| PATRONCITO
Por Irene Brunswig de Neddermann
Este texto corresponde a un capítulo del libro de Irene “A caballo
por la vida”. Nunca es fácil ni arbitraria una selección cuando
creemos que “seleccionar” implica dejar algo afuera, más que una
creencia, una sospecha, es una contundente realidad: algo queda
por fuera. Ahora bien ¿acaso existe la posibilidad de poder incluir
todo aquello que deseamos? Decididamente, no. Ensayo, entonces,
un nuevo modo de presentar a esta mujer impecable que decidió hace
unos años escribir sus memorias. En poco tiempo serán editadas,
y cada lector gozará guiado por las emociones y pasiones, del universo
que ella nos presenta. Mientras tanto, nos reconfortamos con algunos
recorridos que van descubriendo a una Irene especial, eso sí ya
lo sabemos. Lo demás, ese resto, esa diferencia, eso que distingue
a esta mujer de las demás mujeres, quedará para más adelante.
Tal vez este recorte que hoy ofrezco, pueda nombrarlo
tomando palabras prestadas del checoslovaco Kundera “lo que queda
de la vida cuando uno se deshace de lo que hasta entonces consideraba
como su misión” Dicho de otro modo, frente a la vida, la muerte,
cada cual tomará distintas opciones... “las preguntas que no tienen
respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano,
son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre”
En estos interrogantes descubrimos a Irene...
Nora Martínez.
Juan Neddermann.
Jehová,
hasta los cielos llega tu misericordia,
Y tu fidelidad
alcanza hasta las nubes.
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Era
domingo de primavera en Buenos Aires. Las flores de los jacarandaes
en el suelo formaban una alfombra lila y las que aún no habían caído
de la copa de los árboles, competían con el azul del cielo.
Argentina, obligada por Estados Unidos a tomar parte en la
Segunda Guerra Mundial, jugó del lado de los vencedores, olvidando
la gran admiración que siempre había tenido por la disciplina y
el orden de los alemanes.
El Club Alemán de Tenis daba su última fiesta antes de disolverse
ya que ninguna propiedad de grandes magnitudes como colegios, clubes
o estancias, podían quedar en manos de alemanes.
En ésa época todo acontecimiento social recibía el apodo
de "último": la última fiesta, el último asado, el último
baile... Hermann Brunswig, enterado del acontecimiento en el Club,
insistió para que Irene concurriera, pero ella no conocía a nadie
en ese lugar y se negaba dando excusas. Su padre no se dio por vencido
e insistió varias veces, recomendándole que al llegar preguntara
por el presidente del club, que le explicara que no tenía conocidos
allí y le pidiera que a medida que fueran llegando los socios se
los fuera presentando.
Esa mañana fue el sol el que terminó
por convencer a Irene para asistir al club, pero no iba con intenciones
de seguir los consejos de su padre porque para eso era muy tímida.
Sin embargo cuando llegó, se encontró con un ambiente tan agradable
que haciendo de tripas corazón, preguntó por el presidente. Le señalaron
al hombre que estaba haciendo el asado, una persona de baja estatura,
simpática, que le inspiró mucha confianza. Hacía allí se encaminó
Irene y repitió las palabras de su padre, entonces le presentaron
a todos los socios.
El asado desembocó en una fiesta muy divertida y se cantaron
canciones tradicionales alemanas que Irene conocía muy bien y pudo
entonar acompañada de su acordeón. Todo era fantástico, los caballeros
se acercaban a ella con cordialidad, en particular un señor muy
atractivo que se ofreció para acompañarla al bar del club. Irene
aceptó su compañía y cuando comenzaban a intercambiar palabras y
sonrisas, apareció una señora enojada que enérgicamente le dijo
al caballero: "Rodolfo, ahora mismo vos y yo nos vamos a casa".
Rodolfo se levantó y al pasar al lado de Irene le dijo en voz muy
baja: "Como usted podrá ver, así es cuando uno está casado".
Después de diez minutos Rodolfo reapareció sin su esposa, pero no
era de los hombres casados de quién Irene esperaba cortesías.
Cuando
se oyeron los primeros acordes de música y comenzó el baile, otro
personaje se acercó para invitarla a bailar. Era buen bailarín pero
parecía un bicho raro. Después de bailar algunas piezas, se ofreció
para llevarla después del baile hasta su casa y como Irene no había
pensado en el regreso aceptó; ella no sabía que más tarde estos
planes cambiarían y su vida también.
Fue poco
rato después, cuando Irene se acercó nuevamente al bar y su mirada
se clavó en unos ojos celestes que también la observaban. El dueño
de esos ojos, Juan Neddermann, le hizo señas para invitarla a bailar
y desde los primeros pasos de baile pudieron llevar muy bien el
compás y surgieron agradables temas de conversación. Charlaron sobre
Puttkamer, un viejo conocido de los dos que vivía en una estancia
a orillas del Río Aluminé e invertía sus pocos ingresos en botellas
de whisky. Coincidieron en que cuando Puttkamer hablaba, apenas
se le entendía porque tenía el paladar hendido y a raíz de esto
Juan le contó a Irene una anécdota que involucraba a otro amigo
suyo que también tenía el paladar hendido. Sucedió un día que se
encontraron los tres y Juan los presentó, Puttkamer tartamudeaba
al decir su nombre y el otro amigo de Juan contestaba de la misma
manera. Los dos creyeron que el otro le tomaba el pelo y casi llegaron
a trompearse pero Juan pudo aclarar la situación y evitar la pelea.
Bailando y envueltos en estas conversaciones, Juan e Irene
pasaron juntos el resto de la fiesta y ella se sintió tranquila
a su lado. Por fin encontraba un soltero agradable y cordial.
Al finalizar la velada, él le ofreció llevarla a su casa
en auto y ella aceptó rápidamente pero al instante recordó que ya
había aceptado un ofrecimiento anterior. Afortunadamente el otro
festejante no volvió a aparecer y años después Irene se enteró que
ése hombre era casado y que Juan le había pedido que le dejara el
campo libre.
A Hermann le preocupó que su hija Irene, que nunca llegaba
a casa después de las ocho de la tarde, llegara de madrugada y acompañada
por un joven y como las salidas con Juan eran cada vez más frecuentes,
acudió a un amigo suyo, Kurt von Simson, para conversar sobre el
tema y preguntarle si era bueno dejar que el asunto siguiera adelante.
La respuesta de su amigo lo tranquilizó, además su hija era una
mujer de veintiocho años a la que ya no se le podían imponer reglas,
ni hacer cambiar sus opiniones.
Juan e Irene se comprometieron catorce días después de conocerse
y se casaron el 1 de marzo de 1947. Él era el hombre que Irene siempre
había soñado. Transmitía mucha seguridad; era varonil, simpático,
modesto y equilibrado. Sin embargo cuando detectaba una injusticia,
golpeaba la mesa con el puño cerrado, actuaba sin temor, daba su
opinión cara a cara y ponía límites. Juan era correcto, generoso
y siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás.
En su actividad comercial tuvo mucho éxito porque tenía capacidad
para el trabajo y era muy honrado.
Cuando estaban planeando la boda, el papá de la novia opinó
que no era oportuno casarse en ese momento porque él no tenía dinero
para un ajuar, ni para la fiesta, ni para las flores en la iglesia,
pero Juan Neddermann no necesitaba del dinero de su suegro. Una
tarde llevó a Irene a la tienda Harrod's de la calle Florida de
Buenos Aires y le compró un vestido corto blanco con apliques de
broderie.
Compró los muebles y una alfombra; alquiló casa y organizó
todo lo necesario para celebrar un casamiento.
Juan Neddermann sorprendió a su novia con una fiesta de compromiso
en casa de sus amigos, los Himmelreich, a la cual asistieron todos
sus allegados para conocer a la prometida. Esa noche Irene se había
puesto un vestido rojo y se sentía en el mejor de los cielos.
La mayor
parte de los gastos los afrontó el novio con un préstamo de su amigo
Levin así que la boda fue sencilla pero inolvidable. No había flores
en la Iglesia, dos arbustos deshojados adornaban el altar y evitaron
todo lo suntuoso porque costaba un dinero que ellos no tenían.
Los curiosos de siempre esperaron a los novios a la salida
de la Iglesia para espiar. Las voces del montón destacaron la belleza
de la novia y a Irene le provocó mucha alegría escuchar esas exclamaciones.
Se sacaron una sola foto, al pie de la escalera del Hotel Jousten,
donde tuvo lugar la fiesta. La primera noche la pasaron en una pequeña
casa que alquilaron en la calle Urquiza y al día siguiente se fueron
de viaje al sur.
Juan fue un marido protector y se comportó como un amigo
en el momento de ayudar a Irene en los problemas de identidad que
le acarreó el haber nacido melliza. La vida de casados para ellos
fue feliz y vinieron los hijos, uno tras otro y los últimos vinieron
de a dos.
Como matrimonio cantaban juntos y participaron en el coro
Germania y en el coro Cecilia. Viajaban a menudo a Villa Gesell
de vacaciones con los cinco chicos y siempre había armonía entre
los integrantes de la familia.
Juan le permitía a Irene llevar adelante sus deseos en lo
referente a los chicos, a los caballos, a los perros y por eso el
movimiento era constante y agitado hasta que llego el día en que
Juan tuvo que comprar una casa más grande y se mudaron a Florida,
a la calle Fray Justo Sarmiento. En ese tiempo había nacido Marianne
y lo que la preocupaba a Irene era que la casa tenía escaleras.
En un principio esto no le gustó nada, ella hubiese preferido una
sola planta, pero después la reformaron y se convirtió en un hogar
cómodo para albergar a los cinco hijos de Juan e Irene, a los cinco
hijos de Asse y a dos mucamas. En esa casa se festejaron muchos
acontecimientos y aniversarios de la vida familiar de los Neddermann.
Un año después de nacer los mellizos, Juan e Irene se fueron
a Europa en un viaje de negocios y así Irene pudo conocer Bremen,
la ciudad donde había nacido su esposo y a todos sus parientes alemanes.
Además estuvieron en Holanda, Francia, Suecia, Inglaterra, Polonia,
Italia, Austria y Yugoslavia.
A Irene se le abrió el mundo en este viaje que Juan le regaló.
En Austria vio a los magníficos padrillos lipizzanos en sus establos
comiendo avena en recipientes de mármol; en Piber vio a las yeguas
madres con los elegantes potrillos. En Yugoslavia vio acercarse
un carro con un caballo que tenía la crin tan larga que le llegaba
a las rodillas y parecía un largo y ancho velo balanceándose detrás
del animal. Irene nunca había visto algo semejante y lo dibujó como
dibujó a cuanto caballo se le cruzó mientras Juan se ocupaba de
sus negocios.
Cuando los chicos crecieron comenzaron a irse uno tras otro
y la casa resultó demasiado grande. Irene pensaba en la vejez y
le costaba imaginarse viviendo en ese lugar.
Asse, la gemela de Irene vivía sola en Sierra de la Ventana
porque su marido Bernardo había fallecido e Irene la visitaba a
menudo. En una de esas visitas Irene se detuvo a mirar la pequeña
casa que estaba al lado de la cabaña de Asse y repentinamente tuvo
la idea de vender la casa de Florida y alquilar esa casita tan llena
de sol.
Costó convencer a Juan pero dos meses después vaciaron la
casa de Florida y todas las cosas acumuladas durante cuarenta años
fueron embaladas, regaladas o vendidas. Diana, la hija de Asse,
compró la casa de Irene y entonces el matrimonio Neddermann se pudo
mudar a Sierra de la Ventana.
En ése entonces el corazón de Juan ya no funcionaba bien
y hubo que colocarle un marcapasos, luego su salud fue debilitándose
más y más hasta que tuvo que dejar de conducir el automóvil y le
enseño a Irene para poder seguir paseando en auto.
Juan vivió los últimos ocho años de su vida respirando el aire
puro de las sierras. Pudieron festejar juntos las bodas de oro y
ése día compartieron con familiares y amigos dos corderos al asador.
Para homenajear al matrimonio se leyeron discursos y el grupo “Los
Sembradores” vino especialmente de Buenos Aires para animar la fiesta
cantando folklore.
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Después del cumpleaños número ochenta de las gemelas, la
familia tuvo que pasar otro trago amargo: la enfermedad de Asse,
que se desencadenó repentinamente y terminó con su vida en cinco
meses. Juan la sobrevivió un año pero después de una larga lucha
también murió.
Durante toda la vida el esposo de Irene se había ocupado
de mostrarle a la gente que venía de Europa las bellezas de la Argentina.
Le encantaba manejar y no titubeaba en llevar a los turistas en
su auto a recorrer distintos lugares. Era su maravillosa forma de
ser lo que hacía que la gente que estaba a su lado se sintiera bien.
En su Renault 12 rojo viajaba a diferentes zonas del país y estando
al volante se sentía feliz hasta que tuvo que dejar de conducir
su automóvil porque en dos oportunidades, estar al volante casi
le costó la vida. Una vez fue en Tornquist, había ido al cardiólogo
porque se le había detectado un problemita en su corazón. Lo acompañaba
Irene y después que el médico terminó de revisarlo, lo felicitó
por la recuperación que había tenido al seguir estrictamente el
tratamiento. Juan se sintió tan feliz que se sentó en el auto e
invitó a Irene a almorzar en el restaurante del Mirador del Abra
de la Ventana y no había terminado de formular la invitación cuando
se desvaneció sobre el volante como si estuviese muerto. Afortunadamente
marchaban a poca velocidad porque estaban por cruzar la ruta e Irene,
que de conducir no sabía nada, sostuvo el volante y de casualidad
pisó el freno. El auto se detuvo y Juan volvió en sí. El episodio
había durado un segundo pero de haber ocurrido sobre la ruta y a
ochenta kilómetros por hora, quién sabe si Juan e Irene hubiesen
salvado sus vidas. Evidentemente ese día, un ángel guardián viajaba
en el auto con ellos.
Este fue el primer aviso para Juan. El segundo fue similar:
era una linda tarde, Juan e Irene paseaban en el auto por Sierra
de la Ventana hasta que de pronto el auto acelerado enfiló por la
calle a toda velocidad, dobló en una esquina, se llevó por delante
un alambrado precario y se detuvo contra el ancho cerco vivo de
la casa de una señora alemana. Allí quedaron, el auto incrustado
en el cerco y Juan despertándose, sin saber que había pasado y diciendo
que quería volver a la casa pero como no pudieron hacer que el auto
arrancara, un vecino los tuvo que llevar de regreso.
Cuando el médico se enteró de lo sucedido, le repitieron
algunos estudios y se comprobó una insuficiencia cardíaca por lo
que le recomendaron la colocación del marcapasos. A partir de estos
hechos Juan dejó de conducir el automóvil pero se esmeró para enseñarle
a Irene y así pudo seguir paseando como copiloto.
A Irene también la divertía andar por toda la comarca con
el auto rojo, era una actividad entretenida y una manera de estar
siempre en movimiento, pero tiempo después hubo que vender el auto
para pagar a la gente que ayudaba a cuidar Juan.
Aquella fue una época muy triste y difícil para el matrimonio
Neddermann, pero a pesar de la enfermedad de Juan, Irene estaba
agradecida de poder tener a su buen esposo en casa, sin necesidad
de internarlo en un geriátrico.
Juan había sido su verdadero dueño, se ganó esa condición
por todo el amor y los cuidados que le ofreció, por eso Irene siempre
lo llamaba cariñosamente “Patroncito”.
Durante
esos días ella se preguntaba si había sido correcto colocarle el
marcapasos y alargarle la vida cuando era evidente que su cuerpo
no estaba en condiciones de vivir. Los últimos meses fueron un martirio
y el único premio a toda esa desesperación y lágrimas, fue que Juan
se durmió pacíficamente y ella recibió de Dios el regalo de poder
sostenerle la mano hasta que su corazón inquieto dejó de latir y
sus ojos celestes se cerraron tranquilos. Esa fue la manera en que
Irene cumplió la promesa que había hecho frente al altar de serle
fiel, acompañarlo y respetarlo tanto en la salud como en la enfermedad.
Juan siempre la había protegido y ella le devolvió durante el tiempo
de enfermedad, todo lo bueno que él le había brindado en más de
cincuenta años de matrimonio.
A pesar del dolor, ésa también fue una época positiva para
Irene, porque los amigos y conocidos no la decepcionaron. Pudo contar
con la ayuda de todos ellos y comprobó una vez más que la vida,
cuando se vive a pleno, se va tejiendo así, de buenos momentos y
de profundas tristezas. Irene sintió como una verdadera bendición
de Dios, haber tenido salud para acompañar a su Patroncito hasta
la edad de noventa y un años y también haber podido ayudarlo a llegar
hasta el final de su existencia.
El 14 de marzo de 1999 Irene dio una fiesta de agradecimiento
a la cual concurrieron setenta personas que la habían sostenido
durante ésos momentos tan difíciles. María-Esther, Don Pedro y Susana
recibieron una linda foto de Don Juan como reconocimiento a su fidelidad.
"Los Sembradores" el grupo de folkloristas amigos
de Irene, vino desde Buenos Aires para animar la celebración cantando
y haciendo música con guitarra y bombo. La fiesta fue en el Hotel
"Pilla-Huinco", donde los dueños pusieron a disposición
el gran comedor. Yvonne, Marianne, Rainer y Jorge tendieron las
mesas con manteles estampados y pusieron setenta servilletas que
Irene confeccionó para la ocasión. Cada comensal trajo plato, cubiertos,
vaso, su vino preferido y su ensalada. Los cuatro borregos al asador
los compró Irene y hubo helado de postre. Fue una fiesta hermosa
y el dueño del Hotel reconoció que nunca en ése lugar se había organizado
una recepción tan emotiva.
Gisela Schreiber, amiga de Asse escribió una vez: "Los
lazos de una unión no se cortan con la muerte. Después queda el
amor que hemos dado y recibido como fuerza vigorizante. Eso nos
mantiene y nos da la energía necesaria para lo que hay que enfrentar
después, cuando uno se queda completamente solo".
Selección: Nora
Martínez
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Notas al autor:
noramartinz@yahoo.com.ar
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