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Sara
Gallardo en el país del humo
Leopoldo
Brizuela
La rosa en el viento (Emecé) reúne la mayor parte de la narrativa
de ficción de Sara Gallardo, una de las escritoras argentinas más
importantes de la segunda mitad del siglo XX. Publicamos a continuación
un fragmento del prólogo en que se evocan su vida y su obra.
Con la excepción de dos novelas extensas [Los galgos, los galgos
y Eisejuaz], este libro reúne la totalidad de la narrativa de ficción
de Sara Gallardo: una de las obras más reconocidas -y peor apreciadas-
de su tiempo, más olvidadas durante décadas y más revalorizadas
en estos últimos años. Leídos en sucesión cronológica, novelas breves
y cuentos permiten advertir una ética tan ajena a las modas literarias
como reacia a repetirse, incluso en aquello que la crítica o el
mercado señalaban como sus mayores aciertos; una personalidad tan
disconforme con lo que era y escribía, como incapaz de cualquier
tipo de impostación, de traición a sí misma.[...]
Nacida en Buenos Aires en diciembre de 1931, Sara Gallardo Drago
Mitre estaba vinculada por "alianzas familiares" -como
señala su hermano Jorge Emilio- con todos los niveles de la clase
que había planeado y dirigido LA NACIÓN desde 1880, integrándola
al concierto económico internacional como país exclusivamente agroexportador.
Esta referencia a la oligarquía, que en el caso de otros autores
es insustancial o malintencionada, en el caso Gallardo resulta básica:
la experiencia de la generación de los abuelos y los padres de la
escritora, los libros que éstos leían y escribían para legitimarse
-con su ardua tensión entre positivismo obligatorio y catolicismo
raigal- constituyeron no sólo la materia misma, política, de su
escritura, sino, mucho antes, el marco en que Sara Gallardo se concibió
a sí misma y a su futuro, de una manera doblemente anacrónica. Con
su humor típicamente corrosivo y pudoroso, Gallardo se recordaría
pasando largas noches de infancia en vela, luchando contra el asma,
imaginándose heroína de un relato épico, de una vida de santo o
una novela romántica, durmiéndose sólo cuando el resto de sus hermanos
y primos despertaba preparándose para los destinos rutinarios de
una patria ya aparentemente pacificada, organizada para siempre,
y en la que el mandato social no parecía ser luchar, sino disfrutar
y multiplicar lo conquistado. Una anécdota que significativamente
cuenta al comienzo de una "Autobiografía para niños" de
1982, sugiere un principio de ruptura: a mediados de los años cuarenta
su padre, el historiador Guillermo Gallardo, emplea el monto de
una cuantiosa herencia en comprar un campo absolutamente improductivo
pero "único por la belleza de sus bañados", un gesto que
sugiere tanto un indudable amor por la naturaleza como la afirmación
de una identidad de clase que es en sí misma negación al cambio
de los tiempos, "una alienación tan generalizada -como precisa
Marcela Solá, amiga de Sara Gallardo y también escritora- que la
realidad sólo podía transgredir los límites de clase en forma de
enfermedad o de muerte, es decir, por los reclamos del cuerpo".
Esos tiempos del surgimiento del peronismo son también aquellos
en que Sara Gallardo escribe sus primeras ficciones; y aunque también
se enamora con pasión de ese paisaje de confín y desde el principio
lo incorporará a su escritura, lo hará reflejando precisamente aquello
que, por permanecer aún salvaje, libre o inapresable, logra cifrar
lo que todavía, en ella misma y en el resto del país, se rebela
contra los nombres y destinos impuestos, y busca decirse de otra
manera, recrearse en poesía.
Como siempre se ha señalado, Enero, su primera novela -escrita en
1955, año del casamiento con Luis Pico Estrada, y publicada tres
años después-, aun cuando careciera de valores literarios, merecería
quedar en la historia por la ruptura con el modo de representación
del medio rural y su unidad estructural básica: la estancia. La
novela no hace mención de fechas precisas, pero describe inconfundiblemente
un momento histórico en que ya las conciencias no distinguen los
ritmos naturales de los tiempos de la producción. Lo que marca el
comienzo del día no es la luz del amanecer sino la luz de un tambo,
el tiempo vital se mide por siembras y cosechas y por el gran acontecimiento
del libro, la Misión: ese día en que, traído por la dueña de la
estancia, un cura católico llega a bautizar, casar, confesar, en
fin, a poner en orden, al personal del establecimiento. En este
marco, Nefer, hija adolescente de un puestero, queda embarazada
contra su voluntad. La novela nos la muestra concibiendo primero
todo lo que no quiere hacer, luego tratando de animarse a abortar
y a ponerse del lado de los réprobos -una familia de indios locos
y brujos que curiosamente se llaman "los Borges"-, y finalmente
aceptando el designio de la patrona de casarse con el violador y
reintegrarse a las leyes de la estancia, pero sólo porque el poder
de "patrones y policías" es infinitamente mayor que el
de su conciencia recién nacida. La crítica contemporánea, aunque
escasa, fue unánimemente laudatoria. Victoria Ocampo la señaló como
"la autora que mejor describe los animales y las plantas",
lo que es notoriamente cierto, salvo porque Gallardo casi no hace
descripciones: el campo está evocado, aun en lo mínimo y lo feo,
con precisión y amor de naturalista, pero siempre incorporado a
la acción, y con una capacidad de sugerir el silencio y el vacío
más próxima al lirismo de un Juan L. Ortiz que a cualquier narrador
contemporáneo.[...]
Aunque aparentemente opuesta por su temática y punto de vista, Pantalones
azules (1963), su siguiente novela, encara una exploración en el
mismo sentido, sobre todo, en el papel de cierto catolicismo que
funciona menos como una religión que como elemento de fusión ideológica
de un grupo social amenazado. Alejandro Hernández, el protagonista,
también hijo de estanciero, es un estudiante desganado pero fervoroso
militante de una "elite masculina" liderada por un sacerdote,
que se cree llamada a "salvar a la patria" y cuyo violento
antisemitismo es apenas una forma del odio visceral por todo inmigrante.
En una especie de obra benéfica organizada por una tía, Alejandro
se liga superficialmente con Irma, una empleada de farmacia ("nadie",
según la define ante su amigo Carlitos). Demasiado tarde se enterará
de que es judía, hija de dos víctimas del Holocausto. Así como la
gran María Rosa Oliver había considerado erradamente Enero como
el relato de "la seducción [sic] de una muchachita de campo",
vale decir, según los parámetros de un género que Sara Gallardo
transgredía; la crítica no vio en Pantalones azules más que el fallido
intento de tramar una típica novela de amor imposible, una novela
rosa con Montescos y Capuletos que habría debido concluir con un
final feliz o trágico. Leída cuarenta años después, la novela se
revela como el recuento de un proceso infinitamente más sutil: el
desbaratamiento de una mentalidad, para el que Sara Gallardo no
se vale de ideas -contra las que Alejandro y el sacerdote Behety
están sobradamente pertrechados- sino de sutiles datos de los sentidos,
impuestos al protagonista durante su breve excursión a la clase
media [...]
En términos estéticos, y precisamente porque Alejandro también es
poeta, Pantalones azules tiene el atractivo de develar que la "naturalidad"
del estilo de Sara Gallardo es una opción consciente ante los dos
grandes modos de representación del campo: la gauchesca, con sus
derivaciones populares en el folletín, la radio y el cine, y el
criollismo, dos lenguajes que los propios patrones suelen actuar
patéticamente "para hablar con la peonada" y como quien
viste un uniforme.
Durante la eclosión cultural de los años sesenta, Sara Gallardo
se divorcia y para mantener a sus dos hijos, Paula y Agustín, comienza
a trabajar en el mítico "Nuevo Periodismo", entre cuyas
figuras más notorias -Tomás Eloy Martínez, Enrique Raab, Osvaldo
Soriano- descuella por su estilo único, que traslada provocativamente
a la escritura los caracteres que cierto prejuicio esperaba de una
chica bien: desdeño de los "grandes temas" para abocarse
a lo mínimo y -como ella dice- lo "desactual"; una nonchalance
de lenguaje que es en sí mismo un gesto de elegancia y que redobla,
por frescura, los momentos de intensa belleza; y sobre todo, en
oposición a la rígida estructura del artículo periodístico, una
organización arbitraria, casi caprichosa del texto, que parece derivar
de sorpresa en sorpresa. En este sentido, la voz de Julián, el narrador
de Los galgos, los galgos (1968), novela que le vale un gran reconocimiento
de público (y cuya versión abreviada y ocasionalmente reescrita,
Historia de los galgos, de 1975, figura en este volumen), no es
más que la traslación de esta libertad literaria al ámbito de la
ficción y un importante paso más allá en el reflejo, análisis y
desarticulación de la mentalidad de un medio. La novela se inicia
cuando Julián, también hijo de estancieros, demorado a sus treinta
años en una especie de adolescencia vegetativa, hereda de pronto
un campo como quien recibe un regalo inmerecido ("la idea de
ser patrón me causó horror" y "hasta la sangre de indios
y cristianos me parecía un regalo"). Julián toma posesión de
él apenas como refugio para un amor atípico, para la contemplación
arrobada de unos perros y para la comprobación de que esa austeridad,
ese "no querer más", puede ser también la mejor de las
vidas. Todo empieza a terminar cuando el medio rural -el arrendatario,
los dueños de la estancia vecina- le actualizan el mandato atávico
de hacer de su campo un establecimiento productivo, "dejar
de ser un heredero" para "valerse por sus fuerzas",
y gobernado por un terror a la vida tan fuerte e inexplicable como
sus verdaderas pasiones, abandona a su amante, su casa y su tierra,
parte a París con el secreto propósito de que la distancia y el
tiempo consoliden la ruptura y vuelve, al fin, a ser el que esperaban
de él, a aceptar, en uno de los textos más desoladoramente líricos
de la literatura argentina, los límites internos que apenas si puede
comprender, apenas definir. "Nací para quererla, para huirle
y para llorarla. Sólo para eso", piensa, e intuimos que se
refiere no sólo a Lisa sino a la vida misma. [...]
Seguramente, la relación de Sara Gallardo con el gran escritor,
poeta y filósofo Héctor A. Murena -con quien se casa en 1970 y de
quien tiene un tercer hijo, Sebastián-; la fecundidad de un diálogo
intelectual muy perceptible en la obra de ambos autores, pero también
una conciencia de la pasión como un deseo imposible, no ya de fundirse
con el otro, sino de verlo y ser visto, de salvarlo y salvarse de
la autodestrucción, tiñen ese desgarrado final de Los galgos...,
así como el proceso de redacción de Eisejuaz (1971) y de los cuentos
El país del humo, escritos casi inmediatamente pero publicados algunos
años después. Más allá de la jocosa brillantez de los artículos
periodísticos de la época, el lector entrevé el trabajo desesperado
de una subjetividad amenazada de muerte [...].
Sara Gallardo encara Eisejuaz como una toma de distancia en el espacio:
la acción transcurre en el Chaco salteño, donde el protagonista,
un mataco alucinado, "busca la santidad". Pero sobre todo,
Eisejuaz implica un distanciamiento por el lenguaje, que no es un
"habla copiada" al modo de los indigenistas sino una fulgurante
"habla inventada", inspirada en el castellano austero,
violentado y poético de los indios, a la manera y al nivel de un
Juan Rulfo o un Mario de Andrade -esto es: combinando un idioma
de palabras sencillas con osadías de la vanguardia poética y un
manejo brutal de los silencios, que sugieren todo lo que aún no
puede traducirse de una a otra cultura, de la herida a la palabra.
En la mayoría de los cuentos de El país del humo, Sara Gallardo
redobla su apuesta y se distancia también en el tiempo: casi todos
transcurren en la época de "la fundación de la Nación",
en cuya violencia la autora se hunde buscando siempre la raíz de
uno u otro silencio actual, de uno u otro dolor que parece inextirpable
bajo una capa de falsedad o de mutilación, de olvido. Con la felicidad
de volver a la infancia, Sara Gallardo reescribe y reforma aquellas
historias contadas por sus abuelos y las anécdotas que las mujeres
de su casa confundían con la Historia simplemente, porque los personajes
eran los mismos; y lo hace usando no aquellas voces familiares,
sino otra voz aprendida de Nefer y los otros "Borges"
y Eisejuaz, es decir, de los sirvientes y los indios y los réprobos,
usando para ello el punto de vista de todo lo secreto -la amante
clandestina de un general, las treinta y tres mujeres de Calfucurá,
etcétera [...]. ¿Qué motivó el casi absoluto silencio literario
de Sara Gallardo, después de la trágica muerte de Murena, a principios
de 1975? Por supuesto, la frustración inevitable de comprobar que
la literatura no puede hacer otra cosa con la muerte que intentar,
eternamente, significarla. Después, quizás, el inicio de una vida
errante que la lleva primero a Córdoba, luego a Barcelona, Suiza
y por fin a Roma, guiada por dos deseos: escapar de Buenos Aires,
donde todo recuerda insoportablemente la tragedia y sus enigmas,
y al mismo tiempo inventarse una vida completamente distinta, en
el anonimato de otras culturas que no esperan de ella nada en particular.
Una vida en que el acoso de la extrema necesidad parece compensado
por la felicidad de encarar aventuras impensadas, lo que incluye
-según un entrañable recuerdo de Griselda Gambaro- miles de empresas
disparatadas, una corresponsalía insólitamente variada para LA NACION
y una última novela, La rosa en el viento (1978), que sugiere el
primer vislumbre, por fin, de una comprensión nueva.
Situada en el ámbito mítico de la Patagonia de principios del siglo
XX, La rosa en el viento enfoca una vez más la lucha por la creación
de las estancias, incluyendo esta vez proyectos alternativos como
el Reino de la Araucanía de Orellie Antoine I, y el genocidio de
los pueblos indígenas, cifrado en la imagen de un esqueleto baleado
de mujer que alberga en su vientre un collar de vértebras diminutas,
y en los nombres de un mercenario y un patrón. Como tema secundario,
subyace una imagen del amor que recuerda a la Safo de la Oda a Afrodita:
Lina ama a Nicolai que ama a la misteriosa dama italiana, y así,
el amor sólo puede ser felicidad si se limita a contemplar, dar,
dejar partir, y hallar consuelo en esa otra oración que es la poesía.
Sin embargo, el gran legado de la novela es su estructura, ya absolutamente
opuesta a la de Enero y Pantalones azules, e imagen de una Sara
Gallardo que al fin ha logrado reunir las astillas del "esquema
que hasta entonces había tomado como su propio ser". [...]
El último proyecto literario de Sara Gallardo fue una biografía
de Edith Stein, la intelectual judía que ingresó en el Carmelo y
murió en Auschwitz, y de quien -según le confesó a Marcela Solá-
se sentía muy próxima, por la sensación de ser extranjera en todos
lados y por el progresivo despojamiento; pero sólo quedan unos apuntes
escasos, detenidos en la fascinación por aquella mujer "que
había ido más lejos" porque era, en fin, una santa. Rodeada
de su familia, en medio de la noche y de un ataque de asma, Sara
Gallardo murió en Buenos Aires, en 1988.
* Recogido de las páginas culturales del Diario La Nación, de Buenos
Aires
Enlaces:
Sara
Gallardo regresa del olvido>>> Agustín Pico Estrada
Cuatro de las 33 mujeres
de Callvucura, El jefe de la piedra azul >>>Sara Gallardo
Selección :V.G.
Con-versiones-marzo
2006 |
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