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EL GRAN DISPARATE
Raúl Santana
No es casual que Marcelo Bordese y Miguel Ronsino aparezcan -como en
otras ocasiones- exponiendo juntos. No obstante las elocuentes diferencias
imaginarias y formales se desprende, más allá de una primera impresión
que en ambas propuestas circulan profundos vasos comunicantes. En
esta muestra que denominan “El gran disparate”, además de un tributo
a Goya, hay un impulso creador que a ambos los sitúa del lado del
barroco, si nos atenemos a aquella brillante frase de Eugenio D’Ors:
“El caos está siempre centinela alerta en las bodegas de la mansión
del Cosmos”.
En esta afirmación el caos sería lo opuesto a aquella razón que intenta
regular la vida, esa multifacética dimensión irreductible, cara
al pensamiento de Nietzsche. El caos sería la irrupción en el orden
de una selvática naturaleza que a todo lo invade con su inquietante
vegetación.
Para los que venimos siguiendo desde
hace tiempo la obra de estos dos artistas, sabemos que la producción
de ambos se recorta con gran nitidez entre las de sus contemporáneos.
La sobreabundancia imaginativa y formal con que conciben sus obras,
los sitúa en el lado opuesto de la tan mentada “crisis” de la representación
que hoy ocupa parte de la escena con su tierra deliberadamente plana.
Bordese y Ronsino no sólo no abjuran
de la materia pictórica sino que se dedican a todo lo imaginario
que es posible establecer con ella. Diferenciar la unidad del imaginario
de cada uno sería difícil pero podemos aventurar que sincretismos,
zoomorfismos, hibridaciones, transfiguraciones y metamorfosis puestas
en obra con los más variados recursos conforman nupcias y fusiones
del mundo expresado por ellos.
Bordese dibuja lo entrevisto en un espacio
donde la realidad del mundo se desvanece para componer lo sobrenatural.
Sus imágenes se comportan como ilustraciones de los cuentos, fábulas
y leyendas a los que nos acostumbró la infancia: como en aquellos
textos, aunque más explícitamente, lo siniestro es la antepuerta
de la crueldad y el horror. Sus iconografías en las que prevalecen
las licantropías pampeanas, mezclan deliberadamente ositos de
peluche, muñecas y otros motivos de la infancia donde la inocencia
no tiene cabida. Y es obvio que todas estas imágenes son efectos
de su particular abordaje al mundo de la cultura. Estamos ante la
obra de un niño que sueña o imagina como un viejo sabio. De ahí
el sobresalto que nos provocan estas imágenes a los que nos acercamos
como a un cuento de hadas que más allá de la gracia nos sorprenden
con el peso y la consecuencia de un mundo atroz.
Bordese sigue su camino de
sobreabundancias con una carcajada libre pero amarga, indagando
en las determinaciones antropológicas que, aún ausentes, maniobran
el corazón de los hombres. Con gran intuición, el artista ha llegado
a comprender que la libertad sólo será posible una vez superadas
las sobredeterminaciones, aquellas que le hicieron poner a Goya
en uno de sus grabados “El sueño de la razón engendra monstruos”.
Estos monstruos que la razón se resiste a ver son el constante testimonio
de Bordese: sus imágenes que atraen o rechazan, en las que gravita
acaso inconcientemente lo pecaminoso y el pudor.
Contrastando
abiertamente con la sutil delicadeza de los dibujos de Bordese,
la obra de Ronsino, -se instala con la potencia de sus abigarrados
planteos en papeles que recuerdan enormes kakemonos japoneses con
otras partes independientes que en su discontinuidad integran un
mismo argumento visual. De inmediato percibimos que el artista no
quiere o no puede regular sus impulsos una vez que se ha entregado
a ellos. Un mundo complejo, enigmático y seductor fluye en estas
imágenes. Y aunque reconozcamos algunas cosas del mundo estas superficies
se yerguen como un vertiginoso itinerario que nos hace pensar que
desde las “bodegas” de las que hablaba D´Ors otra vez retorna el
caos con una salvaje puesta en obra de vegetaciones y laberínticos
empastes. Hay temas que se repiten obsesivamente: un fragmento de
perfil emerge como un semblante puro, invadido por una materia que
lo interrumpe como si un mundo ajeno irrumpiera en su pureza ¿será
el comienzo de una sombra que obtura la luz?. En cualquiera de los
casos estas figuras reiteradas se vuelven legendarias como un ideal
entre visto en algún sueño. Por otra parte, formas orgánicas y sutiles
geometrías sensibles, conviven en perpetua lucha como secretos episodios
de un territorio que con sorprendentes recursos afirman la inexistencia
de un centro. A sabiendas o no el artista manifiesta esa afección
contemporánea que conocemos como “pérdida del centro”. Es decir
que sus obras situadas en el polo opuesto de cualquier realismo
afirman no obstante, los efectos conmovedores de una experiencia
viva y cotidiana donde cada fragmento lucha por significar en ese
espacio que se ha hecho sustancia como si un horror al vacío se
hubiera apoderado de la superficie del cuadro. Y es obvio que este
imaginario caótico y sobreabundante también incluye ese mundo onírico
en que retornan los fetiches de la infancia. No es casual por esto
que el collage sea uno de los recursos empleados asiduamente: permite
una articulación que hace simultáneos los mas extraños datos y objetos
de la experiencia.
Ningún artista tiene la obligación de entenderse, sobre todo como cuando
en Ronsino y Bordese sus obras son como icebergs que viajan por
el mar de nuestros días como anuncios de la densidad invisible que
los artistas con su arte logran hacer visible. Estas obras que nos
deslumbran por su fuerza irreductible y por sus alegres y dolorosas
máscaras cambiantes, nos remiten constantemente a esta actualidad
que sigue siendo una aventura sobre la tierra.

Angel Abatido - Ronsino

Bzzz Bzzz - Bordese

La mal venida - Ronsino
Con-versiones,
marzo 2006 |