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El anudamiento de los tiempos en la novela familiar
Sylvie
Le Poulichet
Los planteamientos freudianos sobre la «novela familiar» nunca sorprenderán
lo suficiente: ¿por qué todo niño se ve movido a reescribir su historia
bajo la forma de un relato secreto que le permite retornar de una
nueva manera al origen? ¿Moldeará la elaboración de la novela un
lugar en el que las figuras del origen puedan ser halladas
y otorgar anclaje a la historia?
Evidentemente, la elaboración de la novela familiar no es un simple ejercicio
literario: veremos que constituye más bien la trama de un devenir
semejante y extraño, correlativo de un devenir
sexuado. Desde
este punto de vista, no es para asombrarse si en ocasiones adquiere
una función esencial en la cura analítica, cuando el movimiento
mismo del devenir parece problemático o, concretamente, cuando la
relación con el semejante se coagula en un collage y en una actualidad
cruda, mientras que la dimensión misma de la historia ya no parece
en movimiento. A raíz, precisamente, de dificultades surgidas con
pacientes que se habían sumido en diversas formas
de destrucción del tiempo, la elaboración de una novela
familiar en la cura se me apareció a posteriori como
una apuesta clínica importante, precisamente cuando tal construcción
de la neurosis infantil parece haber fracasado.
La multiplicación
de los padres y la metáfora del extraño
La demostración de Freud acerca de la novela familiar podría entenderse
como un proceso fundamental de anudamiento de los tiempos
en el marco del fantasma, y como un momento de actualización
de una esencial distancia entre lo semejante y lo extraño.
La novela familiar representaría entonces un acontecimiento
constitutivo de la relación temporal del sujeto con el Otro, no
asimilable por ello a una adquisición psicológica pues el trabajo
de devenir semejante y extraño se emparienta de hecho con
un proceso dinámico e interminable: nunca terminamos de devenir
semejantes y extraños. Intentaré, no obstante, mostrar en qué forma el
trabajo de la novela familiar, tal y como Freud lo presenta,
realiza lo que podríamos denominar una metáfora de lo extraño.
En
su artículo de 1909 sobre la «novela familiar de los neuróticos»,
Freud evoca el «llegar a ser grande»
y el «devenir extraño» a través del desasimiento del niño,
donde se pone en juego la oposición de las generaciones. Menciona
en primer término el trabajo del «llegar
a parecerse»: concretamente, se trata de llegar a parecerse
al progenitor del mismo sexo. Ahora bien, un sentimiento de insatisfacción
y la certeza de haber sido «relegado» dan al niño ocasión para criticar a sus padres
sirviéndose de la referencia a otros padres preferibles en muchos
aspectos (1).
Al hilo de sus ensoñaciones, el niño imagina haber sido probablemente
adoptado, y se las arregla así para desembarazarse de sus padres,
ahora desdeñados y juzgados, a fin de sustituirlos por otros y de
ocupar transitoriamente él mismo el lugar del extraño. «El sujeto
ha comenzado a devenir extraño», dice Freud, desde el
momento en que «la fantasía del niño se ocupa en la tarea de
librarse de los menospreciados padres y sustituirlos por otros»
(2). Se
demuestra entonces que esta entrada en
el espacio de la novela es correlativa de una operación de
sustitución: primer tiempo de una metáfora de lo extraño.
Después,
al llegar al estadio sexual de la novela
familiar, el niño toma conocimiento de la diferencia de sexos
y deduce que el padre es incierto mientras que la madre es «certissima».
A partir de entonces, la referencia a un padre ideal puede basarse
en la realidad sexual: su verdadero padre, cuya existencia le habría
sido ocultada, es seguramente «más noble». En cuanto a la madre,
objeto de la curiosidad sexual, el niño le inventa ocultos enredos
amorosos y pone en duda la legitimidad de sus otros hermanos.
Resulta
del artículo de Freud que ficciones
en apariencia muy hostiles prueban en realidad un proceso estructural
que no sólo convierte a la toda- madre en una mujer deseante,
sino que además redistribuye las diferentes figuras de la paternidad
en momentos en que el niño se propone asumir su identidad sexual.
La «novela familiar de los neuróticos» actualiza entonces una distancia
por recorrer entre un padre real
y un padre ideal... pero esto no
es todo. Recuerdo aquí las puntualizaciones de Freud: «El
íntegro afán de sustituir al padre verdadero por uno más noble no
es sino expresión de la añoranza del niño por la edad dichosa y
perdida en que su padre le parecía el hombre más noble y poderoso
(...) se extraña del padre a quien ahora conoce y regresa a aquel
en quien creyó durante su primera infancia; así, la fantasía no
es en verdad sino la expresión del lamento por la desaparición de
esa dichosa edad» (3).
La distancia y la sustitución engendran entonces la nostalgia de
lo que no fue, o la fabricación de un trastiempo mítico. Al construirse
un «antiguamente, en aquellos tiempos, había una vez un padre...»,
el dios de la infancia o la bóveda estrellada del universo infantil
se ven nuevamente restaurados. Si la novela
familiar implica la pérdida supuesta y la nostalgia de un primer
tiempo feliz, es porque la sustitución del padre real por un padre
ideal permite en cierto modo hacer existir una pérdida primera que
marcó el tiempo del origen: esta sustitución acarrea una recomposición
del origen que no es comienzo.
Todo
indicaría que, en el desarrollo de este artículo, Freud propone
una fórmula de los tiempos que se ponen en juego en la novela
familiar, donde se trataría de sustituir el padre de la realidad
por un padre ideal, con el fin de dar existencia a un padre
mítico (se requiere, sin duda, un trípode paterno de esta índole
para asentar lo arbitrario o para aceptar a ese padre impersonal
y acéfalo que en última instancia la ley sin razón representa).
Este proceso articula, distinguiéndolos, un real actual, un posible
ideal y un trastiempo mítico. La distancia entre los padres
heterogéneos, o la no coincidencia de los padres en la novela familiar,
permitiría que el cuerpo se elabore en los intervalos abiertos por
el desfallecimiento del Otro. A contrario, la mera referencia a
un padre que fuese el padre absoluto coincidente consigo mismo (a
la vez el «papá» de la realidad, el ideal, el «juicio de Dios»...)
demolería desde un principio el trabajo de separación y de elaboración
fantasmática del cuerpo. Este fue, a buen seguro, un aspecto
en el recorrido del presidente Schreber.
Freud indica claramente que la mira de la elaboración de la novela
familiar no es otra que un trabajo de desasimiento y de puesta
en oposición de las generaciones. Ahora bien,
queda particularmente en evidencia que la
duda sobre el padre engendra la multiplicación
de padres y la distancia entre la diversidad de estos.
Gracias a esta distancia se traza una separación, y se manifiesta
en negativo el lugar del sujeto: en cierta medida, el sujeto es aquí efecto de la puesta en relación de
los diferentes padres. Si este padre «no pega», si este padre no
es el padre, queda presentificado entonces el espacio del desfallecimiento
del Otro, indicando un lugar vacío en el que va a amarrarse el deseo propio
del sujeto.
Separarse, se parer, engendrarse
La
novela familiar representa
en cierto modo una versión novelesca del cogito cartesiano: «dudo,
luego soy... autor o novelista de mi historia», «dudo, luego me
separo». Con referencia a otra versión de la duda,
Lacan menciona en el Seminario 11 un semejante tiempo lógico
de separación, cuando el niño aprehende el enigma del deseo del
Otro a través de las faltas del discurso o de los intervalos que
cortan a los significantes. El niño comienza a interrogarse: «El
me dice eso, pero ¿qué quiere?». Así se lleva a cabo un proceso
de separación. Y el análisis etimológico
del término «separación» descubre, como lo recordaba Lacan, un interesante
equívoco (4).
En efecto, el latín «separare» se compone con «se parare», es decir
se parer [*],
vestirse y protegerse, pero se asocia igualmente al latín «se parere»,
es decir engendrarse, hacerse nacer, producirse (5).
En este contexto, se trata de engendrarse como sujeto gracias al encuentro de
un desfallecimiento en el Otro, que causa el despliegue de los interrogantes
fundamentales: «¿Qué quiere el Otro? ¿Qué soy yo para el Otro?».
En
el marco específico de la novela familiar, podría
entenderse que el sujeto se engendra doblemente: surge como efecto
de una duda o de un interrogante sobre el padre y, en un mismo movimiento,
vuelve a ponerse en el mundo, entra de nuevo en el mundo de una
manera singular gracias a la novela que reescribe el origen. El
sujeto, pues, se separa, mientras se atavia simultaneamente con
el paño fantasmático, de la novela, cubriéndose con el adorno de
la novela que recompone el origen. En efecto, este origen nunca es directamente accesible, mientras que
su elaboración ulterior - en una dimensión mítica- demuestra ser
constitutiva del lugar del sujeto en la
historia. El origen, aquel conjunto de trazas orientadas
por una ficción, no existe sino desde el punto de vista de la posición
del sujeto, y este origen inaprensible que excede a todo
comienzo pasa a ser, entonces, un anclaje posible de la historia.
Paralelamente, la novela familiar
representa una nueva manera de vestir la relación sexual que causó
el nacimiento del futuro sujeto. Es una nueva versión de una relación
sexual imposible de decir, versión nueva merced a la cual se simboliza
en parte la relación con el origen.
Este trabajo de la novela consumaría,
pues, una metáfora de lo extraño,
por la cual deviene (otra vez) posible tener un cuerpo semejante y extraño: una vez instituido narrador,
el niño ya no podría coincidir consigo mismo, de igual modo como
los padres ya no coinciden entre ellos. Este momento de apertura
de la novela sería comparable a aquel tiempo en que Ulises deviene
Homero, y en que se reformula la cuestión del destino más allá de
la perspectiva de lo vivido. Ahora bien, según Maurice Blanchot,
«Homero tiene el poder de narrar sólo en la medida en que, bajo
el nombre de Ulises, un Ulises sin trabas aunque fijado, va hacia
ese lugar donde la facultad de hablar y de narrar parece prometérsele
a condición de que él allí desaparezca...»
(6). Esta
sería la condición del narrador puesto autorreferencialmente en su propia
novela: separado para siempre de sí mismo por las imágenes y por los significantes
que lo hacen desaparecer en provecho de aquello que lo representa.
La apertura
de la novela determina así una multiplicación de padres
y una distancia por recorrer entre los tiempos que implican: lo
real actual, lo posible ideal y el trastiempo mítico. Estas
distancias que habrá que andar constantemente serán los lugares
de navegación de un sujeto. En los intervalos abiertos por estas
distancias tendrán lugar las peripecias de su novela: síntomas, actos o creaciones
que figuran episodios de su Odisea y que representan diferentes
maneras de reinventar el padre, o de relanzar a los tiempos la fábrica incesante de padres, a saber: esas formaciones
que anudan el goce a su propia prohibición.
La apertura de una novela familiar en la cura
Con
estos elementos es posible ahora redefinir la articulación entre
la novela y los tiempos
en la cura analítica,
esa otra navegación «terminable e interminable». He elegido descomponer
brevemente este proceso de la novela familiar desde el punto de
vista de la temporalidad, pues su referencia me parece absolutamente
esclarecedora en lo que respecta a las diferentes secuencias lógicas
que pueden sucederse en el trabajo de la cura analítica. Salta,
efectivamente a la vista que el anudamiento
de los tiempos por parte de la metáfora de lo extraño constituye
a veces un aspecto esencial del trabajo analítico, no sólo con los
niños y adolescentes sino también con ciertos pacientes adultos.
Se trata, en cualquier caso, de curas en las que nos hallamos ante
las formas de destrucción del tiempo más
apropiadas para hacernos repensar el problema del tiempo
en la cura. Concretamente, la experiencia analítica puede
plantearse en parte como un momento de
apertura o de reapertura de la novela y de autorreferencialidad
de la función del narrador por multiplicación de los padres.
Según lo indicaron, cada cual a su modo, Freud y Lacan,
preciso es extraer las consecuencias del hecho de que la verdad
salga siempre de labios de una ficción... Además, es preciso que la ficción esté
compuesta, como en aquel tiempo de la novela en que, según Blanchot,
el yo queda «separado de sí mismo por una serie vacilante y fugitiva
de "yo" que poco a poco lo despojan de sí» (7).
Pienso
ahora concretamente en el trayecto de un analizante que me incitó
a pensar juntos el tiempo y la novela en análisis, a raíz de que
la propia elaboración de una novela familiar parecía haber fracasado.
De este analizante diré, a posteriori, que los tiempos de su historia
parecían desanudados por cuanto, en apariencia, no le quedaba más
que un solo padre. En efecto, una y otra vez su mundo corría peligro
de hundirse cuando sus propios orígenes se empezaban a evocar, como
si el origen no hubiese sido precisamente recompuesto. Intensos
zumbidos invadían entonces sus oídos y una sola imagen, siempre
idéntica, se presentaba ante él: la del general de Gaulle en una
pantalla de televisión. El paciente temía entonces que esta imagen
volara en pedazos, porque detrás de ella, decía, «ya no habría nada».
Cuando evocaba esta imagen en sesión, era imposible saber si se
trataba de un sueño, de un recuerdo o de una alucinación, y ninguna
asociación surgía en torno de ese acontecimiento. No podía decir
prácticamente nada de su familia argelina, y en una primera época
resultaba difícil formarse una idea de quién era y de dónde venía,
salvo que había salido de la cárcel, a la que lo llevó una delincuencia
asociada a un período de toxicomanía. Sus palabras parecían coaguladas
en una actualidad cruda; se hallaba confundido entre una palabra
«lista para llevar», impersonal, no particular, y él, manifiestamente
ni del todo hombre ni del todo mujer. Solía expresarse con fórmulas
«terminantes», como por ejemplo: «mi sexualidad no se ve por todos
lados ... ».
Y,
sin embargo, precisamente «eso se veía por todos lados», dado que
en este espacio sin espesor lo amenazaba en cierto modo algo que
me atrevería a llamar una «perpetua cópula». Todo era ocasión para
que lo acecharan las relaciones sexuales y él interrogaba: ¿tenía
que hacerse sodomizar quieras que no? ¿No debía gozar con un perro
o violar a esa chica? Todo parecía igualmente abierto e imperativo,
según
el modelo mismo de sus sueños que eran, como él decía, «sueños descubiertos»:
sueños cuya imagen fija se reducía a veces a una inmensa vagina
o a una escena de incesto con su madre. Todo parecía posible, como
en su adolescencia, cuando vigilaba la maduración de su pene acechando
simultáneamente el desarrollo del pecho. Por otra parte también
decía que junto a su padre, de niño se hacía semejante a él, mientras
que paralelamente al estar junto a su madre, también se hacía lo
que ella era y lo que ella quería. Y al mismo tiempo yo escuchaba
que padre y madre se asimilaban en su discurso a dos líneas paralelas
que no parecían capaces de cruzarse.
Hacia
el comienzo de la cura, un acontecimiento que había fracturado su
infancia se presentó como un «comienzo» de su historia, cuyas huellas
partió él a buscar en los archivos de un diario: se trataba de la
explosión e incendio del departamento en el que había vivido con
su familia, en los suburbios parisienses. Habría sido su propio
padre, ese día particularmente alcoholizado, quien hizo explotar
voluntariamente el departamento con gas. La madre del paciente,
gravemente quemada y desfigurada, estuvo mucho tiempo en el hospital;
y, cuando volvió, el paciente pensó que ya no era la misma. Por
lo que a él se refiere, lo pusieron en un hogar con sus otros hermanos;
en cuanto al padre, estuvo unos meses en la cárcel.
Poco
a poco se desplegó entonces en la cura un relato dominado por la
imagen masiva de un padre absoluto, de un monstruo violento y dictador
que aterrorizaba a toda la familia y que, un día, habría obligado
al futuro paciente a comer sus excrementos. Antes
de emprender un trabajo analítico, y como si hubiese querido preservar
su lugar, el paciente había roto toda relación con sus padres y
se había hecho pasar por muerto. Desde ahí, proseguía su relato
confuso su tentativa de reescribir la historia mediante la reconstitución
del pasado.
De ahí en más, en la cura, el paciente comenzó a definirse un lugar, un cuerpo
y una consistencia bajo el impulso secreto de una novela que sería,
poco más o menos, la siguiente: «Yo no soy hijo de mis padres, fui
encontrado en un tacho de basura, pertenezco a una familia ilustre
y voy a probarlo». Entre
tanto, realiza ciertos actos y define un lugar social, no sin dificultades
ya que se aferra a una posición de víctima a la que «se» debe amor
y reparación inmediata: tuvo así el análisis a maltraer, con los
desafíos y demandas repetidos a que lo inducía tal posición.
Después
de varios años de cura, en circunstancias en que debe redactar una
«tesis» que le permitirá acceder por fin a un diploma, relata un
sueño que le ha causado comnoción: «Estoy en su barrio, haciendo
mis necesidades tranquilamente en la calle, de pie; usted pasa por
ahí y me alcanza unas hojas de papel higiénico...
».
Este «hacer», este «hacer solito», resonará especialmente a través
de las asociaciones como un acto inaugural, que desencadena sin
embargo una tristeza profunda pues desde el momento en que reconoce
lo que ha hecho, se decepciona: no era más que eso.
Se
verifica a posteriori que, en ese momento, la muleta que
su «novela» representaba había perdido
en parte su razón de ser, pues ahora su propia imagen se organizaba
parcialmente en torno de una pérdida: el sueño había actualizado
en cierto modo una pérdida. ¿No había expulsado acaso, con un extraño
giro, aquello con lo que se identificó durante años: un excremento
que adoptaba la figura de un «desecho de la sociedad»? También a
posteriori pareció que por el juego de sus «teorías sexuales
infantiles» se había identificado con un excremento- pedazo
del cuerpo de la madre, y que la imagen coagulada del acto insensato
del padre de hacerle tragar sus heces reducía cualquier distancia,
haciéndolo coincidir brutalmente con él mismo y produciendo una
«devolución al remitente», una exclusión interna.
En
la época de este sueño, cesó finalmente de hacerse pasar por muerto
ante su familia y desaparecieron los zumbidos de oídos así como
el pánico ligado a la imagen del general de Gaulle. Se decide entonces
a encontrarse con sus verdaderos padres «comunes» de la realidad
«tonta». Y se confronta con ellos esta vez sin sentirse aspirado
o absorbido en peligrosos pasajes al acto. Se encuentra especialmente
con su padre y lo reconoce como a un hombre maltrecho y que envejece
entre los demás: es nada más que un padre. Por último, intenta entablar
relación con una mujer y se pregunta no sin dificultad por su identidad
de hombre. Pero esto no significaba que
el análisis hubiese terminado, pues aquello era más bien un posible
comienzo, o una primera navegación que había recompuesto el lazo
del sujeto con el objeto en los tiempos.
Este
relato de una novela en la cura,
por fuerza condensado, resulta probablemente del encuentro entre
esta cura y el artículo de Freud sobre la novela familiar, interpretado
como un momento lógico de anudamiento de los tiempos por la metáfora
de lo extraño. Diré también que tal relato representa ciertamente
una huella o un producto de una formación propia de la cura, es
decir, una construcción que da fe de un encuentro entre «teorías
sexuales infantiles» del analizante y «teorías psicoanalíticas»
reactualizadas por el analista. Esta es quizá, por otra parte, una
de las condiciones para la apertura del tiempo de una novela en
la cura.
Las
metamorfosis de la novela en la cura se producen también
en tanto el analista sostiene, mediante una acción que permanece
esencialmente velada para él, el recorrido de esa novela de los
orígenes. En este aspecto, las «teorías
sexuales infantiles» y las «teorías
psicoanalíticas» resuenan juntas, como si fuese fundamental
que dos «niños» estén ahí, teorizando cada cual para sí, a fin de
que se actualice en la cura, y se destruya,
una novela: una novela capaz de multiplicar las figuras del padre
y que dé un tiempo a los objetos. Sin embargo, este trabajo de la
novela en la cura no tendrá nunca el mismo estatuto que «la novela
familiar de los neuróticos» aunque sólo se haga inteligible
por referencia a la estructura de esta.
La actualización y la disolución de una novela en la cura consuma un tiempo
identificante cuando sobre sus cenizas se erige la potencia del
mito. El novelista puede entonces hacerse «poeta épico»: aquel
que se separa de una «formación de masa»
(8), en este caso «la masa familiar», en el intento de fundar un mito o para
instaurarse padre de su propio mito: «Fue tal vez por
esa época que la privación añorante movió a un individuo a separarse
de la masa y asumir el papel del padre. El que lo hizo fue el primer
poeta épico, y ese progreso se consumó en su fantasía. El poeta
presentó la realidad bajo una luz mentirosa, en el sentido de su
añoranza. Inventó el mito heroico. Héroe fue el que había matado,
él solo, al padre (el que en el mito aparecía todavía como monstruo
totémico). Así como el padre había sido el primer ideal del hijo
varón, ahora el poeta creaba el primer ideal del yo en el héroe
que quiso sustituir al padre (...) El poeta que dio este paso, y
así se desasió de la masa en la fantasía, sabe empero (...) hallar
en la realidad el camino de regreso a ella. En efecto, se presenta
y refiere a esta masa las hazafias de su héroe, inventadas por él.
En el fondo, este héroe no es otro que él mismo» (9).
La
detención sobre imagen como «sentencia de muerte» [**]
Parece
fundamental abordar de manera dinámica en la clínica los accidentes
de desanudamientos temporales, así como la perspectiva de anudamientos
temporales en vías de constitución. Pero ello no es posible sino
cuando «la clínica se halla en psicoanálisis a partir de un sujeto
dado y de un analista dado», es decir, según la fórmula de François
Perrier, en el momento en que «no puede atenerse a los modelos
estables de una nosografia» (10):
«La diacronía de la interlocución, fundada como tal, coloca en devenir
problemático a lo que se leía como estabilidad de una economía neurótica
o psicótica. ¿Esto quiere decir que las virtudes del diálogo analítico
son lo único que hace fundir al sol toda cartografía semiológica
o toda estructura? ¿Los Atlas celestes para zodíacos psiquiátricos
no conocen otra estrella fija que no sea el sol freudiano? Evidentemente
no... » (11).
El trabajo de la novela en la cura no sería, efectivamente, simple literatura;
podría representar el andamiaje temporal de un devenir semejante
y extraño entendido como devenir sexuado: un devenir hombre o un
devenir mujer que, como tal, se opone al movimiento de un puro devenir
(12). La elaboración de la novela, al anudar lo actual con lo posible ideal y con
el trastiempo mítico, podría sostener entonces el engendramiento
de objetos pulsionales por el trabajo de las distancias y de las
diferencias.
Esta puesta en acto de la novela en la cura, que incluye el recorrido
del analista, tendría sin embargo un valor acentuado con ciertos
analizantes de los que, para retomar una vez más una fórmula de
Blanchot, podríamos decir que «el mundo amenaza sin tregua
hundirse en ese espacio sin mundo hacia el cual los atrae la fascinación
de una sola imagen». La detención sobre imagen [arrêt sur image], que puede
resonar a veces como una «sentencia de muerte» [arrêt de mort],
coagula un tiempo donde los monstruos infantiles acechan a un sujeto
excluido. Ciertas configuraciones traumáticas
tienen este poder de destruir el tiempo en las imágenes,
de expulsar a un sujeto fuera del tiempo, y de crear imágenes inmóviles
que lo miran. En términos más freudianos, se da el caso, en efecto,
de que ciertos acontecimientos traumáticos permanecieron vagando
en el espanto, coagulando el tiempo del deseo y de las metamorfosis
(13).
La dimensión misma de la historia
parece puesta entonces en jaque por la cristalización de imágenes
desprendidas, adosadas a un discurso que no entraña subjetivación.
La subjetivación está sin duda «ligada a la trasformación
de un dato espacial en tiempo» (14),
pero
esta transformación resulta a veces en sí misma inaccesible, y ciertas
detenciones sobre imagen pueden vacilar tan sólo durante las peripecias
de una novela.
Por eso, partiendo del acontecimiento, la novela es entonces la aproximación
al acontecimiento que pronto empezará simplemente a tener
lugar. Dicho de otra manera, el lazo tejido entre el analista
y el analizante pasa a ser el tiempo psíquico donde lo que se encontró
comienza solamente a tener lugar (psíquico).
Después de Freud, es nuevamente Blanchot quien mejor
lo dice: la novela es «la
apertura de ese movimiento infinito que es el encuentro mismo, siempre
distancia del lugar y del momento en que se afirma, porque en esa
misma distancia, distancia imaginaria, se realiza la ausencia y
sólo en su término el acontecimiento empieza a tener lugar, punto
este en el que se cumple la verdad propia del encuentro, de donde,
en todo caso, quisiera ser engendrada la palabra que la pronuncia»
(15).
De encuentros diferidos en encuentros fallidos se cumple el trayecto de una
novela que realiza la ausencia y luego su propia disolución.
De manera totalmente distinta, uno de los tiempos de fin de análisis,
que no corresponde exactamente al fin de las sesiones, evoca igualmente
ese extraño momento de disolución de una novela, que yo podría ilustrar
así: de repente el analista se despierta, como quien, súbitamente
lanzado por la violencia de una ola sobre la playa desierta, ve
alejarse sobre las ondas una barca... y recuerda de pronto haber
estado navegando varios años en esa embarcación. También aquí, el
otro ha devenido súbitamente -"poco a poco, aunque de inmediato"-
un semejante- extraño. Sin embargo, aún se ha de esperar allí,
en esa playa desierta, que el analizante reconozca lo que ha tenido
lugar.
NOTAS:
(1)
S. Freud, "Le roman familial des névrosés" (1909), en
Névrose, psychose et perversion, PUF, 1973, pág. 157. [«La novela
familiar de los neuróticos», en AE, vol. 9, pág. 217].
(2)
Ibid., pág. 158 [pág. 218].
[*]
Verbo traducible, en efecto, por «engalanarse, adornarse», y asimismo
por «precaverse, prevenirse» (N. de la T).
(3)
Ibid., pág. 160 [pág. 220].
(4)
J. Lacan, Le Séminaire. Livre XI. Les quatre concepts fondamentaux
de la psychanalyse, op. cit., pág. 194. [Versión en cast.: El
Seminario de Jacques Lacan. Libro 11. . ., op. cit., págs. 221-
2 ].
(5)
Dictionnaire historique de la langue francaise, Le Robert,
1992, tomo 2,pág.1923.
(6)
M. Blanchot, Le livre á venir, op. cit., pág. 14. [Versión
en cast.: El libro que vendrá, op. cit., pág. 13.] Este señalamiento
resuena por entero con el que Lacan presenta en su Seminario sobre
la ética, según el cual «en el significante, y en la medida en que
el sujeto articula una cadena significante, palpa que él puede faltar
en la cadena de lo que él es», Le Séminaire. Livre VII. L' éthique
de la psychanalyse, op. cit., pág. 341. [Versión en cast.: El
Seminario de Jacques Lacan. Libro 7..., op. cit., pág. 352.]
(7)
M. Blanchot, op. cit., pág. 25 [pág. 24].
(8)
Según la expresión de Freud en «Psychologie des masses et analyse
du moi» (1921), en Essais de psychanalyse, op. cit. [Psicología
de las masas y análisis del yo, en AE, vol. 18, pág. 129.]
(9)
Ibid., págs. 207- 8 [págs. 128- 9].
[**]
Aquí
«detención» y «sentencia» traducen el mismo vocablo arrét cuya
polisemia resulta imposible de trasladar a un único término en castellano
(N. de la T).
(10)
F. Perrier, op. cit., pág. 206 [pág. 250].
(11)
Ibid.
(12)
Me extenderé sobre la lógica de este puro devenir en el capítulo
«Toxicomanía: la invención de la autocronía».
(13)
Volveré concretamente sobre esta cuestión del trauma en el capítulo
«El instante catastráfico».
(14)
Como lo señala Erik Porge en su comentario del «tiempo lógico» presentado
por Lacan, en Se compter trois. Le temps logique de Lacan, op.
cit., pág. 31.
(15)
M. Blanchot, Le livre a venir, op. cit., pág. 16. [Versión
en cast.: El libro que vendrá, op. cit., pág. 16.]
Texto
extraído del libro "La obra del tiempo en el psicoanálisis",
S. Le Poulichet, págs. 93/105, editorial Amorrortu, Buenos Aires,
Argentina, 1996.
Edición
original: Payot & Rivages, París, 1994.
Selección:
S.R.
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