QUERER NO QUERER
el ascetismo occidental de Schopenhauer
Matías Wiszniewer
“...del mismo manantial del cual nace
todo amor,
toda bondad, toda virtud y nobleza de ánimo,
se deriva también aquello que yo llamo
negación de la voluntad de vivir...”
Primeras palabras
Cuando yo
era un adolescente, había en la casa de mis padres un viejo y
pequeño libro de Arthur Schopenhauer llamado “El amor, las mujeres
y la muerte”. Era una especie de texto prohibido. Se hablaba
de él de vez en cuando, como el paradigma de lo extremo, de lo
que queda por fuera de todo código, de toda concepción correcta
del mundo. Hasta me daba un poco de miedo leerlo. El autor mostraba
sus garras contra todo lo que uno consideraba bello o bueno, principalmente
las mujeres, y la vida misma. Muchos años después supe que se
trataba de una recopilación de fragmentos del libro que llevó
a la fama a su autor: “Parerga y Paralipómena”. Durante largo
tiempo me acompañó un vago deseo de conocer más profundamente
a ese enigmático autor. Supe que en realidad su obra principal,
escrita a la edad de 30 años, fue “El mundo como Voluntad y Representación”,
que salió a la luz en 1818, hace ya casi 200 años.
Finalmente, a unos 20 años
de distancia de mi primer acercamiento a Schopenhauer, los
misteriosos designios de la Voluntad me llevaron a sumergirme,
en el marco de un un grupo encabezado por Gabriel Sarando, en
el estudio sistemático de “El mundo como voluntad…”.
El
breve ensayo que se inicia a continuación, producto de la larga
y enriquecedora experiencia de la lectura del libro, pretende
ser un esbozo de una de las líneas más destacables y originales
de la obra: el concepto de “Voluntad” -que para Schopenhauer constituye,
por un lado, la esencia del mundo y por el otro, una fuente inevitable
e incesante de dolor-, y la respuesta moral que el filósofo propone
a partir del rescate del legado de las religiones de la India
y de la santidad del cristianismo primitivo: una ética basada
en la “Negación de la Voluntad”.
UNO:
la voluntad, de Platón a Schopenhauer
“Él
habita en nosotros, no en el submundo ni en el cielo. El espíritu
que vive en nuestro interior ha creado todo esto”.
Agripa
von Neteschain. Mago hermético renacentista.
(epígrafe del libro segundo de “El mundo como Voluntad y Representación”)
La voluntad antes de Schopenhauer
El concepto de
voluntad es el centro oscuro del pensamiento de Schopenhauer. Obtuso
y potente. Ambiguo y fundamental. Primer motor de lo existente y
causa de todo dolor universal. Enigma de difícil comprensión y sendero
luminoso para atravesar su filosofía.
En un
diccionario de filosofía podemos encontrar una definición de este
tipo:
“voluntad
GEN. (del latín voluntas, derivado de velle, querer): actividad
superior del psiquismo humano, orientada a la acción, entendida
como capacidad de determinarse uno mismo, o sea, la libertad, teniendo
en cuenta los fines que se representa la razón. O simplemente el
«querer».” [1]
En la antigüedad,
Platón y Aristóteles señalaron que la voluntad tenía
que ver con las potencias y los poderes del alma. Aristóteles
insistió en el carácter racional, o si se quiere "conforme
a lo racional" de la voluntad. La voluntad tendría en común
con el deseo el ser un "motor", el mover el alma, pues
la voluntad "apetece". El principal discípulo de Platón
señalaba que
"... el pensamiento no puede moverse sin la fantasía y cuando lo
hace pone en juego al apetito ..." "... La voluntad
es apetito y cuando se producen movimientos en el pensamiento
también se producen en la voluntad..." [2]
El filósofo
cristiano medieval San Agustín vincula a la voluntad con
las afecciones del alma, que son principalmente cuatro (deseo,
miedo, alegría, tristeza), y se pregunta:
"¿Qué
son el deseo y el placer sino la voluntad de consentir en lo que
queremos? ¿Y qué son el miedo y la tristeza sino la voluntad de
no consentir en lo que no queremos?..." [3]
Además
Agustín ya anticipa una idea que muchos siglos después será retomada
por Schopenhauer, en el sentido de que “el deseo” (voluntad) se
da en todos los ámbitos de la Naturaleza, ya que “un cuerpo (inerte)
es conducido por su propio peso, así como el espíritu es impulsado
por el deseo”.
Unos años
más tarde Leibniz sostiene que el ente es "... el
ente que percibe y apetece..." [5] ,
otorgándole un carácter esencial a la voluntad (en este caso apetito)
en la constitución del ser.
Maine de
Biran, pensador francés del siglo XVIII que introduce la
teoría del “esfuerzo” como eje central en la afirmación del yo,
produce un importante viraje en la famosa expresión de Descartes
al afirmar "..Volo, ergo sum..." ("Quiero, luego
existo"). [6]
Ya en la época
del idealismo alemán encontramos dos filósofos (contemporáneos,
aunque algo anteriores a Schopenhauer), que desarrollan el tema:
Fichte y Schelling.
En Fichte
la “fuerza” pasa a estar ubicada en la potencia del yo.
"...
El ser originario del yo consiste en presentarse a sí mismo. Hacerse
a sí mismo. Tiene la fuerza de hacerse presente, fuerza de hacer
algo por sus propias fuerzas ..." [7] "...
el yo es infinito, lo es solamente en su esfuerzo. Se esfuerza
por ser infinito. Pero la finitud es ya interior al concepto mismo
de esfuerzo, porque aquello a lo que no se contrapone nada, no
es un esfuerzo..." [8]Para
Schelling
la voluntad
como querer
"...es la acción por la cual el intuir mismo es puesto por
completo en la conciencia..."
"...
la voluntad pura dominando en el mundo externo es el único y supremo
bien ..." [9]
Schopenhauer
va a tomar muchas de las ideas desarrolladas por los filósofos
anteriores (si bien en muchos casos con el único fin de presentar
su oposición, o para afirmar que él es el único que ha encontrado
la “verdadera” respuesta) y va a transformar al concepto de voluntad
en el eje de todo su sistema filosófico.
De la “cosa en sí” a
la “voluntad de vivir”
Resulta indispensable
complementar lo anterior con una perspectiva que nos lleva al
filósofo alemán Inmanuel Kant, antecesor y maestro de Schopenhauer,
quien definió en la “Crítica de la Razón Pura” los límites del
conocimiento humano: el hombre es capaz de conocer –según Kant-
a través de las sensaciones que captan los sentidos. Todo el conjunto
de lo captado puede ser organizado en la conciencia de acuerdo
a ciertas categorías que se encuentran en la mente, a priori
de la experiencia: esta es la forma en que los hombres son capaces
de construir y comprender un mundo de fenómenos. Pero Kant
va más allá de esta definición, al postular que por fuera de ese
mundo de fenómenos están los noumenos, lo incognoscible;
aquello que sólo somos capaces de intuir que existe, pero que
jamás podremos aprehender por medio de la razón.
Schopenhauer
parte de esta categorización kantiana, pero realiza un giro fundamental
que
se convertirá en el eje no sólo de su filosofía sino también de
la de filósofos posteriores como Nietzsche, y que va a llegar
al siglo XX como una de las semillas del psicoanálisis de Sigmund
Freud: dice que aquello que la razón no puede conocer, lo que
está más allá del mundo de los fenómenos, la “cosa en sí” de Kant,
sí puede ser captado, pero mediante “otro tipo de conocimiento”,
un conocimiento “sui generis”, en el cual la razón no juega ningún
papel: la cosa en sí es la voluntad, la voluntad es la voluntad
de vivir, motor oculto de todas las cosas, esencia eterna e inmortal
del mundo, y puede ser captada en forma “inmediata” por el cuerpo,
es decir, puede ser “sentida” pero no “racionalizada”, ni verbalizada.
“Es un conocimiento sui generis, cuya verdad por consiguiente,
no cabe bajo…el principio de razón” [10]
La razón,
con todos sus principios de comprensión de la realidad, queda
opacada frente al poderoso y antojadizo torrente de la voluntad.
Este
tipo de conocimiento de la “cosa en sí” que es la voluntad y que
escapa al principio de razón sólo puede ser intuido en el cuerpo.
Es decir que, contrariamente a lo que nos dice el gran edificio
construido por el racionalismo de los ilustrados, la esencia última
del mundo jamás puede ser alcanzada por el discurso lógico, sino
tan sólo “sentida” de forma vaga e “inmediata” por las percepciones
del cuerpo.
Se podría
entender que para Schopenhauer, la última verdad está en el cuerpo.
En el mundo
de la ciencia y de todo el conocimiento racional, se avanza por
la comprensión de las causas y los efectos. Pero este tipo de
saber –el científico- no logra explicar cuál es el hilo que todo
lo mueve detrás de la ilusoria aparición de los fenómenos, al
los que Schopenhauer llama “representaciones”. Entonces, si la
ciencia y todo conocimiento abstracto sólo pueden dar cuenta de
un mundo ilusorio de apariencias, ¿qué es lo que está detrás de
las apariencias, y cómo podemos conocerlo?
Pues
lo que está detrás es “la cosa en sí”, la voluntad, que sólo puede
ser percibida por las sensaciones del cuerpo, y jamás será aprehendida
por la razón.
Con respecto
a las conductas humanas, en el mismo sentido, Schopenhauer considera
que si bien las mismas están explicadas por motivos que
se podrían ir desgranando uno tras otro al igual que en el caso
de las causas y los efectos infinitos, queda un resto inexplicado.
Ese resto reside en el carácter. El carácter es la expresión
de la voluntad en el individuo: es un conjunto de cualidades incausadas
que rigen su destino. En este sentido Schopenhauer se coloca entre
los pensadores que –como Spinoza- descreen del libre albedrío,
y consideran que la única libertad posible consiste en conocer
y aceptar ese destino inamovible.
El filósofo
de Frankfurt define claramente esta idea al escribir que una persona
“sabrá dar en cualquier momento cuenta de sus acciones,
pero si se le pregunta por qué quiere en general o por
qué quiere existir, no sabría que contestar..." [11]
"...la
fuerza que palpita en las plantas y los vegetales y aun la que
da cohesión al cristal, la que hace girar la aguja magnética hacia
el polo norte, aquella que brota al contacto de metales heterogéneos,
la que se revela en las afinidades de los átomos como fuerza de
atracción y repulsión, de unión y separación y hasta, en último
término, la gravedad, tan poderosa que se manifiesta en toda clase
de materia, y que atrae la piedra hacia la tierra y la tierra
hacia el sol, todas estas cosas que sólo son diferentes en cuanto
a fenómenos pero que esencialmente son lo mismo, son aquello mismo
que él (el hombre) conoce de modo tan íntimo y superior a todo
lo demás, por muy claro que aparezca, y se llama voluntad."[12]
La voluntad
es, además, eterno presente. Como para la “cosa en sí” kantiana,
no existen para ella las categorías de pasado y futuro. El tiempo
existe en el mundo de los fenómenos (representaciones), pero la
voluntad es una “aspiración sin término”, un “perpetuo fluir”,
un “eterno mediodía sin ocaso refrescante”.
En esta
suerte de religión laica que de hecho Scopenhauer tiende a crear
en el transcurso de su obra, la voluntad es, sin duda, el nuevo
nombre de Dios.
NOTAS:
[*] “El
mundo como voluntad y representación”, pg.291
[1] Herder. Diccionario de Filosofía
en CD-ROM
[2] De Anima. III, 10. 433.
[3] De Civitate Dei, c. 6.
[4] Ética, III, proposición IX ( Editora
Nacional, Madrid 1980, p. 193-194). en
Herder. Diccionario de Filosofía en CD-ROM
[5] Monadología, párrafo 11
[6] Oeuvres, VII.
[7] Doctrina de la Ciencia [Grundlage,
II, 3, 48].
[8]
Doctrina de la Ciencia [Grundlage,
I, 2, 404].
[9]
Sistema del Idealismo Trascendental.
pgs. 356/380