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SOBRE EL DINERO LINGÜISTICO

FERRUCIO ROSSI - LANDI

(Parte II)

 

IV.   POSIBILIDADES DE INVESTIGACIÓN SOBRE EL DINERO LINGÜÍSTICO

IV.1. La abundancia relativa de referencias al dinero lingüís­tico y sus razones

El dinero lingüístico es, en primer lugar, una dimensión del capital lingüístico constante, y encuentra su lugar junto a los materiales y los instrumentos lingüísticos. Según la terminología tradicional, ello quiere decir que el dinero lingüístico es un aspecto de la lengua, y que allí hay que buscarlo.

Ahora bien, si por el término "lengua" entendemos solamente un conjunto de instrumentos separados de quienes hablan, constituyendo el dinero lingüístico una de sus partes, aquél tomaría también este carácter. Ello le conviene en una cierta medida, dada la impersonalidad del dinero. Se reconoce este segundo aspecto si recordamos que el capital lingüístico constante es un conjunto de materiales y de instrumentos lingüísticos, producidos unos y otros por un trabajo anterior. El dinero lingüístico, en tanto parte integrante del capital lingüístico constante, adquiere él mismo entonces, como es debido, carácter de producto del trabajo humano.

El aspecto de la lengua que desde la antigüedad llamó más la atención, es la lengua como dinero. Voy a retomar aquí, brevemente, algunos ejemplos desarrollados en otros lugares. Horacio hablaba del «cuño de las palabras»; Francis Bacon de la «moneda de las cosas intelectuales», y de las palabras como «fichas comunes y aceptadas como conceptos, lo mismo que las monedas son aceptadas como valores»; Hegel hablaba de la lógica en tanto moneda del pensamiento. Y Levi - Strauss nos lo recuerda: mientras nosotros, europeos y norteamericanos, hablamos todo el tiempo, abusando del lenguaje, en las culturas llamadas primitivas se utiliza el lenguaje con parsimonia, «no se habla en cualquier momento y con cualquier propósito. Las manifestaciones verbales se ven limitadas a menudo a circunstancias prescriptas, fuera de las cuales se ahorran las palabras» (Anthropologie structurale, 1958, p. 78). Ryle define la palabra como comercio que se sirve de la lengua como capital monetario (1961, passim, cf. también 1957). El jurista Bruno Leoni intentó trazar un paralelo no solamente entre el lenguaje y la moneda en general, sino también entre la producción, el cambio, y la falsificación de las monedas y las palabras (1962, pp. 541-567). Bien conocidas son las numerosas páginas donde Saussure compara el valor de los signos con el valor económico; este fondo teórico marginalista, que niega el poder fundamental del trabajo, es típico de su teoría: si la lingüística de Saussure es homóloga a la economía marginalista, no se comprende por qué no sería posible reemplazarla por una lingüística, o aun una semiótica, homóloga a la teoría del trabajo- valor. Recientemente los investigadores franceses han reformulado el problema desde un punto de vista más complejo (Baudry, Faye y otros, cf. la Nouvelle Critique de 1967, retomándolo y desarrollándolo en Tel Quel; más adelante, Baudrillard y Goux).

¿Por qué el dinero lingüístico llamó más la atención que otros caracteres del capital lingüístico? Existen tres explicaciones posibles.

La primera es que nos servimos de la lengua de manera «natural». Se trata de una pseudo- naturalidad, pero constituye una zona difícil de franquear. En una actividad humana fundamental, común a todo el mundo, y en gran parte inconsciente (como el hecho de hablar la propia lengua materna), es difícil, en efecto, reconocer el trabajo, con sus diversas articulaciones, e incluso el uso de productos anteriores.

La segunda explicación se refiere al hecho de que la concepción primitiva del dinero como riqueza real, o mejor aún como fuente de la riqueza, puede haber contribuido a valorizar únicamente el aspecto «riqueza» del lenguaje. En ausencia de una valorización del trabajo, la inversión de la realidad social determinada por la explotación, no sólo permitía ver en la lengua una riqueza, sino también preferir ese rasgo a otros aspectos de la lengua, o hacerlos depender de su riqueza. Considerar al capital lingüístico constante únicamente como dinero era, en definitiva, una repercusión ideológica de la situación de aquél que vive de sus rentas, sin tener que preocuparse por los instrumentos y los materiales de trabajo. La riqueza bastaba. De tal suerte que el trabajo, prerrogativa de las clases explotadas, quedaba doblemente apartado de la atención, doblemente mistificado.

Una tercera explicación de la reducción del capital lingüístico constante a la noción de dinero simple - reducción implícita cada vez que se habla de dinero lingüístico y se menosprecian los materiales y los instrumentos- es la siguiente. De modo macroscópico, la lengua presenta un carácter de instrumento de intercambio universal. Aquél que habla puede dirigirse a cualquiera, puede decir cualquier cosa, del mismo modo que quien tiene dinero en el bolsillo puede entrar en cualquier tienda y comprar cualquier cosa, puesto que con el dinero se compran y se venden todas las demás mercancías. Además, el patrimonio de la lengua está presente de manera universal y necesaria en el interior de toda comunidad lingüística. Así como todo el mundo puede servirse de ella, también es cierto que nadie puede sustraerse a ella. Es en la lengua donde se verifican todos los mensajes que son intercambiados: ellos tienen valor en la medida en que una tal verificación es posible y produce un resultado al menos aparentemente positivo.

Sin llegar hasta el punto de ver en el dinero lingüístico una verdadera «mercancía excluida», como hacía Marx en el curso de su análisis de la mercancía, se puede intentar decir que, en primera instancia, el dinero lingüístico es el equivalente general de todas las comunicaciones posibles, en el sentido en que las regula a todas, poniendo límites a cada una. (Parece razonable admitir que ciertos valores lingüísticos revisten la función de mercancías privilegiadas, a las que inmediatamente se puede cambiar con cualquier otra mercancía o con gran parte de ella, algo similar a lo que ocurre en el mercado con las piedras preciosas. Me refiero, por ejemplo, a los términos enunciados por el valor, o al empleo existencial del verbo ser. Es posible remitirse aquí a lo que dice George Thomson sobre la relación entre la formación de una economía monetaria y la formación de lo Uno de Parmenides, tomado de la noción de sustancia.)

IV.2.  Un esquema posible: del trueque a la producción capi­talista

Es posible hallar elementos homólogos entre cambio de bienes llamados «materiales» y cambio de bienes «sémico- comunicativos», estudiando en el campo del lenguaje la progresión: trueque- cambio simple- producción mercantil- producción capitalista. No reconstruiremos aquí esta progresión para asimilar el desarrollo histórico de la producción material, sino más bien bajo la forma de un modelo que exprese las condiciones dialécticas sucesivas en el seno de las cuales continúan operando los niveles anteriores. Según este modelo, el trueque correspondería al cambio comunicativo inmediato de uno o de varios significados. Se obtendría, por el contrario, un esquema semejante al del cambio a través del dinero, o sea una transacción Mercancía- Dinero- Mercancía, si el cambio lingüístico simple fuera quebrado en dos pedazos, por el hecho de que una parte del capital lingüístico es sucesivamente transmitido en adelante de generación en generación, como elemento constitutivo al que no se puede renunciar. La lengua queda en la memoria, un poco como el dinero queda en el cofre. Por esta permanencia de la riqueza de la lengua, el dinero lingüístico se encontraría, justamente, fuera de la verdadera transacción comunicativa.

Introduciendo la noción de necesidad lingüística se puede explicar mejor el pasaje desde el trueque lingüístico ocasional hacia los niveles sucesivos y más complicados del cambio. Así, por poco que existiera un trueque ocasional, o sea la satisfacción de las propias necesidades por un cambio privado, entre productores diferentes, contaríamos con un trueque lingüístico completo para satisfacer las necesidades expresivas y comunicativas inmediatas. El hecho de que, ya en estas condiciones, se empleen signos verbales, lo que significa que los signos existen antes del trueque, no es una dificultad. En efecto, para ser susceptibles de ser considerados como objetos de cambio, en todos los tipos de trueque los distintos tipos de bienes tienen que haber sido ya producidos.

Correspondiendo a la producción mercantil simple, por la cual se instituyó el dinero y en que la producción queda dirigida hacia el consumo, tendríamos materiales lingüísticos erigidos en institución, o sea la posibilidad social de ponerlos aparte, de «conservarlos» separados de su significación viva, independientemente del uso que de ellos se pueda hacer. Esto puede ocurrir por medio de la escritura, o aun por la memorización, o por la transmisión de fórmulas rituales o tecnológicas que no representan ya de manera inmediata al trabajo específico que las produjo. La comunicación, en tanto cambio lingüístico inmediato y directo, queda aquí interrumpida por «palabras y sintagmas conservados aparte»; socialmente, la circulación lingüística queda interrumpida por aquél que «posee» esas palabras y esos sintagmas. Es difícil, en este nivel, hablar de verdaderas crisis lingüístico- comunicativas.

Tendríamos, en fin, una producción lingüística «capitalista»: un capitalismo lingüístico correspondiente a la producción capitalista dirigida hacia el provecho, con sus crisis y sus depresiones. En una producción lingüística vuelta hacia el provecho, sólo quien posee las fuentes y los medios de comunicación, incluso el control de los códigos y los canales, podría beneficiarse de ellos, mientras que el trabajador lingüístico, o sea el locutor ordinario, continuaría produciendo para el consumo.

Las páginas que siguen están enteramente consagradas a algunos aspectos de una producción lingüística neo- capitalista, consecuencia natural de la producción capitalista, pero que se desarrolla según direcciones nuevas y parcialmente imprevistas.

IV.3. Deseo, privilegio y explotación en el lenguaje

El dinero lingüístico es, en primer lugar, este aspecto de la lengua que permite comunicarse con cualquiera - aun fuera de las necesidades que se forman en el dominio de la división del trabajo- , y que alienta, además, ese género de comunicación. En segundo lugar, es el uso privilegiado de una parte de la lengua o de una de sus complicaciones a nivel más alto, en detrimento de los otros locutores. Estas dos dimensiones del dinero lingüístico favorecen el desarrollo de un número indeterminado de necesidades y de deseos lingüísticos, cada vez más complicados, y en gran parte artificiales.

Sin intentar abordar la compleja problemática del deseo y la necesidad, problemática que se inserta en otra más vasta aún, la de las motivaciones humanas, biológicas y sociales (desde las tendencias químicas de la materia viviente hasta los caprichos mundanos más efímeros), creo que es indispensable señalar aquí la diferencia entre necesidades y deseos. Según el uso común, el que está más cercano a las masas parlantes, el deseo puede referirse a una necesidad, pero también a un capricho, o a un momento de la voluntad y la planificación. Es posible satisfacer deseos que no se tiene necesidad de satisfacer; es posible formular deseos sometidos a la manifestación de necesidades eventuales. Según estos usos, el deseo puede constituirse en parte de la necesidad, puede superponerse a ella, o aun oponerse a ella. El problema puede ser en parte terminológico. Cualquiera fuera la función de sustitución, total o parcial, del «deseo» a la «necesidad», en los universos de discurso especializados fuertemente metafóricos - y aquí no se pone en juicio su utilidad para fines determinados- , ocurre que de las personas o poblaciones que se mueren de hambre, no se dice tienen el deseo de morirse, sino que tienen la necesidad de hacerlo (y nosotros agregamos: el derecho, lo que impone ya una práctica futura, por consiguiente planificada). Quien se encuentra inmovilizado en el sub- consumo y debe luchar todos los días para sobrevivir, carece de tiempo para abandonarse a ninguna fantasía. Se pueden «curar» muchos vicios y hábitos; sin embargo, sería ridículo pensar que alguien se «cura» de la necesidad de comer; por el contrario, se puede vencer, indudablemente, el deseo de comer demasiado y evitar así la glotonería perjudicial para la salud.

La suprema utopía de una humanidad basada en la satisfacción del deseo no tiene mucho sentido si no se logra antes una humanidad liberada de la necesidad. Por donde se ve que el duro trabajo de planificación y realización - necesario para liberar de la necesidad a todas las poblaciones y a todas las clases oprimidas, en el plazo más corto- no puede, de ninguna manera, ser identificado con la proclamación o la proyección utópica de una humanidad futura fundada ya sobre el deseo. La realización de una vida individual o de grupo basada en el para el indi­viduo o para el grupo.¿Pero quién paga los gastos? Si nosotros no proyectamos esta liberación en el futuro, sino en el presente, sobre el sórdido y asfixiante fondo de la explotación, es decir sobre el fondo de la realidad política planetaria, veríamos que la liberación de un individuo o de un grupo, en la medida en que arrastra un alejamiento de esa realidad, puede tomar una significación conservadora, que se torna francamente contrarrevolucionaria cuando el alejamiento tiene el sentido de una aceptación.

Algunos dirán, justamente, que el discurso sobre el deseo debe ser reemplazado por un discurso sobre el sufrimiento humano, al que habría que hacer frente, evitar por cualquier medio, cualquiera fuera el lugar donde se presentara y apenas se entrara en contacto con él. Sin embargo, incluso esta máxima dorada (y se tiene ganas de decir: desgraciadamente) es valedera sólo en principio, más como motor de la acción que como descripción de sus modalidades. Hasta en este dominio, en efecto, se imponen las elecciones, las que conducen inevitablemente al compromiso o al no compromiso político. No se puede reducir la política a la psicología, ni la organización del partido a la asistencia individual. Subrayé «reducir», dado que lo que entiendo es exactamente lo que digo, y particularmente - parafraseando- que la ciencia y la acción psicológica no son más que una parte de la ciencia y la acción políticas. La totalidad mayor es política. Lo que no quiere decir de ningún modo que las investigaciones sobre el psiquismo individual y colectivo, respetando sus motivaciones profundas y su función antirrepresiva, deben ser ignoradas por quienes se ocupan de política. Por el contrario, muchos son los que desean que los partidos de masas, inspirados en los principios marxistas, las tengan en debida cuenta.

En el marasmo actual de nuestras sociedades en descomposición, el punto principal parece ser el siguiente: aquél que expulsa, junto al agua sucia del sediciente «orden burgués» al niño que está adentro, renuncia con ello a la planificación humana en general, a la capacidad humana de sacrificarse a sí mismo y de exigir a los otros que se sacrifiquen por un fin. La jerarquía de fines es inevitable (cf. la «esperanza proyectual» de Maldonado, 1971). La dialéctica no se contenta con negaciones puras: tiende también hacia una síntesis desde donde pueda volver a partir con la fuerza de la «nueva inmediatez». Menos se contenta aún con apañamientos a nivel de la tesis, o sea con negaciones contingentes y parciales de la realidad.

Según el punto de vista que acabamos de exponer, el paso de la problemática de la necesidad a la del deseo es de alguna manera el pasaje de la naturalidad a la artificialidad. Si se admite que se trata de una artificialidad socialmente inducida, y por consiguiente, en potencia, de una naturalidad nueva y superior, queda que, en la situación actual, se torna posible por la explotación, por el privilegio, por el capital; en resumen, por la disponibilidad del poder y el dinero. Para que surjan ciertos deseos o, de manera subordinada, para que puedan expresarse, es indispensable que las necesidades fundamentales estén ya satisfechas.

Si ahora reemplazáramos la noción de necesidad lingüística por la de deseo lingüístico, encontraríamos que la satisfacción de los deseos lingüísticos generalmente invoca al dinero lingüístico. El dinero lingüístico se presenta de nuevo como una riqueza, acumulada por una parte en la lengua confiada al uso personal de los locutores, y por otra parte reservada a quienes se encuentran en condición de privilegio en relación con los otros locutores. El resultado de esta dialéctica es que el dinero lingüístico se torna patrimonio del privilegio lingüístico. Y justamente, porque el dinero lingüístico es impersonal, porque equivale a todos los otros productos (mercancías) lingüísticas, que existen grupos sociales limitados que disponen de él en detrimento de otros grupos sociales que constituyen la mayoría.

¿Pero cómo se puede disponer de los bienes del lenguaje? ¿Cómo se forma el privilegio lingüístico? Se forma por el hecho de que una clase social, dominante en relación con las demás, accede al lenguaje más que las otras gracias a todos los medios de formación y de control que componen la educación, en el sentido más amplio del término, las ideologías, la propaganda. Todos siguen hablando, comunicándose, sirviéndose del capital común de la lengua. Esto quiere decir que todos siguen gastando la fuerza de trabajo lingüístico, contribuyendo así a la transmisión del capital constante. Pero es la clase privilegiada, principalmente, la que se sirve de ella. Los objetos verbales y no- verbales, en medio de los cuales se encuentra el recién nacido, pertenecen a un modo determinado de producción que su uso mismo impone y transmite. Considerada como emblema, «la escuela es una guerra de los ricos contra los pobres», y también, en una medida que varía según los países o el régimen, «de los dirigentes en general contra los subordinados», puesto que la riqueza no es más que una entre las no escasas formas del poder. Esto se verifica también en todos los medios de formación y de control social. También hay, pues, una aliena­ción lingüística o, de manera más amplia, sémico- comunicativa, que únicamente puede ser desconocida por quienes se obstinan en considerar a la lengua como un sistema separado de los hombres que la han producido y, sirviéndose de ella la reproducen. Uno de los instrumentos de esta alienación, y al mismo tiempo uno de sus resultados, es el terrorismo lingüístico del que habla Sergio Piro (1971).

Veamos ahora desde más cerca un aspecto esencial de los procedimientos que se pueden reagrupar bajo la denominación de explotación lingüística. La fuerza de trabajo empleada por la masa parlante transmite la lengua bajo forma de capital constante. No se limita a eso: da a luz también una plus- valía lingüística, que solamente es empleada por una minoría. De manera particularmente destacada, se la encuentra en todo uso delimitado y formalizado de la lengua, o sea en toda sub- lengua especializada no compartida por la masa parlante, sino que es patrimonio de una minoría.

Es evidente que sin la reproducción lingüística no habría sub- lenguas; es claro también que quienes se sirven de ellas son aquéllos que las han aprendido y que las emplean para realizar sus tareas científicas específicas, de clase, de grupo, de congregación o de facción. La sub- lengua específica cobra vida por la lengua cotidiana; los hablantes particulares se la absorben a la masa parlante ordinaria. Existe un pasaje continuo de trabajo viviente en la dirección que va desde la lengua cotidiana, depósito donde circula la producción de la lengua cotidiana, hacia la sub- lengua especial. El trabajo viviente, empleado por la masa parlante bajo forma de lenguaje común, no sólo sirve para reproducir inmediatamente la lengua cotidiana, sino también, en lo mediato, para reproducir las distintas sub- lenguas especializadas. Este excedente, que no es necesario a las necesidades de la masa parlante, y que lo es del sobre- trabajo que se le impone, forma por consiguiente una plus- valía que se acumula en la lengua como dinero y capital lingüístico ulterior.

Las diferentes sub- lenguas especializadas, patrimonio de las minorías, requieren a su turno el trabajo lingüístico especializado de quienes las construyen y de quienes las enseñan: el matemático y el físico, «literalizantes», así como el teólogo y el psicoanalista, «metaforizantes», deben trabajar «todavía más» para llegar a dominar las sub- lenguas con las cuales se expresan sus disciplinas. Por lo demás, solamente quienes se encuentran en condiciones de privilegios de clase o de privilegios nacionales, están llamados a hacer este trabajo; y una vez que lo han hecho, ejercer en relación a la masa un control que opera a través del lenguaje (al menos la dimensión lingüística no puede dejar de estar presente). Ello se verifica particularmente en el caso en que el lenguaje es el vehículo mismo de la relación entre privilegiados y no- privilegiados. El lenguaje especializado, en estos casos, tampoco podría funcionar si no fuera continuamente alimentado por el trabajo lingüístico de los otros: la plataforma del lenguaje común es indispensable para que los privilegiados se comuniquen con los no privilegiados. Existe, por consiguiente, una «reducción» del lenguaje común a la sub-lengua especializada que es alimentada por él. Se pide al locutor ordinario que vea el mundo en la óptica de esta lengua especializada, un poco como se le hace gastar al obrero su salario para comprar los bienes que el capital impone producir.

De todo eso resulta que toda crítica de las sub- lenguas especializadas, en el sentido de un retorno  organizado hacia la lengua cotidiana y el lenguaje común que la alimenta, respetando la extensión objetiva de la situación comunicativa real, tiene un valor desmitificante: en principio, esto debe quedar claro.

La lucha contra el racionalismo abstracto de las sub- lenguas literalizantes, puede tener el alcance de un retorno hacia la vastedad y la complicación de la vida, lo mismo que la lucha contra el irracionalismo o el vitalismo de las sub- lenguas metaforizantes, puede tener el alcance de un retorno hacia la simplicidad y la salud de la vida. En los dos casos, en particular en el segundo, el combate es conducido en favor de las masas parlantes, y se pone así al servicio del pueblo.

La abolición de lo que hemos descrito como dinero lingüístico - en tanto que riqueza acumulada en la lengua y en tanto que riqueza privilegiada- pertenece al porvenir. Pero no es más remota, ni menos fundamental, que la abolición del dinero llamado material. Aquél que trabaja por la abolición del dinero material, trabaja también, casi sin mediaciones, por la abolición del dinero lingüístico. Pero lo contrario es igualmente verdadero: aquél que trabaja por la abolición del dinero lingüístico trabaja también, aunque a través de mediaciones, por la abolición del dinero material. Éste es un lugar de encuentro posible entre la actividad política directa y diferentes actividades, menos directamente o más directamente, políticas; se puede incluir allí a este conjunto de actividades que se podría reunir bajo la etiqueta neutra de «análisis y cura del psiquismo individual». Si el individuo es un producto social, concentrarse sobre el individuo no significa ignorar la sociedad. Al revés, sólo es posible concentrarse sobre el individuo de una manera apropiada, adquiriendo una plena conciencia de las fuerzas reales, objetivas, supra- individuales, que rigen la vida social. El análisis y la cura del psiquismo individual puede ser presentada entonces como práctica social, como un trabajo político, aun cuando ese trabajo se cumpla a través de un grupo complejo de mediaciones suplementarias, las del individuo.

 


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Texto extraído de "Locura y sociedad segregativa", Varios, Coloquio realizado en Milán en diciembre de 1973, págs. 144/159, editorial Anagrama, Barcelona, 1976.
Corrección: Cecilia Falco
Selección y destacados: S.R.

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Con-versiones, julio 2006

 

 

        

 

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