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“Para mí, la Argentina significa inestabilidad” : lo afirma la escritora Sylvia Molloy

Por Silvia Hopenhayn


La escritora Sylvia Molloy es argentina con ganas y, a la vez, con distancia. Vive desde hace más de treinta años en los Estados Unidos. Enseñó literatura latinoamericana en Yale y Princeton, y, actualmente, lo hace en la Universidad de Nueva York. Dice que, desde lejos, la Argentina es siempre para ella sinónimo de inestabilidad.
A principios de la década del 80, Molloy sacudió a la crítica con su excelente novela “En breve cárcel”, y en 2002 renovó el entusiasmo de sus lectores con “El común olvido”.
Permanentemente publica ensayos y libros de crítica literaria, como “Las letras de Borges” (1979), “Acto de presencia: la literatura autobiográfica en Hispanoamérica” (1997) e “Hispanism an Homosexualities” (1998), aún sin traducción. Viene a su país una vez por año, ya sea por necesidad, por costumbre o, simplemente, por nostalgia.

–Usted se ha ido, después volvió y se volvió a ir, varias veces. ¿Qué país ha podido construir, reconstruir o inventar de esa manera?

–Creo que cuando uno va y viene con mucha frecuencia, como ha sido mi caso, y más aún cuando los polos de ese ir y venir se van multiplicando, el trabajo de reconstrucción o, como bien lo dice, de invención se vuelve más y más complicado. Cuando uno se va sabe que en el fondo no puede volver a lo que deja, porque lo que se deja ya nunca será igual. Es el precio de todo viaje. A distancia se van elaborando fantasmagorías de regreso, para decirlo de algún modo, pero esas fantasmagorías dependen fuertemente del lugar, tanto geográfico como psíquico, desde donde se elaboran. No es lo mismo, pongamos por caso, elaborar una patria fantasma desde París que elaborarla desde New York. Lo cotidiano, aun en el extranjero, siempre deja su marca, condiciona la memoria, se entreteje con el recuerdo. Así que en distintos momentos, y desde distintas latitudes, uno echa mano del país que necesita, y ese país está compuesto de recuerdos que varían y de fabulaciones a partir de esos recuerdos, pero también de deseos y de traumas presentes. Digo "trauma" porque creo que en esos momentos la necesidad de rearmar un lugar de origen es muy fuerte. Yo recuerdo (y lo he escrito en algún lado) que en los días que siguieron al ataque a las Torres Gemelas me visitaron, como nunca antes, recuerdos de Buenos Aires. Hasta el perro al que oía ladrar por las tardes en un departamento cercano me recordaba a un perro que ladraba en la casa detrás de la nuestra, en Olivos, cuando yo era chica.

-¿Cómo consiguió lidiar con esa añoranza? ¿Cree que, finalmente, la lengua es la patria, como se suele decir para aminorar la sensación de desamparo?

-Si la lengua es la patria, entonces, como la misma patria, está atravesada por la zozobra. Sobre todo para el sujeto bilingüe que entra y sale de las lenguas. Hay una expresión en inglés que me ayuda a explicar en parte esa desazón. La gente pregunta: Do you feel at home in english?, por ejemplo, queriendo saber si la persona se siente cómoda hablando en inglés. Pero los límites de la expresión se vuelven patentes cuando te sentís at home (en casa, a gusto) en más de un idioma, como es mi caso, porque entonces no te sentís del todo at home en ninguno. Creo que esa experiencia es saludable, que incluso es propicia para la escritura. Danilo Kis dice algo así como que el escritor que escribe lejos de su patria escribe de otra manera: conoce la extrañeza de las palabras, desautomatiza lo que la excesiva familiaridad con el idioma ha vuelto automático. Pero esto de estar entre lenguas puede resultar un tanto incómodo en la vida real. Al hablar un idioma, se tiene la sensación de que lo que se dice está siendo dicho también en otro idioma, en otra parte, en otro home. La sensación, como diría Felisberto Hernández, de no estar del todo en lo que se está diciendo. Cuando en Nueva York escucho a alguien hablar español con acento argentino, siempre tengo la misma reacción: me doy vuelta, porque pienso que me están hablando a mí...

-¿Qué le dio la literatura argentina que no le dio la Argentina?

-No sé si puedo enfrentarlos de ese modo: literatura y país, o pensar la una excluyendo al otro. En todo caso, le diría que pienso que ni las literaturas ni los países tienen obligación de dar, sino sólo la de estar disponibles para que uno tome lo que necesita. La iniciativa y, a fin de cuentas, la responsabilidad de la relación que se entabla con el país, o con su literatura, es siempre del individuo. Así que pienso su pregunta en términos levemente distintos: ¿qué supe tomar de la Argentina, qué supe tomar de su literatura? Los recuerdos de infancia en que se funda "mi" Argentina son todos recuerdos de inestabilidad, de no saber nunca lo que va a pasar. Pienso en tres acontecimientos que, sin duda, determinaron esa sensación. Son nuestra relación con la Segunda Guerra Mundial, de la que se hablaba mucho en mi casa, la revolución del 4 de junio de 1943 y el terremoto de San Juan. De este último, recuerdo un afiche para recaudar fondos que representaba a un niño desconsolado que se abrazaba a las rodillas de la madre, pose que yo buscaba imitar con mi propia madre, para gran irritación de ella. Esto es para decirle que la idea de inestabilidad o de cambio está fuertemente ligada a mi idea de la Argentina. Pero te prevengo que no necesariamente de manera negativa. Creo que esa inestabilidad determinó que me fuera, pero también ha determinado que siempre quiera volver, porque la Argentina tiene siempre sorpresas, cambios cuando ya no se los espera, un algo más para el que sepa verlo. En cuanto a mi relación con la literatura argentina, creo que la desazón que asocio con el país la asocio también con su literatura, es decir, con los escritores que prefiero. Son todos maestros de la ambigüedad, del desasosiego. Borges desde luego, pero también Silvina Ocampo, Norah Lange, José Bianco. Son como presencias tutelares en mi escritura, escritores que me enseñaron a manejar la lengua, que, sobre todo, me hicieron descubrir una entonación que asocio con la Argentina. Creo que en esa entonación se da para mí el punto de contacto entre país y literatura.

-El género autobiográfico es uno de sus preferidos. ¿Qué relación existe entre autobiografía y contexto social?

-La relación entre autobiografía y contexto social no difiere de la que se establece entre ese contexto y cualquier otro texto, sea cual fuera el género. Pienso que toda escritura está condicionada por su época, por las mentalidades de una época y, sobre todo, por las maneras de leer de una época. Pero hay que superar esa idea de que el uso de la primera persona remite de forma directa a un contexto preciso y comprobable, esa idea de que la autobiografía, o los géneros en primera persona que se anuncian como referenciales (el relato de viaje es otro buen ejemplo), son reflejo fiel de un contexto y permiten "decir verdades", como no lo hace, por ejemplo, la ficción. En la autobiografía la duplicidad del yo testigo siempre está en juego: el yo cuenta una historia que acaso cree verídica, pero que, sobre todo, quiere que los demás crean verídica. El yo es un efecto narrativo. Asegura una composición de lugar.

-¿Dónde está lo autobiográfico en su novela "El común olvido"?

-Yo trabajo mucho con lo autobiográfico porque soy perezosa y me cuesta inventar, o porque acaso sea incapaz de hacerlo. Prefiero recurrir a cosas que me han ocurrido o que han ocurrido a otros. Tengo bastante buena memoria y archivo no sólo recuerdos, sino pedacitos de relatos que leo o que oigo contar y luego los uso en mi ficción. En el caso de "El común olvido" quería recuperar relatos y, sobre todo, voces, tonos, palabras de distintas épocas de un Buenos Aires que yo había vivido y que se encimaban en mi memoria. Se me ocurrió hacer ese trabajo de recuperación como una especie de arqueología de relatos, a través de un personaje que emprende una búsqueda que termina deparándole un descubrimiento inesperado. Dentro de ese itinerario pude dar nueva vida a esos recuerdos y a esas voces, recuperar distintos aspectos de ese Buenos Aires para mí fantasmal, el mundo angloporteño en el que me crié, el Buenos Aires de los años 30, que siempre me fascinó por lo que les oía contar a mi madre y a mis tías, las voces y los cuentos de ciertas figuras queridas -Pepe Bianco, desde luego, y Enrique Pezzoni-, las anécdotas que circulaban sobre tal o cual personaje de la intelligentsia o la sociedad porteña. Comparto con entusiasmo la pasión de Edgardo Cozarinsky por el chisme como fuente de ficción. Le aclaro que al usar estos recuerdos y estos relatos en "El común olvido" no fue mi intención hacer trabajo de evocación nostálgica ni dolerme por un mundo desaparecido. No: fue, más bien, el puro placer de volver a contar aquellos pedacitos de anécdotas que recordaba, una suerte de homenaje. Volver a contar y, desde luego, a manipular, agregando mi marca, si querés, esas voces dispersas. Me divierte cuando alguna persona me dice de tal o cual episodio: "Pero en realidad no fue así" y luego me cuenta cómo fue de veras, o cuando otra me hace notar que tal cosa no le pasó a Mengano, sino a Zutano, como corrigiendo un error. No se trata da eso. Yo ya sé que en realidad no fue así. No es mi intención registrar acontecimientos exactamente como fueron, sino recrear. Esto me hace pensar en un cuento de Olga Orozco. Una vez le contó a Oliverio Girondo algo que le había ocurrido a un pariente de ella y al tiempo escuchó que Oliverio contaba la historia como si se tratara de un pariente suyo. Cuando Olga protestó, Oliverio le dijo: "No te preocupes, Olga, lo que importa es que le haya pasado a alguien..."

-En su libro, la búsqueda del cofrecito de la madre del protagonista, hurtado o perdido, ¿puede ser pensada como la búsqueda de la patria perdida?

-Sí, desde luego. Y no es casualidad, supongo, que las cenizas de la madre hayan desaparecido de ese cementerio en particular, suerte de muestrario de la historia argentina. Le aclaro, más modestamente, que este episodio surge de un trauma idéntico que me tocó vivir y que fue punto de partida de la escritura de "El común olvido". Le dije antes que no me siento muy cómoda inventando, pero tengo la suerte de que se me den cada tanto acontecimientos que no puedo desperdiciar, que piden pasar a la ficción. Me ocurrió lo mismo con el incidente inicial de mi primera novela, "En breve cárcel". Las cenizas de mi madre muerta también fueron a parar a la Recoleta, y también desaparecieron. Durante un buen momento no se las pudo ubicar. Recuerdo muy bien lo que sentí, físicamente, cuando me enteré de esa desaparición. Fue como si me sacudieran el piso, como si no tuviera dónde poner los pies. Había perdido mi lugar: lo pienso así, espacialmente, más que emocionalmente. Claro que después uno recompone ese lugar, de algún modo. En el caso de mi protagonista, disponiendo de las cenizas de la tía, hermana de la madre. En el caso mío, el resultado fue más prosaico, pero no menos tranquilizador. No te cuento qué pasó porque a lo mejor lo guardo para otro relato.

-¿Por qué nunca volvió al país para quedarse?

-No sé bien qué contestarte que no sea algo que me resulte ajeno dentro de diez minutos. Recuerdo que mi madre, que a todo lo que decía le impartía un tono de máxima, proclamaba: "Hay que saber irse". Creo que se refería a reuniones sociales, pero también vale para las idas y vueltas al país. No creo haber alcanzado esa sabiduría materna. Cuando me fui a Francia a estudiar lo hice pensando que iba a volver y, por cierto, así lo hice, a los cuatro años. El período que pasé en la Argentina a mi regreso, en las postrimerías de los años 60, se me aparece como mágico en el recuerdo y, sin embargo, me volví a ir en el 67, y no exactamente por la situación política. Acepté un puesto en Estados Unidos, convencida de que volvería al año. Pero me quedé otro año, y luego otro, y me fui quedando. Volvía siempre a pasar una temporada una vez al año mientras vivía mi madre. Después, cuando murió, me di cuenta de que tenía que construir otra relación con el país, basada en la amistad y el diálogo, no en lazos de familia, y así lo he hecho. Para mí la Argentina es un lugar esencial de interlocución. Converso, entiendo y siento que se me entiende, aun cuando mi interlocutor no esté de acuerdo conmigo. Es una manera de volver para quedarme, o por lo menos es mi manera, por ahora, de volver.

Texto extraído de La Nación, marzo 25, 2006

Enlaces:
Pizarnik-Molloy
Espíritu de la anotación>>> T. Kamenzsain

Propuesta de enlace, subrayado, selección: V.G.

Con-versiones, abril 2006
 

        

 

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