Carácter
y erotismo anal
Sigmund
Freud
Entre las personas
a quienes uno procura prestar auxilio mediante el empeño psicoanalítico,
harto a menudo tropieza con un tipo singularizado por la
conjunción de determinadas cualidades de carácter, al par
que nos llama la atención, en la infancia de estas personas, el
comportamiento de una cierta función corporal y de los órganos que
en ella participan. Ahora ya no sé indicar qué ocasionamientos singulares
me dieron la impresión de que entre aquel carácter y esta
conducta de órgano existía un nexo orgánico, pero
puedo aseverar que ninguna expectativa teórica contribuyó a esa
impresión (1).
Una experiencia
acumulada reforzó tanto en mí la creencia en ese nexo que me atrevo
a comunicarlo.
Las personas
que me propongo describir sobresalen por mostrar, en reunión regular,
las siguientes tres cualidades: son particularmente ordenadas,
ahorrativas y pertinaces. Cada uno de estos términos
abarca en verdad un pequeño grupo o serie de rasgos de carácter
emparentados entre sí. «Ordenado» incluye tanto el aseo
corporal como la escrupulosidad en el cumplimiento de pequeñas
obligaciones y la formalidad. Lo contrario sería: desordenado,
descuidado. El carácter ahorrativo puede aparecer extremado
hasta la avaricia; la pertinacia acaba en desafío, al que
fácilmente se anudan la inclinación a la ira y la manía de venganza.
Las dos cualidades mencionadas en último término -el carácter
ahorrativo y la pertinacia- se entraman con mayor firmeza entre
sí que con la primera, el carácter «ordenado»; son también la
pieza más constante de todo el complejo, no obstante lo cual me
parece innegable que las tres se copertenecen (2).
De la historia
de estas personas en su primera infancia se averigua con facilidad
que les llevó un tiempo relativamente largo gobernar la incontinentia
alvi {incontinencia fecal} y aun en años posteriores de la niñez
tuvieron que lamentar fracasos aislados de esta función. Parecen
haber sido de aquellos lactantes que se rehusan a vaciar el intestino
cuando los ponen en la bacinilla, porque extraen de la defecación
una ganancia colateral de placer; en efecto, indican que todavía
años más tarde les deparó contento retener las heces, y recuerdan,
si bien antes y más fácilmente acerca de sus hermanitos que de
su persona propia, toda clase de ocupaciones inconvenientes con
la caca que producían. De esas indicaciones inferimos, en su constitución
sexual congénita, un resalto erógeno hipernítido de la zona anal;
pero como concluida la niñez no se descubre en estas personas
nada de tales flaquezas y originalidades, nos vemos precisados
a suponer que la zona anal ha perdido su significado erógeno
en el curso del desarrollo, y luego conjeturamos que la constancia
de aquella tríada de cualidades de su carácter puede lícitamente
ser puesta en conexión con el consumo del erotismo anal (3).
Sé que nadie
osa dar crédito a un estado de cosas mientras parezca incomprensible,
mientras no ofrezca algún abordaje a la explicación. Pues bien;
podemos aproximar a nuestro entendimiento al menos lo fundamental
de él con ayuda de las premisas que se expusieron en 1905 en Tres
ensayos de teoría sexual. Ahí he procurado mostrar que la
pulsión sexual del ser humano es en extremo compuesta,
nace por las contribuciones de numerosos componentes y
pulsiones parciales. Aportes esenciales a la «excitación
sexual» prestan las excitaciones periféricas de ciertas partes
privilegiadas del cuerpo (genitales, boca, ano, uretra), que merecen
el nombre de «zonas erógenas». Ahora bien, las magnitudes de
excitación que llegan de estos lugares no experimentan el mismo
destino todas ellas, ni en todas las épocas de la vida. En
términos generales, sólo una parte favorece a la vida sexual;
otra es desviada de las metas sexuales y vuelta a metas
diversas, proceso este que merece el nombre de «sublimación».
Hacia la época de la vida que es lícito designar como «período
de latencia sexual», desde el quinto año cumplido hasta las primeras
exteriorizaciones de la pubertad (en torno del undécimo año),
se crean en la vida anímica, a expensas de estas excitaciones
brindadas por las zonas erógenas, unas formaciones reactivas,
unos poderes contrarios, como la vergüenza, el asco
y la moral, que a modo de unos diques se contraponen al
posterior quehacer de las pulsiones sexuales. Ahora bien: el erotismo
anal es uno de esos componentes de la pulsión que en el curso
del desarrollo y en el sentido de nuestra actual educación
cultural se vuelven inaplicables para metas sexuales; y esto
sugiere discernir en esas cualidades de carácter que tan a menudo
resaltan en quienes antaño sobresalieron por su erotismo anal
-vale decir, orden, ahorratividad y pertinacia- los resultados
más inmediatos y constantes de la sublimación de este.
Desde luego,
ni siquiera para mí es muy trasparente la necesidad íntima de
este nexo. No obstante, puedo indicar algunas cosas que
acaso sirvan de puntos de apoyo para su entendimiento. El aseo,
el orden, la formalidad causan toda la impresión
de ser una formación reactiva contra el interés por lo sucio,
lo perturbador, lo que no debe pertenecer al cuerpo («Dirt
is matter in the wrong place»); en cambio, no parece tarea sencilla
vincular la pertinacia con el interés por la defecación.
Sin embargo, cabe recordar que ya el lactante puede mostrar una
conducta porfiada ante la deposición de las heces, y que la estimulación
dolorosa sobre la piel de las nalgas que se enlaza con la zona
erógena anal es universalmente empleada por la educación para
quebrantar la pertinacia del niño, para volverlo obediente.
Entre nosotros todavía, lo mismo que en épocas antiguas, se usa
como expresión de desafío y de escarnio desafiante un reto que
tiene por contenido acariciar la zona anal, vale decir, que designa
en verdad una ternura que ha caído bajo la represión. El desnudamiento
del trasero figura la aminoración de ese dicho en gesto; en Götz
von Berlichingen, de Goethe, los hallamos a ambos, el dicho y
el gesto, en el lugar más apropiado como expresión del desafío
(4).
Los nexos
más abundantes son los que se presentan entre los complejos,
en apariencia tan dispares, del interés por el dinero y de la
defecación. En efecto, como es bien sabido para todo médico que
ejerza el psicoanálisis, las constipaciones más obstinadas y rebeldes
de neuróticos, llamadas habituales, pueden eliminarse por este
camino. El asombro que esto pudiera provocar disminuye si se recuerda
que esta función ha demostrado responder también, de manera parecida,
a la sugestión hipnótica. Ahora bien, en el psicoanálisis sólo
se obtiene ese efecto cuando se toca en el paciente el complejo
relativo al dinero, moviéndolo a que lo lleve a su conciencia
con todo lo que él envuelve. Podría creerse que aquí la neurosis
no hace más que seguir un indicio del lenguaje usual, que llama
«roñosa», «mugrienta» (en inglés: «filthy» {«roñosa»}) a una persona
que se aferra al dinero demasiado ansiosamente. Sólo que esta
sería una apreciación superficial en exceso. En verdad, el dinero
es puesto en los más íntimos vínculos con el excremento dondequiera
que domine, o que haya perdurado, el modo arcaico de pensamiento:
en las culturas antiguas, en el mito, los cuentos tradicionales,
la superstición, en el pensar inconciente, el sueño y la neurosis.
Es fama que el dinero que el diablo obsequia a las mujeres
con quienes tiene comercio se muda en excremento después que él
se ausenta, y el diablo no es por cierto otra cosa que la personificación
de la vida pulsional inconciente reprimida. Y es consabida también
la superstición que relaciona el descubrimiento de tesoros con
la defecación; todos conocen la figura del «caga ducados». Ya
en la doctrina de la antigua Babilonia el oro es la caca del infierno
(Mammon = ilu manman). Por tanto, si la neurosis
obedece al uso lingüístico, toma aquí como en otras partes las
palabras en su sentido originario, pleno de significación; y donde
parece dar expresión figural a una palabra, en la generalidad
de los casos no hace sino restablecer a esta su antiguo significado.
Es posible
que la oposición entre lo más valioso que el hombre ha
conocido y lo menos valioso que él arroja de sí {von sich
werfen} como desecho («refuse» {en inglés}) haya llevado a esta
identificación condicionada entre oro y caca.
Otra circunstancia
concurre todavía a esta equiparación en el pensar del neurótico.
Como ya sabemos, el interés originariamente erótico por la
defecación está destinado a extinguirse en la madurez; en efecto,
en esta época el interés por el dinero emerge como un interés nuevo, inexistente en
la infancia; ello facilita que la anterior aspiración, en vías
de perder su meta, sea conducida a la nueva meta emergente.
Si los nexos
aquí aseverados entre el erotismo anal y aquella tríada de cualidades
de carácter tienen por base un hecho objetivo, no será lícito
esperar una modelación particular del «carácter anal» en personas
que han preservado para sí en la vida madura la aptitud erógena
de la zona anal; por ejemplo, ciertos homosexuales. Si no estoy
errado, la experiencia armoniza bien en la mayoría de los casos
con esta conclusión (5).
Sería preciso
considerar, en general, si otros complejos de carácter
no permitirán discernir su pertenencia a las excitaciones de determinadas
zonas erógenas. En ese sentido, hasta ahora sólo he tenido noticia
sobre la desmedida, «ardiente», ambición de los otrora enuréticos.
Por lo demás, es posible indicar una fórmula respecto de la formación del carácter
definitivo a partir de las pulsiones constitutivas:
los rasgos de carácter que permanecen son continuaciones
inalteradas de las pulsiones originarias, sublimaciones
de ellas, o bien formaciones reactivas contra ellas.
Notas
[Sergio Rocchietti]:
(1)
Es interesante destacar que se establecen
las siguientes relaciones entre: un tipo singularizado, carácter,
función corporal, órgano, conducta de órgano y nexo de órgano.
Y ¿por qué es interesante destacar esto? Uno por la presencia
del cuerpo, mas es la presencia de un cuerpo que no es el cuerpo
como imagen sino como recorrido entre lo que se llama órgano y
sus nexos y funciones con lo que será después (en el mismo desarrollo
de S.F.) relación con el lenguaje y luego, despliegue en el lenguaje
de las equivalencias y transformaciones que a partir del cuerpo
y sus intensidades llegan a otros lugares muy distantes del mismo:
carácter y equivalencias pulsionales. El retorno al "organo"
se planteará, por ejemplo, en Lo inconciente, parte VII, cuando
Freud plantee "el lenguaje de órgano" para la esquizofrenia.
¿No podemos percibir en esto como son las intensidades pulsionales,
ahora, las que des-reprimen la sujeción del hombre a sus significaciones
con el lenguaje para dar lugar al libre juego de ésas intensidades
con los símbolos y los cuerpos? Un juego que por cierto no es
libre ni placentero. Las que se liberan son las intensidades,
él que lo padece es el individuo.
(2) ¿No son éstas características las
que llevadas al plano de lo social estarían describiendo con bastante
precisión lo que sucede en nuestra cultura occidental, con su
sistema actual: el postcapitalismo industrial? Podríamos hacer
el pasaje (pseudo en su oposición) e interesante en su consideración
de una característica a un conjunto de valores transmitidos como
formativos y básicos para la convivencia en lo social: lo ordenado
fue incluso -y sigue siendo- una divisa positivista (Comte) elegida
por un país (Brasil) para su bandera (Orden y progreso); el ahorro,
es lo propuesto como "base de la fortuna", acumular,
acrecentar y llegar a; la pertinacia, la constancia, es también
una propuesta de conducta en la continuación de un esfuerzo. La
tríada caracterológica freudiana se extiende al conjunto de lo
social como una propuesta de valores de conducta y existencia.
(3)
Perder su significado erógeno es
plantear una estratificación de "significaciones" (bedeutung)
para el cuerpo. El nexo será la relación del cuerpo con el "cuerpo"
del lenguaje. La represión primero es re-significación de lo corporal
bajo las especies de lo erógeno eliminado y resituado. Dice J.
Lacan en 1975 (confs. en EEUU): "La civilización: cloaca
máxima". Esto es así porque la "cloaca máxima"
era la que pasa -aún hoy- por debajo de la ciudad de Roma; o sea,
la civilización (cultura) se erige sobre la eliminación subterránea
de los desechos humanos, la eliminación visual y odorífera de
los excrementos humanos. Léase, a los efectos de una reincorporación,
simbólica en este caso, una interesante historia: "Historia
de la mierda", D. Laporte, ed. Pre-textos; agréguese el libro
-prologado por S. Freud- "Escatología y civilización"
de J. Bourke, ed. Gaudarrama, y nuestro panorama se ampliará.
(4)
Estos dos largos párrafos -que concluyen
aquí- se encargan de diseñar un brevísimo resumen de lo planteado
en "Tres Ensayos..." especialmente en su primera parte,
sobre la materia sexual: las energías sexuales. Las puntualizaciones
señalan: componentes, parcialidades, magnitudes de excitación,
destinos, tiempos, formaciones reactivas y poderes opuestos. Se
presentan aquí las denominaciones utilizadas por Freud para intentar
un ejercicio conceptual de una materia tan difícil y que presenta
tantas dificultades de discernimiento y aprehensión como lo sexual;
luego, a partir de "Pulsiones y destinos de pulsión"
la terminología será otra y ésta decaerá en su utilización pero
no por ello está menos vigente para nosotros.
(5) Estamos aquí en plena consideración
del dinero: es tratado como un complejo. Y debemos destacar, como
un complejo posible de encontrar entre otros complejos; la palabra
"complejo" tiene una larga historia en Freud, proviene
del "Proyecto de una psicología para neurólogos" (ver:
complejo del semejante). Pareciera tener en Freud el sentido de
un grupo de representaciones asociadas y mantenidas de un modo
estable con distintas consecuencias (ver "Esquema psicológico
de la representación de palabra", reproducción de un esquema
de John Sturt Mill en Las afasias de S. Freud y reproducido también
en el Apéndice C de "Lo inconciente", ed. Amorrortu).
Dos cuestiones en relación a la arquitectura de la teoría: uno,
el complejo de Edipo todavía no ha tomado la relevancia y prevalencia
que tomará después (después del "pequeño Hans" y de
"El hombre de las ratas") justamente, con posterioridad,
la palabra complejo se reservará sólo para el complejo de Edipo.
Dos, la teoría de las pulsiones no terminará de desplegarse hasta
1923 con "La organización genital infantil", estamos
considerando un texto de 1908 que conserva la frescura conceptual
de las interrogaciones y no la pesada fijeza de lo establecido
(de los dogmas). Una observación -para nosotros- sorprendente
pero no poco eficaz: "si la neurosis obedece al uso lingüístico";
hay en ésta fórmula, lo afirmamos, ésta frase puede ser pensada
como una fórmula freudiana, que plantea que la neurosis es obediente
del uso lingüístico cuando nos hace creer -a nosotros- que aquél
que lo dice lo está usando de un modo figural, y lo que en realidad
está haciendo es restituir un significado original. Un significado
original es un significado pulsionalmente original, no el figural
del lenguaje, y un significado pulsional es un significado corporal,
devenido tal por su relación con las zonas erógenas del cuerpo.
Una última cuestión se establece entre el pensar del neurótico,
que hay que poner en relación a éstos significados eróticos, intensivos,
originales, y las sustituciones que se llevan a cabo en el desarrollo
de una vida y la conservación intensiva de aquéllos significados
(los primordiales). Podemos agregar que son estas consideraciones
que llevarán a Freud a postular el esquema de "Acerca de
la transmutación de las pulsiones y en especial del erotismo anal"
(ver esquema). La cuestión que dejamos de lado -no la desarrollaremos-
es que "si la neurosis obedece al uso lingüístico" es
por ser ella misma un uso lingüístico determinado y conservado
que impide la utilización de otros usos o posibilidades de alguien
en el lenguaje.

Texto
extraído de Obras Completas, S. Freud, T. IX, págs. 153/158, sin
las notas de J. Strachey, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina,
1979.
Selección,
destacados y notas: S.R.
Con-versiones, julio 2006