LA SOÑADORA
Marcel Schwob
A
la muerte de sus padres, Mejorana se quedó en la casita de éstos
con su vieja nodriza. Le habían dejado un techo de paja tostada
y la campana de la chimenea grande. Porque el padre de Mejorana
había sido cuentista y constructor de sueños. Algún amigo de sus
hermosas ideas le había prestado su tierra para construir y un
poco de dinero para soñar. Durante mucho tiempo mezcló diversas
especies de arcilla con polvos de metales para intentar conseguir
un esmalte sublime. Había intentado fundir y dorar extraños vidrios.
Había amasado bolas de pasta dura traspasadas por "ventanas",
y el bronce al enfriarse se irisaba como la superficie de los
mares. Pero no quedaban de él más que dos o tres crisoles ennegrecidos,
placas gastadas de bronce con pegotes de escorias y siete grandes
cántaros descoloridos en lo alto del hogar. Y de la madre de Mejorana,
una muchacha piadosa de pueblo, no quedaba nada: porque había
vendido para "el alfarero" hasta su rosario de plata.
Mejorana
creció junto a su padre, que llevaba un mandil verde, que tenía
las manos siempre terrosas y las pupilas inyectadas de fuego.
La niña admiraba los siete cántaros de la chimenea, impregnados
de humo, llenos de misterio, que parecían un arco iris hueco y
ondulado. Morgana hubiera hecho salir del cántaro sangriento a
un bandido untado de aceite, con un sable cubierto de flores de
Damasco. En el cántaro anaranjado se podían encontrar, como Aladino,
frutas de rubí, ciruelas de amatista, cerezas de granate, membrillos
de topacio, uvas de ópalo y bayas de diamante. El cántaro amarillo
estaba lleno de polvo de oro, que Camaralzamán había escondido
bajo un montón de olivas. Se veía un poco una de las olivas asomando
bajo la tapa, y el borde de la vasija estaba reluciente. El cántaro
verde debía de estar cerrado por un gran sello de cobre con la
marca del rey Salomón. El tiempo había pintado sobre él una
capa de cardenillo; porque aquel cántaro vivía antes en el Océano,
y desde hacía varios miles de años contenía un genio, que era
un príncipe. Una chica muy joven y prudente sabría romper el encantamiento
a la luz de la luna llena, con permiso del rey Salomón, que fue
quien dio voz a las mandrágoras. En el cántaro azul claro, Glauharé
había encerrado todos sus vestidos marinos, tejidos con algas,
con incrustaciones de aguamarinas y pintados con la púrpura de
las conchas. Todo el cielo del Paraíso terrestre, junto con los
ricos frutos del árbol, las escamas encendidas de la serpiente
y la espada de fuego del ángel estaban encerrados en el cántaro
azul sombrío, semejante a la enorme cúpula azul de una flor austral.
Y la misteriosa Lilith había encerrado todo el cielo del Paraíso
celeste en el último cántaro: porque se erguía, violeta y rígido,
como la capa del obispo.
Los
que ignoraban estas cosas sólo veían siete viejos cantaros descoloridos
sobre la amplia campana del hogar. Pero Mejorana sabía la verdad,
por los cuentos de su padre. junto al fuego del invierno, entre
las sombras cambiantes de las llamas de la leña y de la vela,
seguía con la vista, hasta la hora en que se iba a dormir, aquel
hormigueo de maravillas.
Sin
embargo, como el arcón del pan estaba vacío, lo mismo que el bote
de la sal, la nodriza imploraba a Mejorana: "Cásate, decía,
mi florecina querida: tu madre pensaba en Juan; ¿no quieres casarte
con Juan? Mi Jorana, mi Jorana, ¡qué bonita novia vas a ser!"
-La
Mejorana de los cuentos tuvo caballeros, dijo la soñadora; yo
tendré un príncipe.
-Princesa
Mejorana, dijo la nodriza, cásate con Juan y lo harás príncipe.
-No,
no, nodriza, dijo la soñadora; prefiero hilar. Espero mis diamantes
y mis vestidos de un genio más hermoso. Compra cáñamo y ruecas
y un huso pulido. Pronto tendremos un palacio nuestro. De momento
está en un desierto negro de África. Vive en él un mago cubierto
de sangre y de venenos. Echa en el vino de los viajeros un polvo
marrón que los convierte en animales peludos. El palacio está
iluminado con antorchas vivas, y los negros que sirven las comidas
tienen coronas de oro. Mi príncipe matará al mago y el palacio
vendrá a este campo nuestro y tú acunarás a mi hijo.
-¡Oh Mejorana, cásate con Juan!
dijo la vieja nodriza.
Mejorana
se sentó e hiló. Pacientemente dio vueltas al huso, torció el
cáñamo y lo destorció. Las ruecas adelgazaban y volvían a llenarse.
Juan se sentaba junto a ella y la admiraba, pero ella no le hacía
ningún caso. Porque los siete cántaros de la gran chimenea estaban
Henos de sueños. Durante el día creía oírlos gemir o cantar. Cuando
paraba de hilar, la rueca ya no vibraba para los cántaros y el
huso dejaba de prestarles sus zumbidos.
-Oh
Mejorana, cásate con Juan, le decía la vieja nodriza todas las
noches.
Pero
en medio de la noche la soñadora se levantaba. Como Morgana, tiraba
a los cántaros granos de arena para que los misterios se despertaran.
Y sin embargo el bandido seguía durmiendo, los frutos preciosos
no tintineaban, ella no oía el deslizar del polvo de oro ni el
roce de las telas de los vestidos, y el sello de Salomón seguía
manteniendo su peso sobre el príncipe encerrado.
Mejorana
echaba uno a uno los granos de arena. Siete veces repicaban contra
la tierra dura de los cántaros; siete veces volvía el silencio.
-Oh,
Mejorana, cásate con Juan, le decía la vieja nodriza todas las
mañanas.
Entonces
Mejorana fruncía el ceño cuando veía a Juan, y Juan dejó de ir.
Y a la vieja nodriza la encontraron muerta, una mañana, bastante
sonriente. Y Mejorana se puso un vestido negro, una cofia oscura,
y siguió hilando.
Todas
las noches se levantaba y, como Morgana, tiraba contra los cántaros
granos de arena para despertar los misterios. Y los sueños siempre
dormían.
Mejorana
se volvió vieja en su paciente espera. Pero el príncipe prisionero
bajo el sello del rey Salomón seguía siendo joven, sin duda, aunque
hubiera vivido miles de años. Una noche de luna llena, la soñadora
se levantó como una asesina y cogió un martillo. Rompió con furia
seis cántaros, y un sudor de angustia resbalaba por su frente.
Las vasijas crujieron y se abrieron: estaban vacías. Dudó ante
el cántaro en que Lilith había encerrado el Paraíso violeta; luego
lo asesinó igual que a los otros.
Entre los restos rodó una rosa seca y gris de Jericó.
Cuando Mejorana quiso hacerla florecer, se deshizo en polvo.
Texto extraído de "El libro de Monelle", Marcel Schwob, págs. 91-97,
editorial Hiperión, Madrid, 1995.
Edición original: París, 1894.
Selección: V.G.
Con-versiones,
abril 2006