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CINCO PROPUESTAS SOBRE EL PSICOANALISIS*

Gilles Deleuze

 

El psicoanálisis es la práctica más rigurosa de la interrogación (dejamos otras por nombrar) que podamos llevar a cabo con nosotros mismos, y con los otros; de nosotros mismos y de los otros. Desde que el concepto de inconciente fue forjado por Sigmund Freud (como lo dice el mismo: el psicoanálisis surge con el siglo -aquí ya debemos agregar,  el siglo XX) nada queda en su lugar anterior. Hay un antes de Freud y hay un después de Freud. Por eso no podríamos poner en duda la eficacia de un procedimiento que es además, como lo propone Derrida, "sin coartadas"; lo que continúa es un trabajo que tampoco cuestiona esa eficacia. Por cierto que es una crítica y por cierto que debe ser atendida y respondida. Y también debe ser escuchada en lo que nos toca. El "sin coartadas" mencionado anteriormente refiere al hecho de un saber que no necesita desviarse en los itinerarios de una largo camino para quedarse en las interpretaciones y conocimientos vanos, o en la mera ejercitación de lugares de dominio, para situarse en los sitios de privilegio de cualquier sociedad humana. Todo esto es bien conocido, sucede con cualquier practicante de cualquier disciplina. En el psicoanálisis se nota más, por eso recordaba Freud que cuando sus planteos no encontraran oposición (resistencias) empezaría a preocuparse. Eso le hubiera mostrado que lo que estaba diciendo no tenía ese saber sin coartadas, ese estilo preciso y casi despiadado (cruel, al decir de Derrida) que caracteriza lo certero de una afirmación conceptual.
Deleuze escribe en una época precisa (década del setenta) y desde un lugar preciso, Francia, y -creemos nosotros- que describe una situación, que es la de las instituciones, y de las personas 'afectadas' por esas instituciones y lo instituído (construido, practicado) con el poder (el ejercicio de poder) desde allí. Es una advertencia para que recordemos el lugar desde donde nuestra acción (dígase terapéutica o teórica o interpretativa o de enseñanza) tiene que efectuarse. Digámoslo de nuevo: desde un lugar y un proceder sin coartadas.

Sergio Rocchietti

 

Me gustaría presentar aquí cinco propuestas relativas al psicoanálisis. La primera es la siguiente: el psicoanálisis supone hoy cierto peligro político que le es propio, y que se distingue de los peligros del viejo hospital psiquiátrico; éste constituye un lugar de encierro localizado; el psicoanálisis, por el contrario, funciona al aire libre. El psicoanálisis ocupa, en cierto modo, la misma posición que el mercader en la sociedad feudal según Marx: funciona en los márgenes que le deja libre la sociedad, no solamente en el terreno del consultorio privado sino en el de los colegios, las instituciones, la psiquiatría sectorial, etcétera. Este funcionamiento nos coloca en una situación singular con respecto a la propuesta del psicoanálisis. De hecho, el psicoanálisis nos habla mucho del inconsciente pero, en cierto modo, siempre para reducirlo, para destruirlo, para conjurarlo, para concebirlo como una especie de parásito de la conciencia. Se podría decir que, para el psicoanálisis, siempre hay demasiados deseos. La concepción freudiana del niño como perverso polimorfo es prueba de ello, siempre hay demasiados deseos. Para nosotros, al contrario, nunca hay suficientes. No se trata de reducir el inconsciente, sea por el método que sea, se trata de producir el inconsciente: no hay un inconsciente ya disponible, sino que el inconsciente hay que producirlo, y hay que producirlo social, política, históricamente. La cuestión es: ¿en qué lugar, en qué circunstancias, a favor de qué acontecimientos puede haber una producción del inconsciente? Por «producción del inconsciente» entendemos exactamente lo mismo que por producción de deseo en un campo social histórico o aparición de enunciados y enunciaciones de nuevo tipo.

Mi segunda propuesta es que el psicoanálisis es una máquina completamente montada, constituida para impedir que la gente hable, que produzca los enunciados que le corresponden y que corresponden a los grupos con los que mantiene afinidades. Cuando alguien se psicoanaliza, tiene la impresión de estar hablando. Pero, por mucho que se hable, la máquina analítica en su totalidad está hecha para suprimir las condiciones de una verdadera enunciación. Se diga lo que se diga, se esta atrapado en una especie de torniquete, de máquina interpretativa, en la cual el paciente jamás podrá acceder a aquello que realmente tiene que decir. El deseo o el delirio (que en profundidad son lo mismo), el deseo-delirio es, por su propia naturaleza, carga libidinal de todo un campo histórico. Se deliran las clases, los pueblos, las razas, las masas, las muchedumbres. Pero, merced al psicoanálisis, que dispone de un código previo, se produce una suerte de supresión. Este código lo constituyen el Edipo, la castración y la novela familiar; el contenido más secreto del delirio, es decir, esta deriva del campo histórico y social, se suprime de tal forma que ningún enunciado delirante correspondiente a esa población del inconsciente puede atravesar la máquina analítica. Decimos que la esquizofrenia no tiene que ver con la familia, ni con los padres, sino con los pueblos, las poblaciones y las tribus. Decimos que el inconsciente no es asunto de generación o de genealogía familiar, sino de población mundial, y que todo eso es lo que la máquina analítica anula. No citaré más que dos ejemplos: el célebre caso del presidente Schreber, cuyo delirio trata enteramente de las razas, la historia y las guerras. Freud no tiene en cuenta nada de eso, y reduce su delirio exclusivamente a sus relaciones con su padre. Otro ejemplo, el de el hombre de los lobos: mientras el hombre sueña con seis o siete lobos, lo que constituye por definición una jauría, es decir, cierto tipo de grupo, Freud sólo piensa en simplificar esta multiplicidad y reducirlo todo a un solo lobo que, por fuerza, será el padre. Toda la enunciación colectiva libidinal subyacente al delirio del hombre de los lobos queda suprimida: este hombre ya no podrá sostener ni formular ninguno de los enunciados que, para él, son más profundos.

Mi tercera propuesta es que el psicoanálisis procede de esta manera porque dispone de una máquina automática de interpretación. La máquina interpretativa puede resumirse del modo siguiente: se diga lo que se diga, lo dicho quiere decir otra cosa. Nunca se denunciarán suficientemente los daños ocasionados por esta máquina. Cuando me explican que lo que digo quiere decir otra cosa que lo que digo, se produce por ello mismo una división del yo como sujeto. Esta incisión es muy conocida: lo que digo remite a mí mismo en cuanto sujeto del enunciado, mientras que lo que quie­ro decir remite a mí mismo (según mis relaciones con el analista) en cuanto sujeto de la enunciación. Esta división se conoce en psicoanálisis como la base de la castración, e impide toda producción de enunciados. Por ejemplo, en ciertas escuelas para niños con problemas de carácter o psicopáticos, el niño, en sus actividades de trabajo o de juego, se sitúa en relación con su educador como sujeto del enunciado; en su psicoterapia, se sitúa en relación con el analista o el terapeuta en cuanto sujeto de la enunciación.  Haga lo que haga en el grupo de trabajo o de juego, ello será remitido a una instancia superior, la del psicoterapeuta, único encargado de interpretarlo, de manera que el niño mismo queda dividido, no puede transmitir ningún enunciado acerca de lo que le concierne realmente en sus relaciones ni en su grupo. Tendrá la sensación de estar hablando, pero no podrá decir una sola palabra de aquello que esencialmente le afecta. De hecho, lo que produce enunciados en cada uno de nosotros no es nuestro yo en cuanto sujeto sino algo distinto, las multiplicidades, las masas y las manadas, los pueblos y las tribus, los dispositivos colectivos que nos atraviesan, que están dentro de nosotros y que no conocemos porque forman parte de nuestro propio inconsciente. La tarea de un verdadero análisis, de un análisis anti-psicoanalítico, consistiría en descubrir estos dispositivos colectivos de enunciación, estos encadenamientos colectivos, estos pueblos que están en nosotros y nos hacen hablar, y a partir de los cuales producimos enunciados. En este sentido, contraponemos a las actividades de interpretación psicoanalítica todo un campo de experimentación personal o grupal.

Mi cuarta propuesta, para abreviar, es que el psicoanálisis implica una relación de fuerzas muy peculiar. El reciente libro de Castel. El psicoanalisismo (1), lo ha mostrado a la perfección. Esta relación de fuerzas pasa por el contrato, forma burguesa liberal particularmente abominable. Conduce a la «transferencia» y culmina en el silencio del analista, pues el silencio del analista es la mayor y la peor de las interpretaciones. El psicoanálisis recurre a un pequeño número de enunciados colectivos, los del propio capitalismo, relativos a la castración, la carencia y la familia, y estos pocos enunciados colectivos, característicos del capitalismo, intenta insertarlos en los enunciados individuales de los pacientes. Decimos que es preciso hacer exactamente lo contrario, es decir, partir de los verdaderos enunciados individuales y ofrecer a las personas las condiciones, incluidas las materiales para que puedan producir sus enunciados individuales, para que puedan descubrir los auténticos dispositivos colectivos que los producen.

Mi última propuesta es que, por lo que nos concierne, no deseamos participar en ninguna tentativa que se inscriba en una perspectiva freudo-marxista. Y ello por dos razones. La primera es que, en definitiva, las tentativas freudo-marxistas conducen en general a un retorno a los orígenes, es decir, a los textos sagrados, a los textos sagrados de Freud o a los textos sagrados de Marx. Nuestro punto de partida ha de ser distinto: no ir a buscar unos textos sagrados que habría que interpretar en mayor o menor medida, sino atenernos a la situación tal y como es, la situación del aparato burocrático del marxismo y del psicoanálisis, como una tentativa de subversión de estos aparatos. El marxismo y el psicoanálisis, de dos formas diferentes, hablan en nombre de una especie de memoria, y hablan también de dos maneras distintas en nombre de unas exigencias de desarrollo. Creemos que hace falta hablar, al contrario, en nombre de una potencia positiva del olvido, en nombre de lo que es, para cada cual, su propio subdesarrollo, lo que David Cooper llama tan acertadamente el tercer mundo íntimo (2). La segunda razón que nos distingue de las tentativas freudo-marxistas es que éstas se proponen ante todo reconciliar dos economías: la economía política y la economía libidinal o deseante. Incluso en Reich se mantiene esta dualidad y este intento de conciliación.

Nuestro punto de vista, por el contrario, es que no hay más que una economía y que el problema de un verdadero análisis antipsicoanalítico es mostrar cómo el deseo inconsciente carga las formas de esa economía. Es la propia economía la que es a la vez economía política y economía deseante.


Debate

Un participante plantea una pregunta sobre la memoria en el freudo-marxismo y la potencia positiva del olvido.

A pesar de mi invocación de no acudir a los textos, pienso en textos muy hermosos de Nietzsche, en los que se distingue entre el olvido como fuerza de inercia y el olvido como fuerza activa (3). El olvido como fuerza activa es la potencia para romper con algo por cuenta propia. En este caso, se contrapone a la rumia del pasado al que estamos ligados, de lo que nos vincula al pasado, aunque sea para desarrollarlo o para llevarlo más lejos.
Si se distinguen estas dos formas de olvido, una de las cuales es una especie de inercia reactiva, y la otra una potencia positiva de olvido, es evidente que el olvido revolucionario, el olvido del que hablaba hace un momento, es este segundo: es él quien constituye una fuerza activa real o el que puede formar parte de actividades políticas reales. El revolucionario puede romper con algo gracias al olvido y, de la misma forma, rechazar la objeción que se le hace constantemente: «Esto siempre ha existido y siempre existirá».
El olvido revolucionario puede relacionarse con otro tema frecuente, el de una fuga activa que se opone en cuanto tal a las evasiones pasivas de tipo completamente diferente. Por ejemplo, cuando Jackson, desde la cárcel, dice: «Sí, puede que me esté evadiendo, pero en mi fuga busco un arma» (4), se trata de la fuga activa, revolucionaria, que se opone a otras evasiones capitalistas o a las evasiones personales, etcétera.

Un participante pide una aclaración sobre la noción de olvido a propósito de las relaciones entre marxismo y freudismo.

El marxismo llevaba aparejada desde el principio cierta cultura de la memoria: incluso la actividad revolucionaria debía proceder a la capitalización de esta memoria de las formaciones sociales. Es, por así decirlo, el aspecto hegeliano que queda en Marx, incluido El capital. En el psicoanálisis la cultura de la memoria es aún más evidente. Por otra parte, tanto el marxismo como el psicoanálisis están penetrados de una cierta ideología del desarrollismo: desarrollo psíquico en el caso del psicoanálisis, desarrollo social o incluso de la producción en el caso del marxismo. Anteriormente, por ejemplo en ciertas luchas obreras que fueron arrasadas por el marxismo en sus comienzos (y no estoy pensando únicamente en los utopistas), la llamada a la lucha se hacía, al revés, a partir de la necesidad de olvidar, a partir de una potencia positiva del olvido: nada de cultura de la rememoración o del pasado, sino la apelación al olvido como condición experimental. Ciertos grupos norteamericanos de nuestros días se ocupan, no de un retorno a Freud o a Marx, sino de una especie de cultura del olvido como condición de toda nueva experimentación. La utilización del olvido como fuerza activa, para volver a empezar desde cero, para salir de la gravedad universitaria que ha marcado tan profundamente al freudo-marxismo, es algo de extrema importancia en la práctica. Mientras que la cultura burguesa siempre ha hablado desde su desarrollo y en nombre de él, invitándonos a continuarlo y a prolongarlo, la contra-cultura recupera hoy la idea de que, si tenernos algo que decir, ello no ocurre en función de nuestro desarrollo, sea el que sea, sino en función y a partir de nuestro sub-desarrollo. La revolución no consiste en absoluto en inscribirse en el movimiento del desarrollo y en capitalizar la memoria, sino en la potencia del olvido y en la fuerza del sub-desarrollo como fuerzas propiamente revolucionarias.

Un participante (G. Jervis) observa una diferencia de contenido en relación con El Anti-Edipo, por ejemplo la desaparición de la noción de «esquizo-análisis» en beneficio de la de «análisis anti- psicoanalítico», y nota una sensible evolución: ya no se trata de criticar a Edipo, sino al psicoanálisis. ¿Cuál es la razón de esta evolución?

Respuesta.- Jervis tiene toda la razón. Ni Guattari ni yo estamos muy vinculados a la coherencia con lo que escribimos. Nos gustaría que fuera al revés, que la continuación de El Anti-Edipo fuera una ruptura con el tomo anterior, y si hay cosas que no concuerdan con las del primer tomo, qué más da. Quiero decir que no somos de esos autores que conciben lo que escriben con la coherencia de una obra: nos gusta cambiar, y no que nos hablen del pasado. Pero Jervis dice dos cosas importantes: en este momento, no nos ocupamos tanto del Edipo como de la institución, de la máquina psicoanalítica en su conjunto. Es obvio que la máquina psicoanalítica ¡ncluye dimensiones que van más allá del Edipo, y hay razones para que Edipo no sea ya, para nosotros, el problema esencial. Jervis añade que el sentido de nuestro trabajo actual es más político y también que esta mañana hemos renunciado a utilizar el término «esquizo-análisis». Me gustaría decir varias cosas a este respecto, con toda la modestia posible. Cuando aparece un término y tiene algo de éxito, como ha sucedido con «máquina deseante» o «esquizo - análisis», o bien se sigue utilizando, lo que resulta muy enojoso, porque es ya una especie de recuperación, o bien se renuncia a él, y es preciso encontrar otros para poder desplazar los problemas. Hay palabras que Félix y yo tenemos la urgencia de no volver a utilizar: esquizo-análisis, máquina deseante, es horrible; si las utilizamos, caemos en la trampa. No estamos muy seguros, no creemos en las palabras. Cuando utilizamos una palabra, nos apetecería decir: si esta palabra no os gusta, buscad otra, nos arreglaremos. Las palabras son infinitamente sustituibles. En cuanto al contenido de lo que hacemos, es cierto que el primer tomo de El Anti-Edipo se ha ocupado de establecer una especie de dualidades. Estaba, por ejemplo, la dualidad de la paranoia y la esquizofrenia, y creímos descubrir una dualidad de regímenes, un régimen paranoico y un régimen esquizofrénico. 0 la dualidad que intentamos establecer entre lo molar y lo molecular. Teníamos que pasar por eso. No digo que lo hayamos superado, sino que ya no nos interesa. En este momento, lo que querríamos intentar mostrar es el modo en que lo uno está ligado a lo otro, es decir, el modo en que, en definitiva, se organizan pequeñas fugas esquizofrénicas en los grandes conjuntos paranoicos. Hay a veces ejemplos sorprendentes en política. Tomo el ejemplo reciente de lo sucedido en los Estados Unidos: estaba la guerra de Vietnam; era algo gigantesco, la puesta en marcha de una gigantesca máquina paranoica, el famoso complejo militar - industrial, todo un régimen de signos políticos, económicos. Todo el mundo, salvo unos pocos, aplaude. Todos los países dan su aprobación, nadie se escandaliza. Nadie más que un pequeño número de individuos, denunciados como izquierdistas. Luego, ocurre un pequeño problema, nada importante en realidad, una historia de espionaje, de robos, de policías y psiquiatras, entre los dos grandes partidos estadounidenses. Hay fugas. Y todos los valientes que aceptaron sin rechistar la guerra de Vietnam, que no se opusieron a esa gran máquina paranoica, empiezan a decir: el presidente de EE UU no respeta las reglas del juego. Una pequeña fuga esquizofrénica se insinúa en el gran sistema paranoico, los periódicos ponen el grito en el cielo (o lo fingen). ¿Por qué no las acciones que cotizan en las bolsas? Lo que nos interesa actualmente son las líneas de fuga de los sistemas, las condiciones en las cuales estas líneas forman o suscitan fuerzas revolucionarias o, por el contrario, se quedan en lo anecdótico. Las probabilidades revolucionarias no dependen de las contradicciones del sistema capitalista, sino de los movimientos de fuga que lo socavan, siempre inesperados, siempre nuevos. En la medida en que utilizábamos el término «esquizo-análisis», se nos reprochó confundir al revolucionario con el esquizofrénico, a pesar de que tomamos muchísimas precauciones para distinguirlos.

Un sistema como el capitalismo tiene fugas por todas partes, se fuga él mismo, y después el propio capitalismo tapona las fugas, hace nudos, ataduras para impedir que las fugas sean demasiado numerosas. Un escándalo por aquí, una fuga de capital por allá, etcétera Y también hay fugas de otro tipo: las comunidades, los marginales, los delincuentes, los drogadictos, las fugas de los drogadictos... hay fugas de todas clases, hay fugas esquizofrénicas, la gente se fuga de formas muy distintas. Nuestro problema (no somos del todo idiotas, no decimos que eso baste para hacer la revolución) es: dado un sistema que verdaderamente se fuga por todas partes y que, al mismo tiempo, no para de impedir, de reprimir o de taponar las fugas por todos los medios, ¿cómo hacer para que estas fugas no sean únicamente intentonas individuales o de pequeñas comunidades, sino que formen verdaderamente una máquina revolucionaria? ¿Por qué razón, hasta ahora, las revoluciones han acabado tan mal? No hay revolución sin una máquina de guerra central, centralizadora. No se trata de armar camorra o de batirse a puñetazos, hace falta una máquina de guerra que organice y unifique. Pero, hasta ahora, no ha existido, en el terreno revolucionario, una máquina que no reprodujese a su manera algo muy diferente, a saber, un aparato de Estado, el organismo de la opresión por excelencia. Éste es el problema de la revolución: ¿cómo podría una máquina de guerra tomar en consideración todas las fugas que tienen lugar en el sistema actual sin aplastarlas, sin liquidarlas, y sin reproducir un aparato de Estado? Así, cuando Jervis dice que nuestro discurso cada vez es más político, creo que tiene razón porque, mientras en la primera parte de nuestro trabajo insistíamos en las grandes dualidades, ahora buscamos un nuevo modo de unificación en el cual, por ejemplo, el discurso esquizofrénico, el discurso de la drogadicción, el discurso perverso, el discurso homosexual y todos los discursos marginales puedan subsistir, en el cual todas estas fugas y discursos se inyecten en una máquina de guerra que no reproduzca un aparato de Estado ni de Partido. Y éste es el motivo de que ya no tengamos ganas de hablar de esquizo-análisis, porque esto implicaría privilegiar un tipo particular de fuga, la fuga esquizofrénica. Lo que nos interesa es una especie de eslabón que nos conduce al problema político directo, y el problema político directo, para nosotros, es más o menos éste: hasta ahora, los partidos revolucionarios se han construido como síntesis de intereses en lugar de funcionar como analizadores del deseo de las masas y los individuos. 0, lo que viene a ser lo mismo: los partidos revolucionarios se han construido como embriones de aparatos de Estado, en lugar de formar máquinas de guerra irreductibles a tales aparatos.

 


NOTAS:

(*) Publicado en italiano como «Relazione di Gilles Deleuze» (y debate) en Armando Verdiglione ed., Psicoanalisi e Politica: Atti del Convegno di studi tenuto a Milano l’8-9 maggio 1973. Feltrinelli, Milán, 1973, pp. 7-11, 17-21, 37-40, 44-45, 169-172. En aras de la claridad, hemos reformulado y resumido las preguntas planteadas en el debate. El texto de esta conferencia fue reelaborado, de forma bastante diferente, en Deleuze y Guattari, Politique et psychanalyse, Des mots perdus. Alençon, 1977. Compárese con «Cuatro proposiciones sobre el psicoanálisis» en DRL.
(1) R. Castel, Le psychanalysme, F. Maspero, París, 1973 (trad. cast. El psicoanalismo.  El orden psicoanalítico y el poder, siglo XXI, México. 1980, [N. del T.])­
(2) D. Cooper, Mort de la Famille, Seuil, col. Combats, París, 1972, p. 25 (trad. cast. La muerte de la familia. Ariel, Barcelona, 1985, [N. del T.]).
(3) La genealogía de la moral, II, 1; Consideraciones inactuales, II, 1.
(4) Sobre G. Jackson, ver la nota b del texto nº 32.

Texto extraído de "La isla desierta y otros textos", G. Deleuze, págs. 347/354, editorial Pre-Textos, Valencia, España, 2005.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones, abril 2006

 

        

 

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