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Lacan y el pensamiento chino
François Cheng
Lo
que voy a decir, esta noche, tendrá un lazo poco directo con el
psicoanálisis. Esta primera afirmación, que se relaciona con Lacan,
puede asombrar. S in embargo, eran las condiciones mismas en las
cuales se habían efectuado nuestras reuniones de trabajo. En efecto,
a fin de hacerme sentir cómodo, y con la inquietud de no influenciarme
en mis respuestas a sus preguntas, me había pedido expresamente
olvidar lo poco que conocía del psicóanálisis en general y de su
teoría en particular.
El
quería, en mi companía, visitar o, en muchos casos, volver a visitar
ciertos campos del pensamiento chino, ello de la manera mas auténtica
posible, estudiando los textos en su escritura original, línea por
línea, palabra por palabra. Inútil decirles con qué prisa acepté
esta proposición. Estaba en ese entonces en plena investigación,
tratando de aplicar los métodos fenomenológicos o semióticos a diversas
prácticas chinas significantes.
Los
diálogos que había podido anudar con Gaston Berger, Levinas, Barthes
y Kristeva me habían convencido lo suficiente de las virtudes de
los intercambios directos. Cuánto de esto era cierto con Lacan,
es lo que no tardé en verificar. Lacan,
con su manera tan tenaz y tan abierta de interrogar los textos,
su capacidad tan pertinente para hacer resaltar la apuesta de una
interpretación, contribuía a reforzar mi impulso, a agudizar mis
facultades de discernimiento.
A
punto tal, por otra parte, que al cabo de un período de varios años
absolutamente privilegiados para mí, he debido despedirme de él
para consagrarme a la redacción de dos obras (1)
que en el momento de su publicación, en 1977 y en 1979, tendrán
el honor de interesarlo y de recibir su aprobación. Es decir que
del intenso intercambio con Lacan, a veces extenuante para mí, yo
era, de hecho el gran beneficiario. En
cuanto a Lacan mismo, ¿qué
obtuvo él de esto? Probablemente nadie está en condiciones de contestarlo
actualmente con precisión. ¿Cómo un gran espíritu puede nutrirse
de todos los aportes que encuentra en su camino? Para saberlo, eso
exigiría sin duda una investigacion paciente, minuciosa y sobretodo
global. Estábamos al principio de los años setenta. Lo esencial
de la teoría de Lacan ya estaba formulada. Sin embargo, no
se puede dudar que, en este sumergirse en la cultura china, su curiosidad
intelectual no haya encontrado atractivos, que su espíritu escrutador
no haya extraído inspiraciones, que, en el corazón mismo de su teoría,
tal o cual concepto no haya encontrado ecos, incluso prolongaclones.
Si no ¿por qué todas esas sesiones encarnizadas que duraban a veces
varias horas, y una o dos veces una tarde entera?
Aparte
de las discusiones puntuales sobre diversos temas tales como los
pronombres personales, las preposiciones, las expresiones de tiempo
en chino, estudiamos ante todo textos elegidos uno a uno por Lacan
mismo. De una manera general, se trata de textos de los cuales él
había leído las traducciones. Si hago abstracción de algunos textos
anexos que mencionaré al pasar, puedo citar, en orden, las principales
obras siguientes: Le Livre de la Voie et de sa vertu, el
Mencius y Propos sur la peinture du moine Citrouille amere.
Veremos que este orden sigue una cierta lógica, dado que las
tres obras en cuestión corresponden a grandes rasgos, a los tres
niveles constitutivos del pensamiento chino: el nivel de base que
calificaría de cosmo-ontológico luego el nivel ético, y finalmente
el nivel estético.
La
primera obra, Le Livre de la Voie et de sa vertu (2)
-en chino el Daodejing-es atribuido a Laozi,
el padre fundador del taoísmo. Laozi habría vivido en el siglo VI
antes de nuestra era. Pero el texto que conocemos
es una versión más tardía, versión escrita de una enseñanza oral
transmitida desde hace varias generaciones a partir de Laozi.
La obra se compone de ochenta y un capítulos cortos. Los dos capítulos
que me propongo comentarles se cuentan entre los más determinantes
en lo que concierne
a la manera en la cual los chinos han concebido la Creación y la
marcha del Universo, que se designa en chino con la palabra Tao,
que quiere decir la Vía. Sucede que verbalmente
la palabra Tao quiere decir también "hablar". De
manera que, si se permite un juego fónico en francés, se puede decir
que el Tao está dotado de un doble sentido: la Vía y la Voz (la
Voie, la Voix)*.
El Tao significa pues un orden de la vida al mismo tiempo que un
orden de la palabra. Se ve en este punto lo que pudo interesar a
Lacan.
De
esos dos textos un poco abruptos, voy a hacer un comentario lo más
cercano posible al que Lacan y yo hicimos juntos. Primero el primer texto (Le livre de la Voie et
de sa vertu, cap. XLII):
Le Tao d'origine engendre
l'Un
L'Un engendre
le Deux
Le Deux engendre le Trois
Le Trois engendre del Dix-Mille ¿tres
Les Dix-Mille
étres endossent le Yin
et embrassent le Yang,
Par le souffle du Vide-médian
Ils réalisent l' echange-entente (3)
Todas
las frases que componen ese texto abordaron la idea del soplo. Es
aquí que, sin más, conviene indicar un punto central: la idea de soplo se encuentra en el pensamiento chino.
Es
cierto que, muy antiguamente, en la manera en que los chinos concebían
el orígen de la Creación, la idea de una voluntad divina no estaba
para nada ausen te, Puesto que ellos se referían al Señor de Arriba,
y más tarde, al Cielo. No estaban ausentes tampoco las referencias
a ciertas materias, como el Fuego o el Humus. Pero en un momento
dado, muy temprano sin embargo, segun una gran intuición, Optaron
por el soplo, que no estaba forzosamente en contradicción con las
ideas precedentes, pero que, fenomenológicamente, les permitía adelantar
una concepción unitaria y orgánica del universo vivo donde todo
se enlaza, todo se sostiene, por justamente, el soplo. Por más que
hayan buscado, no encontraron nada mejor que el soplo, esta entidad
dinámica, capaz de engendrar la Vida, a la vez que el espíritu y
la materia, el Uno y lo Múltiple, las formas y su metamorfosis.
Optando por el soplo, extrajeron rápidamente de él todas las consecuencias.
El soplo es precisamente esa unidad de base que estructura todos
los niveles de un sistema orgánico. Es así que, a nivel físico,
las materias vivas, nuestros mismos cuerpos, son concebidos como
condensaciones de diferentes soplos vitales. Que, a nivel ético,
cuando alguien actúa con justicia y equidad, se dice que su conciencia
está movida por el soplo íntegro o el soplo de la Rectitud. Y que,
a nivel estético, la regla de oro recomienda animar los soplos rítmicos.
He aquí muchas cosas arrojadas así un poco desordenadamente. Pero
tranquilícense, no me extravío. Volvamos al primer texto. Lo voy
a comentar frase por frase.
El
Tao de origen designa el Vacío original de donde emana el soplo
primordial que es el Uno. El Uno se divide en dos soplos vitales
que son el Yin y el Yang. El Yang, que concierne al principio de
la fuerza activa, y el Yin, que concierne al principio de la dulzura
receptiva, están virtualmente en estado de engendrar los Diez Mil
seres. Pero al Dos viene a agregarse el Tres, o más bien al corazón
del Dos viene a intercalarse el Tres. Pues el Tres no es otro que
el soplo del Vacío-central del cual es cuestión en la última frase.
Este soplo del Vacío-central, ese Tres, ¿es indispensable? Según
el pensador chino, sí. Puesto que, sin ese soplo actuando en el
Vacío-central, el Yin y el Yang se plantarían cada uno por su lado
en una actitud de reserva o se encontrarían en una oposición estéril.
Mientras que, con la intervención del Vacío-central, los dospartenaires
entran en un campo a la vez abierto, distanciado e interactivo,
y por su interacción, acceden a la transformación mutua. El soplo
del Vacío-central es entonces lo contrario de un lugar neutro y
hueco, de un no mans land **.
Es una entidad dinámica en sí. Por cierto nace del Dos, es decir
que solamente puede estar ahí cuando el Dos está ahí. Pero una vez
ahí no se borra como una simple ráfaga de viento pasajero; se vuelve
un presencia en sí, un verdadero espacio de intercambio y de cambio,
un proceso en el cual el Dos podría cruzarse y excederse.
Consideremos
ahora el segundo texto (Le Livre de la Voie et de sa vertu, cap.
1):
Le Tao pouvant etre énoncé
n' est pas le Tao constant
Le Nom pouvant etre dénonimé
Sans-avoir Nom, n'est pas le Nom constant
commencernent
du Ciel-Terre
Y-avoir Nom, Mere de Dix-Mille êtres
Tojours Sans-avoir Désir
pour en saisir
le germe
Toujours Y-avoir Désir
Pour en prévoir
le terme
Même issue mais différente appellation
Participent du même élan originel
Mystere et miystere autre
Porte de toutés merveilles (4)
El
primer texto nos ha informado acerca del mecanismo del Tao sobre
el modo en cómo funcionan los soplos vitales, particularmente con
el soplo del Vacío-central que trae consigo el intercambio entre
el Yin y el Yang y, por ahí, los lleva más lejos, en el proceso
del cambio continuo. Aquí, en este segundo texto, palpamos una verdad
más sutil. Ciertamente el Tao
implica el cambio continuo, pero ¿es que en el seno de esta inmensa
marcha permanente, hay sin embargo algo constante que no cambia?
¿Que jamás se altera ni se corrompe? Y bien, contesta Laozi
con una convicción no desprovista de humor: lo
que no cambia es el Vacío mismo. Un Vacío sin embargo vivificante
dónde se origina el soplo, de donde lo que es sin-tener Nombre
tiende constanternente hacia el-tener Nombre; lo que es sin-tener
Deseo tiende constantemente hacia el-tener Deseo. Pero he aquí:
en cuanto hay Nombre, en cuanto hay Deseo, no estamos más en lo
constante. Lo único constante, el verdadero constante, una vez más,
es el Vacío de donde surge constantemente el soplo. Desde
esta óptica, estamos forzados a admitir que el verdadero ser es
a cada instante el salto mismo hacia el ser, la verdadera vida es
a cada instante el impulso mismo hacia la vida. Desde entonces comprendemos
la inquietud de los pensadores chinos por aprehender el Vacío. En
el cora zón de las sustancias vivas aparentemente las más consistentes,
las más compactas, ellos ven obrar el Vacío y su corolario el soplo,
los cuales hacen que, en la raíz de los fenómenos abundantes, destinados
finalmente a ser deteriorados, hay esta fuente constante que, ella,
no se agota, no traiciona. Es la razón por la que es necesario,
según ellos, sostener los dos extremos, sostener el sin tener Nombre
y el sin tener Deseo para captar el germen, sostener el tener Nombre
y el tener Deseo para prever el término. Aquí, si se quiere dar
un paso más y formular la cosa de manera menos enigmática, diré:
hay en estos pensadores chinos,
como más tarde en los artistas chinos, una preocupación constante.
Ellos buscan enlazar lo visible a lo
invisible, lo finito a lo infinito, o inversamente introducir lo
invisible en lo visible, y lo infinito en lo finito, esto incluso
en la misma vida cotidiana. Pero concretamente ¿cómo? Por el Vacío-
central, responden ellos. Cada uno de nosotros, cada cosa en sí
es una finitud. La infinitud es lo que sucede entre las entidades
vivas. A condición sin embargo, lo sabemos ahora, que las entidades
en cuestión estén en una relación de intercambio y no de dominación,
y que actúe entre ellas el verdadero soplo del Vacío central.
El Vacío-central es precisamente
ese soplo que viene de sí del sujeto cuando está a la vista de otros
sujetos y que lo empuja fuera de sí, para que el vivir y el hablar
le sean indefinidamente posibles. El Vacío-
central transforma al sujeto en proyecto, en el sentido que
él lo proyecta delante de sí, tendiendo siempre hacia lo inesperado,
es decir hacia el infinito. El sujeto
justamente no es ese bien celosamente conservado, lo dado, fijado
de una vez para siempre. La verdadera realización no está en el
estrecho recinto de un cuerpo mensurable, tampoco está en una vana
fusión con un otro que sería todavía una finitud, sino en el ir
y venir sin fin y siempre nuevo entre las unidades de la vida, el
verdadero misterio siempre otro. Aquí, si se acepta la idea de soplo,
se debe poder admitir también la visión según la cual aún nuestras
sensaciones más íntimas no se limitan al
interior de un pobre cascarón; ellas son vibraciones, ondas propagadas
en un espacio que viene de sí, pero desbordándolo infinitamente,
en resonancia con la gran rítmica del Tao.
Ahí está la definición misma del éxtasis.
Lo
que acabamos de ver, a través de los dos textos de Le livre de
la Voie et de sa vertu, concierne al pensamiento
taoísta. La obra siguiente, que espontáneamente Lacan ha
elegido, concierne, al confucionismo,
ya que se trata del Mencius. En esta ocasión, por otra parte,
nos hemos interesado igualmente por ciertos pasajes de las Entretiens
de Confucius, y por otra obra: Le Milieu juste (5).
Mencius
(371-289 antes
de Cristo) es considerado un poco como el San Pablo del confucionismo.
El
habría estudiado al lado de un discípulo del nieto de Confucio.
Fue por lo tanto un rezagado. Pero por su fogosidad, por su elocuencla,
contribuyó a propagar las doctrinas confucionistas en otras numerosas
escuelas de pensamiento. A pesar de las diferencias entre las dos
corrientes mayores, taoísta y confucionista, particularmente en
lo que respecta a su actitud ante la vida, lo esencial del confucionismo
confirma, sin embargo en el plano ético, muchos de los elementos
de base que hemos podido ver en los taoístas. En principio: como
los taoístas que han construido su sistema con la
ayuda de tres elementos, el Yang, el Ying y el soplo del Vacío-central, los confucionistas,
fundaron su concepción del destino del hombre en el seno del Universo
sobre la tríada el Cielo, la Tierra y el Hombre. Por lo cual está
permitido afirmar que el pensamiento chino es decididamente ternario.
Y si se lleva un poco más lejos la observación, se puede constatar
que además, hay correspondencia entre el Tres taoísta y el Tres
confucionista, en la medida en que el Cielo concierne el principio
Yang, la Tierra el principio Yin y donde el Hombre, este ser intermediario,
debe tener en cuenta la doble exigencia de la Tierra y del Cielo.
Sí, no es la idea taoísta del soplo del Vacío-central que no encuentre
su equivalente en los confucionistas, con la noción del justo Medio.
El justo Medio designa aquí una
ley vital y constante -no inmutable sino constante-en el funcionamiento
del Tao, una ley en la que el hombre puede tener confianza y a la
que debe precisamente tener en cuenta para ajustar su vida. Recordemos
que el Tao no es otra cosa que la Creación en marcha, esta
inmensa aventura de la vida en sus transformaciones continuas. Ahora
bien, cualquiera que sea el misterio que subyace este orden de la
vida, una cosa es segura: el soplo primordial
que lo inauguró mantiene siempre su promesa; no se desvía, no traiciona.
Dicho de otro modo, no es caprichoso ni insolente. No cae en lo
impulsivo o en el extremo, al punto de volverse siempre imprevisible.
Por el contrario, el pensador confucionista constata que este orden
de la vida se mantiene en la duración; es constantemente fiable.
¿Qué es lo que hace que este orden de la vida sea constantemente
fiable, a pesar de tantas vicisitudes? Es que su vía fundamental
es el justo Medio. Sobre todo no tomen el justo Medio en el sentido
de semi-medida o de compromiso, no cesan de repetir los primeros
confucionistas y los grandes comentadores que vendrán después. El
justo Medio es, tal como la viga central de un edificio,
la exigencia misma de la Vía, la condición severa a partir de la
cual la vida puede alcanzar la plenitud de sus potencialidades.
Es, en realidad, la exigencia más difícil, mientras que el
capricho y la fantasia son fáciles, así como lo excesivo o lo extremo.
Según Mencius, el justo Medio es, teniendo en cuenta elementos presentes,
y según el principio de vida, lo que se debe hacer exactamente en
cada circunstancia.
Es
la más alta expresión de la justicia. Si es preciso, hay que estar
listo para sacrificar su vida por su realización. Toda esta concepción,
Mencius la debe esencialmente a Confucio, que en sus
Entretiens, tuvo varias ocasiones para desarrollarla. A un discípulo
que lo interroga acerca de su saber, Confucio le contesta
que no posee ningún saber preestablecido, que su saber es tan vacío
como el Vacío. Pero que si alguien lo consulta por una situación
humana concreta, él se esforzaría siempre por examinar la situación
hasta sus límites extremos, antes de proponer, en la medida de
lo posible, la Vía central (médiane) más elevada, la más
justa. En base a esta actitud, él hizo, por otra parte, esta afirmación
que gustó mucho a Lacan: "Cuando uno pasea aunque
sea de a tres, cada uno está seguro de encontrar en
el otro un maestro, haciendo la parte del bueno para imitarlo y
superarse, o del malo para corregirlo en sí mismo"
(6). Esta afirmación nos hace captar la perspectiva confucionista
según la cual, toda situación humana siendo intersubjetiva, lo que
nace entre las entidades vivas, sobre todo cuando éstas apuntan
a buscar lo verdadero, no es algo abstracto ni pasajero. Se encarna
en una entidad en sí, una especie de trans-sujeto, de hecho
el verdadero sujeto, el justo Medio por excelencia, ya que
es él el que permite a los "sujetos"
en presencia elevarse, transformarse, en el sentido de la Vía.
Tanto más que, sobre este tema, la tradición
de los letrados, que tocan el problema del sujeto, concibe
dos tipos de "yo" (moi): el pequeño yo y el gran yo. El
primero concierne al sujeto en su estado de individuo y el segundo
el sujeto en su dimensión social y cósmica ( en relación con la
tierra y al cielo). En el seno de esta última dimensión, el sujeto
debe esforzarse en pensar y actuar en el sentido del bien colectivo,
ciertamente, pero sobre todo "cósmicamente", aceptando
la idea que, si tiene el mérito de pensar el universo, es a fin
de cuentas el Universo vivo que no ha cesado de pensar en él, por
él. Él piensa así como él es pensado a través de todos los encuentros
decisivos. Es así que él se siente ligado. Es así que su pequeño
yo se deja desbordar ventajosamente.
En
este punto de nuestra marcha, si hace falta, antes de continuar,
resumir en algunas frases todo lo que acabamos de ver, diria, a
riesgo de repetir, que desde el Livre des mutations (7),
esta obra inicial -que, mediante sesenta y cuatro trigramas dobles
compuestos de trazos plenos y de trazos quebrados, intenta precisamente
figurar toda la complejidad de las interferencias y transformaciones
cuando el sujeto entra en relación con el otro o con los otros-
, todos los pensadores chinos aceptan la idea de una Via
que, gracias a interacciones internas, está en permanente mutación.
Pero cualquiera sea la etapa de su evolución, sean cuales sean las
entidades vivas en presencia, hay en cada circunstancia, incluso
entre dos personas solamente, este intervalo vital, ese lugar incontorneable
percibido por los taoístas como el Vacío-
central y concebido por los confucionistas como el justo
Medio. En suma, no es el Uno que comanda el Dos, sino el Tres que trasciende
el Dos, no olvido ese comentario de Lacan.
Aquí,
uno está en su derecho de preguntarse donde reside la divergencia entre taoísmo y confucionismo. En primer
lugar hay en cada uno una postura diferente: el primero, privilegiando
el principio Yin, se refiere, por asi decir, a un orden de lo femenino;
el segundo, predicando el principio Yang, depende ante
todo del orden del Padre. Luego, podemos constatar esto. Mientras
que los taoístas predican la comunión total con el universo viviente,
fiándose en la capacidad innata y natural del hombre en su esfuerzo
de ajuste, los confucionistas, preocupados ante todo por la ética,
creen que es bueno, e incluso necesario, regular las relaciones
humanas mediante el Ly y el Yue, es decir ritos y
música. Los ritos, se comprende: se trata de un conjunto de actitudes
y de gestos en vista de crear la buena distancia y la buena medida.
La música, puede sorprender. Sin embargo, Confucio proponía diferentes
tipos de música para cada circunstancia, a menudo muy, despojadas,
aptas para engendrar el sentido del ritmo y de la armonía, en las
relaciones que todo hombre debe mantener con los otros. El preveía
las cinco relaciones siguientes: entre hombre y mujer, entre padres
e hijos, entre hermanos y hermanas, entre amigos, y, en el plano
institucional, entre soberano y sujeto.
Aparte
de esas generalidades hay un problema en el Mencius que
interesó particularmente a Lacan, el problema concerniente
al habla humana. Ahí también, se ve la diferencia de
postura entre taoístas y confucionistas.
De
una manera general, y diría instintiva, los taoístas
desconfían de la palabra humana. Según ellos, una palabra demasiado
proliferante no podría ser más que una forma degenerada de los soplos
vitales. Para los confucionistas que creen en las virtudes de la
educación, y para Mencius en particular, que alienta la expresión de
los sentimientos y los deseos, la palabra al contrario es un instrumento
indispensable. Por supuesto, Menclus no ignora que la palabra es
de doble filo: ella puede contribuir a alcanzar lo verdadero, como
ella puede corromper, incluso destruir. En un pasaje del cual Lacan
ha copiado frases, copia
que he conservado ciudadosamente (Mencius, cap. II), Mencius enumera
ante un interlocutor cuatro clases de palabras que él considera
como deficientes o defectuosas: palabras parciales, palabras disimuladas,
palabras deformadas y palabras excesivas. Más adelante, Mencius afirma que, en cuanto a él, posee en principio
el discernimiento frente al hablar de la gente, de lo que ellos
dicen. A su interlocutor que le pregunta sobre qué funda esta certeza,
él contesta que se esfuerza sin tregua de nutrir en él el soplo
íntegro o el soplo de la Rectitud. Aquí, él hace referencia a lo
que decíamos hace un momento acerca del soplo primordial que, en
tanto soplo íntegro, asegura el orden de la vida sin jamás desviar,
sin jamás traicionar; es el garante de la Rectitud. También se ve
ahí, al menos para los confucionistas, que la palabra humana está
ligada al soplo; en tanto es habitada por el soplo íntegro, la palabra
humana puede alcanzar lo verdadero. Sin embargo, por otro lado,
como buen confucionista, Mencius exalta también el rol propio del
hombre, puesto que el hombre participa como tercero en la obra
de la Tierra y del Cielo. Dado que la palabra es un soplo, si el
hombre, gracias a su voluntad y a su espíritu esclarecido, logra
proferir palabras justas, contribuiría, a su vez, a reforzar el
soplo que lo habita y que anima el Universo.
¿Cómo,
finalmente, nutrir en sí ese soplo íntegro? Hace falta, para hacerlo,
dice Mencius, que toda su voluntad, su corazón -sede de los sentimientos
y del espíritu-tienda hacia él. Sobre todo hace falta ponerse en
la disposición de extrema humildad y de extrema rectitud. De extrema
paciencia también: no fijar un término preciso ni buscar resultados
inmediatos; no imitar a ese hombre de pocos alcances, que bajo el
pretexto de ayudar a las plantas de arroz a crecer más rápido, las
estira para arriba y termina por arruinarlas completamente. Mencius
no duda que si se logra llenar esas exigencias, el resultado estará
asegurado.
En
1960 al final de su seminario sobre la ética del psicoanálisis,
Lacan habló de Mencius diciendo que según éste, la
benevolencia estaba en el origen natural del hombre. La degradación
vino después. Mencius era un apasionado
de la justicia. No ignora las desviaciones, las perversiones, el
mal, pero cree, lo hemos dicho, en la fuerza de la educación. El
mismo había sido educado por su madre que, para sustraer a su joven
hijo de influencias nefastas, no había vacilado en mudarse tres
veces. Lacan estaba de acuerdo conmigo en pensar que los
confucionistas han probablemente
confiado demasiado en la naturaleza humana. No han escrutado el
Mal de manera radical, ni planteado
de manera radical el problema del derecho para proteger al sujeto.
Esta es la gran lección que China puede y debe aprender del pensamiento
occidental. Es cierto que Lacan admiró esta actitud de confianza
de los confucionistas para quienes los bienes son dados al
hombre y el entendimiento con el mundo de los vivos le es acordado.
Sobre este tema, Mencius expuso
por otro lado un argumento simple: puesto que hacer el mal
es la cosa mas fácil del mundo, que hacer el bien
es infinitamente difícil, casi contra natura, y que sin embargo
de generación en generación cantidad de hombres continúan espontáneamente
en hacer el bien, hay que creer que el bien
es sin embargo innato al hombre desde el comienzo. Si no, ningún
Señor de Allá-Arriba, ningún Cielo, ninguna Razón está posibilitada
de imponérselos desde afuera, retroactivamente (aprés coup).

La
última obra que hemos estudiado es un tratado de pintura compuesto
por dieciocho capítulos cortos. Titulado: Propos
sur la peinture du moine Citrouille-amère
(8),
escrito por el gran pintor Shitao, del siglo XVII. El
deseo de Lacan de profundizar su conocimiento de un texto
tan particular me sorprendió al principio, luego me encantó. No
tardé en darme cuenta del interés que podía presentar un texto así
para él, y de rebote, para mí mismo. El arte caligráfico y pictórico, tal como es practicado en
China, es un arte de vida. Pone en práctica, justamente, todos los
elementos de la cosmo-ontología que hemos despejado. En
su tratado, Shitao ha elaborado un pensamiento estructurado,
fundado en todo un conjunto de nociones, a veces técnicas, del cual
es difícil dar cuenta aquí. Sin embargo, vamos a señalar algunas nociones de base sobre las cuales
Lacan se había detenido más, tales
como la noción de Yin-Yun, la del Trazo único de Pincel,
y en fin la de la Receptividad. Todas estas nociones que
dependen de la creación artística están en relación íntima con
la manera en la cual los pensadores chinos conciben, sencíllamente,
la Creación. La primera noción, por ejemplo, el Yin-
yun, que algunos traducen por el caos. Como su pronunciación
lo sugiere, el Yin-yun designa un estado donde el Yin y el
Yang son aún indistintos pero en virtual devenir. No es por lo tanto
un término negativo. El estado que él designa no es nada menos que
la promesa de la vida, un lugar abierto donde el impulso del no-
ser hacia el ser es posible, incluso inminente. En pintura, es precisamente
ese espacio primero en el seno del cual el deseo de la forma puede
emerger, y el acto de figurar puede emprenderse. En
la realización de un cuadro, el Y¡n-yun está ciertamente
al comienzo; pero debe permanecer presente en el curso de ejecución
y subsistir al final, tanto es así que, en la óptica china, un cuadro
demasiado terminado es un cuadro fracasado, en un verdadero cuadro
debe quedar un espacio siempre virtual y que tienda a otras metamorfosis.
Es
con relación a esta imagen de Y¡n-yun que la segunda noción,
la del Trazo único de Pincel,
toma todo su relieve. El Trazo único de Pincel se desprende del
Yin-yun en tanto que primera afirmación del ser. Él es a
imagen del soplo primordial que se desprende del Vacío original.
Es por lo que, de ahí en más, se puede afirmar, como Shitao
mismo lo hizo, que el Trazo, en el orden pictórico, es el equivalente
del soplo, es la traza tangible. El Trazo no es una simple línea.
Por medio de un pincel, embebido en tinta, el artista coloca el
Trazo sobre el papel. Por su pleno y su perfil, su Yang y su Yin,
el empuje y el ritmo que implica, el trazo es virtualmente y a la
vez forma y movimiento, volumen y tinte. Constituye una célula viviente,
una unidad de base de un sistema de vida. Y además en tanto poderoso
significante, el Trazo significa siempre más de lo que manifiesta.
Porque aún siendo una completud en sí, llama a la transformación
que porta en germen. No cesa de llamar a otros trazos, como lo proclama
Shitao: "El Trazo único de Pincel contiene en él
los Diez Mil Trazos". De este modo, es en torno a ese nudo
en movimiento, equivalente al soplo, a la vez lo Uno y lo Múltiple,
la traza y la transformación, que la tradicion pictorica china,
renovada por Shitao, ha forjado una práctica significante
que tiene una coherencia orgánica.
Para
adquirir el arte del Trazo ¿es suficiente un ejercicio asiduo? No,
dice Shitao, ya que se trata de una disciplina de vida. Para
ello, hace falta que el artista esté en estado de acogerlo. Es aquí
que interviene la noción de Receptividad.
Como el Trazo debe ser movido por el soplo, hace falta que previamente
el artista, él mismo en lo más íntimo, sea movido por los soplos
vitales, tanto el Yln, el Yang, como el Vacío-central, los mismos
que han sido capaces de encarnarse en bambú y en roca, en montaña
y en agua. El artista debe alcanzar ese grado de disponibilidad
abierta donde los soplos internos que lo habitan estén en condiciones
de relevar aquellos que vienen del Afuera. El verdadero Trazo no
puede resultar más que de este encuentro y de este intercambio entre
soplos internos y soplos externos. "Venerar la Receptividad",
es la última recomendación lanzada por Shitao. Este último
no ignora que hay conocimientos conscientes y prácticos, pero afirma
que la Receptividad es primera y el Conocimiento segundo. Para decirlo
todo, la Receptividad es un estado superior del Conocimiento, una
especie de intuición plena por la cual captamos algo que no sabemos
y que sin embargo por adelantado, ya sabemos.
Acabamos
de tratar la idea del Trazo. Pasemos ahora del Trazo a la combinación
de trazos, y de la combinación de trazos a las figuras dibujadas.
Entre las figuras dibujadas, más abstractas y al mismo tiempo más
significantes, hay que contar los ideogramas que, como se sabe,
son un conjunto de signos hechos
de trazos estructurados cada vez alrededor de un centro, según ciertas
reglas pero que ofrece variedades infinitas. A causa de los ideogramas,
la caligrafía se volvió un arte mayor.
Por
la gestualidad surgente, y rítmica que ella suscita, la caligrafía
exalta el ser carnal de los signos, restableciéndolos
en su dignidad plena. Si hablar es un soplo, escribir es un soplo
también. Los signos a trazar comprometen cuerpo y espíritu del que
traza, lo proyectan al afuera para que él se realice en figuras
formales pero plenas de sentido. Plenas de sentido, dijimos. La
palabra sentido [sens] en plural, pues el sentido de los
signos en los cuales el hombre se inviste enteramente es inagotable.
Acerca
de esto, no puedo dejar de abrir un paréntes para evocar el ideograma
yi sobre el cual Lacan y yo hemos tenido una
discusión de las más instructivas para mí. Este ideograma, que tiene
como sentido original "Idea" o "intención",
goza de numerosas combinaciones con otros ideogramas para formar
toda una familia de términos que giran en torno de la noción de
imagen, de signo y de slignificación. Es así que a partir del núcleo
yi, asistimos al nacimiento de la siguiente serie: yi-yu, "deseo"; yi-zhi "mira" ; yi-xiang, "orientación"; yi-xiang, "imagen,
signo"; yi-hui, "comprensión"; yi-yi
o zhen-yi, "significacion o esencia verdadera";
y¡-jing, "estado más allá de lo decible". De los
dos últimos terminos, el yi-yi, "significación"
implica la idea de la eficacia justa, mientras que el yi-jing,
"estado no decible" implica la idea de un rebasamiento
con relación a la palabra significada. Y toda esta serie de palabras
nos inspira la constatación que, por una parte, el signo
es el resultado de un deseo, de una mira y dotado de una significación que sin embargo no la agota, y que,
por otra parte, la verdadera significación de un signo puede actuar
eficazmente, y el rebasamiento del signo
no puede hacerse mas que a partir de esta significación
misma. Nuestra discusión sobre ese tema nos llevó naturalmente,
lo recuerdo bien, a referirnos a la concepción
desconstructivista del lenguaje y pensamos que si es
totalmente justo afirmar que el sentido
de un "escrito" es sin cesar «diferido", eso no impide
que en cada situación determinada, en cada encuentro decisivo, la
significación es, en la medida en que la significación en
cuestión actúa eficazmente sobre los seres presentes, haciéndoles
acceder, en el mejor de los casos, a la transformación.
A
Lacan le gustaban los ideogramas
-por su forma y por su manera ingeniosa de sugerir el
sentido-así como la caligrafía.
Él me dijo que me envidiaba el poder practicar ese arte ligado a
lo concreto como una terapia. Me habló también de André Masson
al que consideraba como un calígrafo occidental En 1973, hubo
una exposicion china en el Petit Palais. Fuimos allí juntos. A falta
de pinturas y de caligrafías, contemplamos largamente los objetos,
más particularmente esas líneas altamente estilizadas, grabadas
sobre bronce.
Pero
lo que fascina a Lacan, sin embargo, son esos signos escritos como sistema. Un sistema que está al
servicio de la palabra, aunque guardando una distancia con relación
a ella. Como cada ideograma forma una unidad autónoma e invariable,
su poder significante sólo se diluye poco en la cadena. De este
modo, siendo capaz de transcribir fielmente la palabra, el sistema
también puede, por todo un proceso de elipsis voluntaria y de combinación
libre, engendrar en su seno un juego abierto, sobretodo en el lenguaje
poético donde, en el interior de un signo y entre los signos, el
Vacío-central juega a pulverizar el dominio de la linealidad unidimensional.
A propósito de esto, recordemos que me he despedido de Lacan
hacia 1974 para consagrarme precisamente a la redacción de una obra
acerca de la escritura poética china. Esta obra, publicada en 1977,
atrajo toda la atención de Lacan. En una carta fechada el
22 de abril de 1977, me escribe: "He tenido en cuenta su
libro en mi último seminario, diciendo que la interpretación -es decir lo que debe hacer el analista-debe ser poética [palabra subrayada por Lacan]".
A
continuación, hemos tenido varios encuentros de los cuales uno,
memorable para mí, en su casa de campo durante una jornada entera.
En un artículo para la revista L' Ane, relaté de manera bastante
detallada lo que nos hemos podido decir acerca de una octava del
siglo VIII, "El pabellón de la grulla amarilla" de Cui
Hao. Aquí, hoy, me conforrno con evocar una cuarteta de Wang
Wei que estudiamos ese día, de alguna manera como una entrada
(hors-d' oeuvre). Yo
le preguntaba como, finalmente, definía la metonimia
y la metáfora. El me dijo que se cuidaba bien de hacerlo.
Que a partir de la idea de continuidad y de similitud, se puede
siempre ahondar, pero lo importante es observar el lazo entre las
dos figuras en su funcionamiento. Inmediatamente
después, abrió mi libro para buscar en él ejemplos simples y recavó
sobre la cuarteta de Wang Wei. Ahí, una vez más, debo decir que
admiré el olfato lacaniano.
El poema, titulado, "El Lago Qi", tiene por tema una escena
de despedida. La escena es descripta por una mujer que acompaña
a su marido hasta el borde del lago tocando la flauta. Mientras
ella permanece en la orilla, el hombre se aleja en barca en un largo
viaje. Eso es lo que indican los dos primeros versos. El tercer
verso dice que en un momento dado, en el corazón del lago, ya lejos,
el hombre se da vuelta. Y este último verso termina de manera un
poco abrupta, como una detención en una imagen, con esto: "Montaña
verde rodea nube blanca".
Con
este verso estamos en presencia de dos metáforas, montaña verde
y nube blanca, en una relación de metonimia.
En
primer grado, la imagen representa lo que el hombre ve efectivamente
desde el medio del lago cuando él se da vuelta. La montaña figura
entonces el ser que permanece allí, en la orilla, es decir la mujer;
mientras que la nube, símbolo de la errancia, figura el ser partiendo,
es decir el hombre. Pero en un grado más profundo, hay como un vuelco
de la mirada. Pues en el imaginario chino, desde siempre, la montaña
pertenece al Yang, y la nube al Yin. En ese caso, la montaña designa
al hombre y la nube a la mujer. El verso entero parece hacer oír
la voz interior de cada protagonista. El hombre-montaña parece
decir a la mujer: "Estoy en errancia, pero permanezco fielmente
allí, cerca de ti", y la mujer-nube parece responder al hombre:
"Estoy aquí, pero mi pensamiento se hace viajero contigo".
En realidad, en un grado más profundo aún, ese último verso dice
lo que por pudor o por impotencia la mujer no llega jamás a decir
con un lenguaje directo y denotativo: toda la relación sutil e inextricable
entre hombre y mujer. Según los chinos, la nube nace de las profundidades
de la montaña, primero bajo forma de vapor, el cual subiendo hacia
el cielo se condensa en nube. En el cielo, puede bogar un instante
a su antojo, pero vuelve hacia la montaña para rodearla. Está dicho
en el verso: "Montaña verde rodea nube blanca". El verbo
rodear, no marcado aquí, puede ser activo, en el sentido de rodear,
o pasivo, en el sentido ser rodeado, de manera que el verso significa
a la vez "la montaña rodea la nube" y "la montaña
se deja rodear por la nube". Un enlace alternando activo y
pasivo, o inversamente. ¿Es eso todo? No del todo. Hay que quebrar
el pudor señalando el hecho que la nube vuelve a caer como lluvia
sobre la montaña. Este hecho tiene un sentido más profundo y un
alcance más amplio que lo que se piensa. Ciertamente, se sabe que
en chino la expresión "nube-lluvia" significa el acto
sexual. Es muy interesante pero podemos ir más lejos. La nube que
se eleva de las entrañas de la montaña, que sube al cielo y que
vuelve a caer como lluvia para realimentar la montaña, encarna de
hecho el inmenso movimiento circular que enlaza la Tierra y el Cielo.
Desde esta óptica, se vislumbra un poco
el misterio de lo Masculino y lo Femenino. La montaña verde,
levantada entre tierra y cielo, entidad aparentemente estable, es
precaria sin embargo, estando bajo la amenaza de perder su cualidad
de verde si ella no es alimentada por la lluvia. En cuanto a la
nube, una entidad aparentemente frágil, es tenaz. Aspira
a tomar múltiples formas porque lleva en sí la nostalgia del infinito.
A través de ella, lo Femenino busca -al desgarrarse el corazón-decir lo infinito que no es otro que su propio misterio (9).
Estamos
en el imaginarlo chino. Como no señalar al pasar la maravillosa
coincidencia en francés donde, fonéticamente, la imagen de la mujer
"desnuda" ("nue") está ligada también
a la de la nube ("nue") ***.
Lo que ha permitido la rica ambigüedad del poema de Mallarmé
que comienza por "A l'accablante nue...".
Creo
que a fin de cuentas, es también para acorralar ese misterioso Femenino,
caro al pensamiento taoísta, que el doctor Lacan emprendió en mi
modesta compañía, pero con qué ingeniosa paciencia, su búsqueda
china.
NOTAS:
(1)
Cheng F., L' Écriture Poétique chinoise,
Le seuil, coll. "Points", 1996, et Vide el plein,
le langage pictural chinois, Le Seull, col. "Points",
1991.
(2)
Para la lectura del Livre de la Voie et de sa vertu (El libro
de la via y de su virtud), Lacan consultó varias traducciones, particularmente
las de J.J.L. Duyvendak (reed). Jean Maisonneuve, 1987), y de F. Houang y
P. Leiris (reed. Le Seuil, coll. "Points", 1979).
*
(N.
del T.), Voie y Voix en francés son homofónicos.
(3)
El Tao de origen engendra el Uno / El Uno engendra el Dos / El Dos
engendra el Tres / El Tres engendra los Diez Mil seres / Los Diez
Mil seres endosan el Yin / Y abrazan el Yang / Por el soplo del
Vacío-central / Realizan el intercambio-entendimiento
**
(N. Del T.), en inglés en el texto, «tierra de nadie".
(4)
El Tao pudiendo ser enunciado / no es el Tao constante / El Nombre
pudiendo ser denominado / no es el Nombre constante / Sin tener
Nombre, Comienzo del Cielo-Tierra / El-tener Nombre, madre de Diez
mil seres / Siempre Sin-tener Deseo / para captar el germen / Siempre
el-tener Deseo / para preveer el término / misma salida pero diferente
denominación / Participan del mismo impulso original / Misterio
y misterio otro / Puerta de todas las maravillas
(5)
Estas tres obras -Entretiens de Confucius, Mencius, Le Milie
juste citados aquí, forman, con La Grande Étude los cuatro
libros canónicos del confucionismo. Lacan los ha estudiado en la
traducción de Séraphin Couvreur (reeditado por las ediciones Kuan-Chi,
en venta, en París, en las librerías Le Phénix Y You-feng).
(6)
Confucius, Entretiens de Confucius, trad. A. Cheng, Le Seuil,
coll. "Points", 1981, p. 65.
(7)
Libro
de adivinación cuya versión actualmente conocida es atribuida al
rey Wen de los Zhou, aproximadamente mil años antes de nuestra era.
(8)
Shitao, Propos sur la peinture du moine Citrouille-amere (Palabras
sobre la pintura del monje Calabaza-amarga), trad. P.
Ryckmans, reed. Hermann, 1997.
(9)
La interpretación de esa cuarteta de Wane, Wei, hecha por Lacan
y por mí ese día, ha podido ser integrada veinte años más tarde
en mi obra L' Ecriture poétique chinoise, cuando ésta entró
en la colección de bolsillo "Points" de la Editorial Le
Seuil.
***
(N. del T)., nue: en francés, forma literaria para nube.
Texto
extraído de "Lacan, el escrito, la imagen", Varios autores,
págs. 151/172, ediciones Del Cifrado, Buenos Aires, Argentina, 2003.
Edición
original: Flammarion, París, 2000.
Selección
y destacados: S.R.
Con-versiones,
diciembre 2005
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