El
jugador (ensayo psicoanalítico)
por René Tostain [*]
"Pues la pasión
del jugador no es otra
sino esa pregunta dirigida al
significante, figurada
por el automaton
del azar: "Qué eres, figura
del dado que hago girar
tu encuentro
(tyche) con mi fortuna? ... (1)
Todo el mundo sabe que
jugar con el azar es el medio más seguro de perder su fortuna, así
como el juego es una pasión de la que resulta muy difícil desprenderse:
la frase "quien ha jugado, juega y jugará siempre", de
Regnard, se ha incorporado al lenguaje común.
Aunque la Bélle Epoque,
en la que era posible arruinarse en una noche sin perjuicio
de partir al día siguiente para "rehacerse" en ultramar,
esté pasablemente caduca, subsiste el hecho de que para algunos
que le sacrifican alegremente su tiempo, su salud y la casi totalidad
del producto de su trabajo, el juego es la única distracción ante
la cual todas las otras pierden su atractivo.
Distracción y alegría son palabras ligeras, de aquellas que emplea el profano
para designar lo que él considera como juego.
Sin embargo, basta entrar en los salones de un casino a las primeras claridades
del alba para comprobar que el jugador no se divierte cuando aguarda,
con esperanza y temor, la sentencia de una suerte que a veces es
sentencia de muerte.
Sólo le importa el destino
de la jugada, nada ve de aquello que lo rodea, no conoce
la fatiga y hasta la noción del tiempo se le vuelve extraña.
Escuchemos a Alexis
Ivanovitch, el jugador de Dostoievski:
"Fui entonces presa
de la fiebre del juego y me convertí en un alienado. Empujé todo
ese dinero sobre el rojo. Pero bruscamente volví en mí y entré en
pánico. Un estremecimiento de espanto me sacudió y se tradujo en
un temblor irresistible de la cabeza a los pies. Súbitamente comprendí
lo que arriesgaba perder en ese momento: toda mi esperanza, mi vida
entera.
- Rojo, exclamó
el croupier.
- Pude retomar
aliento, pero los escalofríos recorrían todo mi cuerpo".
Así es el juego,
ese exceso donde la violencia
se apodera de la razón, donde todo
es fiesta, tumulto, despilfarro y destrucción.
Será mi propósito tratar de elucidar de una manera clínica el sentido
de una conducta que parece tan gustosamente insensata: la pasión del juego. Pasión que nos embarca en el sufrimiento,
que es búsqueda de un imposible y a la que Georges Bataille
ve signada por un halo de muerte.
Pasión donde el ser se encuentra entera y dolorosamente implicado,
suspendido de la sentencia del Otro presente en toda pasión, aquí
el azar.
En lo que Freud resume en su artículo intitulado Dostoievski y el parricidio (1928) al decir:
"Nadie puede negar que la manía del juego sea un rasgo cierto
de una pasión patológica."
En la primera parte de este ensayo, Freud desarrolla
la incidencia que tuvo el anhelo del parricidio en la vida y obra
de Dostoievski, y le atribuye el sentimiento de culpa al que convierte
en hito decisivo de su neurosis. Después, vuelve a la pasión del
juego de que fue víctima Dostoievski cuando se hallaba en Alemania.
Tan notorio comportamiento
estaba perfectamente racionalizado, nos dice Freud. El sentimiento
de culpa de Dostoievski había tomado forma tangible como
sentimiento de deuda, y era capaz
de refugiarse tras el pretexto de que con sus ganancias en el juego
trataría de volver a Rusia sin ser detenido por sus acreeedores.
Pero no se trataba más que de un pretexto; Dostoievski era
suficientemente lúcido como para reconocerlo y bastante honesto
como para admitirlo. Sabía que en verdad se trataba del "juego
por el juego" y él mismo decía: "Juro que el atractivo
de la ganancia nada tiene que ver con el juego, aunque Dios sabe
de mi ruda necesidad de dinero." Todos
los detalles de esta conducta irracional e impulsiva lo demuestran:
no paraba hasta perderlo todo.
Para él, jugar era un
método de autocastigo. Día tras día, prometía a su joven
mujer que no volvería a jugar, pero cada vez incumplía su juramento.
Cuando sus pérdidas los redujeron a la necesidad más apremiante,
extraía una segunda satisfacción patológica
de ese estado: podía entonces acusarse y humillarse ante ella, invitándola
a despreciarlo y a lamentar el haberse casado con semejante pecador.
Cuando así lograba calmar su conciencia, todo recomenzaba al día
siguiente.
Su joven mujer se habituaba a ese ciclo, pues había observado que lo único que
ofrecía verdaderamente una esperanza de salvación, su producción
literaria, nunca marchaba mejor que cuando lo habían perdido todo
y empeñado su último bien.
Naturalmente, ella no
veía la relación: cuando el sentimiento de culpa de su esposo era
satisfecho mediante el castigo que se había infligido, la inhibición
que afectaba su trabajo se hacía menos severa y le permitía ascender
un escalón en el camino del éxito.
Freud prosigue interrogándose
sobre lo que, en la infancia del jugador, quedó por tanto tiempo
enterrado y lo empujó, por el camino de la repetición,
hacia la pasión del juego.
Se refiere aquí a un
relato de Stefan Zweig: Veinticuatro horas en la vida
de una mujer.
Recordaré brevemente
la historia: una distinguida mujer, aún joven, pierde a su marido.
A los cuarenta y dos años, no esperando ya nada de la vida, durante
uno de sus viajes sin meta visita el casino de Montecarlo. Allí,
mientras observa las manos de los jugadores, es literalmente fascinada
por dos manos que traicionan las emociones de un jugador desafortunado
con una intensidad y sinceridad trastornantes. Esas manos son las
de un bello joven que, después de haberlo perdido todo, abandona
el casino víctima de la más profunda desesperación con la evidente
intención de poner fin a sus días. Un sentimiento inexplicable de
simpatía la fuerza. a seguirlo y a realizar todos sus esfuerzos
para salvarlo. Con la mayor naturalidad decide acompañarlo a la
habitación de su hotel y, finalmente, compartir su lecho. Tras la
improvisada noche de amor, obtiene del joven la promesa más solemne
de no volver a jugar jamás. Le da dinero para retornar a su casa
y le promete encontrarlo en la estación antes de la partida del
tren.
Sin embargo, en el interín
siente experimentar una gran ternura por él y decide no dejarlo
partir solo sino seguirlo.
Diversos incidentes
la demoran y pierde el tren. Plena de nostalgia, retorna al casino
y allí, ante su estupefacción, ve nuevamente las manos que ya una
vez habían despertado su simpatía. El joven perjuro había vuelto
a jugar. Ella le recuerda su promesa, pero lleno de pasión él la
trata de aguafiestas y le arroja a la cara el dinero con el cual
había intentado salvarlo, por lo que huye profundamente mortificada.
Sabrá después que no había logrado impedir el suicidio del joven.
Freud analiza esta historia
como basada fundamentalmente en un deseo
fantasmático que se remonta al período de la pubertad,
período que muchos recuerdan conscientemente.
El fantasma
encarna el anhelo de un muchacho según el cual su madre lo iniciaría
en la vida sexual a fin de salvarlo de los terroríficos daños causados
por la masturbación, La masturbación es reemplazada aquí por el juego, y el
acento sobre la actividad apasionada de las manos traiciona tal
derivación.
La pasión del juego es un equivalente de la antigua compulsión a la masturbación. "Jugar" es
la palabra que se emplea en la guardería para describir la actividad
de las manos de los niños con el aparato genital. El carácter irresistible
de la tentación, las solemnes resoluciones, a pesar de todo invariablemente
deshechas, de no volver a hacerlo jamás, la mala conciencia que
dice al sujeto que se está arruinando, es decir, suicidando, todos
esos elementos permanecen inalterados en el proceso de sustitución.
El hijo piensa: "Si
mi madre supiera solamente a qué peligros me expone la masturbación,
seguramente me salvaría de ellos autorizándome a prodigar toda mi
ternura sobre su propio cuerpo".
Detengámonos en este
punto y veamos dónde nos hallamos.
El jugador jugaría para perder, para arruinarse, castigándose así por el sentimiento
de culpa que lo habita, ligado al anhelo de la muerte del padre.
Al jugar reproduce el mismo mecanismo que lo animaba cuando era
niño y se entregaba a la masturbación.
La analogía revelada
por Freud entre el juego y
la masturbación es indiscutiblemente
fecunda. El juego se ve así sexualizado
y se convierte en el sustituto de un placer erótico.
Abierta así la puerta
al erotismo quisiera ahora encararlo a la manera de Georges Bataille:
"Lo que en la conciencia del hombre pone al ser en cuestión."
¿"aroté",
no quiere decir cuestionar?
¿A quién cuestiona el jugador en su proceso
erótico? ¿Cuál es su pregunta?
Para intentar una respuesta,
sigamos a un jugador en el momento de entrar a un casino. Da a conocer
su identidad y llena una tarjeta de admisión. Luego pasa ante un
personaje cuya función me parece constituir una condición previa
para su proceder: el fisonomista.
Allí pierde su nombre,
su porte.
Al fisonomista le interesa
el signo particular y, de manera caricaturesca, la cicatriz o el
tatuaje.
Al pasar ante él, el jugador se localiza como signo, se cuenta, es un uno -1-
de donde partirá la división.
Entonces puede entrar
en la sala de juego.
Aquí todo habla de otra
edad. El decorado anacrónico, los salones de lujo pasado de moda,
la vestimenta anticuada de los croupiers, el lenguaje mismo como
congelado en fórmulas estereotipadas. Todo está avejentado, caduco,
y evoca cierta liturgia olvidada.
Esta atmósfera es celosamente
conservada en las salas de juego en una época en que rápidamente
se actualizan al gusto del día los edificios y las ceremonias más
solemnes.
Todo ha quedado aquí
como antaño porque ayer se anudó lo que va a jugarse hoy.
Nuestro jugador toma
asiento ahora frente a una de las mesas. Se dispone a jugar con
el azar.
¿Qué es el azar para el jugador?
Seguramente no algo precisamente azaroso. Es,
ante todo, ese "matemático genial", como lo llamaba
Henri Poincaré. De manera tal que el jugador sabe con certeza
que sobre un enorme número de jugadas el negro saldrá con tanta
frecuencia como el rojo, el cero tan a menudo como el treinta y
seis. Sabe que su fallo, por ineluctable que sea, siempre será justo.
El azar es lo que una tirada de dados jamás abolirá, la
ley, ese "automaton" tal como lo define Aristóteles
en su Física: aquel que es cuando
la causa se produce por sí misma en vano.
Finalmente,
el azar es el significante último, el amo absoluto, el "signor"
que Freud, en su búsqueda de nombres olvidados, reencuentra, la
presencia de la muerte, ese "poco profundo arroyo calumniado"
del poeta, del cual el jugador habrá de poder decir, ahogándose
en él sin embargo: "yo me pierdo".
Es para el jugador ese
Otro supuesto saber del que puede
fiarse, en el que puede confiar, como lo hacían los Antiguos cuando
leían en el cielo la hora de la batalla próxima. El
azar sabe. En cuanto al jugador, él no sabe. Se instituye
desde cierto punto de no- saber. Y el juego nacerá de esa relación
del jugador con el saber.
Tal dimensión
del saber implica la del engaño.
Importa que el azar en ningún caso
pueda engañarse. Es lo que garantiza la regla
del juego y a las personas que están allí para asegurar su
buena marcha.
La regla
está hecha para colocar al azar al abrigo del error.
En cuanto al jugador,
no es cuestión de que intente engañar al azar, esto le haría perder
sentido a su proceder. El jugador no es un tramposo. La fullería participa del
dominio del trabajo o del arte. El juego no puede producir ninguna
obra.
Lo que quiere saber, el jugador lo pregunta
por intermedio del dinero. ¿Qué representa para
él ese dinero que apuesta sobre el paño? No el fin de su encuesta,
si se le cree, ya que para él se trata del juego por el juego. ¿Quién
entonces?
"Tantos florines,
tantas ratas" (soviel gulden, souv¡el ratte).
Así contaba sus honorarios
a Freud el hombre de las ratas.
A este lenguaje fue transferido poco a poco todo el complejo de
dinero del paciente que se vinculaba a la herencia de su padre.
Es decir que todas las representaciones relativas al dinero se vieron
somefidas al inconsciente por la asociación verbal: cuota parte,
rata (Rate, Ratte).
La significación monetaria
de las ratas se apoyó, por lo demás, en la opinión del cruel capitán
sobre la deuda a pagar, y esto con ayuda de la expresión Spiel ratte
que quiere decir jugador apasionado, por la cual se recobraba
el acceso al recuerdo del padre perdiendo en el juego dinero que
no le pertenecía.
Además, en la expresión
verheiraten se evoca al padre con respecto a su rico matrimonio.
Rate, Ratte, Spiel
ratte, verheiraten; Ratte es tratado aquí como puro significante
directamente salido del discurso inconsciente.
La rata evoca la herencia
del padre,, la deuda de juego del padre, el matrimonio del padre.
Y Freud prosigue considerando
las asociaciones de su paciente donde la rata ya no es tomada al
pie de la letra, sino en lo que ella significa:
- propagadora
de infección, se convierte en el símbolo de la infección sifilítica
tras la cual se disimulaban dudas sobre la conducta de su padre
durante su carrera militar;
- al ser el mismo pene
el portador de la infección sifilítica, la rata deviene el órgano
genital y, por la analogía morfológica del pene del niño con un
gusano, la significación fálica de las ratas acaba descansando en
el erotismo anal;
- la aparición
en su asociaciones de La demoiselle aux rats, de lbsen, permite
concluir irrefutablemente en que las ratas también habían significado
niños.
Y Freud concluye: "El
mismo había sido un animalito desagradable y sucio que cuando se
enojaba sabía morder y sufría por esto terribles castigos. En verdad,
bien podía reconocer en la rata su imagen más natural" (sein
ganz naturlich Ebendild).
Freud creyó oportuno
citar textualmente esas últimas palabras de la taberna de Auerbach,
del Fausto de Goethe, que son verdaderamente diabólicas en
su efecto de metáfora.
Así, ya no se trata del "hombre de las ratas" sino del "hombre
rata", y se sabe que Freud
había titulado su publicación Análisis de un caso de neurosis
obsesiva.
Esa rata es para el
sujeto la deuda impaga e impagable de su padre, vivida en su increíble
historia de lentes.
Pero también es el sujeto,
en la medida en que éste se instituye por el eslabón faltante en
la cadena significante paterna.
De esa rata está hecho el dinero que el jugador apuesta
sobre el paño. Ese dinero, esa apuesta, que podríamos
calificar a la vez "al desnudo" y "a muerte",
es el resto de la división del sujeto como falta en saber y como
lugar de la falta del Otro.
Lacan nos enseñó a reconocer
ese residuo bajo la forma del "a"
(2).
Aquí, más especialmente, se trata del falo
en la problemática de su pertenencia.
Y la pregunta que el jugador formula se dirige al tener de ese falo y
con ello a su falta y su cesión.
Podría articularse de la manera siguiente: "¿Qué sucede con este signo
(- ) que hace de mi falo el significante mediador de mi deseo?
"
La actitud del jugador
con respecto al dinero es precisamente la que Freud observaba a,
propósito del hombre de los lobos. Resulta difícil decir si debe
calificárselo de avaro o de pródigo. En realidad, es gustosamente
pródigo en el juego y avaro, "rata", en la vida corriente.
Sólo el dinero ganado en el juego será gastado en la fiesta.
¿No es acaso porque
lo que en él era "rata" se ve ahora en juego, que ya no
puede "ser rata"?
El hecho de que también las mujeres pongan su falo sobre el paño
no me parece un obstáculo para esta interpretación. Si una mujer
es verdaderamente jugadora, se encontrará sin duda que por no haber
renunciado nunca totalmente a tener el pene, la cuestión de ser
el falo puede plantearse en estos términos para ella.
Probabilidad simple
o múltiple, la ley de las series (3)
va a desbaratar la ley de los grandes números y a dejar al jugador
campo libre para su obstinación. Ese campo, esa latitud concedida
a su acción, inherente a todo juego y que explica en parte el placer
que suscita, no supera aquí a ese otro juego que se preserva en
el ajuste de un engranaje para que la mecánica funcione.
Apostado su dinero al
capricho de su inspiración, el jugador espera. No sin emoción, no
sin tensión vive el jugador la distancia que lo separa del saber.
Del jugador que juega
fuerte se dice que es un "flambeur" [**].
La llama de que se trata
es la del deseo. Arde de impaciencia
por saber.
Si gana, el jugador
se alboroza, experimenta un sentimiento de triunfo y no, como dijo
un analista sin tener en cuenta la observación más inmediata, una
tristeza y un agobio tanto mayores cuanto que gana más.
Si ganar la jugada lo
colma de contento, es que nos hallamos aquí en el dominio del infinito
de los posibles: el de las casas de alajú, el de las gallinas de
los huevos de oro, el de Eldorado.
El jugador se siente
elegido del destino, amo del azar.
El trabajo se ha vuelto irrisión, es la negación de la mediocridad
de su condición, de su existencia a veces apagada y monótona. El
jugador feliz puede ganar en una noche tanto o más que
al cabo de toda una vida de trabajo, de disciplina, de fatiga.
El aspecto seductor de la ganancia fácil, de la cómoda transgresión a una prohibición
ridiculizada, constituye el éxito de los juegos de azar de nuestros
días, prácticamente institucionalizados.
Tal punto de vista podría
ser llamado sociológico. Pero para nosotros, el
mundo del jugador que gana es el de lo imaginario, donde proliferan
el señuelo y la renegación (Verleugnung).
A su pregunta, el que
sabe responde: "Eso no falta, tenemos aquí diez, cien, mil."
Y ante la pila de oro
que se amontona, en un momento breve y embriagador donde culminan
a la vez la angustia y el placer, el jugador se siente tocando,
con un movimiento incestuoso, esa mítica fortuna de la que niega
la infinita distancia que siempre los separará.
Ninguna necesidad de
asignar al falo de oro un signo
negativo, la tyche está allí, a mi alcance.
Por cierto que aquí
la madre tiene "aún así (5)
un pene; en cuanto al falo del padre,
no le falta nada de él. No habrá de asombrar, pues, el apego del
jugador a los fetiches.
Lugar de la creencia
y la mistificación por donde se deslizaba Casanova, que no
era verdaderamente un jugador y cuyo gusto por la mistificación
deja suponer que no le habría desagradado ser mistificado.
Pero ese dominio en que el deseo es capturado es un dominio frágil, tanto como
el espejo mágico que satisface la demanda. El jugador lo presiente
como tal si no es paranoico, en cuyo caso encontrará en la coincidencia
una elevada significación y una afirmación de su omnipotencia. De
allí que intente obtener los favores del destino. Recurre a la superstición
que Roger Caillois llama corrupción de la suerte.
Pese a esto, la precariedad
de semejante universo hace que deba ser consolidado sin tregua,
pues de lo contrario vacilará. La distancia a llenar, que separa
del imposible encuentro, necesita que la
pregunta sea incansablemente planteada.
Y, ganador, tarde o
temprano el jugador volverá a jugar.
Muy distinto es el mundo
de la potencia. En él entramos cuando el jugador pierde.
No puede decirse que
perder lo alegre, pero experimenta una secreta satisfacción en la
que se manifiesta el reconocimiento de lo ineluctable.
Es lo que André Breton
denomina azar objetivo, y donde ve "aquello a través de
lo cual se manifiesta aún con el mayor misterio para el hombre una
necesidad que escapa de él, aunque la experimente vitalmente como
necesidad". Esto
es lo que ha ido a buscar en esos lugares.
No hay aquí encuentro alguno; el jugador debe someterse a la Ley que en una
trágica inversión lo aleja de la fortuna intocable.
Es preciso negativizar ese falo, renunciar a ese oro.
En este sentido, no
me parece que el jugador desee inconscientemente
perder para satisfacer un muy hipotético sentimiento de culpa que
no posee ningún sitio en la dinámica del deseo.
Lo que quiere es someterse a la Ley, ley que exige la renuncia a su tener para
poder dar. Actúa como si supiera que no hay más don que de lo que
no se tiene, porque se ha renunciado a tener.
Estas comprobaciones,
a las que llegamos naturalmente siguiendo los pasos del jugador,
despiertan en nosotros extraños ecos en los que también se trata
de una renuncia al tener para lograr
acceso al nivel del ser.
Son los de la castración simbólica, cuyos términos Lacan ha precisado
para nosotros (6).
La misma que el jugador nunca conoció y que en su mecanismo
repetitivo, y sin descanso, viene a evocar. Es esa instancia
del significante fálico que el padre detenta, ese desfiladero por
donde el hombre debe pasar para asumir su papel donde le es preciso
pagar un derecho si quiere tener acceso al título de padre, que
la castración consagra.
Puesto que su
padre ha faltado a la manera que fuere a su función
de legislador y prohibidor, puesto que nunca
pudo concebirlo como trascendente,
como un dato irreductible del significante, su
hijo, si es jugador, buscará en el juego la Ley que le permitirá
la transgresión.
En efecto, se sabe que
en el triángulo edípico el padre, tercer término, es a la vez rival
y prohibidor. Prohibe sin duda al hijo el acceso a la madre, pero
también prohibe a ésta el uso abusivo que sabemos ella hace gustosamente
de su producto. Su atributo fálico está allí para significar que
él detenta la Ley, que él es testimonio de su potencia. A menos
que en su momento él mismo no haya renunciado al tener de su pene
y no haya podido afectarlo con el signo (- ) que le permite
al mismo tiempo gozar de él y transmitirlo.
En este sentido, bien
puede decirse que mucho antes de su nacimiento los paños verdes
esperaban al jugador, el mismo título por el que Freud decía a Juanito:
"Mucho antes de que él llegara al mundo, yo sabía que un
día iba a nacer un Juanito que amaría tanto a su madre, etc."
La frase que asigna al hombre su posición fue comenzada mucho antes de él.
El jugador intenta reconstituir esa articulación.
Su búsqueda asume su
verdadera dimensión si adoptamos con Freud el punto de vista
según el cual la sexualidad no hace nada menos que ordenar la vida
humana, y si vemos en ella, con François Perrier: "Lo
que en, la experiencia vivida es el sector privilegiado donde se
vive la relación del hombre con los significantes últimos".
Digamos que el jugador, contrariamente a las apariencias, no quiere estar más
fuera de la ley, que trata de ingresar al orden simbólico,
legal, el del significante fálico y, pagada la deuda castradora,
mantenerla para tener acceso a su deseo y a la problemática
de la transgresión. Así podría explicarse esta frase a primera
vista enigmática del abate de Choisy en sus memorias: "Todas
las veces en que me arruiné y quise dejar el juego, volví a caer
en mis antiguas debilidades y me convertí nuevamente en mujer".
Curiosamente, se llama
"buen jugador" (beau joueur)[***]
al que sabe asumir sin indecentes demostraciones los momentos
de suerte contraria. La figura estética surge aquí de sus raíces
eróticas.
El infortunio que hace
bueno [beau] al jugador evoca esa desgracia, esa falla que
toda belleza parece tener a la vez que ocultar y esconder en su
función de barrera extrema que prohibirá al hombre el acceso a su
propia muerte.
El movimiento
de báscula, el ritmo que lleva al jugador desde el éxtasis
por la jugada ganadora al vértigo de la pérdida, esa sucesión de
momentos de tensión y de relajación que dan al juego su carácter
épico, y que el jugador acelera aumentando sus apuestas, evoca otro
juego más primitivo, el de dominio del orden simbólico.
El del niño con el carretel
que le permite anticipar determinada ley.
El juego con ese pequeño
algo de sí mismo que se separa de él, al tiempo que es en él retenido,
donde se representa la alternancia de presencia y ausencia de la
madre que Freud reconoció significada en el par de fonemas "fort- da".
El jugador repite de manera compulsiva su fracaso indefinido al querer
simbolizar el fort- perdido para asegurarse el da- recuperado.
Pero no quiero avanzar
demasiado y perder de vista al jugador.
Aquí debería yo precisar
lo que, a nivel del Nombre del Padre, falta, y que su hijo trata
de colmar jugando.
Delicada empresa que
abordaré siguiendo el hilo que Jacques Lacan nos indica para guiarnos
en esta búsqueda (7), el
de las "situaciones en el sentido novelesco de este término.
Entiéndase aquí de pasada que esas situaciones son para el novelista
su recurso verdadero, a saber el que hace brotar la 'psicosis profunda',
al que ninguna mira psicológica podría darle acceso".
Volveré a la novela
de Stefan Zweig Veinticuatro horas en la vida de una mujer.
Cuando la heroína
vuelve a hallar en el casino al bello joven que creía perdido, éste
se encuentra entregado a la pasión del juego. Ella trata de arrastrarlo
afuera recordándole su juramento de no volver a jugar. Escuchémosla:
"El pareció reconocerme;
su boca se abrió temblorosa; me miró con expresión feliz y balbuceó
en voz muy baja con una familiaridad en la que había a la vez familiaridad
y misterio.
- Todo va bien...
lo sentí apenas entré y al ver que se encontraba aquí... lo sentí
enseguida...
No comprendí lo que
quería decir, pero el fulgor extasiado que lo iluminó al verme era
tan seductor que, a pesar mío, seguí el movimiento de sus palabras
y le pregunté con interés de quién hablaba.
- De ese viejo
general ruso que tiene sólo un brazo, murmuró él, apretándose contra
mí para que nadie oyera el secreto mágico. Allí, el de canutillos
blancos y un lacayo detrás, siempre gana, yo juego siempre como
él..."
También hay un general
ruso en El jugador, de Dostoievski.
Es un personaje ridiculizado
durante todo el libro. El jugador Alexis Ivanovitch, su preceptor,
lo dirige, de manera verdaderamente insólita y como entre paréntesis
en el desarrollo de la historia, una diatriba apasionada en la que
a lo largo de varias páginas torna ridículo
el papel del padre, del Vater en la familia alemana.
Cito estos extractos:
"En cuanto a mí,
preferiría pasar toda mi vida errando y alojándome en una tienda
kirghize antes de adorar al ídolo de los alemanes.
- ¿Qué ídolo? ,
preguntó el general, entrando en cólera. . .
- Su Vater, muy
virtuoso y extraordinariamente honesto, tan virtuoso y honesto que
da miedo abordarle. Todas las noches la familia lee libros de moral...
No se enoje, general... Aquí cada familia está reducida a la esclavitud,
ciegamente sometida a su Vater. Cuando el Vater ha
amasado cierta cantidad de florines que espera transmitir a su hijo
mayor junto con su tierra, a fin de no disminuir esa suma rehusa
una dote a su hija, condenada con ello al celibato... Finalmente,
y al cabo de veinte años, la fortuna está hecha. Entonces el Vater
bendice la unión de su hijo mayor, un joven de cuarenta años,
y la Amalchen, una joven persona de treinta y cinco, de senos
chatos y nariz roja. En tal ocasión verterá lágrimas, leerá algunas
páginas de moral, y después morirá. El hijo mayor se convertirá
a su vez en un Vater virtuoso y la misma historia volverá
a reanudarse... Y Weri, yo prefiero la fiesta a la manera rusa;
no quiero ser Hope y compañía en cinco generaciones..."
He de terminar evocando
la muerte del padre en la vida de
Dostoievski.
Como es sabido, el terrible
Doctor Michel Dostoievski era odiado por los mujiks de sus dominios
de Darovoia y Cheremachuy. Fue al volver a una de esas tierras
que lo asesinaron. Cito aquí a Henri Troyat: "¿Entonces,
qué? , hemos jurado, sí o no, exclama Vasili."
"Ante este llamado,
los mujiks se abalanzan sobre el infortunado, lo maniatan y extienden
por tierra. ¡No lo golpean por miedo a las huellas! Le aflojan los
dientes con un cuchillo. Le vierten alcohol en el gaznate, a pesar
de sus sobresaltos y estertores. Después lo amordazan para asfixiarlo.
Pero la vida del mayor es resistente. Entonces, uno de los miserables
lo aprieta las partes genitales con pleno vigor. El cuerpo del ajusticiado
se tuerce, se estira y se afloja. Está ebrio."
Se ha atribuido a la irrupción en lo real, cuando Dostoievski
tenía dieciocho años, de esta muerte inconscientemente anhelada, el sentimiento de
culpa del que Freud hace el punto decisivo de su neurosis.
Sin embargo, tal anhelo no era inconsciente. El mismo Dostoievski
escribe:"¿Quién no ha deseado la muerte de su padre? y
el parricidio es el tema central de Los hermanos Karamazov.
Tampoco entenderemos la realización de
su anhelo como origen de su pasión por el juego. Sino más bien el
hecho de que nunca haya podido reprimirlo, lo que el gran desorden
de la gesta ignominiosa de la muerte de su padre deja vislumbrar.
Asimismo, el general
ruso que siempre gana en el juego y retiene al bello joven en su
pasión, ha perdido un brazo y seguramente su cetro.
En cuanto a la irritación
de Alexis Ivanovitch, el jugador, contra el Vater virtuoso,
mucho dice sobre lo que semejante clase de padre habría podido representar
para Fedor Dostoievski, que era el hijo mayor.
No se oculta cuán superficiales pueden parecer semejantes asociaciones. Pero
las he propuesto a título de ilustración.
Antes de concluir este
ensayo, debo decir una palabra acerca del suicidio del jugador. En efecto, sucede que ponga fin
a su existencia, singularmente implicada en una pasión. Cuando lo
ha perdido todo y se encuentra "desbancado" [décavé],
sin resto [cave], sin fundamento, se derrumba.
Tal es el modo de suicidio que suele elegir: la caída, donde reproduce metafóricamente,
en una última tentativa, la expresión de su deseo finalmente posible.
Si llega a tal extremo,
no es por haberlo perdido todo.
Otros, en diferentes
circunstancias, arruinados, endeudados, deshonrados, no se conducen
peor.
Pero para él jugar había llegado a constituir el sostén de su ser
y, no teniendo ya ningún mediador, no teniendo ya dinero
para plantear la pregunta de la cual se hallaba suspendido,
se encuentra verdaderamente perdido; el sentido mismo
de su existencia se ve cuestionado en su inefable verdad.
Sin embargo es raro, creo, que un jugador invoque su pasión para solicitar un
análisis.
¿Será que el jugador
encuentra en el juego algo de lo cual de alguna manera participa el
análisis?
Lo hemos visto presentarse
como signo y formular al azar, al que reconocimos como supuesto
saber, la pregunta del tener de su falo.
Dolorosamente debió
separarse de un mundo de señuelo, enganchándose desesperadamente
a fetiches de los que está cautivo su deseo, para así tener acceso,
a fuerza de perder, al dominio de la renuncia al tener que es también
la del ser.
Hemos reconocido su
proceder como condición previa para el reconocimiento de su deseo.
Pero el jugador está solo. El Otro al que se dirige, jamás será el lugar
de la palabra. Y el lenguaje que constituye al sujeto
como deseante es aquí reemplazado por un instrumento, el dinero,
mediador representativo de su pregunta, pero que en ningún
caso podría hacer las veces del verbo primero.
Es por ello que si el
juego como pasión y en su proceso puede parecer sustituir muy aproximativamente
a un análisis, éste será verdaderamente indefinido y sólo la muerte
del sujeto habrá de ponerle fin. Aunque la tarea de terminarlo será
legada a sus descendientes.
Propondré concluir
este ensayo parafraseando a un célebre hacedor de paradojas, que
algo conocía en materia de pasiones humanas: "Si el jugador
no pierde, perderá".
Notas:
(1) Ensayo presentado en
junio de 1965 en la jornada de la Escuela Freudiana de Paris sobre
La clínica psicoanalítica.
(2) J. Lacan, Seminario
sobre la carta robada.
(3) J. Lacan, El objeto
del psicoanálisis, Seminario 65- 66. Cf. al respecto el artículo
de A. Green, L' objet (a) de J. Lacan, sa logique, et la théorie
freudienne, en Cahiers pour L' analyse, publicado por el círculo
de epistemología de la E.N.S., Sobre el objeto del psicoanálisis.
(4) Después de haber redactado
este ensayo, supe por boca de un jugador que en la ruleta. a los
números que salen en serie se los llama "en calor".
[**] Palabra que en argot
significa "jugador que juega fuerte". Flambeur
viene de flamme, llama (N. de T.).
(5) 0. Mannoni, "Ya
lo sé... pero aún así", en Les Temps modernes, enero
de 1964.
(6) J. Lacan, Seminario 56- 57, La relation d'
objet et les structures freudiennes, reseña en Bulletin de Psychologie,
t. XI.
(7) J. Lacan, Sobre una
cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis, en
Escritos II, México, Ed. Siglo XXI, 1975, p. 263.
[***]
Beau joueur, literalmente
"bello jugador" (N. de T.).
Texto
extraído de "La perversión", varios autores, págs. 69/81,
editorial Trieb, Buenos Aires, Argentina, 1978.
Selección
y destacados: S.R.
Con-versiones, enero
2006
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