El continente negro de la infancia
Jean Baudrillard
Existe
a partir de ahora, en el orden social y político, un problema
específico de la infancia. Inseparable de los de la sexualidad,
la droga, la violencia, el odio, y de todos los problemas insolubles
que plantea la exclusión social. Como
tantos otros ámbitos, la infancia y la adolescencia se han vuelto
hoy en día un espacio condenado, por su abandono, a la deriva
marginal y a la delincuencia.
La
actualidad propone una crónica cotidiana de esta violencia:
adolescentes que asesinan a sus padres, violencia de niños contra
otros niños, violencia adolescente suburbana -ésta aún relativamente
socializada en las pandillas-, pero también acting out puramente
individuales (con el adolescente de Cuers, por primera vez un
niño ha entrado en la leyenda de los serial killers). Todos
estos episodios son inexplicables en simples términos de psicología,
de sociología o de moral. Ahí
hay otra cosa, que viene de la ruptura misma del orden biológico
y del orden simbólico.
En
primer lugar, lo que se trastorna es el estatuto del nacimiento
(después del de la muerte, hoy irreconocible en términos propiamente
humanos). Inseminación artificial bajo todas sus formas, control
y manipulación genéticas: por todas partes se perfila la
sustitución del destino natural por un destino artificial del
nacimiento. Liquidación a plazos de una génesis familiar
y sexuada, de un engendramiento psiquico y biológico. Es el final del niño como portador no sólo de la dualidad
de un hombre y de una mujer, sino de la de un pasado y un futuro,
única que crea una memoria. De resultas de eso, el
niño pasa a ser una performance técnica, una prótesis en miniatura
más que un «otro» verdadero. Una especie de subproducto de un
desdoblamiento incestuoso, próximo en el fondo a la escisiparidad
de los protozoarios, y concebido como una excrecencia ideal
a nuestra imagen. El niño-clon, que además pretendemos producir
a partir del ADN de una sola de nuestras células. Toda esta
operación técnica no es para mañana, sino que está ya presente
en el imaginario científico y colectivo, e incluso en la relación
de los padres con sus hijos.
De
hecho, ya no se trata de un niño.
Es un ser de sustitución que pierde su alteridad natural para
entrar en una existencia satélite, en la órbita artificial del
mismo, y al que cada vez le costará más desprenderse y encontrar,
no ya su identidad y su autonomía -como se le repite machaconamente-sino
su distancia y su otredad. Cuanto más se pone en evidencia la herencia genética, más
desaparece la herencia simbólica. Incluso la dramaturgia edipica
deja de funcionar. Ya
no hay resolución de la infancia, porque ni siquiera se dan
las condiciones psíquicas y simbólicas de la infancia. Ésta
pierde incluso la oportunidad de superarse y negarse en cuanto
tal. Desaparece como fase de la metamorfosis del ser humano.
Y a la vez que pierde así su genio propio y su singularidad,
la infancia se convierte en una especie de continente
negro.
Pues
la alteridad resurge
forzosamente, aunque de otra manera, bajo la forma de la vasta
y tenebrosa complicidad de una generación que, al final, escapa
a la mirada adulta, que ya no se preocupa por llegar a ser adulta,
una adolescencia sin fin y sin finalidad, que se independiza
sin consideración hacia el Otro, para sí misma, y eventualmente se vuelve
con violencia contra el Otro,
contra el adulto del que ya
no se siente descendiente ni solidaria. Ya
no es una ruptura simbólica, es un rechazo puro y simple que
puede traducirse en un acting out homicida. Aunque ni
siquiera es ya un acting out, pues éste aún supone la irrupción
del fantasma en un mundo real, mientras que aquí se trata de
un estado infantil y casi alucinatorio anterior al principio
de realidad. Hay, además, una extraña coincidencia entre este
estado infantil anterior al principio de realidad y el universo
de la realidad virtual, nuestro universo mediático adulto, el
posterior al principio de realidad, donde lo real y lo virtual
se confunden.
Es
lo que explica la afinidad espontánea de toda una joven generación
con las nuevas tecnologías de lo virtual. El niño
posee el privilegio de la instantaneidad. La música, la electrónica,
la droga son todas cosas que le resultan inmediatamente familiares.
El aislamiento psicodélico no le da miedo. En lo que respecta
al tiempo real, está definitivamente adelantado con relación
al adulto, que sólo puede parecerle un retrasado, del mismo
modo que en el ámbito de los valores morales sólo puede parecerle
un fósil.
El
niño entra así en anomia,
en un estado de desocialización orgánica. Y es que, incluso
producido «naturalmente», se ha convertido en una anomalía.
Está out of time. El ritmo actual, el de la inmediatez
y la aceleración del tiempo real, va exactamente en contra del
engendramiento, de la gestación, del tiempo de procreación y
de crianza, de esa larga duración que es, en general, la de
la infancia humana. El niño
está, pues, lógicamente condenado a desaparecer. Otros métodos
deberían permitir ahorrarnos esta maduración natural del ser
humano, tan larga, origen de tantas neurosis y conflictos a
los que pocas parejas modernas pueden resistirse, y que sólo
se concebía en la continuidad de las generaciones, combinada
con rituales transgeneracionales de larga duración. En
la actualidad, la aceleración general condena a la infancia
a una obsolescencia acelerada.
Tranquilicémonos: el niño existirá siempre, pero como objeto de curiosidad
o de perversión sexual, o de compasión, o de manipulación y
experimentación pedagógica, o simplemente como vestigio de una
genealogía de lo vivo, del mismo modo que siempre habrá caballos
de raza o animales domésticos, u obras de arte, como reservas
o especies protegidas, incluso cuando las especies naturales
hayan desaparecido hace ya tiempo.. Al igual que los animales, cuyo único
destino será pronto verse conservados y museificados como huellas
de la génesis del hombre, puesto que el hombre mismo está prometido
al estatuto de huella futura en un uníverso de clones. Así,
el niño, el concepto de niño será fetichizado, y
de hecho ya lo ha sido: idealizado y fetichizado como vestigio
de una especie cuya reproducción, convertida progresivamente
en una operación técnica, ya no implica en absoluto un destino
sexuado ni su producto maravillosamente accidental: el niño.
Basta
con ver la Declaración Universal de los Derechos del Niño,
adoptada por la ONU, para saber que la infancia es ya una especie
en vías de extinción: «Tengo la posibilidad de decir no... Tengo
derecho a saber quién soy... Tengo derecho a una alimentación
conveniente y equilibrada... Todo el mundo debe protegerme contra
las brutalidades mentales y físicas ... Tengo derecho a cantar,
bailar, jugar y desarrollar mis talentos para conseguir el máximo
de felicidad.... etc.» (Nunca se había escuchado una declaración
tan ubuesca, en la que además se ridiculiza al niño, convirtiéndolo
en un mono sabio y endosándole el delirio jurídico de los adultos.)
El
niño será, pues, exorcizado
en cuanto ser natural, como supervivencia anacrónica en una
época de performance óptima inmediata. Al mismo tiempo pasará
a ser una especie salvaje, delincuente, criminal. Dejará de
creer que es un niño
y de compararse peyorativamente con el modelo del adulto.
Cierto es que nunca ha dejado de ser un ser potencialmente peligroso
-realidad enmascarada por la pedagogía y la idealización moderna
y burguesa de la infancia-, ni tampoco de vengarse de su inferioridad
a su manera, mediante la astucia y el chantaje, pero esta subordinación
y este desquite sólo eran relativos, ya que estaban abocados
a desaparecer precisamente con el tiempo. Ahora bien, esta vez
es justamente el tiempo lo que le faltará a la infancia, con
lo cual se rompe la cadena evolucionista: se volverá contra
el adulto como enemigo de pleno derecho. Llegará
a ser, de todas formas, el Otro, pero como Alien, monstruo
surgido de la ruptura de la cadena simbólica de las generaciones.
La realidad era la del adulto (esto ni siquiera es cierto hoy en día,
cuando ya no la domina). La infancia era, desde
el fondo de su irrealidad, desde el fondo de su idiotez, uno
de los últimos bastiones de la ilusión poética del mundo.
Como todas las otras formas de ilusión, está condenada al exterminio
a más o menos largo plazo, o a una pura existencia supletoria:
el niño ya no como
destino, como accidente portador de muerte al mismo tiempo que
de jubilación para los padres, sino el niño
como comodidad, por desgracia imposible de integrar en el ciclo
del intercambio acelerado y, por tanto, convertido en un producto
errático, de otra era, que la mayor parte del tiempo flota entre
padres que ya no saben qué hacer con él.
Pero
que como los muertos, como las mujeres,
como las masas, como el objeto, como todas las categorías expulsadas
de la razón dominante, conserva todos los medios para vengarse
y plantear a los dueños de la realidad un problema insoluble.
16
de octubre de 1995
Texto extraído de "Pantalla total", Jean
Baudrillard, págs. 119/123, editorial Anagrama, Barcelona, España,
2000. Edición original: Galilée, París, 1997.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones, abril 2006