SOBRE EL DINERO LINGÜISTICO
FERRUCIO ROSSI- LANDI
(PARTE I)
I. METAFÓRICO Y LITERAL
Para ubicar el
dinero lingüístico en un discurso apropiado, es necesario hacer,
en primer lugar, algunas observaciones sobre tres puntos: las relaciones entre metafórico y literal, la complejidad
de la situación comunicativa, la producción y el capital lingüísticos.
I.1. «Dinero» y «lingüístico»
El empleo de
términos que retienen nuestra atención, «dinero» y «lingüístico»,(1)
no quiere ser estrictamente literal. No se desprende de ello,
sin embargo, que se trate de un empleo metafórico caprichoso.
El dinero
presenta algunas características que se hallan también fuera del
dominio donde es utilizado en su sentido más común: pues bien,
nosotros seguiremos llamando dinero al conjunto de esas características.
Ello sirve, por una parte, para mostrar la universalidad del dinero
y la fuerza de su poder; para identificar, por otra parte, en
otros dominios, las características que aparecen mejor en el uso
propio o convencional del dinero.
El adjetivo
lingüístico está empleado aquí en un sentido muy amplio:
principalmente en referencia a los códigos verbales, llamados
habitualmente lenguas; pero igualmente en referencia al lenguaje
en general, es decir al conjunto de la situación donde se comunica
verbalmente. Además queda sobreentendido que las situaciones comunicativas
existen donde, mediante códigos no- verbales, son intercambiados
mensajes no- verbales.
Hay que admitir
que en un tratado sistemático, sería mejor emplear «sémico- comunicativo» que «lingüístico».
La noción general de signo y de comunicación debe incluir al dinero,
el que constituye una de las cimas semióticas del sistema sémico
no- verbal del mercado: de manera que el sintagma «dinero
sémico- comunicativo», empleado en una teoría semiótica general,
da lugar en el límite a un pleonasmo, y por consiguiente está
exento de lo que comúnmente se entiende por metáfora («comúnmente»,
puesto que hay, por cierto, usos metafóricos de «metáfora»). «Lingüístico»
toma en nuestra fórmula el lugar del sintagma «expresión semiótico- comunicativo»,
ello por la sugestión que le es propia, reintroduciendo así, al
menos en primera instancia, una dimensión metafórica. En efecto,
diciendo «dinero lingüístico» se quiere llamar la atención sobre
el hecho, relativamente extraño, de que también existe dinero
propiamente lingüístico; es decir, que en el interior del lenguaje
verbal se hallan esas mismas características que nosotros asociamos
habitualmente al dinero propiamente dicho. Además, una parte preponderante
de la comunicación psicoanalítica se hace a través de la
lengua verbal (también a través de su ausencia, como de
la negación determinada); y ello es valedero también para la
comunicación política.
Se podrían hacer
observaciones del mismo género sobre otros términos: principalmente
aquéllos tomados del lenguaje común y forzados, de modo explícito
o no, hacia una cierta dirección; o bien, transportados de un
dominio de estudio a otro, así como lo teorizaba Vailati, o aun
gravados de significados adicionales que le vienen de contextos
particulares (para los significados «adicionales» cf. mi libro
Significato, comunicazione de parlare comune, cap. VII y passim). Es el caso de términos como "trabajo",
"producción", "capital", "necesidad",
y muchos otros, cada vez que los calificamos y les agregamos "lingüístico".
El aspecto «material» y el aspecto lingüístico están, por lo demás, estrechamente
ligados. En el curso del largo proceso de hominización, las necesidades
de comunicación y las necesidades materiales se desarrollan juntas,
hasta el punto que sería difícil aislar una necesidad distintivamente
humana como siendo solamente material. No existen
para el hombre necesidades materiales que no sean, en una cierta
medida, necesidades lingüísticas. Aun cuando las necesidades prelingüísticas (pero no por ello pre- comunicativas)
que el hombre tiene en común con los otros animales, siguen siendo
fundamentales, no se puede suministrar, sin embargo, una jerarquización
de las necesidades. Se puede morir por falta de alimento(s), pero
como lo señaló Shakespeare, también se puede morir for want
of language, por falta de lenguaje. Volveremos más adelante
sobre algunos de estos problemas.
I.2. La acusación de metaforicidad; el
mito de la literatura, y la orgía metafórica
Lo que diremos del dinero lingüístico en esta breve
presentación de algunas investigaciones efectuadas precedentemente
(sin olvidar sin embargo las investigaciones aún posibles y que
son todavía mucho más vastas) estará, por consiguiente, sometido
a la dialéctica del uso literal y metafórico. Lo cual nos dejará
expuestos a la acusación de que tal discurso se constituye como
discurso metafórico, e incluso como «únicamente» metafórico.
La mejor
defensa contra toda acusación de metaforicidad consistiría
en exigir la producción de una teoría de la literalidad.
Que yo sepa, nadie produjo jamás una teoría convincente de la
literalidad. Se puede estudiar, naturalmente, el pasaje, en el
proceso de adquisición del lenguaje, de lo literal a lo metafórico
(pero también, de lo menos preciso a lo más preciso) y se puede,
en el uso común de la lengua, hacer por distintas vías la distinción
entre significaciones propias y (en varios sentidos) traducidas,
simples y complejas, inmediatas y mediatas, relativamente poco
contextuales o muy contextuales, y así sucesivamente. Pero uno
no puede producir (o al menos, no se lo ha logrado hasta ahora)
una verdadera teoría de todo lo que sería en sí literal,
sin tener que recurrir a una concepción reductora del lenguaje.
En general, se define a lo literal
como a algo que se refiere a lo que es físicamente observable
de manera inter- subjetiva. En este sentido «zorro»
es literal si se refiere al animal, metafórico si se refiere a
una persona astuta. La interpretación de «zorro» refiriéndose
al animal queda presentada como inmediata, la referente a la persona
astuta como mediata, como requiriendo algunos pasos más.
Existen aquí
varias dificultades. Ante todo, aun la interpretación de «zorro»
como animal varía según la persona, la cultura y la época: que
se cuestione al respecto a los autores de bestiarios medievales
o a los sobrevivientes de los indios de América. En segundo lugar,
«zorro» no existe por fuera de un discurso; lo que significa que
aún existe para el referente animal varios usos de «zorro», según
categorías y tipos discernibles de contextos. Por último, y principalmente,
el lenguaje no está formado por sustantivos, y menos aún sólo
por sustantivos que se refieren a objetos físicos.
No tener en cuenta
estas dificultades, en nombre de una literalidad que
existiría en el fondo del lenguaje y a la que se podría llegar
de una vez por todas, no significa sino querer adoptar una
teoría donde el lenguaje es entendido como pura nomenclatura.
En realidad, ni siquiera la nomenclatura bastaría: habría que
descender hasta el nivel de los «protocolos» neo- positivistas
tales como «rojo aquí ahora» (y, por que no, "dolor de dientes
ayer"). Solamente que, en rigor, esos protocolos serían verdaderamente
literales en tanto que sustraídos a toda diversificación de interpretación
y, por consiguiente al todo hecho inter- subjetivo. Ahora
bien, nosotros sabemos que no son más que los resultados de un
procedimiento muy complejo de simplificación, de rechazo y de
enucleación, que la humanidad encontró muy tardíamente, gracias
a la metodología científica, y que puede ser practicada con éxito
solamente por personas adultas que se consagran a profesiones
específicas y que emplean un lenguaje altamente técnico.
El hecho de que tales protocolos queden sustraídos a las variaciones
de las interpretaciones, constituye un punto de llegada, un producto
del trabajo, y ciertamente no un punto de partida. Además, esos
mismos protocolos cambian de una disciplina a otra, según los
diferentes universos de discurso, y según los diferentes intereses:
razón por la cual lo que está en posición de material de partida
en un campo de investigación, en el interior de un universo de
discurso y según un interés determinado, se halla en posición
de producto y de punto de llegada en otro campo. En fin, considerar
al lenguaje como nomenclatura, constituye una teoría muy criticada
y superada por toda la investigación semiótica y lingüística contemporánea
(desde Vailati, Mauthner y Saussure, hasta Bühler, Morris, Wittgenstein,
Potzig, Slama-Cazacu y Schaff).
Cuando no es
un producto restringido y específico de la metodología científica,
la literatura total es un mito filosófico
aplicado al lenguaje. Nadie puede arrogarse el derecho de acusar
de metaforicidad a quien no cree en ese mito. De modo
más radical, dada la naturaleza del lenguaje, el hecho de que
sea metafórico no puede ser utilizado como argumento de una acusación.
Ni servir tampoco como argumento de defensa o como defensa contra
la incapacidad de pensar de manera constructiva.
Existe
una orgía pseudo- liberadora de lo metafórico, que presenta peligros
aún más graves que la falsa accesis de lo literal. La orgía
metafórica aparece como sobre- producción lingüística para
uso de minorías limitadas, con empobrecimiento y explotación de
la masa parlante: volveremos sobre este punto en el último párrafo
de nuestro estudio. Más allá de ciertos límites, lo metafórico
se convierte en vehículo incontrolable de lo irracional vitalista
y de la intimidación o del terrorismo que a menudo lo acompañan
(piénsese en la forma en que la doctrina de Rosenberg sobre la
raza se apoyaba sobre un uso pseudo-científico, ya que irreductiblemente
metafórico, de ciertos términos fundamentales). Cuando se presentan,
se debe, pues, distinguir con la mayor atención esos límites;
es necesario sobre todo poseer una teoría de lo que se hace y
se dice, teoría que permita evaluar de manera realista a un auditorio
capaz de concebir y de interpretar nuestros mensajes. A falta
de útiles conceptuales adecuados, y cuando se perdió todo respeto
al auditorio, uno no se encuentra combatiendo el mito filosófico
de la literalidad, sino, por el contrario, rechazando todo esfuerzo
humano de clarificación y demistificación, toda organización y
transmisión de un saber repetible, comprendido un
saber teórico; por consiguiente una práctica no necesaria al mejoramiento
de las relaciones entre los ángeles, o entre los demonios, o entre
los ángeles y los demonios, sino para una mejor organización de
las situaciones humanas reales, históricamente determinadas.
Tanto la
falta de imaginación como el uso indiscriminado de la imaginación
participan abundantemente, en definitiva, de la decoración de
este planeta. Y así como existen personas que creen merecer el
título de sabios rigurosos sólo porque lograron entretener a sus
colegas con algún algoritmo abstruso existen también personas
que alardean de sondear quién sabe qué transfondos de la naturaleza
humana cuando, con tono pomposo e inspirado, enuncian y juntan
términos fuera de todo contexto que dé sentido, inventando así
una jerga sólo comprensible para los miembros de la microscópica
capilla de iniciados.
¿Existe una zona
que separa exceso de metaforicidad
y exceso de literalidad? Probablemente no; y esto
únicamente en el sentido de que cada ciencia y cada investigación
debe delimitar la zona de separación que le es propia, y en que
constantemente todas deben plantearse el problema de la comunicabilidad.
Si verdaderamente es necesario elegir, yo diría que en principio
vale más un margen controlado de metaforicidad, con su riqueza,
que un exceso de literalidad, con sus infranqueables restricciones
de fondo y con la metafísica que las acompaña; pero me apresuraré
a agregar que deben hacerse todos los esfuerzos para evitar o
reducir las metáforas inútiles.
II. COMPLEJIDAD DE LA SITUACIÓN COMUNICATIVA
Debemos llamar
la atención ahora sobre la enorme complejidad de toda situación
comunicativa real. Sólo en el interior de una situación reconocida
como compleja más bien que indebidamente simplificada, sería plausible
introducir un esquema teórico nuevo y encontrar un «dinero» que
fuera «lingüístico». Trataremos aquí de recoger, sin ninguna pretensión
de clasificación racional o de exhaustividad, varios elementos
de la situación comunicativa en torno a estos tres aspectos o
momentos generalmente reconocidos como importantes: el transmisor,
el mensaje, el receptor. Obsérvese bien que se trata de abstracciones,
puesto que en la realidad no existe transmisor que no haya sido
receptor de mensajes, sin lo cual se tropezaría con el difícil
problema de la posibilidad de un mensaje sin código. Toda investigación
de uno de los tres momentos no podrá dejar de superponerse, tarde
o temprano, al estudio de los otros dos. Se percibe ya la posibilidad
de articular de manera dialéctica la situación comunicativa en
tanto situación de trabajo y producción: se produce un objeto,
el mensaje, que es empleado en seguida para otras producciones,
y así sucesivamente. Pero «transmisor», «mensaje» y «receptor»
son abstracciones provisoriamente útiles en tanto polos del discurso.
II.1. El transmisor
Nosotros decimos
"transmisor" más bien que "hablante",
porque la transmisión puede hacerse por medios extraños a la palabra
y al código de la lengua. Preferimos "transmisor" a
"locutor", pues no se trata forzosamente de diálogo,
pudiendo el interlocutor estar ausente o excluido. En el lugar
de transmisor se puede emplear "codificador", "compilador"
del mensaje, "transformador" del mensaje en señales,
"emisor": esos términos expresan los diferentes aspectos
o momentos del proceso que culmina en la transmisión de un mensaje.
El proceso puede ser realizado por una sola persona o por una
serie de personas. Sin embargo, el concepto de persona no es indispensable;
podría tratarse de un animal o de una máquina, de un grupo de
personas, de animales, o de máquinas, un grupo mixto formado por
personas y/o animales y/o máquinas.
Dicho esto, el
transmisor es el lugar (según una secuencia intuitiva:
él emplea, recurre, está condicionado por, es víctima) de
experiencias ora lingüísticas, ora no lingüísticas; unas y otras
pasadas o en acto. Tanto lo sepa como no (y generalmente
él no lo sabe), está inmerso en códigos tanto verbales
como no verbales; elige o soporta un código, o un conjunto limitado
de códigos, y a sabiendas o no, lo emplea para compilar o confeccionar
un mensaje; sin embargo, en el interior del código o grupo
de códigos elegidos, operan sobre el transmisor varios sub-
códigos, léxicos o usos grupales; él aplica,
además, su propio idiolecto, teniendo en cuenta a veces
otros idiolectos, comenzando por el del receptor (si hay uno,
y si ello le sirve o le es impuesto por la situación). Usando
las técnicas colectivas como interpretantes (en el
caso de la lengua, el lenguaje común), el transmisor codifica
su mensaje, donde se ejerce también, aunque de modo subordinado,
su propia capacidad individual (la palabra). La personalidad
del transmisor y sus eventuales intenciones entran aquí en juego,
sean ellas conscientes o inconscientes, precisas o generales,
inmediatas o diferidamente mediatas.
En este
contexto - aun en los casos en que el transmisor se identifica
con una única persona- , surge que el
aporte de tal persona a la confección del mensaje es relativamente
modesto. No solamente el hecho de que su aporte consciente
queda limitado por todo lo que aprendió sin saberlo y hunde sus
raíces en el inconsciente; sino que toda su capacidad semiótica
está movilizada y condicionada por las fuerzas que rigen la sociedad.
El verdadero, más importante y fundamental compilador del mensaje,
es el grupo social al que pertenece la persona que transmite.
La sociedad intercambia mensajes internos a través de los individuos,
los que así se articulan en grupos. Los individuos, productos
sociales, también lo son en tanto transmisores. De ahí el aspecto
burgués mitológico de toda investigación que se base sobre la
acción de individuos aislados.
Estas diferentes
determinaciones complican bastante tanto a la confección originaria
de todo mensaje como a su transformación en señales para transmitir
(sean o no efectivamente transmitidas). También volveremos a encontrar
importantes complicaciones en lo que concierne al mensaje y al
receptor.
II.2. El mensaje
El procedimiento
de codificación está constituido por varios elementos, que conviene
considerar a través de la estructura que reviste el mensaje. La
codificación es una selección
organizada de signos, o sea de sumas dialécticas de por
lo menos un significante y un significado. Cada signo está
en relación con otros signos, y además del significado que lo
constituye, con su respectivo significante, posee otras dimensiones
significativas, generalmente determinadas como: referente
(alguna cosa extraña al signo), denotación
(capacidad de indicar algo que «existe realmente», a lo que
se agregan todos los problemas planteados por las diferentes maneras
de «existir», a las que hay que distinguir bien), connotación (unidad nueva, en la
que a su turno el signo entra corno significante), y así sucesivamente.
Existe igualmente el problema de la elección de los signos que
deberán constituir el mensaje; evidentemente, más que de una libre
elección, se trata de una selección motivada y dictada
por las reglas de empleo de los signos y las de
sus combinaciones en diferentes niveles del código, a lo que se
suman las influencias contextuales ya mencionadas. De este modo,
la problemática del transmisor, entendido como producto social,
aparece nuevamente en el interior del mensaje. Todo mensaje, puesto
su propia codificación, a los materiales e instrumentos que a
su turno provienen de codificaciones precedentes de un trabajo
ya realizado sobre los signos.
Tomemos el caso
relativamente simple de un mensaje verbal único, una frase cualquiera
que un individuo dice a otro. Un mensaje tan simple puede ser
abordado aisladamente, como un objeto lingüístico, o bien
examinado en su contexto real. Es necesario distinguir el sujeto
del enunciado, el que puede ser singular, colectivo o abstracto;
el sujeto de la transmisión, también él, singular, colectivo o
abstracto; el tipo de auditorio, y muchos otros aspectos (cf.
Guespin y Slatka, Le discours Politique, Langages, 1971).
Aunque sea rudimentario, un mensaje
verbal debe insertarse en una o varias series concéntricas
o excéntricas de contextos tanto lingüísticos como no lingüísticos,
pudiendo unos y otros ser directos, indirectos o anteriores. Además,
las señales con las que el mensaje es efectivamente transmitido,
tienen varias medidas de redundancia, que necesariamente entran
en uno o varios canales, donde se convierten en motivo de ruidos
o aun de perturbación. Son diferentes los sentidos en que un mensaje,
desde que queda confeccionado, es transmitido en su totalidad
o en parte. Esto nos conduce a la problemática del receptor. Perro,
aun si se concentra la atención aisladamente sobre un mensaje,
cada una de sus dimensiones puede ser objeto de un examen minucioso,
que arrastra cuestiones filosóficas e historiográficas complicadas.
Por ejemplo: fue suficiente hallar los escritos inéditos de Frege
(1969), para que el problema de las relaciones entre, Sinn
(sentido) y Bedeutung (significado, pero también lo
que más arriba llamamos referente y denotación), quedara tratado
de manera nueva y muy sutil en la obra monumental de Dummet (1973).
II.3. El receptor
Todo lo dicho
a propósito del transmisor puede repetirse, mediante ciertas modificaciones
secundarias de las que aquí podemos hacer abstracción, a propósito
del receptor: también, éste está inmerso en sus propias experiencias,
sean lingüísticas o no lingüísticas, pensadas o en acto; también
él está condicionado por un vasto conjunto de códigos, etc. La
noción de receptor entra en la de auditorio, es decir,
en una clase que puede comprender muchos miembros, o un solo miembro,
o ningún miembro (sobre estas nociones se concentran las investigaciones
siempre válidas de Perelman y Olhrechts Tyteca, 1958). También
aquí la noción de persona puede ser secundaria o estar ausente.
Se agregan
otras dimensiones distintas. Las señales descodificadas por el
receptor para reconstituir el mensaje, el que a su turno queda
interpretado en varias direcciones, no son necesariamente idénticas
a las señales transmitidas. Aun en el caso límite de una comunicación
perfecta desde el punto de vista del canal y del proceso
mensaje- señal- mensaje, surgen los problemas
de la comunidad entre transmisor y receptor, los de los códigos
verbales y no verbales, los que subyacen al empleo del código
o de grupos de códigos elegidos; los problemas por consiguiente,
de ese código o grupo de códigos y de la comunidad de los sub-
códigos, de los usos grupales y de los ideolécticos en causa.
El transmisor
y el receptor sólo pueden expresar un juicio sobre esta serie
de comunidades, transmitiendo o recibiendo mensajes, los que a
su vez sólo pueden ser interpretados en función de todas esas
comunidades. Intelectualmente elegante y capaz de angustiar a
los espíritus débiles, esta situación se presenta a menudo como
realmente dramática, tanto a nivel colectivo como a nivel individual.
Sin embargo, en el uso práctico- comunicativo de la lengua existe
una zona central donde las comunidades son consideradas como plataforma
común más que puestas en tela de juicio: pertenecen a la lengua
cotidiana, producida y reproducida por el lenguaje común, es decir
por un conjunto de técnicas inter- subjetivas o comunitarias que
se transmiten, junto a sus productos, de generación en generación.
Aquí interviene la distinción- unidad entre trabajo,
producto, y uso de los productos del trabajo precedente.
La suma
dialéctica de los tres órdenes de complicación, distinguidos provisoriamente,
es de todos modos gigantesca.
Frente a lo cual una buena parte de los instrumentos
intelectuales, tradicionalmente (e incluso recientemente) anticipados
para construir teorías de la comunicación, parecen simplificaciones
excesivas; por la interpretación de esas simplificaciones se trató
de relacionar entre ellos algunos de los elementos del montón,
considerando inadecuadamente a todos los otros o aplastándolos
en el interior de los elementos elegidos, y forzando así en general
lo metafórico en la dirección de lo literal (entre los esquematismos
menos reductores, Sebeok - 1962 ó 1972- da una excelente
bibliografía sobre el tema). Como si de una habitación pesada
y complicadamente decorada se dijera que está compuesta por una
ventana y una pequeña mesa, entendiendo por ventana todo lo que
es arquitectura, y por mesa todo lo que es decoración. Que se
piense - este único ejemplo bastará- en la irrisoria capacidad
de comprensión de las nociones saussureanas de lengua y habla,
o de las nociones chomskianas de competencia y performance,
simplemente comparadas con los factores que operan a nivel
del transmisor.
En general, sí
se quisiera juzgar sobre la capacidad de comprensión de una teoría
que fuera no solamente de la lengua considerada, sino también
de la práctica social comunicativa real, habría que controlar
si toma o no en cuenta al conjunto de los recorridos de la comunicación;
o si por el contrario se concentra únicamente en el transmisor
(según una tentación psicológica y existencial), o bien sobre
el mensaje (según una tentación tecnológica y formalista), o bien
sobre el receptor (según una tentación sociológica y didáctica).
¿A dónde
habrá que dirigirse, pues, para intentar encontrar la nueva palabra
del enigma de la comunicación? Como ya lo he dicho, la única dirección
que me parece inspirar alguna confianza reside en la aplicación
de la noción de trabajo, a la comunicación y el lenguaje,
conjuntamente con otras nociones que necesariamente arrastra.
Si esto también puede parecer una reducción, se tratará al menos
de una reducción atenta al fundamento mismo del devenir humano.
III. CÓMO Y POR QUÉ LLEGAMOS A HABLAR
DE DINERO LINGÜÍSTICO
III.1. La producción lingüística
El fundamento,
y con él nuestro punto de partida, está expresado por el célebre
principio hegeliano - marxista según el cual el hombre se caracteriza por su propio trabajo, siendo al
mismo tiempo el producto. Con mayor razón, esta determinación
recaerá también sobre todo lo que el hombre mismo produce. Considerando al hombre, de manera idealista, en tanto
puro productor, podríamos desprender el lenguaje como producto
y llegar de inmediato a la noción de producción lingüística.
Si por el contrario consideramos de manera realista al hombre
mismo como producto, constatamos que se trata de un producto que
encierra en sí al lenguaje, y por consiguiente podemos introducir
la noción de producción lingüística, como una parte de
la noción más general de producción del hombre. La producción
del hombre es reproducción social, y una parte de ésta es lingüística.
Estas diferentes nociones se superponen y se llaman unas a otras,
cambiando de aspecto de acuerdo al momento dialéctico en que uno
se detenga para asumir un punto de vista. Es ahí donde reside
toda su dificultad.
Para el estudio
del lenguaje puede ser utilizado el aparato conceptual
desarrollado por Marx (y por otros) para el estudio de
la producción llamada «material». El trabajo es siempre,
en efecto, trabajo; siempre se articula en: materiales sobre los
que se ejerce, instrumentos utilizados, productos resultantes.
Como lo demostró Marx en el capítulo V del primer libro del Capital,
nada es material, instrumento
o producto, separadamente, o sea fuera de un ciclo
de trabajo determinado. Lo que reúne los materiales,
los instrumentos y los productos, dando a cada secuencia su lugar,
es el trabajo viviente - consciente o inconsciente-
en tanto articulado o articulable en un ciclo de trabajo determinado.
Lo mismo vale
para el lenguaje (y para
cualquier otro sistema comunicativo). Nosotros trabajamos sobre
(o utilizamos) materiales lingüísticos, por su lado producidos
por trabajos lingüísticos precedentes, gracias a instrumentos
lingüísticos, también éstos producidos por trabajos lingüísticos
precedentes y que producen de nuevo productos lingüísticos destinados
a (o susceptibles de) ser, a su turno, utilizados como materiales
y como instrumentos. Si es que se ha comprendido la noción
general de producción lingüística, se la puede desarrollar en
todas sus articulaciones. Nosotros
no solamente encontraremos trabajadores, materiales, instrumentos
y productos, sino también necesidades, deseos, capitales, valores
logísticos, y llegaremos a nociones aún más complejas como las
de propiedad privada lingüística, consumo lingüístico, explotación
lingüística, etc. No podemos tratar de todo ello aquí.
Lo he hecho ya, y con cierta extensión, en Le Langage en tant
que travail et en tant que marché (1ra. edición 1968, 2da.
edición 1973), en Semiotique et Idéologie (1972),
y en otros escritos posteriores a los ensayos recogidos
en esos dos volúmenes (cf. la bibliografía; cf. también Ponzio,
1973). Hablaré aquí brevemente del capital lingüístico, pues es en su interior que
se ubica, a mi entender, el dinero
lingüístico.
III.2. El
capital lingüístico
El lenguaje presenta la estructura de un capital del que nosotros nos servimos
para hablar, con el cual hablamos, y que a su turno se sirve de
nosotros como locutores, para reproducirse a sí mismo. Se puede reconocer claramente
en él una parte constante y una parte variable.
La segunda está constituida por los trabajadores lingüísticos,
o sea los locutores; la primera en gran parte corresponde al código
o lengua; se subdivide en los materiales e instrumentos lingüísticos
que señalamos, y además comprende al dinero lingüístico. El encuentro
del capital variable con el capital constante, localizado como
estructura orgánica del capital, da el capital lingüístico global,
cuya operación es comúnmente descrita como producción, circulación
e interpretación de mensajes. La fuerza propulsora permanece siempre
en el trabajo; pero, naturalmente, se forman numerosas estructuras
y superestructuras, que condicionan al trabajo mismo.
Parece necesario
responder aquí a la objeción planteada por los lingüistas de profesión,
pero también por ciertos marxistas a quienes definiría como «muy
ortodoxos». Es absurdo, dicen, hablar de capital lingüístico,
puesto que el lenguaje existió mucho antes de que se constituyera
el modo lingüístico de producción. ¡Uno se queda pasmado ante
este maravilloso descubrimiento!
Bromas
aparte: la producción material, tanto como la producción lingüística,
precedió al modo capitalista de producción. Las dos producciones
existieron antes de la aparición del hombre propiamente dicho
y son características del animal- hombre en tanto distinto de
los demás animales.
El uso
del dinero se remonta a la prehistoria (Morgan, 1965). Podríamos
evitar lo que constituye el aspecto terminológico de la cuestión
diciendo "patrimonio" o "riqueza" en lugar
de "capital". Nadie dejaría de reconocer que la lengua
es un patrimonio más o menos compartido por todos los hombres
que nacen en una comunidad lingüística determinada, que es transmitido
de generación en generación; y cabe esperar que muchos admitirán
que los locutores no son individuos ya constituidos que repentinamente
se sirven de la lengua de su comunidad, precedentemente extraña
a su formación. Pero el problema no es únicamente terminológico.
Estudiando
el modo capitalista de producción, con el fin político de destruirlo,
Marx realizó un trabajo histórico y teórico. Históricamente,
describe la estructura interna del modo capitalista de producción.
Teóricamente, aplica y desarrolla la dialéctica materialista,
o sea un método universal que no puede ser aceptado en algunos
casos para ser rechazado en otros. El hecho de que la dialéctica
materialista había alcanzado en tiempos recientes su plena expresión
en un campo de investigación determinado, no puede impedirnos
aplicarla a épocas precedentes ni a campos diferentes. Al paso
que descubría la estructura del capital, históricamente determinado
como modo capitalista de producción, Marx hizo aparecer
también ciertos aspectos fundamentales del
conjunto de la reproducción social, es decir de
la vida humana en su generalidad, incluyendo naturalmente
toda la problemática del trabajo y del uso de los productos precedentes,
ordinariamente dispuestos en sistemas estimativos en los que se
puede profundizar. Esto quiere decir que operaba a dos niveles
distintos (por lo menos en dos niveles: quienes conocen
los textos saben que en realidad contienen una gran pluralidad
de niveles). Los Grundrisse aclaran y completan,
en este sentido, lo que apenas fue bosquejado en el Capital:
suministran un esquema teórico más vasto, en el que hasta
la inmensa estructura del Capital tiene que encontrar
su ubicación.
A la luz de estas
consideraciones, el discurso sobre
el capital lingüístico no pretende ser una transposición
(conservando, además, el mismo nivel de abstracción) de ciertas
nociones históricamente determinadas a un campo sometido a determinaciones
históricas diferentes. Tal cosa sería verdaderamente un
exceso metafórico. Nuestro discurso, por el contrario, quiere
aplicar al dominio del lenguaje y la comunicación la dialéctica
materialista elaborada por Marx,
así como sus descubrimientos sobre la producción social en general
(mi exposición más sistemática de este procedimiento se encuentra
por el momento en Homologie de la reproduction sociale, de
1972, y en Linguistics and economics, en prensa en Mouton).
Concluiremos,
pues, con esta recomendación: si la lengua es o no un capital
constante, si quienes hablan esta lengua son o no utilizados en
el dominio de la reproducción social como capital variable, si
el dinero lingüístico es o no una dimensión de la lengua, etc.,
son cuestiones que hay que decidir con una investigación de la
realidad a un nivel de abstracción adecuado y administrando las
metáforas con la mayor circunspección.
NOTA:
1.
De aquí en adelante las palabras y los sintagmas entre comillas
simples están considerados a nivel del significante; los
entre comillas dobles a nivel del significado. Se trata,
naturalmente, de dos maneras de centrar la atención. La distinción
remite a las reglas semióticas complejas que rigen el uso común
y científico del lenguaje y la posibilidad misma de comunicar.
Está empleada aquí en función de la oposición entre literal y
metafórico, cuyo eventual deslizamiento de un plano a otro, en
el texto puede, en efecto, solamente ser apresado si al menos
hay una parte de la materia fónica o gráfica que permanece inmóvil
- el significante, justamente- , provisoriamente sustraída a la
totalidad a la que pertenece.
Texto extraído de "Locura y sociedad segregativa", Varios, Coloquio
realizado en Milán en diciembre de 1973, págs. 128/144, editorial
Anagrama, Barcelona, 1976.
Corrección: Cecilia Falco
Selección y destacados: S.R.
Relacionar con:
El dinero lingüístico (parte 2) - F. Rossi-Landi >>>
Con-versiones, mayo 2006