El sueño en la época medieval
Danielle Régnier- Bohler
[...]
Área íntima,
universo afectivo, brumas y claridades: el individuo puede verse absorbido por la dinámica de su
mundo singular. Durante el siglo XIII, el
estado en el que el individuo se halla sumido en sí mismo se describe,
en Flamenca,
de manera casi clínica como una trayectoria de los sentidos
que, sometidos al corazón, se alían con su «señor» y «padre»,
de forma que el hombre queda sin conocimiento, completamente alelado,
privado de la vista, del oído y de la palabra: «(...) el corazón
es el señor y el padre; si le sobreviene por tanto un bien o un
mal, cada uno de los sentidos acudirá a él para conocer enseguida
su voluntad, y cuando están así reunidos en su interior, el hombre
no ve nada en el exterior, y queda como alucinado. Y puesto que
el bien y el mal los hacen así retornar cerca del corazón, no
me sorprende que la alegría amorosa, cuando se halla en el corazón,
y puesto que se compone de bien y de mal, los haga acudir al galope
hacia su señor, si éste los requiere. Y todos los sentidos actúan
de tal modo que, si uno de ellos lleva a cabo su mensaje, los
otros no se ocupan de otra cosa que de poner todo su cuidado en
ayudarlo y servirlo, de suerte que todos ellos no tienen sino
una sola solicitud. Por eso sucede que alguien que está preocupado
ve menos, siente menos, habla menos y entiende menos. Y aunque
no se le sacuda precisamente con demasiada dulzura, no sentirá
siquiera el golpe. Esto es algo que todo el mundo comprende por
su propia experiencia.»
El
sueño va a prestarse de modo muy particular a una escenificación que asedia al durmiente en su substancia
corporal y le asigna un espacio y una pesquisa. De todos es conocido
que las preocupaciones suscitadas por el sueño -relación entre
los sueños y visiones, naturaleza del sueño y responsabilidad
del durmiente, relaciones entre la vida corporal y la naturaleza
de los sueño- fueron muy vivas en los penitenciales, y muy privilegiadas
en Claves de los sueños
de los siglos XII y XIII. Los textos literarios
por su parte hacen frecuentemente referencia a Macrobio,
y la vida onírica resulta muy familiar
para las novelas y los textos alegóricos.
Vida que escapa a la conciencia, pero no a la responsabilidad,
precisamente por haber omitido hacer su señal de la cruz, es por
lo que la doncella, madre de Merlín, le proporciona a Satán ocasión
de engendrar un hijo; el sacerdote que le impone la renuncia,
hasta el fin de sus días, al pecado de la carne, especifica: «(...)
salvo en sueños, ¡porque el hombre
no puede nada contra los sueños!»
Rehuyendo en
apariencia cualquier investigación voluntarista, enroscado en
el dominio más íntimo del ser, el sueño se ha visto expuesto con
frecuencia por las ficciones medievales: no deja ser incluso un
fenómeno muy singular una constante utilización como ésta, durante
cerca de tres siglos, del "sueño
como marco de una ficción literaria": lo demuestra
una gran abundancia de textos entre el inicio de¡ siglo XIII
y el del XVI (Ch. Marchello-Nizia). Si bien ya en
la Canción de Rolando, en el camino de
retorno a Francia, Carlos es el sujeto de varios sueños: se ve
agredido por Ganelon, atacado por un leopardo o un verraco. Mientras
se halla aún dormido, un ángel le anuncia que se librará una batalla
cuyos signos le muestra, tempestades,
truenos, tormentas, vientos y hielos, fuegos y llamas. El ejército
del emperador es presa de monstruos, de dragones, de demonios
y de grifos, premoniciones angustiosas y espectáculos de terror
que no interrumpen el sueño cuya continuidad se subraya con insistencia.
En la Demanda del Santo Graal,
los sueños son la fuente
de una auténtica dinámica del relato, ya que suscitan una propulsión
hacia otro, hacia aquellos, ermitaños o recluidas, que poseen
su sentido. Muy prolijo en lo referente a la angustia
de los soñadores, brotada de una percepción privada del embargo
de una significación, el relato introduce en escena a Perceval
quien, después de «la extraordinaria visión» de las dos damas,
alegorías de las dos leyes, se siente «muy turbado». Sigue durmiendo
hasta muy entrado el día y encuentra a un sacerdote: «Señor, le
dice, al final, después de haber hablado largamente con él, explicadme,
os ruego, un sueño que he tenido esta noche, un sueño tan extraño,
según creo, que no me sentiré tranquilo hasta que haya averiguado
su sentido.» Más adelante,
agotado por el ayuno y las vigilias, Lancelot, vencido por el
sueño, ha visto acercársele un hombre circundado de estrellas
acompañado de siete reyes y dos caballeros. Llegado a una ermita,
Lancelot se entera por el ermitaño de que «tal visión es mucho
más rica de sentido que lo
que muchos podrían pensar». En cuanto a Gauvain y Héctor, acogidos
al abrigo de una vieja capilla, tiene también cada uno de ellos
sueños «tan extraordinarios que no cabe sino relatarlos; hasta
tal punto se hallan cargados de significación»; Héctor se despierta «todo
angustiado, dando vueltas de un lado y de otro, incapaz de dormir»;
Gauvain le dice entonces: «He tenido un sueño tan extraño que
me ha despertado, y no me quedaré tranquilo mientras no
logre saber lo que significa.» De este modo, cada
término y cada figurante de los sueños requieren un
saber más global de los valores que se hallan en juego
en la alegoría: las significaciones representadas en
lo más íntimo del ser aguardan su esclarecimiento. Como objeto
virtual de una interpretación, el sueño no se concibe solamente
como un mundo en sí mismo, sino que en él late una lucha por
una significación que se despliega, que aguarda de una mayéutica
apropiada la afloración a la conciencia y la adquisición de
sentido por parte de sus elementos.
La tradición alegórica, y en particular el Roman de la Rose, inviste
suntuosamente al Yo que -sin dejar de decir «yo»-
se compromete a veces en la más peligrosa de las aventuras, aquella
cuya área mental se encuentra ligada a un espacio recorrido y
a la superposición de dos temporalidades, la del sueño (la
verdadera) y la de una conciencia perfectamente despierta (pero
ficticia). He aquí, en el Roman de la Rose, cómo se nos ofrece este umbral
del sueño: «Una noche, fui yo a acostarme como de costumbre y,
mientras dormía profundamente, tuve un sueño que era muy hermoso
y de lo más impresionante (...). Soñé, una noche, que me hallaba
en ese tiempo maravilloso en que todas las criaturas se sienten
arrebatadas por el anhelo amoroso. Entonces, mientras dormía,
me pareció que era ya por la mañana; entonces me levanté enseguida
de mi lecho, me puse mis calzas y me lavé las manos.»
Teatro de una
enseñanza benéfica en la Demanda del Santo Graal, y objeto de una evaluación discursiva
de su verdad, como podrá verse, el
sueño es un ámbito peligroso en el que la ilusión puede apoderarse
del durmiente, y en el que quien se cree despierto no abraza sino
una sombra: los sueños se vinculan con la angustiosa definición
de lo real y de la ilusión. El tío de Cligés, que pretende
desposarse con Fenice, la poseerá en sus noches pobladas de ilusiones,
mientras ella duerme intacta a su lado, ilusiones paralelas, según
parece, a la del abrazo de un ser amado producida por la obsesión
amorosa, en Claris y Laris, por ejemplo, donde la confusión onírica
engendra un infernal juego de espejos. Fronteras frágiles de la
conciencia, de la culpabilidad, de la patología, de los sueños:
en el siglo XV se ve aparecer, espectáculo íntimo puesto
que sólo lo alcanza el sujeto poseído por el deseo, un sueño en
el que una madrastra incestuosa prolonga mientras duerme los encantos
de su hijastro, haciéndole presentarse como un diabólico bailarín
que no cesa de perseguirla...
Sueño
y niebla interior se funden con los estados de ausencia de sí,
con los estados secundarios del éxtasis y el olvido.
De la incertidumbre experimentada frente al registro del sueño,
frente a ese territorio que parece escapar al Yo consciente, los
mejores testigos -los que prueban por lo demás que lo real, áspero
y acre, se halla muy próximo- son esos sueños eróticos, por ejemplo el tan chusco del monje
que ve desfilar, mientras duerme, series de sexos femeninos y
que -cruel disonancia cruzada entre el deseo y su objeto- al tender
la mano hacia el objeto de su impulso, la pone sobre un haz de
espinos. Pero, en la literatura cortés, el
sueño aparecía a veces como un auténtico don del Amor.
Sin haber podido poseer a su dama, Guillermo de Nevers, cuando
siente que se aproxima el instante de dormirse, implora al Amor
(Flamenca):
«Amor, dormidme, hacedme soñar como sabéis hacerlo. Mostradme,
al menos en sueños, a aquella que no puedo ver cuando estoy en
vela. De vos es, Señora mía, de quien quiero hablar, y si puedo
dormirme en vos, de ello me vendrá bien y provecho. Por eso exclamaré
sin cesar: "¡Vos, vos! ¡A vos, señora, os llamaré siempre
mi Dama, mientras esté despierto. Si mis ojos se cierran, por
fuera, yo veo que mi corazón vela por dentro en vuestra compañía;
sí, con vos, Señora mía, con vos!" Y ya no pudo pronunciar
la s de vos, porque se había quedado dormido, y contemplaba a
placer a su dama sin ningún obstáculo. Por lo demás, suele acontecer
que se vea en sueños lo que se desea ver cuando uno se ha dormido
con este pensamiento.»
Si
no siempre la gestión del sueño resulta tan racional, no es infrecuente
que la evasión onírica posea una eficacia comprobada en la novela
que lleva su nombre, Guillermo de Inglaterra es el juguete de
las indecisas fronteras entre conciencia e inconsciencia.
Sueña
con una escena de caza y, al ausentarse de toda sociabilidad,
entra en un estado de tan profundo olvido que el narrador considera
conveniente decir: «No me toméis por un mentiroso, ni os dejéis
poseer por el asombro, porque no es
raro que alguien sueñe en estado de vigilia. ¡Lo mismo que los
sueños, los pensamientos pueden ser verdaderos o
falsos!»
De
este modo, el sueño de Guillermo precede y es causa del encuentro
con sus dos hijos perdidos desde la infancia, forma de revelación
obsesiva gracias a la cual el sujeto recobra su estatuto familiar
cuando pone en escena, en la realidad, lo que el sueño le ha proporcionado
de antemano.
En el umbral
del sueño, en el Roman de la
Rose, se discute
el valor del proceso onírico como mensaje transmisor de verdad:
«Un sueño es una manera de anunciar a los humanos acontecimientos
propicios o nefastos; la mayor parte de la gente sueña de noche,
en el secreto de su espíritu, con muchas cosas que después se
ven manifiestamente. » En la tradición del sueño amoroso, es precisamente
una ficción del siglo XV, El
corazón de amor prendado, la que hace del
Corazón una parte disociada del Yo, un verdadero personaje; su
autor, René de Anjou, insiste en la frágil evaluación de
la verdad del sueño. Se describe en su lecho, abrumado, atormentado,
profundamente absorto en su pensamiento, todo él poseído por el
amor:
(...) tan confuso me vi que cerca de morir estuve,
porque bien se tratara de imaginación, bien de sueño de durmiente,
bien fuese visión, o bien ensueño, se me había advertido y sin
engaño que Amor ponía mi corazón fuera del cuerpo (...)
Ahora
bien, semejante entrada en la matriz del sueño se ve objetivada
por el hecho de que el autor (que, en las partes en prosa entrelazadas
con las partes en verso, asume en primera persona la narración,
novísima estructuración de las instancias del relato en relación
con el modelo, que no es otro que el Roman de la Rose)
se
describe al final a sí mismo como saliendo del sueño, lleno de
tristeza y de angustia: abre los ojos, llama a su capellán que
duerme no lejos de él, y le manifiesta su temor al ver su corazón
arrancado de su pecho: «Temo que Amor haya hurtado mi corazón
y se lo haya llevado consigo, porque toco mi pecho con la mano
y me parece que el corazón no está ya en su sitio. ¡En verdad,
no logro escuchar sus latidos!» El capellán, que hace traer una
candela, instrumento de verdad,
establece un rápido diagnóstico: el pecho le René está intacto.
Le aconseja, pues, al Soñador que vuelva a dormirse serenamente,
lo que no deja de ofrecer su dificultad. Al día siguiente, René
toma un papel y consigna su sueño «de la manera más exacta
posible», según dice, signo de un embargo a la vez humorístico
e inquieto, de un proceso imaginario que no tendrá otra realidad
que la de la escritura únicamente. Sueño borrado por a
ligera irrisión y el gesto que hace desvanecerse la ilusión de
la Verdad
en los vapores que se merece: la evaluación del sueño , su reducción
a un estado objetivo, el señuelo que invoca la sonrisa, la redundancia
de la testificación (no se sabe si se duerme o se vela...) confieren
al sueño el estatuto, casi irrisorio, de un teatro que remite
a su propia retórica, la metáfora. Ahora bien de la metáfora a
lo real, la ligazón es a veces muy tenue. Verdad mejor cercada,
ilusión descartada, distanciación gracias al humor cotidiano de
un despertar después de una pesadilla, la demanda cortés se convirtió
en El corazón de amor prendado, en el mal sueño
una impotencia, lo que tal vez nunca dejó de ser.
El estado de duermevela (dorveille) explicaba por lo demás de
manera satisfactoria la sensibilidad de la ambigua franja que
separa la vigilia del sueño, la incertidumbre de la conciencia,
o aquella duda entre «ser y no ser». Así era como Raimondino, el futuro esposo
de Melusina, erraba por el bosque bajo el choque producido por
la muerte accidental de su tío: «A medianoche llegó a una fuente
llamada la Fontana de la Sed, así como también, por algunos, la
Fontana encantada, porque habían sucedido allí, en tiempos pasados,
muchas aventuras maravillosas, y aún volvían a suceder de tiempo
en tiempo. La fuente brotaba en un paraje sobrecogedor: una salvaje
escarpadura, con enormes rocas encima, y una hermosa pradera a
lo largo del valle, cerca del alto boscaje. La luna lucía clara,
y el caballo de Raimondino le llevaba a su capricho, adonde quería,
porque su dueño, aniquilado por la tristeza, se hallaba privado
de toda voluntad como si estuviese dormido. Llegó junto a la fontana
donde tres damas retozaban. Lo que ahora vamos a contar de esta
historia procede de labios de una de ellas, la mas noble, señora
de las otras dos. Según la historia, el caballo llevaba pues,
a Raimondino, pensativo, desgraciado, desesperado por lo que le
había acontecido; ya no era él quien conducía su caballo, su caballo
el que le llevaba a donde quería; no tiraba de la brida ni a derecha
ni a izquierda: había perdido la vista, el oído, el entendimiento.
Y así pasó también ante la fuente donde se encontraban las tres
damas, sin verlas (...) ».
Más
tarde, un poeta de la corte de Borgoña, Pierre Michault
describe en la Danza de los ciegos su teatro interior como un estado particular en el que,
en el corazón de una noche limpia y clara, se sosiega
la «sensualidad» (las percepciones sensoriales), en el que la
extrema concentración ("la asiduidad y frecuentación de mi
punzante pensar") hace surgir bajo forma humana su Entendimiento,
si bien, para que llegue a realizarse esta disociación, tan racionalista
como pueda serio, es necesaria la muerte de los sentidos.
Aún
queda otra racionalización, la que propone el sueño político, verdadero debate al que pretenden
servir de decoración los secretos del inconsciente. El sueño se
convierte en instrumento de una artimaña, ya que el sueño político
es el lugar de una fábula sobre el poder. En menos de medio siglo,
una buena docena de ficciones, El sueño de pestilencia, El
sueño del viejo peregrino, el Cuatrílogo invectivo
de Alain Chartier, El sueño del vergel, y varios más
utilizan el universo onírico para una reflexión sobre las estructuras
del poder: la tradición retórica sirve para volver a poner en
cuestión el equilibrio de las funciones sociales, y, «en estos
casos, más vale hacer creer que se sueña». La forma canónica del
sueño (la fórmula «se me hizo
saber» seguida del imperfecto de indicativo,
ya que el propio
soñador se halla concernido por el proceso de¡ sueño) se desvía
en beneficio de un proceso en el que el soñador es «la sede, y
luego el redactor de una visión que hace siempre referencia al
poder real». De este modo, la forma del sueño permitía garantizar
una cierta impunidad, puesto que el autor, el soñador pretende
no ser el inventor de su relato (Ch. Marchello-Nizia).
El espejo
En
un libro de instrucción cristiana a base de ejemplos morales aparecido
hacia 1320, su autor nos cuenta que una dama había hecho que su
camarera comprara un espejo; como el espejo no le
gustó,
había enviado en busca de otro. La doncella le trajo entonces
un cráneo diciéndole: «Aquí tenéis, miraros en él, ¡no hay en
el mundo entero un espejo de cristal donde os podáis mirar tan
bien!»
Si
con más sencillez Dama Ociosa, en el Roman de la Rose, emplea
este objeto para llevar a cabo los cuidados de su belleza, el espejo es no obstante objeto frecuente de una enseñanza
moral. En el
Libro
que dirige a sus hijas el caballero de La Tour Landry,
el espejo utilizado abusivamente acaba concentrando todos los
horrores diabólicos. Encantada con su propia contemplación Y
pasándose
una
cuarta parte del día en el cuidado de su apariencia una dama exaspera
a los que aguardan en la iglesia: «¿Pero es que esta mujer no
va a acabar nunca de peinarse y mirarse en el espejo?» Funesto
espejo:
«Y como quiso Dios darle un escarmiento, en el instante en que
se estaba mirando vio en el espejo al enemigo que le mostraba
su trasero, tan feo, tan horrible que la dama perdió la razón,
como poseída por el demonio» Si no deja de servir para comprobar
las imperfecciones del tocado y del cabello el espejo, con más pertinencia aún, designa la imperfección
moral y el exceso de narcisismo. Hay abundantes textos
que hacen del espejo un instrumento
de edificación, y, si ha de serlo de virtud, cabe la posibilidad,
a fin de conjurar el engaño y la duplicidad, de hacerlo doble.
Así sucede en Jean de Condé, en el Dictado
del espejo, donde conviene que el hombre
tenga un doble espejo a fin de mirarse en él «al derecho y al
revés»; hay en efecto un espejo «de maravillosa especie», que
tiene que estar presente noche y día, y cuyo reverso es «oscuro
y diverso», espejo de contraste en el que resulta provechoso mirarse,
porque puede sacarse provecho de las malas acciones de otro:
Del
espejo por doble manera
Puedes
tu ver la obra plena.
Sin embargo el
espejo es capaz de ser instrumento de seducción, como en
el cuento en que una dama, que recibe la visita de un escudero
que le anuncia la visita de su amo, le pide al mensajero que le
sostenga su espejo a fin de que ella pueda ajustar su camisolín,
¡gesto narcisista que la hace tan irresistible que infalibiemente
alguien se anticipará al amo!
Paralelo al ambiguo estatuto del espejo
y amenaza virtual para lo real que duplica, el reflejo del ser
(la sombra) al retirarte a la realidad una parte de su existencia,
le promete a lo efímero la condición de lo real. Así por ejemplo, como la esencia de
esto -al menos en el amor cortés- consiste en desaparecer,
el reflejo en el Lai de la sombra
absorverá, elegantemente, la realidad. Rechazado
largo tiempo por su dama, un caballero se encuentra con la devolución
de su anillo y, en vez de ponérselo de nuevo en su dedo, lleva
a cabo gracias al reflejo el ademán que le garantiza la dicha.
Al apoyarse en el brocal del pozo y ver claramente en el agua
la bella y pura sombra de la que ama más en el mundo, se dirige
a ella: «Tomadlo, dice, mi dulce amiga. Puesto que mi dama no
lo quiere, ¡vos lo aceptaréis sin discusión!» El agua se quiebra
a la caída del anillo y, cuando la sombra se desvanece, admirada
ante tan hermosa cortesía, la dama otorga por fin su amor. Al
desaparecer, pero vuelto a sí por su propia reduplicación, lo
real se convierte finalmente en posesión.
Si ha de creerse
al dios Amor, el Roman de la
Rose habría debido llamarse el
Espejo de los enamorados, ejemplaridad
de la fábula ilustrada por las dos fontanas de la novela. Una de ellas contiene
en el fondo de sus aguas el espejo peligroso y letal donde Narciso
encontrará su muerte; por el contrario, la fontana del parque,
circular, es fuente de conocimiento, porque cuantos se inclinan
sobre ella, cualquiera que sea el ángulo de su visión, adquieren
perfecto conocimiento de todo lo que pertenece al jardín. Si
la primera fuente es una «abismación» de lo real, la segunda duplica,
como un espejo, la unidad total de la novela. Juego de óptica,
la absorción de la imagen es la devolución dichosa de un saber, aunque en el «Libro de las miradas» que se
ha dicho se hallaba incluido en el Roman de la Rose «como
un espejo en el espejo», Naturaleza denuncia «los espejos deformantes
así como todas las ilusiones que engendran en la mirada la debilidad
de los ojos, el espejismo de la distancia, las visiones de la
vigilia y del sueño, sin excluir la contemplación, (...) advertencia
contra toda mirada que pretendiera presentar su visión como verídica»
(R. Dragonetti).
La muerte de Narciso
Al
inclinarse entonces sobre la fontana,
vio
en el agua clara y limpia
su
semblante, su nariz y su fina boca;
y
entonces se sintió asombrado, porque su sombra lo había traicionado:
creyó
haber visto en el agua la figura de un doncel extremadamente hermoso.
Entonces
Amor supo muy bien vengarse del enorme orgullo y la arrogancia
que
Narciso había manifestado en contra suya.
Entonces
se le pagó con creces su salario:
tanto
tiempo se entretuvo junto a la fuente
que
se enamoró de su propia imagen
y
al fin allí murió por ello.
Como un espejo,
la fontana sirve para la duplicación
de lo real así como para un simulacro de creación. Mediante el
reflejo, el Otro se ausenta, y el Mismo revive, peligro de muerte.
Peligro también para el poeta, porque ha sido en el espejo donde
ha visto los rosales cargados de flores y donde, entre todas las
demás, ha descubierto la rosa cuya fragancia llena aquellos parajes.
Texto extraído de "Historia de la vida privada", varios
autores, bajo la dirección de P. Aries y G. Duby, tomo IV, El
individuo en la Europa feudal, págs. 81/89, editorial Taurus,
Madrid, 1990.
Edición
original: du Seuil, París, 1985.
Selección: S.R.
Relacionar con:
El
sueño en la época medieval (2) >>>
Con-versiones,
Noviembre 2005