Le récit en Grece, París, 1988, que citamos por la trad. ¡t., Rorna-Bar¡, 1992, pp.3-26.

57. A. Giarmini, «Mito e utopia nella letteratura greca prima di Platone», RIL, 101 (1967), pp. 101-132.

58. Y ello con independencia de que Diodoro mismo tuviera o no inclinaciones utopísticas, lo que intenta refutar E Sartori, «Storia, "utopia" e mito nei primi libri della Bibliotheca historica di Diodoro Siculo», Athenaeum, 62 (1984), pp. 492-507.

59. Los trabajos de P. Janni, especialmente La mappa e il Periplo. Cartografìa antica e spazio odologico. Roma, 1984, han posibilitado una importante revisión del concepto y alcance de la geografía antigua.

60. La versión habitual del origen de la etnografía en el mundo griego hace depender este fenómeno de los avances en el conocimiento geográfico desde finales de la época arcaica y de los intentos de representación cartográfica a cargo de Anaximandro dentro de cierta continuidad con la imagen homérica de la tierra habitada rodeada por el océano. Cf. Ch. lacob, Géographie et ethnographie en Gréce ancienne, París, 1991.

61. Cf. M. Hadas, «Utopian Sources in Herodotus», CPh, 30 (1935), pp. 113-121.

62. Cf. P. Janni, «ll mondo della qualità», Aion, 23 (1973), pp. 445-500 y 25 (1975), pp. 145-178.

63. J. Romm, «Herodotus and mythic Geography: the case of the Hyperboreans», TAPhA, 119 (1989), pp. 97-113.

64. Cf. E Hartog, Le miroír d’Hérodote. Essai sur la constitution de l'au tre, París, Gallimard, 1980 (19902).

65. De gran influencia ha sido el voluminoso trabajo de A. 0. Lovejoy y G. Boas, Primitivism and related Ideas in Antiquity, Baltimore, 1935. Cf, también el libro de T. Cole, Democritus and the Sources of Greek Anthropology, Philological Monographs published by APhA 25, Cleveland, 19902, que representa el esfuerzo más ambicioso para reconstruir el pensamiento sobre el estadio primitivo de la cultura, reconduciéndolo a Demócrito.

66. Las diferencias entre formas de gobierno como factor causal en la historia política tiene un protagonismo especial en las Historias de Heródoto (cf. sobre este texto de Heródoto como punto de partida sobre la reflexión «constitucional»; cf. N. Bobbio, La teoría de las formas de gobierno en la historia del pensamiento político, México, 1987).

67. Punto destacado por R. Drews, The Greek Accounts of Eastern History, Cambridge (Mass.), 1973; sobre la continuidad del motivo a lo largo de la Antigüedad, cf. Gli. Ceauçescu, «Un topos de la littérature antique: l'éternelle guerre entre l'Europe et l'Asie», Latomus, 50, 2 (1991), pp. 327-341.

68. Egipto ha sido objeto de una importante monografía de Ch. Froidefond, Le mirage égyptienne, Aix-en-Provence, 1971; F. Hartog, «Les grecs égyptologues», Annales ESC (1986), pp. 953-967, y G. Zecchini, «Linee di egittografia antica», en Egitto e storia antica dall'ellenismo all'età arabe. Bilancio di un confronto (Atti del Colloquio Internazionale, Bolonia, 31 Ag.-7 Sett., 1987), Bolonia, 1989, pp. 703-713. Sobre la India, además de los importantes trabajos de A. Zambrini recogidos en el capítulo 13, véase los de K. Karttunen, «India in Greek Literature», Studia Orientalia, 55, Heisinki, 1989. Sobre la india en la literatura antigua y medieval disponemos en español de una excelente recopilación a cargo de J. Gil, La India y el Catay. Textos de la Antigüedad clásica y el Medievo occidental, Madrid, Alianza, 1995. Cf. además la revisión del material sobre ambas tierras por Espelosín, ed. cit., pp. 183-192 y 198-206, respectivamente, con bibliografía.

69. Cf. Biesterfeld, ed. cit., pp. 68-69 con bibliografía.

70. Sobre la teoría constitucional de Polibio, cf. recientemente el detallado trabajo de D. E. Hahm, «Polybius' applied political theory», en A. Laks y M. Schofield, eds., Justice and Generosity. Studies in Hellenistic Social and Political Theory, Cambridge, 1995, pp. 7-47.

71. Drews, ed. cit., pp. 123-132.

72. La investigación platónica está dividida en lo que toca a la valoración de la función de la forma dialógica en la filosofía platónica. Señalaremos las posiciones encontradas de Ch. L. Griswold (ed.), Platonic Writings. Platonic Readings, Nueva York-Londres, Rotifiedge, 1988 y Th. Slezak, Leer a Platón, Madrid, Alianza, 1996. Nosotros nos inclinamos naturalmente por la posición de Griswold, quien ve en el diálogo un elemento fundamental para la comprensión de la filosofía platónica.

73. Cf. C. Forno, Il «Libro animato»: Teoria e scrittura del dialogo nel cinquecento, Turín, 1992.

74. Cf. D. Clay, «Reading the Republic», en Griswold, ed. cit., pp. 19-33.

75. Cf. Hirzel, ed. cit., I, pp. 290-305.

76. M. Vegetti, Il coltello e lo stilo, Milano, 1987, esp. pp. 30-32, quien toma como modelo los tratados biológicos.

77. Este aspecto fue destacado por N. Frye, «Diversidad de utopías literarias» en E H. Manuel (comp.), Utopías y pensamiento utópico, Madrid, 1982, pp. 55-81 (recogido en La estructura inflexible de la obra literaria, Madrid, 1973), p. 55; ha insistido especialmente en esta vinculación con la sátira R. C. Elliott, «The Shape of Utopia», JELS, 30 (1963), pp. 317-334.

78. Cf. W. Rösler, «Michail Bajtin und die Karnevalskultur mi antiken Griechenland», QUCC, 23 (1986), pp. 22-54.

79. Sobre estas fiestas, cf. W. Burkert, Greek Religion, Cambridge, 1985, pp. 227-234. Elliott, ed. cit., pp. 3-24, considera la utopía como una laicización de las fiestas saturnales, y la sátira la versión laica del insulto ritual de estas celebraciones.

80. La literatura sobre utopía y comedia es abundante, cf. fundamentalmente L. Bertelli, «L’utopia sulla scena: Aristofane e la parodia della cità», CCC, 4 (1983), pp. 215-261; P. Ceccarelli, «Le monde sauvage et la cité dans la comédie ancienne», Études des lettres, 1992, t. IV.1 (ldées de la Nature), pp. 21-37.

81.Cf. Manuel y Manuel, ed. cit., I, p. 145.

82. Las traducciones de Luciano han sido editadas por C. R. Thompson, St. Thomas More: Translations of Lucian, en el volumen III de la edición de Yale, en 1974.

83. M. Fusillo, «Le miroir de la lune. L’Historie Vraie de Lucien de la sa­ tire à I'Utopie», Poetique, 73 (1988), pp. 109-135.

84. Platón, República, X, 614 b. Fusillo ha destacado el carácter «genérico» del pastiche lucianesco, frente a las interpretaciones que ven en esta obra de Luciano la parodia de la obra de Antonio Diógenes, Maravillas de más allá de Tule, avalados por la opinión del patriarca Focio, por quien conocemos esta singular obra, que aseguraba tras el resumen de la misma que era el punto de partida de la obra de Luciano, entre otras (cf. Biblioteca cod. 166, ed. de R. Henry, París, 1960, 112b 32 y ss.; hay traducción española de los fragmentos de Focio y del PSI 1177 a cargo de J. Mendoza, Quéreas y Calírroe. Efesíacas. Fragmentos novelescos, Madrid, 1979).

85. Cf. Dos veces acusado, 32-34.

86. Cf. Bracht Braham, «Utopian Laughter: Lucian and Thomas More», Moreana, 86 (1986), esp. pp. 23-43.

87. Entendemos el término «tópico» en su sentido propiamente retórico de concepto heurístico que delimita el conjunto de puntos de vista relevantes para la indagación de problemas y formación de opiniones en el seno de un determinado horizonte cultural. Una revisión de los tópicos más importantes puede leerse en J. Lens, «La representación de la Edad de Oro desde Hesíodo hasta Pedro Mártir de Anglería», en J. M.ª García González y A. Pociña Pérez (eds.), Pervivencia y actualidad de la cultura clásica, Granada, 1996, pp. 171-209.

88. P. Vidal-Naquet, «Esclavitud y ginecocracia en la tradición, el mito y la utopía», en Formas de pensamiento y sociedad en el mundo antiguo. El cazador negro, Barcelona, 1983, pp. 241-261.

89. Los valores simbólicos del espacio insular en el mundo griego han sido estudiados por S. Vilatte, «L’ insularité dans la pensée grecque: au carrefour de la Géographie, de la Ethnographie et de l'Histoire», Revue Historique, 181.1 (1989), pp. 3-13 y L’insularité dans la pensée grecque, Besançon, 1991.

90. Vinculado a este aspecto de la utopía se encuentra el momento dietético. Cf. J. Lens, «The influence of some hippocratic passages upon hellenistic Utopias», en R. Wittern y P. Pellegrin, H¡ppokrat¡sche Medizin und antike Philosophie, Medizin der Antike 1 (Verhandlungen des VIII. Internationalen Hippokrates-Colloquiums), Hildesheim-Zúrich -Nueva York, 1996, pp. 259-271.

91. Cf. Cardona, ed. cit., pp. 323-326.

92. Winter, pp. XXIV-XXV.

93. WThM, 158/12-14. Cf. la revisión de A. Pons, «Les langues imaginaires dans les utopies de l'áge classique», Critique, 387-388 (1979), pp.720-735.

94. Alcmán F. 40 Page. Platón, República, 397a.

95. Cap. 13; Aristóteles, Política, 12 1253a 9-18.

96. T. Janson, «Lucretius and the Origin of Language», Historiographia Linguistica, 6 (1979), pp. 149-157, quien apunta en la versión de Lucrecio perspectivas muy actuales.

97. Sobre el origen de esta idea, cf. M. Ollender, Les langues du Paradis. Aryens et Sémites un couple providentiel, París, 1989.

 

Texto extraído de "Utopías del mundo antiguo", J. Lens Tuero - J. Campos Daroca, págs. 30/62, Alianza editorial, Madrid, 2000.
Corrección: Cecilia Falco
Selección y destacados: S.R.

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