TEORIA DE LA TONTERIA
Jean- Claude Milner
Habría
que hablar de la tontería. Constatar en primer
lugar este rasgo: un uso, tan corriente que es casi una
evidencia, la tiene por disposición de los individuos,
término pues que atañe a la lógica de la particularidad
y cuya doctrina con gusto pretende ser psicología. Pero,
apenas planteada la determinación del lado de los caracteres,
reaparece en el punto opuesto, del lado de las comunidades.
Porque, en lo que respecta a la estructura, pareciese
que la tontería hace cuerpo social y, por qué no, institución.
Podríamos decir incluso, que se construye como universal
conspiración. Son testimonio de ello algunas novelas:
me refiero a las de Flaubert, en las que la tontería
asoma en el lugar mismo donde Balzac ubicaba la
conspiración, Proust los homosexuales y Sartre
los sinvergüenzas.
Formas
todas éstas, en las que la serie de los fenómenos explícitos
aparece parasitada por una polvareda que viene de otra
parte y cuya calidad de múltiple remite de inmediato a
la singularidad de los términos aislados. Conocemos esas
"clases paradójicas" donde aquello que, supuestamente,
reúne los elementos es, precisamente, lo que los diferencia
absolutamente unos de otros: allí donde en las "clases
ordinarias", los miembros son mutuamente reemplazables
respecto al principio constitutivo de la clase, el principio
aquí debe indicar, para cada miembro, lo que lo hace irreemplazable
por otro. Diríase incluso que la subjetividad moderna
no conoce otros lugares: sea a través de la literatura
y el estilo, del arte y la manera, de la medicina y el
caso, o de la política y la libertad, la
subjetividad moderna parece
agotarse en el intento por anudar el principio de su dispersión
a un nombre generalizable a lo colectivo. Valga decir,
un síntoma.
Como
es natural, el psicoanálisis no encuentra sino eso, él,
que sólo puede hablar del sujeto moderno al modo de las
terminologías psiquiátricas. Por la apariencia de generalidad
que los nombres ya establecidos de neurótico, histérico,
perverso, inducen, adivínase que se apunta a muy otra
cosa que a una nosología; no se hace referencia al conjunto de rasgos comunes que reuniría
a los miembros de la clase, sino que se señala, en un
movimiento de nominación real, el modo neurótico o histérico
o perverso de ser, como sujeto, fuera de toda semejanza.
Ahora
bien, ¿quién creerá a esta tontería conspiradora
cuya mano vemos posarse en todas partes, quién la creerá
suficientemente fundada por una disposición de carácter
común a los miembros de una clase, o por un quantum de
inteligencia que supondríamos igualmente débil en todos?
Otra cosa está ahí en juego: una posición del sujeto,
anterior a esas similitudes que un pueblo vano cree reconocer
o medir. En otros términos, una singularidad, si
es necesario denominar de este modo lo que no funda semejanza
alguna, y no una particularidad, conocida función
del parecido, es decir de lo Mismo y de lo Otro. Lo
que haría falta concebir entonces, es esta manera tonta
de existir como sujeto: un modo por el cual el sujeto
en cuanto real, se inscribe en las vías de la tontería
al igual que sucede que se inscriba en las vías de la
neurosis o de la perversión.
Nos proponemos,
pues, anexar a los nombres en uso de la subjetividad moderna,
el de la tontería: simple operación de léxico si
no se toma en cuenta que de este modo, hay que referir
la tontería a su síntoma. No es que sea
difícil describirlo: a través de tantas experiencias,
encuentros, relatos, uno sabe reconocerlo en ese
sentimiento - a veces impotente, otras exasperado
o enternecido- de que digamos lo que digamos o hagamos
lo que hagamos, todo se mantiene siempre.
Porque
a la tontería nada logra vencerla, ningún corte
la detiene, se revela sorda a todo significante que desata.
No eterna, pero sempiterna, opone a todo lo que podría
dispersarla la terca frente del que no oye: ningún
efecto de sentido se ejerce entonces, ninguna interpretación
opera, el tejido anudado de la realidad se despliega sin
problema cubriendo con su manto el chato discurso de las
significaciones.
Sus formas benignas las conocemos todos: esa sordera
ocasional -y a veces fingida- ante algún Witz, el aire
desentendido que anula el encuentro de un sentido, el
peritaje -a menudo llamado experimento- siempre listo
para amotinar el rebaño de significaciones experimentadas,
a fin, sobre todo, de que todo continúe sin problema.
A eso, pocos escapan: ¿quién puede presumir de sostener
sin cesar la barra del sentido?
Pero, ¿y las formas malignas y permanentes? Sólo
se las puede referir a una máxima que hace de tal o cual
sordera la regla constante de un sujeto. Dicho de otro
modo, actuar en toda circunstancia como si no existiese
sentido alguno y aferrarse al axioma tonto:
"No existe corte alguno que deshaga los vínculos
de la realidad".
El síntoma, entonces, se aclara, puesto que
la máxima -combinación del mandato y el axiorna- no lo
tiene sino a él por contenido: si
en la tontería todo se mantiene, es porque, precisamente,
la tontería consiste en creer que todo se mantiene.
De este modo, la función de lo que dispersa
está llamada a jamás adquirir valor, el deseo le cede
sin cesar el paso a la demanda, lo real a la realidad,
el sentido a la significación. Quien se aferra al axioma va pues camino de resistir a toda interpretación,
tiene asegurado el triunfo sobre cualquier sentido posible
en la realidad, puesto que allí se extiende su reino y
la tontería se halla definida por el hecho de no reconocer
ningún espacio. El rescate pagado es que así se resiste
también al propio deseo, quedando fuera de cuestión
que en caso alguno venga a romper el continuo de las demandas.
En el empecinamiento con que el tonto ensordecido nunca
cede sobre las segundas, sepamos oír el desastre de quien
no deja de ceder sobre el primero.
A partir de semejante punto, fácil sería construir
un lugar. En él encontraríamos
todas las tesis cuyo fin es asegurar que todo perdura.
Que todo sea dicho, que el ser persevere sin que lo afecte
su ser hablante, que el lenguaje una y comunique, que
haya algún discurso que no sea apariencia, todos éstos
son decires que la tontería enuncia o, al menos, aplica.
Recíprocamente, se ve que aquello gracias a lo cual un
dispositivo logra mantenerse no es más que la necesaria
ración de tontería, verdadero caput mortuum al
que todo sujeto se halla invitado a consentir desde
el momento en que aparenta que la dispersión real ha dejado
de existir.
Porque, como sabemos, la apariencia propia del discurso, su pretensión constitutiva, es hacer como si nada le ex-sistiese,
como si de nada pudiese decirse que no cesa de no escribirse
en él. Todo discurso requiere de todo sujeto que éste
consienta, un instante al menos, en esta máxima, anestesiándose
a esos cortes que podrían dispersar y pulverizar. Ese
instante, por impalpable que sea, es tontería radical. Las revistas, semanarios, escuelas,
sectas, instituciones, no se mantienen sino por ella,
al igual que las asimilaciones, semejanzas, solidaridades
y afectos. Conviene saberlo aunque sólo sea para no resistirle
sobre medida al punto de caer en las manías de la inteligencia
soltera, cuando no en las pasmadas visiones del anacoreta:
San Antonio o Pafnucio. Y es que, cierto es, no hay que
llegar hasta el no soportar que haya demanda y apariencia,
ingenuidad cuyo salario es el honor estéril y cuyo precio
es el apartamiento. No negarse al mínimo de tontería
necesario sino reconocerla por lo que es, eso es lo
que se espera de quien sabe que lo imaginario no se reduce,
como tampoco la demanda de que algo perdure. Dicho de
otro modo, prestarse pero no dedicarse a ella.
De ahí surge la presteza, que es lo contrario de
la persistencia. Pero conocemos sujetos que, a fuerza
de tontería persistente, se constituyen. No sorprenderá
que se haya creído inscribirlos en la horma social. La
sociedad, ¿no es acaso el lugar de lo que liga?
Asombrará aun menos que algunos hayan podido emparentarla
con esta horma social cuyo principio es en sí la
igualdad y la semejanza, y que no requiere más legitimidad
que ésa: queremos decir, la burguesía liberal. Se comprenderá
fácilmente que en una sociedad que se vanagloria de no
dictar más leyes que las mínimas necesarias para mantener
juntos a unos seres parlantes, el principio no sea la
virtud ni el honor ni la obediencia, sino la tontería, o sea, la pasión por el vínculo mismo.
No asombrará tampoco que el pensar tonto se cuele en la horma del lugar común y de la idea recibida:
todo dicho cuya forma y sustancia no se fundan más que
en el efecto de vínculo que el dicho lleva a cabo, es
valor de la función tonto. Recíprocamente, cualesquiera
que sean la forma o la sustancia de un dicho, cualesquiera
que sean las circunstancias de su decir de origen, basta
con que ya no produzca corte sino reunión y homogeneidad
para que se convierta en letanía de la Santa Sordera.
Así se explica la aparente paradoja que hace
que aquellos a quienes les importa la universalidad
de lo verdadero, sean también los que mantienen que
la opinión más generalizada - y, por qué no, universal-
puede ser inmediatamente la más falsa: conviene diferenciar
- con ellos y mejor que ellos - en el equívoco
nombre de lo Universal, lo que hace conjunto
y lo que no lo hace, o - si acordamos llamar Todo
al conjunto logrado- lo que hace y lo que no hace
(un) Todo. Sólo entonces se podrá renunciar al odio por
la tontería, que no es otro que el amor por ella y cuyo
síntoma es el odio hacia la idea recibida, es decir, el
sometimiento a ella.
La tontería
es creer en el vínculo, es decir, ceder sobre la imposibilidad
de que lo haya. Ahora bien, sabemos cómo se escribe el
matema de esta imposibilidad:

Cierto
es que ninguna de estas líneas por sí sola escribe lo
imposible del vínculo. Así como el Todo o el no- todo
no se realizan sino a través del choque entre dos cuantificaciones,
universal y existencia, así lo imposible se asoma por
el blanco abierto entre ambas líneas. De este modo, cáda
una de ellas es necesaria para que surja el matema como
tal; por consiguiente la renegación de éste quedará establecida
al borrarse una u otra línea, porque, entonces, el blanco
de escansión que era pasa a ser playa continua. Tal es
la estructura de toda tontería: ofuscación repetida
de una línea de cuantificación.
No es
poco decir que según se borre una u otra línea, la función
tonto tiene, por su estructura, dos
valores que 'lalengua' distingue suficientemente:
instalarse en el Todo a costa de no permitir que
encuentro alguno lo disperse, o una vez ocurrido tal encuentro,
mantenerlo contra viento y marea, hasta llegar
a percibirse a sí mismo como el único que "hace"
Todo y, por eso mismo, sentir la propia insuficiencia
como necesaria para lograrlo; tales son las vías de quien
no tiene la fuerza de consentir el no- todo.
El vínculo, así confortado, no subsiste ya más que en
la debilidad: bastón inepto del Universo, el sujeto se
bautiza entonces con la imbecilidad... feliz y satisfecha
si la suerte permite que no se tope con nada que la disperse,
infeliz y boquiabierta cada vez que se impone lo real
del no- todo: a menos que bajo su forma refinada,
la que llamamos inteligencia, la imbecilidad no sepa verter
a cuenta de la particularidad, es decir, del límite que
confirma el Todo, la escandalosa singularidad. Así, por
medio de un lance hábil, el Todo reinará definitivamente,
sin que nada nunca pueda afectarlo.
Inversamente,
un sujeto podrá inscribirse como aquello que no cesa de tachar el Todo, rechazando por principio
cualquier cosa que se presente bajo la forma de lo universalizable.
En esta posición, donde la resistencia del sujeto frente
a lo que hiere un deseo singular se confunde, por sordera,
con una testarudez concentrada en salvar la mínima particularidad,
se reconocerá la idiotez. El vínculo se construye
ahora de manera bifurcada: por las vías egoístas de la
excepción sin límites perpetuamente solicitada para sí
y fácilmente obtenida del imbécil a quien se ha tapado
la boca, pero también bajo la forma más respetada de la
infinita devoción a cierta realidad que se trata, sobre
todo, de colocar fuera de lo universal. Desde Salomé hasta
ese corazón puro, podemos ahora dibujar la oscilación
pendular que puede desconcertar a más de uno, por poco
que un mismo individuo la recorra sin desfallecer.
En lo
que a la estructura respecta, hay
pues dos maneras de creer en la unión. Nada
asombroso entonces que su representación más visible se
halle en el teatro de los sexos. Que la sexuación
sea ocasión de vínculo es, en efecto, la creencia última
que asegura la perpetuación de los seres humanos. Parece
incluso que algunos consentirían en la abolición de todos
los demás vínculos - abolición llamada, por qué no,
Libertad- con tal de que algún sexo continúe ligándose
a algún otro y que, de a dos, forman
el par. Aun más, ocurre que se suponga tal abolición
como condición expresa del vínculo sexual en tanto tal,
demanda última y lugar de un último esfuerzo.
Acordemos
llamar Hombre y Mujer a los dos términos
del vínculo. Acordemos además, que en las líneas
que articulan la imposibilidad de todo vínculo una de
ellas, la del Todo, esté afectada por el nombre
Hombre y la otra, la del no- todo, por el
nombre Mujer; vemos sin dificultad qué
es creer en el vínculo sexual: no es más que
creerse Hombre o Mujer, borrando alternativamente por
renegación, una u otra línea. Creer, al creerse Hombre,
que la Mujer se une,al inscribirse - de ser necesario,
como excepción particular- del lado del Todo. Creer,
al creerse Mujer, que un Hombre se une al inscribirse
- de ser necesario, como sucedáneo de singularidad-
del lado del no- todo. Desde el momento en que cada
línea de las escrituras cuantificadas recibe así un soporte,
separable, desde el momento en que este soporte recibe
el nombre de las especies sexuadas como Hombre o Mujer,
la creencia en el vínculo
esencial - único que de hecho cuenta- se establece
con toda confianza.
Al mismo
tiempo, queda claro que las posiciones del sexo se amarran
indisolublemente a la máxima tonta en tanto tal: de hecho,
pretenderse y creerse Hombre no es más que entregarse
a la imbecilidad misma; pretenderse y creerse Mujer no
es sino entregarse a la idiotez en sí. En ningún sitio
se descifra mejor la homología o más bien la identidad
estructural, que en nuestra sociedad; porque es lógico
que en la sociedad burguesa que, como sabemos, pretende
estar regida únicamente por las necesidades del vínculo
sin los adornos rilíticos de la cosmogonía ni del mito,
la última palabra recaiga sobre lo que coloca frente a
frente los términos desnudos del vínculo como tal: aquel cuyo real imposible o cuyo imaginario posible envuelve
todos los demás. Hasta tal punto, que la sociedad
entera recibe por finalidad la felicidad, es decir,
el feliz encuentro de un
hombre y de una mujer. La comedia burguesa
es aquí, sin duda, la que dice la verdad sobre la sociedad
del mismo nombre, dándose por objeto único, con su superposición,
su intersección y su disyunción, los dos tratamientos
reconocidos del vínculo imposible: el amor y el matrimonio.
Piénsese
en las escenas de despecho amoroso en que el hombre, por
deducción racional, concluye invariablemente la traición
y por no haber tenido en cuenta la mínima excepción, se
halla invariablemente convencido de haber errado. Cosa
que a la mujer nada le cuesta demostrarle, una vez que
se las arregla para hacer aparecer la semilla de singularidad
sobre la cual tropieza lo universal. Piénsese en
las escenas conyugales entre un esposo insuficiente para
sostener las proposiciones universales con que se autoriza
y una esposa terca que no consiente jamás en ninguna.
De Moliére a Feydeau, la
teoría del vínculo sexual, en una sociedad sin término
que la trascienda, se resume en el encuentro - feliz
o no según los casos- de un imbécil y de una idiota.
Sin duda
no se trata más que del happy end del cuento. Resulta
posible alcanzarlo a través de figuras diversas: el
fatuo (le fat), que cree que a través suyo
las mujeres alcanzan el Todo; la coqueta (la
coquette), que supone a todo Hombre dispuesto a ceder
en Todo por ella; el bobo (le niais), que
cree tanto que la mujer es Todo que permanece sordo a
cada una; la boluda (la conne) dispuesta
a todo por su Hombre. En la lengua francesa abundan las
denominaciones donde lo masculino nunca corresponde a
lo femenino y cuya referencia toca invariablemente el
encuentro, vínculo crudo, entre hombres y mujeres. No
puede ser fortuito el que estas expresiones sean inmediatamente
comprendidas en el campo de la tontería. La conjetura
es que pronuncian diversas conductas que sólo la máxima
tonta determina: variantes observables de la imbecilidad
y de la idiotez, roles escenográficamente distintos
donde se representan dos posiciones fundamentales.
Texto extraído de la Revista Escansión 1, varios, págs. 240/247, editorial Paidós,
Buenos Aires, Argentina, 1984.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones, julio 2006