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Conversación con JACQUES LACAN
Paolo Caruso
Antes que nada, quisiera que me precisara
el sentido de este «retorno a Freud», sobre el que usted tanto insiste.
Mi «retorno a Freud»
significa simplemente que los lectores
se preocupen por saber qué es lo que Freud quiere decir, y la primera
condición para ello es que lo lean con seriedad. Y no basta,
porque como una buena parte de la educación secundaria y superior
consiste en impedir que la gente sepa leer, es necesario
todo un proceso educativo que permita aprender a leer de nuevo
un texto. Hay que reconocerlo, antes no se sabía hacer otra
cosa, pero al menos se hacía bien; en cambio, actualmente tampoco
podemos decir que sabemos hacer otras cosas, aunque estamos convencidos
de ello; no basta con hablar de método experimental para saberlo
practicar. Sentado esto, saber leer un texto y comprender lo que
quiere decir, darse cuenta de qué «modo» está escrito (en
sentido musical), en qué registro, implica muchas otras cosas
y sobre todo, penetrar en la lógica interna del texto en
cuestión. Se trata de un género de crítica que no soy el
único que la practica de una manera específica; basta abrir un libro
de Lévi-Strauss para darse cuenta de ello. La mejor
manera de practicar la crítica sobre textos metodológicos o sistemáticos
es la de aplicar al texto en cuestión el método crítico que
él mismo preconiza. Así, al aplicar la crítica freudiana a los textos
de Freud, se llegan a descubrir muchas cosas.
¿Existe algún punto en el que se sienta usted alejado de Freud? Por ejemplo,
al hojear su libro «Escritos», que acaba de aparecer, he visto un
ensayo que se titula Más allá del principio de realidad, que es
una paráfrasis del Más allá del principio del placer freudiano;
esta paráfrasis, ¿tiene un matiz polémico o es solamente una declaración
de fidelidad?
No. No tiene ningún
matiz polémico; cuando lea el artículo podrá ver que en él no hay
nada de extra-freudiano y la paráfrasis precisamente quiere
poner esto de relieve. Más allá del principio de realidad
quiere decir que lo que Freud llama «principio
de realidad» se ha entendido simplemente como «realidad»:
todo el mundo sabe lo qué es la realidad, la realidad es la realidad...
Pues bien, no es así. Fijándose mejor, cuando se lee a Freud se
descubre que el «principio de realidad», formando pareja con el
«principio del placer», no significa de una manera simple el principio
que aconseja adaptarse, por ejemplo.
En todo caso, usted no quiere ser sólo
un intérprete, un exégeta de Freud.
Si sólo lo soy
o no, son los demás los que deben juzgarlo, A mí, esto me basta.
Leer su libro es una empresa muy ardua.
Incluso los lectores muy preparados reconocen que algunas partes
son indescifrables. ¿Cómo explica usted que su estilo resulte tan
elíptico?
Es
indispensable destacar que en las líneas que abren mí colección
de escritos, empiezo por hablar de estilo, utilizando el slogan
de "el estilo es el hombre". Es evidente
que no puedo contentarme con esta fórmula, que se ha convertido
en un lugar común apenas ha sido inventada. Referida a un determinado
contexto de Buffon adquiere un sentido distinto. En aquel
breve texto preliminar ya doy una indicación elíptica de lo que
quiere decir «función del estilo jádico», estilo que precisa
de la relación de toda la estructuración
del sujeto en torno a determinado objeto,
que después es lo que se pierde subjetivamente en la operación,
por el hecho mismo de la aparición del significante. A este
objeto que se pierde lo llamo objeto a, y en la praxis analítica interviene estructuramente
de una manera avasallante, porque un analista no puede dejar de
dar una importancia «primaria» a lo que se llama la relación
de objeto. Para dar una ilustración a quienes no hubieren oído
hablar nunca de esto, podemos referimos a un «objeto»,
el seno materno, que todo el mundo conoce, al menos vagamente, por
su sentido, por lo que tiene de mórbido la misma utilización de
la palabra «seno»; el seno hinchado, turgente, lleno de leche, al
constituir un signo fantasmático, se valoriza más o menos eróticamente;
y en cambio, por otra parte, esta valorización erótica del seno
resulta bastante misteriosa, puesto que no se trata del seno materno
sino del seno en sí mismo; y digo que es «misteriosa» porque es
un órgano que, después de todo, en su estética es poco aferrable
para asumir un valor erótico particular. El análisis ha aclarado
todo esto, al referirlo a algunas fases del desarrollo, al valor
privilegiado que aquel objeto pudo adquirir para el sujeto en su fase infantil. Pero si nos referimos
a otros objetos igualmente conocidos
aunque menos agradables, todo el análisis de la estructura, es decir,
de las constantes significantes en cuya base se encuentra
la función (que es secundaria respecto a la estructura),
todas las incidencias múltiples, repetitivas, que determinan que
se recurra continuamente a este objeto, demuestran claramente que
no se puede explicar en modo alguno su presencia verdaderamente
dominante en la estructura subjetiva, atribuyéndole solamente un
valor vinculado a la génesis. Hablar de fijación como se
hace en algunos sectores particularmente retrógrados del psicoanálisis,
ya no es satisfactorio, porque se ha llegado a constatar que, sea
cual fuere la importancia teórica que se atribuye a este concepto,
según interesen más o menos las formulacíones teóricas (incluso
en el caso de estar muy alejado de mi formulación teórica particular,
que es calificada de estructuralista), la relación
del objeto revela un valor tan prevalente, en forma consciente
o inconsciente, que llega a demostrar la necesidad de este objeto.
El cual, sin duda no es un objeto como los otros y la dialéctica de la objetivación
y de la objetividad, aunque siempre ha estado vinculada a la evolución
del pensamiento filosófico, por sí sola no basta para explicarlo.
En cierto modo, este objeto esencialmente es un objeto perdido.
Y no sólo mi estilo en particular, sino todos los estilos que
se han manifestado en el curso de la historia con la etiqueta de
un determinado manierismo -como
lo ha teorizado de una manera eminente Góngora, por ejemplo-
son una manera de recoger este objeto,
en cuanto estructura al sujeto que lo motiva y lo justifica.
Naturalmente, en el plano literario, esto exigiría unos desarrollos
enormes que nadie ha intentado todavía; pero en el momento en que
suministro la fórmula más avanzada de lo que justifica determinado
estilo, a la vez declaro su necesidad ante un auditorio particular,
el auditorio de los analistas. Yo he promovido sistemáticamente
algunas fórmulas de estilo propio, para no eludir al objeto; o, más exactamente, me siento más a gusto
en ellas, para dirigirme, a nivel de la comunicación escrita, al
público que me interesa, el de los analistas. Esta simple nota basta
para destacar que no se trata de eludir una cosa, que en nuestro
caso específico es el complejo o sea, en último análisis, una carencia;
en todo caso, la elipsis no es el meollo de este estilo sino
otra cosa a la que nos introduce el término "manierismo";
que he usado antes; en este estilo hay otras cosas -otros modos
independientes de la elipsis- y por otra parte, yo no tengo nada
de elíptico, aunque no hay estilo que no imponga la elipsis, ya
que verdaderamente es imposible describir nada sin elipsis. La pretensión
de que «todo quede escrito», si fuera realizable daría
lugar a una ininteligibilidad absoluta. Por ello, esta especie de
reconocimiento que hago de la relativa dificultad de mi estilo,
no la subrayo demasiado, ya que la experiencia me demuestra que,
dado que no he conseguido formar (y el término es exacto)
a un auditorio, que en cualquier caso será un auditorio de practicantes,
en la medida en que no los he formado aún para la comprensión de
unas categorías que no son usuales, mis artículos pueden parecer
oscuros a primera vista. Además, los primeros artículos que figuran
en este libro, aun cuando en el momento de su primera publicación
en revistas podían parecer oscuros, en general, unos años más tarde
no sólo resultaban comprensibles para todo el mundo, sino incluso
de fácil comprensión; y se puede observar que en el fondo, contienen
alguna cosa que se transmite a nivel del estilo. Para mí esto es
una confirmación. Le he dado una respuesta difícil, pero no veo
el motivo para darle otra, ya que ésta es exacta.
Según usted, ¿qué relación hay entre
la relación de objeto y las relaciones entre sujetos (o intersubjetivas)?
Evidentemente, aquel
objeto particular que llamo objeto a no adquiere su incidencia
en la intersubjetividad sino a nivel de lo que se puede llamar la
estructura del sujeto, teniendo presente que el término sujeto
se articula y precisa por medio de determinados nexos formalizables
según los cuales, en su origen el sujeto es efecto
del significante. Es la incidencia del significante la que
constituye el sujeto, al menos el sujeto definido, articulado en
la incidencia en la que se interesa, es decir, el sujeto que nos
es necesario para dar lugar a la realidad.
Porque es el orden el que determina el inconsciente. En la medida
en que precisamos de un sujeto que no nos lleve a metáforas banales
ni a franja de error para definir al inconsciente, esta estructuración del sujeto nos obliga, por así decirlo,
a no considerarlo cortado de la misma «tela» que el objeto a.
«Tela» es un término que hay que entender literalmente. Por
principio nos referimos aquí a algo que nos ha inducido a construir
en estos últimos
años una topología. Por lo tanto, la
relación de objeto no se coloca a nivel de la intersubjetividad
en cuanto ésta, por ejemplo, queda implicada en la dimensión de
la «reciprocidad» (en la psicología de Piaget la intersubjetividad
es absolutamente fundamental y trascendental). Ha sido preciso comenzar
por determinar la clase de forma, de modelo burdo, en que se articulaba
el pensamiento de los analistas médicos (que son gente, puedo afirmarlo,
a quienes faltan muchas dimensiones de cultura). En el período de
entreguerra se introdujo la noción de
intersubjetividad, como una especie de barrera de humo, o
como un puente hacia lo que es un problema de otra especie, para
quienes se hayan tomado la molestia de leer a Freud: el de la estructura intrasubjetiva. Pero precisamente
el término, en cuanto contrapone inter e intra, nos
puede conducir a un camino sin salida, a identificadones aproximativas;
por ejemplo, a considerar estructuras como las que introdujo Freud
con tanta precisión de matices y con tanta finura, que son las que
nos proponemos elaborar, considerar como el ego, el ideal del ego,
el super-ego, como unidades autónomas funcionando dentro de
quién sabe qué sistema, quizás de un «ámbíto común» no mejor identificado
(y que convendría llamar sujeto). Y hoy vemos quienes, con este motivo,
creen que hacen progresar el psicoanálisis, llamándolas, según el
contexto anglosajón, self. Es preciso promover estructuras infinitamente más complejas,
que permitan dar cuenta del resultado del análisis. Como
fuere, no podrían en modo alguno fundamentarse en el concepto de
totalidad que algunos autores, y autores célebres y aun ingeniosos
en el campo analítico, han promovido para dar pruebas de no sé qué
clase de apertura mental, o para poner «á la page», a la moda, unas
ideas que en campo fenomenológico están más o menos en el aire.
En realidad, no hay nada tan contrario a la experiencia específicamente
analítica, y a la vez tan apto para ocultar su verdadera originalidad.
En una palabra, la relación de objeto
se sitúa, no en el plano intersubjetivo, sino en el de las estructuras
subjetivas, que en todo caso serían las que nos conducirían a las
cuestiones de la intersubjetividad.
Al hablar de relaciones intersubjetivas me refería, más que a Piaget,
a la tercera parte de El ser y la nada de Sartre (que usted cita
en un ensayo de su libro). Es decir, que me refería sobre todo al
sentido de "dialéctica existencial" y de "mirada
objetivante".
Como ya he podido
señalar al tratar del término intersubjetividad,
en lo que se refiere a la estructuración
subjetiva se podría articular en forma bastante precisa lo
que separa mi «formalización»
de la «formalización» del juego de las conciencias de Sartre
(aunque él probablemente no aceptaría el término «formalización»).
He indicado que aquel texto sartriano es extraordinariamente rico
de síntesis muy brillantes y sugestivas, por ejemplo, de lo «vivido»
en la relación sádica, y en general, de determinado tipo de relaciones
calificadas de «perversas». Desde el punto de vista clínico, sería
muy fácil demostrar que todo esto es sencillamente falso, porque
no basta con hacer una especie de producto sintético, una síntesis
artificial de algo sobre lo que se tienen datos de comprensión recogidos
no se sabe dónde, sin duda de una introspección propia; no basta,
decía, con reconstruir correctamente la estructura. Por ejemplo,
aquella forma de viscosidad, a nivel de algunas intencionalidades
corruptas de que habla Sartre, no forma parte, en modo alguno,
de lo que se puede observar en los auténticos sádicos.
En una palabra, es literatura.
Una literatura
muy seductiva, estimulante, extraordinaria y que en verdad sirve
para sugerir la exigencia de su control; es decir, es una especie
de iniciación, una experiencia ejemplar.
Pero cuando se controla se descubre
que es falsa.
Sí, y para que
se pueda explicar precisa una estructuración muy distinta.
¿Su reproche se limita a "El ser
y la nada", o cree usted que se puede extender de una manera
general a la ímpostación fenomenológica del problema?
Vea usted, yo no
debo hacer ningún reproche global a la fenomenología; la
fenomenología puede ser muy útil según a lo que se aplique. Por
otra parte, se puede decir que hay tantas fenomenologías como fenomenólogos.
Pero ahora me refería a la fenomenología que se perfila en
algunos capítulos de "El ser y la nada", y en los
que Sartre pretende captar una experiencia vivida, como ejemplo
de erotismo perverso. El resultado tiene una gran calidad y por
sí solo ya justifica el que se deba recurrir a una formalización
que no se limite al registro de la intersubjetividad de "El
ser y la nada".
Usted se ha referido a la relación que
nos liga al seno materno, relación que ha sido analizada por Melanie
Klein y sus discípulos. ¿Qué juicio le merece esta escuela post-freudiana?
¿Qué sentido tiene su «retorno a Freud», teniendo en cuenta que
usted no rechaza en bloque las sucesivas aportaciones a las formulaciones
freudianas?
Refiriéndonos a
Melanie Klein no podemos hablar de ningún modo de psicoanálisis
post-freudiano, a no ser que demos al prefijo «post» un sentido
meramente cronológico. «Post-freudiano» quiere decir que se
ha llegado a una etapa ulterior, de la misma manera que se habla
de una época post-revolucionaria, que nadie ha visto aún.
Se puede decir: la revolución ha terminado y los problemas que se
plantean son de otra índole; pero estamos muy lejos de esta situación.
Melanie Klein se mantiene en el surco de la experiencia freudiana
y el hecho de que sostuviera polémicas con Anna Freud no
quiere decir que no fuera freudiana, y casi más freudiana que la
otra. En sí, el psicoanálisis del niño
es un campo que presenta dificultades de relación muy especiales
respecto al psicoanálisis freudiano. Podríamos decir que el anna-freudismo
viene a ser la introducción masiva de una estructura pedagógica
dentro de la experiencia específicamente analítica, en cambio
Melanie Klein conserva la pureza de tal experiencia, en el mismo
nivel del psicoanálisis infantil.
¿Utiliza usted el término «pedagógico»
en sentido ético-normativo?
Propiamente no,
sino más bien en el sentido de una investigación que tienda a fundamentos,
a técnicas, a procedimientos que tengan una finalidad normativa,
que hagan pasar la experiencia vivida del niño por una serie de
fases típicamente educativas. Estas finalidades estructuran la experiencia
directa de Anna Freud. Melanie Klein mantiene en el
niño la pureza de la experiencia y centra su investigación en el
descubrimiento, en el sondeo y en la manipulación del fantasma.
Es indudable que ha hecho verdaderos descubrimientos, que
pueden llamarse postfreudianos en el sentido de que se han añadido
a las experiencias de Freud. Pero, por otra parte, también
es indudable que los ha expresado en términos que teóricamente son
atacables, porque en cierto sentido resultan demasiado adheridos
a su empirismo y no pueden asumir toda su situación exacta. Así,
por la manera en que Melanie Klein teoriza la función del
fantasma en sus etapas primitivas, por todo lo que se refiere
al cuerpo de la madre y a la inclusión precoz del Edipo como tal
entre los fantasmas del recién nacido, lo único que se puede decir
es que se trata de teorías tan ínsostenibles que llegan a inspirar
respeto. Quiero decir que resulta admirable que estos fenómenos
la obliguen a forjar teorías impensables y que ella acepte forjarlas,
ya que en definitiva, las teorías se han de someter a los hechos.
Desde luego, más adelante las teorías se hacen más inteligibles
y convincentes, por la intervención del que teoriza. Pero ante todo
es preciso registrar, como lo hace Melanie Klein, el dato
observado, aunque a nivel del empirismo un dato no se define por
sí mismo (esto nos llevaría lejos). En otros términos, los frutos
de la experiencia de Melanie Klein y de su escuela se quedan
en resultado alcanzado.
En todo caso, un resultado freudiano.
Ciertamente. Y
perfectamente integrable en términos freudianos. Aunque yo no me
he dedicado a él de una manera especial.
Y en el psicoanálisis post-freudiano,
¿ve usted aportaciones sin ser de Freud?
Muchas. Por ejemplo,
el psicoanálisis aplicado a las perversiones. Quiero decir que la
verdadera estructura de las perversiones como a tales se ha de considerar
post-freudiana. Algunos fenómenos muv elaborados, como
la noción del objeto transicional descubierta por Winnicott
son elementos absolutamente positivos que han sido introducidos
en la experiencia y que tienen una función muy precisa en la teoría.
Además, hay una gran afición a investigar el psicoanálisis
de la psicosis, que sin duda es post-freudiana. Pero
vamos comprobando que estas investigaciones resultan más eficaces
cuando se les aplican instrumentos propiamente freudianos.
Por otra parte, con su «retorno a Freud»,
usted pone en guardia implícitamente contra autores, libros, teorías
que, según usted, corrompen el sentido originario del freudismo.
Podría poner muchos
ejemplos.
Cíteme algunos.
Como se sabe, la
mayor parte de lanzas las he roto contra los círculos dirigentes
de la Sociedad Psicoanalítica Internacional, que después de la guerra
me han colocado en una situación muy especial. Mi oposición es categórica,
agresiva, y se acentúa ante una teoría y una práctica totalmente
centradas en las doctrinas llamadas «del
Ego autónomo», que dan a la función del Ego el carácter de
una «esfera sin conflictos», como se le llama. Este Ego, en substancia
viene a ser el Ego de siempre, el Ego de la psicología general,
y en consecuencia, nada de lo que pueda discutirse o resolverse
sobre él es freudiano. Simplemente, es una manera subrepticia y
autoritaria, no de incluir el psicoanálisis en la psicología general
como pretenden, sino de llevar la psicología general al terreno
del psicoanálisis, y en definitiva de hacer perder a éste toda su
especifidad. Aquí me veo obligado a hacer un resumen poco preciso.
No puedo insistir sobre lo que representa el grupo de Nueva York,
constituido por personajes que provienen directamente del ambiente
alemán -Heinz Hartmann, Loewenstein, Ernest
Kris (que ha muerto)- los cuales, por así decirlo, se
han aprovechado de la gran diáspora nazi para imponer en América,
con toda la autoridad que derivaba del hecho de proceder de aquel
lugar benemérito, una cosa absolutamente adecuada a una sociedad
que, en este aspecto, estaba esperando que los Magos la intimidaran.
Para sus teorizaciones encontraron incluso excesivas facilidades,
surcos demasiado trazados por una tradición, para no extraer beneficios
extraordinarios de carácter personal. En una palabra, se trata de
una traición muy clara a lo que continúan siendo los descubrimientos
peculiares de Freud.
Pero cuando se habla de psicoanálisis
en América, los no especialistas piensan sobre todo en otros exponentes.
Por ejemplo, en Marcuse y en Norman Brown.
Marcuse
es una personalidad cultural muy simpática e ingeniosa. Sin tener
una auténtica autoridad científica, basada en una experiencia psicoanalítica
personal, ha tenido la audacia de imaginar y de someter a juicio
las prácticas e incluso los principios de nuestra sociedad a nivel,
por así decirlo, de un eros más
sano. Es preciso reconocer que sus doctrinas no tienen una gran
importancia desde el punto de vista especulativo. Es cierto
que siguiendo esta dirección ha podido desarrollar análisis particulares
y proponer perspectivas iluminadoras, para explicar algunos aspectos
de nuestra práctica social, en especial en el campo de las costumbres,
y con cierta dosificación cuando aborda el problema del erotismo.
Son teorías muy interesantes
en el aspecto descriptivo, pero que no conducen ni a un análisis
estructural auténtico ni a ningún resultado utilizable en
la transformación de algunos aspectos de nuestra civilización.
Nuestra
civilización parece cada vez más condicionada por una serie de procesos
inertes, y además por cierto tono difundido, por así decirlo, gracias
a una especie de economía del erotismo;
elementos regidos por leyes que
están muy lejos de poder ser individualizadas por medio de simples
especulaciones teóricas.
¿Cree usted entonces que el intento
de aplicar el psicoanálisis a la civilización y a la historia (y
a la antropología, siguiendo las huellas de Géza Roheim) está destinado
al fracaso?
No, pero sería
conveniente examinar las cosas a nivel más radical, aunque sólo
fuera para entender el sentido en que se puede ejercer un control de cualquier especie de los fenómenos,
en el plano de la colectividad.
¿Y basándose en "Totem y tabú"
y en "Moisés y la religión monoteísta", usted ve la posibilidad
de aplicar el freudismo sin que sea una pura elucubración teórica?
Es muy posible,
pero no de una manera inmediata.
Y, ¿qué piensa de Norman Brown?
Brown es un buen ejemplo de cómo puede hacerse una obra perfectamente aireada, sana,
eficaz, inteligente, reveladora, con la sola condición de que un
ingenio no prevenido (en efecto, Brown no se había ocupado,
nunca de estos temas) se tome la molestia de leer a Freud, de la misma manera que se leen otras cosas cuando no se está cretinizado
previamente por mixtificaciones de baja vulgarización. Por ejemplo,
hay gente que habla de Darwin sin haberlo leído nunca: lo
que comúnmente se llama «darwinismo» es un tejido de imbecilidades,
en el que no se puede decir que las frases que se citan no hayan
sido extraídas de Darwin, pero que no son más que unas cuantas
frases cosidas, con las que se pretende resolver todo, y en las
que se describe la vida como una gran lucha y en la que todo funciona
con el predominio del más fuerte. Basta abrir a Darwin para
darse cuenta de que las cosas son algo más complicadas. De la misma
manera que hay una lectura de Freud, la que se enseña en los institutos
de psicoanálisis, que impide leer a
Freud con cierta garantía de autenticidad. Y entretanto,
un recién llegado, que obtiene una beca de estudios de la W.W.L.
para que escriba algo sobre Freud -desde luego, alguien
que no sea un estúpido- de repente escribe un libro revelador.
Esto es lo que significa Brown. Esto y nada más.
En sus Escritos figura un importante
ensayo dedicado al «tiempo lógico»; y en general, el problema del
tiempo es un tema clave de sus investigaciones. ¿Podría usted resumir
los términos del planteamiento?
Todavía estoy muy
lejos de poder abordarlo con toda la amplitud de implicaciones con
que podré hacerlo en el futuro. El tema del tiempo me toca muy de cerca, en primer lugar, porque
como todo el mundo sabe, yo hago un uso muy variable de la referencia
temporal. Por ejemplo, yo no me someto al standard temporal que
suele utilizarse de una manera estereotipada en la práctica psicoanalítica.
¿En qué sentido?
En el sentido cronológico
y terapéutico. Quiero decir que los psicoanalistas suelen hacer
durar las sesiones unos 45 minutos, y después se paran. El
hecho de que la mayor parte de los analistas sigan este criterio,
como una referencia básica sobre la que se debe trabajar, sin que
exista posibilidad alguna de discutirla, es un fenómeno muy curioso,
Yo creo que el analista, por el contrario, ha de conservar su libertad,
entre otras cosas, para utilizar una sesión breve o prolongada
según le convenga.
Es decir, de cinco minutos a tres horas.
Sí.
Es él quien debe decidir el por qué. Aun cuando se han aducido muchos
argumentos sobre esta cuestión, resulta increíble, exorbitante,
que sea preciso ofrecer pruebas concluyentes. En todo caso, deberían
ser los que creen, Dios sabe por qué, que el standard
ha de ser de 45 minutos, invariable y obligatorio, los que deberían
justificar esta invariabilidad. Y en cambio, no se han podido dar
explicaciones distintas del «todos lo hacen así». Esta costumbre
fue copiada, transcrita de Freud quien, no obstante, cuando
la transmitió tuvo mucho cuidado en señalar sus reservas diciendo,
poco más o menos: «yo lo hago así porque me resulta cómodo y si
otro quiere seguir un criterio más cómodo para él, puede hacerlo
tranquilamente». Desde luego, ésta no es la manera de debatir la
cuestión, porque decir «lo hago así porque me resulta cómodo» no
es ningún argumento. Freud dejó
el problema sin solución. Sobre la «dosificación» del tiempo está
todo por decir.
Pero
evidentemente, cuando usted me formulaba su pregunta no pensaba
en este «tiempo». Sólo he querido
referirme a este punto porque para mí es muy grave y no veo la razón
de evitarlo. Y con mayor razón porque nadie lo afronta, como si
tuvieran miedo de quedarse sin un terreno sólido en el que apoyarse
en la práctica. Me sabe mal dejarlo porque podría explicar muchas
cosas. Pero tampoco puedo evitar de insistir sobre ello porque en
muchas ocasiones, cuando no se me ha podido atacar respecto a la
doctrina, me han atacado en este terreno. En realidad, da lo mismo
que lo haga así o de otra manera; como en cualquier caso los demás
también lo harán a su manera, ¿qué puede importarles que yo utilice
esta práctica? Es tan cierto esto que algunas personas que yo he
formado según este criterio han sido recibidas con los brazos abiertos
en la Sociedad Psicoanalítica Internacional, con la única condición
de que votaran contra mí en determinada circunstancia. Esto ha bastado
como autorización total.
Volviendo a la pregunta de antes...
Es cierto que existe un tiempo que no es el de la inercia psicológica, o
de la transmisión nerviosa, sino el tiempo de la transmisión
intelectual; ahora, mientras hablo, usted emplea cierto tiempo para
darse cuenta de lo que le digo, aunque es difícil medirlo. Pero no es éste tampoco el tiempo que le interesa...
Al contrario, me interesa muchísimo.
Sí,
es muy interesante, pero tampoco es el tiempo
«analítico». Mejor dicho, es analítico en el sentido
de que, cuando levanto un vaso, por ejemplo, noto su peso: en este
sentido todo lo es. En cambio, basándose
en las funciones del inconsciente el tiempo específicamente
estructural está constituido por el elemento de «repetición».
Justamente ahora se comienza a explorar si se trata de una temporalidad
ligada esencialmente a la constitución como tal, a la llamada «cadena
significante». Estamos en el plano del ritmo, de la cadencia, de
la interpunción, de los grupos temporales en los que se pueden hacer
distinciones propiamente topológicas -de grupos abiertos y grupos
cerrados, por ejemplo. Lo que una frase es en sí, lo que
comporta la unidad esencial de la frase por el hecho de ser un ciclo
cerrado y como consecuencia, un cumplimiento posterior con efectos
de carácter retroactivo, todos éstos son temas que apunto continuamente
en la dialéctica que desarrollo, pero que aún no he aislado como
problemas autónomos en un capítulo dedicado al problema de la temporalidad;
ni he creído que la mejor manera de exponerlos fuera «seriándolos»
con base en categorías intuitivas, según los modos de la estética
trascendentalista. He introducido una nueva dimensión en
el tiempo lógico, la de la «precipitación identificadora», como cosa que en
el fondo se autodetermina y que solamente puede actuarse en cierto
modo que llamo del a-tiempo lógico.
Mi contribución es muy original y entre los especialistas de lógica
hubiera podido provocar un gran interés si éstos no trabajaran
a un nivel «no saturado» como el que trabajan, dedicándose únicamente
a la constitución de sistemas formales. Pero cuando se reintroduzca
la "noción de sujeto",
en cuanto implica la dimensión del sujeto
freudiano en su reduplicación profunda y originaria, la división
inaugurante que es la del sujeto como tal, solamente podrá ser establecida
por la relación entre un significante y otro significante, que
es consecuencia retroactiva del primero; de hecho, el sujeto
propiamente es lo que un significante representa para otro significante.
Aquí radica, se inaugura el fundamento propio de la subjetividad,
en la medida en que se puede deducir la necesidad de un inconsciente
no transponible en cuanto a tal, de un inconsciente que no puede
ser vivido de ninguna manera en el plano de la conciencia.
Cuando estas cosas hayan sido teorizadas adecuadamente, es decir,
cuando se haya puesto en evidencia la «estructura
topológica», podremos establecer con mayor libertad las bases
de una lógica pre-subjetiva,
o sea de una lógica que surja en la frontera de la constitución
del sujeto.
En términos sencillos, esta estructura,
¿es una verdad más acá del tiempo?
No
creo
que pueda ser interpretado así. Yo también creo que la verdad siempre
está encarnada. El ámbito de la verdad
y el del saber sólo comienzan
a distinguirse cuando en verdad el verbo «se hace carne». La verdad es lo que resiste al saber.
Por lo tanto, para usted la verdad no
es una cosa que se sitúe en el tiempo.
No. Sólo
puedo concebir un ámbito de la verdad en donde hay una
cadena significante. Si falta un lugar en donde pueda manifestarse
lo simbólico, nada se puede proponer como verdad.
Es lo real, con toda su opacidad y con su carácter de imposible
esencial, y sólo cuando entramos en el ámbito de lo simbólico
puede abrirse una dimensión de cualquier clase. La verdad
difícilmente puede ser calificada de dimensión porque
en el fondo, todo lo que decimos es verdad en cuanto lo decimos
como verdad; incluso en el caso de que haya cierto matiz
de falsedad, no se trata propiamente de falsedad precisamente porque
lo decimos como verdad; la verdad no tiene ninguna clase
de especificidad.
¿Ni en el plano metodológico? Cuando
usted introduce sus tres registros -simbólico, imaginario,
real-, ¿no cree que corresponden a tres órdenes de la existencia?
Desde luego. Aunque
creo que, con toda probabílidad, lo simbólico es perfectamente perceptible y aún está
prefigurado en lo real. Sólo parto de aquellos tres registros porque me parece que
es indispensable separarlos a nivel de la praxis analítica.
Sí a nivel de mi praxis analítica no se hacen distinciones entre
lo que se refiere a lo simbólico, a lo imaginario y a lo real, inmediatamente
se cae en todas las viejas ideas místicas, es decir, que lo simbólico
es la naturaleza que se pone a cantar, que ya desde la época de
las primeras amebas se esperaba el acontecimiento de que el hombre
se convirtiera en pensamiento puro, en una palabra, los
mitos que siempre están a punto para reintroducirse en nuestra
experiencia analítica para hacerla ceder a la fascinación y a las
seducciones de las metafísicas más usadas, que ya no es necesario
combatir sino poner entre paréntesis, para analizar correctamente
lo que sucede a nivel de nuestra praxis. A nivel de nuestra praxis todo funciona en el orden simbólico,
y podemos observar que de las palabras, sobre todo de las
palabras dichas en aquellas condiciones, es imposible que surja
nada verdadero; por lo cual, si surge algo de verdaderamente eficaz,
manejar la palabra probablemente quiere decir agitar un registro
importante, que normalmente no se maneja de una manera rigurosa,
en una palabra, quiere decir que se hace intervenir todo lo que
es más genuinamente originario, en el ámbito del lenguaje. Es
cierto que el lenguaje es una cosa ya estructurada; a Sartre
le gusta definirlo como lo práctico-inerte, ello forma parte
de su filosofía, no veo inconveniente. Pero es extraordinariamente
necesario subrayar que las estructuras fundamentales del lenguaje, las que se
encuentran a nivel del análisis lingüístico más moderno, por ejemplo,
las de la formalización lógica -vienen a ser coordenadas
que permiten situar lo que sucede al nivel del inconsciente,
es decir, permiten afirmar que el inconsciente está estructurado
como un lenguaje. Y no se trata de una analogía, sino que
quiero decir que su estructura es exactamente la misma del
lenguaje. Por lo demás, esto resulta evidente para quienes
se tomen la molestia de abrir una obra de Freud. Cuando realiza
un análisis del inconsciente, a cualquier nivel, Freud siempre
hace un análisis de tipo lingüístico. Freud había inventado
la nueva lingüística antes de
que ésta naciese. Usted me preguntaba en qué me distinguía de Freud:
en esto, en el hecho de que yo conozco la lingüística. Él no la conocía, y por lo tanto no
podía saber que lo que hacía era lingüística-
y la única diferencia entre su posición y la mía estriba en el hecho
de que yo, abriendo un libro suyo, en seguida puedo decir: esto
es lingüística. Puedo decirlo porque la lingüística apareció pocos
años después del psicoanálisis. Saussure la comenzó poco
después de que Freud, en La interpretación de los sueños,
hubiera escrito un verdadero tratado de lingüística. Esta es mí «distancia» de
Freud.
¿Es
por esta razón que en la conclusión al fragmento de su Conferencia de Viena,
que se publicó en la usted declaraba: «si queréis saber más,
leed a Saussure»?
Exactamente. Pero
tenga en cuenta que el fragmento que usted cita y ha leído en la
«Quinzaine» no se puede separar de su contexto, como sucede con
los libros sagrados. No fui yo quien separó aquel fragmento, lo
hicieron mientras estaba en América y lo dieron como pasto al público.
Entendámonos, no es que me desagrade, porque creo que es un texto
bien escrito. Pero no se puede separar de su contexto. Colóquelo
usted de nuevo en «Choses freudiennes» y verá el sentido
que adquiere.
Usted usa con frecuencia términos musicales,
como «registro» y dice que el logos se ha de encarnar.
Un momento. Cuando hablamos de verdad a nivel psicoanalítico,
no es a propósito del lenguaje sino de la verdad. En psicoanálisis
la verdad es el síntoma. En donde hay un síntoma hay una
verdad que se abre camino.
Pero donde hay síntoma, hay lenguaje.
Absolutamente de
acuerdo. Pero por un momento he creído que usted me hablaba de la
verdad como sí yo me estuviera refiriendo a la
Verdad...
No, no. Yo pensaba que lo que usted
decía no hace mucho (y que es un tema central en todos sus escritos)
de buscar una salida que no sea solamente una empiria, como en el
caso de las investigaciones de Melanie Klein, y a la vez que no
sea el logos separado de la empiria. Para poner un ejemplo, pensaba
en la música, que es sonido y a la vez estructura, vía de salida,
y a lo que se refería Kant con la noción de esquema trascendental.
Si usted quiere...
Así es, sin más. En otros términos, yo atiendo a los datos
estructurales. Pero debo precisar que en el término «dato»
ya hay el término estructura
y que en cualquier campo científico
los datos son tomados en consideración dentro del marco de una estructura:
no hay datos en bruto. Un dato es algo que ya se recoge en
el ámbito de una «falsilla» (como usted ha dicho: no rechazo este
término, aunque no me resulta familiar).
Por lo tanto, ¿usted impostaría de esta
manera las relaciones entre lo «vivido» y lo «lógico»?
Creo que la substancia
de lo vivido es lo lógico y que este famoso «vivido», en el fondo es una noción... cómo decirlo...
¿Abstracta?
Bueno, hasta cierto
punto, sí; se presta a toda clase de abusos.
¿En la medida en que usted se refiere
a una cosa inefable, inexpresable en términos lógicos?
Yo estoy dispuesto
a admitir lo inefable, vivimos en lo inefable. Pero si es inefable,
no hablemos de ello. Tomemos como ejemplo el deseo -hay toda una dialéctica del deseo
y de la demanda-, no importa que no pueda ser articulado a
su nivel fenoménico, que es absolutamente vinculante: no
hay nada tan insistente como el deseo. Se trata de saber para qué
sirve. Yo llego hasta aquí: yo tengo una teoría que explica para
qué sirve el deseo. Es una escalerilla que nos permite encaramarnos
y superar los límites fijados por el principio del placer.
Pero no basta que el deseo no sea inefable por naturaleza -y
verdaderamente no es inefable desde el momento que no busca sino
su propia teorización: se hacen miles de cosas para sugerir cuál
es nuestro deseo-, digamos inarticulable en su especifidad
para todos: el hecho de que no sea articulable no implica que no
esté articulado sino al contrario, está suspendido en articulaciones
que surgen en otra parte, al nivel de la demanda.
Forma parte de un sistema.
Exactamente. Lo
repito: el hecho de que no sea articulable no significa, como convencionalmente
se cree, que no esté perfectamente articulado. Si no estuviera articulado
no podríamos hacer nada con él. En tal caso sería adecuada la vieja
noción de «tendencia». Esto demuestra y justifica con bases biológicas,
la diversidad radical entre el deseo y lo que podríamos llamar «la
vía del instinto» (si es que existe). Además, esto nos permite poner
en duda, por efecto de una especie de retroacción, a nivel biológico,
las pretendidas «funciones instintivas». Nadie se toma la molestia
de discutirlas porque parece que han de existir, dado que funcionan.
Pero éste no es un argumento válido: podrían «funcionar» por muchas
otras razones.
Así, ¿cree usted que la dimensión del
instinto es reducible?
No llego a tanto.
Pero observo que si hacemos un estudio científico del comportamiento
de los animales, es decir, si nos dedicamos a la etología, llegaremos a instaurar categorías fundadas
en correlaciones precisas: por ejemplo, podemos suscitar una conducta
gracias a ciertas reproducciones elementales que sirven de «anzuelo»:
basta con agitar en el aire un trozo de tela que se parezca a la
cabeza de un ave de presa, para que las gallinas se pongan a chillar
y se escondan; de esta manera estudiamos la etología
animal. De esto a decir que existe un instinto de fuga ante
el ave de presa no hay más que un paso. Es preciso aprender a poner
en duda, no la naturaleza, sino el hecho de poder hablar de ello
con una tranquila desenvoltura en el plano científico.
En este caso, ¿niega usted la existencia
del «instinto»?
Ya nadie cree
que exista,
en ningún campo científico, salvo algunos psicoanalistas particularmente
retrógrados. Freud, por ejemplo, nunca habló de instintos. Siempre habló de impulsos. Le aconsejo
que relea las páginas de Freud dedicadas a los impulsos: verá usted
que se trata de una cosa tan poco «natural» como lo pueden ser los
«collages» de los surrealistas. Quiero decir que los
cuatro elementos que Freud distingue en los impulsos -fuente,
empuje, objeto y fin- no pueden ser más heteróclitos y heterogéneos
entre sí. Se comprende ahora cuán grave ha sido traducir
el término alemán "trieb" por «instinto»: «Trieb» nunca
ha significado instinto. Y no puede servir de pretexto decir que
en lengua francesa no existen otros términos para traducirlo, salvo
aquél tan disonante de «pulsión». En inglés han encontrado una cosa
mejor, «drive» y en italiano (y en español) «impulso»
es mejor que «pulsión». Pero ninguno de estos términos llega
a dar el sentido adecuado de «Trieb».
Volviendo al problema del tiempo, no
sé si usted conoce las Investigaciones lógicas de Husserl.
¿Cree usted que este tipo de investigaciones no interesan?
Un poco.
Porque allí también se plantea el problema
del tiempo a nivel de la constitución.
De
todas maneras, observe lo siguiente. Se podría decir y se ha dicho,
y está escrito por la misma pluma de Freud, que el inconsciente no conoce el
tiempo por cuanto su repetición
y su insistencia en cierto sentido convierte «al deseo
en indestructible» -y es la última frase de La interpretación
de los sueños. Por lo tanto, lo inconsciente es algo que «insiste», que viene de
las profundidades del pasado, que en cierto sentido nada puede satisfacer
ni modificar: es un elemento completamente paradojal, que parece
ir contra toda referencia biológica. La insistencia
en la repetición inconsciente es una cosa que es preciso
reelaborar en las categorías del tiempo,
que es distinto del simple fluido temporal y que quizás no perinite
dar al tiempo un valor tan radicalmente originario como en las Investigaciones
lógicas de Husserl.
Yo
no he dicho nunca que el tiempo sea inalienable. A este propósito,
yo recurro con frecuencia y me resulta muy cómodo y práctico, a
aquel articulito sobre el Tiempo lógico que usted ha observado entre mis
Escritos (cuando lo lea se va a divertir); siempre me sirvo
de él como de un utensilio rudimentario pero nuevo, que se aplica
bastante bien a su función. Naturalmente, no pretendo haber hecho
todas las construcciones necesarias. Si, como se suele decir, «Dios
me da vida», me queda mucho por hacer, porque muchos puntos clave
de mi teoría aún no están resueltos. Es cierto que la idea de sistema
no me resulta extraña; sólo que no pretendo haber constituido un
sistema cerrado, cosa que, por otra parte, no me habría permitido
revivir el sentido de la experiencia freudiana. Y le he de confesar
que el inconsciente del cual
me debo ocupar como teórico también es el inconsciente encarnado
de las resistencias de los psicoanalistas al inconsciente.
De hecho, todas las evoluciones post-freudianas
(en sentido cronológico) del psicoanálisis son la consecuencia de
un gran rechazo del inconsciente.
En definitiva, ¿un fenómeno histórico-cultural?
Sí. Un fenómeno
que me he visto obligado a afrontar, en especial en la fase que
podríamos llamar del «descubrimiento
del sujeto», que es tan esencial en nuestra ciencia que quizás
no habría surgido nunca sin una correcta situación del sujeto. De
la misma manera que el cogito cartesiano fue un momento esencial en el desarrollo
de la ciencia, la fase del descubrimiento
del sujeto, a otro nivel, de lo imaginario, la he calificado como
«estadio del espejo». Para mí, estas referencias tienen un
carácter biológico. Quiero decir que, si usted lee bien mi articulito,
titulado precisamente Estadio del espejo, verá que el fundamento de
la captura a través de la imagen especular, a través de la imagen
de lo semejante, y su carácter de cristalización cautivante, lo
que se llama la cristalización narcisística del hombre, se encuentra
en un hecho biológico, ligado a los hechos biológicos que Bolk
describió como premaduración del nacimiento, como, por así decirlo,
retraso, mantenimiento de la constitución anatómico-embrionaria,
en el hombre vertebrado. La corteza cerebral es una corteza embrionaria,
y en la anatomía del hombre es específica. El «estadio del espejo» se entiende en una acepción
biológica.
Ahora que estamos en este terreno, ¿puede usted aclarar lo que entiende exactamente
por «descentramiento del sujeto»?
Yo nunca he utilizado
esta expresión. Como Freud, he hablado de Spaltung,
de división del sujeto.
Pero al tratar de esta teoría, muchos la entienden como un descentramiento
substancial. Por ejemplo, Sartre en la entrevista que concedió a
la revista «Arc».
Ya lo sé. En realidad
se trata de un «escindirse».
Para enunciar estas teorías me he valido, como siempre, de mi experiencia
clínica. No es preciso recurrir a Freud para darse cuenta
del fenómeno por el cual un sujeto es capaz de tener dos auténticas
series de defensas en un solo punto de importancia capital, de las
cuales una deriva del hecho de admitir este punto como resuelto
en cierto sentido y la otra serie, exactamente paralela a la primera,
en sentido diametralmente opuesto. Cada serie tiene su proliferación
propia. Esta experiencia es tan corriente que se puede decir que
es la base misma de lo que hay de más fundamental en el hombre,
la "creencia". La
creencia siempre es, a la vez, no creer en algo. Esta «escisión» del sujeto, absolutamente esencial para
él, está tan vinculada a nuestra experiencia cotidiaria que quizás
valdría la pena de promover una tipología que la explicara.
Es lo que intento hacer y he cristalizado en torno a ella todas
mis referencias (por ejemplo, la llamada banda de Moebius,
permite explicar cosas muy interesantes). Hasta el punto de
que me pregunto si no estoy llegando a la verdadera substancia del
fenómeno.
¿Usted supone que ha sido sobre todo
su concepción del sujeto la que ha suscitado tantas polémicas y
tantas resistencias sobre su pensamiento? ¿Qué piensa usted de las
controversias de las que ha sido protagonista?
Probablemente
podrá decirse que la consistencia, y el retraso, de mis construcciones
teóricas, está relacionada con los conflictos y con las luchas históricas
que me he visto obligado a sostener. No me refiero aquí a Heinz
Hartmann y a los demás, no voy a ser yo que voy a sacarles de
sus sillones de Nueva York, tan confortables; no es éste el verdadero
adversario «cultural» de mis teorías: son mis propios discípulos.
Le aseguro que es con ellos con los que debo pelearme; no se imagina
usted las reacciones personales que suscitan en ellos mis esfuerzos
para conseguir que trabajen y entiendan algo; los problemas de este
orden son los que prácticamente me absorben. Usted diría quizás
que se trata de obstáculos «culturales», y en el fondo yo prefiero
llamarlos «históricos», con la venia de Sartre, el cual se
imagina... Oh, es increíble. En su entrevista publicada en «Arc»
le preguntan: «En la actitud de la generación más joven respecto
a usted, ¿ve alguna aspiración común?». Contestación: «Una tendencia
general dominante (porque el fenómeno no es general) es la del rechazo
de la historia». Pero, ¿es que la historia se identifica con Sartre?
En mi libro se pueden hallar muchas observaciones sobre la historia.
Yo soy un historicista más radical que muchos que se proclaman a
sí mismos como tales, con la diferencia de que la Historia, la Gran
Génesis pseudo-marxista que les sirve de guía y todas las tonterías
de este género, me hacen reír.
He
vivido bastante para ver surgir cosas que nadie hubiera sido capaz
de imaginar, como por ejemplo, el nazismo.
Cosas a las que los que se llaman a sí mismos cultivadores de la
Historia, con toda su prosopopeya,
con todo su «bagage», con todas sus «claves interpretativas», no
han podido siquiera dar un principio de explicación. No me hable
de la Historia divinizada. Si hay una Musa completamente periclitada,
ésta es Clío.
¿Cuál es su posición respecto a las
relaciones entre psicoanálisis y moral social? Entre sus Escritos
hay un artículo de criminología (Introducción teórica a las funciones
del psicoanálisis en la criminología) que creo que me permite plantear
el problema.
Durante todo un
año he dirigido un seminario dedicado a la "Etica del psicoanálisis".
Mediante la introducción de la experiencia psicoanalítica -del
deseo inconsciente, por ejemplo- he intentado investigar
los problemas éticos en términos nuevos respecto a las posiciones
éticas tradicionales. Así, he podido enunciar algunas tesis, como
la de la dimensión «entre dos muertes»,
completamente original, y en la que delineo formas de comportamiento
irreductibles a la simple manipulación de la experiencia psicoanalítica.
Basándome en la teoría que usted llamaba hace poco del «descentramiento
del sujeto», he intentado hacer algo semejante a lo que hizo Aristóteles,
con la misma seriedad: he intentado
rehacer la ética siguiendo un procedimiento análogo (por experiencia)
al de la Etica a Nicómaco. Sería un
poco difícil presentarle un catálogo de lo que he hecho durante
un año de lecciones. Puedo decirle que ha dado lugar a un volumen
que, en su tiempo, ya fue aceptado por las Presses Universitaires
de France. No lo dejé publicar, porque pensé que era prematuro:
en opinión de algunos amigos, determinadas teorías que allí sostenía
podían impedir mi ingreso en la Sociedad Psicoanalítica Internacional.
El ingreso me fue vedado de todas maneras, pero por lo menos puedo
decir que no fue por causa de aquella publicación. Tarde o temprano
lo publicaré; quizás con retraso, pero usted ya sabe que tengo un
criterio muy particular sobre el tiempo. Mi vida, como la de mucha
gente que ha hecho algo, ha sido una larga y paciente, espera. El
texto de la Etica del psicoanálisis en realidad fue redactado
por un alumno mío y es un resumen completo de mis cursos. No obstante,
ya no corresponde exactamente a mis posiciones actuales y por lo
tanto, espero que un día u otro tendré tiempo para escribirlo de
nuevo. Con todo, esta Etica del psicoanálisis, que
saldrá en fecha próxima, consiste en un seminario, como los que
dirijo cada año, de unas treinta lecciones muy elaboradas, cada
una de las cuales dura dos horas y cuyo contenido se transcribe
integralmente por estenografía y es copiado a máquina: ya veremos
qué reacciones suscitará. Evidentemente, puede interesar a un público
bastante extenso, pero se desenvuelve en un plano rigurosamente
psicoanalítico, por lo que, a fin de cuentas, sólo los psicoanalistas
serán los depositarios de lo que pueda contener de verdad.
Según usted, ¿cuáles habrían de ser
las principales consecuencias de una aplicación radical del psicoanálisis
a la moral objetiva, a la moral social?
No he dicho nunca
que se tratara de una moral social.
La llamo así para distinguirla de la moral de intenciones, del sentido de culpa,
etc.
No creo que el psicoanálisis llegue a eliminar el
sentido de culpa.
No, es cierto, pero no se trata de eso.
Pero quiero precisarlo,
porque hay mucha gente que cree que el psicoanálisis va a liberar
a la humanidad de la culpabilidad. La
culpabilidad, querido amigo, es la principal protección contra
la angustia. Y como para esto va muy bien, sería
un verdadero error renunciar a ella.
Pero, ¿cuáles van a ser los efectos
lejanos de un psicoanálisis freudiano aplicado correctamente a la
criminología?
En la pequeña relación
que usted citaba antes he delineado las contradicciones actuales
de la criminología. En gran parte se deben a las manipulaciones
del delito, a través de las cuales se manifiesta la insuficiencia
de las instituciones vigentes, que llegan al extremo de no
saber reconocer la autonomía de la dimensión delictuosa. Al no saber
juzgarlo, se confían al psiquiatra, a quien no corresponde juzgar,
y por una especie de contrasentido permanente, acaban utilizando
lo que el psiquiatra les dice. ¿Cómo lo utilizan? De la manera que
les parece mejor. Así, cuando un «delito» les parece demasiado grande
para no espantar a todo el mundo, condenan sin piedad, aunque el
psiquiatra diga que se trata de un irresponsable (entre otras razones,
porque siempre hay otros psiquiatras que declaren que es responsable).
En otras palabras, de momento reina una arbitrariedad total. Y en
el fondo, esto es lo que quería decir en mi reseña sobre la criminología.
Usted no pretende haber resuelto nada.
No. En absoluto.
Me basta con señalar que existen problemas
que impiden totalmente el mantenimiento de determinados límites
aristotélicos. Incluso para la mentalidad común hay una serie
de comportamientos que quedan excluidos del campo de la moral, por
ejemplo, las perversiones más graves, las que pertenecen a la esfera
de la «monstruosidad» o de la «bestialidad». Pero no se trata en
absoluto de esto: incluso en las perversiones estamos condicionados
por el hecho de ser individuos parlantes,
lo que implica una extensión de la racionalidad, a pesar
de todo. Y esto es lo que caracteriza
de momento al psicoanálisis: extiende el campo de lo racional.
Lo que no significa que se hayan resuelto todas las ecuaciones,
sino solamente que existen ciertas perspectivas que es preciso tener
en cuenta, valiéndose de los medios fuertes, incluso en una humanidad
que comience a darse cuenta de estas cosas. Dependen de factores
ajenos a la racionalidad, que conciernen más bien al ámbito de las
instituciones, o que afectan a elementos que tienden a considerarse
como los más nobles y que en realidad son los más oscuros: por ejemplo,
la preocupación por la autonomía personal, el estatuto personal.
Cuanto más nos adentramos en este ámbito estructural particular,
más tímidos nos volvemos. Puede estar
seguro de que si se hace algo de revolucionario en este campo, no
será a través del conocimiento psicoanalítico. El
conocimiento psicoanalítico puede preparar el terreno, pero
las transformaciones llegarán por otras vías, más inertes, es decir,
que se producirán a través de las nuevas formas de «constreñirse»
a que nos obligará el desarrollo de las ciencias.
Si hay algo que puede forzar a modificar
las costumbres, es el desarrollo de las ciencias. Cuando haya algunas cosas que no sólo
serán transmitidas sino que se convertirán en fruición común a nivel
de las cosas comunes -como ha sucedido con la televisión y con otros
descubrimientos técnicos de esta especie; o como el hecho de que
no pueda suceder nada en ningún rincón del mundo, que no se transmita
inmediatamente a todo el resto- la
necesaria reforma de las costumbres tendrá lugar a nivel de fenómenos
como éstos. Pero esto no quiere decir que algunas viejas
estructuras se replantearán, y que incluso pueden quedar vigorizadas.
Veamos por ejemplo, lo que sucede en la Iglesia Católica. La vieja Iglesia Católica no
creo que esté realmente muerta, y creo que sabrá servirse muy bien
de algunas innovaciones, y quizás llegará a conseguir destacar algunos
aspectos de su decrépita «sabiduría».
Comprenda usted que yo trabajo en un campo pequeño, valíéndome de una praxis
muy precisa, y viendo los efectos que produce sobre todo el mundo
y en particular sobre los que la practican; he de establecer un
determinado número de relaciones con un rigor parecido al
de los sistemas lógicos. Aparentemente se trata de
pequeños senderos que no nos pueden llevar muy lejos y que, en cambio,
llevan más lejos de lo que se cree. El principio al que quiero someterme
es el que expresa la fórmula de Freud: «la voz de la razón
es baja, pero dice siempre lo mismo». Quizás parezca que me
estoy divirtiendo haciendo filigranas, pero esto sólo es un expediente
para despertar a la gente: para nosotros los psicoanalistas, esta
dimensión del despertar es absolutamente
primaria, entre otras razones, porque nos lo enseña la experiencia.
A fin de cuentas, incluso en el hombre que se cree más «racional»,
el síntoma tiene algo de tórpido, que nosotros hemos de transformar
en un signo del despertar. Esto nos impone una extrema
vigilancia y un trabajo constante.
Texto
extraído de "Conversaciones con Lévy-Strauss, Foucault y Lacan",
Paolo Caruso, págs. 95/124, editorial Anagrama, Barcelona, España,
1976.
Edición
original: U. Murcia & C, Milano, 1969.
Selección
y destacados: S.R.
Con-versiones,
octubre de 2005
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