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SOBRE EL DINERO LINGÜISTICO

FERRUCIO ROSSI- LANDI

(PARTE I)

 

I. METAFÓRICO Y LITERAL

Para ubicar el dinero lingüístico en un discurso apropiado, es necesario hacer, en primer lugar, algunas observaciones sobre tres puntos: las relaciones entre metafórico y literal, la complejidad de la situación comunicativa, la producción y el capital lingüísticos.

I.1. «Dinero» y «lingüístico»

El empleo de términos que retienen nuestra atención, «dinero» y «lingüístico»,(1) no quiere ser estrictamente literal. No se desprende de ello, sin embargo, que se trate de un empleo metafórico caprichoso.
El dinero presenta algunas características que se hallan también fuera del dominio donde es utilizado en su sentido más común: pues bien, nosotros seguiremos llamando dinero al conjunto de esas características. Ello sirve, por una parte, para mostrar la universalidad del dinero y la fuerza de su poder; para identificar, por otra parte, en otros dominios, las características que aparecen mejor en el uso propio o convencional del dinero.
El adjetivo lingüístico está empleado aquí en un sentido muy amplio: principalmente en referencia a los códigos verbales, llamados habitualmente lenguas; pero igualmente en referencia al lenguaje en general, es decir al conjunto de la situación donde se comunica verbalmente. Además queda sobreentendido que las situaciones comunicativas existen donde, mediante códigos no- verbales, son intercambiados mensajes no- verbales.

Hay que admitir que en un tratado sistemático, sería mejor emplear «sémico- comunicativo» que «lingüístico». La noción general de signo y de comunicación debe incluir al dinero, el que constituye una de las cimas semióticas del sistema sémico no- verbal del mercado: de manera que el sintagma «dinero sémico- comunicativo», empleado en una teoría semiótica general, da lugar en el límite a un pleonasmo, y por consiguiente está exento de lo que comúnmente se entiende por metáfora («comúnmente», puesto que hay, por cierto, usos metafóricos de «metáfora»). «Lingüístico» toma en nuestra fórmula el lugar del sintagma «expresión semiótico- comunicativo», ello por la sugestión que le es propia, reintroduciendo así, al menos en primera instancia, una dimensión metafórica. En efecto, diciendo «dinero lingüístico» se quiere llamar la atención sobre el hecho, relativamente extraño, de que también existe dinero propiamente lingüístico; es decir, que en el interior del lenguaje verbal se hallan esas mismas características que nosotros asociamos habitualmente al dinero propiamente dicho. Además, una parte preponderante de la comunicación psicoanalítica se hace a través de la lengua verbal (también a través de su ausencia, como de la negación determinada); y ello es valedero también para la comunicación política.

Se podrían hacer observaciones del mismo género sobre otros términos: principalmente aquéllos tomados del lenguaje común y forzados, de modo explícito o no, hacia una cierta dirección; o bien, transportados de un dominio de estudio a otro, así como lo teorizaba Vailati, o aun gravados de significados adicionales que le vienen de contextos particulares (para los significados «adicionales» cf. mi libro Significato, comunicazione de parlare comune, cap. VII y passim). Es el caso de términos como "trabajo", "producción", "capital", "necesidad", y muchos otros, cada vez que los calificamos y les agregamos "lingüístico".
El aspecto «material» y el aspecto lingüístico están, por lo demás, estrechamente ligados. En el curso del largo proceso de hominización, las necesidades de comunicación y las necesidades materiales se desarrollan juntas, hasta el punto que sería difícil aislar una necesidad distintivamente humana como siendo solamente material. No existen para el hombre necesidades materiales que no sean, en una cierta medida, necesidades lingüísticas. Aun cuando las necesidades prelingüísticas (pero no por ello pre- comunicativas) que el hombre tiene en común con los otros animales, siguen siendo fundamentales, no se puede suministrar, sin embargo, una jerarquización de las necesidades. Se puede morir por falta de alimento(s), pero como lo señaló Shakespeare, también se puede morir for want of language, por falta de lenguaje. Volveremos más adelante sobre algunos de estos problemas.

I.2. La acusación de metaforicidad; el mito de la literatura, y la orgía metafórica

Lo que diremos del dinero lingüístico en esta breve presen­tación de algunas investigaciones efectuadas precedentemente (sin olvidar sin embargo las investigaciones aún posibles y que son todavía mucho más vastas) estará, por consiguiente, sometido a la dialéctica del uso literal y metafórico. Lo cual nos dejará expuestos a la acusación de que tal discurso se constituye como discurso metafórico, e incluso como «únicamente» metafórico.
La mejor defensa contra toda acusación de metaforicidad consistiría en exigir la producción de una teoría de la literalidad. Que yo sepa, nadie produjo jamás una teoría convincente de la literalidad. Se puede estudiar, naturalmente, el pasaje, en el proceso de adquisición del lenguaje, de lo literal a lo metafórico (pero también, de lo menos preciso a lo más preciso) y se puede, en el uso común de la lengua, hacer por distintas vías la distinción entre significaciones propias y (en varios sentidos) traducidas, simples y complejas, inmediatas y mediatas, relativamente poco contextuales o muy contextuales, y así sucesivamente. Pero uno no puede producir (o al menos, no se lo ha logrado hasta ahora) una verdadera teoría de todo lo que sería en sí literal, sin tener que recurrir a una concepción reductora del lenguaje. En general, se define a lo literal como a algo que se refiere a lo que es físicamente observable de manera inter- subjetiva. En este sentido «zorro» es literal si se refiere al animal, metafórico si se refiere a una persona astuta. La interpretación de «zorro» refiriéndose al animal queda presentada como inmediata, la referente a la persona astuta como mediata, como requiriendo algunos pasos más.

Existen aquí varias dificultades. Ante todo, aun la interpretación de «zorro» como animal varía según la persona, la cultura y la época: que se cuestione al respecto a los autores de bestiarios medievales o a los sobrevivientes de los indios de América. En segundo lugar, «zorro» no existe por fuera de un discurso; lo que significa que aún existe para el referente animal varios usos de «zorro», según categorías y tipos discernibles de contextos. Por último, y principalmente, el lenguaje no está formado por sustantivos, y menos aún sólo por sustantivos que se refieren a objetos físicos.

No tener en cuenta estas dificultades, en nombre de una literalidad que existiría en el fondo del lenguaje y a la que se podría llegar de una vez por todas, no significa sino querer adoptar una teoría donde el lenguaje es entendido como pura nomenclatura. En realidad, ni siquiera la nomenclatura bastaría: habría que descender hasta el nivel de los «protocolos» neo- positivistas tales como «rojo aquí ahora» (y, por que no, "dolor de dientes ayer"). Solamente que, en rigor, esos protocolos serían verdaderamente literales en tanto que sustraídos a toda diversificación de interpretación y, por consiguiente al todo hecho inter- subjetivo. Ahora bien, nosotros sabemos que no son más que los resultados de un procedimiento muy complejo de simplificación, de rechazo y de enucleación, que la humanidad encontró muy tardíamente, gracias a la metodología científica, y que puede ser practicada con éxito solamente por personas adultas que se consagran a profesiones específicas y que emplean un lenguaje altamente técnico. El hecho de que tales protocolos queden sustraídos a las variaciones de las interpretaciones, constituye un punto de llegada, un producto del trabajo, y ciertamente no un punto de partida. Además, esos mismos protocolos cambian de una disciplina a otra, según los diferentes universos de discurso, y según los diferentes intereses: razón por la cual lo que está en posición de material de partida en un campo de investigación, en el interior de un universo de discurso y según un interés determinado, se halla en posición de producto y de punto de llegada en otro campo. En fin, considerar al lenguaje como nomenclatura, constituye una teoría muy criticada y superada por toda la investigación semiótica y lingüística contemporánea (desde Vailati, Mauthner y Saussure, hasta Bühler, Morris, Wittgenstein, Potzig, Slama-Cazacu y Schaff).

Cuando no es un producto restringido y específico de la metodología científica, la literatura total es un mito filosófico aplicado al lenguaje. Nadie puede arrogarse el derecho de acusar de metaforicidad a quien no cree en ese mito. De modo más radical, dada la naturaleza del lenguaje, el hecho de que sea metafórico no puede ser utilizado como argumento de una acusación. Ni servir tampoco como argumento de defensa o como defensa contra la incapacidad de pensar de manera constructiva.
Existe una orgía pseudo- liberadora de lo metafórico, que presenta peligros aún más graves que la falsa accesis de lo literal. La orgía metafórica aparece como sobre- producción lingüística para uso de minorías limitadas, con empobrecimiento y explotación de la masa parlante: volveremos sobre este punto en el último párrafo de nuestro estudio. Más allá de ciertos límites, lo metafórico se convierte en vehículo incontrolable de lo irracional vitalista y de la intimidación o del terrorismo que a menudo lo acompañan (piénsese en la forma en que la doctrina de Rosenberg sobre la raza se apoyaba sobre un uso pseudo-científico, ya que irreductiblemente metafórico, de ciertos términos fundamentales). Cuando se presentan, se debe, pues, distinguir con la mayor atención esos límites; es necesario sobre todo poseer una teoría de lo que se hace y se dice, teoría que permita evaluar de manera realista a un auditorio capaz de concebir y de interpretar nuestros mensajes. A falta de útiles conceptuales adecuados, y cuando se perdió todo respeto al auditorio, uno no se encuentra combatiendo el mito filosófico de la literalidad, sino, por el contrario, rechazando todo esfuerzo humano de clarificación y demistificación, toda organización y transmisión de un saber repetible, comprendido un saber teórico; por consiguiente una práctica no necesaria al mejoramiento de las relaciones entre los ángeles, o entre los demonios, o entre los ángeles y los demonios, sino para una mejor organización de las situaciones humanas reales, históricamente determinadas.
Tanto la falta de imaginación como el uso indiscriminado de la imaginación participan abundantemente, en definitiva, de la decoración de este planeta. Y así como existen personas que creen merecer el título de sabios rigurosos sólo porque lograron entretener a sus colegas con algún algoritmo abstruso existen también personas que alardean de sondear quién sabe qué transfondos de la naturaleza humana cuando, con tono pomposo e inspirado, enuncian y juntan términos fuera de todo contexto que dé sentido, inventando así una jerga sólo comprensible para los miembros de la microscópica capilla de iniciados.

¿Existe una zona que separa exceso de metaforicidad y exceso de literalidad? Probablemente no; y esto únicamente en el sentido de que cada ciencia y cada investigación debe delimitar la zona de separación que le es propia, y en que constantemente todas deben plantearse el problema de la comunicabilidad. Si verdaderamente es necesario elegir, yo diría que en principio vale más un margen controlado de metaforicidad, con su riqueza, que un exceso de literalidad, con sus infranqueables restricciones de fondo y con la metafísica que las acompaña; pero me apresuraré a agregar que deben hacerse todos los esfuerzos para evitar o reducir las metáforas inútiles.

II. COMPLEJIDAD DE LA SITUACIÓN COMUNICATIVA

Debemos llamar la atención ahora sobre la enorme complejidad de toda situación comunicativa real. Sólo en el interior de una situación reconocida como compleja más bien que indebidamente simplificada, sería plausible introducir un esquema teórico nuevo y encontrar un «dinero» que fuera «lingüístico». Trataremos aquí de recoger, sin ninguna pretensión de clasificación racional o de exhaustividad, varios elementos de la situación comunicativa en torno a estos tres aspectos o momentos generalmente reconocidos como importantes: el transmisor, el mensaje, el receptor. Obsérvese bien que se trata de abstracciones, puesto que en la realidad no existe transmisor que no haya sido receptor de mensajes, sin lo cual se tropezaría con el difícil problema de la posibilidad de un mensaje sin código. Toda investigación de uno de los tres momentos no podrá dejar de superponerse, tarde o temprano, al estudio de los otros dos. Se percibe ya la posibilidad de articular de manera dialéctica la situación comunicativa en tanto situación de trabajo y producción: se produce un objeto, el mensaje, que es empleado en seguida para otras producciones, y así sucesivamente. Pero «transmisor», «mensaje» y «receptor» son abstracciones provisoriamente útiles en tanto polos del discurso.

II.1. El transmisor

Nosotros decimos "transmisor" más bien que "hablante", porque la transmisión puede hacerse por medios extraños a la palabra y al código de la lengua. Preferimos "transmisor" a "locutor", pues no se trata forzosamente de diálogo, pudiendo el interlocutor estar ausente o excluido. En el lugar de transmisor se puede emplear "codificador", "compilador" del mensaje, "transformador" del mensaje en señales, "emisor": esos términos expresan los diferentes aspectos o momentos del proceso que culmina en la transmisión de un mensaje. El proceso puede ser realizado por una sola persona o por una serie de personas. Sin embargo, el concepto de persona no es indispensable; podría tratarse de un animal o de una máquina, de un grupo de personas, de animales, o de máquinas, un grupo mixto formado por personas y/o animales y/o máquinas.

Dicho esto, el transmisor es el lugar (según una secuencia intuitiva: él emplea, recurre, está condicionado por, es víctima) de experiencias ora lingüísticas, ora no lingüísticas; unas y otras pasadas o en acto. Tanto lo sepa como no (y generalmente él no lo sabe), está inmerso en códigos tanto verbales como no verbales; elige o soporta un código, o un conjunto limitado de códigos, y a sabiendas o no, lo emplea para compilar o confeccionar un mensaje; sin embargo, en el interior del código o grupo de códigos elegidos, operan sobre el transmisor varios sub- códigos, léxicos o usos grupales; él aplica, además, su propio idiolecto, teniendo en cuenta a veces otros idiolectos, comenzando por el del receptor (si hay uno, y si ello le sirve o le es impuesto por la situación). Usando las técnicas colectivas como interpretantes (en el caso de la lengua, el lenguaje común), el transmisor codifica su mensaje, donde se ejerce también, aunque de modo subordinado, su propia capacidad individual (la palabra). La personalidad del transmisor y sus eventuales intenciones entran aquí en juego, sean ellas conscientes o inconscientes, precisas o generales, inmediatas o diferidamente mediatas.
En este contexto - aun en los casos en que el transmisor se identifica con una única persona- , surge que el aporte de tal persona a la confección del mensaje es relativamente modesto. No solamente el hecho de que su aporte consciente queda limitado por todo lo que aprendió sin saberlo y hunde sus raíces en el inconsciente; sino que toda su capacidad semiótica está movilizada y condicionada por las fuerzas que rigen la sociedad. El verdadero, más importante y fundamental compilador del mensaje, es el grupo social al que pertenece la persona que transmite. La sociedad intercambia mensajes internos a través de los individuos, los que así se articulan en grupos. Los individuos, productos sociales, también lo son en tanto transmisores. De ahí el aspecto burgués mitológico de toda investigación que se base sobre la acción de individuos aislados.

Estas diferentes determinaciones complican bastante tanto a la confección originaria de todo mensaje como a su transformación en señales para transmitir (sean o no efectivamente transmitidas). También volveremos a encontrar importantes complicaciones en lo que concierne al mensaje y al receptor.

II.2. El mensaje

El procedimiento de codificación está constituido por varios elementos, que conviene considerar a través de la estructura que reviste el mensaje. La codificación es una selección organizada de signos, o sea de sumas dialécticas de por lo menos un significante y un significado. Cada signo está en relación con otros signos, y además del significado que lo constituye, con su respectivo significante, posee otras dimensiones significativas, generalmente determinadas como: referente (alguna cosa extraña al signo), denotación (capacidad de indicar algo que «existe realmente», a lo que se agregan todos los problemas planteados por las diferentes maneras de «existir», a las que hay que distinguir bien), connotación (unidad nueva, en la que a su turno el signo entra corno significante), y así sucesivamente. Existe igualmente el problema de la elección de los signos que deberán constituir el mensaje; evidentemente, más que de una libre elección, se trata de una selección motivada y dictada por las reglas de empleo de los signos y las de sus combinaciones en diferentes niveles del código, a lo que se suman las influencias contextuales ya mencionadas. De este modo, la problemática del transmisor, entendido como producto social, aparece nuevamente en el interior del mensaje. Todo mensaje, puesto su propia codificación, a los materiales e instrumentos que a su turno provienen de codificaciones precedentes de un trabajo ya realizado sobre los signos.

Tomemos el caso relativamente simple de un mensaje verbal único, una frase cualquiera que un individuo dice a otro. Un mensaje tan simple puede ser abordado aisladamente, como un objeto lingüístico, o bien examinado en su contexto real. Es necesario distinguir el sujeto del enunciado, el que puede ser singular, colectivo o abstracto; el sujeto de la transmisión, también él, singular, colectivo o abstracto; el tipo de auditorio, y muchos otros aspectos (cf. Guespin y Slatka, Le discours Politique, Langages, 1971). Aunque sea rudimentario, un mensaje verbal debe insertarse en una o varias series concéntricas o excéntricas de contextos tanto lingüísticos como no lingüísticos, pudiendo unos y otros ser directos, indirectos o anteriores. Además, las señales con las que el mensaje es efectivamente transmitido, tienen varias medidas de redundancia, que necesariamente entran en uno o varios canales, donde se convierten en motivo de ruidos o aun de perturbación. Son diferentes los sentidos en que un mensaje, desde que queda confeccionado, es transmitido en su totalidad o en parte. Esto nos conduce a la problemática del receptor. Perro, aun si se concentra la atención aisladamente sobre un mensaje, cada una de sus dimensiones puede ser objeto de un examen minucioso, que arrastra cuestiones filosóficas e historiográficas complicadas. Por ejemplo: fue suficiente hallar los escritos inéditos de Frege (1969), para que el problema de las relaciones entre, Sinn (sentido) y Bedeutung (significado, pero también lo que más arriba llamamos referente y denotación), quedara tratado de manera nueva y muy sutil en la obra monumental de Dummet (1973).

II.3. El receptor

Todo lo dicho a propósito del transmisor puede repetirse, mediante ciertas modificaciones secundarias de las que aquí podemos hacer abstracción, a propósito del receptor: también, éste está inmerso en sus propias experiencias, sean lingüísticas o no lingüísticas, pensadas o en acto; también él está condicionado por un vasto conjunto de códigos, etc. La noción de receptor entra en la de auditorio, es decir, en una clase que puede comprender muchos miembros, o un solo miembro, o ningún miembro (sobre estas nociones se concentran las investigaciones siempre válidas de Perelman y Olhrechts Tyteca, 1958). También aquí la noción de persona puede ser secundaria o estar ausente.
Se agregan otras dimensiones distintas. Las señales descodificadas por el receptor para reconstituir el mensaje, el que a su turno queda interpretado en varias direcciones, no son necesariamente idénticas a las señales transmitidas. Aun en el caso límite de una comunicación perfecta desde el punto de vista del canal y del proceso mensaje- señal- mensaje, surgen los problemas de la comunidad entre transmisor y receptor, los de los códigos verbales y no verbales, los que subyacen al empleo del código o de grupos de códigos elegidos; los problemas por consiguiente, de ese código o grupo de códigos y de la comunidad de los sub- códigos, de los usos grupales y de los ideolécticos en causa.

El transmisor y el receptor sólo pueden expresar un juicio sobre esta serie de comunidades, transmitiendo o recibiendo mensajes, los que a su vez sólo pueden ser interpretados en función de todas esas comunidades. Intelectualmente elegante y capaz de angustiar a los espíritus débiles, esta situación se presenta a menudo como realmente dramática, tanto a nivel colectivo como a nivel individual. Sin embargo, en el uso práctico- comunicativo de la lengua existe una zona central donde las comunidades son consideradas como plataforma común más que puestas en tela de juicio: pertenecen a la lengua cotidiana, producida y reproducida por el lenguaje común, es decir por un conjunto de técnicas inter- subjetivas o comunitarias que se transmiten, junto a sus productos, de generación en generación. Aquí interviene la distinción- unidad entre trabajo, producto, y uso de los productos del trabajo precedente.
La suma dialéctica de los tres órdenes de complicación, distinguidos provisoriamente, es de todos modos gigantesca.
Frente a lo cual una buena parte de los instrumentos intelectuales, tradicionalmente (e incluso recientemente) anticipados para construir teorías de la comunicación, parecen simplificaciones excesivas; por la interpretación de esas simplificaciones se trató de relacionar entre ellos algunos de los elementos del montón, considerando inadecuadamente a todos los otros o aplastándolos en el interior de los elementos elegidos, y forzando así en general lo metafórico en la dirección de lo literal (entre los esquematismos menos reductores, Sebeok - 1962 ó 1972- da una excelente bibliografía sobre el tema). Como si de una habitación pesada y complicadamente decorada se dijera que está compuesta por una ventana y una pequeña mesa, entendiendo por ventana todo lo que es arquitectura, y por mesa todo lo que es decoración. Que se piense - este único ejemplo bastará- en la irrisoria capacidad de comprensión de las nociones saussureanas de lengua y habla, o de las nociones chomskianas de competencia y performance, simplemente comparadas con los factores que operan a nivel del transmisor.

En general, sí se quisiera juzgar sobre la capacidad de comprensión de una teoría que fuera no solamente de la lengua considerada, sino también de la práctica social comunicativa real, habría que controlar si toma o no en cuenta al conjunto de los recorridos de la comunicación; o si por el contrario se concentra únicamente en el transmisor (según una tentación psicológica y existencial), o bien sobre el mensaje (según una tentación tecnológica y formalista), o bien sobre el receptor (según una tentación sociológica y didáctica).
¿A dónde habrá que dirigirse, pues, para intentar encontrar la nueva palabra del enigma de la comunicación? Como ya lo he dicho, la única dirección que me parece inspirar alguna confianza reside en la aplicación de la noción de trabajo, a la comunicación y el lenguaje, conjuntamente con otras nociones que necesariamente arrastra. Si esto también puede parecer una reducción, se tratará al menos de una reducción atenta al fundamento mismo del devenir humano.

III.    CÓMO Y POR QUÉ LLEGAMOS A HABLAR DE DINERO LINGÜÍSTICO

III.1. La producción lingüística

El fundamento, y con él nuestro punto de partida, está expresado por el célebre principio hegeliano - marxista según el cual el hombre se caracteriza por su propio trabajo, siendo al mismo tiempo el producto. Con mayor razón, esta determinación recaerá también sobre todo lo que el hombre mismo produce. Considerando al hombre, de manera idealista, en tanto puro productor, podríamos desprender el lenguaje como producto y llegar de inmediato a la noción de producción lingüística. Si por el contrario consideramos de manera realista al hombre mismo como producto, constatamos que se trata de un producto que encierra en sí al lenguaje, y por consiguiente podemos introducir la noción de producción lingüística, como una parte de la noción más general de producción del hombre. La producción del hombre es reproducción social, y una parte de ésta es lingüística. Estas diferentes nociones se superponen y se llaman unas a otras, cambiando de aspecto de acuerdo al momento dialéctico en que uno se detenga para asumir un punto de vista. Es ahí donde reside toda su dificultad.

Para el estudio del lenguaje puede ser utilizado el aparato conceptual desarrollado por Marx (y por otros) para el estudio de la producción llamada «material». El trabajo es siempre, en efecto, trabajo; siempre se articula en: materiales sobre los que se ejerce, instrumentos utilizados, productos resultantes. Como lo demostró Marx en el capítulo V del primer libro del Capital, nada es material, instrumento o producto, separadamente, o sea fuera de un ciclo de trabajo determinado. Lo que reúne los materiales, los instrumentos y los productos, dando a cada secuencia su lugar, es el trabajo viviente - consciente o inconsciente- en tanto articulado o articulable en un ciclo de trabajo determinado.

Lo mismo vale para el lenguaje (y para cualquier otro sistema comunicativo). Nosotros trabajamos sobre (o utilizamos) materiales lingüísticos, por su lado producidos por trabajos lingüísticos precedentes, gracias a instrumentos lingüísticos, también éstos producidos por trabajos lingüísticos precedentes y que producen de nuevo productos lingüísticos destinados a (o susceptibles de) ser, a su turno, utilizados como materiales y como instrumentos. Si es que se ha comprendido la noción general de producción lingüística, se la puede desarrollar en todas sus articulaciones. Nosotros no solamente encontraremos trabajadores, materiales, instrumentos y productos, sino también necesidades, deseos, capitales, valores logísticos, y llegaremos a nociones aún más complejas como las de propiedad privada lingüística, consumo lingüístico, explotación lingüística, etc. No podemos tratar de todo ello aquí. Lo he hecho ya, y con cierta extensión, en Le Langage en tant que travail et en tant que marché (1ra. edición 1968, 2da. edición 1973), en  Semiotique et Idéologie (1972), y en otros escritos posteriores a los ensayos recogidos en esos dos volúmenes (cf. la bibliografía; cf. también Ponzio, 1973). Hablaré aquí brevemente del capital lingüístico, pues es en su interior que se ubica, a mi entender, el dinero lingüístico.

III.2. El capital lingüístico

El lenguaje presenta la estructura de un capital del que nosotros nos servimos para hablar, con el cual hablamos, y que a su turno se sirve de nosotros como locutores, para reproducirse a sí mismo. Se puede reconocer claramente en él una parte constante y una parte variable. La segunda está constituida por los trabajadores lingüísticos, o sea los locutores; la primera en gran parte corresponde al código o lengua; se subdivide en los materiales e instrumentos lingüísticos que señalamos, y además comprende al dinero lingüístico. El encuentro del capital variable con el capital constante, localizado como estructura orgánica del capital, da el capital lingüístico global, cuya operación es comúnmente descrita como producción, circulación e interpretación de mensajes. La fuerza propulsora permanece siempre en el trabajo; pero, naturalmente, se forman numerosas estructuras y superestructuras, que condicionan al trabajo mismo.

Parece necesario responder aquí a la objeción planteada por los lingüistas de profesión, pero también por ciertos marxistas a quienes definiría como «muy ortodoxos». Es absurdo, dicen, hablar de capital lingüístico, puesto que el lenguaje existió mucho antes de que se constituyera el modo lingüístico de producción. ¡Uno se queda pasmado ante este maravilloso descubrimiento!
Bromas aparte: la producción material, tanto como la producción lingüística, precedió al modo capitalista de producción. Las dos producciones existieron antes de la aparición del hombre propiamente dicho y son características del animal- hombre en tanto distinto de los demás animales.
El uso del dinero se remonta a la prehistoria (Morgan, 1965). Podríamos evitar lo que constituye el aspecto terminológico de la cuestión diciendo "patrimonio" o "riqueza" en lugar de "capital". Nadie dejaría de reconocer que la lengua es un patrimonio más o menos compartido por todos los hombres que nacen en una comunidad lingüística determinada, que es transmitido de generación en generación; y cabe esperar que muchos admitirán que los locutores no son individuos ya constituidos que repentinamente se sirven de la lengua de su comunidad, precedentemente extraña a su formación. Pero el problema no es únicamente terminológico.
Estudiando el modo capitalista de producción, con el fin político de destruirlo, Marx realizó un trabajo histórico y teórico. Históricamente, describe la estructura interna del modo capitalista de producción. Teóricamente, aplica y desarrolla la dialéctica materialista, o sea un método universal que no puede ser aceptado en algunos casos para ser rechazado en otros. El hecho de que la dialéctica materialista había alcanzado en tiempos recientes su plena expresión en un campo de investigación determinado, no puede impedirnos aplicarla a épocas precedentes ni a campos diferentes. Al paso que descubría la estructura del capital, históricamente determinado como modo capitalista de producción, Marx hizo aparecer también ciertos aspectos fundamentales del conjunto de la reproducción social, es decir de la vida humana en su generalidad, incluyendo naturalmente toda la problemática del trabajo y del uso de los productos precedentes, ordinariamente dispuestos en sistemas estimativos en los que se puede profundizar. Esto quiere decir que operaba a dos niveles distintos (por lo menos en dos niveles: quienes conocen los textos saben que en realidad contienen una gran pluralidad de niveles). Los Grundrisse  aclaran y completan, en este ­sentido, lo que apenas fue bosquejado en el Capital: suministran un esquema teórico más vasto, en el que hasta la inmensa estructura del Capital tiene que encontrar su ubicación.

A la luz de estas consideraciones, el discurso sobre el capital lingüístico no pretende ser una transposición (conservando, además, el mismo nivel de abstracción) de ciertas nociones históricamente determinadas a un campo sometido a determinaciones históricas diferentes. Tal cosa sería verdaderamente un exceso metafórico. Nuestro discurso, por el contrario, quiere aplicar al dominio del lenguaje y la comunicación la dialéctica materia­lista elaborada por Marx, así como sus descubrimientos sobre la producción social en general (mi exposición más sistemática de este procedimiento se encuentra por el momento en Homo­logie de la reproduction sociale, de 1972, y en Linguistics and economics, en prensa en Mouton).

Concluiremos, pues, con esta recomendación: si la lengua es o no un capital constante, si quienes hablan esta lengua son o no utilizados en el dominio de la reproducción social como capital variable, si el dinero lingüístico es o no una dimensión de la lengua, etc., son cuestiones que hay que decidir con una investigación de la realidad a un nivel de abstracción adecuado y administrando las metáforas con la mayor circunspección.


NOTA:

1. De aquí en adelante las palabras y los sintagmas entre comillas simples están considerados a nivel del significante; los entre comillas dobles a nivel del significado. Se trata, naturalmente, de dos maneras de centrar la atención. La distinción remite a las reglas semióticas complejas que rigen el uso común y científico del lenguaje y la posibilidad misma de comunicar. Está empleada aquí en función de la oposición entre literal y metafórico, cuyo eventual deslizamiento de un plano a otro, en el texto puede, en efecto, solamente ser apresado si al menos hay una parte de la materia fónica o gráfica que permanece inmóvil - el significante, justamente- , provisoriamente sustraída a la totalidad a la que pertenece.

Texto extraído de "Locura y sociedad segregativa", Varios, Coloquio realizado en Milán en diciembre de 1973, págs. 128/144, editorial Anagrama, Barcelona, 1976.
Corrección: Cecilia Falco
Selección y destacados: S.R.

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Con-versiones, mayo 2006

 

 

        

 

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