| Anécdotas
de dos vidas gemelas
Irene Brunswig de Neddermann
Historia de un ángel gaucho
(segunda parte)
Cuando una vida insiste en mostrar las semejanzas, no resulta fácil
librarse de esa marca. Marca que inscribe una huella en el propio
cuerpo y es allí, en ese cuerpo, donde Irene padecía la diferencia.
Idénticas por fuera, diferentes por dentro. La vida les adjudicó
una etiqueta e Irene cayó en la trampa y entrampada en ese “doble”
cuerpo resistió hasta entender qué tan confusa puede ser la vida
cuando se cree ser lo que no se es: una mujer débil, “de papel”
–tomando sus palabras- Los años le han enseñado a vivir con su
imagen, parecida, ya no idéntica, a la de su hermana. Ni la una
tan fuerte, ni la otra tan débil, ligero al nombrarlo, pero no así,
encarnarlo.
Finalmente Irene cruzó su propia cordillera, galopando metafórica
y literalmente enormes muros que la llevaron a su verdad. Verdad
que hoy defiende a rajatabla...
Relatos que hoy nos muestran otras verdades, sencillez que abruma
a cualquier intelectual.
Irene
en cada página de su libro, nos habla de la fidelidad de sus caballos.
No dejo de asombrarme cuando leo sus anécdotas en relación a los
malos entendidos, mezcolanzas que sólo los humanos podemos concedernos,
sus caballos pudieron ir más lejos en el terreno de la diferencia,
tal vez por esa fidelidad (entre otras cosas) Irene haya podido
armar un vínculo tan sólido con esos animales. Su búsqueda giró
en torno a esa diferencia.
El libro de Irene está transitando sus últimos pasos antes de dar a luz.
“Anécdotas de dos vidas gemelas” pertenece a un capítulo
y si bien no representa el alma del libro, en él encontramos una
pequeña guiñada a su intimidad. Cuál es el alma de un libro, me
lo seguiré preguntando y si acaso admito una respuesta, será la
puerta que me conduzca a un nuevo interrogante...
Nora Martínez
Anécdotas de dos vidas gemelas.
La existencia gemela de Asse e Irene está cargada
de anécdotas que merecen ser contadas.
Asse ya murió y es Irene quien recuerda estas historias que irán
demostrando, entre otras cosas, el gran parecido que había entre
ellas.
La primera
tuvo lugar en Finlandia, después de la Primera Guerra Mundial.
Hermann Brunswig había participado como integrante
la Brigada Löwenfeldt en la lucha contra el comunismo de ése país.
En señal de gratitud, su esposa Ella fue invitada a pasar algunas
semanas en la casa de una familia finlandesa y viajó con María,
Asse e Irene.
Una
muchacha del lugar se ocupaba de las niñas y una noche después que
las había bañado y acostado, Ella entró a la habitación para desearles
las buenas noches y encontró a las mellizas en un mar de lágrimas.
"La señorita me bañó dos veces" se quejaba una, mientras
la otra lloraba diciendo "la señorita se olvidó de bañarme".
Ya
adultas, casadas, con hijos y viviendo separadas, les seguían sucediendo
las cosas más inverosímiles. Como por ejemplo aquella vez cuando
Asse, que vivía en el campo, vino de visita a Buenos Aires. Estaba
esperando el colectivo para regresar a la casa de Irene, cuando
pasó una mujer en moto, la vio, paró y le ofreció llevarla. Algo
extrañada, Asse subió a la moto pensando "¡vamos a ver a dónde
me lleva!". La señora la llevó a la casa de Irene, Asse se
despidió agradecida y cuando entró le contó a su hermana lo sucedido,
describiendo a la amable señora. Irene se dio cuenta de lo sucedido
y esa tarde le aclaró a Mary, la señora de la moto, que ésa mañana
no había sido a ella a quién había llevado en la moto, sino a su
hermana gemela Asse.
Jorge,
el primer hijo varón de Irene, nació el 11 de febrero de 1948. Kay,
el primer hijo varón de Asse, nació nueve meses más tarde, el 11 de
noviembre del mismo año. Dos meses antes de dar a luz, Asse vino a
Buenos Aires y fue al consultorio del mismo médico obstetra que había
atendido a Irene durante el embarazo de Jorge. El esposo de Irene
la acompañó y enorme fue la sorpresa de la enfermera cuando se encontró
con la “señora de Neddermann" nuevamente embarazada. Cuando Asse
le aclaró la situación, la enfermera no quiso desperdiciar la oportunidad
de divertirse un poco y le avisó al médico que estaba la señora de
Neddermann. El médico apareció en la puerta de su consultorio con
la ficha médica de Irene en la mano y no podía creer lo que estaba
viendo: ahí estaba parada la mujer que siete meses atrás había dado
a luz un bebé, nuevamente embarazada y nada menos que a dos meses
de su próximo parto. Grande fue el alivio del médico, cuando Asse
apiadándose de él, confesó que ella no era Irene, sino la hermana
gemela. El 14 de febrero de 1957 nacieron los mellizos de
Irene: Yvonne y Rainer. El 14 de julio del mismo año nacieron Diana
y Rolfi, los mellizos de Asse. Y no sólo nacieron los cuatro el
mismo año, sino que nacieron en el mismo lugar, en el Hospital Alemán
de Buenos Aires y a la misma hora: exactamente a las diez de la
noche, y como si todo esto fuera poco, Asse fue internada en la
misma habitación que cinco meses antes había ocupado Irene.
Una vez Asse
vino de visita a Buenos Aires con sus mellizos de dos años de edad.
El problema se le presentó con sus hijos cuando quiso ir al centro
porque los pequeños eran muy "mameros" y no sabía cómo
escabullirse. Finalmente Irene encontró la solución: Asse debía
entrar con los chicos a una habitación y un segundo después salir
del lugar sin decir una palabra. Así lo hicieron e Irene, que estaba
escondida detrás de la puerta, abrazó y mimó a sus sobrinos como
si fuera la madre. Los niños no se dieron cuenta que era tía Irene
y todo anduvo bien hasta que los mellizos de Irene aparecieron gritando
como locos: "Ésa es nuestra mamá", a lo que los mellizos
de Asse contestaban ofendidos: "No, ésta es nuestra mamá".
Los mellizos
de Irene nacieron en febrero y hacía muchísimo calor en Buenos Aires.
La futura madre había aumentado tanto de peso durante el embarazo,
que se sentía como si fuera un elefante. Como le daba vergüenza
que la gente la viera así, sólo salía a tomar fresco a la vereda
cuando era de mañana y muy temprano.
Unos meses
más tarde, cuando Asse se encontraba en la casa de Irene y le faltaban
pocos meses para dar a luz, se repitió la historia: ella también
salía todas las mañanas a la vereda a tomar un poco de fresco, vestida
con la ropa de embarazada que le había prestado Irene. Una de esas
mañanas pasó un matrimonio del vecindario que hacía sus caminatas
a diario y el marido, mirando a Asse con lástima, le comentó a su
esposa: "¡Mirá, pobrecita, todavía no tuvo a su hijo!"
Juan, el marido
de Irene era lanero y viajaba mucho para realizar su trabajo de
clasificar lana en distintos campos del país. Un día se le acercaron
unos colegas preguntándole sí se había divorciado. La confusión
había surgido en la estancia Lolén de la provincia de Buenos Aires,
donde supuestamente habían visto a su mujer con un hombre joven,
rubio y muy buen mozo. Claro, no tenían porqué saber que en Lolén
vivía la hermana gemela de su esposa, con Bernardo, su esposo.
En
esa misma estancia, estando un día Asse en la cocina, entró el peón
y le anunció: "Señora, me avisan de la tranquera que usted
acaba de llegar con un hombre y cinco niños”. El peón tampoco sabía
que Asse tenía una hermana gemela, casada y con la misma cantidad
de hijos que su patrona.
Otra vez, Irene
entró a un negocio de Coronel Suárez. El vendedor se le acercó creyendo
que era Asse y la saludó como a una vieja conocida. Después la invitó,
conociendo su buen gusto, a pasar a mirar la mercadería que había
llegado y le ofreció, si algo le gustaba, que lo llevara tranquila,
que él lo anotaría en la cuenta de la estancia.
En otra oportunidad, Asse y su marido Bernardo habían
visitado a Irene en su casa del barrio Florida de Buenos Aires y
regresaban a la estancia Lolén donde vivían. Cuando fueron a la
estación de Florida a tomar el tren que los dejaría en Retiro, cada
uno cargaba una valija pesada. Repentinamente un señor le sacó a
Asse su valija de la mano, sin prestarle la más mínima atención
a Bernardo y la cargó hasta ubicarla en el tren. Después despidió
efusivamente a Asse, quién no tenía la menor idea de la identidad
del caballero. Bernardo se quedó mucho más tranquilo cuando más
tarde, su cuñada, les explicó que se trataba de un conocido suyo
con quien solía encontrarse en la estación, aunque esta vez el caballero
se había confundido de gemela.
Otra vez, Asse e Irene se encontraban
juntas en Sierra de la Ventana y decidieron dar una vuelta a caballo.
Como Asse estaba ocupada, le pidió a Irene que buscara a su yegua
Bonita y se la ensillase. Irene fue al potrero y apenas Bonita la
vio, vino a su encuentro galopando.
Sin embargo, cuando la yegua se había acercado lo suficiente, su
olfato la alertó, pegó media vuelta y a Irene le resultó imposible
agarrarla.
Cuando Asse
falleció, el diario de Coronel Suárez publicó un simpático artículo
sobre ella y acompañó el texto con una fotografía, pero la de la
foto era Irene, montada en su yegua Ñanduty.
Ahora
ya no habrá más confusiones porque Asse partió en un largo galope
al Cielo y dejó a Irene en la Tierra, hasta el día en que ella,
montada también en un caballo, la seguirá a ése mundo donde todos
saben quién es quién.
Selección
y destacados: Nora Martínez
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