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La "novela" psicoanalítica
Historia y literatura
Michel de Certeau
¿Cuál
es el impacto del freudismo sobre la configuración que rige,
desde hace tres siglos, las relaciones de la historia
y de la literatura? Estas
"disciplinas" se distribuyen actualmente según
las instituciones (asociaciones profesionales, departamentos universitarios)
que las administran y las aseguran contra los accidentes. Ciertamente,
el divorcio entre la historia y la literatura compete a un proceso
muy antiguo y demasiado largo para ser contado. Patente desde el
siglo XVII (1)
legalizado en el siglo XVIII como un efecto de la división entre
las "letras"
y las "ciencias",
la ruptura no ha sido institucionalizada sino hasta el siglo XIX
por la organización universitaria. La división está fundada en la
frontera que las ciencias positivas establecieron entre lo
"objetivo" y lo imaginario, es decir entre lo que ellas
controlaban y el "resto".
Esta
distinción es objeto de una revisión. En este caso, como en muchos
otros, la literatura ha desempeñado un papel de vanguardia. Por ejemplo,
con la novela fantástica (2).
El freudismo, que presenta por otra parte aspectos de novela
fantástica, participa en esta revisión. Hace posibles nuevas
relaciones, al definir de otro modo los términos de la relación.
Éste es un problema de fronteras
que yo querría examinar a partir de Freud. Es un problema que provoca
una redistribución del espacio epistemológico. Y toca finalmente
la escritura y sus relaciones con la institución.
Yo muestro de inmediato mi tesis: la
literatura es el discurso teórico de los procesos históricos.
Ella crea el no- lugar en donde las operaciones reales de
una sociedad acceden a una formalización. Bien lejos de considerar
a la literatura como la
"expresión" de un referente, es necesario reconocerla
como análoga a lo que las matemáticas, por largo tiempo, han sido
para las ciencias exactas: un discurso "lógico" de la historia, la "ficción"
que la vuelve pensable (3).
Presupuestos
históricos
Dos
cuestiones previas afectan todo examen de las intervenciones freudianas
en las difíciles relaciones entre literatura
e historia. Por una parte, Freud supone que su método,
por una práctica diferente del lenguaje, es capaz de transformar
todo el campo de las ciencias humanas, pero él sólo controló operativamente
sus tesis en una disciplina particular, la psiquiatría, sin haber
estado en condiciones de proceder a las mismas verificaciones técnicas
ahí donde, como él lo declara, era "incompetente" (4).
El futuro del freudismo se juega en esta diferencia entre la
generalidad de su teoría y la localización de sus experimentos.
Los "ensayos" freudianos sobre la literatura y la historia
presentan solamente un cuadro de hipótesis, de conceptos y de reglas
con miras a emprender investigaciones fuera del campo donde el psicoanálisis
fue "científicamente" elaborado.
Por
otra parte, sería ilusorio referirse al freudismo como a algo singular.
Cuando, en 1971, por primera vez desde la muerte de Freud, el Congreso
Internacional de Psicoanálisis se realizó en Viena, la unidad entre
las escuelas y las tendencias presentadas no era más que, por así
decirlo, el silencio del departamento vacío de la Berggasse (una
tumba adornada de baratijas) y el ruido de la ovación dada a la
hija del desaparecido, Anna Freud (un nombre sostenido por el quiproquo
genealógico). A estos dos signos de ausencia, un lugar vacante
y un nombre ocupado por otro, se les añade un tercero, el monumento
de las Gesammelte Werke. Los discípulos que se disputan estos
dieciocho volúmenes evocan, efectivamente, la tesis de Tótem
y tabú sobre el despedazamiento del cuerpo por la "horda"
de los herederos después de la muerte del padre, o la de Moisés
sobre la "tradición" que invierte el pensamiento del fundador
de la cual lleva el nombre.
De
la India a California, de Georgia a Argentina, el freudismo, tanto
como el marxismo, está "estallado". Las grandes instituciones
profesionales que han sido forrnadas para defenderlo contra los
avatares del tiempo, más bien lo dejan al trabajo diseminador de
la historia, es decir a las divisiones entre culturas, naciones,
clases, profesiones y generaciones. Ellas aceleran la descomposición
del cuerpo del cual obtienen ganancias. Negar este hecho sería ideologizar
la teoría y/o fetichizarla. Tampoco existe el "buen lugar"
que pudiese garantizar una interpretación exacta de Freud. Las reflexiones
que siguen sólo se sitúan en alguna parte de esa diseminación del
freudismo, en la línea y (desde que la Escuela Freudiana de París
necesitó hacer su duelo) en los márgenes de la institución teórica
lacaniana. Historiador de oficio, o miembro de esa escuela desde
su fundación, yo no estoy mejor "situado" para hablar
de Freud, o para ser considerado como uno de sus representantes.
La institución localiza. No autoriza.
Por
ello, dos cuestiones previas. Por un lado, unas tesis generales
sustentadas exclusivamente en experiencias particulares. Por otro,
una lectura particular de esas tesis generales. Esta
localización significa historicidad. Antes de ser un objeto de discursos,
la historia engloba y sitúa el análisis. Éste es el presupuesto
insuperable del análisis histórico. Toda teoría de la historia está
en relación directa con un laberinto de coyunturas y de relaciones
que no domina. Es una "literatura" dominada
por el tema que trata.
De
la "cientificidad" a la "novela"
En
sus Estudios sobre la histeria (1895), Freud "formado,
dice, en los diagnósticos locales y en el electrodiagnóstico",
se asombra, muy irónicamente, de que sus "historias de enfermos
(Krankengeschichten) se lean como novelas (Novellen) que
están, por decirlo así, desprovistas del carácter serio de la cientificidad
(Wíssenschaftlichkeit)". Eso lo vive como una enfermedad.
Su manera de tratar la histeria transforma su manera de escribir.
Metamorfosis del discurso: "El diagnóstico local y las reacciones
eléctricas no tienen ningún valor para el estudio de la histeria,
mientras que una presentación
(Darstellung) profunda de los procesos psíquicos a la manera en que nos son presentados
por los poetas (Dichter) me
permite, por el empleo de algunas raras
fórmulas psicológicas, alcanzar una cierta inteligencia en
el desarrollo de una histeria"
(5). Desplazamiento
hacia el género poético o novelesco. La conversión psicoanalítica es una conversión a la "literatura".
Este movimiento se duplica con una llamada a los "poetas y
novelistas" que "conocen, entre cielo y tierra, muchas
cosas que nuestra sabiduría escolar aún no se imagina": "el
novelista siempre ha precedido al hombre de ciencia"
(6). La
orientación es permanente. No deja de acentuarse hasta la última
obra, Moisés (1939), designada como una "novela"
(7). Dejando
de lado los tratados pedagógicos, el discurso analítico tiene la
forma de lo que se puede llamar, con un término freudiano, la "ficción
teórica" (8).
Curiosamente,
mientras Freud ha sido nutrido por la Aufklärung científica
del siglo XIX y se ha consagrado apasionadamente por hacerse reconocer
como el "serio" del modelo académico vienés, más parece
perder esa estimación por su propio descubrimiento. También por
ese descubrimiento, es devuelto a la "tierra materna",
la Muttererde, de la cual escribía a Amold Zweig que a diferencia
de todas las otras civilizaciones (egipcia, griega, etcétera), creadoras
de ciencias, la palestina antigua sólo había "formado religiones,
extravagancias sagradas", en suma: ficciones (9).
El discurso freudiano,
en efecto, es la ficción que retorna en la seriedad
científica, no solamente como el objeto del análisis,
sino como su forma. El
"estilo" de la novela se convierte en el de la escritura
teórica. La forma bíblica, gesto literario por el cual
se expresa el conflicto de la Alianza, es decir el proceso histórico
entre Yahvé y su pueblo, parece remodelar a distancia el saber psiquiátrico
para conformar el discurso del proceso transferencial entre analista
y analizado(a). Al exhumar las relaciones que atormentan la unión
del saber con su objeto, Freud traiciona la norma científica. Vuelve
a encontrar en el género literario
que era de una época pasada, en la Biblia, el discurso "teórico" de esta relación. Además,
como lo resalta Lacan, él es uno de los pocos autores contemporáneos
que han sido capaces de crear mitos (10),
lo que quiere decir, cuando menos, novelas
con función teórica.
Sea
lo que sea la aparición posible de esa gran reminiscencia bíblica en la obra freudiana, lo que
permanece es que la importancia que se le da a una historicidad
es precisamente lo que hace que se regrese a una forma
novelesca; aún más, a un arte
poético. De esta conexión, tres aspectos interesan a
una teoría del relato freudiano.
a)
Para Freud, la "novela" tiene por definición que combinar
en un mismo texto, por una parte, "los
síntomas de la enfermedad" (Krankheitssymptome), es
decir una semiología fundada en la identificación de estructuras
patológicas, y por otra parte, la historia del sufrimiento"
(Leidensgeschichte), es decir una serie de eventos relacionados
que sorprenden y alteran el modelo estructural (11).
Por lo tanto, adoptar el estilo de la novela consiste en
abandonar la "presentación de caso" tal como la practicaba
Charcot en sus "martes" y que se basaba en "observaciones",
es decir en "cuadros" coherentes, compuestos al destacar
los datos relativos al modelo sincrónico de una enfermedad. En la
obra de Freud, la estructura patológica se vuelve el marco donde
se producen los acontecimientos que esa estructura no integra y
que no son menos decisivos desde el punto de vista del "desarrollo"
de la enfermedad. Por ese hecho, el "cuadro" de Charcot se transforma en
"novela". En
consecuencia, el texto al que parece faltarle la "seriedad
de la cientificidad" se debe más bien a que toma con seriedad
el funcionamiento dialógico
propio de la cura. Resumiendo, no
hay historicidad sin novela.
b)
Freud mismo está implicado en la relación
con su interlocutor. En la parte más rigurosa de su obra,
sus análisis de caso cuentan las sorpresas que el "sufrimiento"
de los sujetos enfermos marcan en su posición. A manera
de primera aproximación, admitamos que la "posición"
de Freud está representada en su texto por el modelo que le sirve
de cuadro teórico para seleccionar e interpretar los datos transmitidos
por el o la enferma. Es una configuración patológica, el sistema
de una enfermedad. La novela resulta de lo que el sufrimiento del otro introduce
de diferente en este cuadro. Estas diferencias
señalan a la vez, en el texto, las pérdidas
y los acontecimientos de
la narración. Estos dos valores, uno relativo al modelo
y el otro relativo al relato, tienen por otra parte la
misma significación: la pérdida de la teoría determina la secuencia de la narración.
Desde este punto de vista, la
novela es la relación que la teoría mantiene con la aparición secuencial
de sus límites.
De
hecho, la perturbación que el "sufrimiento" del otro insinúa
en el sistema de su "enfermedad" alcanza también algo
que no es solamente el saber del analista. Los afectos y las reminiscencias
de toda clase responden a los pacientes. Esas reacciones, Freud
las considera "memorables" (denkwürdig). Marcan,
en su discurso, una separación entre
su lugar histórico (un inconsciente) y su posición científica (un
saber). El diálogo hace surgir en el analista mismo
una "inquietante familiaridad". La "confesión"
de esta alteración interna define con mucha exactitud lo que separa
del "cuadro" psiquiátrico
a la "novela" psicoanalítica. Quitándole
así lo serio al modelo científico, el relato freudiano ahí graba
una historicidad escondida del analista y una mutación recíproca
de los interlocutores. Es una escultura de acontecimientos, hasta
ese momento ignorados, en el marco estructural de un saber.
c)
Recíprocamente, la concepción que Freud se hace de su escritura
le enseña a leer otros documentos. Permite
considerar cualquier relato como una relación entre una estructura
y unos acontecimientos, es decir entre un sistema (explícito o no)
y lo que se dibuja como su otro. En este caso, la obra
literaria no es reductible a lo "serio" de un modelo estructural
impuesto por una cientificidad. Tampoco se sabría desmenuzarla en
estos acontecimientos de lectura (afectos
o reminiscencias) que multiplican indefinidamente la fantasía o
la erudición. Más bien aparecerá como un engarce de alteraciones
históricas en un cuadro formal. Por otra parte, hay en la obra de
Freud una continuidad entre su manera de escuchar a un(a) enfermo(a),
su manera de interpretar un documento (literario o no) y su manera
de escribir. Entre las tres operaciones, no hay ruptura esencial.
La "novela",
en el sentido en que la hemos precisado, puede caracterizar a la
vez los propósitos de un(a) enfermo(a), una obra literaria y al
mismo discurso psicoanalítico.
Una
tragedia y una retórica de la historia
La
interpretación freudiana, aunque regresa al género de la novela,
no por eso deja de ser histórica. Demos de lo "histórico"
una definición que sirva de punto de partida: es
"histórico" el análisis que considera sus materiales como los efectos
de sistemas (económicos, sociales, políticos, ideológicos, etcétera)
y que apunta a elucidar las operaciones temporales (causalidad,
cruzamiento, inversión, condensación, etcétera) que pudieron dar
lugar a tales efectos. Un postulado de producción y una
localización de sus procesos cronológicos especifican una problemática
de historiador. Ella caracteriza la reutilización freudiana de modelos
sacados sobre todo de dos regiones de la literatura bien identificadas
desde Aristóteles (12):
la tragedia y la retórica. Intercambio sintomático del equívoco
psicoanalítico: los modelos provienen del campo literario y son
transformados por su introducción al campo histórico, no pertenecen
más ni a uno ni a otro.
1.
La tragedia en la obra de Freud. El
análisis freudiano adopta como sistema de explicación la estructuración
del psiquismo en tres instancias, el Yo (Ich), el Ello (Es)
y el Superyo (Uber-Ich). Este
aparato psíquico retoma un modelo teatral. Se constituye
a la manera de la tragedia griega y del drama shakespeareano,
de los cuales se sabe que nunca dejaron de transmitirle a Freud
estructuras de pensamiento, categorías de análisis y citas de autoridad.
Los "actantes" inhumanos (aquí, los "principios",
y allá, los dioses) forman una configuración de "roles"
que se corresponden al oponerse; dibujan, desde el inicio de la
pieza, de manera sincrónica, las etapas por las cuales va a pasar
el héroe epónimo (el "yo" en Freud, el rey Lear o Hamlet
en Shakespeare) para encontrarse finalmente en una posición que
invierte la del inicio (13).
En el comienzo, una disposición de las instancias indican, en el
modo topográfico, los "momentos" que van a desplegarse
de manera diacrónica en desplazamientos sucesivos del "héroe".
Cada pieza o historia es la transformación progresiva de
un orden espacial en una serie temporal. El aparato y el desarrollo
psíquico están construidos sobre ese modelo "literario"
del teatro.
Sin
embargo, el aparato freudiano se distingue doblemente del modelo
de la tragedia del cual se formó. Primero, quiere designar unas
fuerzas que articulan el desarrollo psíquico real, y no solamente
las figuras de un espectáculo. Se trata de una representación,
pero explicativa, de lo que sucede. Si
el modelo es trágico, su funcionamiento es histórico.
Además,
si se acepta el esquema de Georges Dumézil, según el cual
hay del mito a la novela
una reproducción de las mismas estructuras y de las mismas
funciones a pesar de la discontinuidad señalada por la transformación
de la escena cosmológica en escena psicológica (14)
Freud procede a la demarcación inversa. El inicia un regreso al
mito partiendo de la novela; se encuentra generalmente en un estado
intermedio, en este encontrarse entre dos que es la tragedia
(de la cual se sabe que funcionó en los griegos como una historización
del mito). La despsicologización freudiana, que regresa la novela
hacia el mito, se detiene ahí donde la mitificación quitaría al
relato su historicidad. Situado entre la novela y el mito, porque
la primera cuenta un desarrollo y el segundo muestra una estructura,
en consecuencia, el aparato psicoanalítico ofrece el modelo de la
tragedia a la interpretación histórica de los documentos.
2. La retórica freudiana.
La
historización de modelos literarios se presenta aún más claramente
en el sector de los procesos de producción.
Todos estos "mecanismos" tienen por característica "desplazar",
"desfigurar", "enmascarar", en definitiva provocar
"deformaciones" (Enistellungen). En el análisis
practicado por Freud desde la Interpretación de los sueños (1900),
las operaciones, que organizan la representación al articularla
sobre el sistema psíquico, son de hecho de tipo
retórico: metáfora, metonimia, sinécdoque, paronomasia,
etcétera. Aun aquí, el modelo es sacado de la literatura.
Pero esas "figuras de retórica", Freud las saca del ghetto
"literario" en que una concepción de la cientificidad
las había encerrado. El les restituye una pertinencia histórica
al reconocerles un conjunto de operaciones productoras de manifestaciones
relativas al otro (desde el Edipo o la castración hasta la transferencia).
Desde entonces, la retórica constituye el campo (indebidamente restringido
a lo que se convirtió en "literatura") en que se elaboraron
las figuras formales de otra lógica que la que prevalece en la "cientificidad"
aprobada. Estos procesos no competen a la racionalidad de la Aufklärung,
que privilegia la analogía, la coherencia, la identidad y la
reproducción. Corresponden a todas las alteraciones, inversiones,
equívocos o deformaciones que utilizan los juegos con el tiempo
(las ocasiones) y con el lugar identitario (las máscaras) en la
relación de otro con otro. ¿También es necesario, en este renacimiento
de la retórica en la obra de Freud, reconocer un retorno de la lógica
familiar a la tradición semítica y judía de las "historias"
formales, de los juegos del lenguaje y de los desplazamientos "parabólicos"?
Para
emplear una palabra de Freud, la obra
literaria se convierte así en "una mina" en
donde inventariar las tácticas históricas relativas a las circunstancias
y caracterizadas por las "deformaciones" que operan en
un sistema social y/o lingüístico. Como el juego, con su finalidad,
sus reglas y sus "jugadas", es un espacio de algún modo
teórico donde las formalidades de las estrategias sociales pueden
explicitarse, sobre un terreno protegido contra las urgencias de
la acción y contra las complejidades opacas de las luchas cotidianas;
el texto literario, que es también un juego, constituye
un espacio, igualmente teórico y protegido a la manera de un laboratorio,
en donde se formulan, se distinguen, se combinan y se experimentan
las prácticas astutas de la relación con el prójimo. Éste es el
campo en el que se ejerce una lógica
de lo otro, aquella misma que rechazan las ciencias en
la medida en que ellas practican una
lógica de lo mismo (15).
Primeramente,
Freud utilizó el sueño para rearticular estos procedimientos
"literarios" sobre la realidad psíquica y social. Quizás
se sirvió de ella como de un caballo de Troya para historizar la
retórica y reintroducirla en la ciudad de la ciencia. Por ello,
él hace del texto literario el despliegue de las operaciones
formales que organizan una realidad histórica. El le da, o más bien le devuelve,
el estatuto de ser una ficción teórica en donde reconocer
y producir los modelos lógicos necesarios para toda "explicación"
histórica.
La
biografía anti- individualista
Después
de la forma literaria del análisis (la
novela) y de su aparato conceptual (un sistema
trágico y unos procedimientos retóricos), podemos considerar
su contenido principal, a saber: la historia de casos. Herencia
de la psiquiatría, este objeto privilegiado termina, él mismo, por
definir la disciplina: el psicoanálisis, se dice, es la biografía.
El interés por el estudio de la biografía remonta, efectivamente,
a los inicios del freudismo. En las "sesiones de los miércoles"
(¿en relación con los "martes" de Charcot?), antes de
la misma fundación de la Asociación Internacional, se examinaban
unos "casos": Jean- Paul, H. Kleist, N. Lenau, Leonardo
da Vinci, K. E Meyer, E Wedekind, etcétera. Este primer interés
no cesó de crecer entre los freudianos (aunque, por ejemplo, esté
casi ausente de la obra de Lacan). En la mayor parte de los casos
se trataba, por otra parte, de autores literarios. Ya bajo este
aspecto, sumamente clásico, la biografía introduce una historicidad
en la literatura. Pero la novedad
del freudismo consiste en el uso que hace de la biografía para destruir
el individualismo postulado por la psicología moderna y contemporánea.
Con este instrumento, desmonta el postulado de la sociedad liberal
y burguesa. Lo deshace. Lo sustituye por otra historia, que
regresa, como se ha visto, al sistema de la tragedia.
El
individualismo, elaborado
en el transcurso de los siglos XVI y XVII, sirvió de base social
y de fundamento epistemológico a una economía capitalista y a una
política demográfica (16).
Transmite su postulado técnico y mítico a la gestión racional de
una sociedad supuestamente constituida de átomos productivos y autónomos.
Esta es la figura histórica de la modernidad occidental. La psicología
del creador sólo es una variante de ella. Si
Robinson Crusoe es la novela mítica
de este postulado, el freudismo es el anti- Robinson Crusoe. Ciertamente,
nació en y de la sociedad liberal, recibió de su lugar de nacimiento
esta herencia que se convirtió en un dato sociocultural. Pero no
lo acepta más como un postulado. Al contrario, lo desmantela; destruye
su verosimilitud.
Una
comparación muestra lo esencial. En 1784, Kant enumera los
derechos y los deberes de la conciencia ilustrada: "una plena
libertad" y responsabilidad, una autonomía del conocimiento,
un "camino" que permita al hombre "salir de su minoría
de edad" (17).
Esta
ética del progreso se apoya
en el postulado individualista. Un siglo después, Freud
rechaza una a una todas las afirmaciones kantianas. En su análisis,
"el adulto" aparece determinado
por su "minoría de edad"; el conocimiento, por los mecanismos
pulsionales; la libertad, por la ley del inconsciente; el progreso,
por los acontecimientos originarios.
Por
lo tanto, estas novelas biográficas serían, para la ética
individualista y conquistadora de la burguesía moderna, lo que el
Don Quijote de Cervantes fue, al inicio del
siglo XVII, para la hidalguía española. La figura
que organizaba las prácticas de una sociedad se convierte en la escena
en la que se produce su reinversión crítica. Ella define
aún el lugar de donde desaparece. No es más que el lugar de su otro
- una máscara- . Este procedimiento crítico es típicamente freudiano.
Cuando la "cientificidad" se construye un lugar propio
y elimina de éste todo lo que no le es adecuado, el análisis freudiano
descubre la alteridad que obsesiona la apropiación y que la determina
al ignorarla; él muestra los juegos contradictorios que se desarrollan
en el lugar mismo, entre lo que en él se manifiesta y lo que se
oculta; diagnostica el equívoco y la pluralidad del lugar. También
desde este punto de vista, es de tipo novelesco. El paralelo
con Don Quijote no es una coincidencia,
ni un caso único.
El
mismo tipo de crítica percibe otra unidad "fundamental",
de la que la formación está por otra parte históricamente ligada
a la del individualismo: la unidad
nacional. Para Freud, como para Marx, la
nación sólo es un señuelo. Esta es la fusión (Verschnwlzung)
tardía de asambleas constituyentes en las que pronto la antinomía
reaparece bajo otras formas (Wiederherstellungen)(18).
También aquí, el análisis freudiano retorna la unidad histórica
recibida (por ejemplo, la nación judía) para descubrir en ella una
soldadura superficial (una Verlötung) entre fuerzas opuestas
y las huellas de su resurgimiento. Como
la crítica "biográfica" del individualismo, esta crítica
"sociopolítica" de la idea nacional tiene la forma de
una "novela histórica", Moisés. A diferencia de una disciplina
científica, no instituye unidades propias. Hace que vuelva a salir
el carácter ficticio de su objeto y muestra las contradicciones
que lo determinan. Este funcionamiento nos hace recordar
el modo teórico y la forma literaria que Karl Marx practicó
en El dieciocho Brumario para desmitificar la representación
política, al rechazar la concepción hegeliana de la integración
del todo social por lo político. En la obra de Freud, la
nación y el individuo son igualmente los camuflajes de una lucha,
incluso de una desmembración (Zerfall), que regresa siempre
a la escena de la que fue borrada; y la novela es el instrumento teórico de este análisis.
Una
estilística de los afectos
El
afecto (Affekt) retorna, de la misma manera, en el discurso
freudiano. Es la forma elemental de las energías pulsionales. Proporciona,
desde los Estudios sobre la histeria, una base al análisis
"económico" del psiquismo. La mayoría de las veces autónomo
con relación al funcionamiento de las representaciones, está sometido
a unos mecanismos generadores de figuras patológicas, sus "conversiones"
producen la histeria; sus "desplazamientos", la obsesión;
sus "transformaciones", la neurosis, etcétera. Su función
aparece cada vez más decisiva en la práctica analítica de Freud.
Pero estos refinamientos de la teoría no podrán hacer olvidar un
fenómeno burdo: los afectos son la
forma que toman, en la obra de Freud, el regreso de las pasiones.
Extraño,
en efecto, es el destino de las pasiones. Después de haber sido
consideradas por las teorías médicas o filosóficas antiguas (hasta
Spinoza, Locke o Hume) (19)
como uno de los movimientos determinantes cuya composición organizaba
la vida social, han sido "olvidadas" por la economía productivista
del siglo XIX, o arrojadas en el dominio de la "literatura".
El estudio de las pasiones es una especialidad literaria, en el
siglo XIX; ésta no depende más de la filosofía política o de la
economía. Con Freud, eliminada ésta de la ciencia reaparece
en un discurso económico. Hecho notable, en su propia perspectiva,
el freudismo les devuelve, simultáneamente, su pertinencia a las
pasiones, a la retórica
y a la literatura. Realmente
están unidas. Las tres habían sido excluidas en bloque de la cientificidad
positivista.
Este
retorno se efectúa, en la obra de Freud, por la vía indirecta del
inconsciente. En realidad, esta vía indirecta es primero
la constatación o, si se prefiere, la observación clínica, de lo
que la epistemología del siglo XIX hizo de las pasiones al exiliarlas
de los discursos legítimos de la "razón" social, y deportarlas
a la región de lo "no serio"
que es lo "literario", reduciéndolas a desviaciones
psicológicas con relación al orden, para finalmente, de todas estas
maneras, marginarlas. Este rechazo epistemológico está, por otra
parte, ligado a la excomunión ética pronunciada por una burguesía
productivista. Por lo tanto, los afectos
que Freud divide según su propia concepción del aparato psíquico,
los recupera ahí donde las pasiones
han sido rechazadas por una historia reciente, entre los residuos
de la racionalidad y los desechos de la moralidad. Sin embargo ahí,
y mientras más son ellos rechazados, estos movimientos "ciegos"
y sin lenguaje técnico determinan la economía de las relaciones
sociales. Freud les devuelve una legitimidad en el discurso científico,
lo que evidentemente deporta este discurso hacia la novela.
Su
análisis de los afectos concierne bajo dos modos muy particulares
a la literatura y a la historia.
a)
La manifestación o el recuerdo vivencial del afecto es la
condición para que, con relación al analizado(a), el llamado del
recuerdo tenga valor terapéutico y para que, con relación al analista,
la interpretación tenga valor teórico. También la cura tiene por
técnica el despertar en el analizado(a) el afecto que se oculta
detrás de las representaciones: fracasa si no logra despertarlo,
al menos que este fracaso sea sólo la indicación de una psicosis.
Así mismo, en la cura que conduce o en el texto que redacta, Freud,
como psicoanalista, siempre tiene cuidado de "confesar",
como él dice, cuál es su reacción
afectiva con respecto de la persona o del documento que analiza:
es turbado por Dora, espantado por el Moisés de Miguel Ángel, irritado
por el Yahvé bíblico, etcétera. Esta regla de oro de todo tratamiento
psicoanalítico contradice frontalmente una norma primera y constitutiva
del discurso científico, que quiere que la verdad del enunciado
sea independiente del sujeto locutor. Lo que esto supone para Freud,
a la inversa de esa norma, es que el lugar del locutor es decisivo
en una red conflictual de ab- reacciones y que está determinado
por el afecto. Por aquí se reintroduce lo que el enunciado objetivo
oculta: su historicidad - la que estructuró las relaciones,
y la que las cambia- . Hacer reaparecer esta historicidad
es la condición de la elucidación analítica y de su operatividad.
Este
método ejerce y elucida el lenguaje como práctica inter- subjetiva.
Por esto, hace del discurso del analista una ficción; dicho
de otro modo: un discurso en que se marca la particularidad de su locutor,
esencialmente su afectividad. En consecuencia, se
dice, no es más científico, "es literatura". Desde
el punto de vista freudiano, esta doxa común dice la verdad, pero
tiene valor positivo. Los dos campos se lanzan la misma pelota,
pero a la inversa: si el positivismo rechaza como no científico
el discurso que confiesa la subjetividad, el psicoanálisis tiene
por ciego, hasta patógeno, el que la esconde. Lo que el primero
condena, el segundo lo defiende, sin rehusar sin embargo la definición
que ha sido dada a la ficción de ser un saber "alcanzado"
por su otro (el afecto, etcétera), un enunciado que la enunciación
del sujeto locutor priva de su seriedad. En el campo analítico,
este discurso llega a ser operativo porque está "tocado",
herido por el afecto. La seriedad que le es retirada es la fuerza
de su operatividad. Éste es el estatuto teórico de la novela.
b)
Confesar el afecto es también reaprender un "lenguaje olvidado" por la racionalidad
científica y reprimido por la norma tividad social. Enraizado en
la diferencia sexual y en las escenas infantiles, esta lengua aún circula, disfrazada, en los sueños, las leyendas
y los mitos. Al mostrar a la vez su significación fundamen tal y
la proximidad con su propio discurso, Freud sabe que, junto a los
novelistas y los poetas, "se atrevió a tomar el partido de
la antigüe dad y de la superstición popular contra el ostracismo
de la ciencia positiva" (20).
Pero finalmente es André Breton, este admirador nada serio,
quien mejor ha reconocido la unidad de todos estos análisis y comprendido
la posibilidad que ofrecían de fundar un lenguaje original y transgresivo
en el recurso a lo afectivo (21).
Él ya alcanzó a ver lo que quizás permanecerá de Freud: una
teoría que muestra a la misma literatura como una lógica diferente.
"El novelista siempre precedió al hombre de ciencia".
Cierto que Freud no le agradeció mucho el haberlo "descubierto"
tan lúcidamente. Él era profesor a pesar de todo, tenía apego a
lo serio. Pero la literatura está hecha igualmente de obras
que, al perder su actualidad científica, revelan en su caída, si
uno se atreve a decirlo, y gracias a lo que el tiempo roba a su
seriedad técnica, la lógica diferente, aquello "literario",
que las sostenía. Breton vio con anticipación, en los textos freudianos,
aquello en lo que los cambiaría su "muerte" científica.
Emile
Benveniste
subrayó que, lingüísticamente, los funcionamientos identificados
por Freud, relativos a lo que sucede en el sueño, en el mito o en
la poesía surrealista, corresponden a los "procedimientos estilisticos
del discurso" (22).
Indicación decisiva. El estilo
tiene que ver con la enunciación, o la elocutio de la antigua
retórica. Es en el texto las marcas del lugar de su producción. Nos
devuelve a una teoría de los afectos y de sus representaciones.
Existe en la obra de Freud una estilística. Esta no retorna la clasificación,
sin embargo pionera, que Bally construía a partir de una nomenclatura
psicológica de los afectos (23).
Siguiendo el juego de los afectos entre sus ocultamíentos y sus
confesiones, el psicoanálisis analiza de hecho, las modalizaciones
del enunciado por los contextos de habla; ésta funda una "lingüística
del habla" (24)
sobre un equivalente, actualmente pensable, de lo que era la antigua teoría de las pasiones.
El
poema y/o la institución
El
lenguaje del analista y el del analizado(a) dependen de la misma
problemática. Finalmente los dos correspondían al estudio, central
en la obra de Freud, de "la construcción
y transformación de las leyendas" (die Bildung und Umgestaltung
von Sagen), independientemente de que Freud llame "ficción"
o "novela" a su propio relato, y "leyendas"
(pero también "ficciones") a los lenguajes que niegan
su estatuto de ficciones por suponer (o hacer creer) que hablan
de lo real. Su común determinación de los mismos procesos
de "construcción" es una pieza esencial de su sistema
de interpretación. El discurso freudiano no se substrae a
los mecanismos que descubre en sus "objetos". No está
exento de ellos, como si ocupara la posición privilegiada de una
"observación". Elucida un funcionamiento al cual él mismo
está sometido.
Al
menos en principio esto es verdad. De hecho, la obra de Freud se
compone de dos tipos de textos muy diferentes. Los primeros aplican
la teoría; los segundos la exponen, como un saber del maestro. A
la segunda categoría pertenecen las "Lecciones", "Contribución",
"Compendios", etcétera. Mientras que, en los primeros,
el discurso psicoanalítico mismo está sometido a la ley de las transformaciones
y deformaciones de que trata, en los segundos se asegura un lugar
magisterial a título de la institución psicoanalítica y social que
lo sostiene. Hay aquí un doble juego verificable desde los orígenes.
Se desarrolló en el freudismo provocándole una oscilación entre
los momentos que se podrían llamar "analíticos" y los
momentos "didácticos". La historia del psicoanálisis está
hecha de esta alternancia entre las elucidaciones transferenciales
y los abusos de autoridad pedagógicos. Como en la obra de Freud,
las experiencias analíticas están entrecortadas de "dictados"
dogmáticos.
En
el centro de esta oscilación, un punto estratégico: la posición
del analista como "sujeto de un supuesto saber". La teoría
insiste sobre el "supuesto", que regresa a la "nada"
del saber y a la reciprocidad desmitificadora de una relación de
otro a otro. Pero frecuentemente la práctica se apoya en un saber
acreditado por una agregación y por el nombre propio de una institución.
Lo contrario es verdad también: lo expuesto puede valerse de una
autoridad que la práctica reduce a nada. La posición de Freud muestra
igualmente esta ambivalencia. En relación con sus discípulos, ¿cómo
se da Freud el estatuto de "sujeto de un supuesto saber"?
La referencia a Freud funciona unas veces como relación con un analista,
otras veces como relación con un maestro; destaca la definición
del discurso, que es ora "escritura" ora "institución".
Se
puede aclarar la cuestión volviendo a lo que Freud nombra "la escritura de la historia" (Geschichtsschreibung)
(25)
punto nodal de las relaciones entre literatura e historia.
Para él, "la escritura de la
historia" se produce a partir de acontecimientos
de los que "nada" subsiste: ella "toma el lugar"
de los acontecimientos. Está por lo tanto a la vez excluida de lo
que trata y a pesar de eso es "canibal". "Tiene el
lugar" (ocupa el lugar) de la historia que le falta. Este proceso
escriturístico parece, en la obra de Freud, combinar
la "ficción" bíblica, que pone en el Comienzo de la escritura
una Separación o un Exilio, y la "ficción" grecorromana,
que retorna al orden pensable, al Logos, a la violencia original
y devoradora de Cronos- Saturno. Todo sucede de tal manera como
si la escritura tomara del Tiempo la doble característica
de perder el lugar (esto es un exilio) y de devorar la vida (esto
es un canibalismo). Como si fuera la marcha (interminable) y el
hambre (insaciable) de un cuerpo de la Letra. De todas maneras,
existe ya, en el mismo proceso de la escritura, esta dualidad
que la hace funcionar (y al analista con ella) ora como desperdicio
excluido de lo real, ilusión de conocimiento, desecho de la ciencia,
ora como autoridad voraz e institución dominadora. Esta ambivalencia está en la esencia de la escritura.
No se debe solamente a la manera en la que la escritura es
utilizada, como si fuera una "tara" causada por un segundo
funcionamiento, un pecado de la historia del que la escritura misma
estaría ilesa. No hay inocencia primera,
ni en la escritura. La duplicidad dirige la producción, y no solamente
su explotación, aunque la pedagogía privilegie y refuerce el canibalismo
del discurso.
La
autoridad de la que se acredita el discurso busca compensar lo real
del cual está exiliado. Si pretende hablar de aquello de lo que
está privado, es porque está separada de eso. Tal como primero aparece,
la autoridad cubre la pérdida y permite servirse de ésta para ejercer
un poder. Es el sustituto prestigiado que juega con lo que no tiene,
y extrae su eficacia de prometer lo que no dará. Pero de hecho es
la institución la que rellena con esta autoridad la "nada"
del saber. Ella es la articulación entre ellas. La
máquina institucional efectúa y garantiza la operación, casi
mágica, que sustituye a la nada por la autoridad.
Con
estas generalidades se debe confrontar la
manera de escribir de Freud: comparar lo que dice con lo
que hace; su teoría de la escritura con su práctica escriturística.
Dentro de su desarrollo, yo selecciono el momento decisivo en que,
en Moisés (26),
señala la nada sobre la cual se construye "la escritura
de la historia". Éste será un ejemplo de su manera
de escribir. Por un giro que le es común en los momentos importantes
de su análisis, autoriza su concepción no, finalmente, por pruebas,
sino por la cita que da forma a su pensamiento. Esta es un poema,
es decir una escritura en donde nada sostiene la "verdad"
sino su relación consigo misma, su belleza. Es un fragmento, una
"sentencia" de Schiller:
"Lo
que vivirá inmortalmente en el poema debe hundirse en esta vida"
(27).
El texto freudiano pone en práctica esta teoría (poética) de la escritura.
Es la "demostración" de la teoría en el sentido en que
hay demostración de un coche o de una cocina cuando se les pone
a funcionar. Por lo tanto, "realiza" el pensamiento schilleriano,
que supone que una muerte de lo viviente es necesaria para el nacimiento
del poema. Citar a Schiller es apoyarse en una ficción privada de
referencialidad experimental. Muy lejos de sostener el discurso
con una autoridad científica, con un "buen autor", este
regreso a lo "literario" le quita la seriedad. Es una
pérdida de saber. Más que eso, pues, en la obra de Freud, perder
es indisociable de un querer perder. El gesto
escriturístico consiste aquí, en efecto, en lanzarse
a la "nada" del poema. El poema schilleriano dice lo
que es el poema (en este sentido es metadiscursivo: la relación
de la muerte de los dioses con el nacimiento de lo inmemorial expresa
la relación que mantiene la desaparición de lo referencial con la
producción de todo poema). El hecho de citarlo consiste para el
discurso freudiano en hacer, o en devenir, lo que dice
de la escritura (en este sentido, es realizativo). La
escritura freudiana hace lo que dice. Una pérdida de saber
permite a Freud una producción de teoría, como para Schiller una
desaparición del ser permite una creación de un poema.
Sin
embargo, el poema de Schiller también funciona como institución.
Viene ahí, en la obra de Freud, a llenar una laguna del saber. Reemplaza
lo que, como el mismo Freud lo confiesa, le falta a la información
histórica. Interviene en este agujero de la argumentación en tanto
que pertenece a la cultura "clásica" y que es reconocido
y respetado (Freud no es muy original ni temerario en sus gustos
literarios: se atiene a los autores consagrados). Autoriza al texto
freudiano. En suma, lo hace creíble;
hace creer. Este funcionamiento freudiano del uso de las
citas difiere en consecuencia del funcionamiento propio del texto
de Schiller. El poema se hace creíble porque él sólo se apoya en
la fuerza de su forma y porque es otro, en la evidencia de
su no- saber. El texto freudiano se hace creíble porque se apoya
en el otro (en el "testimonio") - el recurso al otro genera
siempre efectos de credibilidad- . Muy lejos de ser poético, tiene
una posición analítica de "supuesto saber": se vuelve
creíble en el nombre del otro. Aquí el otro es el poema.
Durante la cura, éste será el inconsciente. Así podría hablar el
analista: "Ese otro que autoriza mi discurso, está en usted,
cliente; yo presumo hablar/intervenir en el nombre de esa nada,
su inconsciente". Para Freud, además, del poema
al inconsciente hay continuidad,
con la salvedad de que el poema es ya la garantía del inconsciente
y que en este sentido los psicoanalistas serían los que sostienen
el poema, repitiéndolo ahí donde él ya habló, remplazándolo ahí
donde él se calló.
Desde
este punto de vista, el discurso freudiano hace aún el gesto poético
pero institucionalizándolo. Se autoriza por medio de él, siendo
que el poema es el texto que nada autoriza. Esta diferencia detiene
a la novela psicoanalítica en el umbral del poema. La mantiene en
una economía del creer/hacer creer que, reproduciendo el gesto poético,
se sirve de él de una manera que ya no es poética.
Creer
en la escritura
Del
único mecanismo del creer,
se tendrían por lo tanto dos funcionamientos diferentes: uno más "del
exilio" (poético), y otro que es más "devorador"
(analítico). Quizás aun mejor que el Griechenlands de
Schiller, un texto inacabado de Mallarmé, poema escrito sobre el
tema "Casarse con la noción", podría especificar el primero:
Y
es necesario que nada de eso exista para que lo abrace
y que yo pueda creer totalmente en él
Nada- nada (28)
Mallarmé
se sitúa en la misma línea que Schiller. Pero
él enfoca con precisión lo que anuda la escritura a la "nada":
un creer. En 1870, habla de una "Creencia" (29).
El poema es la huella escrita de ese creer: es necesario que no
haya nada para que pueda creer en ella; es necesario que "nada
subsista" de la cosa para entrar en el juego, o que se escriba.
Recíprocamente, el poema hace creer porque no hay nada. Cuando Mallarmé,
en sus cartas a Casalis, evoca la "Belleza", describe
la misma cosa que cuando habla de la "Creencia". Nos manda a ese algo que ninguna realidad sostiene. A ese
algo que ya no pertenece al ser. La creencia es así el movimiento
nacido y creador de un vacío. Es un comienzo. Un punto de partida.
Si el poema no está "autorizado", él autoriza otro espacio,
él es la nada de este espacio. Deja libre su posibilidad
en lo sumamente- pleno de lo que se impone. Gesto a la vez estético
y ético (la diferencia entre las dos no es tan grande, pues la estética
sólo es en el fondo el manifestarse o la forma de la ética en el
campo del lenguaje).Rechaza la autoridad del hecho. No se funda
en el hecho. Transgrede la convención social que quiere que lo
"real" sea la ley. Le opone solamente su propia nada -
atópica, revolucionaria, "poética"-.
La
historiografía realiza
lo inverso. La operación historiográfica consiste en proveer
de referencialidad al discurso, en hacerlo funcionar como "expresivo",
en autorizarlo por algo de "real", finalmente en instituirlo
como "supuesto saber". Su
ley es ocultar la nada, llenar los vacíos. El discurso no debe aparecer
separado de las cosas. No se debe descubrir la ausencia o la pérdida
a partir de la cual se construye. El trabajo en acción
en la historia literaria, por ejemplo: recose meticulosamente el
texto literario a las estructuras "realistas" (económicas,
sociales, psicológicas, ideológicas, etcétera) de las que sería
el efecto; se da por función la de restaurar incansablemente
la referencialidad; la produce; hace que el texto la confiese. Hace
creer así que el texto expresa
algo de real. De este modo, lo transforma en una institución,
si la institución tiene fundamentalmente por función hacer creer
en una adecuación del discurso y de lo real, presentando su discurso
como la ley de lo real. Cierto, por ella sola, la historia literaria
no sabría producir ese resultado. Cada institución particular
se apoya sobre otras, en una red que constituye "la telaraña
del creer" (30).
Por
este mecanismo, se reencuentra la relación del discurso con la pedagogía
y la institución,
dos formas de la misma estructura: toda institución es pedagógica,
y el discurso pedagógico es siempre institucional. La historiografía
es en efecto pedagógica:
yo voy a enseñarles, lectores, lo que ustedes no saben, y esto es
una ley, escrita por las cosas mismas. El historiador enseña
las leyes como si tuvieran una realidad. Pero esta capacidad de
institucionalizar los textos que estudia (seleccionados como no
literarios, o escogidos de manera que evitan su autonomización literaria
con respecto a los hechos que se supone son encargados de significar),
la obtiene de una agregación a una profesión, de una pertenencia
a una sociedad. El sostén que su lugar de profesor o de miembro
de una sociedad de sabios le aporta a su discurso se duplica, de
alguna manera, y se representa en el interior de ese discurso por
la unión supuesta de los enunciados con los hechos de los que hablan.
El "realismo",
es decir la legitimación del discurso por sus referencias, se inaugura
con el autor, autorizado por una agregación social, y pasa
del autor a su texto, autorizado por los acontecimientos que presume
expresar o significar. Contrariamente a toda la tradición
científica que ha postulado una autonomía del discurso
con relación al lugar de su productor, el lugar tiene un efecto
epistemológico sobre el texto: la
pertenencia social interviene de manera decisiva en la definición
del estatuto del discurso.
Por
otra parte se le conoce muy bien. El valor de los enunciados científicos
es, en la actualidad, relativo a la situación jerárquica de los
laboratorios que los producen. Su seriedad es apreciada según la
posición de sus autores. Sobre otro terreno, Philippe Lejeune mostró
que el género autobiográfico
descansa en última instancia no sobre el texto mismo, sino sobre
la coincidencia entre el autor nombrado por el texto y su lugar
social efectivo (31).
Tesis generalizable: la acreditación
del autor por su lugar histórico genera la autorización del texto
por su referente. Recíprocamente, la docilidad a las
normas de una sociedad (de científicos o no) asegura la posibilidad
para el texto de estar, "conforme" a los hechos. Aquí,
no se cree en la escritura, sino en la institución que determina
su funcionamiento. La relación del texto con un lugar da su forma
y su garantía al supuesto saber del texto. La realidad de la posición
permite hacer creer en él a semejanza de la referencialidad. Quítale
al autor de un estudio histórico su título de profesor y sólo queda
un novelista.
Freud
tiene un sentimiento agudo de esta inestabilidad. Es lúcido. Sabe
que cuando sale del campo de la profesión que lo autoriza cae en
la novela. Pero esto que descubre lo exilia precisamente de lo "serio".
Astuto, bordea entre la "nada"
de la escritura y la "autoridad" que la institución transmite
al texto. A veces se confiesa novelista, una forma de
resaltar también lo que sabe del simulacro que la institución añade
al texto. Otras veces se vale de su posición académica de profesor
y trabaja por permanecer como "Maestro" de "su"
Asociación. Trabaja en esto aun más que Félix el Gato al caminar
fuera del campo reconocido por la profesión psiquiátrica. Es necesario
asegurarle un aumento de institucionalización ahí donde ella falta
a sus discursos para que sean saberes supuestos. Él no puede renunciar
(lo que sería un "duelo" mallarmeano) a un lugar que dé
crédito al simulacro de la referencialidad, pero quiere este lugar
porque sabe que, sin él, sería solamente un novelista. Mientras
más descubre una peligrosa vecindad y una inquietante semejanza
entre su discurso y las antiguas leyendas, más instaura, y restaura
día con día, un lugar institucional que autoriza su discurso ante
los discípulos y ante la posteridad.
De
aquí la ambigüedad de los grandes mitos que crea, desde Tótem
y tabú hasta Moisés, entre su carácter de ficción (nada
en ellos es verdaderamente histórico) y la afirmación que concierne
a la relación con lo real (ellos dan la forrna del movimiento histórico).
De hecho, el segundo aspecto es sostenido por la práctica institucional
("esto funciona", por eso es real), de igual manera que,
en los laboratorios de ciencias exactas, el formalismo de los enunciados
(también son ficciones) tiene por contrapunto y por condición de
posibilidad el poder político de las instituciones. Pero Freud
no puede dar a esta articulación la nitidez que es lícita en las
instituciones científicas por el crecimiento de su poder institucional.
Él trabaja sobre los dos terrenos a la vez. Los mezcla. De tal manera
procede en sus mitos como si la ficción describiera lo que "debió"
ocurrir.
En
suma, el "autoritarismo" de Freud es el efecto
de una lucidez que se une a la de Mallarmé. Pero, en conformidad
con lo que él mismo analizó en el "fetichismo" (en relación
con un referente faltante), no puede detenerse en esta "nada",
es decir en lo que, ya, "sabe". Sin ilusión en el realismo
de la "ciencia positiva", encuentra una solución en la
institución que hace funcionar
un "supuesto saber", relativo a lo irreductible de la
cuestión del otro.
Desde
este punto de vista, uno se puede preguntar lo que quedaría del
"realismo" del mismo inconsciente, sin la institución
que sostiene su verosimilitud. R. Castel dijo justamente que la
institución era el inconsciente del psicoanálisis. Señaló lo que
el psicoanálisis rechaza al negar sus propias instituciones. Pero
también se puede entender en el sentido en que la institución psicoanalítica
hace creer en la realidad del inconsciente y que, sin ella, no es
más que un espacio hipotético, el marco que una teoría se da para
escribirse, como la isla utópica de Tomás Moro. Sin la institución (que representa lo otro), el efecto de realidad desaparecería.
Permanecer solamente como la red formal organizada por una escritura
en donde "nada" subsiste de lo que habla. Privado
de su institucionalización, el inconsciente es solamente el nuevo
paradigma que proporcionó su espacio teórico a la novela, a la tragedia,
a la retórica y a la estilística de Freud.
Por
eso los psicoanalistas mostraron aún más obstinación que el fundador
de su disciplina por defender la institución (o por institucionalizar
la obra fundadora) que garantiza una credibilidad al "supuesto
saber". Para beneficiarse de este resultado, pagan un impuesto
muy pesado a su asociación o a su escuela. Pero los profesores de
literatura, por ejemplo, hacen otro tanto cuando, por una consecuencia
"fatal" de su posición académica, quieren hacer creer
que la literatura "expresa" un tiempo o una ideología,
y que de esta manera pueden "explica" un texto por su
referencialidad. Lo historizan. Lo institucionalizan. Y les falta
frecuentemente la lucidez de Freud sobre el carácter terrible de
la literatura. La manipulan sin conocer su peligro. De todas formas,
la distinción no pasa entre historia
y literatura, sino entre dos formas de entender el documento: como
"autorizado" por una institución, o como relativo a una
"nada".
Estas
dos perspectivas no son materias optativas, como si se pudiera elegir
la una o la otra. Sin duda hay en algunos "místicos",
hasta en la obra de Mallarmé, experiencias de la "nada"
que dan lugar a una escritura de lo que viene del exilio, forma
literaria (estética) del gesto "puramente" ético de creer.
Pero esta "creencia" sin objeto no proviene de una decisión.
Se "cree" así cuando no se puede hacer otra cosa, cuando
falta la base de lo real. Por su lado, la vida social exige la creencia,
muy diferente, que se articula con los supuestos saberes garantizados
por las instituciones. Ella reposa sobre estas sociedades de seguridad
que protegen contra la cuestión del otro, contra la locura de la
"nada". Por lo menos se debe hacer la distinción entre
la delincuencia de la "no- seriedad" literaria y la normatividad
fundada sobre credibilidades institucionales. No reducir el uno
al otro. Es lícito pensar que esto es posible. Sin negar ideológicamente
la historicidad institucional que domina el funcionamiento social
de la escritura, y que echa raíces por otra parte en el "canibalismo"
de la misma escritura, es lícito, como Mallarmé, "creer"
en la escritura precisamente porque, ella misma autorizada
por nada, autoriza la posibilidad de lo otro y no cesa de comenzar.
Notas:
(1)
La ruptura tiene por indicio, por ejemplo, la separación entre "historias"
y "memorias" que divide, en el siglo XVII, el campo de
la literatura histórica.
(2)
Así, en el siglo XIX, la novela fantástica hace / deshace la frontera
que la ciencia positiva establece entre lo real y lo imaginario.
Ver Tzvetan Todorov,
Introduction a la littérature fantastique, Paris,
Seuil, 1970. [Introducción
a la literatura fantástica, tr. de Silvia Delpy, Buenos Aires,
Tiempo Contemporáneo, 1972].
(3)
Este texto continúa a Michel de Certeau, L' Ecriture de l' histoire,
3a. ed., Paris, Gallimard, 1984, 4a. parte, "Ecritures
freudiennes" (capítulos 8 y 9).
(4)
"Inkompetent", escribe, en "Moisés y el
monoteísmo".
(5)
"Estudios sobre la histeria", S.F. Este pasaje
ha sido retraducido por Jacques Sédat, en Esprit, mars 1980, p.
141.
(6)
Sigmund Freud, El delirio y los sueños en la "Gradiva"
de Jensen, trad. Marie Bonaparte, Paris, Gallimard, col. Idées,
1971, pp. 126, 175.
(7)
Sigmund Freud y Arnold Zweig, Correspondance, Paris, Gallimard,
1973, p. 162 (21 de febrero, 1936), etc.
(8)
Es la definición que Freud da de su "psychischen Apparat",
en Traumdeutung, cap. 7.
(9)
Sigmund Freud y Arnold Zweig, Correspondance, p. 75 (8 de mayo,
1932).
(10)
Jacques
Lacan, Seminario sobre La ética del psicoanálisis, 1959- 1960.
(11)
"Estudios sobre la histeria", ver aquí arriba,
nota 5.
(12)
Aristote, Poétique, II, B, 1449 b- 1458 a ; Poética, tr.
de Valentín García Yebra, Madrid, Gredos, 1974 (sobre la tragedia);
Rhétorique, II, 1450 a- 1453 [Retórica, tr. de Quintín
Racionero, Madrid, Gredos, 1990], (sobre retórica y pasiones): dos
textos a los cuales la interpretación de Freud debe recurrir.
(13) Ver Maynard Mark, "The Jacobean
Shakespeare: Some Observation on the Construction of the Tragedies",
en Alvin B. Kernan (ed.), Modern Shakespearean Criticism, New
York, Harcourt, Brace and World 1970, pp. 323- 350.
(14) Georges Dumézil, Du mythe au roman, Paris,
PuF, 1970. [Del
mito a la novela, tr. de Juan Almela, México, FcE, 1973].
(15) Ver Claude Imbert, "Stoic Logic
and Alexandrian Poetics", en Malcolm Schofield et al., Doubt
and Dogmatism, Oxford, Clarendon Press, 1980, pp. 182- 216.
Sobre
estas tácticas y su relación con el relato novelesco, ver Michel
de Certeau, L'Invention du quotidien, I: Arts de faire, Paris,
UGE, col. 10- 18, 1980.
(16) Ver C. B. Macpherson, The Political
Theory of Possessive Individualism, Oxford, Clarendon Press,
1962; Alan Macfarlane, The Origins of English Individualism,
Cambridge, Cambridge University Press, 1978; etc.
(17) Emannuel Kant, "Qu'est- ce que les
Lumieres?" (diciembre 1784), trad. en La Philosophie
de l' histoire, Paris, Aubier- Montaigne, 1974, pp. 83- 92.
[Filosofía
de la historia, tr. de Eugenio Imaz, México, FcE, 1979].
(18)
Sigmund Freud, Moisés y el monoteísmo.
(19) Ver Albert 0. Hirschman, The Passiony
and the Interests, Princeton (N. J.), Princeton University Press,
1977.
(20) Sigmund Freud, El delirio y los sueños en la "Gradiva"
de Jensen, pp. 126- 127 (ed. franc.).
(21)
Ver Ferdinand Alquié, "El surrealismo y el psicoanálisis",
en La Table ronde, diciembre 1956, pp. 145- 149.
(22) Emile Benveniste, Problemas de lingüística general,
Paris, Gallimard, 1966, pp. 75- 87, "Sur la fonction
du langage dans la découverte freudienne" (el subrayado es
de Benveniste).
(23)
Charles Bally, Tratado de estilística francesa, Genéve, Georg,
1951.
(24)
Ver Roland Barthes, La antigüa retórica, en Communication,
núm. 16, 1970, pp. 172- 225 acerca de la elocutio.
(25)
Freud emplea Geschichtsschreibung para tratar de la historiografía
hebrea, en "Moisés y el monoteísmo" y otras para
designar otras historiograflas, por ejemplo en su Leonardo da
Vinci.
(26)
Moisés y el monoteísmo.
(27)
Friedrich von Schiller, Die Götter Griechenlands (1800), últimos
versos del segundo poema: "Was unsterblich im
Gesang soll leben / Muss im Leben untergehen".
(28) Texto editado por Jean- Pierre Richard,
"Mallarmé et le rien, d'après un fragment inédit", en
Revue d' histoire littéraire de la France, tomo LXIV, 1964,
pp. 633- 644.
(29)
Ibid., p. 644, nota 1.
(30)
Ver W. V. Quine y J. S. Ultian, The Web of Belief, New York, Random
House, 1970.
(31)
Philippe Lejeune, Le Pacte autobiographique, Paris, Seuil, 1975.
Texto extraído de "Historia y psicoanálisis,
Michel de Certau, capítulo VI, ed. Universidad Latinoaméricana,
México, 1995.
Edición original: Gallimard, París,
1987.
Selección y destacados: S.R.
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