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PANTALLA TOTAL (*)
Jean Baudrillard
Seríamos
ingenuos si no "viéramos" la proliferación de las pantallas;
casi un hecho de constatación cotidiana. Cualquier documental de
Tokio nos muestra como las pantallas, las luces y los anuncios publicitarios
o periodísticos invaden el espacio público (las calles) para formar
parte de lo que convenimos en llamar 'realidad' (común, pública
o cotidiana). Desde la invención de la telefonía sin hilos (como
se decía antiguamente) hasta la de la radio y la T.V y luego la
computación, nos hallamos en lugares distintos al de los anteriores,
cuando no existían los mencionados 'inventos'. Ahora bien, las pantallas
estaban propuestas ya por Platón cuando nos recuerda ese extraño
juego de sombras que se realizaba en el fondo de la caverna (ésa
era la pantalla) y esa relación del espectador -(no olvidemos que
estaba encadenado, ¿sería una sugerencia de Platón para que percibiéramos
las hipnosis de lo imaginario y las múltiples sujeciones a que nos
obliga)-, relación con las sombras que ejemplificaba la relación
del hombre y su conocimiento, con las imágenes de las cosas (no
con las cosas como tales, o mejor: nuestro autor proponía que lo
que nosotros creemos nuestra vinculación con las cosas no es nada
más que relación a, con, las sombras reflejadas de las verdaderas
cosas; ver Politeia -República). Preeminencias del ver, sobredeterminaciones
de lo corporal. Pantallas:
éstas no se refieren a las comunes pantallas de T.V. ; las pantallas
nos rodean en todos los medios de comunicación, como son pantallas
también nuestros semejantes cuando se transforman en superficie
de reflexión, pantallas de retorno de los sentidos comunes y aceptados,
transmitidos y enseñados. Y esto sucede en la mayoría de los casos
y la mayoría de las veces. ¡Qué nada altere las buenas costumbres!
Son buenas por serlo, costumbres, y no por buenas. No arriesgarse.
No moverse. No alterarse. Quietos cómodos y educados.
Hemos propuesto
el término 'masas virtuales' para los estados en los cuales están
sumidas las poblaciones urbanas (en su mayoría) con respecto a la
poca distancia que pueden lograr (para pensar, criticar, discenir,
observar, y generar) para obtener singularidades que hagan vidas
y no réplicas. Las poblaciones rurales están en camino de ser urbanas
o de no poder despegarse de las pantallas, bien sabemos de la globalización
de un sistema que hace al colapso de todo aquello que quisiera colocarse
en otro lugar; no se trata de eso, hay irreversibilidades y hay
camino que hace tangente y decodificación. Están en nosotros (esos
caminos) y eso se puede compartir, brevemente. Luego se retomaran
los pasos y habrá o no alguien cerca, por un tiempo o no, por más
tiempo. Igualmente las pantallas son tan constitutivas de nosotros
como lo imaginario bajo todas sus formas, por eso no se trata de
romper cristales o superficies sino de atravesarlas para hallar
nuevas superficies, quizá aquéllas que acepten inscripciones (las
de cada uno). Seguimos sosteniendo que los mensajes son como 'botellas
arrojadas al mar', al mar del devenir, al mar de los tiempos, al
mar del porvenir y al mar de los que vendrán o están y verán en
las riberas de sus cercanías un reflejo brillante que los llamará
a inclinarse para recoger algo o seguirán sus caminos sin percibir
nada.
Sergio Rocchietti
Video,
pantalla interactiva, multimedia, Internet, realidad virtual: la
interactividad nos amenaza por todos lados. Lo que estaba separado
se ha confundido en todas partes, y en todas partes se ha abolido
la distancia: entre los sexos, entre los polos opuestos, entre el
escenario y la sala, entre los protagonistas y la acción, entre
el sujeto y el objeto, entre lo real y su doble. Y esta confusión
de los términos, esta colisión de los polos hacen que en ningún
sitio exista ya un juicio de valor posible: ni en arte, ni en moral,
ni en política. Mediante la abolición de la distancia, del «pathos
de la distancia», todo se vuelve indeterminable. Incluso
en el ámbito físico: la excesiva proximidad del receptor y de la
fuente de emisión crea un efecto Larsen que interfiere en las ondas.
La excesiva proximidad del acontecimiento y de su difusión en tiempo
real crea una indeterminabilidad, una virtualidad del acontecimiento
que le quita su dimensión histórica y lo sustrae a la memoria. Que
las tecnologías de lo virtual produzcan lo indeterminable, o que
sea nuestro universo indeterminable el que suscita a su vez esas
tecnologías, incluso esto es indeterminable.
Y
todo esto se consolida dondequiera que opere esta promiscuidad,
esta colisión de los polos.
Incluso
en el reality show, donde se asiste, en la emisión en directo, en
el acting televisivo inmediato, a la confusión de la existencia
y de su doble. Ya no hay separación,
ni vacío, ni ausencia: uno entra en la pantalla, en la imagen virtual
sin obstáculo. Uno entra en su propia vida como en una pantalla.
Uno enfila su propia vida como una combinación digital.
A
diferencia de la fotografía, del cine y de la pintura,
donde hay un escenario
y una mirada, tanto la imagen video como la pantalla
del computer inducen una especie de inmersión, de relación umbilical,
de interacción «táctil», como decía ya McLuhan de la televisión.
Inmersión celular, corpuscular: uno penetra en la sustancia
fluida de la imagen para modificarla eventualmente, del
mismo modo que la ciencia se infiltra en el genoma, en el código
genético, para transformar desde ahí al cuerpo mismo. Uno se mueve
como quiere y hace lo que quiere con la imagen interactiva, pero
la inmersión es el precio de esta disponibilidad infinita, de esta
combinatoria abierta. Lo mismo ocurre con el texto, con cualquier texto «virtual» (Internet,
Word processor). Aquello se trabaja como una imagen de síntesis,
lo que no tiene ya nada que ver con la trascendencia de la mirada
o de la escritura. Ahora bien, es
en la separación estricta del texto y de la pantalla, del texto
y de la imagen, donde la escritura es una actividad de pleno derecho,
nunca una interacción.
Del
mismo modo, sólo en la separación estricta del escenario y de la
sala el espectador es un actor de pleno derecho. Pero resulta que
todo concurre hoy en día a la abolición de esta fractura: la inmersión
del espectador se vuelve algo fácil, interactivo. ¿Apogeo o fin
del espectador? Cuando todos se vuelven actores ya no hay acción
ni escenario. Fin de la ilusión estética.
Las
máquinas sólo producen máquinas. Eso es cada vez más cierto a medida
que se van perfeccionando las tecnologías virtuales. A cierto nivel
de maquinización, de inmersión en la maquinaria virtual, deja de haber distinción hombre/máquina: la máquina está
en los dos lados del interfaz. Quizá ya sólo seamos su propio espacio,
el hombre convertido en la realidad virtual de la máquina, su operador
en espejo. Eso guarda relación con la esencia misma de
la pantalla. No existe un más allá de la pantalla como existe un
más allá del espejo. Las dimensiones del tiempo mismo se
confunden allí en el tiempo real. Y como la característica de cualquier
superficie virtual es, ante todo, estar allí vacía y, por tanto,
poder ser llenada por lo que sea, de nosotros depende entrar en
tiempo real, en interactividad con el vacío.
Paralelamente,
todo lo que es producido por el médium de la máquina es una máquina.
Los textos, imágenes, películas, discursos y programas surgidos
del ordenador son productos maquínicos y tienen esas características:
artificiaImente expandidos, potenciados por la máquina, las películas
desbordantes de efectos especiales, los textos que se hacen largos,
repletos de redundancias debidas a la maligna voluntad de la máquina
de funcionar a cualquier precio (es su pasión) y a la fascinación
del operador por esta posibilidad ¡limitada de funcionamiento. De
ahí el carácter pesado, en las películas, de toda esa violencia
y esa sexualidad pornografiada, que sólo son efectos
especiales de violencia y de sexo, ni siquiera fantasmados por seres
humanos, pura violencia maquínica que ya no nos afecta. De ahí todos
esos textos que parecen obra de agentes virtuales «inteligentes»,
cuyo único gesto es el de la programación, mientras que el resto
se desarrolla según criterios automáticos. Nada que ver, por cierto,
con la escritura automática
(*), que jugaba al choque frontal mágico de las palabras
y los conceptos, mientras que aquí se trata sólo del automatismo
de la programación, de la declinación automática de todas las posibilidades.
Por delante el design maquínico del cuerpo, del texto, de
la imagen. Eso se llama la cibernética: dar órdenes a la imagen, al texto, al cuerpo, desde el
interior en cierto modo, desde la matriz, jugando con el código
o las modalidades genéticas. Es, además, este fantasma de
performance ideal del texto o de la imagen ‑esta posibilidad
de corregir sin fin‑ lo que provoca en el «creador» ese vértigo
de interactividad con su propio objeto, a la vez cae el vértigo
ansioso de no haber ido hasta los límites tecnológicos de sus posibilidades.
De hecho, es la máquina (virtual) la que nos habla, es ella la que
nos piensa.
Pero
¿existe realmente la posibilidad de descubrir algo en el ciberespacio?
Internet no hace más que simular un espacio mental libre,
un espacio de libertad y descubrimiento. De hecho, solo ofrece un
espacio desmultiplicado, aunque convencional, donde el operador
interactúa con elementos conocidos, sitios establecidos, códigos
instituidos. Más allá de esos parámetros de investigación no existe
nada. Cualquier pregunta es asignada a una respuesta anticipada.
Uno es el interrogador automático al mismo tiempo que el contestador
automático de la máquina. A la vez codificador y descodificador,
de hecho nuestro propio terminal, nuestro propio corresponsal. Es
eso el éxtasis de la comunicación. Ya no hay otro enfrente, ni tampoco
destino final. El sistema gira así sin fin y sin finalidad. Y su
única posibilidad es la de una reproducción y de una involución
al infinito. De ahí el confortable vértigo de esa interacción electrónica
e informática, similar al de una droga. Uno puede pasarse toda la
vida en ella, sin discontinuidad. La droga misma no es más que el ejemplo perfecto
de una interactividad enloquecida en un circuito cerrado.
Para
domesticarnos se nos dice: el ordenador no es sino una máquina de
escribir, sólo que más práctica y compleja. Lo cual es falso. La
máquina de escribir es un objeto perfectamente exterior. La página
flota al aire libre y yo también. Tengo una relación física con
la escritura. Toco con los ojos la página en blanco o la página
escrita, cosa que no puedo hacer con la pantalla. El ordenador
es, en cambio, una verdadera prótesis. Yo mantengo con él una relación
no sólo interactiva, sino también táctil e intersensorial. Yo mismo
me convierto en un ectoplasma de la pantalla. De ahí provienen,
sin duda, de esa incubación de la imagen virtual y del cerebro,
las insuficiencias que afectan a los ordenadores y que son como
los lapsus de nuestro propio cuerpo.
En
cambio, el hecho de que la identidad sea la de la red y nunca la
de los individuos, el hecho de que la prioridad se dé a la red más
que a los protagonistas de la red, conlleva la posibilidad de disimularse
en ella, de desaparecer en el espacio impalpable de lo virtual y
no estar ya localizable en ningún lugar, ni siquiera para uno mismo,
lo cual resuelve todos los problemas de identidad, sin contar los problemas de alteridad. Así, la atracción de todas
estas máquinas virtuales se debe sin duda menos a la sed de información
y de conocimiento, e incluso a la de contacto, que al deseo
de desaparecer y a la posibilidad de disolverse en una operabilidad
fantasmal. Forma planeante que hace las veces de felicidad, de una
evidencia de felicidad por el hecho mismo de que ya no tiene razón
de ser.
La
virtualidad sólo se aproxima
a la felicidad porque retira subrepticiamente cualquier referencia
a las cosas. Nos da todo, pero de manera sutil nos escamotea al
mismo tiempo todo. El sujeto se realiza en ella perfectamente,
pero cuando el sujeto está perfectamente realizado, se convierte
de forma automática en objeto y cunde el pánico.
6
de mayo de 1996
Nota[S.R.]:
(*)
Método
de escritura (que pretendía atentar contra el mismo método, cualquiera
fuese éste) propuesto por los surrealistas para relevar al yo de
su conciencia y alcanzar la "surrealidad", siguiendo los
conceptos de lo propuesto por S. Freud para alcanzar lo inconciente
(la asociación libre en el psicoanálisis).
Texto
extraído de "Pantalla total", Jean Baudrillard, págs.
203/207, editorial Anagrama, Barcelona, España, 2000.
Edición
original: Galilée, París, 1997.
Selección,
destacados, nota introductoria y final: S.R.
Con-versiones,
enero 2006
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