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Introducción: hacia y en Baltimore
M. Goldschmit - E. Roudinesco
En 1959‑1960, Derrida enseña filosofía en el liceo de Mans. Participa por primera vez de una décade en el castillo de Cerisy‑la‑Salle, y realiza su primer viaje en 2 CV a Praga donde visita a la familia de su mujer.
Durante cuatro años, de 1960 a 1964, Derrida enseña en la Sorbona "Filosofia General y Lógica". Da una conferencia en el colegio de filosofía sobre Foucault, en su presencia. En esta época, realiza su segundo viaje a Praga, en las mismas condiciones que el primero. Derrida publica también en las revistas Critique y Tel Quel. Una "gran amistad" comienza entonces con Philippe Sollers que durará hasta 1972. Ese año recibe el premio de epistemología moderna Jean Cavaillés, por su libro Introduction á l'origine de la géométrie (de Husserl). Admitido en la CNRS, Derrida renuncia pronto para enseñar en la ENS, de la calle Ulm, donde es invitado por Jean Hyppolite y Louis Althusser. No dejará ya la "École» durante casi treinta años y enseñará allí con el título de adjunto hasta 1984. Vuelve a Praga. Toda su familia se instala en Niza en el momento de la independencia de Argelia.
A partir de 1965, en casa de sus amigos Y. y P. Thévenin, Derrida conoce a Robert Antelme, Pierre Boulez, Jean Genet, Pierre Klossowski, Francis Ponge, Nathalie Sarraute. Constantemente, estará con los "más grandes" pensadores y escritores de su época y, establecerá con ellos relaciones de trabajo y de diálogo.
En 1966, participa, por invitación de R. Girard, en el famoso coloquio de la universidad Johns Hopkins de Baltimore, que marcó el comienzo del interés de los Estados Unidos por un cierto pensamiento "francés". Es el inicio de lo que se ha denominado la deconstrucción en Estados Unidos. Luego, tendrá lugar una verdadera guerra entre los adversarios y los adeptos de la "deconstrucción", en las instituciones universitarias y en los medios. Conoce allí a Paul de Man y Jacques Lacan, y se encuentra con Roland Barthes, Jean Hyppolite, Jean‑Pierre Vernant, Lucien Goldmann en el mismo coloquio de Baltimore.
En 1967, Derrida dicta una conferencia en la Sociedad francesa de filosofía: "La différance", editada en Marges. Hasta 1973, participa del comité de redacción de la revista Critique y,desde entonces, formará parte de ella. Ese año publica sus tres primeros libros: De la grammatologie, L'écriture et la diffiérence, La voix et le phénoméne. Desde sus primeras publicaciones, en el extranjero se recibe con gran hospitalidad su pensamiento, y no sólo en los Estados Unidos: Derrida enseña en decenas de universidades, dicta cientos de conferencias en todas partes en el mundo, recibe múltiples premios; es elegido en varias Academias y recibe trece doctorados honoris causa. Al mismo tiempo, en Francia hay una oposición masiva a su trabajo y al de los colegas o estudiantes que están cerca de su pensamiento.
Contrariamente a la recepción que obtienen sus textos y su pensamiento en el extranjero, las puertas de la universidad francesa se le cierran: en 1980, se le pide defender una tesis para acceder a un puesto de profesor en que sucedería a Paul Ricoeur. Ese puesto es inmediatamente suprimido por el Ministro, y cuando otro es creado remplazándolo, los colegas de la universidad que lo habían llamado para postularlo votan contra su candidatura, junto con los representantes de la instancia nacional. Derrida realiza un análisis de tales fenómenos institucionales, antes incluso de que conozca esos fenómenos de rechazo y de resistencia respecto de su trabajo. El archivo de esos análisis se encuentra especialmente en su libro Du droit á la philosophie. Derrida siempre ha pensado que las instituciones y los contextos geopolíticos eran cuestiones filosóficas esenciales, y nunca pensó la filosofía separadamente de las instituciones en que tiene lugar.
Jacques Derrida participa de las manifestaciones de mayo de 1968, y organiza la primera asamblea general en la Escuela Normal Superior, de la calle Ulm: durante este período se encuentra regularmente con Maurice Blanchot, con quien establece una amistad durable y una admiración compartida.
El padre de Derrida muere de cáncer a la edad de 74 años, en 1970.
Derrida vuelve a Argelia en 1971, luego de nueve años de ausencia y alejamiento. Pronuncia allí conferencias y enseña en la universidad de Argelia. Lee el famoso texto "Signature, événement, contexte» en la universidad de Montreal. Seminarios en Baltimore, Argel, Oxford y conferencias en Argel, Niza, Montreal, Estrasburgo.
Derrida participa en 1972, con Deleuze, Klossowski, Kofman, Lacoue‑Labarthe, Nancy, en el coloquio "Nietzsche", en Cerisy‑la‑Salle, que dará lugar a la publicación "Nietzsche hoy". En esta época rompe definitivamente con P. Sollers y la revista Tel Quel: la controversia está relacionada con el dogmatismo marxista del grupo, con sus posiciones a favor del Partido Comunista Francés, y con la propaganda maoísta que Derrida no puede suscribir. [...]
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Contra el dominio liso y llano de una lógica lógica, Lacan juega aquí la paradoja de una lógica del poder simbólico. Y por esto, en vez de convocar el corte freudiano como lo había hecho hasta ese momento, reivindica el cientificismo del padre fundador. Este llamamiento al cientificismo le permite reactualizar un ideal de cientificidad, es decir un universalismo, que él convierte en lógica del significante o en ciencia de la causalidad estructural. Por consiguiente, el psicoanálisis tiene por objeto el sujeto de la ciencia, efecto él mismo del significante. Respecto a esto, recusa la magia por una parte y la religión por otra. La primera porque incluye al sujeto en el orden natural excluyéndolo de la ciencia, y la segunda porque obliga a referir a Dios la causa de su deseo. Ambas conducen al oscurantismo.
En nombre de este ideal de cientificidad, Lacan pretende combatir toda refundición psicologista del psicoanálisis en términos de ciencia humana. Pero reafirma también su hostilidad a lo que hemos llamado el síntoma hipnótico, es decir ese lugar originario hacia donde puede inclinarse la experiencia del inconsciente cuando no se articula a la primacía de una teoría.. En consecuencia, propone la constitución de un saber transmisible, basado en la lógica, y capaz de respetar la división del sujeto. Ese saber deberá articularse a un modo de formación que, en vez de calcarse de los modelos institucionales reinantes, reunirá, en un mismo equilibrio, los modos de enseñanza surgidos de la cura y los que la ciencia ha construido.
Este texto programático ["La ciencia y la verdad"] anuncia la gran operación "limpieza" a la que va a dedicarse Lacan. Primero en su escuela, mediante la introducción del pase como "principio lógico" de una formación completa. En segundo lugar en su doctrina, mediante la entronización de un matema del psicoanálisis capaz de transmitir un saber clínico con la categoría leibniziana de una lengua universal. Vemos aquí de qué manera Lacan utiliza, al mismo tiempo que los rectifica, los conceptos aportados por los trabajos del círculo de epistemología y especialmente por Miller. La noción lacaniana de sujeto de la ciencia revisa en parte la concepción milleriana de la sutura en el sentido de la evitación de una lógica integral. Se puede hacer la hipótesis de que esa revisión traduce una voluntad más o menos consciente de impedir la división de la EFP en una tendencia teoricista, representada por epistemólogos sin diván, y una tendencia pragmatista, transmitida por terapeutas presas de la fascinación "oscurantista" de la pura relación transferencial. Lacan va a hacer todo lo posible para mantener en torno a él ese equilibrio dialéctico entre una búsqueda teórica indispensable y una praxis a la que acecha continuamente el peligro de la magia. No lo logrará porque él mismo quedará atrapado en el quimérico ideal de cientificidad que convocó. Pero la experiencia aplicada habrá trazado al psicoanálisis la única vía que permite justificar la existencia de ese combate.
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Unos meses despuésde la publicación del primer número de Cahiers pour l'analyse, en el que se han reunido los textos del relevo lógico, Lacan es invitado a ir a Baltimore para participar en una fiesta estructuralista. René Girard, que da clases en la prestigiosa Johns Hopkins University, es el iniciador del festín con Eugenio Donato, profesor de la Universidad de Montreal y especialista en ciencias humanas. Richard Macksey, que publicó obras sobre la teoría de los números y la literatura francesa y americana, forma parte junto con otros del Sponsoring Commitee. El simposio se celebra en octubre de 1966 bajo los auspicios del Centro de Humanidades de la Universidad Johns Hopkins.
Para los universitarios estadounidenses, el acontecimiento es importante. Es la primera vez que allende el Atlántico se considera el pensamiento estructuralista como un fenómeno interdisciplinario. Por eso, los organizadores tratan de comparar los problemas que incumben a dicho pensamiento y los que incumben a otros campos de estudio. De modo que invitan a representantes de todos las esferas del saber: Jean Hyppolite para la fenomenología, Lucien Goldmann y Georges Poulet para la critica literaria sociológica y por último a Roland Barthes, Tzvetan Todorov y Nicolas Ruvet para el estructuralismo. Jacques Derrida, cuyo trabajo sobre Lévi‑Strauss interesa a Girard, también es invitado, así como Guy Rosolato por sus artículos literarios. En este contexto, Jacques Lacan es invitado a causa de su refundición estructura¡ de la obra freudiana y no como representante de un movimiento psicoanalítico. Por lo demás, en Estados Unidos, las universidades no se "mezclan"con las sociedades psicoanaliticas y la implantación del freudismo, por amplia que sea, no atraviesa los campus como tal.
Los universitarios del Nuevo Mundo tienen del psicoanálisis la imagen que éste ha dado de sí en el continente: para ellos, el descubrimiento freudiano pertenece a un ámbito médico y terapéutico separado del pensamiento filosófico. Por ello es por lo que en el simposio de Baltimore, Lacan afronta a un público que no es el suyo en Francia y al que, encima, la IPA desconoce. Ningún psicoanalista estadounidense es invitado al coloquio y ningún psicoanalista francés participa en calidad de tal. Allá es cuestión de interrogar el estructuralismo en su relación con la filosofía y la literatura.
Ahora bien, Lacan va por primera vez en su vida a Estados Unidos en un momento en que, expulsado de la IPA, empieza a ser célebre en Francia fuera del ambiente psicoanalítico. Este reconocimiento concedido por el exterior repite el que le otorgaron treinta años antes los surrealistas. El destino del viejo maestro se parece al de aquel joven seductor de antaño celebrado por su relación pasional con la locura de Aimée. Pero Baltimore no es Sainte‑Anne, ni Roma, y Su Majestad emprende el viaje basándose en cierto malentendido. Siempre incómodo en tierra extranjera, y más aún en un país tan alejado de la cultura latina, Lacan viaja ese día en una terrible soledad. Ni familia, ni amante, ni cortesanos: nuestro héroe debe arreglárselas solo en el corazón de un mundo cuya lengua oral ignora. En Baltimore es imposible hacer la jugada del seminario. Sin embargo, piensa en ello. Y en el jet que lo lleva por encima del océano se acuerda sin duda de la frase confiada por Jung cuya mitología él mismo difundió. Lamentablemente, la peste no concurrirá a la cita. En Baltimore, Lacan será uno de los campeones reconocidos del escenario estructuralista parisino. Es poco y es mucho, pero todavía es demasiado poco. Este maestro adulado por los suyos necesitará más para olvidar la humillante derrota de Estocolmo o borrar la triste caminata por un castillo sueco.
En esta fecha, en Francia, la publicación de la obra Les mots y les chosesde Michel Foucault le acaba de dar un nuevo rostro al estructuralismo. Hasta ese momento, el estructuralismo se definía por su método, pero la evaluación de su significación seguía siendo cosa de especialistas. Desde abril de 1966, por el contrario, la prensa se adueña del fenómeno como si se tratara de una moda a la vez temible y frívola. Para asombro general, Les mots et les choses constituye un best‑seller. Todos se ponen a disertar sobre la muerte del hombre, el autor y sus pompas, ayudados por la polémica que se extiende en la Universidad de Letras entre los partidarios de Barthes y los adeptos a Picart. Por un asombroso pase mágico ideológico, la revolución cultura china también se convierte en objeto de una moda periodística sin gran relación con su contenido real, y como resultado de esto la prensa se interesatanto en el corte bachelard‑althusseriano como en la interdicción de La Religiosa o en el asunto Ben Barka.
En este caso el peligro es que el poder de los medios de comunicación, más influyente que antes gracias al desarrollo del sistema audiovisual, interviene en las discusiones del estructuralismo. Esta entrada en escena de los medios de comunicación en los dominios de la teoría es un fenómeno nuevo para la época, que no sólo firma la sentencia de muerte del estructuralismo "heroico" sino que anuncia una transformación radical de la condición del pensamiento, que se va a ver progresivamente obligada a plegarse a las normas que impone el gran festival de las comunicaciones. Pronto, y por mucho tiempo, los periodistas se creen con derecho a asimilar a los pensadores estructuralistas a "estrellas carismáticas"a fin de glorificar o estigmatizar la complejidad de su lengua calificada de todas formas de "esotérica": en una palabra, no apta para la sacrosanta "comunicación". En efecto, vale más comparar a Foucault con un profeta, Derrida con un papa, Lacan con un gurú, Althusser con un ídolo y Barthes con un brujo que interrogar el lugar específico que tiene la lengua en la obra hablada o escrita de ellos. Así se abre la vía de lo que más tarde se llamará el fenómeno de la nueva filosofía que consagrará la victoria de la ignorancia de los medios de comunicación sobre el saber universitario. Victoria obtenida gracias al apoyo que los propios filósofos del postestructuralismo darán a la liquidación de su pensamiento.
Este paso del estructuralismo a su triste caricatura explica en parte la importancia que para Estados Unidos y Francia tiene el simposio de Baltimore. De un lado del océano, se mira con interés un método ya conocido, pero bruscamente celebrado como fenómeno folklórico, y del otro se observa un mundo hasta entonces poco abierto al pensamiento llamado "continental", esperando establecer contactos y hacer fructificar los intercambios. De esta época data el comienzo de una migración que conducirá a un número cada vez mayor de filósofos franceses a enseñar en los departamentos de las universidades estadounidenses. En ese torneo internacional, Derrida y Ricoeur tendrán más éxito que Lacan.
Este último comprende perfectamente la mutación interna del estructuralismo que se produce en Francia. Por lo demás, la conferencia inaugural sobre "La ciencia y la verdad" es tanto el signo precursor como el desfile defensivo. En el momento de partir rumbo a Baltimore, espera con impaciencia la publicación de sus "Escritos"en las Éditions du Seuil. Furioso por el éxito incuestionable que obtuvo el libro de Ricoeur y siempre presa de su creencia en el "robo de ideas", piensa que la reunión de la mayor parte de su obra podrá "fijar" su doctrina e impedir que sufra la revisión de que fue objeto la de Freud. Esta voluntad de obstaculizar por adelantado las "desviaciones"se hace patente en el relevo lógico ya que Lacan convoca un ideal de cientificidad, a la vez por fascinación con respecto a la historia de las matemáticas, en la que se plantean problemas idénticos, y para dar a su movimiento una base unitaria. Pero además, sigue sufriendo, y con razón, por no ser lo suficientemente reconocido como pensador de gran envergadura: por los maestros que admira y de los que ha tomado elementos prestados; por los otros, con los que no se entiende. Es imperioso observar que en el otoño de 1966 Lacan es respetado por los campeones del pensamiento moderno sin que su obra sea verdaderamente comprendida. Lévi‑Strauss le tiene aprecio pero lo compara con un chamán, Braudel lo apoya pero no toma partido por su trabajo, Dumézil se calla igual que Canguilhem, y Jakobson, que se ha convertido en su amigo, parece no captar las distorsiones que Lacan hace sufrir a la metáfora y la metonimia. En cuanto a Foucault, comprendió el sentido de la obra lacaniana pero esquiva la cuestión del descubrimiento freudiano. Después de mayo de 1968, se declarará a favor de Deleuze sin hacerlo en contra de Lacan.
Por su parte, Lacan se conduce caprichosamente con los pensadores con los que se cruza. Por cierto que no quiere pertenecer a la "canasta estructuralista" tal como empieza a presentarlo la prensa. No conoce bien los trabajos de Barthes, aunque encuentra excelente la conferencia que éste pronuncia en Baltimore, y trata al joven Derrida tan mal como a Ricoeur, sin ver que este nuevo interlocutor le ofrece una discusión a la que el otro se habla negado. Si bien desatiende a los que podrían abrirse a él, rinde homenaje a los que lo desatienden a él. En resumidas cuentas, corteja a todo el mundo pero no de la misma forma. Admira a los que se mantienen avaros de ponderaciones para él, y a quienes juzga sus iguales, y no reconoce a los que están dispuestos a darle, con o sin juramento de fidelidad, una buena parte de ellos mismos. El ama a su persona y quiere que su persona sea amada por todos. Curiosa actitud para un hombre que no cesa de afirmar que el yo no es el amo del mundo. Pero después de todo, ¿por qué habría de escapar Lacan a ese reinado de lo imaginario del que tan bien describe las ilusiones engañosas?
En el otoño de 1966, Jacques Derrida todavía no ha conocido a Lacan. Sin embargo, éste ha devorado la 'Grammatologíe' no bien apareció en Crítique, e hizo saber al filósofo, por Miller y François Wahl, cuánto apreciaba el texto. Sin duda esperaba verlo llegar al seminario para ocupar allí el lugar que había dejado vacante la disputa con Ricoeur. Pero Derrida desconfió, temiendo tirarse en los brazos de ese seductor. Celoso de su independencia, sintió como una amenaza el interés que se le dedicaba. Así que esperó su momento para abordar a Lacan respecto a las cuestiones filosóficas esenciales para él: el lugar del sujeto y la condición del inconsciente. Esto no le impidió publicar en Cahiers pour l'analyse un texto bastante malvado sobre Lévi‑Strauss que le valió ser tratado de "oso" por el etnólogo descontento. En ese texto vuelve a hablar de fonologismo y rebajamiento de la escritura. Para el simposio, decidió ser menos violento y redactó en quince días una conferencia de su exclusiva invención sobre "La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas": "Hay dos maneras heterogéneas de borrar la diferencia entre el significante y el significado: una, la clásica, consiste en reducir o derivar el significante, es decir finalmente en someter el signo al pensamiento; la otra, la que dirigimos aquí contra la precedente, consiste en poner en tela dejuicio el sistema en el cual funcionaba la reducción precedente..." Lévi-Strauss está de nuevo en el banquillo de los acusados, e implícitamente Lacan...
La América adonde va Derrida no es con la que sueña Lacan. El joven filósofo no tiene ningún desquite que tomarse con el pasado ni reconquista alguna que efectuar de un continente hostil. Cuando toma el avión con Barthes, Todorov y Ruvet, está enfermo a causa de las vacunas pero no lo aflige ninguna soledad, ningún sentimiento de rechazo. Entiende inglés y no le tiene miedo a los viajes. Para él, la invitación es un homenaje tributado a su pensamiento en plena efervescencia. A su llegada, queda muy asombrado al enterarse por Girard de que Lacan ha pedido que se le reserve una linda habitación en un hotel. Agotado por la diferencia de horario, deposita las maletas en el suelo y oye al viejo maestro que le anuncia: "¡Ah, había que venir aquí para por fin encontrarlo!". Al día siguiente, en la cena ofrecida por los organizadores, Derrida plantea las preguntas que le interesan mucho sobre el sujeto cartesiano, la substancia y el significante. Mientras saborea de pie una ensalada dulce de repollo, Lacan replica que el sujeto de él es el mismo que el que su interlocutor opone a la teoría del sujeto. En sí, la observación no es falsa, pero Lacan se apresura a agregar: "Usted no soporta que yo ya haya dicho lo que usted tiene ganas de decir". Otra vez la temática del robo de ideas, otra vez el fantasma de la propiedad de los conceptos, otra vez el narcisismo de la primacía. Ya es demasiado. Derrida no entra en el juego y responde sin vacilar: "Ese no es mi problema". Lacan quedará pagando. Más tarde en esa velada, se acerca al filósofo y le pone amablemente la mano en el hombro: "¡Ah, Derrida, tenemos que hablar, tenemos que hablar" No hablarán...
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En Baltimore, la lengua francesa domina el simposio. Los americanos se alegran con el sabor galo de las palabras intercambiadas y los invitados franceses se sienten orgullosos de estar en primer plano. La fiesta estructuralista sigue siendo latina: una disputa continental en forma de película del oeste, dirá la prensa local. Se inventará incluso, allende el Atlántico, la noción desconocida en Francia de "post-estructuralismo" para designar el fenómeno surgido del banquete. Sin tratar de adaptarse al terreno, Lacan habla en Baltimore como en su seminario, cuando el público no es al que él está acostumbrado. Pero a esto agrega una nota descabellada pronunciando su discurso en inglés. Como todos los invitados hablan francés y él, Lacan no sabe emplear la lengua inglesa, los organizadores quedan desconcertados. As! que, para afinar su estilo, le traen a un joven filósofo llamado Antony Wilden. El hombre se interesa en el lacanismo y posteriormente traducirá varios textos. Pero por el momento está literalmente molido por el ajetreo de este príncipe del Renacimiento al que debe servir de intérprete, guía, profesor de dicción y cortesano. Después de un incendio infernal regado con chistes de sala de guardia y entrecortado con varias mesas y cómodas revueltas, la conferencia por fin queda lista. Leyéndola, es una obrita de arte, pero escuchándola es otro cantar. En primer lugar, lleva un título extravagante: Of Structure as an Inmixing of an 0therness Prerequisite to any Subject Whatever, loque literalmente significa: "De la estructura a lo que tiene que ver con el Otro como protagánico a cualquier idea de sujeto". Se comprende el grito de dolor de Wilden que se califica a sí mismo, en pleno simposio, de "desdichado traductor". En segundo lugar, el autor dicta esta conferencia, que se anuncia más bien corta, en una lengua que queda a medio camino entre el franco‑inglés y el anglo‑francés, que hace que al auditorio le parezca de una largura interminable.
Decididamente, cuando Lacan habla gratuitamente alarga la duración de las sesiones, y cuando se le paga para que escuche no cesa de acortarlas. ¡Demonio de hombre! Conduce sus automóviles en sentido inverso a sus discursos y a la misma velocidad que sus curas: según el pum pum de la interpretación verdadera. Aunque no siempre logre evitar el accidente, nunca resulta herido y salva milagrosamente a los pasajeros. Siempre que puede, se mete a toda velocidad entre el camión que aparece frente a él y el vehículo al que acaba de pasar, sin preocuparse por saber si éstos utilizarán sus frenos. Así va para él el tiempo lógico: el prisionero no bien ha comprendido el enigma debe decidirse. Toda la vida privada y pública de Lacan es a imagen de su doctrina que no renuncia a nada y arrasa con todo: la rapidez del águila unida a la lenta obstinación de la hormiga.
De modo que en Baltimore, Lacan se enuncia tal como ha llegado a ser. Este hombre de genio, que dedicó treinta y cinco años de labor encarnizada en el movimiento psicoanalítico, ve llegar el triunfo demasiado tarde. Es cierto que todavía goza de buena salud, pero, sobre todo desde Bonneval, siente como una injusticia el haber esperado tanto el reconocimiento y seguir esperándolo. Gastado por los conflictos de la SPP, que lo afectaron en su madurez, vencido luego en su negociación con la IPA, se recupera mal de los combates y, aunque su escuela le brinde numerosas satisfacciones, tiene cada vez más tendencia a dejar de lado a los verdaderos fieles y rodearse de cortesanos. El viejo monarca es frágil y esa fragilidad se transluce en sus caprichos a medida que avanza hacia la gloria, pero también hacia la muerte. En el simposio, los franceses conocen, al menos por cuentos, las costumbres del maestro, pero los americanos, que han leído atentamente los textos, encuentran muy extraña el habla lacaniana. La conferencia dura tanto que Rosolato se ve obligado a posponer la suya para el día siguiente. Unico discípulo presente en tierra americana, difícilmente puede gritar a su analista en tales circunstancias.
Dos secuencias retienen la atención. A propósito del sujeto, Lacan cuenta que desde el alba estuvo mirando por la ventana las luces de neón y el tránsito que le hicieron pensar en el Dasein, es decir en ese espectáculo intermitente y borroso del pensamiento que se piensa sin saber. Y de golpe enuncia esta frase surrealista: "La imagen más sintética que puedo darles del inconsciente es Baltimore al amanecer". Segundo gran momento: Lacan habla de su próximo seminario sobre La lógica del fantasma y dice: "Estoy atrasado en todas las cosas que debo desarrollar antes de desaparecer yo mismo y me cuesta avanzar". ¡Siempre el tiempo!
Consciente del efecto que produce la palabra de Lacan en esta asamblea erudita, Wilden se apresura a socorrerlo. Nota que abordando su doctrina bajo el aspecto de la noción de desconocimiento, el orador ha sumido a sus oyentes en el desconocimiento. Pero enseguida agrega que los americanos deberían leer a Freud para comprender que Lacan no lo desconoce. Después de una interesante discusión en la que intervienen Goldmann y Poulet, Richard Macksey aborda a Lacan sobre su utilización de la lógica fregeana. Expresa que le molesta que el teorema de Gödel sea interpretado en La ciencia y la verdad como una simple limitación al poder del simbolismo. Luego agrega que una posición así corre el riesgo de conducir al conferenciante a la vía de un estructuralismo nominalista o conceptualista, puesto que, en vez de unir los números entre sí, tiende a plantear una equivalencia entre los números y las entidades. Lacan replica de inmediato que nunca negó el aspecto estructural de los números. En efecto: su relevo lógico se mantiene estructural, aunque se exponga al nominalismo o al logicismo. La pregunta de Macksey es pertinente, pero lamentablemente el debate no prosigue. Lacan nunca habrá tenido un auditorio tan interesado por las interrogaciones "verdaderas"...
El viaje estadounidense de 1966 no le permite, y con razón, tomarse el desquite de la IPA. Pero, paradójicamente, su discurso es mejor comprendido en Baltimore que en París en la medida en que los universitarios del coloquio, que no son ni psicoanalistas ni jóvenes lacanianos, son expertos en debates teóricos y no se dejan fascinar por el habla extraña de su invitado. Discuten y critican el contenido de una obra. Sin embargo, el malentendido persiste, ya que en suelo americano el lacanismo es considerado como una doctrina estructuralista típicamente francesa. Seguirá siéndolo por mucho tiempo en ciertas universidades y para algunas feministas sin recibir realmente el rótulo de un movimiento psicoanalítico cualquiera. Dicho de otra forma, el lacanismo no se implantará del otro lado del Atlántico con la categoría de una escuela o un relevo del freudismo. No hay Far West para el doctor Lacan: simplemente campus. Regreso a París...
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Pese a la presión ejercida por François Wahl desde junio de 1963, Lacan se hace rogar para aceptar reunir la totalidad de su obra escrita. Es cierto que quiere "fijar" su doctrina y hacerla existir para un público amplio, pero le hace ascos a lo que más tarde llamará la "poubellication". Noobstante, la calurosa insistencia de Wahl produce sus efectos y el éxito recogido por el libro de Ricoeur provoca la decisión final. Filósofo de formación, Wahl piensa que la enseñanza de Lacan ocupa el lugar de lo "real" para la nueva generación. En su opinión, el maestro debe actuar como el analista de la cultura
contemporánea. Cuando le pidió que reuniera sus textos, Lacan propuso a varios de sus discípulos para que efectuaran el trabajo. Pero no resultó nada.
Desde el final del invierno de 1966, Wahl se pone a trabajar con ahínco y toma un mes de licencia para leer, clasificar y puntuar de nuevo los textos. Cuando no enfiende el sentido de algunas frases, almuerza en casa de Calvet con el maestro que responde atodas sus preguntas y pule su estilo. Gigantesca empresa editorial, notable colaboración. Wahl no tarda en decidir la supresión del texto sobre la familia por no encontrarlo "lacaniano" y Lacan elige poner en primer lugar el Seminario sobre la carta robada. Wahl no está de acuerdo. Lacan insiste y no cede. Finalmente, el editor pide al autor que redacte una continuación a ese famoso seminario para explicar retroactivamente su función de apertura. Lacan escribe entonces "Paréntesis de los paréntesis", verdadera reformulación lógica de su exposición. A continuación pone un capítulo titulado "De nuestros antecedentes", en el que se representa a sí mismo la historia de su itinerario. Habla allí de la acogida que recibió su tesis entre los surrealistas, reivindica la enseñanza de Clérambault olvidando que había vacilado por Claude, y sitúa el lugar de L' Évolution Psychiatrique porque allí tuvo quien lo escuchara. No menciona el nombre de Henri Ey, pero le envía un ejemplar con dedicatoria: "A Renée, a Henri, a esa juventud que aún nos une." Naturalmente no menciona a Wallon ni a Kojève y se presenta como el inventor de la noción de estadio del espejo. Es el momento de la batalla antipsicologista y Lacan, tan celoso cuando se trata de su derecho a la primacía, evita evocar a un precursor cuyo nombre queda ligado al campo de la psicología y a un filósofo cuya enseñanza hegeliana está fuera de moda en esos años estructuralistas.
Además comenta sus Escritos en futuro perfecto y propone a sus lectores estudiar su doctrina como una totalidad cuya historia sería interna a sí misma. Por lo que respecta a la representación de su gran obra, sigue pues el sentido de su relevo lógico. Interpreta la historia pasada de sus textos a la luz de su doctrina actual, y les impone retroactivamente una concepción de la historia que las sobredeterminan: "Sucede -escribe‑ que a nuestros alumnos les sirve de señuelo en nuestros escritos encontrar,ya ahí aquello a lo que nuestra enseñanza nos llevó después. Pero, ¿no es suficiente que lo que está ahí no haya obstruido el camino?" Con esta ambigua frase, Lacan reivindica el señuelo del "ya ahí": una obra debe leerse a la luz de su ulterior devenir. En suma, la presentación de los Escritos incita al lector de 1966 a leer al Lacan de anteguerra a la luz del Discurso de Roma, y el del Discurso de Roma a la luz de La ciencia y la verdad. Esta concepción de la historia se adapta a la manera en la que trabaja Lacan, pero resultará desastrosa para el movimiento lacaniano, que basándose en ella, tendrá tendencia a olvidar los elementos que Lacan sacó de otros, leer a Freud sin separarlo jamás de Lacan, y por último imputar a ese mismo Freud una lectura anticipada de los Escritospor obra y gracia de una linterna mágica. Además, validará la entrada en escena en la historia del lacanismo de un impresionante rebuscamiento en el lenguaje: no entre los filósofos del círculo de epistemología cuyos trabajos se mantendrán originales, sino entre los psicoanalistas de las nuevas generaciones, demasiado ignorantes para seguir al maestro en la ciencia y demasiado fanáticos para evitar seguirlo. Mediante el rebuscamiento en la expresión, se privarán de su estilo, en el caso que lo tuvieran, no sólo para imitar la persona de Lacan, sino para fusionarse con el estilo de los Escritospor "retroacción" hacia el anonimato. En consecuencia, tendrán tendencia a complacerse en no firmar más sus textos o utilizar seudónimos.
Si bien en esta operación editorial Lacan es al principio secundado por Wahl, Miller toma la posta y se encarga de la redacción de un índice razonado. Se basa en la conferencia dictada en 1963 en la ENS y confirma la presentación en futuro perfecto que propone Lacan. Más que situar los conceptos en la historia de su aparición inaugural, y luego especificar sus transformaciones sucesivas, define el lugar estructural de cada uno de ellos en su relación con el conjunto. Procede así por retroacción a partir del último estado de la teoría y divide el corpus en cinco órdenes. Por último subraya que los textos más densos escapan al fraccionamiento, a la vez que expresa que esta organización del libro constituye su propia interpretación del lacanismo. Por lo demás, Miller lo invoca en nombre de una mejor comprensión de los Escritos: "Según el concepto que tenemos de estos Escritos, se gana estudiándolos como si se formaran en sistema a pesar de la elipsis del estilo necesario ‑según Lacan- para la formación de los analistas. Por nuestra parte, al no tener que preocuparnos de la eficacia de la teoría en ese campo, alentamos al lector adelantando que no tiene límite externo (es decir que no produzca el funcionamiento del pensamiento bajo el peso de su estructura) para la expansión de la formalización en el terreno del discurso, por el hecho de que no hay ningún lugar en el que su poder falte de lo que no pueda delimitar los alrededores, y reducir el agujero, cambiando de sintaxis. A riesgo de ver en otra parte formarse de nuevo su negativo. Recurrimos a Boole, Carnap y los estudios del Sr. Guéroult sobre Berkeley".
Esta interpretación de la doctrina corresponde a la visión lacaniana de 1966, aunque la radicaliza por la vía de esta formalización integral que Lacan había rechazado invocando el teorema de Gödel. Había rectificado la noción de sutura en el sentido de una menor formalización y Miller a su vez la reinterpreta en un juego de báscula en el que separa el campo de la formación clínica del campo del discurso.
Desde que aparecen los Escritos, en noviembre, Lacan recibe la consagración tanto tiempo esperada. Se convierte enseguida en uno de los grandes pensadores de la era estructuralista justo cuando acaba de iniciar su relevo lógico. El libro arranca bien y crea un "acontecimiento." El 30 de noviembre, Le Nouvel Observateur anuncia en un suelto que el editor está reimprimiendo "a toda velocidad las novecientas páginas de los Escritos de Lacan que cuestan cincuenta francos y de los que se vendieron cinco milejemplares incluso antes de que la prensa hubiera informado acerca de ellos." En realidad, la obra no constituye un best‑seller inmediato como Les Mots et les Choses. Y, durante cierto tiempo, se vende menos que la de Ricoeur. Pero, progresivamente, la curva se va invirtiendo. Treinta y seis mil seiscientos cuarenta y tres volúmenes serán comprados hasta 1984 y, desde 1970, la venta de ediciones de bolsillo batirá todas las marcas para una obra tan difícil. Noventa y cuatro mil ejemplares para el primer volumen y sesenta y cinco mil para el segundo. Lacan ha ganado pues su dura batalla por un reconocimiento bien merecido. En adelante será el "Freud francés" y no sólo un autor estructuralista. Al mismo tiempo, será más atacado aún. Pero sus Escritosserán citados por todos lados y su doctrina ampliamente comentada fuera del ambiente analítico. El silencio seguirá siendo la regla de oro del Instituto de Psicoanálisis puesto que en la RFP no se hará jamás un informe de los Escritosy hasta el nombre de Lacan estará proscrito de los textos publicados. Sin embargo, la nueva generación analítica formada fuera de las filas del lacanismo no tendrá ningún problema en hablar en voz alta. Volveremos sobre esto.
Naturalmente, Lacan es vivamente criticado en varios semanarios. En París, por ejemplo, Jacques Brosse escribe estas palabras: "El conjunto es ‑digámoslo enseguida- abrumador, por lo espinoso e impenetrable. Sin duda el Sr. Lacan quiere seleccionar a su público... Es de temer sobre todo que ante una oscuridad tan agresiva los intelectuales snobs que son de naturaleza masoquista conviertan a J. Lacan en un éxito sin haberío leído". En L' Express, Jean‑François Revel establece una separación entre la filosofía y el psicoanálisis: "Puede ser ‑escribe‑ que la filosofía de Lacan sea muy importante, pero me parece discutible que constituya un retorno a Freud o una prolongación de Freud". En cuanto a André Robinet, reedita para Les Nouvelles Littéraires los viejos sonsonetes del antifreudisino: "Cuando los editores de Lacan hayan publicado una traducción viva de sus reescritos (que fueron antaño legiblemente escritos), los recomendaremos a nuestros lectores para que a su vez se pongan a la escucha del lamentable Freud."
En La Quinzaíne fittiéraire, Didier Anzieu no se queda atrás. No vacila en tratar a Lacan de hereje y anunciar el naufragio de los capitanes destinados a ser grandes si no hubieran perdido el rumbo. Compara a su antiguo analista con Jung, Adler, Reich, Ranky Karen Horney, para defender una ortodoxia de laque ni él logradefinirel trazado. Por último dice que los textos de Lacan no son inéditos para luego tirar una piedra en el tejado de Miller, calificado de joven filósofo sin experiencia clínica. En una columna vecina, Charles Melman defiende a Lacan en un artículo dogmático. Decididamente, el maestro ha perdido a sus mejores discípulos y éstos no saben criticarlo como lo hacían antes en Roma o Bonneval.
En Les lettres françaises a la izquierda y le Figaro littéraire a la derecha Lacan es saludado en su justa medida por Piérre Daix y Gilles Lapouge respectivamente. En dos entrevistas notables por la claridad e inteligencia de los periodistas, Lacan se explica largamente sobre su concepción de la ciencia y el retorno a Freud. Evocando la famosa frase pronunciada por Jung, Lapouge no vacila en titular: "Jacques Lacan quiere que el psicoanálisis vuelva a ser la peste." En cuanto a Lacan, revoca en forma algo impertinente sus afinidades con el hegelianismo: "Quisiera afirmar desde el principio ‑dice a Daix‑ que todo lo que he escrito está enteramente determinado por la obra de Freud. He leído algunas otras por supuesto, pero de una forma que no se puede comparar: Hegel por ejemplo. ¿Cómo me leyeron a mí para llegar a creer que prestaba juramento de fidelidad a su sistema cuando para mí no era sino máquina de contrarrestar los delirios de la identificación".
Jean‑Paul Sartre se inquieta por el alboroto que forma la prensa en torno al estructuralismo. Así que a su vez responde a las preguntas de Bernard Pingaud en un número de L'Arc que es dedicado a él y que aparece unos días después de la entrevista de Lacan en el Figaro littéraire. Desordenadamente, reprocha a Foucault, Althusser y Lacan un rechazo concertado de la historia en nombre de la estructura, y una desestimación del hombre en nombre del descentramiento del sujeto. Los acusa a todos de tener al marxismo en la mira y construir la última barrera que la burguesía pueda construir contra el autor de El Capital. No está totalmente equivocado ya que en efecto estos tres autores, cada uno a su manera, acaban con el buen marxismo de antes, izquierdista o dogmático, que Sartre servirá valientemente hasta su muerte. Sin embargo no mete en la bolsa a los "verdaderos" especialistas de la estructura que a su juicio son Lévi‑Strauss, Benveniste y Saussure. Olvida a Dumézil y reconoce que Lacan es un lector fiel de Freud: "Arrinconado entre el ello y el superyo ‑dice‑ el sujeto del psicoanalista está un poco como de Gaulle entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. El Ego no tiene existencia en sí, está construido y su papel es puramente pasivo".
A la prensa se le presenta una buena ocasión de oponer a dos "jefes carismáticos". Le Figaro líttéraire se apresura pues en dar vuelta el asunto anunciando en la primera página, con un título rimbombante "Lacan juzga a Sartre". En una nueva entrevista, Lacan recalca lo absurdo de esas palabras. A Sartre le contesta sobre la historia, y a la prensa en general sobre el lugar que se le hace ocupar: "Me cuesta creer que la operación está destinada a dar de nuevo actualidad a Sartre. En efecto, Sartre sigue siendo el representante más popular del pensamiento francés. Pero de ahí a plantear que lo que no es sartriano se define primero por el hecho de no ser sartriano hay una diferencia [...]. Querrían que yo fuera una especie de sucesor de Sartre. Déjeme decirle que es esa una graciosa idea de lo que puede interesarme. Sartre tuvo una función muy precisa que se puede ubicar, pero que no tiene ninguna relación con los trabajos que yo realizo. Sartre es más joven que yo y he seguido con mucha simpatía e interés su ascenso. No me sitúo en absoluto en relación a él. De paso, Lacan recusa la amalgama que hizo la prensa entre los "capitanes" del estructuralismo y luego, por única vez en su vida, rinde un pequeño homenaje al trabajo de Althusser: "Lévi‑Strauss a quien conozco bien no se interesa tanto en el psicoanálisis. He encontrado a Althusser muy despierto por lo que respecta a mis trabajos y muy despertador en torno a él. Creo que puede considerarse definitivo el recorte que hace del pensamiento de Marx. Pero ¿quién va a creer que nos poníamos de acuerdo? En cuanto a Foucault, sigue lo que hago y me gustan sus trabajos, pero no veo que le interese mucho la posición de Freud. Entonces, entre estas cuatro personas, ¿qué vínculo existe?".
En el momento en que Lacan saborea su consagración, su hija Judith se casa con Jacques‑Alain Miller. Por este casamiento, la historia del movimiento lacaniano pasa a ser también un asunto de familia. [...]
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Con-versiones, Octubre 2007
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