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Maurice Merleau-Ponty

Ferrater Mora

 

MERLEAU-PONTY, MAURICE (19081961), nac. en Rochefort-sur-Mer (Charente Inférieure, actualmente Charente Maritime) Agregé de filosofía de la Escuela Normal Superior, enseñó filosofía en los liceos de Beauvais (1921-1933) y Chartres (1934-1935). De 1935 a 1938 fue agrégé-répetiteur en la Escuela Normal Superior. En 1939 visitó los Archivos Husserl, de Lovaina. Oficial en el Ejército de 1939 a 1940. De 1940 a 1944 enseñó filosofía en el Liceo Carnot, de París, participando en el movimiento de resistencia. En 1945 se doctoró en la Sorbona con su obra sobre la fenomenología de la percepción. Lector y profesor de filosofía en la Universidad de Lyon (1945-1949), profesor de psicología en la Sorbona (1949-1952) y en el Collége de France (1953-1961).

Desde muy pronto manifestó Merleau-Ponty una tendencia filosófica -o, más exactamente, una intención filosófica- bien definida: la de buscar y desenmascarar las realidades concretas ocultadas por teorías que en ciertos casos mantienen un dualismo inadmisible, y en otros casos intentan solucionar tal dualismo reduciendo un tipo de realidad (o un tipo de pensamiento) a otro. A la luz de esta tendencia hacia lo concreto deben rechazarse, según Merleau-Ponty, filosofías que, como el cartesianismo, parten de la diferencia entre substancia pensante y substancia extensa. Pero deben rechazarse asimismo las implicaciones (o las incorrectas interpretaciones) de filosofías como la de Jean-Paul Sartre, el cual ha situado el análisis filosófico sobre bases nuevas (y en tal sentido ha influido grandemente sobre Merleau-Ponty), pero ha caído a veces en un nuevo dualismo: el de lo En-sí y el Para-sí. La filosofía de Merleau-Ponty es también, como la de Sartre, una filosofía existencial. Sin embargo, evita ciertos inconvenientes del pensamiento sartriano, especialmente los derivados del «absolutismo» de este último.

El Para-sí de Sartre terminaba por convertirse en una conciencia-testigo. Merleau-Ponty se opone a toda concepción de la conciencia como interioridad, lo mismo que a la concepción del cuerpo corno una cosa -cualesquiera que sean los matices de su «cosidad»-. La conciencia está verdadera y efectivamente comprometida en el mundo. Ello queda bien manifiesto, según el autor, cuando se someten a análisis la estructura del comportamiento y de la percepción. Los hechos que proporciona la ciencia deben ser admitidos. Mas ello no equivale a admitir los supuestos ontológicos de las teorías científicas (tales el behaviorismo y la psicología de la estructura), las cuales fuerzan con frecuencia los datos para ajustarlos a dichos supuestos. Una nueva ontología más fiel a la realidad muestra, en cambio, que hacer del hombre una pura subjetividad o una serie de comportamientos de índole supuestamente objetiva (u objetivo-externa) equivale a una ruptura artificial del ser unitario del hombre. La unidad de este ser es a la vez la de su inserción en el mundo. De ahí la frase del autor: «No existe el hombre interior.» Esta frase no es sólo negativa; implica la afirmación siguiente: «Hay un hombre efectivo, real, concreto, que no se limita a poseer conciencia o cuerpo o a enfrentarse con la realidad externa, sino que es conciencia y cuerpo (o conciencia-cuerpo)». Con ello se critican no sólo las interpretaciones psicológicas usuales del ser del hombre, sino también todas las filosofías «clásicas», ya sea empiristas o bien racionalistas, ya sea realistas o bien idealistas. Lo último aparece bien claramente cuando advertimos que la doctrina de Merleau-Ponty sobre la percepción no es sólo de índole psicológica. El análisis fenomenológico de la percepción nos muestra en ésta una síntesis de índole «práctica» (no intelectual), la cual es posible por haber en el mundo percibido la forma de las relaciones diversas entre los elementos de la percepción. Estas formas son captadas por los individuos de acuerdo con sus situaciones en el mundo. Ello no relativiza la percepción; por el contrario, le otorga consistencia objetiva, pues permite construir sobre ella el mundo de la reflexión. La percepción no es ni una sensación considerada como enteramente individual-subjetiva, ni un acto de la inteligencia: es lo que religa a una y a otra en la unidad de la situación. Ello explica, dicho sea de paso, que la verdad (incluyendo la verdad lógica o matemática) no sea intemporal, sino algo reconocible por todo el que participa de una situación dada.

Reducir la conciencia a la cosa o la cosa a la conciencia es, pues, negar la realidad concreta. Ahora bien, la crítica de Merleau-Ponty no se limita a las teorías tradicionales de la percepción o siquiera a las grandes tesis filosóficas sobre la estructura de la realidad y los modos de conocerla: afecta a todas las manifestaciones humanas -el lenguaje, el juicio, las formas culturales-, a todas las nociones clásicamente metafísicas -espacio, tiempo, etc-, y a todas las nociones morales. En este último respecto cabe notar la doble crítica a que somete Merleau-Ponty la concepción de la libertad como algo meramente aparente y su concepto como un absoluto no limitado por nada: la libertad es, al entender del autor, algo que se hace concretamente en el mundo y siguiendo las circunstancias a las cuales está ligada y de las cuales a la vez se desprende.

La tendencia de Merleau-Ponty a encontrar puntos de apoyo concretos entre extremos sin por ello hacer de su filosofía un mero eclecticismo, se revela asimismo en su filosofía política. Durante algunos años intentó el autor desarrollar una especie de marxismo existencialista más fiel al marxismo original que a su ulterior mecanización y superficial «cientifización». Especial insistencia ha puesto Merleau-Ponty en la necesidad de oponerse por igual a una reducción del hombre a un conjunto de determinismos sociales o a la idea de una supuesta interioridad irreductible a lo social. Esto último permite afirmar que la ulterior ruptura de Merleau-Ponty con los marxistas -y con Jean-Paul Sartre- no significa un abandono completo de sus primeras posiciones filosófico-politícas. Según Merleau-Ponty, el marxismo debe ser reinterpretado y presentado más como una acción que como una verdad fija y dogmática. Con ello se suprimen los contrastes tradicionales dentro de la doctrina marxista entre los hombres y las cosas, las superestructuras y las infraestructuras. De ahí, además, la necesidad de un nuevo análisis de la dialéctica para desgajar de ella todo lo que se ha confundido con su esencia: la idea de la unidad de los contrarios y su superación, la de un autodesenvolvimiento espontáneo, la del paso de la cantidad a la cualidad, etc. Todas estas ideas son más bien manifestaciones de la dialéctica, la cual pasa por diversas «aventuras», ya que es por principio «un pensamiento que posee diversos centros y diversas entradas y necesita tiempo para explorarlos todos». Comprenderlo así es la misión del filósofo, el cual es un ser incomprendido por los hombres de acción (o por los maniqueos que se debaten en la acción), los cuales no entienden que la reflexión que separa al filósofo del mundo lo religa de nuevo, y más firmemente que antes, con el mundo.

Lejos de considerar que el filósofo debe confinarse al examen de ciertos problemas «técnicos» o «profesionales», Merleau-Ponty estima que la filosofía puede hallarse dondequiera -en la ciencia, en la acción, etc. y que el filósofo debe abrirse al mundo en su totalidad. Sin embargo, ello no debe llevar al filósofo a proceder a un inventario del mundo o a efectuar una especie de «síntesis inductiva» a base de resultados de la ciencia, de la experiencia cotidiana, de la historia, etc. Debe llevar al filósofo a interpretar los datos del mundo -y del hombre dentro del mundo- en cuanto «signos» de una unidad que deberá inventar para dar sentido a la existencia humana y a su «inserción en el ser». Los «signos» así perseguidos son «nudos de significaciones» no permanentes ni dados de una vez para siempre, sino en trance de hacerse -y deshacerse- dentro de la trama de la experiencia y del saber. Con ello postula Merleau-Ponty la unidad de la experiencia y del saber, y la unidad también de los diversos saberes como formas de pensar dentro de «la unidad fiIosófica».

Obras: La structure du comportement, 1942, 2da. ed., 1949 (trad. esp.: La estructura del comportamiento, 1957 [precedido del estudio titulado «Una filosofía de la ambigüedad», por Alphonse de Waelhens; este estudio es un ensayo y no el libro de De Waehlens sobre M.-P.). Phénoménologie de la perception, 1945 (trad. esp.: Fenomenología de la percepción, 1957). - Humanisme et terreur, 1947 [colección de artículos] (trad. esp.: Humanismo y terror, 1956). - Sens et non sens, 1948 [colección de artículos] (trad. esp. Sentido y sinsentido, 1977). - Éloge de la philosophie, 1953 [Lección inaugural en el Collége de France dada el 15 de enero de 19531 (trad. esp.: Elogio de la filosofía, 1958; reimp., con algunos otros ensayos, bajo el título Éloge de la philosophie et autres essais, 1960, reimp., 1965).-Les aventures de la dialectique, 1955 [se refiere a Max Weber, Lukács, los marxistas «ortodoxos», Trotsky y Sartre-Signes, 1960.  (trad. esp.: Las aventuras de la dialéctica, 1957). L'oeil et l' esprit, 1964 (publicado primero como artículo en 1961; trad. esp.:El ojo y el espíritu Paidós). - Le visible et l' invisible, 1964, ed. Claude Lefort (trad. esp.: Lo visible y lo invisible, 1970). - L'union de l' áme et du corps chez Malebranche, Biran et Bergson, 1968 (notas recogidas por Jean Deprun de un curso de 1947-1948 en la École Normale Supérieure). -Résumés de cours. ColUáge de France, 1952-1960, 1968. - La prose du monde, 1969, ed. Claude Lefort (trad. esp.: La prosa del mundo, 1971). - Existence et dialectique, 1971 (textos escogidos por Maurice Dayan).

Texto extraído del "Diccionario de Filosofía, José Ferrater Mora, IV tomos; T.III, págs. 2185/2188, editorial Alianza, Madrid, España, 1979.
Selección: S.R.

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