Seminario XVI: De un Otro al otro
Jacques Lacan
Clase
6 - 8 de Enero de 1969 -
Les
deseo buen año 69 ¡una buena cifra! Para abrirlo, les señalo que
en tales ocasiones recibo siempre un regalito desde algún horizonte.
El último, el relativo a esta ocasión, es un pequeño artículo que
ha aparecido en el número del primero de Enero de la "Nueva
Revista Francesa". Hay allí un artículo intitulado : "Algunos
extractos del estilo de Jacques Lacan". En efecto, mi estilo
es un problema. Será por ello que yo hubiera podido comenzar mis
'Escritos' con un viejo artículo que nunca releí, que versaba justamente,
sobre el problema del estilo. ¡Quizá si releyera ese artículo eso
se me aclararía! (1).
Seguramente,
soy el último en poder dar cuenta de ello y no se ve porqué algún
otro no podría intentarlo. Es lo que ha ocurrido, producido por
la pluma de un profesor de lingüística. No he podido apreciar personalmente
el resultado de sus esfuerzos. Los hago, a ustedes jueces de ello.
En general he tenido el eco, más bien de que en el contexto actual
se piensa, en algunos lugares retirados, sobre la calidad general
de lo que se dispensa como enseñanza de la boca de los profesores,
que no era quizá el momento de publicar eso. No es el momento más
oportuno porque me he enterado que algunos no lo han encontrado
muy fuerte.
En
fin; se los digo: los hago jueces de ello. En cuanto a mi no me
lamento más de ello. No veo bien que alguien pueda tener la menor
idea de lo que he expandido como enseñanza. Por otra parte, hay
una punta: yo habría osado, parecería, escribir en alguna parte
:"Freud y yo".¡Vean eso, no se toma por el cabo a una
pera!
Eso
no tiene, quizá, totalmente el sentido que cree deber darle la indignación
de un autor, pero muestra bien en que campo de reverencia, al menos
en ciertos dominios se vive.
¿Por
qué, este autor que confiesa no tener la menor idea de lo que ha
aportado Freud, para él -digo hay algo de escandaloso de parte
de alguien que ha pasado su vida ocupándose de él, en decir "Freud
y yo"?.
Diría
más; de resonar en mí mismo este atentado al grado del respeto que
allí se me reprocharía no he podido menos que recordar la anécdota
que he citado aquí, en el tiempo en que en compañía de pequeño Luis,como
lo evocaba, yo me dedicaba, en la forma más difícil, a las pequeñas
industrias que permiten vivir a las poblaciones costeras. Con esos
tres excelentes tipos, cuyos nombres me son aún queridos, ocurrió
que hice muchas cosas sobre las cuales no me detengo. Pero me ocurrió,
también, tener con el llamado pequeño Luis, el diálogo siguiente:
era -como ya lo dije- a propósito de una lata de conservas de sardinas
que acabábamos de consumir y que flotaba en las arribadas del barco.
Pequeño Luis me dice estas palabras muy simples: "Esta lata,
tú la ves porque tú la miras. Ella no tiene necesidad de verte
para
mirarte"
(2).
La relación de
esta anécdota con "Freud y yo" deja abierta la cuestión
de dónde me ubico yo en esa dupla. Tengan por seguro que me ubico
siempre en el mismo lugar, en el lugar donde estaba y donde permanezco,
aún viviente. Freud no tiene necesidad de verme para mirarme.
Dicho de otro modo, -como lo enuncia un texto que he citado
ya aquí- un perro viviente vale más que el discurso de un
muerto, sobre todo cuando éste ha llegado al grado que ha alcanzado
de podredumbre internacional.
Lo
que he tratado de hacer es de dar a los términos freudianos su función,
en tanto que de lo que se trata en esos términos es de un vuelco
de los principios, hasta del cuestionamiento. Dicho de otro modo
-lo que no quiere decir: "dicha la misma cosa"- lo que
está allí comprometido es la exigencia mínima del pasaje a este
cuestionamiento renovado.
La
exigencia mínima es ésta: se trata de hacer psicoanalistas, pues
ese cuestionamiento, para plantearse, exige una reubicación
del sujeto en su posición auténtica, es por lo cual he recordado
-al comienzo de este año- de qué posición
se trataba, que es aquella que lo pone desde el comienzo, bajo la
dependencia del significante. Pues desde esta exigencia,
desde esta condición fundamental se ordena todo lo que se ha afirmado
como capaz de recibir hasta aquí, de lo cual había elementos en
la primera práctica del análisis donde se han tenido en cuenta,
seguramente, los juegos de palabras y los juegos de lenguaje y hasta
se los tuvo por causa. A qué nivel lo he simplemente retomado, hasta
diría legalizado, apropiándome de lo que nutría la lingüística
en esta base que de ella se desprendía y que se llama fonología,
juego del fonema como tal, pues se imponía verdaderamente por darse
cuenta que lo que Freud había hecho practicable, encontraba
allí, muy simplemente su estatuto con algún retraso, ciertamente,
pero evidentemente tenía menos retraso que el publico en general,
y al mismo tiempo aquel que podían tener los psicoanalistas.
No es una razón para estarse allí, y
por otra parte es por lo cual ven que cualquiera que sea el grado
de competencia que haya mostrado precedentemente en este de lo que
no es, después de todo, más que una parte de la lingüística, prosigo
este trabajo que consiste en asir en todos lados, donde las disciplinas
ya constituidas prestan su ocasión, prosigo esta búsqueda, en el
nivel en que se trataba verdaderamente de una coincidencia, pues
es verdaderamente del material fonemático mismo que se trata
en los juegos del inconciente. Prosigo en el nivel
donde otra disciplina nos permite -entre ese estatuto del
sujeto y aquél que ella desarrolla- ubicar un isomorfismo
que está desde el principio, pero que también puede revelarse como
recubriendo una identidad de estofa (etoffe), como ya lo he afirmado.
¿Cuál
es esta disciplina?. Yo la llamaría la práctica lógica, término que no me parece malo para
designar eso de lo que se trata exactamente, pues es de un lugar
donde esta práctica se ejerce, donde ella encuentra ahora lo que
le impone, pero no es inconcebible que pueda llevarse a otra parte.
El
lugar donde efectivamente se ejerce, donde ha ocurrido algo que
ha despegado a la lógica de la tradición donde, a lo largo de los
siglos había permanecido encerrada; es el dominio
matemático.
No
es ciertamente por azar, era enteramente previsible, por desdichada
-retroactivamente- que fuera al nivel del discurso matemático, donde
la práctica lógica podría ejercerse. Qué de más tentador, en efecto,
que ese lugar donde el discurso -entiendo discurso demostrativo-
parecía asentado sobre una entera autonomía, autonomía de la mirada
de lo que se llama la experiencia. No había parecido que ese discurso
no sostenía su certitud más que por sí mismo, a saber, por las exigencias
de coherencia que se imponía. ¿Qué diremos de esta referencia?.
Para dar una suerte de imagen de esta
lógica que está ligada al dominio matemático, vamos a designarla
como un receso de lo que no sería, en sí mismo, en un cierto modo
de pensamiento para la matemática más que, también, algo a destacar,
aunque sosteniendo la corriente científica, algo que, a la vista
de un cierto progreso, sería ésto y además, aun ésto:

Esta
es una imagen, pero una imagen digna de ser exorcizada, pues veremos
que no se trata de nada parecido.
Esta es una ocasión para recordar que
el recurso a la imagen para explicar la metáfora, es siempre
falso; toda dominación de la metáfora por la imagen, debe ser sospechosa,
siendo siempre el soporte de la imagen especular del cuerpo, antropomorfa,
la cual está en falta porque -es muy simple de ilustrar- aunque
esto no sea más que una ilustración, esta imagen enmascara,
simplemente, la función de los orificios, de donde el valor
de apólogo de mi pote agujereado, sobre el cual los dejé el año
pasado. Está bien claro que de ese pote, en el espejo no se ve el
agujero más que si se lo mira desde dicho agujero.
El valor reintegrado
de este utensilio que no he escrito -se los he recordado también
al dejarlos- más que para indicarles que bajo sus formas mas
simples, más primarias, lo que la industria humana fabrica está
hecho, hablando con propiedad, para enmascarar lo que son sus verdaderos
efectos de estructura; es en nombre de eso que yo vuelvo -y
mi disgresión está hecha para introducirlo- sobre esta distinción
expresa, a recordar que la forma no es el formalismo. Ocurre en
ciertos casos que, hasta los lingüistas - no hablo, bien entendido
de aquéllos que no saben lo que dicen- hacen allí pequeños
errores. El autor del cual hablaba hace un momento, que no me da
ninguna prueba de su expresa competencia, me importa haber hablado
de Hjemslev; precisamente es lo que nunca he hecho.
Por el contrario; el nombre de Jakobson, a
mi vista -pues he leído, como también él se expresa, en diagonal
en su artículo- está destacablemente ausente, lo que le evita,
sin duda tener que juzgar si, si o no, es pertinente el uso que
he hecho de las funciones de la metáfora
y la metonimia. Para volver a ese punto vivo de la distinción
de la forma y del formalismo,trataré -pues esto es lo que
hace falta en primer lugar- de ilustrarlo con algunas formas.
Es muy necesario para cualquiera que, como lo está el psicoanalista,
comprometido en los cortes, que,
para alcanzar un campo al cual el cuerpo está expuesto, culminar
en la caída de algo que tiene alguna fuerza. Recordaré, para tocar
en una de esas imágenes que sale -y no se sabe de donde-
de la experiencia analítica, el corte que contiene la leche, la
que se evoca bajo su toma a la inversa, bajo el nombre de seno,
primero de los objetos a; este
corte no es la estructura por donde
el seno se afirma como homólogo al enchapado placentario, pues es
la misma realidad fisiológicamente hablando, sin la entrada en juego
del verbo. Sólo, hasta para el saber, lo que acabo de decir, a saber,
antes que él se implique, ese seno, en la dialéctica del objeto
a, hasta para el saber, lo que está allí, entiendo fisiológicamente.
Es necesario tener una zoología bastante avanzada, y esto por el
empleo expreso de una clasificación -dicho de otro modo, esto
no es visible y sería erróneo minimizarlo- de las relaciones
a la lógica.
Se
ha reprochado a la lógica aristotélica
el haberse -con su empleo de los términos "géneros",
"especies"- solo pegado a una práctica zoológica, la existencia
de los individuos zoológicamente definidos. Es necesario ser coherente,y,
si se enuncia esta distinción más o menos reprensiva, darse cuenta
que, inversamente, esta zoología implica
ella misma una lógica
hecha de estructura y de estructura lógica.
Nada
seguro, ustedes lo ven. Esta es la frontera entre lo que ya implica
otra experiencia explorativa y lo que va a cuestionar, para nosotros,
la emergencia del sujeto.
En
matemática, el formalismo, en su función de corte, sin duda, se
desprenderá mejor. ¿Qué vemos nosotros de lo ve se refiere a ese
uso?. El formalismo en matemáticas se caracteriza así: está fundado
sobre el ensayo de reducir ese discurso, que he anunciado hace un
momento, el discurso matemático. Ese discurso del cual se ha podido
decir -y no ciertamente- del afuera. Se lo ha llamado también del
afuera. Eso era lo que decía Kojève, -pero él no hacía más
que retomarlo de boca de Bertrand Russell- que ese discurso
no tenía sentido y que no se sabe nunca si lo que se dice allí es
verdadero. Fórmula extrema, paradojal y de la cual es necesario
recordar que es de Bertrand Russell, uno de los iniciadores
de la formalización lógica de ese mismo discurso. Esta tentativa
de tomar ese discurso y de someterlo a esta prueba que podríamos
definir, en suma, en esos términos, allí toma la seguridad de
lo que parecía ser, a saber, de funcionar
sin el sujeto; pues, en fin, para hacer sentir aún
a aquellos que no son lo que inmediatamente designo allí, ¿quién,
entonces hablaría nunca, en cuanto a lo que se asegura de construcción
matemática, de una incidencia cualquiera, de lo que por otra parte,
se desprende como el observador?. Nada de traza concebible allí
de lo que se llama error subjetivo, aún si es allí donde pueden
darse los aparatos que permiten, por otra parte, darle un sentido
mensurable.
Esto
no tiene nada que hacer con el discurso
matemático mismo; aún cuando él discurre acerca del error
subjetivo, es en dos términos -entiendo los términos del discurso-
para los cuales no hay medio: son exactos, irrefutables, o no lo
son. Tal es, al menos, su exigencia. Nada será recibido de ellos
que no se imponga como tal.
Falta, cuanto menos, que
existe el matemático.
El uso, la búsqueda de la formalización de ese discurso consiste
-lo he dicho hace un instante- en asegurarse que aunque,
hasta el matemático haya sido completamente evaporado, el discurso
se sostiene sólo. Esto implica la construcción de un
lenguaje que es precisamente aquel que se llama, con bastante
precisión, -desde entonces ustedes lo ven- lógica
matemática. Sería mejor decir práctica de la lógica, práctica
de la lógica sobre el dominio matemático, y la condición para realizar
esta prueba se presenta bajo una forma doble y que puede parecer
antinómica. Ese lenguaje, sobre un punto, no parece hacer otro esfuerzo,
que reforzar lo que de él se refiere a ese discurso matemático,
tal como acabo de recordar sus caracteres, a saber, de refinarlo
sobre su carácter sin equívoco.
La
segunda condición y es en ésto que parece antinómica, es que ese
"sin equívoco", ¿a qué concierne?. Siempre a algo que
se puede llamar objeto, con
seguridad no importa cual. Es por lo cual, en todo intento de extender
fuera del campo de las matemáticas esta nueva práctica lógica -para
ilustrar lo que quiero decir, hablo del libro "World and
Object" de Quine, por ejemplo- cuando se trate de
extender al discurso común esta práctica, uno se cree impuesto de
partir de lo que se llama lenguaje-objeto,
no es nada más que satisfacer a esta condición de un
lenguaje sin equívoco; ocasión, por otra parte excelente
para poner en relieve eso de lo cual se trata, y sobre lo cual he
puesto siempre el acento: que es de la naturaleza del discurso, del discurso fundamental,
no sólo el ser equívoco, sino el estar esencialmente hecho del deslizamiento
radical, esencial, de la significación, bajo todo discurso.
Primera condición, entonces, he dicho, ser sin equívoco, lo que no puede referirse
más que a un cierto objeto apuntado, seguramente en matemáticas,
no un objeto como los otros.
Y es por lo cual desde que un Quine transfiere el manejo
de esta lógica al estudio del discurso común, hablará de lenguaje
ob. ¡Se detiene prudentemente en la primera sílaba!.
Pero,
por otra parte, la condición segunda es
que el lenguaje debe ser pura escritura, que nada de él, en tanto
le concierne, debe constituir más que interpretaciones. Toda
la estructura -entiendo eso que se podría atribuir al objeto- es
quien hace esta estructura.
De
esta formalización, no hay nada, desde entonces, que no se plantee
como interpretación. Al equívoco,
por otra parte fundamental, del discurso común, se opone aquí la
función del isomorfismo, a saber lo que constituye un cierto número
de dominios, como cayendo bajo el golpe de la toma de sólo una y
misma fórmula escrita.
Cuando
se entra en la experiencia de lo que así está construído, si uno
se toma un poco de esfuerzo, como no he creído indigno de mi hacerlo,
como parecería suponerlo el artículo evocado hace un momento, y
si se lo acerca al teorema de Gödel, por ejemplo, y después
de todo, éste está al alcance de cada uno de ustedes, sería suficiente
comprar un buen libro o ir a buenos lugares, estamos en el pluridisciplinarismo,
después de todo quizá es una exigencia que no ha salido para nada,
ésto es, quizá, darse cuenta de los enojos que se experimentan en
lo que se llama, impropiamente, limitación mental; un
teorema tal -por otra parte hay dos de ellos- les enunciará que
a propósito del dominio del discurso, que parece el más seguro,
a saber el discurso matemático -2 y 2 hacen 4- no hay nada
sobre lo cual se esté mejor asentado. Naturalmente no se ha permanecido
allí después del tiempo, se han percibido muchas cosas que en apariencia,
no están más que en el estricto desarrollo de ese 2 y 2 hacen 4.
En otros términos, que a partir de allí se sostiene un discurso
que, según toda apariencia, es lo que se llama consistente, lo que
quiere decir que cuando ustedes enuncian allí una proposición, ustedes
pueden decir "si" o "no". Aquella que es capaz
de recibirla, es un teorema del sistema, como se dice. Aquella no
lo es y es su negación quien lo es en la ocasión, si se cree deber
hacer el esfuerzo de hacer teorema de todo puede allí plantearse
como negativo, ¡y bien! ;esto implica que ese resultado es obtenido
por la vía de una serie de procedimientos, sobre los cuales no hay
dudas y que se llaman demostraciones.
El
progreso de esta práctica lógica
tiene permiso de asegurar, no sólo gracias al uso de los procedimientos
de formalización, es decir poniendo sobre dos columnas lo que se
enuncia del discurso primero de la matemática, y este otro discurso
sometido a esta doble condición de perseguir con ardor el equívoco
y reducirse a una pura escritura.
Es
a partir de allí, y sólo a partir de allí -es decir de algo que
se distingue en el discurso primero, aquel en el cual el
matemático ha hecho audazmente todos esos progresos, y sin
tener, cosa curiosa, que volver allí por épocas, de un modo tal
que arruina las conquistas generalmente recibidas de las épocas
precedentes. Por oposición a ese discurso tomado con alfileres para
la ocasión, y muy impropiamente a mi entender, del término metalenguaje, el uso de ese lenguaje formal llamado,
no menos impropiamente, lenguaje,
pues es de algo que una práctica aísla como campo cerrado en el
que es, muy simplemente el lenguaje, el lenguaje sin el cual el
discurso matemático no sería propiamente enunciable es a partir
de allí, digo yo, que Gödel pone en evidencia en ese sistema,
lo más seguro en apariencia del dominio aritmético. La consistencia
misma, supuesta, de ese discurso implica que la limita, esto
es, a saber, la incompletud; a saber, que a partir mismo
de la hipótesis de la consistencia, aparecerá en alguna parte la
fórmula -y es suficiente que haya una de ellas para que haya otras-
a la cual no se podrá por las vías mismas de la demostración recibida
-en tanto que la ley del sistema- responder ni si, ni no. Primer
tiempo, primer teorema. Segundo tiempo, segundo teorema.
Aquí
me es necesario resumir, no sólo el sistema
-entiendo sistema aritmético- no puede, él mismo, asegurar su consistencia
más que en constituir su incompletud misma, sino que no puede
-digo en la hipótesis misma fundada de su consistencia- demostrar
esta consistencia en el interior de sí misma.
Me
ha molestado un poco plantear aquí, algo que no es seguramente,
propiamente hablando, de nuestro campo, entiendo el campo psicoanalítico,
si él es definido por no se qué aprehensión olfativa; pero no olvidemos
que en el momento mismo de decirles que no lo es, -propiamente hablando-
la frase implicaba que yo termino en otro asunto. Ven bien sobre
lo cual yo caigo, sobre ese punto vivo, ésto es a saber que no
es pensable jugar en el campo psicoanalítico más que dando su estatuto
correcto a lo que se refiere al sujeto.
¿Qué
encontramos en la experiencia de esta lógica
matemática, qué si no, justamente, ese residuo donde se designa
la presencia del sujeto?. Al menos no es así como
un matemático, él mismo uno de los mas grandes, ciertamente, von
Neuman, parece implicarlo al hacer esta reflexión un poco imprudente
acerca de las limitaciones; entiendo aquéllas que son lógicamente
sostenibles. No se trate allí de ninguna antinomia, de ninguno de
esos juegos clásicos del espíritu que permiten aprehender que el
término "obsoleto", por ejemplo, es un término obsoleto
y, que a partir de allí, podremos especular sobre los predicados
que se aplican a ellos mismos y aquéllos que no se aplican, con
todo lo que eso puede comportar como paradoja. No se trata de eso.
Se trata de algo que construye un límite, que no descubre nada,
sin duda: que el discurso matemático mismo no haya descubierto,
en tanto que es sobre ese campo de descubrimiento que pone a pruebe
un método que le permito interrogarlo sobre lo que es enteramente
esencial, a saber, hasta donde puede dar cuenta de sí mismo, hasta
donde podría ser dicho alcanzando su coincidencia con su propio
contenido, si esos términos tuvieran un sentido, en tanto es el
dominio mismo donde la noción de contenido viene a ser -hablando
propiamente- vaciada. Decir con von Neuman que después de
todo esto está muy bien en tanto testimonia que los
matemáticos están aún allí para algo, en tanto es que allí
se presenta con su necesidad, su Ananke (3),
sus necesidades de rodeo, que tendría su rol. Porque allí falta
algo es por lo que el deseo del matemático
va a ponerse en juego.
Creo
que aquí mismo von Neuman va un poco más lejos, a
saber, que yo creo que el término de residuo es impropio y que lo
que se revela aquí de esta función
-que ya bajo múltiples vías he evocado bajo el título de lo imposible -es otra estructura
que aquella a la cual debemos hacer frente en la caída de lo que
he llamado el objeto a.
Es
más, creo que lo que se revela aquí de falta,
para no ser menos estructural, revela sin duda la presencia del
sujeto, pero de ningún otro sujeto que aquél que
ha hecho el corte, aquél que separa el denominado metalenguaje de
un cierto campo matemático, a saber, simplemente su discurso; el
corte que separa ese lenguaje de otro lenguaje aislado, de un lenguaje
de artificio, del lenguaje formal, en lo cual esta operación -el
corte- no es menos hecha en la medida en que revela las propiedades
que son las de la tela misma del discurso matemático, en tanto se
trate de los números enteros, cuyo estatuto saben que no se ha terminado
y que no se terminará antes de un cierto tiempo de epilogar; pero
sobre lo cual, precisamente, el saber si esos números tienen
tal lugar ontológico o no, es una cuestión totalmente
extraña a la experiencia del discurso, en tanto ella opera
con aquellos y ella puede hacer esta doble operación: 1) construirse y 2)
formalizarse.
Estamos lejos,
sin duda, a primera vista, de lo que nos interesa centralmente y
no sé, visto el poco tiempo que me queda, cómo podría llevarlos
hoy allí. Por otra parte, permítanme rápidamente, desempolvar ésto;
que el punto al cual habíamos arribado al fin de nuestra última
reunión era este: la verdad por el yo (je). ¿Qué es del yo?. Si el yo
se distingue aquí estrictamente del sujeto, tal como ustedes
pueden ver, que puede reducirse en alguna parte a la función
del corte, imposible de distinguir de aquel llamado trazo
unario, en tanto que él aisla una función del uno como
solamente única y solamente corte en la numeración, el yo
no está por ello, en su medida, asegurado de ningún modo, pues podríamos
decir de eso, que él es y que no es, según que, como sujeto,
opere, y que operando como sujeto, se exilie del goce
que en su medida no es menos yo.
Y
aquí es necesario que les recuerde ese grafo:

construído para responder, precisamente, al cuestionamiento, constituyendo
el análisis; lo que yace entre las dos líneas llamadas de la enunciación
y del enunciado, es a saber que, recortadas por la de la materialidad
significante, por la cadena diferencial elemental de los fonemas,
nos ha permitido asegurar esos cuatro puntos de cruzamiento cuyo
estatuto es dado en términos precisamente de escritura: aquí el
,
aquí el A (campo del Otro), aquí el s (A) , a saber, la significación
y aquí, en fin, el S (A), el significante de algo tantas veces apuntado
y nunca completamente elucidado que se llama el A (A mayúscula tachado).
Homólogo
tienen aquí, lo que a mitad de camino encarna, bajo esta forma escrita
lo que se impone al nivel de la enunciación pura, que es esto: a
saber que, donde se articula
quiere decir aquí, como en otra parte, por todos lados donde lo
escribo: "demanda". No importa lo que "Yo me demanda"
y escribimos aquí "lo que tú quieres" -deseo del Otro
en esta entera ambigüedad que permite aún escribir: "Yo te
demando... lo que yo quiero" en tanto mi deseo es el deseo
del Otro. Ninguna distinción aquí si no inducida por la función
misma de la enunciación, en tanto que lleva en si su sentido como
en principio oscuro, como si toda enunciación -ya lo he dicho- la
más simple, no evocara su sentido más que como consecuencia de su
propio surgimiento. "Llueve" es acontecimiento de discurso,
aunque no es más que secundario saber lo que quiere decir en lo
concerniente a la lluvia. "Llueve; en tal contexto -no importa
quien sea capaz de evocarlo- puede tener los sentidos más diversos.
Necesito a propósito de eso evocar que "¡Salíd!" no suena
igual en todos lados tal como se hace en Bayaceto (4).
Si
es importante ubicar algo en ese grafo, es que ese discurso
que lo acompaña, constituye los vectores de estructura tales como
allí se presentan, el nivel donde el "tú" es como dominante
sobre el yo; he dicho, al nivel del deseo del Otro, los vectores
convergen.
Es
alrededor del deseo del Otro que la demanda del discurso, del discurso
tal como lo ordenemos en la experiencia analítica, del discurso
precisamente que, bajo su aspecto que se pretendo falazmente neutro,
deja abierto, bajo su punta más aguda, el acento de la demanda;
esto es de modo convergente alrededor del deseo del Otro, que todo
lo que está en el origen -como lo indican las flechas- converge
hacia el deseo del Otro.
El punto que, como soporte imaginario es el que responde a ese deseo
del Otro; lo que he escrito desde siempre bajo la forma ,
es decir, el fantasma, allí yace, pero cubriendo esta función que
es el yo (je), en tanto que, contrariamente al punto de convergencia
que se llama deseo del Otro, es de modo divergente que ese yo (je),
oculto bajo el ,
se dirige bajo la forma que he llamado, al partir, aquélla del verdadero
cuestionamiento, cuestionamiento radical hacia los dos puntos donde
yacen los elementos de la respuesta; a saber, en la línea de arriba,
S , lo que quiere decir un significante, un significante de que
A está barrado y que es precisamente lo que he tomado, eso de lo
cual también les he forzado a tener un soporte para concebir lo
que aquí enuncio, a saber que ese campo del Otro no asegura en ningún
lugar, en ningún grado, la consistencia del discurso que se articula
allí, en ningún caso aún el más seguro, aparentemente.
Y
por otra parte, línea inferior, una significación, en tanto que
profundamente alienada; y es aquí que es necesario que ustedes perciban
el sentido de mi entrada de este año por la definición del plus
de gozar y de su relación con lo que puede llamarse, en el sentido
más radical, los medios de producción; al nivel de la significación,
si ya el pote -como se los he indicado- no es más que aparato para
enmascarar las consecuencias del discurso, quiero decir las consecuencias
mayores, a saber, la exclusión del goce.
Ven
ustedes que así se coloca esta Entzweiung (5)
-el término es hegeliano- en esta división radical, que es la misma
en la cual culmina el discurso de Freud al fin de su vida,
que es división del yo (je) articulado como tal, nada menos que
entre esos dos términos, a saber del campo donde el Otro, de alguna
manera, en alguna imaginación, que fue la de los filósofos durante
largo tiempo, podría responder de alguna verdad y donde precisamente
ésto se anula por el sólo examen de las funciones del lenguaje;
entiendo que sabemos hacer intervenir allí la función del corte
que responde no, no al Dios de los filósofos, y que por otra parte,
sobre otro registro, aquél en apariencia donde el goce lo alcanza,
es allí precisamente que él es siervo, y bajo el mismo modo del
cual ha podido decirse, hasta aquí que se podría reprochar al psicoanálisis
el desconocer las condiciones en las cuales el hombre está sometido
a lo social, como se expresa, sin percibir que se contradice, que
el materialismo llamado histórico, no tiene sentido más que precisamente
en percibir que no es de la estructura social que él depende, en
tanto él mismo afirma que es de los medios de producción, es decir
que es de eso con lo cual se fabrican cosas que engañan al plus
de gozar, es decir que, lejos de poder esperar llenar el
campo del goce, no están aún en estado de ser suficientes
a lo que -del hecho del 0tro- está perdido.
No he podido ir,
como es habitual, más rápido que mis propios violines. Por otra
parte, puedo anunciarles donde tengo la intención de retomar la
próxima vez. Les diré que no es en vano que, de la boca del
Dios de los judíos, haya retenido el: "Yo soy lo que Yo es
". Es precisamente allí donde es tiempo que algo se disipe,
algo ya puesto en claro por un llamado Pascal. Si ustedes
quieren -quizá les ayudará a entender lo que diré la próxima
vez- leer un pequeño libro que ha aparecido bajo el nombre
de "Apuesta de Pascal", escrito por un señor Georges
Brunet, que sabe admirablemente bien lo que dice. Como lo han
visto hace un momento, esto no es verdad para todos los profesores!.
Pero él, él lo sabe. Lo que él dice no va lejos, por otra parte,
pero al menos, sabe lo que dice. Por otra parte es un desenmarañamiento
indispensable para ustedes de lo que se refiere a esta pequeña hoja
de papel plegado en cuatro, de la cual, ya lo he dicho, ya he expresado
esto antes, se han hecho los bolsillos a Pascal. Pascal muerto.
Yo hablo mucho del Dios muerto; es probablemente para liberarnos
de otras relaciones con otros que he evocado hace un momento; mis
relaciones con Freud muerto. Eso tiene un sentido distinto.
Pero
si ustedes quieren leer esa "Apuesta de Pascal"
de Georges Brunet al menos sabrán de que hablo, cuando hablo
de ese texto, que es un cuarto de ello apenas, como lo verán. Es
una escritura que se recubre ella misma, que se embrolla, que se
entrecruza, que se anota. Se ha hecho de eso un texto para el placer
de los profesores, con seguridad. Ese placer es corto, pues ellos
no han extraído nunca nada de él.
Hay
algo que está, por el contrario, enteramente claro, y es por allí
que comenzaré la próxima vez; esto es,
que no se trata estrictamente de otra cosa que precisamente del
yo (je).Uno pasa el tiempo en preguntarse si Dios
existe, como si esta fuera una pregunta. Dios es, eso no presenta
ninguna especie de duda, eso no prueba absolutamente que él exista.
La pregunta no se plantea. Pero es necesario
saber si yo (je) existe.
Pienso poder hacerles sentir que es alrededor de esta incertidumbre -¿es que
yo (je) existo?- que se juega la apuesta de Pascal.
NOTAS:
(1)
Artíuculo
publicado en la revista literaria surrealista "Minotaure",
junio de 1933, " El problema del estilo y la concepción
psiquiátrica de las formas paranoicas de la experiencia"; incluído
en la edición de la tessi de doctorado de J.L., "De las psicosis
paranoica en sus relaciones con la personalidad, edición castellana,
editorial Siglo XXI.
(2)
Ref.
Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis,
J.L; parte De la mirada como objeto a.
(3)
En
la concepción mitológica griega, la Necesidad. Campo semántico:
lo que obliaga , constriñe, fuerza, violenta, impone , oprime, agobia.
Incluso los dioses están sometidos a élla.
(4)
Bayaceto,
tragedia
de Jean Racine que data de 1672. Su argumento, extraído de la historia
otomana, es un drama de serrallo del cual es responsable la sultana
Roxana.
(5)
Entzeigung:
división. Entzwei: alemán, en dos pedazos. Zwei, íd, dos.
Traducción:
Ana María Gómez
Corrección
del texto: Cecilia Falco
Revisión,
notas y destacados: Sergio
Rocchietti
Con-versiones, mayo 2006
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