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VIOLENCIA PSICODÉLICA: LA DROGA

Jean Baudrillard

Las drogas en general ya no forman parte de los rituales simbólicos de las sociedades industrializadas. Éstas se hallan abocadas a fines ulteriores, que suponen un sacrificio calculado de tiempo y de energia, mientras que el uso de drogas supone siempre la inmediatez de un proceso mental y una especie de utopía realizada. Todas las corrientes que preconizaron la realización inmediata de la utopía fueron declaradas heréticas y condenadas como tales en el transcurso del tiempo.

En la visión que tenemos de las drogas modernas queda algo de esta condena ancestral y del poder oculto heredado de sus antiguas virtudes. Esto equivale a decir que fascinan en la misma medida en que provocan rechazo, y que su ambivalencia es definitiva desde la perspectiva de la razón occidental. Al mismo tiempo que afectan a los cuerpos y los cerebros, «producen estupefacción» en el juicio que pronunciamos sobre ellas.
En el análisis corriente se las consideró largo tiempo como «anómicas» en el sentido que Durkheim daba a este término. Anómicas como cierto tipo de suicidio que caracteriza justamente a los conjuntos sociales de los países industriaflzados. Formas residuales, marginales, transgresoras, que escapan a la ley, a la organización general, al sistema de valores orgánicos del grupo. Márgenes, pero que no ponen en tela de juicio el principio de la ley y del valor, al que eventualmente pueden integrar en su ciclo.
Muy distinto es el estatuto actual de las drogas, relacionado con otros fenómenos específicamente contemporáneos a los que no llamaré anómicos, sino anomálicos. Lo anomálico ya no es lo que está al margen, en desequilibrio, en déficit orgánico, sino lo que resulta del exceso de organización, de regulación y de racionalización de un sistema. Es lo que viene, como desde el exterior, a contradecir el funcionamiento sin razón aparente, es lo que proviene de la lógica misma, del exceso de lógica y de racionalidad de un sistema que, llegado a cierto umbral de saturación, segrega anticuerpos, su patología interna, sus disfunciones extrañas, sus accidentes imprevisibles e insolubles, sus anomalías.

Esto ya no proviene de una incapacidad de la sociedad para integrar sus márgenes, sino, por el contrario, de una supercapacidad de integración y normalización. Es entonces cuando las sociedades en apariencia todopoderosas se desestabilizan desde el interior, lo cual implica una consecuencia grave, pues cuanto más quiera el sistema reabsorber las anomalías, más entrará en la lógica de la superorganización y más alimentará su crecimiento excéntrico.
Es preciso liberarse de una visión racionalista: en otros tiempos, los márgenes anómicos constituían, para el sistema, la oportunidad de racionalizar más; hoy es la superracionalización del sistema lo que provoca y refuerza los accidentes anomálicos.

Hay que tener en cuenta esta lógica «perversa» y distinguir entre un consumo de drogas vinculado a un desarrollo social y económico insuficiente (lo que sigue siendo a menudo en los países en vías de desarrollo o entre las clases menos favorecidas), y un consumo vinculado, por el contrario, a la saturación del universo del consumo, a la vez como apogeo y como parodia de este mismo consumo, como anomalía contestataria de un mundo del que había que escaparse porque estaba demasiado lleno y no porque hubiera carecido de algo.
Estamos, pues, en presencia de un consumo que podríamos denominar de «segundo tipo», y que es preciso considerar en relación con todos los procesos de «segundo tipo» que le son contemporáneos y dependen de la misma lógica anomálica. En particular de las formas de violencia de «segundo tipo», las que no provienen de la delincuencia o de la agresión de primer grado, sino de la abreacción ante el exceso de tolerancia de las sociedades industrializadas, ante la superprotección del cuerpo social. El terrorismo es de este orden. Responde a la omnipotencia de los Estados modernos que lo segregan ya no como violencia histórica, sino como violencia anomálica que no pueden estrangular, a no ser que se constituyan en Estados más poderosos todavía, más controlados, más disuasorios, y relancen así la espiral.
De este orden son también las patologías de «segundo tipo», como el sida y el cáncer, que no son ya enfermedades tradicionales debidas a la deficiencia orgánica de ciertos cuerpos expuestos a un ataque exterior, sino que provienen más bien de una desestabilización de los cuerpos superprotegidos (todas las prótesis higiénicas, quimicas, médicas, sociales y psicológicas) que, por eso mismo, pierden su poder inmunitario y acaban siendo presa de cualquier virus. Y así como aparentemente no hay solución «política» al problema del terrorismo, tampoco parece haber por ahora una solución biomédica al problema del sida y del cáncer, y por la misma razón. Y es que son procesos anomálicos que contradicen justamente, con una violencia salvaje, reaccional, el superencuadramiento político o biológico del cuerpo social o del cuerpo a secas.

El uso de las drogas y su abuso forma parte de los mismos síntomas. Podemos condenar la existencia de esta parte maldita y los comportamientos vinculados a ella, pero a la vez podemos estar seguros de que la sociedad que quiera extirparla y liberar definitivamente de ella al cuerpo social correrá el mayor de los riesgos. Ahora bien, esta voluntad existe y hasta forma parte de la paranoia racionalista de nuestros sistemas sociales. Hay que sopesar el grave déficit al que nos exponemos por ella, pero también hay que sopesar el déficit que producirá su liquidación. Es así como se engendran cánceres o virus mucho más malignos y que ya ni siquiera tienen el encanto de la maldición.
Cuando se produce una pérdida colectiva de las defensas inmunitarias o una pérdida individual de las defensas simbólicas, algunas sociedades se vuelven vulnerables al terrorismo, a la droga, a la violencia (pero también a la depresión y al fascismo). Nos damos perfecta cuenta de que la única solución consistiría en restaurar esas inmunidades y esas defensas simbólicas, pero sabemos que nuestro sistema tiende, en nombre incluso de la ciencia y del progreso, a destruir todas las inmunidades naturales y sustituirlas por sistemas de inmunidad artificiales: prótesis. ¿Cómo esperar que un sistema semejante no vaya cada vez más lejos en la misma dirección? Al mismo tiempo podemos considerar el consumo de drogas bajo otro aspecto, exactamente inverso: a la vez que forma parte del sindrome de inmunodeficiencia, constituye él mismo una defensa. Las hay sin duda mejores, pero no es imposible pensar que este uso y este abuso constituyan una reacción vital, simbólica, aunque en apariencia desesperada y suicida, contra algo todavía peor.
Sin caer en la ideología euforizante de los años sesenta y setenta sobre «la ampliación del campo de la conciencia», podemos pensar, de forma mucho más prosaica, que hay alli una huida ante ese embrutecimiento objetivo que puede constituir la vida en ciertas sociedades, un reflejo comunitario de falta ante la normalización, la racionalización y la programación universales, que constituyen sin duda a largo plazo un peligro aún más grave para la sociedad y la especie. Sabemos que mediante la neurosis el hombre se protege eficazmente contra la locura, así como no es por el bien, sino por el mal relativo que podemos defendernos contra el mal absoluto. Del mismo modo, la Iglesia ha sabido administrar muy bien sus herejías como aberraciones (desde su punto de vista) necesarias, y como gérmenes nefastos (pero gérmenes al fin y al cabo). Una Iglesia que ya no suscita herejias o que las ha liquidado todas va decayendo poco a poco, del mismo modo que un cuerpo que ya no produce gérmenes, incluidos los que se afanan por destruirlo, es un cuerpo muerto.

Dicho esto, el consumo de drogas ya no está en su fase intensiva, aquella en la que se mantenía con un discurso euforizante o heroizante, subversivo o suicida. Se halla en su fase extensiva, y si gana en superficie, pierde por ello mismo en violencia. Ya no es una anomia subversiva, es una anomalía que se institucionaliza.
¿Debemos alzarnos cada vez más contra ella? Un nuevo discurso duro antidrogas (cuando ya no hay discurso de la droga) puede parecer problemático. En este frágil equilibrio o desequilibrio inmunitario del cuerpo social o del cuerpo individual, este discurso introduce un elemento moralizador rígido, una rigidez de la ley que ya no es admisible en la delicada gestión de las anomalías (es el más ambiguo, porque a menudo oculta estrategias políticas para las que la droga, como cualquier delincuencia, vuelve a ser una coartada fácil).

El problema del uso de las drogas debe tratarse delicadamente y (ya que es un problema ambiguo) con estrategias también ambiguas; hay que evitar sobre todo las estrategias unilaterales de denuncia, con las que un tipo de sociedad se complace en su fariseísmo, o de distinción entre el uso y el abuso, pues nadie podría fijar los límites versátiles entre ambos. La droga, todas las drogas son vectores de exorcismo: exorcizan la realidad, el orden social, la indiferencia de las cosas. Pero a través de ellas es la misma sociedad la que exorciza ciertos poderes olvidados, ciertas pulsiones, ciertas contradicciones internas, es ella la que produce ese efecto perverso y es ella la que lo condena. No pudiendo dejar de producirlo, debería al menos dejar de maldecirlo.

Texto extraído de "Pantalla total", Jean Baudrillard, págs. 113/118, editorial Anagrama, Barcelona, España, 2000.
Edición original: Galilée, París, 1997.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones, enero 2006

 

 

        

 

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