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Roma y el amor

Pierre Grimal

 

Da la impresión, después de recorrer esta historia que nos ha llevado desde los orígenes de la ciudad hasta el fin de la dinastía julio-claudia, que los romanos mantuvieron con relación al amor cierta actitud ambigua: desconfiaban de él, como si se tratara de una suerte de locura, de un extravío pasajero, pero al mismo tiempo se sentían fascinados por su fuerza, un poder que les hacía adivinar su carácter divino. El amor está demasiado íntimamente ligado a los dramas y a los misterios que acompañan a la existencia para que se pueda, pura y simplemente, dejar a un lado. Aunque también puede llegar el amor a aniquilar ciudades y almas. Los hombres no han de temer tanto sus perjuicios, pero las mujeres... ¡pueden fácilmente dejarse llevar por él y poner en peligro, en su enajenación, la pureza de su linaje! Si los hombres se pueden permitir tomarse a la ligera el acto amoroso, ese mismo acto supone para las mujeres una iniciación perturbadora, capaz de transformar por entero la totalidad de su ser (y tanto la moral como la práctica del amor en Roma encuentran su explicación en este doble convencimiento).

El estudio sociológico de las diversas comunidades que se hallan en el origen de Roma sería útil para entender sólo determinados aspectos de la ética amorosa, pero no sirve para dar cuenta de todos; explica, por ejemplo, que hubiera, a ojos de los romanos, numerosas categorías de mujeres, las que han de ser protegidas como sea, de sí mismas y de las solicitaciones de los dioses, y aquellas otras cuya pureza apenas si tiene importancia; no explica, sin embargo, la evidente repugnancia sentida siempre por los romanos con relación al amor «griego», ni ese sentido casi «pecaminoso» que para ellos encerraba la satisfacción carnal. Plutarco se pregunta por qué, en el matrimonio romano, la costumbre dictaba que, durante la noche de bodas, el recién casado no se aproximara a su mujer más que en la oscuridad, sin la menor luz; él mismo responde a su propia pregunta haciendo notar que los romanos dispensaban el más profundo respeto a sus esposas, y añade que tal costumbre subrayaba el carácter «vergonzoso» del acto amoroso, aunque éste fuera realizado entre marido y mujer (1). «Vergonzoso» es, sin duda, mucho decir. Ese término traduce la estupefacción y, en cierto modo, la desorientación de Plutarco ante un sentimiento bastante extraño en opinión de las gentes de su pueblo. Al igual que los griegos, los romanos no sentían «vergüenza» frente a la desnudez, y nunca su cuerpo les pareció «maldito», pero conservaron, más que los griegos, el sentido del carácter sagrado de esa desnudez que revela lo más íntimo del ser. Es un romano, Valerio Máximo, quien nos recuerda que la moral prohibía a los hombres de una misma familia bañarse juntos porque, dice: «Ha de concederse tanto respeto a los vínculos de sangre y de parentesco como a los mismos dioses inmortales ... y está prohibido desnudarse en los lugares sagrados» (2). Por lo mismo que existen reglas para la celebración de los sacrificios, el amor, el acto sagrado por excelencia, exige el secreto y no debe ser profanado por la mirada. El amor, como la muerte, no es algo indiferente a ojos de la divinidad, y ya hemos visto los ,"tabúes" que afectaban a las mujeres impuras en especial a la paelex dentro del hogar (3).

Pero este valor mágico es susceptible también de demostrarse benéfico; las cortesanas bailaban desnudas en las fiestas en honor a Flora (4) y los campesinos, en las Liberalia, perpetuaban, todavía en tiempos de Virgilio, antiguos ritos fálicos dirigidos al dios Líber, divinidad «de todas las simientes» (5).
Primitivamente, el amor no tenía relación con la moral más que en la medida en que ésta, para los romanos de los primeros tiempos, no hacía sino codificar las creencias de origen religioso o mágico. Y este carácter primero persistirá incluso después de dar comienzo cierta reflexión «desinteresada», cuando el individualismo, liberándose de los imperativos colectivos, intenta que sus derechos sean reconocidos: incluso en los tiempos en que la relación amorosa se consideraba el asunto «personal» por excelencia, los romanos nunca olvidaron que, tanto en la búsqueda del placer como en la expansión afectiva, hay un momento supremo en el que interviene una divinidad.
Y de esta apreciación se dedujeron enormes consecuencias. Impidió que la conquista amorosa estuviera orientada únicamente hacia la satisfacción del deseo carnal, y no permitió que los hombres olvidaran jamás la dignidad de sus compañeras. Hemos podido constatar a lo largo de nuestras pesquisas el respeto, e incluso la veneración, de la que era rodeada la mujer de la Roma arcaica y más tarde de la Roma clásica. Sin duda, este respeto tiene mucho de precaución contra los excesos siempre temibles de la sensibilidad femenina, pero nos equivocaríamos si creyéramos que los romanos no pensaron en otra cosa salvo en encerrar a sus mujeres en una prisión, por dorada que ésta fuera; el respeto a la feminidad era para ellos un valor en si mismo, afirmado en numerosas circunstancias, y así lo prueban los privilegios extraordinarios concedidos a las vestales o determinados interdictos legales, como el que exceptuaba a las matronas de la manus iniectio en caso de que fueran requeridas por la justicia (6). Las mujeres libres vienen a ser, en esencia, sagradas, tan «intocables» como podía serlo un tribuno de la plebe, y es por ha­ber despreciado este principio esencial de la moral romana que el decenviro Appio Claudio provocó una revolución.

El argumento, se dirá, resulta quizá válido cuando se trata de mujeres de nacimiento libre, unas mujeres a las que se desposaba sin necesidad de amarlas; pero estaban las otras, las que tan sólo estaban destinadas al placer, las cortesanas, las esclavas. ¿Se las respetaba a éstas, acaso? Ese pretendido «amor» que se les profesaba, ¿podía ser algo más que la mera satisfacción brutal de un instinto que llevaba a los hombres a gozar de ellas para rechazarlas luego?
Es cierto que las cortesanas que conocemos por el teatro de Plauto apenas si estaban consideradas, como simples instrumentos para el placer, y que en ellas la feminidad quedaba, por así decirlo, profanada; es cierto, también, que ese estado de las costumbres se prolongaría durante largo tiempo, y sería inútil pretender que todos los romanos fueron un día llamados a conocer el amor verdadero; ¿quién podría pretender que algo semejante haya ocurrido en alguna sociedad, en cualquier época? Pero de lo que se trata aquí es de saber si las costumbres romanas se mantuvieron, en conjunto, en la ignorancia de la espiritualidad amorosa, y forzoso nos es reconocer que no. Ya hemos recordado cómo, con Terencio, la imagen de la vida amorosa se torna muy distinta de la que se tenía en tiempos de Plauto. A mediados del siglo II a.C., gracias a la influencia del helenismo, aunque también a causa de la natural evolución de las propias costumbres romanas, el sentimiento amoroso adquirió mayores matices, liberándose tanto de los tabúes como de los tradicionales mandatos. Y, como consecuencia inesperada de esto, no se produce la decadencia del amor conyugal, sino que será el otro amor, el que era libre de existir al margen de contratos, el que se hará más íntimo, más atento, más respetuoso también. Las circunstancias se desarrollan como si el respeto hacia la mujer se hubiera ido extendiendo a toda una nueva categoría de muchachas para las cuáles no parecía haberse concebido primeramente. Y este respeto comienza a surgir no solamente entre los hombres, sino entre las mismas mujeres: éstas, hasta ese momento despreocupadas de los sentimientos que podían suscitar en el corazón de sus compañeros, se mostraron dispuestas -al menos las más sensibles de entre ellas­- a ofrecer algo más que su cuerpo; por su parte, los hombres, los jóvenes, comenzaron a esperar del matrimonio algo más que esclavitud y austeros deberes, y de cualquier relación, también, que fuera algo distinto a una pasajera aventura. Para todos ellos, el sentimiento amoroso deviene una realidad espiritual, separándose del instinto puro y simple, lo que fue posible solamente a medida que las propias mujeres conquistaron su dignidad. Todo amor verdadero supone un respeto recíproco, pero, en especial, el respeto de la mujer hacia sí misma y hacia los otros. Y es porque los hombres se encontraban receptivos, en virtud de su tradición y de una especie de instinto, a la consideración respetuosa de la mujer, a tratarlas incluso con cierto temor religioso, por lo que los romanos parecieron estar predestinados, quizá más que ningún otro pueblo, a realizar la feliz empresa de descubrir el amor.

Resulta significativo que, entre todas las divinidades que en la religión romana se encuentran asociadas a las relaciones amorosas, el primer lugar lo ocupe una diosa, Venus, y no un dios, como si los romanos reconocieran así, de forma implícita, que el amor es esencialmente un «asunto de mujeres», y que son las mujeres las que confieren a la unión carnal su pleno valor sagrado. Como significativo es que el dios Amor sea un desconocido dentro del repertorio de las divinidades romanas; Roma no dispone de ninguna personificación divina comparable al Eros griego, principio cósmico o niño caprichoso según las creencias de cada siglo. Cuando Lucrecio quiso otorgarle algún nombre a la potencia universal del amor eligió el de Venus, no el de algún daimon masculino. Es fácil oponer al Eros griego -espíritu de conquista y de seducción, hijo de Oportunidad y de Necesidad, tal como explica Platón- la Venus romana, la «buena» diosa, sobre cuyo seno Marte vendría a adormecerse, decididamente vencido. Serán otros pueblos y otros tiempos los que querrán que, por su amada, el hombre deba llevar a cabo numerosas proezas. En Roma, sin embargo, el amor desarma a los héroes. En este combate es la mujer la que domina y la que alcanza siempre la victoria. El Eros griego, enérgico e inquieto, se despreocupa por el día siguiente a su triunfo. Pero la Venus romana aspira, de modo más o menos confeso, a la maternidad, repugnándole las uniones infecundas.

A pesar de todas las bromas de las que fue objeto, el amor conyugal siguió encarnando el más querido ideal de los romanos, ése que era de todos anhelado. En la familia del mismo Augusto, en la que las pasiones causarían tantos estragos -aunque más las pasiones del poder que las amorosas-, la historia ha conservado el recuerdo del afecto que unió a Druso y a su mujer Antonia (7) por amor a ella, se nos dice, renunció a cualquier otra relación carnal. De ese modo, en el momento mismo en que se afirma que las costumbres iban corrompiéndose día a día, cierto noble romano descubría la virtud, novedosa por entonces, de fidelidad hacia una mujer. Y, por esa misma época, Propercio hacía parecido descubrimiento, como es que un amor semejante al que él experimentaba exige la fides. En la antigüedad, las costumbres imponían a la mujer que permaneciera univira, que no conociera más que a un único marido; con el principio del Imperio, se advierte que una exigencia parecida comienza a aplicarse al hombre, lo que habría resultado inconcebible tan sólo dos o tres generaciones antes. Y son los propios hombres los que, por amor, renuncian a la libertad que les otorgaba la moral tradicional: como Catulo, que aspira a convertirse en «marido» de Clodia, o Tibulo, que desea vivir en el campo con la única compañía de Delia, en un estado de soledad compartida. La amante tiende a convertirse en domina, la que impera sobre su amante al modo en que lo hacen las madres de familia, que en las casas gobiernan sobre los esclavos. El amante no tiene otra voluntad sino hacer la de su amiga; que este sometimiento fuera real y no solamente mito literario, es lo que nos han demostrado los increíbles ejemplos de influencia política ejercida por las mujeres hacia el final de la República y durante los primeros años del Imperio. En esta época, Roma está en camino de «divinizar» a la mujer, y el amor adquiere el carácter de verdadera adoración que el amante rinde a su compañera.

De esta adoración que se les profesaba, como de su omnipotencia, las mujeres serían plenamente conscientes durante la época del Imperio, y no se abstenían de empuñar estas dos armas. Los «antiguos romanos» (o quienes alardeaban de serlo) podían a menudo refunfuñar, no exentos de razón, que las costumbres se habían corrompido, y que todo estaba perdido puesto que ya no se sabía llevar por el recto camino a las mujeres; aquellas a las que se hubiera preferido «madonas» se habían transformado en demonios. Éste es el tema sobre el que se extiende generosamente Juvenal en su sexta sátira: existe, dentro de la mujer, un instinto de perversidad que la impele a buscar por todas partes, y al precio que sea, la satisfacción de sus sentidos: «Ellas perpetran los más graves crímenes obligadas por la tiranía que ejerce su sexo, y el libertinaje es el menor de sus pecados» (8). Este pesimismo y esta afectada misoginia va a buscarlas Juvenal en las más lejanas profundidades de los siglos anteriores, pues habían pasado ya de moda. Es cierto, por otra parte, que se trataba del despecho, de la decepción de un hombre que había «tendido sus redes» demasiado altas. Las declamaciones de Juvenal se hacen eco de los atroces poemas de Catulo contra la infiel Clodia, de las amarguras de Tibulo al verse decepcionado por Delia y de los reproches que Propercio dirige a Cintia. Los romanos no se habrían quejado tanto de las mujeres si no se hubieran obstinado en creerlas distintas a como eran.

***

Bajo el cielo italiano, hubiera sido bastante sorprendente que la pasión amorosa no dominara la existencia. La paz absoluta impues­ta por el Imperio contribuía todavía más a favorecer estos juegos a los que nada venía a perturbar. Los amores de que nos hablan los historiadores son los de las gentes de la aristocracia, y, si bien se pa­recen indudablemente a los de la gente del común, no dejan de presentar no obstante notables diferencias: los usos aristocráticos están más sometidos que los otros a la moral tradicional, y cuando estas costumbres se liberalizan el estallido es más fuerte; las leyes de Augusto sólo ejercieron alguna coacción sobre los dos órdenes principales, el de los senadores y el de los caballeros; pero no se in­miscuyeron en las existencias de quienes, prácticamente, estaban excluidos de la vida pública. Además, una parte muy importante de las clases populares no pertenecía al antiguo sustrato itálico; les eran extrañas las tradiciones religiosas y familiares que pendían sobre la burguesía romana o los diversos municipios italianos; los elementos orientales se habían infiltrado hacía ya mucho tiempo, aportando costumbres nuevas a las que eran indiferentes los antiguos tabúes que aún continuaban atormentando las conciencias verdaderamente romanas. Campania sería el país por excelencia en donde se realizó esta mezcla, esta síntesis de Occidente y de Oriente que tanto contribuiría a «pervertir» la moral romana, para que abandonara en apariencia los viejos valores, aunque de hecho los intensificó y les dio un sentido nuevo.

Es en Campania en donde transcurre la acción del relato de Petronio, o al menos, una de las partes conservadas del Satiricón. Ahora bien, los episodios que lo componen son altamente escabrosos, y es cierto que el autor (sin duda, el senador llamado Petronius, que fuera amigo de Nerón y que habría de matarse, al cabo del tiempo, por orden de éste) se debió de complacer en pintar escenas que a nosotros pueden parecernos inmorales. La obra trata sobre dos «estudiantes», escapados de la escuela, que deambulan sin obligaciones por entre las abigarradas sociedades de las ciudades campanianas. Han cometido una misteriosa falta contra cierto dios, Príapo, y también contra una dama de la burguesía, cuya enemistad les persigue. La dama les encuentra y vuelve a perderlos en muchos recodos de la historia, y en cada ocasión se esfuerza por satisfacer con ellos sus deseos. Escenas francamente eróticas no faltan. Parece que la mayor preocupación de estos jóvenes y de las mujeres con que se topan en su camino sea únicamente los placeres de la carne. Esta imagen de la vida campaniana no queda desmentida por las pinturas eróticas, y por gran número de inscripciones de graffitis que aparecen dispersos por los muros de la pequeña ciudad sepultada bajo las cenizas del Vesubio en el año 79 d.C. Ya antes nos había dado la impresión de que, en tiempos de Plauto, los lugares públicos y las calles de Roma estaban llenas de jóvenes, y de hombres más maduros también, que no tenían más ocupación que la de ver pasar a las mujeres e intentar, con las que suponían accesibles, todo tipo de avances. Ésta es la imagen de Roma que nos ha presentado la poesía de Ovidio. A medida que se sale de la alta sociedad en busca de las clases populares, parece que la libertad de costumbres se intensifica: las mujeres tienen quizá menos que perder, los hombres menos que preservar, y no encuentran, en su propia casa, nada con lo que satisfacer su sensualidad. Entonces corren a la aventura, y los muros de Pompeya han conservado para nosotros el recuerdo de esos amores.

Cierto número de estas inscripciones amorosas han sido publicadas recientemente, y, ojeándolas, se percibe un cuadro singularmente vivo de las costumbres campanianas (9). El amor es considerado por los pompeyanos como la potencia por excelencia que confiere a las almas y a los seres su verdadera belleza: Nemo est bellus nini qui amavit, lo que aproximadamente significa: «Estará incompleto quien no haya amado jamás». Este dios es capaz de realizar milagros, sabe enternecer a las piedras y hablarles con lenguaje humano: Iam docui silices verba benigna loqui («He aprendido a decirles a las piedras palabras de amabilidad»). Pero también es un dios cruel, y a veces Venus castiga el espíritu: cierto amante decepcionado declara que quisiera «romperle las costillas a la diosa a bastonazos»; otro maldice a todos aquellos amantes que conocen esa felicidad que a él le es negada. Venus es la diosa protectora de la ciudad; los amantes le dirigen sus plegarias, injuriándola cuando no les es propicia.
Los nombres que aparecen en estas inscripciones demuestran que han sido trazadas por gente humilde: esclavos que arden de deseo por alguna sirvienta, artesanos, a menudo libertos cuyos nombres revelan un origen oriental, o lugareños de poblaciones vecinas que vienen de juerga a Pompeya, lejos de las miradas indiscretas. Pero incluso estos seres sencillos reflexionan sobre esos amores que les ocupan, lo que hoy nosotros conocemos de sus existencias. Saben que el placer apenas si es duradero, y que «Venus, aunque une los cuerpos de los amantes, al poco los separa». Pero saben también que el placer no es más que el primer momento de la unión de las almas: «El alma -dice una inscripción proveniente de una columna próxima al anfiteatro-, está acostumbrada a tomar lo que se le da y a dar a su vez: si tú sigues esta moral, que la Venus recíproca,( Venus Syntrophos), pueda hacer realidad tus deseos». Quizá se deban a algunas pizcas de filosofía venida de Grecia esta maxima singularmente «altruista», pero responden tan bien a lo que dicen, por su parte, los poetas romanos que es difícil pensar que incluso los más humildes de los campanianos no introdujeran cierta espiritualidad en sus amores.

La última gran obra literaria que nos ha legado la literatura pagana en lengua latina, El asno de oro [*] de Apuleyo, resume en un fresco pintoresco los diferentes aspectos de la vida amorosa, tal y como era vivida en el siglo II d.C. por los romanos de las ciudades de provincias. El tema de este relato ha sido retomado por Apuleyo de una «novela» griega, escrita, tal vez, por cierto Lucio de Patras: cuenta la historia de un joven, también llamado Lucio, que, en su deseo de iniciarse en las prácticas mágicas, usa por error cierto ungüento que él creía capaz de transformarle en pájaro y que le metamorfosea en asno. Y, he aquí que Lucio encadena una aventura tras otra, algunas trágicas y otras cómicas; sobre todo, será testigo curioso de numerosas escenas que transcurren, de ordinario, en la intimidad familiar, pero que a nadie se le ocurre ocultarle a este animal, siendo como es, sin embargo, tan diferente de los demás.

El mismo Lucio, antes de transformarse en asno, es un joven de sensualidad fácilmente inflamable. No estamos, ciertamente, ante uno de esos granujas semejantes a los héroes de Petronio; por el contrario, pertenece a una buena familia, respeta el orden establecido, practica la más escrupulosa cortesía, es servicial por añadidura y huésped prudente. Si creyera impropio de alguien como él el seducir a la joven criada que tiene a su cargo las tareas de la casa donde se le acoge, en cierta pequeña ciudad de Tesalia a donde le ha conducido su deseo de conocer auténticas brujerías, ciertamente se abstendría de ello. Pero Fotis, la sirvienta, es joven y complaciente; bastan sólo unas frases, un cumplido banal, para que se le entregue, aunque por otra parte también es cierto que, si él no hubiera dicho las palabras oportunas, ella misma hubiera iniciado los primeros avances. Al principio de la aventura, a Lucio le mueven otras intenciones: adivina que la señora de la casa es una maga, y cuenta con la sirvienta para que le ayude a descubrir sus secretos. Pero, rápidamente, entra en el juego de la seducción y se abandona sin reticencias a los placeres que ella le otorga y que él tampoco le regatea.
Pero, una vez pasados los primeros ardores, Lucio recuerda sus propósitos iniciales; anhela conocer ciertas revelaciones y Fotis, pese a su repugnancia, se ve forzada a abrirle el «laboratorio» de la bruja. Irá incluso más lejos, pues roba para él el ungüento que ha de tornarle pájaro; pero está tan asustada que se equivoca de frasco, y Lucio, ante su mirada, se convierte en asno. En esto, antes de que Fotis pueda devolverle a su forma habitual, mediante la ingesta de rosas (tal es el filtro capaz de remediar el sortilegio), se presentan unos bribones para robar en la casa y, queriendo transportar su botín, se llevan con ellos todas las bestias de carga de la cuadra, y a Lucio entre ellas. Después, se dirige con los ladrones hacia las montañas, en donde tienen instalada su guarida y, una vez allí, Lucio se topa con una prisionera, cierta muchacha raptada durante su noche de bodas que lamenta la perdida felicidad. Y, mientras los bandidos se alejan para llevar a cabo una de sus expediciones, una anciana que les sirve de criada intenta consolar a la joven relatándole una historia maravillosa, el cuento de Eros y Psique.

Este cuento de Eros y Psique resulta ser bastante extraño: en esencia, es idéntico a la fábula, familiar a todos los folclores, de «La Bella y la Bestia». Pero contiene también otros elementos que impiden pensar que Apuleyo sólo quisiera, insertándolo dentro de su relato «picaresco», divertir a sus lectores. Psique es la hija de un rey; tiene dos hermanas bastante hermosas, pero su belleza es extraordinaria, sobrehumana, pero, mientras sus hermanas se han casado con reyes, ella sigue soltera en el palacio de su padre, sin que nadie se atreva a pedir su mano. El rey, desolado, decide consultar al oráculo, y el dios le ordena llevar a su hija a cierta montaña, vestida como para el himeneo, y abandonarla allí; un monstruo vendrá a buscarla y la retendrá en su poder. Desesperado, el rey no obstante obedece, y Psique es conducida a la montaña. Pero cuando ella está sola se levanta una brisa que la transporta suavemente por los aires y la deposita cuidadosamente sobre la hierba de un jardín maravilloso. Psique, atemorizada, se desvanece, y cuando abre los ojos descubre sorprendida ante sí un resplandeciente palacio dorado. Entra en él; sus estancias parecen desiertas, pero en el aire resuenan palabras y músicas; las voces le informan que ella es la dueña del lugar y que están allí para servirla. Psique se baña, se engalana, come con tranquilidad y, ya en plena noche, se retira a una cámara. Pero, antes de que el sueño la visite, siente a su lado una presencia; en la habitación reina una oscuridad absoluta y tiene miedo, pero el ser que percibe junto a ella sabe convencerla, y Psique conocerá su primera noche de amor.
Por la mañana, y durante los siguientes días, vuelve a comenzar el mismo ciclo: durante la jornada, las solícitas voces se anticipan a sus menores deseos y, cada noche, vuelve su desconocido marido. Y este marido le explica que ella no debe, de ninguna manera, atreverse a conocer su identidad. Si lo intentara, se arriesgaría a padecer las mayores desgracias. Durante un tiempo, Psique logra contener su curiosidad, pero al cabo de unos días se siente desgraciada; la soledad, lejos de cualquier presencia humana, le pesa terriblemente. Suplica a su marido que le permita traer a sus dos hermanas. Éste se resiste en un primer momento: la previene diciéndole que tales visitas son peligrosas, y que suponen una amenaza para su felicidad. Pero Psique, a fuerza de caricias y de insistencias, consigue su propósito. Se hace llamar a sus hermanas, que se presentan una primera vez y después vuelven, y la felicidad de Psique las corroe de envidia. Encuentran injusto ese destino que otorga a su hermana pequeña semejantes tesoros, que ellas, seguro, sabrían aprovechar mucho mejor, y, por culpa de esos celos, intentan sembrar la semilla de la discordia en el alma de Psique: ¿quién es ese marido del que ella no puede decirles nada? ¿No se tratará más bien de algún monstruo horrible que ceba a la muchacha para devorarla más tarde? Y Psique, desconcertada, escucha su pérfido consejo: la noche siguiente esconde bajo la cama una lámpara encendida, disimulada bajo un cobertor, se provee de un afilado cuchillo y, cuando su esposo duerme, levanta el cobertor, toma la lámpara en una mano y el cuchillo en la otra... pero cuando va a clavárselo, ante su mirada aparece un espectáculo magnífico. No es ningún terrible monstruo el que duerme en su lecho, sino el dios más adorable, el más voluptuoso, un efebo de cuerpo esculpido en mármol, medio envuelto por sus dos alas palpitantes. Psique comprende que, durante todas estas noches, ha tenido a Eros por amante. Ella se inclina con intención de darle un beso, pero con tan mala fortuna que la lámpara deja escapar una gota de aceite hirviendo. Eros lanza un chillido, y al despertarse ve que su secreto ha sido traicionado. Se levanta al punto, esquiva los abrazos de Psique y le anuncia que no ha de volver a verle.
Entonces comienza para la pobre muchacha una larga serie de pruebas. No se resigna a olvidar su amor; busca al dios sin descanso, pero las demás divinidades la rechazan. Venus, madre de Eros, la busca por todas partes para castigarla. Venus había tenido siempre celos de la joven y pidió a su hijo que la atormentara, pero mira por donde que ella había logrado seducir a quien debía ser su verdugo. Venus está furiosa. Psique, abandonada por todos, se presenta voluntariamente ante su enemiga, con la secreta esperanza de poder ver a su amor. Venus la tortura de múltiples formas y le impone diversos trabajos que cree imposibles de realizar, pero la naturaleza entera conspira para ayudarla. Sin embargo, intentando llevar a término la última de las tareas que se le han ordenado, y que consiste en descender a los infiernos, Psique hubiera muerto de no ser porque el mismo Eros se apiada de ella, por su mucha constancia y ternura, y logra que Júpiter acceda a consagrar solemnemente su unión. Y Venus se reconcilia con su nuera.

Ésta es la historia que la anciana cuenta a la prisionera de los bandidos, y que Lucio, aunque lo haga en todo caso bajo la forma de asno, escucha con avidez. Después, el relato mismo continúa, tras este alto, y los acontecimientos se suceden con rapidez. La prisionera está ahora a salvo y la banda de salteadores es aniquilada, pero otros dramas se suceden, los amantes se unen, son separados por los celos, hay quien muere de amor, quien se toma atroces venganzas; todo ello bajo la mirada del pobre asno. En todas partes, entre los lugareños, y en las más humildes moradas, se desarrollan aventuras dignas de relatarse: se nos muestran maridos engañados, pérfidas mujeres, en ocasiones incluso criminales, madrastras que hacen envenenar a los hijos nacidos de un matrimonio anterior o que se enamoran de su hijastro y que, ante su resistencia, se empeñan en arrastrarles a la perdición. Aparece frente a nuestros ojos el repertorio completo de las historias "milesias" y de las más sombrías tragedias. Parecería que Apuleyo se las haya ingeniado para componer una especie de infierno pasional, en donde se alternan los episodios burlescos con los trágicos, lo que supone un vivo contraste con la leyenda de Psique. Y semejante infierno encuentra su culminación en cierta aventura marcada por la perversidad, de la cual el asno vendrá a ser el héroe: deseado por cierta dama ilustre (que nos recuerda a la vez, en razón de sus ardores contra natura, a los excesos de los personajes de Petronio y a los vicios denunciados por Juvenal), Lucio será, a su pesar, el instrumento de unos placeres monstruosos. Pero he aquí que la gracia divina hará cambiar el triste sino del protagonista: la misma diosa Isis se le aparece una noche de luna llena en la playa de Corinto, y le dice cuanto precisa hacer si quiere romper el encantamiento. Al día siguiente, Lucio encuentra por fin las rosas de las que no había podido disponer hasta entonces y recupera su forma humana. Iniciado en los misterios de la diosa, convertido a su religión, saciado de su sacrílega curiosidad por las prácticas mágicas, Lucio vivirá en adelante dichoso y en olor de santidad.

No conocemos demasiado bien, sin duda, el modelo seguido por Apuleyo en su relato, pero sabemos que ha añadido los dos episodios principales, los que confieren a El asno de oro su significación moral y religiosa: la leyenda de Eros y Psique, que ocupa la parte central, y el «libro de Isis» que conforma la mística conclusión.
Psique, como ya su mismo nombre indica, es el símbolo del alma humana inflamada por el amor de las cosas divinas y que, penosamente, a través de mil dolorosas pruebas, conquista la felicidad. Para componer su mito, Apuleyo ha retomado cierto tema folclórico, una doctrina del amor muy similar a la que ya vimos en el platonismo clásico, y que el arte helenistico y romano se había complacido antes en ilustrar y popularizar por medio de relieves y frescos. Psique es una de esas jóvenes muchachas aladas que podemos apreciar en algunas pinturas, atormentadas o, en ocasiones, consoladas por Eros, también él alado, que las quema con sus antorchas, las hiere con sus flechas o las conduce, triunfal, enganchadas a su carro, en el caso de que a él mismo no se le represente como vencido. Apuleyo se ha servido de esas imágenes y, a partir de ellas, ha configurado una alegoría transparente que ha sabido alojar en el interior del relato. El asno de oro encierra así una auténtica «doctrina» sobre el amor: leyéndolo, se puede reconocer una gozosa enumeración de las formas más frustrantes del sentimiento o del instinto amoroso, las formas más peligrosas para la vida del espíritu, aunque, en oposición a ellas, la narración exalta la fuerza y la virtud salvadora del amor. Es gracias al amor, si se le ha purificado con el conocimiento de los misterios sagrados, que el alma alcanzará su salvación. El amor, nos muestra Apuleyo, se encuentra íntimamente ligado al Alma del Mundo, que los filósofos de esa época gustaban de identificar con Afrodita; se trata del daimon que permite a cada uno comulgar con el principio universal de la vida. ¿No es el amor, qué duda cabe, quien concede a los mortales el medio de triunfar sobre la misma muerte y de perpetuarse, en su linaje y en sus obras? Tal es la promesa que Isis confía a sus iniciados; ella es, en el universo, el principio «femenino», la materia que recibe la simiente fecundadora y que hace surgir la multiplicidad de las formas.

Todos los himnos que celebran a Isis le reconocen el honor de haberles enseñado el amor a los humanos; ella es protectora de las mujeres, que participan muy particularmente de su divinidad; ella es garante de la dignidad femenina y confiere a los amores humanos su entera significación. En las formas romanas de la religión isíaca se constata que Isis no está nunca sometida a Osiris: es ella, más bien, la que establece los lugares de culto para su esposo (10). Y resulta remarcable que la religión ¡síaca triunfe en Roma hacia la misma época en que las costumbres aceptan definitivamente la emancipación, o incluso, para ser más precisos, la «divinización», de la mujer. No olvidemos que el emperador Calígula, tan predispuesto a elevar a los altares a sus hermanas (hasta el punto de que se supuso que albergaba por una de ellas una pasión incestuosa, «a la egipcia»), era devoto de Isis. Y muchas mujeres frecuentaban asiduamente, también, los santuarios de la diosa, y en especial el Isaeum del Campo de Marte. Isis regulaba su conducta, les imponía penitencias y períodos de castidad ritual, pero al mismo tiempo las consolaba y, en secreto, les hacía revelación de su dignidad como mujeres y de su fuerza. Ya podían ir gruñendo los «antiguos romanos»; apenas se les prestaba oído; Roma estaba preparada después de muchas generaciones para comprender el evangelio isíaco, y ya se había perdonado a Cleopatra.

Hacia la misma época, la pintura decorativa multiplica, sobre los muros de las viviendas, los motivos mitológicos que enseñan matrimonios divinos: Afrodita y Adonis, Dioniso y Ariadna, Marte y Venus, destacan por ser las escenas más habitualmente representadas. Los decoradores respondían de esta manera al gusto de una clientela que concedía al matrimonio cada vez mayor valor místico. Se encuentran, así, gran número de himeneos en los sarcófagos de la época romana: el matrimonio es considerado ahora a manera de una «iniciación» a las cosas divinas, imagen de la inmortalidad. El célebre fresco de Boscoreale ha sido interpretado, no sin alguna razón, como uno de los símbolos dionisíacos del matrimonio (11). La tradición romana, para la cual Dioniso no dejó nunca de ser un dios viviente, utiliza los motivos llegados del Oriente helenístico; este fresco de Boscoreale sería pintado sin duda aproximadamente hacia la época en que Mesalina y Silio celebraban, igualmente, sus bodas en imitación del mito de Ariadna. A partir de esta época, al amor se le considera fuente de vida espiritual, y las costumbres responden con exactitud a las enseñanzas de Apuleyo, de un siglo más tarde.

A despecho de todas los excesos y extravíos individuales, de los cuales los historiadores romanos se han hecho eco gustosamente, a despecho también de los pobres diablos cuyas aventuras relatara Petronio, no debemos pensar que Roma fue solamente la Babilonia indecente pervertida por una serie de monstruosos amores que tan a menudo gusta de evocarse; Roma intentó conciliar las exigencias morales y sociales, con las que el amor entra tan a menudo en conflicto, y las aspiraciones más profundas del alma humana, que tan peligroso resulta coartar. ¿Alcanzó a solventar perfectamente el problema? Probablemente no, pero sin duda porque un problema de esa magnitud es irresoluble. ¿Ha habido en el mundo, alguna vez, una sociedad a la que pueda reconocérsele el mérito de haberlo conseguido por completo?

 

NOTAS:

1Plutarco, Cuestiones romanas, 65.
2. Valerio Máximo, 11, 1, 7.
3. La palabra "paelex" designaba a una mujer que mantiene relaciones habituales con un hombre casado con bodas a derecho, Festo Paulo; la paelex era una 'extranjera'.
4. Véase págs. 66 y 67.
5. Véase Bruhl, A., Liber Pater, pág. 17, donde cita a Agustín, Ciudad de Dios, VII, 21 y VII, 3.
6. Valerio Máximo, 11, 1, 5: « ... ut inviolata manus alienae tactu stola relinqueretur».
7. Valerio Máximo, IV, 3, 3.
8. Juvenal, Sátiras, VI, 134-135.
9. Della Corte, M., Amori 'e Amanti 'di 'Pompei antica, Cava dei Tirreni, 1959.
[*] Si bien el autor se sirve del título original de la obra de Apuleyo, las Metamorfosis, nosotros empleamos el de El asno de oro, nombre con el que sería conocida desde muy pronto, como se suele hacer en la mayoría de traducciones al castellano. [N. del t.]
10. Véase Erman, A., La religion des Egyptiens, París, 1952, págs. 476 y sigs.
11. Véase Bieber, M., en Jahrb. d. D. Arch. Inst., 1928.

 

Texto extraído de "El amor en la Roma antigua", Pierre Grimal, págs. 335/ 350, editorial Paidós, Barcelona, España, 2000.
Edición original: Les Belles Letres, París, 1998.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones, mayo 2006

 

 

        

 

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