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Nietzsche y la filosofía

Gilles Deleuze

(parte dos)

 

8. El hombre, ¿es esencialmente "reactivo"?

Esta ambivalencia sólo puede ser interpretada con exactitud si se plantea un problema más general: ¿en qué medida el hombre es esencialmente reactivo? Por una parte, Nietzsche presenta el triunfo de las fuerzas reactivas como algo esencial en el hombre y en la historia. El resentimiento, la mala conciencia, son constitutivos de la humanidad del hombre, el nihilismo es el concepto a prior¡ de la historia universal; por eso, vencer el nihilismo, liberar el pensamiento de la mala conciencia y del resentimiento, significa superar al hombre, destruir al hombre, incluso al mejor1. La crítica de Nietzsche no se concentra en un accidente, sino en la esencia misma del hombre; es en su esencia que el hombre es llamado enfermedad de la piel de la tierra2. Pero, por otra parte, Nietzsche habla de los amos como de un tipo humano que el esclavo habría únicamente vencido, de la cultura como de una actividad genérica humana que las fuerzas reactivas habrían simplemente desviado de su sentido, del individuo libre y soberano como del producto humano de esta actividad que el hombre reactivo habría únicamente deformado. Incluso la historia del hombre parece comportar períodos activos3. Zarathustra llega a evocar a sus hombres verdaderos, y a anunciar que su reino es también el reino del hombre4.

Con mayor profundidad que las fuerzas o las cualidades de las fuerzas, existen los devenires de las fuerzas o cualidades de la voluntad de poder. A la pregunta, « ¿el hombre es esencialmente reactivo?», tenemos que responder: lo que constituye al hombre es aún más profundo. Lo que constituye al hombre y a su mundo no es únicamente un tipo particular de fuerzas, sino un devenir de fuerzas en general. No las fuerzas reactivas en particular, sino el devenir-reactivo de todas las fuerzas. Y, un devenir semejante exige siempre como su terminus a quo, la presencia de la cualidad contraria, que al devenir pasa a su contrario. Hay una salud de la que el genealogista sabe muy bien que sólo existe como presupuesto de un devenir-enfermo. El hombre activo es este hombre hermoso, joven y fuerte, pero sobre cuyo rostro se descifran los signos discretos de una enfermedad que todavía no tiene, de un contagio que sólo le alcanzará mañana. Hay que defender a los fuertes de los débiles, pero se conoce el carácter desesperado de esta empresa. El fuerte puede oponerse a los débiles, pero no al devenir-débil que es el suyo, que le pertenece bajo una solicitación más sutil. Cada vez que Nietzsche habla de los hombres activos, no es sin tristeza al ver el destino que tienen prometido como su devenir esencial: el mundo griego invertido por el hombre teórico. Roma invertida por Judea, el Renacimiento por la Reforma. Hay pues una actividad humana, hay fuerzas activas del hombre; pero estas fuerzas particulares son sólo el alimento de un devenir universal de las fuerzas, de un devenir-reactivo de todas las fuerzas, que define al hombre y al mundo humano. De este modo se concilian en Nietzsche los dos aspectos del hombre superior: su carácter reactivo, y su carácter activo. A primera vista, la actividad del hombre aparece como genérica; fuerzas reactivas se incorporan a ella, que la desnaturalizan y la desvían de su sentido. Pero con mayor profundidad lo verdaderamente genérico es el devenir-reactivo de todas las fuerzas, siendo la actividad únicamente el término particular supuesto por este devenir.

Zarathustra no cesa de decir a sus «visitas»: sois unos fracasados, sois naturalezas fracasadas5. Hay que entender esta expresión en su sentido más duro: no se trata del hombre que no llega a ser hombre superior, no se trata del hombre que falla o fracasa en su objetivo, no se trata de la actividad del hombre que fracasa o que falla su producto. Las visitas de Zarathustra no se experimentan como falsos hombres superiores, experimentan al hombre superior que son como algo falso. El propio fin es fallido, no en virtud de medios insuficientes sino en virtud de su naturaleza, en virtud de lo que es como fin. Si resulta fallido, no es en la medida en que no es alcanzado sino que al mismo tiempo que fin alcanzado, es fin fallido. El propio producto es fallido, no en virtud de futuros accidentes que acontecerían, sino en virtud de la actividad, de la naturaleza de la actividad de la que es producto. Nietzsche quiere decir que la actividad genérica del hombre o de la cultura sólo existe como término supuesto de un devenir-reactivo que hace del principio de esta actividad un principio que falla, del producto de esta actividad un producto fallido. La dialéctica es el movimiento de la actividad como tal; también ella es esencialmente fallida y falla esencialmente; el movimiento de las reapropiaciones, la actividad dialéctica, son la misma cosa que el devenir-reactivo del hombre y en el hombre. Considérese el modo con que se presentan los hombres superiores: su desespero, su hastío, su grito de angustia, su «conciencia infeliz». Todos conocen y experimentan el carácter fallido del fin que alcanzan, el carácter fallido del producto que son6. La sombra ha perdido el fin, no por no haberlo alcanzado, sino que el fin que ha alcanzado es en sí mismo un fin perdido7. La actividad genérica y cultural es un falso perro de fuego, no porque sea una apariencia de actividad, sino porque posee únicamente la realidad que sirve como primer término al devenir reactivo8. Es en este sentido que se concilian los dos aspectos del hombre superior: el hombre reactivo como expresión sublime y divinizada de las fuerzas reactivas, el hombre activo como producto esencialmente fallido de una actividad que falla esencialmente su fin. Debemos, pues, rechazar cualquier interpretación que presente al superhombre como triunfante allí donde el hombre superior fracasa. El superhombre no es un hombre que se sobrepasa y consigue sobrepasarse. La diferencia entre el superhombre y el hombre superior es de naturaleza, está en la instancia que respectivamente los produce, como en el fin que respectivamente alcanzan. Zarathustra dice: «Vosotros, hombres superiores, ¿creéis que estoy aquí para arreglar lo que habéis hecho mal?» 9. No podemos proseguir una interpretación como la de Heidegger que hace del superhombre la realización e incluso la determinación de la esencia humana10. Porque la esencia humana no está esperando al superhombre para determinarse. Está determinada como humana, demasiado humana. El hombre tiene, por esencia, el devenir-reactivo de las fuerzas. Más aún, da al mundo una esencia, este devenir como devenir universal. La esencia del hombre, y del mundo ocupado por el hombre, es el devenir-reactivo de todas las fuerzas, el nihilismo y nada más que el nihilismo. El hombre y su actividad genérica, éstas son las dos enfermedades de la piel de la tierra11.

Queda por preguntar: ¿por qué la actividad genérica, su fin, y su producto son esencialmente fallidos? ¿Por qué sólo existen como fallidos? Si recordamos que esta actividad quiere adiestrar a las fuerzas reactivas, hacerlas aptas para ser activadas, hacerlas activas, la respuesta es fácil. Ahora bien, ¿cómo podría ser viable este proyecto sin el poder de afirmar que constituye el devenir-activo? Las fuerzas reactivas supieron hallar por su cuenta el aliado que les condujese a la victoria: el nihilismo, lo negativo, el poder de negar, la voluntad de la nada que forma un devenir-reactivo universal. Separadas de un poder de afirmar, las fuerzas activas por sí solas no pueden hacer nada, excepto convertirse a su vez en reactivas, o volverse contra sí mismas. Su actividad, su fin y su producto son fallidos toda la vida. Carecen de una voluntad que las supere, de una cualidad capaz de manifestar, de aportar su superioridad. El devenir-activo existe sólo por y en una voluntad que afirma, de igual modo que el devenir-reactivo sólo existe por y en una voluntad de la nada. Una voluntad que no se eleva hasta los poderes de afirmar, una voluntad que se entrega únicamente a la labor de lo negativo, está llamada al fracaso; ya en su principio se vuelve contra sí misma. Cuando Zarathustra considera a los hombres superiores como invitados, compañeros, corredores de primera línea, nos revela también que su proyecto no deja de parecerse al suyo: devenir activo. Pero inmediatamente nos damos cuenta de que estas afirmaciones de Zarathustra sólo deben tomarse en serio a medias. Se explican por la piedad. A lo largo de todo el libro IV los hombres superiores no ocultan a Zarathustra que le están tendiendo una trampa, que le aportan una última tentación. Dios experimentaba piedad por el hombre, esta piedad fue la causa de su muerte; la piedad hacia el hombre superior, ésta es la tentación de Zarathustra y a su vez la causa de su muerte12. Es decir, que sea cual sea la semejanza entre el proyecto del hombre superior y el del propio Zarathustra, interviene una instancia más profunda que distingue la naturaleza de las dos empresas.

El hombre superior permanece en el elemento abstracto de la actividad; sin jamás alzarse, ni siquiera en el pensamiento, hasta el elemento de la afirmación. El hombre superior pretende invertir los valores, convertir la reacción en acción. Zarathustra habla de otra cosa: transmutar los valores, convertir la negación en afirmación. Y, jamás la reacción se convertirá en acción sin esta conversión más profunda: la negación debe primero convertirse en poder de afirmar. Separada de las condiciones que la harían viable, la empresa del hombre superior es fallida, no accidentalmente, sino por principio y en esencia. En lugar de formar un devenir-activo, alimenta el devenir contrario, el devenir-reactivo. En lugar de invertir los valores, se cambia de valores, se permutan, pero conservando el punto de vista nihilista del que derivan; en lugar de adiestrar a las fuerzas y convertirlas en activas, se organizan asociaciones de fuerzas reactivas13. Inversamente, las condiciones que harían viable la empresa del hombre superior son condiciones que cambiarían su naturaleza: la afirmación dionisíaca en vez de la actividad genérica del hombre. El elemento de la afirmación, esto es lo que le falta al hombre, incluso y sobre todo al hombre superior. Nietzsche explica simbólicamente de cuatro formas esta falta como insuficiencia en el corazón del hombre: . Hay cosas que el hombre superior no sabe hacer; reír, jugar y bailar14. Reír es afirmar la vida, y, dentro de la vida, hasta el sufrimiento. Jugar es afirmar el azar y, del azar, la necesidad. Danzar es afirmar el devenir, y, del devenir, el ser. . Los propios hombres superiores reconocen al asno como a su «superior». Lo adoran como si fuera un dios; a través de su vieja manera teológica de pensar presentan lo que les falta y lo que les supera, que es el misterio del asno, lo que ocultan su rebuzno y sus largas orejas: el asno es el animal que dice I-A, el animal afirmativo y afirmador, el animal dionisíaco15;. El simbolismo de la sombra tiene un sentido aproximado. La sombra es la actividad del hombre, pero necesita la luz como una instancia más elevada: sin ella se disipa; con ella se transforma y llega a desaparecer de otra manera, cambiando de naturaleza al mediodía16; . De los dos perros de fuego, uno es la caricatura del otro. Uno se activa en la superficie, entre el estruendo y la humareda. Toma su alimento de la superficie, hace entrar el fango en ebullición: es decir, que su actividad sólo sirve para alimentar, para calentar, para mantener en el universo un devenir-reactivo, un devenir cínico. Pero el otro perro de fuego es animal afirmativo: «Este habla realmente del centro de la tierra... La risa gira en torno a él como una nube de colores» 17.

9. Nihilismo y transmutación: el punto focal

El reino del nihilismo es poderoso. Se expresa en los valores superiores a la vida, pero también en los valores reactivos que ocupan su lugar, e incluso en el mundo sin valores del último hombre. Quien reina es siempre el elemento de la depreciación, lo negativo como voluntad de poder, la voluntad como voluntad de la nada. Incluso cuando las fuerzas reactivas se alzan contra el principio de su triunfo, incluso cuando desembocan en una nada de voluntad más que en una voluntad de la nada, siempre es el mismo elemento el que se manifiesta en el principio, y el que, ahora, se matiza y se disfraza en la consecuencia o en el efecto. Absolutamente nada de voluntad sigue siendo el último avatar de la voluntad de la nada. Bajo el imperio de lo negativo, quien es depreciado es siempre el conjunto de la vida, y quien triunfa la vida reactiva en particular. La actividad no puede hacer nada, a pesar de su superioridad sobre las fuerzas reactivas; bajo el imperio de lo negativo no tiene otra salida que volverse contra sí misma; separada de lo que puede, se convierte ella misma en reactiva, sólo sirve de alimento al devenir-reactivo de las fuerzas. Y, ciertamente, el devenir-reactivo de las fuerzas es también lo negativo como cualidad de la voluntad de poder. Sabemos en qué consiste lo que Nietzsche llama transmutación, transvaloración: no en un cambio de valores, sino en un cambio en el elemento del que deriva el valor de los valores. La apreciación en lugar de la depreciación, la afirmación como voluntad de poder, la voluntad como voluntad afirmativa. Mientras se permanece en el elemento de lo negativo es fácil cambiar los valores o incluso suprimirlos, es fácil matar a Dios; se conservan el lugar y el atributo, se conserva lo sagrado y lo divino, incluso si se deja el lugar vacío y el predicado sin atribuir. Pero cuando se cambia el elemento, entonces, y solamente entonces, se puede decir que se han invertido todos los valores conocidos o cognoscibles hasta este momento. Ha sido vencido el nihilismo: la actividad recupera sus derechos, pero sólo en relación y en afinidad con la instancia más profunda de la que derivan. Aparece en el universo el devenir-activo, pero idéntico a la afirmación como voluntad de poder. La pregunta es: ¿cómo vencer al nihilismo? ¿cómo cambiar el propio elemento de los valores, cómo sustituir la negación por la afirmación?.

Quizás estemos más cerca de la solución de lo que nos parece. Obsérvese que, para Nietzsche, todas las formas de nihilismo precedentemente analizadas, incluso la forma extrema o pasiva, constituyen un nihilismo inacabado, incompleto. ¿No es lo mismo que decir que la transmutación, que vence al nihilismo, es la única forma completa y acabada del nihilismo? En efecto, el nihilismo es vencido, pero vencido por sí mismo18. Nos aproximaremos a una solución en la medida que entendemos por qué la transmutación constituye el nihilismo acabado. Puede invocarse una primera razón: únicamente al cambiar el elemento de los valores se destruyen todos los que dependen del viejo elemento. La crítica de los valores conocidos hasta este momento sólo es una crítica radical y absoluta, excluyendo cualquier compromiso, si es llevada a cabo en nombre de una transmutación, a partir de una transmutación. La transmutación sería, pues, un nihilismo acabado, porque facilitaría a la crítica de los valores una forma acabada, «totalizadora». Pero semejante interpretación no nos dice aún por qué es nihilista la transmutación, no sólo por sus consecuencias, sino en sí misma y por sí misma.

Los valores que dependen de este viejo elemento de lo negativo, los valores que caen bajo la crítica radical, son todos los valores conocidos o cognoscibles hasta este momento. «Hasta este momento» designa el momento de la transmutación. Pero, ¿qué significa: todos los valores cognoscibles? El nihilismo de la negación como cualidad de la voluntad de poder. Sin embargo esta definición es insuficiente, si no se tiene en cuenta el papel y la función del nihilismo: la voluntad de poder aparece en el hombre y se hace conocer, en él, como una voluntad de la nada. Y, a decir verdad, poco sabríamos sobre la voluntad de poder si no captásemos su manifestación en el resentimiento, en la mala conciencia, en el ideal ascético, en el nihilismo que nos obligan a conocerla. La voluntad de poder es espíritu, pero, ¿qué sabríamos del espíritu sin el espíritu de venganza que nos revela extraños poderes? La voluntad de poder es cuerpo, pero, ¿qué sabríamos del cuerpo sin la enfermedad que nos lo hace conocer? Del mismo modo, el nihilismo, la voluntad de la nada, no es sólo una voluntad de poder, una cualidad de voluntad de poder, sino la ratio cognoscendi de la voluntad de poder en general. Todos los valores conocidos y cognoscibles son, por naturaleza, valores que derivan de esta razón. Si el nihilismo nos hace conocer la voluntad de poder, inversamente, ésta nos revela que llega a nuestro conocimiento bajo una sola forma, bajo la forma de lo negativo, que constituye sólo una cara, una cualidad. «Pensamos» la voluntad de poder bajo una forma distinta de aquélla por la que la conocemos (así el pensamiento del eterno retorno supera todas las leyes de nuestro conocimiento). Lejana supervivencia de los temas de Kant y de Schopenhauer: lo que conocemos de la voluntad de poder es también dolor y suplicio, pero la voluntad de poder sigue siendo la alegría desconocida, la felicidad desconocida, el dios desconocido. Ariana canta en su lamento: «Me curvo y me retuerzo, atormentada por todos los mártires eternos, castigada por ti, el más cruel de los cazadores, tú, el dios-desconocido... ¡Habla al fin, tú que te ocultas tras los rayos! ¡Desconocido! ¡Habla! ¿Qué quieres ... ? ¡Oh, vuelve, mí dios desconocido! ¡Mi dolor! ¡Mi única felicidad! 19.  La otra cara de la voluntad de poder, la cara desconocida, la otra cualidad de la voluntad de Poder, la cualidad desconocida: la afirmación. Y la afirmación, a su vez, no es sólo una voluntad de poder, una cualidad de la voluntad de poder, es ratio essendi de la voluntad de poder en general. Es ratio essendi de cualquier voluntad de poder, por consiguiente razón que expulsa lo negativo de esta voluntad, del mismo modo que la negación era ratio cognoscendi de toda la voluntad de poder (por consiguiente razón que no dejaba de eliminar lo afirmativo del conocimiento de esta voluntad). De la afirmación derivan los nuevos valores: valores desconocidos hasta este momento, es decir hasta el momento en que el legislador ocupa el lugar del «sabio», la creación, la del propio conocimiento, la afirmación, la de todas las negaciones conocidas. Observamos pues, que, entre el nihilismo y la transmutación existe una relación más profunda que la que indicábamos anteriormente. El nihilismo expresa la cualidad de lo negativo como ratio cognoscendi de la voluntad de poder; pero no termina sin transmutarse en la cualidad contraria, en la afirmación como ratio essendi de esta misma voluntad. Transmutación dionisíaca del dolor en alegría, que Dionysos, en respuesta a Ariana, anuncia con el conveniente misterio: «¿No hay que odiarse primero, si debemos amarnos?» 20. Es decir: ¿no tienes que conocerme como negativo si debes experimentarme como afirmativo, esposarme como lo afirmativo, pensarme como la afirmación? 21.

Pero, ¿por qué la transmutación es el nihilismo acabado, si es verdad que se contenta con sustituir un elemento por otro? Es el momento de que intervenga una tercera razón, que corre el riesgo de pasar desapercibida, hasta tal punto las distinciones de Nietzsche se van haciendo sutiles y minuciosas. Volvamos a la historia del nihilismo y de sus estados sucesivos: negativo, reactivo, pasivo. Las fuerzas reactivas deben su triunfo a la voluntad de la nada; una vez adquirido el triunfo, rompen su alianza con esta voluntad, quieren hacer valer sus propios valores completamente solas. He aquí el gran hecho incandescente: el hombre reactivo en lugar de Dios. Ya conocemos el desenlace: el último hombre, el que prefiere una nada de voluntad, apagarse pasivamente, antes que una voluntad de la nada. Pero este desenlace es un desenlace para el hombre reactivo, no para la voluntad de la nada. Ésta prosigue su empresa, esta vez en silencio, más allá del hombre reactivo. Al romper las fuerzas reactivas su alianza con la voluntad de la nada, la voluntad de la nada a su vez rompe su alianza con las fuerzas reactivas. Inspira al hombre un nuevo placer: destruirse, pero destruirse activamente. Sobre todo no hay que confundir lo que Nietzsche llama su autodestrucción, destrucción activa, con la extinción pasiva del último hombre. No hay que confundir en la terminología de Nietzsche «el último hombre» con «el hombre que quiere perecer» 22. Uno es el último producto del devenir-reactivo, el último modo en que se conserva el hombre reactivo, al estar cansado de querer. El otro es el producto de una selección, que sin duda pasa por los últimos hombres, pero que no se queda allí. Zarathustra canta al hombre de la destrucción activa: quiere ser superado, va más allá de lo humano, ya por el camino del superhombre, «franqueando el puente», padre y antepasado de lo sobrehumano. «Amo a quien vive para conocer y a quien quiere conocer, para que un día viva el superhombre. Por eso quiere su propio ocaso» 23. Zarathustra quiere decir: amo al que se sirve del nihilismo como de la ratio cognoscendi de la voluntad de poder, pero que halla en la voluntad de poder una ratio essendi en la que el hombre es superado, y por consiguiente el nihilismo vencido.

La destrucción activa significa: el punto, el momento de transmutación en la voluntad de la nada. La destrucción se hace activa en el momento en que, al ser rota la alianza entre las fuerzas reactivas y la voluntad de la nada, ésta se convierte y pasa al lado de la afirmación, se refiere a un poder de afirmar que destruye a las fuerzas reactivas. La destrucción se hace activa en la medida en que lo negativo es transmutado, convertido en poder afirmativo: «eterna alegría del devenir», que se declara en un instante, «alegría de la aniquilación», «afírmación del aniquilamiento y de la destrucción» 24. Este es el «punto decisivo» de la filosofía dionisíaca: el punto en el que la negación expresa una afirmación de la vida, destruye las fuerzas reactivas y restaura la actividad en todos sus derechos. Lo negativo se convierte en el trueno y el rayo de un poder de afirmar. Punto supremo, focal o trascendente, Medianoche, que en Nietzsche no se define por un equilibrio o una reconciliación de los contrarios, sino por una conversión. Conversión de lo negativo en su contrario, conversión de la ratio cognoscendi en la ratio essendi de la voluntad de poder. Preguntábamos: ¿Por qué la transmutación es el nihilismo acabado? Es porque, en la transmutación, no se trata de una simple sustitución, sino de una conversión. Es al pasar por el último hombre, pero yendo más allá, que el nihilismo encuentra su fin: en el hombre que quiere perecer. En el hombre que quiere perecer, que quiere ser superado, la negación ha roto todo lo que aún la retenía, se ha vencido a sí misma, se ha convertido en poder de afirmar, ahora ya poder de lo sobrehumano, poder que anuncia y prepara al superhombre. «Podríais transformaros en padres y antepasados del Superhombre: ¡que sea ésta vuestra mejor obra! » 25. La negación, al sacrificar todas las fuerzas reactivas, al convertirse en «despiadada destrucción de todo lo que presenta caracteres degenerados y parasitarios», al pasar al servicio de un excedente de la vida26: sólo así puede encontrar su fin.

10. La afirmación y la negación

Transmutación, transvaloración, significan: . Cambio de cualidad en la voluntad de poder. Los valores, y su valor, no se derivan ya de lo negativo, sino de la afirmación como tal. Se afirma la vida en lugar de depreciarla; y tampoco la expresión «en lugar» es exacta. Es el propio lugar el que cambia, ya no hay lugar para otro mundo. Es el elemento de los valores el que cambia de lugar y de naturaleza, el valor de los valores el que cambia de principio, toda la valoración la que cambia de carácter; Paso de la ratio cognoscendi a la ratio essendi en la voluntad de poder. La razón bajo la que viene conocida la voluntad de poder no es la razón bajo la que es. Pensaremos la voluntad de poder tal como es, la pensaremos como ser, siempre que utilicemos la razón de conocer como una cualidad que pasa al lado contrario, y hallemos en este lado contrario la razón de ser desconocida; . Conversión del elemento en la voluntad de poder. Lo negativo se convierte en poder de afirmar: se subordina a la afirmación, pasa al servicio de un excedente de la vida. La negación ya no es la forma bajo la que la vida conserva todo lo que es reactivo en ella, sino al contrario, el acto por el cual sacrifica todas sus formas reactivas. El hombre que quiere perecer, el hombre que quiere ser superado; en él la negación cambia de sentido, se ha convertido en poder de afirmar, condición preliminar al desarrollo de lo afirmativo, signo precursor y celoso servidor de la afirmación como tal; . Reino de la afirmación en la voluntad de poder. La afirmación es la única que subsiste en tanto que poder independiente; lo negativo emana de ella como el rayo, pero al mismo tiempo se reabsorbe en ella, desaparece en ella como un fuego soluble. En el hombre que quiere perecer lo negativo anunciaba lo sobrehumano, pero sólo la afirmación produce lo que lo negativo anuncia. Ningún otro poder que el de afirmar, ninguna otra cualidad, ningún otro elemento: la negación se convierte totalmente en su sustancia, se transmuta en su cualidad, sin que subsista nada de su propio poder o de su autonomía. Conversión de lo pasado en ligero, de lo bajo en alto, del dolor en alegría: esta trinidad de la danza, del juego y de la risa forma, a la vez, la transustanciación de la nada, la transmutación de lo negativo, la transvaloración o el cambio de poder de la negación. Lo que Zarathustra llama «la Cena»; . Crítica de los valores conocidos. Los valores conocidos hasta este momento pierden todo su valor. Aquí reaparece la negación, pero siempre bajo la apariencia de un poder de afirmar, como la consecuencia inseparable de la afirmación y de la transmutación. La afirmación soberana no se separa de la destrucción de todos los valores conocidos, hace de esta destrucción una destrucción total; . Inversión de la relación de las fuerzas. La afirmación constituye un devenir-activo como devenir universal de las fuerzas. Las fuerzas reactivas vienen negadas, todas las fuerzas se convierten en activas. La inversión de los valores, la desvalorización de los valores reactivos y la instauración de valores activos son otras tantas operaciones que suponen la transmutación de los valores, la conversión de lo negativo en afirmativo.

Quizás estamos en condiciones de comprender los textos de Nietzsche que conciernen a la afirmación, la negación y sus relaciones. En primer lugar la afirmación y la negación se oponen como dos cualidades de la voluntad de poder, dos razones en la voluntad de poder. Cada una es un contrario, pero también el todo que excluye al otro contrario. Decir de la negación que ha dominado nuestro pensamiento, nuestras maneras de sentir y de valorar hasta este momento, es poca cosa. En realidad, es constitutiva del hombre. Y con el hombre, el mundo entero se abisma y se enferma, la vida entera se deprecia, todo lo conocido se desliza hacia su propia nada. Inversamente la afirmación sólo se manifiesta por encima del hombre, fuera del hombre, en lo que produce de sobrehumano, en lo desconocido que lleva consigo. Pero lo sobrehumano, lo desconocido, es también el todo que expulsa a lo negativo. El superhombre como especie también es «la especie superior de todo lo que es». Zarathustra dice sí y amén «de una manera enorme e ilimitada» y él mismo es «la eterna afirmación de todas las cosas» 27. «Bendigo y afirmo siempre, a condición de que estés a mi alrededor, cielo claro, abismo de luz. Llevo a todos los golfos mí afirmación que bendice» 28. Mientras reina lo negativo, en vano buscaremos un grano de una afirmación aquí abajo y en el otro mundo: lo que se llama afirmación es grotesco, triste fantasma agitando las cadenas de lo negativo29. Pero cuando tiene lugar la transmutación, la negación es la que se disipa, nada subsiste como poder independiente, ni en cualidad ni en razón: «Suprema constelación del ser, que ningún deseo alcanza, que ninguna negación mancilla, eterna afirmación del ser, eternamente soy tu afirmación» 30.

Pero entonces, ¿por qué Nietzsche llega a presentar la afirmación como inseparable de una condición preliminar negativa, y también de una consecuencia próxima negativa? «Conozco la alegría de destruir hasta un grado que es conforme a mi fuerza de destrucción»31. No hay afirmación que no sea inmediatamente seguida por una negación no menos enorme e ilimitada que ella misma.  Zarathustra se eleva hasta ese «supremo grado de negación».  La destrucción como destrucción activa de todos los valores conocidos es el rastro del creador:  «¡Observad a los buenos y a los justos! ¿Qué es lo que más odian? El que destruye sus tablas de valores, el destructor, el criminal:  ahora bien, él es el creador».  . No hay afirmación que  no se haga preceder al mismo tiempo por una inmensa negación:  «Una de las condiciones esenciales de la afirmación, es la negación y de la destrucción».  Zarathustra dice:  «Me he convertido en el que bendice y afirma, durante mucho tiempo he luchado para esto».  El león se hace niño, pero el «sí sagrado» del niño debe ser precedido por el  «no sagrado» del león32.  La destrucción como destrucción activa del hombre que quiere perecer y ser superado es el anuncio del creador. Separada de estas dos negaciones, la negación no es nada, impotente incluso de afirmarse33.
Se podría haber creído que el asno, el animal que dice I-A, era el animal dionisíaco por excelencia. De hecho, no es nada; su apariencia es dionisíaca, pero toda su realidad es cristiana. Sólo vale para servir de Dios a los hombres superiores: sin duda representa la afirmación como elemento que supera a los hombres superiores, pero la desfigura a su imagen y según sus necesidades. Dice siempre sí, pero no sabe decir no. «Honro a las lenguas y los estómagos recalcitrantes y difíciles que han aprendido a decir: yo, sí y no. Pero el masticar y el digerir, ¡está bien para los cerdos! Decir siempre I-A, ¡es lo que sólo han aprendido los asnos y los de su especie!» 34. Dionysos una vez, por bromear, dice a Ariana que tiene las orejas demasiado pequeñas: quiere decir que todavía no sabe afirmar, ni desarrollar la afirmación35. Pero realmente, el propio Nietzsche presume de tener las orejas pequeñas: «Esto no dejará de interesar algo a las mujeres. Me parece que conmigo se sentirán comprendidas.  Soy el anti-asno por excelencia, lo que hace de mí un monstruo histórico. Yo soy en griego, el anticristiano» 36. Ariana, el propio Dionysos tienen orejas pequeñas, orejas pequeñas circulares propicias al eterno retorno. Ya que las largas orejas puntiagudas no son las mejores: no saben recoger «la palabra avisada», ni concederle todo su eco37. La palabra avisada es sí, pero viene precedida y seguida de un eco que es no.  El sí del asno es un falso sí:  sí que no sabe decir que no, sin eco en los síes del asno, afirmación separada de las dos negaciones que deberían circundarla. El asno no sabe formular la afirmación, de igual modo que sus orejas no saben recogerla, a ésta y a sus ecos. Zarathustra dice: «Mi cantinela no será para los oídos de todo el mundo. Hace tiempo que me he desacostumbrado a tener consideraciones hacia las orejas largas» 38.

No encontraremos ninguna contradicción en el pensamiento de Nietzsche. Por una parte Nietzsche anuncia la afirmación dionisíaca que ninguna negación mancilla. Por otra parte denuncia la afirmación del asno que no sabe decir no, que no comporta ninguna negación. En un caso, la afirmación no deja subsistir nada de la negación como poder autónomo o como primera cualidad: lo negativo es enteramente expulsado de la constelación del ser, del círculo del eterno retorno, de la propia voluntad de poder y de su razón de ser. Pero en el otro caso, la afirmación no llegaría nunca a ser real y completa si no se hiciese preceder y seguir por lo negativo. Se trata pues de negaciones, pero de negaciones como poderes de afirmar. La afirmación no se podría afirmar nunca a sí misma, si antes la negación no rompiese su alianza con las fuerzas reactivas y no se convirtiera en poder afirmativo en el hombre que quiere perecer; y, consiguientemente, si la negación no reuniera, no totalizara todos los valores negativos para destruirlos desde un punto de vista que afirma. Bajo estas dos formas, lo negativo deja de ser una cualidad primera y un poder autónomo. Todo lo negativo se ha convertido en poder de afirmar, sólo es la manera de ser de la afirmación como tal. Por eso Nietzsche insiste tanto en la distinción entre el resentimiento, poder de negar que se expresa en las fuerzas reactivas, y la agresividad, manera de ser activa de un poder de afirmar39. Del principio al final de Zarathustra, el propio Zarathustra es seguido, imitado, tentado, comprometido por su «mono», su «bufón», su «enano», su «demonio» 40. Ahora bien, el demonio es el nihilismo: porque lo niega todo, lo desprecia todo, también él cree llevar la negación hasta el grado supremo. Pero al vivir de la negación como de un poder independiente, al no tener otra cualidad que lo negativo, únicamente es una criatura del resentimiento, del odio y de la venganza. Zarathustra le dice: «Desprecio tu desprecio... Sólo del amor y de mi ave anunciadora puede llegarme la voluntad de mi desprecio: pero no del pantano»41. Esto significa: únicamente como poder de afirmar (amor) lo negativo alcanza su grado superior (el ave anunciadora que precede y sigue a la afirmación); mientras lo negativo represente su propio poder o su propia cualidad, permanece en el pantano, es él mismo pantano (fuerzas reactivas). Sólo bajo el imperio de la afirmación lo negativo puede alzarse hasta el grado supremo, al mismo tiempo que se vence a sí mismo: subsiste, no ya como poder y cualidad, sino como manera de ser de quien es poderoso. Entonces, y sólo entonces, lo negativo es la agresividad, la negación se hace activa, la destrucción alegre42.

Vemos a donde quiere ir a parar Nietzsche y a quien se opone. Se opone a cualquier forma de pensamiento que se mueva en el elemento de lo negativo, que se sirva de la negación como de un motor, de un poder y de una cualidad. Como algunos tienen la borrachera triste, un pensamiento así tiene la destrucción triste, lo trágico triste: es y sigue siendo pensamiento del resentimiento. Un pensamiento así, requiere dos negaciones para hacer una afirmación, es decir una apariencia de afirmación, un fantasma de afirmación. (Así el resentimiento tiene necesidad de sus dos premisas negativas para concluir en la susodicha positividad de su consecuencia. 0 bien el ideal ascético tiene necesidad del resentimiento y de la mala conciencia, como de dos premisas negativas, para concluir en la susodicha positividad de lo divino. 0 bien la actividad genérica del hombre tiene necesidad dos veces de lo negativo para concluir que la susodicha positividad de las re-apropiaciones). Todo es falso y triste en este pensamiento representado por el bufón de Zarathustra: la actividad no es allí más que una reacción, la afirmación un fantasma. Zarathustra lo opone a la pura afirmación: la afirmación es necesaria y suficiente para hacer dos negaciones, dos negaciones que forman parte de los poderes de afirmar, que son las maneras de ser de la afirmación como tal. Y, de otra forma, lo veremos más adelante, son necesarias dos afirmaciones para hacer de la negación en su conjunto una manera de afirmar. Contra el resentimiento del pensador cristiano, la agresividad del pensador dionísíaco. A la famosa positividad de lo negativo Nietzsche opone su propio descubrimiento: la negatividad de lo positivo.


NOTAS:

1. Z, IV, «Sobre el hombre superior»: «Tienen que perecer cada vez más y cada vez los mejores de vuestra especie».
2. Z, II, «Grandes acontecimientos».
3. GM, I, 6.
4. Z, IV, «El signo».
5. Z, IV, «Sobre el hombre superior».
6. Por ejemplo el modo en que los dos reyes padecen la transformación de «las buenas costumbres» en «populacho».
7. Z, IV, «La sombra».
8. Z, II, «Grandes acontecimientos».
9. Z, IV, «Sobre el hombre superior».
10. Heidegger, ¿A qué se le llama pensar?
11. Z, II, «Grandes acontecimientos».
12. Z, IV, «El grito de angustia»: «El último pecado que me ha sido reservado, ¿sabes cómo se llama? - Piedad, respondió el adivino con un corazón desbordante, y alzó sus dos manos: ¡oh Zarathustra, vengo para arrastrarte hasta tu último pecado!». Z, IV, «El hombre más abominable»: «Tú, ¡guárdate de tu propia piedad!... Conozco el hacha que puede abatirla». Y Z, IV, «El signo»: «Una de las últimas palabras de Zarathustra es: ¡Piedad, piedad por el hombre superior!... bien, tuvo su momento».
13. Cf. Z, IV, «La salvación»: Zarathustra dice a los hombres superiores: «También en vosotros hay populacho oculto».
14. Z, IV, «Sobre el hombre superior». El juego: «Habéis fallado un lanzamiento de dados. Pero, ¡a vosotros, jugadores de dados, qué os importa! ¡No habéis aprendido a jugar y a mofaros como hay que jugar y mofarse!». La danza: «Hasta la peor de las cosas tiene unas buenas piernas para danzar: ¡aprended, entonces vosotros mismos, oh hombres superiores, a sosteneros rectos sobre vuestras piernas!». La risa: «He canonizado la risa: hombres superiores, ¡aprended a reír!».
15. Z, IV, «El sueño» y «La fiesta del asno».
16. VO, confrontar los diálogos de «La sombra y el viajero».
17. Z, II, «Grandes acontecimientos».
18. VP, libro 111. VP, I, 22: «Al haber impulsado en sí mismo el nihilismo hasta su término, lo ha colocado tras él, bajo él, fuera de él».
19. DD,  «Lamento de Ariana».
20. DD,  «Lamento de Ariana»
21. DD,  «Lamento de Ariana»
22. Sobre la destrucción activa, VP, III, 8 y 102.  Como Zarathustra opone «el hombre que quiere perecer» a los últimos hombres o «predicadores de la muerte»:  Z, Prólogo, 4 y 5; I, «Los predicadores de la muerte»
23. Z, Prólogo, 4
24. EH, III, «Origen de la tragedia», 3
25. Z, II, «Sobre las islas bienaventuradas»
26. EH, III, «Origen de la tragedia», 3-4
27. EH, III, «Así hablaba Zarathustra», 6
28. Z, III, «Antes de la salida del sol»
29. VP, IV, 14:  «Habrá que considerar con la mayor exactitud los aspectos hasta ahora únicos afirmados de la existencia; comprender de dónde viene esta afirmación y lo poco convincente que en cuanto se trata de una valoración dionisíaca de la existencia»
30. DD, «Gloria y eternidad»
31. EH, IV, 2
32. Z, I, «Sobre las tres metamorfosis»
33. Cf. EH:  como la negación sucede a la afirmación (III, «Más allá del bien y del mal»:  «Después de haber realizado la parte afirmativa de esta tarea, tocaba a la parte negativa...».  Como la negación precede a la afirmación (III, «Así hablaba Zarathustra», 8; y IV, 2 y 4).
34. Z, III, «Sobre el espíritu de pesantez».
35. Cr. Id., «Lo que los alemanes están perdiendo», 19:  «Oh divino Dionysos, ¿por qué me tiras de las orejas?, preguntó un día Ariana a su filosófico amante, en uno de aquellos célebres diálogos en la isla de Naxos.  Encuentro un no sé qué de agradable en tus orejas, Ariana:  ¿por qué no son todavía un poco más largas?».
36. EH, III, 3.
37. DD, «Lamento de Ariana»:  «Dionysos:  tienes orejas pequeñitas, tienes mis orejas; introduce en ellas una palabra avisada».
38. Z, IV, «Conversación con los reyes».  Y IV, «Sobre el hombre superior»«Las largas orejas del populacho».
39. EH, I, 6 y 7.
40. Z, Prólogo, 6, 7 y 8 (primer encuentro con el bufón que dice a Zarathustra: «Has hablado como un bufón »).  «El niño del espejo» (Zarathustra sueña que, al mirarse en un espejo, ve la cara de un bufón.  «En verdad, comprendo demasiado bien el sentido y la advertencia de este sueño.  Mi doctrina está en peligro, la cizaña quiere llamarse trigo.  Mis enemigos se han hecho poderosos y han desfigurado la imagen de mi doctrina»). III, «Sobre la visión y el enigma» (segundo encuentro con el enano-bufón, cerca del pórtico del eterno retorno).  III, «Al pasar» (tercer encuentro:  «La palabra del loco me engaña, incluso cuando tienes razón).
41. Z, III, «Al pasar»
42. EH, III, «El origen de la tragedia», «Así hablaba Zarathustra»

Texto extraído de "Nietzsche y la filosofía", Gilles Deleuze, capítulo 5, págs. 204/252, editorial Anagrama, Barcelona, España, 1971.

Edición original: Presses Universitaire de France (P.U.F.), 1967.

Corrección: Cecilia Falco.

Selección y destacados: S.R.

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Con-versiones Noviembre 2006

 

 

        

 

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