Las mil y una noches según Galland
Descubrir cada tanto tiempo el Oriente es una de las tradiciones
de Europa: Heródoto, La Sagrada Escritura, Marco Polo y Kipling
son los nombres que acuden en primer término. El más deslumbrante
de ellos es El libro de las mil y una noches. En él parece
estar cifrado el concepto de Oriente. Esa extraña palabra que
abarca tantas y tan desiguales regiones, desde Marruecos hasta
las islas del Japón. Definirla es difícil, porque definir es diluir
en otras palaras y la palabra Oriente y la palabra mil y una noches
ya nos colman de magia. El hábito suele contraponer los conceptos
de calidad y cantidad. De un libro decimos que es largo como si
ello fuera un pecado, pero en algunos la extensión es una calidad,
una calidad esencial. Uno de tales libros y no el menos ilustre
es el furioso; otro, el Quijote; otro, Las mil y una noches o,
como quiere el capitán Burton (1),
El libro de las mil noches y una noche. No se trata, por
cierto, de leerlo íntegro; los árabes afirman que esa empresa
nos llevaría a la muerte. Quiero decir que el goce que nos depara
la lectura de una pieza cualquiera procede, en algún modo, de
la conciencia de estar frente a un río que es inagotable. El
título original enumeraba mil noches. El supersticioso temor de
las cifras pares indujo a los compiladores a agregar una y esa
una basta para sugerir lo infinito.
El Indostán atribuye sus vastas epopeyas a un dios, a un
hombre legendario, a un personaje de la misma obra o al tiempo;
en la edificación de Las mil y una noches han colaborado
los siglos y los reinos. Se conjetura
que el núcleo primitivo de la serie proviene precisamente de Indostán,
que del Indostán paso a Persia, de Persia a Arabia y de Arabia
a Egipto, creciendo y multiplicándose. La redacción definitiva
correspondería al siglo XIV y a Egipto. Para justificar el título tenían que ser exactamente mil y
una; esta necesidad hizo que los copistas intercalaran en la obra
textos fortuitos. Así en una de sus noches; Shahrazad,
refiere la historia de Shahrazad, sin sospechar que se trata de
sí misma; si hubiera persistido en tal distracción habríamos alcanzado
el vértigo y la felicidad de un libro infinito.
A primera vista, Las mil y una noches sugieren un
ejercicio ilimitado de la fantasía; sin embnargo, a poco de explora
este laberinto descubrimos, como en el caso de otros, que no es
un mero caos irresponsable, una orgía e la imaginación. El sueño
tiene sus leyes. Abunda en ciertas simetrías: la repetición del
número tres, las mutilaciones, las metamorfosis de cuerpos humanos
en animales, la hermosura de las princesas, la pompa de los reyes,
los talismanes mágicos, los genios todopoderosos que son esclavos
del capricho de un hombre. Estos repetidos dibujos forman la trama y constituyen el estilo
personal de esta gran obra colectiva por excelencia.
Podemos afirmar sin hipérbole que hay dos tiempos. Uno es
el tiempo histórico, en el que se trama un destino; el otro, el
tiempo de las mil y una noches. Pese a los infortunios y a los
azares, a las metamorfosis y a los demonios, el caudaloso tiempo
de Shahrazad nos deja un sabor que no es menos raro en los libros
que en la vida. El sabor de la dicha. Abunda en fábulas y apólogos,
pero su moraleja no es lo que importa; abunda en crueldades y
en erotismos, pero en ellos hay la inocencia de formas inconclusas
en un espejo.
En este volumen se incluye una sola pieza famosa,
la historia de Aladino y la lámpara que De Quincey juzgaba la
mejor y que no figura en los textos originales. Se trata acaso
de una feliz invención de Galland; el orientalista francés que
reveló, a principios de siglo XVIII, Las mil y una noches
al Occidente.
Aceptada esta conjetura, Galland sería el último
eslabón de una larga dinastía de narradores.
Al compilar este volumen me ha acompañado la esperanza de
que no sacie la curiosidad del lector y lo invite al goce de perderse
en la querida y dilatada región de la obra original.
Las mil y una noches según Galland, Madrid, Ediciones
Siruela, Colección La Biblioteca de Babel, 1985
(1) Borges se refiere a Richard Francis Burton
quien en 1872 realiza una particular traducción del Quitab
alif laila ua laila. Según se cuenta, la finalidad secreta
de aquella traducción pareciera haber sido la de aniquilar
a Eduardo Lane, autor de una escrupulosa traducción de Las
mil y una noches que suplantó a la versión de Galland.
(Nota Vanesa Guerra.)
Selección,
destacados, enlaces: V.G.
Con-versiones, abril 2006