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El mito individual del neurótico [*]
J.
Lacan
(selección)
Hablaré de un
tema que hay que considerar, en efecto, nuevo, y que en tanto tal
es difícil. La dificultad no es, en forma alguna, intrínseca a la
exposición. Se debe a que se trata de algo de cierta manera nuevo
que me ha permitido percibir a la vez mi experiencia analítica y
durante una enseñanza llamada de seminario constituyó una tentativa
por renovar o solamente profundizar la enseñanza teórica de aquello
que puede plantearse como la realidad fundamental del análisis.
Para algunos de ustedes el extraer esta parte nueva y original y
hacer que capten su alcance más allá de esta enseñanza y experiencia
puede resultar algo que comporte dificultades muy particulares en
su exposición.
Pido por
lo tanto disculpas de antemano por si existiese alguna dificultad
en la comprensión, al menos al principio. El psicoanálisis
—he de decirlo y recordarlo como preámbulo— es una disciplina, la
cual dentro del conjunto de las ciencias aparece con una posición
verdaderamente particular. Frecuentemente se dice que el psicoanálisis
no es propiamente una ciencia,
lo que parecería indicar por oposición que se podría decir que es
un arte. No se puede afirmar tal cosa si por arte se entiende
simplemente una técnica, un método operacional, praxis, u otra
cosa de este orden.
Creo que
el término arte debe emplearse aquí con el sentido que tenía en
la Edad Media, cuando se hablaba de las artes liberales.
Ustedes conocen la serie que desde la astronomía, pasando por la
aritmética y la música, se dirige a la dialéctica, la gramática,
la geometría. Nos es difícil hoy en día entender la función de ese
arte y su alcance en la vida y el pensamiento de los maestros medievales.
Lo que
carácteriza a esas artes, y las distingue de las ciencias surgidas
en última instancia de las artes liberales, es la permanencia en
primer plano de algo que puede denominarse su relación esencial,
básica, con la medida del hombre. Creo
que tal vez el psicoanálisis es
actualmente la única disciplina comparable con aquellas artes liberales,
debido a esa relación interna que no se agota jamás, que es cíclica,
cerrada sobre sí misma: la relación de la medida del hombre consigo
mismo, y muy especialmente, y por excelencia, el uso del lenguaje,
el uso de la palabra. [1]
Esto hace que
la experiencia analítica no se agote
en ninguna relación, que decisiva y definitivamente no
sea objetivable, dado que en definitiva la propia relación analítica
implica siempre en su seno la constitución de una verdad, que en cierta forma no puede ser dicha, puesto
que la palabra es la que la constituye y dice y habría entonces
que decir la palabra misma, y esto, propiamente hablando, no puede
ser dicho en tanto que palabra. [2]
Es cierto, por
otro lado, que vemos emerger del psicoanálisis una serie de técnicas
que tienden, basadas en esa experiencia, a objetivar una
serie de posibilidades de acción, de medios de actuar sobre
el objeto humano; pero sólo se trata de ciencias en cierta
forma siempre derivadas de ese arte fundamental constituido por
la relación intersubjetiva del mismo análisis, relación que
—como he dicho— no puede agotarse puesto que se encuentra en el
mismo centro de lo que nos hace hombres en nuestra relación con
otro hombre. [3]
Se trata de
algo que intentaremos expresar en una fórmula esencial que muestra
como en el seno de la experiencia analítica se encuentra
algo que hablando con propiedad, se denomina, mito.
El mito
es precisamente lo que puede ser definido como otorgando una fórmula
discursiva a esa cosa que no puede transmitirse al definir a la
verdad, ya que la definición de
la verdad sólo se apoya sobre
sí misma, y la palabra progresa por sí misma, y es en el dominio de la verdad,
donde ella se constituye.
No puede ser apresada
ni apresar ese movimiento de acceso a la verdad
como una verdad objetiva, sólo puede expresarla en forma
mítica, y es exactamente en ese sentido que se puede decir
que, hasta cierto punto, aquello en lo que se concretiza la palabra
intersubjetiva fundamental, tal como se manifiesta en la doctrina
analítica, el complejo de Edipo, retiene en el interior mismo de
la teoría analítica un valor de mito.
Me referiré
hoy a una serie de hechos experimentales que intentaré ejemplificar
a propósito de una cosa básicamente conocida por todos aquellos
que, de más cerca o de más lejos, están iniciados en el análisis:
la existencia de un cierto número de formaciones que comprobamos
espontáneamente en lo vivido, en la experiencia, en
los sujetos neuróticos, quienes necesitan aportar a ese mito
edípico, en tanto que está en el centro de la experiencia analítica,
ciertos cambios de estructura correlativos
a los progresos en la comprensión de esa experiencia, y de alguna
manera lo que nos permite en un segundo momento comprender como
toda la teoría analítica se extiende en el interior de la distancia
que separa el conflicto fundamental que, a través de la rivalidad
con el padre, vincula al sujeto a un valor simbólico fundamental.
Ella
—lo veremos— está siempre en función de cierta degradación concreta,
vinculada quizá a condiciones y circunstancias sociales específicas;
experiencia de la imagen y la figura del padre tendida entre
esa imagen del padre y otra imagen, que la experiencia analítica
nos permite considerar cada vez mejor.
Ella permite
así calcular las incidencias en el propio analista en tanto
que, bajo una forma seguramente velada, enmascarada, casi renegada
por la teoría analítica, alcanza de
cualquier manera y en forma casi clandestina en la relación simbólica
con el sujeto, la situación de ese personaje, borrado por la declinación
de nuestra historia y que es en definitiva el amo, el maestro moral,
el que inicia en la dimensión de las relaciones humanas fundamentales
a quien está en la ignorancia, lo que puede ser llamado acceso a
la conciencia, a la sabiduría incluso, en la toma de posesión de
la condición humana.
Les recuerdo
entonces que si confiamos en una definición del mito
en tanto representación objetivada de un epos,
para decirlo todo, de un gesto que expresa de manera imaginaria
las relaciones fundamentales carácterísticas de ser del ser humano
en una época determinada, se puede decir con precisión de la misma
manera que el mito se manifiesta a nivel social, latente o patente, virtual
o realizado, pleno o vacío de su sentido y reducido a la idea de
una mitología.
Nosotros
podemos encontrar en la propia vivencia del neurótico todo
tipo de manifestaciones que propiamente hablando forman parte de
ese esquema, y en las que se puede decir que se trata de un mito.
[...]
En eso consiste
la originalidad que salta a la vista de todo lector atento. Se puede
decir que la constelación original de la cual emergió el desarrollo
de la personalidad del El Hombre de las Ratas —hablo de constelación
en el sentido en que los astrólogos utilizan el término—, eso de
lo cual dependió su nacimiento
y su destino, su prehistoria
incluso, a saber, las relaciones familiares fundamentales que presidieron
la unión de sus padres, lo que los condujo a esa unión, es algo
que refiere a una relación a la que se puede tal vez definir con
la fórmula de una cierta transformación mítica, para hablar con propiedad,
una relación muy exacta con algo que aparece como lo más contingente,
lo más fantástico, lo más paradójicamente mórbido: el último estado
de desarrollo de lo que en esta observación se llama la gran aprensión
obsesiva del sujeto, es decir, el escenario al que llega,
escenario imaginario y
que debe resolver para él la angustia provocada por el desencadenamiento
de la gran crisis.
Me explico.
¿Por qué la constelación familiar, la constelación
original del sujeto, se constuyó en lo que se puede denominar
la leyenda de la tradición familiar?
Por el relato de cierto número de rasgos que tipifican o
especifican la unión de los padres, de los progenitores.
Son las siguientes:
en primer lugar el hecho de que el padre, que ha sido suboficial
en el inicio de su carrera, y que ha continuado siendo un personaje
muy suboficial con lo que ello comporta en lo concerniente a la
autoridad, pero algo irrisorio, una cierta desvalorización acompaña
permanentemente al sujeto en la estima de sus contemporáneos, una
mezcla de desafío y estalido, con lo que compone una especie de
personaje convencional que se reencuentra a lo largo de la descripción
del hombre simpático en las declaraciones del sujeto, ese padre
está luego del casamiento en la siguiente posición: ha hecho lo
que se llama un casamiento ventajoso. En efecto, es su mujer quien
ha aportado, por pertenecer a un medio social más elevado en la
jerarquía burguesa, los medios para vivir y a la vez la propia situación
misma con la que él se beneficia en el momento de tener el hijo.
El prestigio,
entonces, está del lado de la madre. Y ese estilo de broma muy familiar
entre esos personajes que en principio se entienden bien, y que
parecen vinculados además por un afecto real, es una suerte de juego
a menudo repetido, un diálogo entre esposos donde la mujer, divertido
y en broma, alude a la existencia, previo al matrimonio, de una
inclinación del marido por una muchacha pobre pero linda. El marido
contesta, en cada ocasión, que es algo tan fugitivo como distante
y olvidado.
Pero ese
juego, cuya repetición
posee tal vez cierto artificio, ciertamente impresiona profundamente
al joven sujeto que posteriormente se convertirá en nuestro paciente.
Existe
también otro elemento del mito familiar que no carece de importancia. El
padre ha tenido, en el transcurso de su carrera militar, lo que
en términos púdicos podrían llamarse dificultades, pero dificultades
bastante serias. Lo que ha hecho, nada menos, ha sido dilapidar
los fondos que debía cuidar como obligación de sus funciones, los
fondos del regimiento, los ha dilapidado debido a su pasión por
el juego, y su honor pudo salvarse, incluso su vida, por lo menos
en el sentido de su carrera y de la figuración social, gracias a
la intervención de un amigo que le prestó la suma que se debía devolver,
figura del amigo salvador en este episodio del que siempre se habla
como de algo verdaderamente importante y significativo en el pasado
del padre.
Así se
presenta, para el joven sujeto, la constelación familiar. Desde luego, todo esto
aparece poco a poco durante el transcurso del análisis. Y naturalmente,
no es recordado por el paciente ni referido a lo que sucede en el
momento. Se requiere todo la intuición de Freud, y habría
que recordar en su momento lo que ha dicho para comprender como
se encuentran allí elementos absolutamente
básicos en el desencadenamiento de la neurosis obsesiva. El
conflicto entre mujer rica y mujer pobre se reproduce muy exactamente
en la vida del paciente. Precisamente, cuando su padre lo presiona
a que se case con una mujer rica, se desencadena no solamente la
crisis actual sino la neurosis. Y al referirse a este hecho el paciente
agrega al mismo tiempo: "Lo que le cuento no tiene relación
con lo que después me sucedió". Freud entonces inmediatamente,
percibe la conexión.
Pero lo
que resulta significativo, lo que se observa en un vuelo panorámico,
es la estricta correspondencia entre esos elementos iniciales,
originales y fundamentales para el sujeto, y el desarrollo
ulterior de la obsesión fantasmática, esa obsesión engendrada por
elementos emotivos, según el modo del pensamiento propio del obsesivo
y toda suerte de temores obsesivos.
[...]
En
verdad, como sucede siempre en la vivencia real de los neuróticos, la realidad
imperativa de lo real pasa muy por delante de todo lo
que la atormenta infinitamente, incluso en el tren que lo lleva
efectivamente en la dirección contraria a la que debería ir para
cumplir con la ceremonia expiatoria frente a la dama del correo;
se dirige hacia Viena pensando en cada estación que aún puede descender,
cumplir todo el rito. Pero
no hace nada de eso; una vez iniciada la cura con Freud,
se limita simplemente a enviar un mandato a la encargada del correo.
Por consiguiente,
ese argumento fantasmático
aparece como un pequeño drama;
por lo demás, él es exactamente lo que se denomina la manifestación
del mito individual del neurótico,
en tanto expresa sin duda en una forma cerrada al sujeto pero no
totalmente cerrada, lejos de serlo, al que lo observa y lo ayuda
a liberarse en esa ocasión, algo que refleja exactamente, aunque
resulte evidente que la relación no se ha elucidado totalmente en
la forma puramente fáctica con que expuse la relación inicial,
inaugural entre el padre, la madre y el personaje más o menos borrado
en el pasado del amigo.
Esta
constelación adquiere su valor debido a la aprehensión
subjetiva que de ella tiene el personaje interesado. Trataremos
de ver, a través del mito
mismo, a qué responde esto y lo que hay que pensar al respecto.
Subrayo
que lo que otorga carácter mítico a ese pequeño
argumento fantasmático no resulta simple debido a que
manifieste una especie de ceremonia significativa y que reproduzca
más o menos exactamente relaciones que, en relación a su contenido
presente son secretas, ocultas, pero también que modifica esas relaciones
en el sentido de determinada tendencia.
Puede
decirse que en el origen existía algo que podía definirse como una
deuda del padre con el amigo: por lo demás, he olvidado decirles
que el padre nunca volvió a encontrar a este amigo, esto permanece
en el misterio en toda la historia original del sujeto, y nunca
pudo pagar su deuda. Por otra parte, existe algo que puede llamarse,
en la historia del padre, sustitución de la mujer rica por la mujer
pobre en el amor del padre. Y, dentro de la fantasía desarrollada
por el sujeto, vemos algo muy singular, una especie de intercambio
de los términos terminales de cada una de esas relaciones funcionales.
Vemos que para que la deuda sea pagada, no es cuestión de pagársela
al amigo, hay que pagarla a la mujer pobre, y la profundización
de los hechos fundamentales en la crisis obsesiva ha revelado que
lo que constituye verdaderamente el objeto del deseo tantálico del
sujeto de volver al lugar donde está la dama del correo no es para
nada esa dama sino un personaje que en la historia reciente encarna
el personaje de la mujer pobre.
[...]
Todo sucede como si
las impasses propias de la situación original que en alguna parte
no se resuelve, se desplazaran hacia otro lugar de la red mítica,
reproduciéndose siempre en algún punto. Para comprender bien, es preciso señalar esto. Si en la situación original
así descrita, aparece una especie de deuda doble, de frustración,
por una parte, del personaje que se ha borrado, y hasta una especie
de castración del padre, y, por otra parte el elemento de deuda
social nunca resulto implicado en la relación con el personaje del
plano de fondo del amigo, algo que en síntesis es muy diferente
de la relación triangular considerada típicamente como el origen
del desenvolvimiento y del desarrollo neurotizante propiamente dicho.
Vemos
una especie de ambigüedad, de diplopía, una situación que hace que
el elemento de la deuda se sitúe en
alguna medida en dos planos a la vez, y justamente en la imposibilidad
de unir ambos planos se desarrollará todo el drama
del neurótico, como si fuera que al tratar de hacerlos coincidir
uno con otro se produjese una especie de operación
inestable, nunca satisfactoria, que no llegara jamás a anudarse
en un ciclo.
Es lo que sucede
en lo que sigue. ¿Qué ocurre cuando El Hombre de las Ratas se confía
a Freud, al amigo que es Freud, pues sustituye muy directamente
en las relaciones afectivas del sujeto a un amigo que cumplía ese
papel de guía, de consejero, de protector, tutor, tranquilizante?
El sujeto ya tenía en su vida alguien que cumplía esa misión amistosa
a quien confiaba sus obsesiones, sus angustias y que le decía: "Tú
nunca causaste el mal que crees haber hecho, no eres culpable, no
te preocupes"; pero encontrará a Freud y le hará
ocupar el lugar de ese amigo. Y entonces, surgen rápidamente fantasías
agresivas, que de ninguna manera se vinculan solamente con la sustitución
de Freud, así como la propia interpretación de Freud tiende
constantemente a considerarla como sustitución del padre, sino que
más bien se vincula con el hecho de que, así como en la fantasía,
se lleva a cabo una sustitución del amigo por la mujer rica.
Muy pronto,
en efecto, el sujeto, en esa suerte de breve delirio que constituye,
al menos en los sujetos profundamente neuróticos una verdadera fase
pasional dentro de la misma experiencia analítica, comienza
a imaginar que Freud desea nada menos que otorgarle su propia
hija, que él se imagina fantasmáticamente poseedora de todos los
bienes de la tierra con que sueña. Y se lo representa en la forma
muy especial y carácterística de un personaje con anteojos de bosta.
Tiene lugar la sustitución del personaje de Freud por alguien a
la vez protector y maléfico, ambigüo, en una relación por otra parte
narcisista con el sujeto, marcado por los anteojos. Es impactante.
El mito y la fantasía se unen.
La
experiencia pasional, relaciónada
con la vivencia real y actual, en el vínculo con el analista, señala
el pasaje, el trampolín hacia la resolución de cierto número de
problemas a través de esas identificaciones.
[...]
Hay
incluso ciertos detalles que han adquirido el valor, si puede decirse,
de inexactitud; pues como lo indica el título Dichtung und Wahrheit,
Goethe tuvo neta conciencia de que tenía derecho y sin duda
no tenía el poder de hacer lo contrario —de armonizar, de organizar
sus recuerdos, con toda clase de ficciones
que para él colman lagunas, pero cuya inexactitud ha demostrado
el ardor de aquellos de quienes dije hace un momento seguían la
pista de los grandes hombres, y que son tanto más reveladores de
lo que puede llamarse las intenciones reales de toda la escena.
Goethe nos informa, por ejemplo, que apareció
con el aspecto de un mozo de posada, pero esta vez no solamente
disfrazado sino también maquillado, diviertiéndose mucho con el
quid pro quo que resultó. Pero he aquí que se presentó además con
una torta de bautismo. Ahora bien, los Goeethesffforscher han demostrado
que seis meses antes y seis meses después del episodio de Federica
no hubo ningún bautismo. La torta de bautismo, homenaje tradicional
al Pastor, no puede ser otra cosa que una fantasía goetheana. Para
nosotros, la torta de bautismo adquiere evidentemente todo su valor
significativo por la función paternal que implica, y el hecho de
que justamente en sus recuerdos Goethe se describa como no
siendo el padre, sino expresamente que el que aporta algo, que tiene
una relación externa a la ceremonia; se convierte él mismo en el
suboficiante, pero no en el héroe principal.
De manera
que toda esta ceremonia de sustracción aparece en verdad no sólo
como un juego, sino mucho más profundamente como precaución, y se
sitúa en el registro de lo que yo llamaba hace un momento el desdoblamiento de la propia función personal del sujeto
en relación con él mismo en las manifestaciones míticas del neurótico.
Goethe actúa así debido a que en ese momento
tiene miedo, como lo manifestará luego, pues esa relación irá declinando.
Y parece que,
lejos de que el desencanto, el desembrujamiento de la maldición
original se haya producido, después de que Goethe osó franquear
la barrera, muy por el contrario, en todas las clases de formas
sustitutivas, y la noción de sustitución está incluso indicada en
el texto de Goethe, han sido siempre crecientes los temores de la
realización de esta unión, y de este amor, y que todas las formas
racionalizadas que pueden darse a ello para preservar el destino
sagrado del poeta, incluso la diferencia de nivel social que vagamente
podía obstaculizar la unión de Goethe con esa joven encantadora,
todo ello no deja de ser, en apariencia, la superficie de la corriente
infinitamente más profunda que es la de la huida, de la ocultación
ante el objeto, el fin deseado, en la que también vemos reproducirse
esa equivalencia de la que les hablaba hace un instante, desdoblamiento del sujeto, alienación en relación
con sí mismo a la cual provee una especie de sustituto sobre el
cual deben dirigirse todas las amenazas mortales, o muy por el contrario,
cuando reintegra en alguna medida en sí mismo ese personaje sustituto,
imposibilidad de alcanzar el fin.
No quiero
insistir. Existe también una hermana que secundariamente completa
el carácter estructural y mítico de
toda la situación. Federica tiene un doble, una hermana
llamada Olivia. Aquí sólo puedo referir el tema general de la aventura.
Pero si retoman el texto de Goethe, verán que lo que puede parecer
aquí en una rápida exposición, una construcción, se confirma por
toda clase de detalles extraordinariamente manifiestos y notables,
incluyendo las analogías literarias, que da Goethe con la historia
bien conocida del vicario de Wakefield, que representa también en
el plano fantasmático una especie de equivalencia y transposición
de toda la aventura con Federica Brion.
¿De qué se trata
pues en este mito cuaternario,
si puede decirse así, que reencontramos tan profundamente en el
carácter de las impasses,
de las insolubilidades
de la situación vital de los neuróticos?
He aquí
algo que para nosotros se lleva a cabo como la prohibición del padre
y el deseo incestuoso por la madre con todo lo que pueda comportar
como efecto de barrera, de prohibido, e igualmente esas diversas
proliferaciones más o menos exuberantes de síntomas en torno a la
relación fundamental llamada edípica.
Pues bien,
creo que esto debería llevarnos a
una discusión esencial de lo que representa la economía de la teoría
antropológica general que se desprende de la doctrina analítica,
tal como fuera enseñado hasta ahora, es decir a una crítica
de todo el esquema del Edipo. Es cierto que esta noche no puedo
ocuparme de esto. Pero debo señalar que la solución del problema,
y si ustedes prefieren ese cuarto elemento en juego, manifiesta
una estructura vivida muy diferente de la experiencia que en el
análisis se vincula con ello.
Efectivamente,
si planteamos que la situación más normativizante de lo vivido
efectivo original del sujeto moderno, en la forma reducida que
es la estructura familiar, la forma de la familia conyugal,
se vincula con el hecho de que el
padre es el representante, la encarnación de una función simbólica
esencial, que concentra en sí lo que hay de más esencial y dinámico
en otras estructuras culturales, a saber, en lo que corresponde
al padre de la familia conyugal, los goces, diremos pacíficos,
pero yo digo simbólicos,
culturalmente determinados, estructurados y basados en el amor por
la madre, es decir el polo que representa el factor cultural, al
cual el sujeto está ligado por un vínculo indiscutiblemente natural;
ahora bien, digo que esta asunción
de la función del padre supone una relación simbólica simple, en
la cual en alguna medida lo simbólico recubrirá totalmente lo real.
El
padre no sólo sería el nombre del padre, sino realmente un padre
que asume y representa
en toda su plenitud esta función simbólica, encarnada, cristalizada
en la función del padre. Pero resulta claro que ese recubrimiento de lo simbólico y lo real es completamente
inasible, y que al menos en una estructura social similar
a la nuestra el padre es siempre en algún aspecto un padre discordante
en relación con su función, un padre carente, un padre humillado
como diría Claudel, existiendo siempre una discordancia extremadamente neta entre
lo percibido por el sujeto a nivel de lo real y esta función simbólica. En esa desviación reside ese algo que hace que el
complejo de Edipo tenga su valor, de ningún modo normativizante,
sino generalmente patógeno.
Pero ello no
quiere decir que hayamos avanzado mucho. El próximo paso, el que
nos hace comprender aquello de que se trata en esta estructura
cuaternaria, constituye el segundo gran descubrimiento del análisis,
no menos importante que la manifestación de la función simbólica
del edipismo en la formación del sujeto: la relación narcisista, relación fundamental en todo
el desarrollo imaginario del ser humano, relación narcisista con
el semejante en tanto se vincula con lo que puede denominarse la
primera experiencia implícita de la muerte.
Una de las experiencias más fundamentales, más constitutivas
para el sujeto es la de esa cosa extraña a él mismo en su
interior que se llama yo.
El sujeto
se ve primero en otro más terminado, más perfecto que él y que incluso
ve su propia imagen en el espejo en una época en que la experiencia
prueba que es capaz de percibirla como una totalidad, como un todo,
mientras que él mismo se halla en la confusión original de todas
las funciones motrices y afectivas, la de los seis primeros meses
después del nacimiento.
El sujeto
tiene siempre, con respecto a sí mismo, esta relación, por una parte,
anticipada de su propia realización, lo que lo excluye de sí mismo,
por una dialéctica de dos cuya estructura es perfectamente concebible,
que lo rechaza en el plano de una insuficiencia, de una profunda
grieta, de un desgarramiento original, de una derelicción, para
usar un término heideggeriano, enteramente constitutivos de su condición
humana, a través de lo cual su vida se integra en la dialéctica;
y muy específicamente lo que se manifiesta en todas las relaciones
imaginarias a través de las cuales existe, positivamente
una especie de experiencia original
de la muerte que, sin duda, es constitutiva de todas
las formas, de todas las manifestaciones de la condición humana,
pero más especialmente manifiesta en la conducta, en la vivencia,
en la fantasía del neurótico.
Es pues en la
medida en que el padre imaginario y
el padre simbólico pueden
por lo general y fundamentalmente estar separados, y no sólo por
la razón estructural, que estoy explicando, sino también de manera
histórica, contingente, particular, del sujeto.
En el
caso de los neuróticos, en la forma más clara, es muy frecuente
que el personaje del padre, por algún episodio de la vida
real, sea un personaje desdoblado, ya sea porque el padre murió
tempranamente, o por que un padrastro lo reemplazó y con el cual
el sujeto se encuentra en relación mucho más fraternal, en el sentido
en que ella se desarrollará en el plano de esa virilidad celosa
que constituye la dimensión de la relación agresiva en la relación
narcisista, o bien, tratándose del personaje de la madre, que las
circunstancias de la vida permitan el ingreso en el grupo familiar
de otra madre, o bien porque la intervención del personaje fraterno
introduzca realmente a la vez de manera simbólica esa relación
mortal de la que he hablado y al mismo tiempo la encarne
en la historia del sujeto en una forma que le suministra
un soporte histórico totalmente real, para culminar en el cuarteto
mítico. Y muy frecuentemente, como he señalado en El
Hombre de las Ratas, en la forma de ese amigo desconocido y nunca
vuelto a encontrar que desempeña un papel tan esencial en la leyenda
familiar; el cuarteto se reencuentra efectivamente encarnado y reintegrable
en la historia del sujeto.
Desconocerlo
y desconocer su importancia es evidentemente desconocer por completo
el elemento dinámico más importante en el tratamiento mismo. Pero
estamos aquí para destacarlo. ¿Cuál es pues ese cuarto elemento que
interviene en el edificio en su carácter de formador?
Pues bien, ese cuarto
elemento es la muerte, la muerte en tanto es además totalmente inconcebible
como elemento mediador. Antes de que la teoría freudiana
pusiera el acento definitivo con la existencia del padre, sobre
una función que es, podría decirse, a la vez función de la palabra
y función del amor, la metafísica hegeliana no vaciló en
construir toda la fenomenología de las relaciones humanas en torno
a la mediación mortal,
y ella es perfectamente concebible como el tercero esencial del
progreso por el cual el hombre se humaniza en una determinada relación
con su semejante.
E incluso puede
decirse que la teoría del narcisismo tal como la he expuesto
hace un instante esclarece ciertos hechos que de otro modo pueden
permanecer enigmáticos en la teoría hegeliana, porque después de
todo para que esa dialéctica de la lucha a muerte, la lucha
de puro prestigio, pueda iniciarse, se requiere asimismo que la
muerte no sea realizada pues
en caso contrario toda la dialéctica se detendría por falta de combatientes,
y por lo mismo es preciso que, en cierto modo, la muerte sea imaginada.
En la relación narcisista, en efecto, se trata justamente de
la muerte imaginaria e imaginada.
Se
trata también de la muerte imaginaria e imaginada, en tanto se introduce
en la dialéctica del drama edípico en la formación del
neurótico, y tal vez después de todo puede decirse, hasta cierto
punto, que se introduce en algo que supera en mucho la formación
del neurótico, algo que sería nada menos que una
actitud existencial, tal vez más carácteristica, específica
del hombre moderno.
Seguramente,
no habría que insistir mucho para hacerme decir que ese algo que
constituye la mediación en la experiencia analítica real, pertenece
al orden de la palabra y el símbolo,
y se llama en otro lenguaje, acto de fe. Pero seguramente, desde
el punto de vista teórico, no es lo que exige el análisis, ni tampoco
lo que implica, y yo diría que se relacióna más bien con el registro
de la última palabra pronunciada por Goethe, a quien no en
vano lo he puesto esta noche como ejemplo, ese Goethe de quien pude
decirse que por su obra, su inspiración, su presencia vivida, evidentemente
ha impregnado de manera extraordinaria todo el pensamiento freudiano.
Freud ha confesado —pero esto es poco
al lado de la influencia del pensamiento de Goethe sobre la obra
de Freud— que la lectura de los poemas de Goethe lo lanzó, lo decidió
a estudiar medicina, y al mismo tiempo decidió su destino.
Y es en
fin una frase de Goethe, la última, la que para mí constituye la
clave y el resorte de nuestra búsqueda, de nuestra experiencia analítica.
Son palabras muy conocidas pronunciadas antes de sumergirse con
los ojos abiertos en el negro abismo: "Luz, más luz".
"Mehr Licht".
[*]
Las versiones, siempre las versiones. Hay quienes las aceptan y pueden
vincularse con ellas dejándolas seguir en su movimiento y hay quienes
quieren hacer canon, hacer dogma de la letra y las establecen. Las
establecen (o pretenden hacerlo) y no pueden soportar su movimiento;
en ello nuevamente se "establece" lo mortal de lo imaginario
bajo la forma de la imagen que "debe" ser la presentable
del texto: "He aquí el verdadero", se dirá con el dedo,
preferentemente el índice de la mano derecha, levantado y amenazante
en dirección al texto. Vana inutilidad (sí, inutilidad), lo que
sigue -si se comenzó por aquí, será lo que sigue- dícese que fue
pronunciado en un Colegio de Filosofía y de este texto, también
se agrega, que fue difundido sin su aprobación y sin su corrección
por el autor, el susodicho Jacques Lacan, no nos detendremos en
esto, los Evangelios fueron escritos entre treinta y cien años después
del nacimiento o muerte de Cristo, es similar; la tradición nos
dice que alguien llamado J.L. pronunció estas palabras u otras.
Estas llevan la impronta del soporte digital que es más apropiado
a nuestros (¿nuestros?) tiempos y proviene de otras fuentes que
han sido cotejadas con la que se pretende canónica, para poder percibir
como se pone en acto la pulsión biblioclasta -mutilación, alteración
y destrucción parcial o total de los libros, textos (según G. Hadad
o M. Foucault, ver Los Bibliocastas del primero, o El lenguaje al
infinito, del segundo)-. ¡Ah! el año en cual se cuenta que fue pronunciada
la Conferencia fue en el de 1953. Nada más.
Comentarios [S.R.]:
[1]
¿Qué
referencia debemos hacer con "la medida del hombre"? Como
acostumbraba, J.L. no muestra todas sus cartas, ¿virtud analítica?
¿estrategia? ¿política? Inútil decidir sin más información, quizás
mero capricho. Lo que sí nos interesa destacar es que esa disimulación
o desarreglo de las pistas o referencias, nos permite plantearlo
a nosotros, sea cierto o no tendrá su asidero o su efecto; o no.
Recurrimos a la tradición y más especificamente a la tradición filosófica
para retomar una vieja frase del sofista Protágoras retomada luego
por Platón y Aristóteles:
"También Protágoras sostiene que el hombre es la medida de
todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no
son en cuanto que no son..." (Sexto Empírico, Hipótesis Pirrónicas,
L. I, 126).
Nuestro recurso para dirigirnos hacia tal tradición es la formación
clásica de J.L. en filosofía y además elegimos un texto tardío
(el de Sexto Empírico) porque la mayoría de las citas anteriores
contienen la interpretación del autor que cita a Protágoras, por
eso quisimos exponer la cita en su literalidad sin otros aditamentos.
La línea expositiva del texto nos lleva de las artes liberales de
la Edad Media a las ciencias y al psicoanálisis junto con "la
medida del hombre". A este problema o tema se lo conoce como
"el homo mensura" o "el hombre medida".
Consideramos que la respuesta, o solución, o planteo de J.L. a esta
cuestión es la de poner en relación "la medida" con el
lenguaje, y entonces la frase de Protágoras podría leerse así: el
lenguaje es la medida de todas las cosas del hombre, de las que
son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son.
La participación del lenguaje en la creación de las "medidas",
está basada en la creación de los nombres y en el interjuego de
los símbolos en los escenarios del mundo o en las distintas superficies
de inscripción. No iremos más allá de aquí.
Una distinta perspectiva hemos planteado en "Materia carne,
asunto: cuerpo" donde seguimos la "imagen del cuerpo"
como concepto guía y formador de "la medida del hombre";
allí se trata de la medida del hombre como la medida de cualquier
hombre que se ubique como tal en el mundo humano. "Cualquier
hombre" dice de la ausencia de una singularidad específica
que destaca a éste hombre de aquél.
[2]
Una
palabra que no puede ser dicha en tanto que palabra. Una palabra
que no puede ser dicha a otro, como cualquier palabra que se dirige
al otro en su emisión fónica, en su pronunciación; que se dirija
al otro no quiere decir que llegará, que llegará a destino, pero
bueno, se trata de intentarlo.
¿A qué podemos llamar una palabra que no puede ser dicha? ¿De qué
palabra se trata? Acerquémonos a esa palabra y digamos que estamos
en la cercanía de una palabra impronunciable. Esta será una forma
o una de las formas en que tendremos la sensación de situarnos en
relación a lo verdadero; cuando nos acerquemos a las palabras impronunciables.
Una verdad que no puede ser dicha, una verdad que no puede "ponerse"
en palabras (es la única forma de la verdad (?) será (por ahora)
impronunciable. Eso que no puede decirse constituirá a la relación
psicoanalítica.
Retengamos también que se trata de "relación" y no de
psicoanálisis teórico, o de teoría meramente. La relación nos lleva
a considerar palabras concretamente pronunciadas entre individuos.
[3]
Si
bien años después J.L. desdeñará el concepto de "relación intersubjetiva",
no nos olvidemos que la introducción del gran Otro se realiza en
el Seminario II, falta aún tiempo para eso ocurra; es lo que desplazará
a la "relación intersubjetiva" desde su simetría supuesta
hacia la disimetría de la relación con el Otro, pero también sigue
vigente la relación imaginaria y simbólica con el otro en sus aristas
de la "palabra vacía" y la "palabra plena",
no nos adentraremos en las consideraciones de los nudos pues estamos
muy lejos de ellos. Ahora bien, una es la cuestión de la palabra
y sus dimensiones en el análisis y otra es la cuestión fuera de
ella. A veces es necesario mantener la división entre ellas y a
veces no. El mundo y la vida se encuentran fuera de ese espacio
(el psicoanálisis es un espacio y un tiempo para la consideración
de eso y nada más, deberíamos decir: se vive afuera).
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