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Escribir
Por
Marguerite Duras
La
soledad de la escritura es una soledad sin la cual el escribir no
se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo.
Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y ante todo, nunca debe
dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase,
nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.
Alrededor
de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación
de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir.
Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea.
Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas
del día, bajo todas la luces, ya sean del exterior o de la lámparas
encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte
en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En
aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo
que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado.
El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas
nada más”.
Escribir:
era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca
me ha abandonado.
Mi
habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville.
Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta
negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada.
Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que
esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo
las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi
maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones. Durante
aquel período tuve amantes. Se acostumbraban a la soledad de Neauphle.
Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez,
escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes.
Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben.
Cuando terminaba un capítulo, lo escondía. En lo que a mí respecta,
es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también
cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante. En tal
caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido.
El mío nunca ha sido sustituido. Lo sé, todos los días de mi vida.
Esta
casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a la calle,
a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo.
Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y
me impiden trabajar. Les dejo hacer. Los vigilo. Todas las mujeres
que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos,
como todos los niños. Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los
miedos. Y qué amor.
La
soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Porque
decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para
escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en
ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta
casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen
de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada
del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo
de decir. (...)
(...)
Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido.
Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.
Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho.
No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro
que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo.
Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro
y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es
lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es
la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza hacia
su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación:
su separación, la separación del libro, como el último hijo, siempre
al más amado.
Un
libro abierto también es la noche.
Estas
palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué.
Escribir
a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación.
Qué desesperación, no sé su nombre. Escribir junto a lo que precede
al escrito es siempre estropearlo. Y sin embargo hay que aceptarlo:
estropear el fallo es volver sobre otro libro, un posible otro de
ese mismo libro.
Ese
extravío de uno mismo por la casa no es nada voluntario. No decía:
“Estoy encerrada aquí todos los días de año”. No lo estaba, decirlo
hubiera sido falso. Iba a hacer compras, iba al café. Pero, al mismo
tiempo, estaba aquí. El pueblo y la casa es lo mismo. Y la mesa
frente al estanque. Y la tinta negra. Y el papel blanco es lo mismo.
Y en lo que a los libros refiere, no, de pronto, nunca es lo mismo.
(...)
Texto
extraído del libro “Escribir” de Marguerite Duras escrito en 1993.
Selección: Marcela
Depiera
Con-versiones, Mayo
de 2006
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