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UTOPIAS DEL MUNDO ANTIGUO

J. Lens Tuero - J. Campos Daroca

(Primera parte)

 

1. INTRODUCCION

1. Posibilidad y límites de la «utopía» en la Antigüedad

El estudio de la literatura utópica en la Antigüedad está abocado a una serie de cuestiones metodológicas previas de manera especialmente urgente. En efecto, al retrotraer un modo de escritura y de pensamiento tan característicamente modernos a una literatura que no puede sino desconocerlos en un sentido estricto, nos enfrentamos una y otra vez a la pregunta acerca de la legitimidad de nuestras pretensiones. Entendidos como «utopías», los textos de la Antigüedad aparecen iluminados con la luz que irradia una manera moderna de entender la sociedad y la política; con ello se produciría un efecto distorsionador en la interpretación de los antiguos que repugna nuestro exigente sentido histórico (1).
La primera cuestión que ha de enfrentar el estudioso es determinar a qué orden de hechos se atiene: a las ideas o a los textos. Los saberes humanísticos y sociales se reparten con relativa facilidad su campo. Los estudios literarios emprenden la indagación de las obras y la reconstrucción de un género, mientras que la filosofía y las ciencias sociales retoman la utopía para integrarla entre las ideas sociales y políticas sin correlato unívoco en las formas de expresión de una época determinada. La indagación literaria asume, pues, un arduo cometido. La diversidad de los textos se impone de manera que es difícil sortearla con el recurso de las definiciones o el establecimiento de «tipos». Ninguna de las definiciones «estrictas» que se puedan dar de utopía llega a eliminar toda una galaxia de obras pertinentes para la indagación de la historia de la utopía. Naturalmente, el reconocimiento de esta necesaria dispersión lleva al escepticismo y al rechazo del enfoque literario como superficial e incapaz de dar algo más que una relación «empírica», que sólo la atención a las ideas daría profundidad y auténtico calado teórico (2). En este libro hemos intentado esbozar una comprensión «literaria» de la utopía antigua, sin esforzarnos demasiado a cerrar un corpus, sino que hemos atendido, más bien, a las llamadas internas de los textos entre sí. La utopía no es un género literario «autónomo» en el mundo antiguo (tal vez tampoco en el moderno), sino que cruza un buen número de ellos. Quien intente dar sentido al término en la inmensa y compleja producción literaria de la Antigüedad debe seguir el avatar de los textos, sus múltiples determinaciones genéricas e históricas, en cuyo seno se producen los efectos de sentido que nos hacen reconocer, aquí y allá, el mirage de la utopía.

El problema es, entonces, el de la definición de «utopía», con la que se pretende paliar la insuficiencia de la opción literaria. Además, un libro antológico como éste debe justificar la selección que ocupa el grueso de sus páginas. La urgencia de la definición obedece no sólo a una exigencia «teórica», siempre más maleable, sino a la necesidad de, por un lado, justificar el sentido «utópico» de los textos de la selección y, por otro, conjugar razonablemente el rango de los textos posibles con la muestra incluida. En realidad el corpus de textos pertinentes ha sido ya elaborado una y otra vez con distintos criterios y definiciones, con lo que hay, de hecho, un cierto acuerdo en cuanto a lo que debe incluirse en un libro de estas características (3). Siguiendo un método de raigambre aristotélica, hemos intentado dar cuenta de los «fenómenos», atender a lo que se tiene por válido en este asunto, bien entre el mayor número de autores, bien, al menos, entre los más reputados. A partir de aquí, no es difícil pergeñar una definición de compromiso que permita cierta flexibilidad en la selección y un aura de justificación, siempre sospechosa de petitio principii (4). Entenderemos como texto utópico aquel en el que pueda leerse la descripción de formas de vida comunitaria consideradas como perfectas o, al menos, altamente valoradas. Se atiene esta definición a los momentos que hemos visto reaparecer en las numerosas definiciones que hemos podido leer en la ya vastísima bibliografía: el expresivo, el temático y el valorativo. Las implicaciones del momento valorativo, el hecho de que señalar la perfección implica en el mismo movimiento la devaluación de lo que queda fuera, y la promoción de lo señalado a la condición de modelo, han podido desarrollarse hasta alcanzar un especial protagonismo e, incluso, la desconsideración de las demás (es el caso de la utopía en Manheim, Bloch o la dificil posición que la utopía tiene en la ética discursiva de Apel y Habermas) (5). La insatisfacción sociológica con la aproximación literaria depende de que esta última, lejos de simplificar las cosas, integra un cuarto momento que podríamos denominar «enunciativo» o pragmático, sin que pueda como los demás ofrecer la uniformidad que nos permitiría establecer un género. Sin considerar que esta falta de univocidad sea un defecto, la aproximación literaria lo esgrime como la fuente de una notable riqueza y señala como su punto de partida la obra «fundacional»: De optimo republicae statu deque noua insula Utopia libellus vere aureus (6). Al proponer la lectura de una serie de textos como punto de partida para dar sentido a la utopía en la Antigüedad nos comprometemos con la aproximación literaria, y ello doblemente: por la presentación de los textos como lugar propio de la utopía y por tomar como referente no una definición sino un texto. En el reconocimiento de su riqueza de sentido, en el ambiguo enclave entre literatura y teoría política, vemos la condición y justificación de la diversidad misma de los textos antiguos.

En cualquier caso, toda definición que podamos proponer podrá también ser contestada de manera terminante por quienes niegan la posibilidad de hablar de utopía para el mundo antiguo y conceden, a lo sumo, a los textos propuestos la condición de precedentes. En este punto parece recomendable en el estudio de la utopía antigua (en cualquiera de sus posibilidades) tener presente, siguiendo a Bertelli, que «la utopía moderna [...] ofrece a la investigación filológica la instrumentación para la reconstrucción incluso en el mundo antiguo de una forma de escritura política que, en cuanto género homogéneo, sólo existe en la interpretación histórica sub specie antecedente, no en la continuidad de las formas antiguas del pensamiento político» (7).

La difícil condición de la utopía en la Antigüedad se refleja bien en el hecho de que la mayoría de los abordajes de carácter general al tema reconozcan inmediatamente la diversidad irreductible de las utopías antiguas y propongan para hacerle justicia diversas distinciones básicas. Entre ellas destaca la que separa dos formas diferentes de utopía: por un lado, la utopía de «evasión», «escapista» o «descriptiva», cuya forma privilegiada es la representación de la condición paradisíaca, el mito de la Edad de Oro o la evocación de una vida de abundancia. Se distingue porque la contestación resulta en una huida a otros mundos que subsanan las deficiencias del presente, sin que esa huida pretendida alcance a traspasar los límites de la fantasía hacia la acción. Por otro lado, está la utopía «constructiva» o «política», donde la propuesta es, cuando menos, modelo y, cuando más, programa de acción. En esta segunda se asienta con más propiedad la utopía, su núcleo más definitorio, con el referente textual de las obras de Moro y Platón, o bien el «histórico» de la rebelión de Münzer. La utopía «escapista», en la medida en que rompe los lazos con una realidad histórica, se hace universal, en una palabra, folclore, impertinente por tanto para el estudio de la utopía propiamente dicha, si no es como referente de motivos y tópicos, testimonio en definitiva de la profunda limitación del ideal humano (8).
Es fácil con todo reconocer los mismos tipos esenciales en los textos asignados a utopía antigua. Bertelli (9) distingue en sus trabajos al menos dos modelos fundamentales pertinentes para el discurso utópico en la Antigüedad, a los que subyacen experiencias e ideas bien diferentes sobre la sociedad perfecta. Por un lado, destaca todo un filón de textos que tienen como trasfondo la fundación de una ciudad, momento en el que se despliega por la acción de un personaje que se distingue por su excelencia la compleja construcción de una comunidad nueva en el espacio cerrado y bien delimitado de la ciudad. La «política» es aquí el problema decisivo de la acción humana. Por otro, la representación de las condiciones felices de la vida humana donde se reencuentran las formas mitológicas de la vida próspera bajo la guía bondadosa de la divinidad providente. Platón, con la República y las Leyes por un lado, y el Timeo- Critias por otro, puede considerarse momento decisivo de ambas orientaciones. Los diálogos «políticos» permiten ubicar en la tradición utópica, por la mediación de Aristóteles, los proyectos de Faleas e Hipódamo; los diálogos «científico- míticos» apuntan a los relatos de la Edad de Oro y el país de los feacios, y ofrecen el modelo de Staatsroman seguido de manera privilegiada por los autores de época helenística. Ideas y motivos análogos tendrán en uno u otro horizonte discursivo orientaciones diferentes y hasta opuestas.
Pero esta aparente continuidad de la utopía antigua con la moderna, saldada con la imponente figura de Platón, no puede ocultar la profunda diversidad que las separa. Las distinciones de Finley, uno de los más finos estudiosos de las diferencias entre lo antiguo y lo moderno, son en este punto muy ilustrativas y han alcanzado una gran recepción (10). La fundamental es la que separa entre utopía «dinámica» y «estática». Las utopías de la Antigüedad y de la primera modernidad se escriben bajo el imperativo de la escasez de recursos a la que responden propugnando una sociedad estática, donde domina el principio de la simplicidad y la moderación. El mundo actual ante la realidad del avance tecnológico contempla la posibilidad de sociedades en constante transformación a la abundancia completa. Moro se encontraría todavía, según este criterio, en el horizonte antiguo.

Sin embargo, esta distinción se cruza con otra de no menor interés, por la que podemos trazar una diferencia entre utopías jerárquicas e igualitarias. Finley defiende la ausencia completa de utopías igualitarias en la Antigüedad, por razones económicas, sociopolíticas e ideológicas, y es aquí donde la utopía de Moro opera una ruptura radical sobre la que ha insistido uno de sus más grandes estudiosos, Surtz, quien destaca que el comunismo de Moro no tiene precedentes en sus modelos, sino que debe leerse en clave judeo- cristiana (11). La obra de Moro tiende, según el cuadro que pinta Finley, un puente entre el pensamiento antiguo y el moderno, en el que el ideal de continencia y moderación característico de las utopías de la Antigüedad es reformulado en un sentido universalista plenamente cristiano (12).
Pero tal vez la solución de continuidad más definitiva que separa la utopía antigua de la moderna es la que marca el desplazamiento a la temporalidad como eje pertinente de localización del ideal. Frente al modelo espacial propio de una tradición para la que todavía había lugares por descubrir, la modernidad se distingue por ubicar en el tiempo la posibilidad del bien. Esta transformación tiene fecha de nacimiento, 1770, y el nombre de Louis Sèbastien Mercier, quien en ese año publica un libro de extraordinario éxito, de título El año 2440. R. Koselleck ha analizado con detalle los cambios decisivos de los que es simultáneamente reflejo y causa la obra de este curioso escritor. En la función del autor, el viajero y el descubridor son sustituidos por el visionario y el soñador. Esto implica a su vez en el estatus de la ficción un cambio radical en la forma de experiencia que subyace al discurso utópico, que pasa a ser la conciencia, el interior del escritor que imagina o sueña sin pasar por el expediente antiguo del desplazamiento espacial. La utopía del futuro es una variante de la filosofía del progreso cuyo fundamento está en la temporalización del ideal de perfección.

En estos esquemas, la historia de la utopía está sometida a los mismos esquemas de progreso que el resto de la cultura. La secuencia que va del mito a la moderna ciencia ficción por el intermedio de la utopía espacial responde al mismo principio y es testimonio del mismo progresivo madurar de la conciencia histórica. En este progreso el mundo antiguo queda congelado en el gesto de la estaticidad atemporal, cercano del modelo mitológico que siempre ronda los discursos utópicos, del mismo modo que su posición filosófica nunca se desembaraza del gesto sustancial y metafísico, que no deja de ser un mito imperfectamente racionalizado. No faltan, sin embargo, formas alternativas de considerar la presencia y vigencia de la utopía antigua, de los que destacaremos en esta ocasión dos ejemplos de cierto interés por la capacidad renovada de reorientar el foco de atención y los modos de entender las ideas y los textos.
Así, el trabajo de Herzog parte de la necesidad de superar la tarea reconstructiva de la utopía antigua con respecto a un modelo prototípico de los que alcanzaríamos a señalar las «formas previas» (13). Herzog considera que el eje de interés en la utopía antigua no está en las formas literarias que adelantan la obra fundadora, sino en la constitución en el siglo V de una suerte de «¡dea de progreso» en la que proliferan los proyectos utópicos que plantean una radical transformación de la realidad. Lejos de considerar la utopía antigua ajena a la idea de tiempo, Herzog subraya que es precisamente el pensamiento orientado hacia el futuro el que se deja ver en la actividad de personalidades como Hipódamo de Mileto o en la comedia de Aristófanes, en el que Bloch encontraba una de las más adecuadas realizaciones de la idea de utopía. Este pensamiento es el que queda bloqueado con la crisis de la ciudad y es objeto de una «fijación» literaria con el efecto de trasladar su realización al ámbito ficcional y a sus correlatos formal-expresivos. En el siglo IV proliferan los textos utópicos en los que se conjura esa proyección temporal por medio de otros mundos, el ideal de las formas platónicas, el pasado del mito áureo o el de los paraísos y mundos exóticos. Si se acepta esta revisión del significado de la utopía antigua resulta que la mencionada «temporalización» tiene ya un referente importante en lo que no en vano se ha llamado la «¡lustración ateniense».

Mantener viva la capacidad de leer utópicamente los textos antiguos, de atenernos al valor crítico de la utopía sin esforzarnos a terminologizarla a toda costa como condición única de su productividad, es precisamente lo que permite a A. M. lacono proponer recientemente la posibilidad de que el mundo antiguo aporte aún una idea aceptable de utopía (14). Se trata de la posibilidad de un modelo que se compare críticamente con la realidad histórica, y que él localiza en una figura conceptual que, precisamente, no tiene función utópica en la Antigüedad, pero que la ha adquirido con su recepción. Se trata, ni más ni menos, que del famoso «animal político» que conocemos fundamentalmente por Aristóteles. lacono repasa la vigencia de este controvertido personaje en K. Marx, H. Arendt, K. Polanyi y M. I. Finley, donde el funcionamiento de las esferas especializadas de la política y la economía son sometidas a una aguda crítica. No se trata de que la idea aristotélica se proponga ahora como ideal, a la manera de toda una poderosa corriente de pensamiento político y ético en EE.UU. y Alemania, sino de que sirva para cuestionar la idea vigente de la acción humana y atisbar no ya la garantía, sino la posibilidad de algo mejor.

No era menos escéptico Finley en cuanto a la relación que los proyectos utópicos de la Antigüedad pudieran haber tenido con las pretensiones «revolucionarias» de ciertos movimientos sociales, sobre todo en época helenística. Merece la pena, con todo, recordarlos. En al menos dos ocasiones nos encontramos en el mundo antiguo con aparentes intentos de plasmar en la realidad doctrinas utópicas, o por lo menos con actuaciones de carácter práctico relacionadas con doctrinas utópicas. El primer caso que vamos a considerar es el de la Uranópolis de Alexarco (15). En una fecha que no se puede precisar con exactitud, pero que se puede situar muy probablemente poco después del 316 a.C. (16), Alexarco, el hermano de Casandro (17), recibió el dominio sobre un vasto territorio situado en el istmo del Atos (apéndice oriental de la Calcídica), al que dio el nombre de Uranópolis (18). Las fuentes literarias relativas a la organización de este territorio son Ateneo (19) y Clemente de Alejandría (20) (siglo II d.C.), que citan nominalmente a autoridades del siglo II a.C., el primero a Heráclides Lembo (21) y el segundo a Aristo de Salamina de Chipre (22). Se trata, pues, de una información bien docurnentada, que remonta, por vías independientes, a fuentes no muy alejadas en el tiempo de los hechos que refieren. Además una parte de estas informaciones ha sido confirmada por la numismática. Se da la circunstancia, en efecto, de que, aunque no han sido encontrados el emplazamiento y las ruinas de Uranópolis, sí se han recuperado monedas de oro y plata de esta «ciudad del cielo». Conviene subrayar que la tradición literaria y la numismática coinciden en señalar el importante papel que en la organización religiosa de esta Uranópolis desempeñan las divinidades preolímpicas, en particular Urano (que da el nombre a la ciudad) (23), Helio (la deidad solar alternativa de Apolo) y Afrodita Urania. En relación con este hecho hemos de poner la información que nos procura Clemente de que Alexarco se vestía y ataviaba como Helio, el dios del sol. Un segundo hecho que nos importa resaltar es el de que Alexarco inventó, para su ciudad, una lengua artificial. Ateneo, tomando sus datos de Heráclides Lembo, da varios ejemplos de ella y cita, por otra parte, el comienzo de una carta enviada por la autoridad de Uranópolis a los magistrados de Casandría en la que se dirige a ellos con el apelativo de «hermanos». Tarn interpretó todo este conjunto, realmente notable, de hechos a partir de su conocida doctrina de que el ideal de la igualdad y la fraternidad humanas antecede en la cultura griega al estoicismo (escuela filosófica en la que se reconoce habitualmente su primera aparición) y se encuentra ya en la práctica política de Alejandro. Mientras que esta segunda parte de la interpretación de Tarn ha caído en un descrédito absoluto, la primera merece una consideración seria. Según Tarn, la ciudad de Alexarco era una miniatura del Estado universal. En Uranópolis y en sus símbolos habría que ver, pues, un modelo a escala reducida del universo como ciudad común de dioses y hombres, concepto elaborado por la filosofía estoica bastantes años después de Alexarco. Éste, según Tarn, habría considerado conveniente que su Estado universal dispusiese de una única lengua, cuya finalidad sería equiparable a la de las lenguas universales, como el esperanto, inventadas en los tiempos modernos. Todo ello sería, para Tarn, la consecuencia de las ideas de Alejandro, firmemente convencido de la igualdad primordial de todos los hombres y, por ello, propugnador de la fraternidad humana y campeón de un imperio universal en el que todos los súbditos tuvieran los mismos derechos y deberes. La huella de estos ideales de Alejandro se hallaría en Teofrasto y Evémero. Desde luego, no cabe negar los puntos comunes que unen a la Uranópolis de Alexarco con la Pancaya de Evémero, en particular en el plano religioso. En esta última, al igual que en la primera, encontramos reiteradamente la mención de Urano como objeto particular de veneración, y a lo que parece Afrodita tampoco estaba ausente de la obra de Evémero (24). El río llamado «agua de Helio» (que poseía propiedades terapéuticas) bañaba la llanura en la que se encontraba el templo de Zeus Trifilio en el relato de Evémero. A estas similitudes habría que añadir las que estos dos textos presentan con la utopía de Yambulo. En ella, los habitantes de las islas del sol cantan himnos y alabanzas en honor de los dioses, en particular en honor del sol, que da su nombre a las islas y a sus habitantes (25); éstos adoran como divinidades al que lo abraza todo, al sol, así como a todos los objetos celestes (26).

El sentido profundo de estas tres utopías, que ha llevado a sus autores a colocarlas bajo la advocación de divinidades astrales preolímpicas, es la promoción de un ideal de concordia social fundada sobre el igualitarismo comunista. Al introducir en la reflexión sobre el papel de la religión astral en la utopía helenística este tercer texto, el de la utopía de Yambulo, ponemos de manifiesto nuestro completo desacuerdo con la hipótesis de Tarn de que los antecedentes de estas concepciones hayan de encontrarse en los supuestos ideológicos y en la práctica de Alejandro. El relato de Yámbulo (que Tarn, significativamente, rehuyó mencionar en este contexto) es totalmente incompatible con tal hipótesis. A nuestro juicio los antecedentes de estas tres construcciones utópicas han de ser buscados, siguiendo el camino magistralmente trazado por Gernet (27), en la tradición utópica misma, y los conceptos clave, junto al universalismo subra­yado por Tarn, son los de igualitarismo y vida perfecta (28). La estrecha unión entre dioses y hombres es un rasgo característico de la representación paradisíaca desde la tierra de los feacios homérica. La lengua artificial inventada por Alexarco puede haber tenido, sin duda, la pretensión de ser lengua de comuni­cación universal, pero era quizás también el intento de conseguir una lengua perfecta para una sociedad perfecta.

El segundo caso en el que se detecta una conexión entre reflexión utópica y actividad política concreta lo constituye la desarrollada por Aristónico en Pérgamo en el siglo II a.C. La situación del reino de Pérgamo en el siglo II la conocemos francamente bien, dentro de las limitaciones que impone el carácter de la documentación, a través de trabajos clásicos como el de Broughton (29). El reino de Pérgamo se caracteriza por un claro divorcio entre las minorías griegas, asentadas fundamentalmente en las ciudades junto con una minoría de nativos integrados, y la gran mayoría de los pobladores autóctonos que practican la agricultura y viven, bien de modo disperso, bien (y quizá sea lo más frecuente) agrupados en pequeñas concentraciones aldeanas; sin olvidar, naturalmente, la presencia en las ciudades de buen número de personas del país reducidas a la esclavitud y teniendo siempre presente que pueden haber existido múltiples situaciones singulares. La mayor parte de la tierra cultivable constituye lo que nuestras fuentes llaman chóra, es decir, propiedad estatal; tenemos, de otro lado, la chóra basiliké, territorio propiedad del rey y patrimonio de la corona, abarcando ambas categorías la mayor parte del suelo agrícola. Las ciudades, a su vez, disponen de la chóra politiké, extensiones rurales probablemente no demasiado extensas (en relación con las anteriores) que circundan a la ciudad. Los personajes u organismos (templos, por ejemplo) que disfrutan de propiedades agrarias lo hacen normalmente en virtud de donaciones por el rey de porciones de la chóra basiliké o politiké. Si bien esta cuestión, aunque siga presentando algunos perfiles difusos, está hoy relativamente clara (30), en cambio dista mucho de resultarlo el problema del estatus jurídico de los cultivadores de estas tierras. Sabemos con certeza que un porcentaje importante, pero que no es posible evaluar numéricamente, eran esclavos, en su inmensa mayoría asiáticos. Las dificultades se refieren de modo especial a la situación del trabajador teóricamente libre pero cuya posición real es juzgada por los diversos estudiosos de manera claramente antitética. Para unos se trataría de personas auténticamente libres, aunque de condición económica modesta, mientras que para otros su estatus se aproximaría o entraría decididamente en los límites de la servidumbre. A nuestro juicio tiene mucha razón Finley cuando protesta por la introducción de la noción de siervo en el mundo grecorromano, entendiendo que este término, en vez de clarificar la posición de estas personas, introduce un elemento perturbador.
Atalo III fue, como es bien sabido, el último rey de Pérgamo, pues murió (en el 133 a.C.) dejando un testamento en el que nombraba al pueblo romano heredero de sus bienes y del reino. Inmediatamente después de conocerse la muerte de Atalo, Aristónico, quizás hijo ilegítimo del rey Eumenes II de Pérgamo, padre de Atalo III, planteó sus reivindicaciones al trono real; la interpretación más generalizada es la de que en estos primeros momentos el pretendiente se presenta como el director de la resistencia nacional contra el imperialismo romano, sin plantear ningún programa de reforma social, y que por ello consigue el apoyo mayoritario de la población de buen número de ciudades e intentos minoritarios en otras de colocarlas en su bando. Pero es evidente que la famosa inscripción OGIS 338, que ha de ser fechada entre la primavera y julio de 133, y en la que se grabó el decreto adoptado por el pueblo de Pérgamo, contiene una serie de medidas que sólo pueden ser explicadas como respuesta a una situación social explosiva que, razonablemente, sólo puede ser identificada con el movimiento dirigido por Aristónico.

No es nuestra intención narrar aquí en detalle el curso de la guerra, sino que nos conformaremos con referir lo más importante. Aristónico logra, en un principio, apoderarse de una parte de la flota real. Una comisión del Senado romano llega a Asia y encarga de la solución del conflicto a los reyes del Ponto, Bitinia, Capadocia y Paflagonia, pues el Senado no envía tropas hasta el 131, probablemente por encontrarse hasta entonces obsesivamente preocupados por la sublevación de los esclavos en Sicilia. Se encarga, luego, de dirigir la expedición el cónsul Publio Licinio Craso, y su derrota constituye el mayor triunfo de Aristónico. Lo más probable es que, cuando el cónsul llega a Asia, Aristónico haya concentrado su actividad en el interior microasiático, estableciendo su reino heliopolitano en la región del Alto Caico, el río principal que atraviesa el reino de Pérgamo, como lo muestra el hecho de que las emisiones monetarias recuperadas procedan de Tiatira, Apolonia y Estratonícea del Caico; más aún, dado que dichas emisiones monetarias remontan al 133, hemos de pensar que éste debió de ser desde el principio el núcleo principal del apoyo de que disfrutó Aristónico, y que su aventura naval no fue más que una peripecia sin mayor importancia. Que el núcleo de los combatientes del lado de Aristónico estaba formado por esclavos y por diversas categorías de desposeídos es algo de lo que nuestras fuentes no dejan el menor lugar a dudas, siendo significativo el papel que desempeñan en concreto los tracios y los misios (31). Evidentemente, como en tantas otras ocasiones en la historia, la guerra social es también en parte considerable, aunque no exclusivamente, lucha entre las poblaciones autóctonas del país y las minorías que, en la mayor parte rural del mismo, son vistas como extranjeras (32). Ello ha dado pie a más discusiones de la valoración de los aspectos ideológicos de la actividad de Aristónico, para lo que hemos de partir de un texto fundamental de Estrabón en el que se nos dice (33) que Aristónico, subiendo hacia el interior, reunió a marchas forzadas a un gran número de pobres y esclavos a los que llamó a la libertad y dio el nombre de heliopolitas. Es verdad que a partir de este texto se han construido elucubraciones ingenuas, y hemos de reconocer que a Finley le asiste una cierta razón en su crítica negativa (34), al protestar contra la falacia intelectualista de buscar algún libro concreto detrás de toda idea o acción popular. Pero, desde luego, la cuestión no se agota aquí, pues lo que es evidente es que el término heliopolitas (habitantes de la ciudad del sol) está en el texto, y poco valen los intentos de minimizar esta presencia; menos que ninguno el argumento cuantitativo, el decir que se trata tan sólo de una única cita, pues no estará de más recordar que nuestra información respecto a todo el movimiento dirigido por Aristónico es escasísima, sobre todo la procedente de fuentes literarias. Los hechos, reducidos a la más desnuda objetividad son: Aristónico dirige un movimiento de pobres y esclavos, a los que ha llamado a la libertad y dado el nombre de heliopolitas; ante ello, si se desea sostener la tesis de que dicho movimiento no comportaba sustrato ideológico alguno, la única solución racional sería decir que este nombre fue elegido por pura casualidad, exactamente igual que podía haberlo sido cualquier otro. Porque desde el momento en que se busque cualquier significación en el uso de este término concreto, hay que pensar por necesidad en textos como la utopía de Yambulo (cuyos habitantes, no hay que recordarlo, recibían precisamente el mismo nombre) o la de Evémero, o la Uranópolis de Alexarco.


2. Las convenciones literarias

Concentrados en los contenidos «positivos» de la obra de Moro, en su pensamiento social como síntoma y emblema de una nueva época (moderna ya pese a su dependencia de la tradición antigua y medieval), del pensamiento político social, no suele ser habitual, fuera de los estudiosos del tema, parar mientes en las complejas condiciones enunciativas por las que se presenta el cuadro ideal de la isla de Utopía. Hasta llegar a él se encastran en la obra de Moro toda la serie de formas literarias que en el Renacimiento pretenden crear el efecto de los modos «civiles» de la comunicación y el hablar cotidiano, que sin las restricciones del saber institucional abordan con todo los problemas acuciantes de la sociedad de la época. El estilo «íntimo» de la carta introductoria, con su constante referencia a la experiencia compartida, repleta de sobreentendidos (entre los que se cuentan elementos fundamentales de la ficción sin tematizarlos propiamente), remite una y otra vez al momento distendido de la conversación (35). El diálogo que sigue, que se inicia por el anclaje en un hecho real, la estancia de Moro en Holanda como embajador de Enrique VIII, procede por una intensificación del elemento ficticio, hasta que, en su parte final, irrumpe el relato de viajes que integra la descripción de la vida maravillosa y regulada de los habitantes de Utopía.

Así pues, sólo en última instancia se acerca la Utopía a lo que hoy podríamos considerar un «tratado político». Lo más propiamente «utópico» no aparece desnudo, como si la perfección evidenciara por sí misma su alteridad superior e inasequible, sino inserto en un marco complejo que tiene, entre otras cosas, la función de destacarlo, de señalar su carácter peculiar y extraño, su idiosincrasia modélica e ideal y su difícil relación con la realidad actual. Desde el más sencillo de la narración de viajes, donde ya el alejamiento espacial es signo del extrañamiento, hasta el más complejo del diálogo o la presentación crítica, la literatura utópica es inseparable de un marco, que en el caso de la obra de Moro se multiplica en abîme. Este marco literario no es un mero decorado, sino expresión del nuevo lugar en el que los asuntos de la vida social se deben debatir, que no es el seno de una institución autorizada, sino determinados momentos de esa misma vida social en los que se permite la mirada relativamente distanciada y exenta. No existe el punto absoluto desde el que poder enjuiciar los problemas, del mismo modo que no hay posibilidad de salirse del lenguaje, o encontrar uno «perfecto», para poder valorar su capacidad de verdad. La implicación de los hombres en la comunidad y el lenguaje que los acoge es ineludible y cualquier reflexión al respecto debe asumir una condición en última instancia paradójica (36).

Esta lección de la Utopía de Moro es especialmente sugerente para el estudio de los textos utópicos en el mundo antiguo, donde no existe la posibilidad de reconstruir las constantes de un «género», sino que los textos pertinentes se presentan en el entorno de otros ya codificados por la tradición literaria. Se trata pues, si se quiere, de textos que sólo en segundo grado adquieren la calidad de utópicos. Precisamente porque el marco literario es expresión simultáneamente de una distancia crítica y de la imposibilidad de que esa distancia sea absoluta, la exposición que sigue pretende repasar las formas literarias atendiendo al doble momento de la descripción de la sociedad ideal y las formas de enunciación que lo representan como expresión de diversos grados de esa distancia.


2.1. EL VIAJERO Y EL LEGISLADOR

Tal vez el marco literario más generalmente mencionado como característico de los textos utópicos es el de la narración de viajes en primera persona, elemento que se ha podido considerar «nuclear» en la definición de la utopía de los primeros tiempos (37). El relato de viajes presenta un régimen especialmente interesante, en tanto que estrechamente emparentado por un lado con el de discurso historiográfico, que se constituye a partir de Heródoto desde la articulación, compleja y no sin importantes fisuras, de lo visto y lo oído con miras a un establecimiento verídico de los hechos; y, por otro, con una de las formas discursivas fundamentales en la tradición jurídica occidental: el testimonio autóptico como elemento de «prueba» en la indagación de la verdad (38). El relato de lo maravilloso y nunca oído, de aquello que se sale de toda experiencia, sólo es posible en primera persona si se quiere solicitar credibilidad, según una «ley» narrativa que formulara genialmente Perry en su estudio sobre la novela antigua (39). Su paradigma es el engañoso Ulises, del que en cierta manera es heredero ese decidor de vanidades que es Rafael Hitlodeo (40).
En efecto, la descripción de la isla maravillosa funciona en el proceso argumentativo como una salida a la aporía a la que ha llegado el diálogo, la incapacidad de los interlocutores de Hitlodeo para representarse algo tan inédito como una sociedad sin propiedad privada. El diálogo se mueve según una disyuntiva que Skinner ha trazado para configurar las diversas tradiciones que confluyen en el nacimiento del pensamiento político moderno. Por un lado una tradición «retórica» que se funda en la idea de que la clave del buen gobierno está en la calidad moral de los gobernantes, cuya figura esencial es por tanto la del consejero y que tiene como género propio el speculum principis; por otra, la tradición escolástica, que localiza la excelencia de las constituciones en el buen funcionamiento de sus instituciones (41). Hitlodeo ha refutado la posibilidad de que la convivencia con el gobernante pueda derivar en una mejora de la sociedad, y así como la de que la persuasión pueda hacer componendas con la verdad. La isla de Utopía es su respuesta, la realidad de una sociedad perfectamente regulada en la que la vida excelente y virtuosa se da bajo la concordia perfecta entre poder y saber. El relato de viaje en boca de Hitlodeo se hace marco de esta maravilla y juega con la credibilidad a través de la forma enunciativa que solicita el ser creído (42) (cuya auténtica dimensión se podrá aclarar cuando abordemos el problema de la sátira).

En realidad, el relato de viajes es uno de los géneros donde más radicalmente se cuestiona la ancilaridad de la descripción con respecto a la narración (43). En él, la descripción adquiere una posición central, siendo el momento propiamente narrativo notablemente subordinado. En el relato utópico es la presencia de una instancia modélica en forma de la descripción de una sociedad lo que se constituye en la «figura» de la obra, descripción que lleva a la representación en el lector lo más vívida posible. La dominancia del momento descriptivo en este núcleo utópico es de un interés excepcional, pues ahí reside la grandeza y la miseria de la utopía (44). La utopía aborda el problema de la sociedad por un expediente que es precientífico y, en definitiva, de orden literario, y aspira a suscitar una representación, de la misma manera que se funda en una «visión», la del testigo o la del visionario.

La tradición retórica antigua, tan actual en tiempos de Moro, hacía gran hincapié en la capacidad de las descripciones para «poner delante de los ojos», y todo un género literario, la ekphrasis, estaba dedicado a la traducción al medio verbal de elementos visuales, desde obras de arte a paisajes (45). No pocos textos de los que hemos recogido en este libro responden precisamente a esta ambición de «hacer ver» las condiciones paradisíacas de vida. El éxito de unos u otros depende en una medida no pequeña de la capacidad de conseguir el efecto de visión en el lector, y merece la pena señalar que es precisamente esa capacidad la que se reconoce de manera sobresaliente a la obra de Moro. La carta de Budé a Lupset incluida en los prolegómenos del libro de Moro es bastante elocuente (46), pero es sobre todo Peter Gilles quien evidencia el efecto visionario que la lectura repetida de la obra produce en el lector en su epístola a jerónimo Busleiden:

Moro la presenta, describe y ofrece a nuestra mirada con tal elocuencia que, a cada lectura, me parece verla un poco mejor que cuando junto con el mismo Moro, oía resonar en mis oídos las palabras de Rafael Hitlodeo. He de confesar que este último estaba dotado de rara elocuencia. Al exponer su narración, mostraba a las claras que no refería hechos de oídas, sino tomados de la realidad, como sucedidos ante sus ojos, puesto que se había envuelto en ellos durante mucho tiempo. A mi juicio, su conocimiento de pueblos, hombres y de cosas le hace superior al mismo Ulises. Pienso, en efecto, que en estos últimos ochocientos años ninguna parte del mundo ha visto nacer a nadie semejante. Comparado con él, Vespucci no parece que haya visto gran cosa. Por otra parte, si bien es cierto que contamos mejor lo que vivimos que lo que oímos, nuestro hombre poseía el don particular del detalle (47).

No es extraño que el viajero encuentre paraísos o sociedades perfectas que, si miramos atrás, encontramos ya en boca de los poetas, quienes hablan desde un cuadro enunciativo completamente diferente (48). En éste, sin embargo, la autoridad no deriva de la experiencia, sino de un complejo mecanismo de sanción comunitaria en el que se reconoce la importancia del factor religioso y que tiene su expresión poética interna en las figuras de la «inspiración». La larga tradición poética cuyos momentos fundamentales podemos seguir a lo largo de la Antigüedad (Caps. 1, 16 y 21) y que se suele englobar bajo la rúbrica de «Edad de Oro» es el punto de partida de una serie de elementos de fortuna indudable en la literatura utópica, pero cuya presentación no se siente bajo la exigencia de consolidar la credibilidad. Constituyen, por tanto, una suerte de «grado cero» de la tradición utópica en la medida en que los problemas de credibilidad se encuentran suspendidos, aunque hay que destacar que el estudio en profundidad de los textos singulares descubre formulaciones muy complejas y que no se pueden someter a un esquema evolutivo: los textos más antiguos, los de Homero o Hesíodo son en este sentido singularmente complejos, mientras que los de Arato y Ovidio son, desde este punto de vista, más simples. El texto de Ovidio, donde se habla propiamente de «edad» de oro y no de «estirpe» áurea, constituye el punto de referencia más seguido en la tradición posterior para este mito. Textos como los de Virgilio, Horacio o Juvenal nos llevan a aprovechamientos del mismo notablemente complejos, que implican opciones específicas dentro de géneros ya de por sí bastante sofisticados (49).

Es tal vez uno de los movimientos más habituales en la construcción de un concepto «estricto» de utopía el de excluir estos relatos de la nómina de utópicos por considerar que en ellos la actitud es completamente ajena a los problemas políticos y sociales con los que la utopía propiamente tiene que enfrentarse. Con ello es también frecuente considerar reaccionario, escapista o retrógrado el planteamiento de la Edad de Oro. Con todo, hay que tener en cuenta dos cosas: que no es necesariamente ésta la orientación que informa a los relatos de esta tradición (50) y, más importante para nosotros, que no son pocos los elementos en los que se pueden constatar importantes continuidades entre Edad de Oro y utopía, y que en el caso de las discontinuidades y rupturas es precisamente el trasfondo de la Edad de Oro el que permite destacar los contornos de la utopía con más nitidez. Un desarrollo más amplio de estos planteamientos lo hemos expuesto en la sección siguiente de esta introducción.

La Antigüedad nos ha legado un ejemplo magnífico de relato de viajes, el relato de Yambulo (Cap. 14), en el que se ofrece de la forma más esencial una utopía en el seno de relato de viajes, mostrando al mismo tiempo la continuidad y parentesco que el relato de experiencia mantiene con la historiografía y el aprovechamiento simultáneo de las tradiciones míticas señaladas, dando como resultado uno de los momentos en los que la utopía antigua se acerca más a la moderna. Diodoro, quien ha transmitido por extenso esta noticia, no parece distinguir entre el viajero Yambulo y otros historiadores consagrados por su credibilidad, Megástenes o Hecateo por ejemplo. Esta ambigüedad va a garantizarle al relato de Yambulo una fortuna notable que llegará hasta la época de los descubrimientos, sin que se deba pasar sin mención el hecho de que Tomás Moro tuvo en este relato, sentado por Luciano en el mismo banquillo que Homero, Heródoto y Ctesias, uno de sus modelos literarios (51).

Hay que insistir en que los textos singulares aportan, dentro de una notable homogeneidad que favorece un cierto automatismo en la recepción, importantes variaciones de detalle que permiten hablar de la gran riqueza de la utopía antigua. Nos gustaría destacar aquí un texto de Plinio sobre las costumbres de Taprobana (Ceilán) en el que el motivo del viaje se encuentra por así decirlo invertido. No es el viajero el que, tras su visita, cuenta las maravillas que ha visto, sino un enviado del rey de la isla el que relata en Roma las excelencias de aquellas tierras, relación que Plinio, siguiendo un procedimiento recurrente en su obra, pone en estilo directo para marcar su distancia con respecto a una idealización de la que él no se muestra muy convencido. Plinio es un autor que no se deja impresionar por la excelencia de paisajes ni pueblos fuera de su Italia, «elegida por la providencia de los dioses para hacer el mismo cielo más ilustre», cuya descripción tal vez deberíamos haber incluido en nuestros textos (52).

Avanzamos un paso más en la constitución del género utópico cuando dirigimos nuestra atención al relato de la fundación colonial, en el que es momento culminante el del establecimiento de las leyes (53). Dos puntos son especialmente significativos en estos relatos. Por un lado, el hecho de que en ellos el viaje es un elemento fundamental de la acción, y, por otro, la nitidez y casi ejemplaridad con la que se destaca el momento racional de la acción, pese al indudable peso que aún mantiene el factor religioso. Por ello algunos autores consideran que es aquí donde se da el avance decisivo hacia un utopismo antiguo (54). Fundaciones y legislaciones tienen el común denominador de construirse en torno a una solución de continuidad, al contar el paso de una situación degenerada por los elementos que amenazan la vida (las condiciones adversas del medio físico o la agresión humana, lo que los griegos resumían bajo el común denominador de ananke, «necesidad») a una vida mejor por el intermedio destacado de la acción humana, con una intervención más o menos importante de la divinidad. Invierten pues la lógica del relato áureo y paradisíaco, donde el elemento mágico- divino es dominante, e instauran la orientación racional que encontraremos como definitoria de la utopía. Correspondientemente, los motivos de fecundidad natural y abundancia pasan a ser hasta cierto punto secundarios, cuando no objeto de importantes restricciones. Sin perder la condición paradisíaca pertinente, a la abundancia natural que invita a la inacción se responde con un comportamiento ético responsable por parte de la legislación y que se funda en restringir el disfrute del medio. Con todo, los cuadros utópicos de la Antigüedad muestran una cierta proclividad a la tópica paradisíaca, mientras que la solución de Moro ha sido la de reducirla al mínimo en beneficio precisamente de la acción del hombre bajo la forma de la prudente acción del rey Utopo.

La importancia del modelo fundacional va a ser extraordinaria en la utopía antigua. La acción instituyente de fundar una comunidad en ruptura con el pasado es la que articula los textos más importantes de la tradición utópica, conspicuamente en los de Aristófanes (Cap. 2, texto 3) y Platón (Cap. 5). Dos de los más antiguos ejemplos indiscutidos del género utópico son los que hemos recogido en el Cap. 3 como los «primeros utopistas», Hipódamo de Mileto y Faleas de Calcedón, (ca. mitad del siglo V a.C.) precisamente por haber elevado la acción fundacional a la condición de acción del pensamiento (sin convertirla en teoría), y como tal asequible a cualquiera. Aristóteles, a quien debemos las noticias, insiste sobre su condición individual, «privada», ajena tanto al profesional de la política o como al filósofo, y señala el acto de Hipódamo como un «atrevimiento». La orientación «¡deológica» de estos proyectos es controvertida (55), pero es indudable su originalidad, sobre todo en el marco del utopismo antiguo, casi siempre cargado sobre las espaldas de Platón.


NOTAS:

1. Como tratamientos de conjunto de la utopía seguiremos los de F. E. Manuel y F. P. Manuel, El pensamiento utópico en el mundo occidental, 3 vols., Madrid, Taurus, 1984 (ed. ingl. 1979) R.Trousson Historia de la literatura utópica. Viajes a países inexistentes, Barcelona, Península, 1995 (ed. franc., París, 1979); W Biesterfeld, Die literarische Utopie, Stuttgart, 1982 (con una extensa revisión bibliográfica sobre el tema).
2. Ejemplar en este sentido la obra de A. Neusüss, Utopía, Barcelona, 1971, pp. 9- 10.
3. Sobre la utopía en la Antigüedad la literatura es, como era de esperar, muy abundante. Destacaremos aquí de L. Bertelli la reciente contribución «L’utopia», en G. Cambiano, L. Canfora y D. Lanza (eds.), Lo spazio letterario della Grecia antica, vol. I: La produzione e la circolazione del testo, tomo I: La polis, Roma, 1991, pp. 493- 524.
4. Trousson, ed. cit., p. 54, por tomar un referente especialmente reconocido, considera que puede hablarse de utopía cuando en el marco de un relato (lo que excluye los tratados políticos) figura descrita una comunidad (lo que excluye la robinsonada) organizada por ciertos principios políticos, económicos y morales (lo que excluye la Edad de Oro y la Arcadia), y se presenta como ideal a realizar (utopía constructiva) o como previsión de un infierno (la antiutopía novelesca) y se sitúa en un espacio real o imaginario, o en el tiempo, o aparezca, por último, descrita al final de un viaje imaginario verosímil.
5. Sobre este punto véanse las páginas de A. Maestre, El poder en vilo. En favor de la política, Madrid, 1994, pp. 87 ss.
6. Ediciones y traducciones de la Utopía de Moro no faltan en español. Destacaremos aquí la de A. Millares Carlo, Utopías del Renaci­miento. Moro. Campanella. Bacon, México, FCE, 1982 (7.ª reimp.) y la de Pedro Rodríguez Santidrián, Madrid, Alianza, 2000. Una bibliografía completísima en R. I. Lalcowski, «A Bibliography of Thomas Mores Utopia», Early Modern Literary Studies, 1.2 (1995).
7. Bertelli, «Utopia», p. 411 (la cursiva es de Bertelli).
8. En el mismo sentido procede D. Dawson, Cities of the God. Communist Utopias in Greek Thought, Nueva York, 1992, pp. 3- 11, quien dentro de la corriente propiamente utópica distingue un low y un high utopism, en función de la radicalidad de las propuestas.
9.  Cf. Bertelli, «utopia», pp. 472- 482.
10. M. I. Finley, «Utopianism Ancient and Modern» en K. H. Woolff y B. Moore jr. (eds.), The critical spirit. Essays in Honor pf H. Marcuse, Boston, 1967, pp. 3- 20, reimp. en The Use and Abuse of History, Londres, 1975, (trad. esp., Barcelona, 1984, pp. 273- 294, por la que citamos). Para Finley el mito está decididamente fuera del ámbito de la utopía.
11. Cf. Surtz y Hexter, pp. xc- ciii y E. Surtz, S. J., The Praise of Pleasure. Philosophy. Education and Communism in More’s Utopia, Cambridge (Mass.), Harvard U. P., 1957, pp. 160- 174 (recogido en Villgradter y Krey, pp. 87- 103).
12. Se trata, con todo, de un puente fácil de romper. Por ejemplo, Habermas, en un trabajo ya clásico, alinea a Moro con Maquiavelo como fundamentos de una nueva idea de la política, formada sobre ruptura de la continuidad entre política y ética, el momento tecnológico y el descubrimiento de lo social. Cf. J. Habermas, Teoría y praxis. Estudios de filosofía social, Madrid, Tecnos, 19902 (ed. alemana, 1963), pp. 42- 87, esp. pp. 58- 63.
13. R. Herzog, «Überlegungen zur griechischen Utopie: Gattungsges­chichte vor der Prototyp der Gattung?», en Vosskamp, II, pp. 1- 20.
14. «L’utopia e i Greci», en S. Settis (ed.), I Greci (Storia. Cultura. Arte. Società) I: No¡ e i Greci, Turín, 1996, pp. 883- 900.
15. W. W. Tarn, art. cit., pp. 123- 166.
16. Tras las grandes fundaciones de Casandro, Casandría, Tesalónica y Tebas.
17. Casandro, que reinó sobre Macedonia, y su hermano Alexarco eran hijos de Antípatro, el prestigioso general de Filipo y de Alejandro Magno que tras la muerte del rey ostentó la regencia del imperio.
18. Estrabón testifica que tenía una extensión considerable, de 30 esta­dios de perímetro.
19. III 98 d- f.
20. Protr. IV 54,3
21. FGrHist III, 169.
22. FGrHist II, 143.4.
23. Cuyos habitantes significativamente no recibían el nombre de «uranopolitas» (es decir, «habitantes de la ciudad de Urano»), sino el de «uránidas» (es decir, «hijos de Urano», «hijos del Cielo»).
24. Cf. M. Winiarczyk (ed.), Euhemeri Messemi reliquiae, Stuttgart/Leipzig, 199 1, p. 5 1.
25. D. S. II 59,7.
26. D. S. II 59,2.
27. «La cité future et le pays des morts», REG, 46 (1933), pp. 293- 310 (reproducido en Anthropologie de la Gréce antique, París, 1968, pp. 139- 153; trad. esp., Madrid, 1984, pp. 123- 135).
28. Estrechamente entrelazados: vida perfecta en una sociedad igualitaria.
29. «Roman Asia Minor», en T. Frank (ed.), An Economic Survey of Ancient Rome, vol. IV, Baltimore, 1938.
30. Cf. D. Magie, Roman Rule in Asia Minor, Princeton, 1950, vol. I, pp. 138 ss., y vol. 11, pp. 1013 ss.
31. «The Servile Statuses in Ancient Greece», RIDA, III 7 (1960), pp. 165- 189, esp. pp. 168 ss.
32. Muy importante es el trabajo de L. Robert, Villes d'Asie mineure, París, 1962, pp. 264 ss.
33. XIV 1, 38.
34. Art. cit., pp. 3- 20.
35. Esta carta de Moro a su amigo Gilles culmina una plétora de cartas que ponen en contacto a los hombres del círculo de Erasmo y Moro entre los que la obrita ha circulado ya. A lo largo de las ediciones que Moro más o menos supervisa, estas cartas van envolviendo cada vez más la obra, creando esa atmósfera de intimidad erudita en la que circulan comentarios, elogios y críticas.
36. Al subrayar el valor de las formas literarias nos acercamos a las propuestas «éticas» como las de M. C. Nussbaum, quien destaca la implicación de diversos medios expresivos en la indagación de determinados problemas de orden moral y filosófico (cf. los ensayos reunidos por la autora en Love’s Knowledge. Essays on Philosophy and Literature, Nueva York, 19922). La centralidad de la ética en la posición humanista desde su primera configuración en el Trecento ha sido destacada por F. Rico, «Humanismo y ética», en V. Camps (ed.), Historia de la ética 1. Desde los griegos al Renacimiento, Barcelona, Crítica, 1988, pp. 507- 540. El Renacimiento se revela por tanto especialmente fecundo en el estudio de la imbricación de formas literarias y problemas éticos. Sobre el lenguaje como lugar propio de la utopía véanse las bellas páginas de E. Lledó, «La realidad de la utopía», Imágenes y palabras. Ensayos de humanidades, Madrid, 1998, pp. 398- 416 (originalmente en Las utopías en el mundo occidental, Univ. Int. Menéndez Pelayo, 1981).
37. Winter, p. xix.
38. Cf. M. Foucault, La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedi­ sa, 1995, pp. 35- 61. Ed. original, Río de Janeiro, 1978.
39. B. E. Perry, The Ancient Romances. A Literary- Historical Account Of their Origins, Berkeley- Los Angeles, University of California Press, 1967, pp. 325- 329; C. Gill y T. P. W¡seman (eds.), Lies and Fiction in the Ancient World, Exeter, 1993.
40. Cf. P. Walcott, «0dysseus; and the Art of Lying», AncSoc, 8 (1977), pp. 1- 9. E J. Gómez Espelosín, «Relatos de viajes en la Odisea», EC, 106 (1994), pp. 1- 32.
41. Q. Skinner, Los fundamentos del pensamiento político moderno, vol. I, México, FCE, 1985 (reed. 1993), pp. 43- 88.
42. La vinculación de la utopía con el relato de viajes como componente de la novela antigua fue ya puesto de relieve por E. Rohde, Die giechische Roman und seine Vorläufer, Darmstadt, 19745, pp. 241- 60; más recientemente es de especial interés el trabajo de G. R. Cardona, «Los viajes y los descubrimientos» en Los lenguajes del saber, Barcelona, Gedisa, 1994, pp. 308- 345 (el trabajo es de 1986), esp. p. 326. En términos muy parecidos ha presentado P. Zumthor la continuidad entre el relato de viajes y la Utopía de Moro (cf. La medida del mundo. Representación del espacio en la Edad Media, Madrid, Cátedra, 1994 [ed. franc., 1993], pp. 285- 303). Una recopilación muy sugestiva sobre la vocación diversa de la experiencia del viaje en el mundo antiguo en G. Camassa y S. Fasce, Idea e realtà del viaggio. Il viaggio nel mondo antico, Génova, 1991. Disponemos de traducción española para un corpus amplio de relatos de viaje a cargo de L. A. García Moreno y E J. Gómez Espelosín, Relatos de viajes en la literatura   antigua, Madrid, Alianza, 1996.
43. La compleja posición de la descripción frente a la narración en el relato es objeto de debate, en el que se intenta superar la conceptualización de la disyunción descripción versus narración en términos semánticos (objetual versus humano), o sintáctico- furicionales (pausa versus temporalidad).
44. Cuando Engels rechaza la utopía lo hace precisamente por ese modo discursivo tan peculiar que se compromete con la descripción, en lugar de con el análisis, y cuyo propósito es más convocar una visión que el conocimiento objetivo a través de las categorías de una ciencia social.
45. M. Krieger, Ekphrasis: the Illusion of the Natural Sign, Baltimore, 1991, aporta una versión amplia y ambiciosa del sentido de ekphra­sis que sitúa donde quiera que se plantea la traslación del medio visual al verbal.
46. WThM, 12/11- 21.
47. Utopía, pp. 56- 47 (WThM 21/19- 26 y más adelante: 22/3- 4). Véase la definición de Quintiliano, Inst. Or. VI 2 2 y Pseudo Longino, Sobre lo sublime, 15.1; cf. sobre la virtud retórica del «hacer ver» cf. C. Calame, «Qua dire c’est faire voir: l’évidence dans la rhéto­ rique antique», Etudes de lettres, 4 (1991), pp. 3- 21.
48. La serie de tres trabajos de E J. Gómez Espelosín, A. Pérez Largacha y M. Vallejo Girvés, Tierras fabulosas de la antigüedad, Alcalá, Universidad, 1994.
49. Para los relatos de la Edad de Oro en la poesía latina y sus continuidades y diferencias con respecto a la tradición griega, en especial la platónica, cf. G. Williams, Tradition and Originality in Roman Poetry, Oxford, 1968.
50. Sobre este punto V. Georghegan, «A Golden Age: froni the Reigri of Kronos to the Realm of Freedom», History of Political Thought, 12.2 (1991), pp. 189- 207, señala cómo un escritor tan decididamente antiutópico como Engels se adhiere a los mismos procedimientos de la tradición mítico utópica para representarse las condiciones ideales del comunismo primitivo, una vez que éstas han pasado por el filtro científico de la ciencia social.
51. El viaje de Yámbulo había sido incluido en la colección de viajes de Giovanni Battista Ramusio, Navigazioni e viaggi, Venecia, 1550, «Discorso sopra la navigazione di lambolo Mercatante antichissimo», fols. 190r- 191r, así como en la obra de León el Africano, Description d’Afrique. Tierce partie du Monde, Lyon, 1556.
52. Historia Natural, III v, 39- 42. Sobre Taprobana, Historia Natural, VI     xxxiv, 89- 91.
53. Bertelli, «utopia», pp. 486- 507.
54. Cf. H. Gadamer, «Platos Denken in Utopien», en Gesammelte Werke VII Griechische Philosophie III. Plato in Dialog, Tübingen, 1991, pp. 277- 278 y Dawson, ed. cit., pp. 21 y ss.
55. Puede contrastarse la valoración «progresista» ya citada de Herzog y la lectura de Bertelli, «ll modello della società rurale nell’utopia greca» en L. Firpo (ed)., Studi sull'utopia, Il pensiero politico, 9 (1976), pp. 183- 208, quien destaca los ideales «conservadores» de Hipódamo y Faleas. La orientación filolaconia de Faleas es más indiscutida, cf. Dawson, ed. cit., pp. 29- 32.

Texto extraído de "Utopías del mundo antiguo", J. Lens Tuero - J. Campos Daroca, págs. 9/30, Alianza editorial, Madrid, 2000.
Corrección: Cecilia Falco
Selección y destacados: S.R.

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