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Después de Baltimore
E. Roudinesco - J. Lacan - J. Derrida

Un año después de Baltimore se ofrece otra cena en París: en casa de Jean Piel. Lacan estrecha calurosamente entre sus palmas aterciopeladas la mano de Derrida y le pregunta en qué está trabajando. Platón, Sócrates, el pharmakon, la letra, el origen, el logos, el mythos: el filósofo prepara un texto para Tel Quel. En esta revista empiezan a mezclarse, bajo la talentosa batuta de Philippe Soliers, los grandes temas del antiguo estructuralismo revistos y corregidos a la luz de la "textualidad". Derrida acaba de entrar a la redacción de la revista Crítique publicando su Grammatologíe. Lacan es director de colección en las Éditions du Seuil desde que salieron sus Escritos. Una vez más anuncia, cosa rara, que él ya habló de los mismos temas. Sus alumnos pueden testificar. Para evitar la polémica, Derrida se dirige al psicoanalista y le cuenta la anécdota siguiente: Una noche, cuando su hijo Pedro empieza a dormirse en presencia de Margarita, pregunta a su padre por qué lo mira:
"Porque eres bonito".
Enseguida el niño reacciona afirmando que el cumplido le da ganas de morir. Algo inquieto, Derrida trata de averiguar lo que significa esta historia:
"No me quiero - dice el niño- .
- ¿Desde cuándo?
- Desde que hablo."
Margarita lo toma en sus brazos:
"No te preocupes, nosotros te queremos". Entonces Pedro larga la carcajada:
"No, todo esto no es cierto, soy un gran tramposo"

Lacan no dijo ni pío, Tiempo más tarde, Derrida queda estupefacto al encontrar la anécdota en boca de su interlocutor, en una conferencia pronunciada en diciembre de 1967 en el Instituto Francés de Nápoles. Lacan la cuenta así: "Soy un gran tramposo - dice un niño de cuatro años acurrucándose en los brazos de su progenitora ante su padre que acaba de responderle: 'Eres bonito' a su pregunta: '¿Por qué me miras?. Y el Padre no reconoce en esto (ni siquiera en que el niño en el intervalo lo haya engañado diciéndole haber perdido el gusto por sí mismo el día en que habló) el impasse que él mismo juega sobre el Otro mostrando sus cartas. El padre que me lo dijo sabrá si esto le incumbe o no."
Un padre que trabaja sobre la metafísica de la palabra plena, un hijo que juega con la palabra del padre y la suya, un maestro que se toma por el gran Otro y se vale anónimamente de una anécdota para acusar a un filósofo recalcitrante de no plegarse a su justicia imaginaria: ¡qué lío! En este asunto, Lacan no hace un buen papel y Derrida se siente herido. Se comprende. Quizá Lacan está tratando aquí de ajustar cuentas inconscientes con el nombre del padre o más sencillamente con todos los Alfred del mundo. Sea como fuere esta historia pone fin a las relaciones entre los dos hombres. ¡Qué lástima para el historiador!

***

Fragmento de "La equivocación del sujeto supuesto saber"
Jacques Lacan

[...]
Puesto que, donde parece que denuncio como traición la carencia del psicoanalista, ciño la aporía con la que articulo este año el acto psicoanalítico.
Acto que fundo en una estructura paradójica pues en él el objeto es activo y el sujeto subvertido, y donde inauguro el método de una teoría en tanto ésta no puede, con toda corrección, considerarse irresponsable de los hechos que se comprueban en una práctica.
Así, en el punto sensible de la práctica que hizo palidecer al inconsciente, ahora tengo que evaluar su registro.
Para ello es necesario lo que diseño de un proceso anudado por su propia estructura. Toda crítica que fuese nostalgia de un inconsciente en su primera flor, de una práctica en su audacia todavía salvaje, sería ella misma puro idealismo. Simplemente nuestro realismo no implica el progreso en el movimiento que se define con la simple sucesión. No lo implica en modo alguno, pues lo considera como una de las fantasías más groseras de lo que merece ser clasificado como ideología de cada época, aquí como efecto de mercado en tanto que es supuesto por el valor de cambio. Es necesario que el universo del discurso sea presentado al menos como el crecimiento a interés compuesto de una renta de inversión.
Sin embargo, cuando no hay idea de progreso, ¿cómo apreciar la regresión, la regresión del pensamiento naturalmente? Observemos incluso cómo esta referencia al pensamiento está puesta en tela de juicio mientras no esté definida, pero tampoco podemos definirla hasta tanto no hayamos respondido a la pregunta qué es el inconsciente. Pues el inconsciente, lo primero que se puede decir de él, lo que quiere decir su: lo que es, el quod est, to ti estí, en tanto es el sujeto de todo lo que puede serle atribuido, es lo que, en efecto, Freud dice en primer término sobre él: son pensamientos.

Asimismo, el término de regresión del pensamiento tiene aquí, de todos modos, la ventaja de incluir la pulsación indicada por nuestros prefiminares: o sea, ese movimiento de retiro depredador cuya succión vacía de algún modo las representaciones de su implicación de conocimiento, esto, a veces, según la propia confesión de los autores que se jactan de este vaciamiento (conductista o mitologizante en el mejor de los casos), otras por sólo sostener la burbuja al rellenarla con la "parafina" de un positivismo menos adecuado todavía aquí que en otros lados (migración de la libido, pretendido desarrollo afectivo).
La reducción del inconsciente a la inconciencia procede del movimiento mismo del inconsciente, donde el momento de la reducción se escabulle por no poder medirse el movimiento como su causa.

Ninguna pretensión de conocimiento sería apropiada aquí, ya que ni siquiera sabemos si el inconsciente tiene ser propio, y es por no poder decir "eso es" que se lo llamó con el nombre de "eso" (Es en alemán, o sea: eso, en el sentido en que se dice "eso anda" o eso patina"). De hecho, el inconsciente "no es eso", o bien "es eso, pero sin valor [*]. Nunca a las mil maravillas.

"Soy un tramposo de oficio", dice un niñito de cuatro años acurrucándose en los brazos de su progenitora ante su padre, quien acaba de responder "Eres lindo" a su pregunta "¿por qué me miras?" Y el padre no reconoce allí (aunque el niño haya fingido en el intervalo haber perdido el gusto de sí desde el día en que habló) el impasse que él mismo intenta sobre el Otro, jugando al muerto. Le toca al padre que me lo dijo, el escucharme o no.

Imposible volver a encontrar el inconsciente sin arremeter con todo [**] porque su función es borrar el sujeto. De allí los aforismos de Lacan: "El inconsciente está estructurado como un lenguaje" o también: "El inconsciente es el discurso del Otro".
Esto recuerda que el inconsciente no es perder la memoria, es no acordarse de lo que se sabe. Pues hay que decir según el uso del no- purista: "yo me acuerdo de ello" (je m'en rappelle)[***] o sea: me llamo (rappelle) al ser (de la representación) a partir de ello. ¿A partir de qué? De un significante. (1)

No me acuerdo más de ello. Eso quiere decir que no me encuentro allí dentro. Esto no me incita a ninguna representación donde se pruebe que habité allí.

Esa representación es lo que se llama recuerdo (2). Deslizar allí el recuerdo se debe a la confusión que hubo hasta ahora entre dos fuentes:
1)La inserción del ser vivo en la realidad que es lo que de ella imagina y que puede calibrarse por el modo en que ante ella reacciona;
2) el lazo del sujeto con un discurso del que puede ser suprimido, es decir, no saber que ese discurso lo implica.

El formidable cuadro de la amnesia llamada de identidad debería ser edificante en este punto.
Hay que implicar aquí que el uso de nombre propio, por el hecho de ser social, no revela que éste sea su origen. De aquí en más puede perfectamente llamarse amnesia el orden de eclipse que se suspende a su pérdida: en él el enigma se distingue aun mejor, pues el sujeto no pierde para nada el beneficio de lo aprendido.
Todo lo tocante al inconsciente sólo juega sobre efectos de lenguaje. Es algo que se dice, sin que el sujeto se represente ni se diga allí; sin que se sepa qué dice.
Esta no es la dificultad. El orden de indeterminación que constituye la relación del sujeto con un saber que lo supera resulta, puede decirse, de nuestra práctica, que lo implica en la medida en que ella es interpretativa.
Pero que pueda haber en él un decir que se diga sin que uno (on) [****] sepa quién lo dice, es precisamente lo que se le escapa al pensamiento, es una resistencia óntica, una resistencia gesticulante. [*****] (Juego con la palabra on en francés, de la que hago, no sin razón, un soporte del ser, un ón, ente y no la figura de la omnitud: en suma el sujeto supuesto al saber).

Notas:
[*]
Lacan usa la expresión á la gomme que significa literalmente borrado con goma y como locución "sin valor". Más adelante retoma el juego con el término gomme. [T.]
[**] Lacan retoma una expresión con la palabra gomme, mettre toute la gomme, que significa literalmente poner toda la goma, y metafóricamente, acelerar, darse prisa, ir a toda marcha y juega luego con la función de la goma: borrar el sujeto... [T.]
[***] Lacan juega con distintas acepciones de rappeler, llamar, hacer volver, evocar, recordar. Ponemos entre paréntesis el término francés como guía para el lector. Los puristas consideran incorrecto decir en francés ¡e me rappelle de, que reproduce el je me souviens de, donde el uso del de sí es correcto. [T.]
(1) Nota de J.L.:"De esto, dice el sujeto, je ne me rappelle pas (no me acuerdo- no lo vuelvo a llamar)". 0 sea: al llamado (appel) de un significante que sería necesario "que me represente ante otro significante", no respondo "presente" debido a que por efecto de ese llamado ya no me represento nada más. Soy una cámara oscura en la que se alumbró: no hay ya forma de que se pinte en ella a través de su ojo de alfiler la imagen de lo que pasa afuera.
El inconsciente no es subliminal, débil claridad. Es la luz que no deja lugar a la sombra ni al contorno insinuarse. Representa mi representación allí donde ella falta, donde no son más que una falta del sujeto.
De allí el término en Freud de: representante de la representación.
(2) Nota de J. L.: Es divertido señalar que se souvenir (recordarse) viene del se rappeler de (acordarse de), rechazado por los puristas, que está comprobado en el siglo XIV.
[****] Lacan juega varias veces con el pronombre indefinido on, que no tiene equivalente en castellano y que se traduce por varios giros: uno / una, se, la persona del verbo al que acompaña en plural, etc. [T.]
[*****] Lacan escribe ontique on- tique; tiquer significa tener tics y también reaccionar con un gesto de desagrado. [T.]

***

En su comunicación en el coloquio "Lacan con los filósofos" de junio de 1990, Jacques Derrida recordaba las circunstancias de su encuentro con Lacan en el simposio sobre el estructuralismo organizado en octubre de 1966 por René Girard y Eugenio Donato en la universidad Johns Hopkins de Baltimore: "En Baltimore [...] me habló de la manera en que pensaba que sería leído, particularmente por mí, después de su muerte"; "la otra inquietud [que me confió] concernía a la encuadernación de los Escritos que no habían salido todavía, pero cuya publicación era inminente. Lacan estaba preocupado, un poco descontento, me pareció, de los que, en la editorial Seuil, le habían aconsejado reunirlo todo en un solo grueso volumen de más de novecientas páginas cuya encuadernación corría el peligro de no ser sólida y por consiguiente de ceder: "Verá usted", me dijo haciendo un gesto con las manos, "no va a aguantar".

Tal era la angustia que torturaba a Lacan en cuanto se planteaba para él la terrible cuestión de la publicación. "Poubellication", dirá más tarde [haciendo un juego de palabras con poubelle, bote de la basural, designando con ese término el resto, el residuo o el desecho que podía ser a sus ojos el objeto de su más caro deseo. "Stécriture" dirá también [jugando con sténographie, estenografía] a propósito de su seminario, manifestando con un gesto desdeñoso hasta qué punto fingía despreciar el paso de la palabra a lo escrito. Aquí, como en otras partes, la ambivalencia era extrema. En la misma medida en que Lacan temía el plagio, en esa misma medida trataba de mantener secretas sus bellas ideas. Pero en realidad no acababa de desear que fueran reconocidas, de punta a punta del planeta, con el brillo que merecían. Invadido por el temor que le inspiraba su propia imagen y habitado por la obsesión de no gustar, aquel hombre genial manifestaba una especie de terror ante la idea de que su obra pudiera escapar a la interpretación que él mismo tenía a bien dar de ella. Por eso no aceptaba ver aparecer el rastro escrito de su palabra sino para hacerla circular en el círculo restringido de las instituciones de las revistas freudianas.
Así como no podía transponer el umbral del apartamento de Sylvia sin lanzar una ojeada a su silueta, temiendo escrutar en ella cada día los indicios de un ineluctable envejecimiento, así conservaba en sus armarios los volúmenes impracticables de sus seminarios y las separatas de sus artículos, ya inencontrables, como si no lograra nunca despegarse de ellos. Los miraba lamentándose - "¿Qué voy a hacer de todo esto?"- o los distribuía como una recompensa al capricho de dedicatorias sutiles o de confidencias equívocas.

En 1963, la obra lacaniana no era pues accesible a quien quisiera leerla "normalmente", fuera de los círculos de iniciados. En cuanto a la tesis de 1932, había caído en los sótanos de la historia, sin haber sido reeditada. Y cuando, por casualidad, surgía un ejemplar en las estanterías de una librería especializada, Lacan se apresuraba a comprarlo: "En 1967, escribe Jean Allouch, "deseando procurarme la tesis de Lacan, me dirigí a la librería Le François, donde el librero no pudo satisfacer mi demanda. Interrogado, el librero me dijo que en cierta época que no podría situar con precisión, el autor había irrumpido en su almacén y comprado todos los ejemplares todavía disponibles". Había en ese gran teórico de la persecución, que temía a los libros aunque era bibliófilo, una mezcla de Alcestes y de Dorian Gray.
Es probable que esa situación habría durado más si Lacan no hubiese encontrado a un editor excepcional en la persona de François Wahl.

[...]

Por amor a Lacan
Jacques Derrida

¡Qué no habría dicho Lacan!
¡Qué no habrá dicho!
Esto no es una pregunta, es una exclamación: para probar mi voz, encontrar el tono, experimentar antes de empezar esta idiomática conjunción de la negación, de la denegación, del potencial y del antefuturo, siendo mi hipótesis que estas gramáticas tienen unas veces sucesivamente otras en forma simultánea una función de pantalla y de espejo en las modalidades del con, como en las modalidades del desde que habrán reglamentado la relación de Lacan con los filósofos - con ciertos filósofos. Estas cuantas reflexiones acerca de las modalidades temporales serán así marcadas por la incidencia de lo que Stephen Melville acaba de decir sobre la "narración", luego sobre la historia, sobre los "deslices temporales", y también sobre la posibilidad de una Kehre, de un "giro" de Lacan después de los Escritos, es decir, más precisamente, desde 1966- 1967.

¡Qué no habrá dicho Lacan! ¡Qué no habría dicho!

Para acercarnos a lo que sucedió a Lacan con los filósofos, habría no sólo que esclarecer lo que "con" puede querer decir en este caso, pero también lo que Lacan dijo, no dijo, habrá dicho o no habrá dicho, hizo decir, dejó decir - en antefuturo o en potencial. Tratar este enigma del antefuturo y del potencial, que me interesará de manera muy particular hoy, es tratar el problema de la archivación, de lo qtie queda o no queda. Es un viejo problema. Pero, en este siglo, el nacimiento del psicoanálisis - aunado al advenimiento de nuevas técnicas de archivación o de telecomunicación- habrá consolidado el aparato de algunas paradojas con las que, es por lo menos mi sentimiento, quizás aún no se ha medido sistemáticamente la historia convencional, la manera de escribir o de contar la historia o historias. Es simplemente del concepto de historia de lo que aquí vamos a hablar sin duda. Los efectos de estas paradojas, digamos tecno-psicoanalíticas (puesto que atañen conjuntamente, al mismo tiempo, a lo que el psicoanálisis puede decirnos de la inscripción, el desvanecimiento, de los espacios en blanco, de lo no dicho, de la memorización y de las nuevas técnicas de archivación, ésta por ejemplo, y todas las grabadoras que están en esta sala), no atañen sólo a Lacan, desde luego. Pero el ejemplo de Lacan ofrece ciertos rasgos singulares, por lo menos para mí, que merecen la atención de todos aquellos a quienes estas preguntas interesan.
El problema de los coloquios, aquel del que padezco en todo caso, es que no se haga el desglose y que en lugar de tratar de "las cosas mismas" (¡ah, las cosas mismas!)

[...]

René Major menciona el seminario de Lacan de fecha 16 de noviembre de 1976: "El trazo unario nos interesa porque, como lo subraya Freud, no tiene que ver en especial con una persona amada". Y Major tiene mucha razón de proseguir: "Me apuro a agregar que no siempre son las personas que nos aman, las que nos prestan los mejores servicios." Estaría muerto si no creyera que tiene razón en este punto. Estaría muerto y, si comprendí bien, esto no carecería de algún beneficio secundario, por lo menos para mi nombre, pero preferí hacer esperar.
Y si ahora dijera, "Vean ustedes, creo que nos amamos mucho, Lacan y yo... estoy casi seguro de que muchos aquí no lo soportarían. Por eso no sé aún si lo voy a decir. Muchos no lo soportarían, y esto explica bien las cosas. Muchos no lo soportarían, no porque los sorprenda, en lo absoluto, hasta me pregunto si este pensamiento no les era ya extrañamente familiar, sino porque es algo que no hubiera tenido que ocurrir y que sobre todo no debe ser dicho sin fatuidad, sobre todo por uno solo que diría "nosotros" solo después de la muerte del otro. La Cosa, pues, no debe ser dicha, ni sobre todo repetida; y si no obstante, yo repitiera, "nos quisimos mucho, Lacan y yo, cada uno como le haya gustado, cada uno a su manera o cada uno a nuestra manera", ¿sería eso una revelación, una confesión, una denunciación? Que cada quien lo tome "como le guste". "Como le guste", es una cita de Lacan, y un comentario casi privado entre Lacan y yo, una frase en la que "él", soy yo, y a la cual volveré en un momento.

En cuanto a estar en contra de ver a alguien decir "nosotros", hablando solo después de la muerte del otro, no hay por qué. Éste es también uno de los fenómenos más comunes de la destinerrancia que inflige al destino de la carta una desviación interna de la que siempre puede no volver nunca, pero a la cual deberemos volver. "Nosotros" es una modalidad del con, del estar- con, o del hacer- con, avoc, apud hoc, en el otro, como huésped o como parásito. Ahora bien "nosotros" es siempre dicho por uno solo. Siempre es uno solo el que tiene el valor de decir "nosotros los psicoanalistas", "nosotros los filósofos", con ustedes los psicoanalistas, con nosotros los filósofos, o más gravemente aún nosotros los psicoanalistas con los filósofos o con nosotros los filósofos. Con también quiere decir en casa de (apud, avuec, avoc, apud hoc, categoría del invitado o del intruso, del huésped o del parásito, luego, hablaban de esto hace un momento, quien siempre abusa en cuanto dice "nosotros". La modalidad lógico- gramatical parece interesante, entre otras cosas, porque siempre soy yo quien dice "nosotros", siempre es un "yo" quien enuncia "nosotros", suponiendo en resumen con esto, en la estructura disimétrica de la enunciación, al otro ausente o muerto o en todo caso inconpetente o llegado demasiado tarde para objetar.

[...]

...es que nada de lo que pudo transformar el espacio del pensamiento a lo largo de los últimos decenios habría sido posible sin alguna explicación con Lacan, sin la provocación lacaniana, independientemente de la manera en que se la reciba o se la discuta, y agregaría sin alguna explicación con Lacan en su explicación con los filósofos.
Con los filósofos más que con la filosofía, y siempre me sedujo la dramatización según la cual, rompiendo con el comentario o la historiografía en uso por muchos filósofos profesionales, ya sea que relaten más o menos bien las vidas de los filósofos o que reconstituyan la estructura de los sistemas, Lacan puso en escena el deseo singular del filósofo y así no contribuyó poco a abrir el espacio de una especie de nueva cultura filosófica. En la cual estamos, aun si pretenden hacérnoslo olvidar para volver de este lado. El estar- con o la explicación con los filósofos llegó en Lacan a un refinamiento, a una extensión, a una luminosidad inopinada del "deslumbramiento" del que tenemos pocos ejemplos, tanto en la comunidad de los filósofos profesionales como en la de los psicoanalistas. Y luego raras veces en este grado, una frecuentación de los filósofos, un estar- con los filósofos, y lo digo en el sentido de mayor favor o del mayor fervor, habrá merecido la discusión, merecido que se discuta con Lacan la manera en que habrá arreglado su relación con los filósofos. El refinamiento y la competencia, la originalidad filosófica de Lacan no tienen precedente en la tradición del psicoanálisis. Desde este punto de vista, el retorno a un Freud filósofo hubiese sido una regresión o una debilidad, pero en un momento hablaré un poco acerca de las consecuencias paradójicas y perversas que se derivan del hecho de que Lacan es un filósofo mucho más sagaz que Freud, ¡mucho más filósofo que él!

[...]

En el fondo detrás de la pregunta de lo que llamaré de nuevo lo restante del archivo - que hace todo salvo "quedar" en el sentido de la subsistencia permanente de una presencia- , detrás de esta cuestión de la diferencia o de la destinerrancia del archivo podría dibujarse, por lo menos el lapso de una sesión, la silueta de todo lo que me pareció que inerece ser discutido, puesto que estamos aquí para discutir o reactivar las discusiones. Con ello entiendo la silueta de lo que me pareció que merece la discusión no con Lacan en general, y sobre todo no en nombre de la filosofía en general (al sujeto, al nombre desde cuyo punto de vista nunca hablé, no más por consiguiente que de la antifilosofía que siempre me pareció lo menos digno de interés posible), no con Lacan en general - quien para mí no existe, y no hablo jamás de un filósofo o de un cuerpo en general como si se tratará de un cuerpo homogéneo: y no lo hice por Lacan más que por cualquier otro; sino con la fuerte configuración, relativamente coherente y estabilizada de un discurso en la época de la compilación y la edición de los Escritos es decir en 1966.

La encuadernación de los Escritos es lo que los hace mantenerse juntos y les asegura la más sólida estructura sistémica, la constructura más formalizada, tan formalizada como sea posible. Ahora bien, si existe un texto que se mantenga más que cualquier otro en esta posición y en este puesto de encuadernador es el seminario sobre La carta robada. Como lo saben, el seminario sobre La carta robada recibe un privilegio, cito las palabras de Lacan: "el privilegio de abrir su serie" [la serie de los Escritos] a pesar de la diacronía de ésta. Dicho de otra manera, los Escritos recogen y vinculan todos los textos que se componen en el orden cronológico (según la "diacronía") de su publicación anterior, con excepción, justamente, del seminario sobre La carta robada que, siendo el primero, recibe el "privilegio" (la palabra de Lacan) de representar la configuración sincrónica del conjunto y de relacionar todo. Por esta razón me había parecido justificado interesarme de manera privilegiada en este privilegio; y si utilizo esta palabra de encuademación aquí, de encuadernación que mantiene unido en el momento de leer y releer, es porque una de las dos únicas veces en que a lo largo de m¡ vida me encontré con Lacan y hablé un poco con él, él mismo me habló de encuadernación y de la encuadernación de los Escritos. No cuento estas historias por la diversión de las anécdotas, sino porque aquello de lo que tenemos que hablar aquí, es del encuentro, de la tyché, de la contigencia - o no- , y de lo que vincula, si quieren, la firma del acontecimiento con el teorema.
No me encontré con Lacan más que dos veces y me lo crucé en un coctel una tercera vez, mucho tiempo después. No sé si esto quiere decir que estuvimos juntos, uno con el otro, pero en todo caso estos dos encuentros no ocurrieron en casa (apud) de uno o del otro, sino en casa de una tercera persona, y primero, la primera vez, en el extranjero, en 1966, en Estados Unidos donde ambos extraños por primera vez exportados (digo adrede "exportados", es una cita, porque quizás ustedes sepan que a través de los seudónimos que los periodistas llaman transparentes, el personaje reconocible de una muy mala novela - cuando digo mala, es hablando de "literatura" y no sólo de "moral"- , que se quejaba primero de no ser traducido en el extranjero, quejándose con una amargura de la que el papel parece impregnado, este personaje decía recientemente, de un solo golpe, que Lacan y yo, Lacan conmigo, alias Lauzun con Saida para los íntimos, somos ambos "productos adulterados buenos para la exportación". Encontrarme en el mismo embalaje de exportación con Lacan habría sido más bien de mi gusto, pero esto no fue soportable ni del gusto de todos puesto que un periodista que va y viene entre el comité de Gallimard y Le Nouvel Observateur intentó separarme de con Lacan diciendo que, para el autor de esta consternante novela, era sólo Derrida, él decía mi nombre, no el del personaje de ficción, ni siquiera Said, Sida o Saida quien, esta vez en singular, cita falsificada, se vuelve un "producto adulterado bueno para la exportación". Yo solo, ya no con Lacan como lo quería el autor o el personaje de la fábula, sino sin Lacan, yo solo en lo sucesivo, "producto adulterado" en el compartimiento de exportación, yo solo en mi caja, deportado, exportado al extranjero, y por qué no sin permiso de estancia, yo solo, aislado, insularizado por el decreto de un agente de la circulación cultural. He aquí una de las cosas que suceden actualmente en Francia, en los grandes barrios de la cultura y de la política de la que hablaba al empezar).

Ahora bien, vuelvo a partir, cuando me encontré con Lacan en Baltimore por primera vez, en 1966, cuando fuimos presentados el uno al otro por René Girard, sus primeras palabras fueron, con un suspiro amistoso: "¡Tuvimos pues que esperar llegar aquí, y al extranjero, para encontrarnos!" Y observo aquí quizás a causa del problema de la destinerrancia que nos espera y quizás debido al nombre de muerte

de Baltimore (Bal/timore, baile o trance y terror), Baltimore es también la ciudad de Poe cuya tumba  había buscado en vano esos días pero en todo caso había podido visitar su casa en esa ocasión (fui a casa de Poe en 1966), observo aquí quizás debido al nombre de muerte de Baltimore que las dos únicas veces en que nos encontramos y en que hablamos un poco el uno con el otro, se trató de muerte entre nosotros y primero en boca de Lacan. En Baltimore, por ejemplo, me habló de la manera en que pensaba que sería leído, en particular por mí, después de su muerte.

En nuestro segundo y último encuentro, durante una cena ofrecida por su familia política, insistió en archivar públicamente a su manera, a propósito de algo que yo le había contado, el callejón sin salida que yo habría intentado "acerca del Otro, cito, haciéndome el muerto". Élisabeth Roudinesco cuenta muy bien toda esta secuencia, que releí esta mañana en la página 418 de su monumental y clásica Histoire de la psychanalyse en France (tomo 2). La frase de Lacan habla de un "padre" y soy yo, de un padre que "no reconoce en ello [...] el callejón sin salida que él mismo intenta sobre el Otro, haciéndose el muerto". Todavía hoy en día no estoy seguro de haber comprendido bien la interpretación arriesgada en lo que fue, no lo olvidemos, una publicación firmada en Scilicet (donde Lacan era el único que se autorizaba a firmar), pero siempre me pregunté si al hacer de mí el padre, en esta historia, llamándome "el padre", no tenía en la mira al hijo; siempre me pregunté si no quería decir el hijo, si no quería hacerle de hijo, de él o mío, hacer de mí el hijo que intenta el callejón sin salida sobre el Otro haciéndose el muerto, como él dice, o hacerse él mismo el hijo. Como siempre Lacan me dio la mayor libertad de interpretación, y como siempre la habría tomado aun si no me la hubiera dado, como me hubiese gustado; me había dado la mayor libertad de escucha y de interpretación puesto que agregaba inmediatamente después: "Al padre que me lo dijo de aquí me entienda o no" ["Au pére qui me l'a dit d'ici m'entendre ou non"] (este didici es magnífico, lo comprendo en latín, como en la noche de una disco, esta vez, y no de un baile, de una disco donde el viejo profesor no llega a renunciar a la compulsión conjunta del antefuturo y de la didáctica: didici, te lo habré dicho, te lo he enseñado). Esta libertad de interpretar como me plazca, me la había dejado en la guarda de los Escritos cuando fueron encuadernados, puesto que la dedicatoria que los acompaña dice esto "a Jacques Derrida, este homenaje para que lo tome como le plazca". Mensaje recibido: siempre utilicé este homenaje, aun ahora, como me place y como me place devolverlo.

Así pues, estaba la muerte entre nosotros, se trató sobre todo de muerte, hasta diría sólo de la muerte de uno de nosotros, como con o entre todos los que se aman 0 más bien, hablaba de ella, él, solo, pues yo nunca dije ni una palabra, hablaba él, solo, de nuestra muerte, de la suya que no dejaría de llegar, y de la muerte o más bien del muerto que según él yo me hacía.

No olvido la encuadernación con la que todo eso se vincula. Es que en Baltimore, la otra inquietud que me confió Lacan se refería a la encuadernación de los Escritos que aún no habían sido publicados pero cuya publicación era inminente. Lacan estaba preocupado, un poco descontento, me pareció, con aquellos que, en Seuil, le habían aconsejado reunir todo en un solo volumen grueso de más de novecientas páginas con el riesgo de que la encuadernación no fuese sólida y luego cediera: "Ya verá - me dijo haciendo un gesto con las manos- , no va a resistir." La republicación en dos volúmenes de bolsillo en 1970 lo habrá tranquilizado y le habrá permitido, de paso, no sólo confirmar la necesidad de colocar el seminario sobre La carta robada en la "garita de entrada" de los Escritos, sino también de espetarme uno de esos antefuturos (antifechas o antídotos [antidates ou antidotes]) que habrán sido el modo privilegiado de todas las declaraciones de amor que tan a menudo me hizo mencionando, no me atrevo a decir antefechando, cito "lo que llamo propiamente la instancia de la letra antes de cualquier gramatología".

(Antes de cualquier gramatología: De la gramatología era el título de un artículo y de un libro publicado unos cinco años antes, y que es uno de los numerosos errores o desconocimientos de Lacan y de tantos otros a este respecto, nunca propuso una gramatología, ni ninguna ciencia o disciplina positiva que llevara ese nombre, sino que hacía grandes esfuerzos para demostrar por el contrario la imposibilidad, las condiciones de imposibilidad, de absurdidad de principio de cualquier ciencia o de cualquier filosofía que llevara el nombre de gramatología. Este libro que trataba De la gramatología era todo salvo una gramatología.)

Vuelvo a ligar esto con la encuadernación del gran libro. Me refiero pues a esta época (final de los años sesenta, 1965, 1966- 1967) en la que los Escritos se encuadernaban bajo el rótulo del seminario sobre La carta robada. Ahora desearía proponer una modesta contribución a esta historia por venir del estar- con de Lacan y de los filósofos, historia que estoy seguro que nunca fue escrita, y de la que no estoy seguro que pueda serlo algún día, suponiendo aún que se le pueda descifrar.

[...]

Lo que propondré, pues, son sólo algunos protocolos de una historia así, sea o no posible. Y como ya hablé demasiado tiempo, me limitaré un poco arbitrariamente a tres protocolos. Estoy seguro de que hay, bastantes psicoanálisis y psicoanalistas aquí para no atribuir a la complacencia o a la coquetería el hecho de que describa las cosas no desde un punto de vista que domine esta historia, sino necesariamente desde el lugar, el sitio en el que estuve y estoy aún situado, inscrito, comprometido, investido. Un lugar que debo decir no habrá sido cómodo pero tampoco malo para la observación. Estos tres protocolos, los esquematizaré según algunos símbolos con los títulos

1. del quiasma;
2. del antefuturo anterior del más tarde;
3. de la invaginación quiasmática de los bordes - o de la perspectiva analítica.
¿Qué sucede con el con entre dos cuando hay quiasma, después de antefuturo e invaginación quiasmática?
[...]

Textos extraídos de:
- "La batalla de cien años, Historia del psicoanálisis en Francia", Elisabeth Roudinesco, tomo III, fragmento seleccionado, Editorial Fundamentos, Madrid, España, 1993.
- "La equivocación del sujeto supuesto saber", J. Lacan, fragmento seleccionado, Conferencia dada en el Instituto Francés de Nápoles el 14-XII-1967, traducción M. Vidal, L.Lisjak, ficha de Mayéutica Inst. Pisc.
- "Lacan", Elizabeth Roudinesco, págs. 467ss., editorial FCE, Buenos Aires, Argentina, 1994.
- "Lacan con los filósofos", coloquio de 1990, varios autores, Jacques Derrida, "Por amor a Lacan", págs. 364/373, Siglo XXI editores, México, 1997.
Selección y destacados: S.R.

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Con-versiones Septiembre 2005

 

        

 

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