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Nietzsche (la vida)

Gilles Deleuze

 

¿Otra vida de Nietzsche? Y sí. ¿Pero cuántas vidas tiene Nietszche? Tantas como sea necesario para entender. Para entender que es necesario partir, a veces, determinadas palabras, partirlas o fragmentarlas, para oír; para hacer sonoridad de lo que puede oirse en "entender", en-tender. No otra cosa que tender hacia, tender a. En-tender hacia aquello que no se entenderá de una vida vivida. Vivida hace cien o más años y ni siquiera se entenderá de aquélla que lo hace en la cercanía de algún tiempo o de algún espacio cercano al nuestro. No se comprenderá, ni se asimilará, ni se comprenderá. Una vida humana no es entendible. Es acompañable o no.

Recurrimos a la lectura y a la puntualización (demarcación de puntos de modificación o meros señalamientos que quizás hagan marcas en otros, en aquéllos que leen) que hace Gilles Deleuze sobre Nietzsche. Por eso 'otra vida' se hace necesaria, otra vida leída por alquien a quien no podemos dejar de llamar filósofo: un filósofo lee la vida de alguien que era filósofo y dice, nos dice que...  

Sergio Rocchietti

 

El primer libro de Zaratustra comienza con el relato de tres metamorfosis: «Cómo el espíritu se convierte en camello, cómo el camello se convierte en león, y cómo finalmente el león se convierte en niño». El camello es el animal que carga: carga con el peso de los valores establecidos, con los fardos de la educación, de la moral y de la cultura. Carga con ellos hasta el desierto y, allí, se transforma en león: el león rompe las estatuas, pisotea los fardos, dirige la crítica de todos los valores establecidos. Por último, le corresponde al león convertirse en niño, es decir, en juego y nuevo comienzo, en creador de nuevos valores y de nuevos principios de evaluación.

Según Nietzsche, estas tres metamorfosis significan, entre otras cosas, momentos de su obra, y también fases de su vida y de su salud. Sin duda todos estos cortes son relativos: el león está presente en el camello, el niño está en el león; y en el niño hay la salida trágica.

***

Federico- Guillermo Nietzsche nació en 1844, en la casa parroquial de Röcken, en una región de Turingia anexionada a Prusia. Tanto por parte de la madre como del padre la familia era de pastores luteranos. El padre, delicado y culto, también pastor, muere en 1849 (reblandecimiento cerebral, encefalitis o apoplejia). Nietzsche se crió en Naumburg, en un medio femenino, con su hermana menor Elisabeth. Es el niño prodigio; se conservan sus disertaciones, sus tentativas de composición musical. Realiza sus estudios en Pforta, luego en Bonn y en Leipzig. Escoge la filología contra la teología. Pero ya le asedia la filosofía, con la imagen de Schopenhauer, pensador solitario, «pensador privado». Por sus trabajos filológicos (Teognis, Simónides, Diógenes Laercio) es nombrado en 1869 profesor de filología en Basilea.

Comienza la intimidad con Wagner, con quien se habla encontrado en Leipzig, y que vivía en Tribschen, cerca de Lucerna. Como dice Nietzsche: entre los días más felices de mi vida. Wagner tiene casi sesenta años; Cósima apenas treinta. Cósima es hija de Lizst y, para estar con Wagner, ha dejado al músico Hans von Bülow. Sus amigos a veces la llaman Ariadna y sugieren las equivalencias Bülow- Teseo, Wagner- Diónisos. Nietzsche encuentra aquí un esquema afectivo que ya es el suyo y del que se apropiará cada vez más y mejor. Esos días felices no carecen de turbulencias: unas veces tiene la desagradable impresión de que Wagner se sirve de él y le toma su propia concepción de lo trágico; otras veces tiene la deliciosa impresión de que, con la ayuda de Cósima, va a llevar a Wagner hasta verdades que éste no habría descubierto por sí solo.

Su profesorado le convierte en ciudadano suizo. Durante la guerra del 70 es enfermero de ambulancia. Pierde entonces sus últimos «fardos»: cierto nacionalismo, cierta simpatía hacia Bismarck y Prusia. No puede ya soportar la identificación de la cultura y del Estado, ni creer que la victoria de las armas sea señal de cultura. Ya aparece su desprecio por Alemania, su incapacidad para vivir entre los alemanes. En Nietzsche, el abandono de las viejas creencias no constituye una crisis (lo que produce crisis o ruptura es más bien la inspiración, la revelación de una Idea nueva). Sus problemas no son de abandono. No tenemos razón alguna para dudar de las declaraciones de Ecce Homo, cuando Nietzsche dice que, ya en materia religiosa y a pesar de la herencia, el ateísmo le fue natural, instintivo. Pero Nietzsche se sume en la soledad. En 1871 escribe El nacimiento de la tragedia, donde el verdadero Nietzsche se abre camino bajo las máscaras de Wagner y de Schopenhauer: el libro es mal acogido por los filólogos. Nietzsche se siente el Intempestivo y descubre la incompatibilidad entre el pensador privado y el pensador público. En la cuarta Consideración intempestiva, «Wagner en Bayreuth» (1875), las reservas sobre Wagner se vuelven explícitas. Y la inauguración de Bayreuth, la atmósfera de kermesse que encuentra allí, los cortejos oficiales, los discursos, la presencia del viejo emperador, le asquean. Ante lo que les parecen cambios de Nietzsche, sus amigos se asombran. Nietzsche se interesa cada vez más por las ciencias positivas, la física, la biología, la medicina. Incluso su salud ha desaparecido; vive entre dolores de cabeza y de estómago, trastornos oculares, dificultades de palabra. Renuncia a enseñar. «La enfermedad me liberó lentamente; me ahorró toda ruptura, toda gestión violenta y escabrosa... Me confirió el derecho a cambiar radicalmente mis costumbres.» Y como Wagner era una compensación para el Nietzsche- profesor, el wagnerismo cayó con el profesorado.

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Gracias a Overbeck, el más fiel y el más inteligente de sus amigos, obtiene de Basilea en 1878 una pensión. Comienza entonces la vida viajera: sombra, inquilino de modestas habitaciones amuebladas, a la búsqueda de un clima favorable, va de estación en estación, en Suiza, en Italia, en el Mediodía francés. Unas veces solo, otras veces con amigos (Malwida von Meysenburg, antigua wagneriana; Peter Gast, anteriormente alumno suyo, músico con el que cuenta para reemplazar a Wagner; Paul Rée, al que le une la afición a las ciencias naturales y la disección de la moral). De vez en cuando, regresa a Naumburg. En Sorrento, vuelve a ver a Wagner por última vez, un Wagner que se ha vuelto nacionalista y piadoso. En 1878, inaugura su gran crítica de los valores, la edad del León, con Humano, demasiado humano. Sus amigos le comprenden mal, Wagner le ataca. Está sobre todo cada vez más enfermo. «¡No poder leer! ¡No poder sino muy raramente escribir! ¡No frecuentar a nadie! ¡No poder escuchar música! » En 1880 describe así su estado: «Un continuo sufrimiento, cada día durante horas una sensación muy próxima al mareo, una semiparálisis que me dificulta el habla y, para divertirme, furiosos ataques (la última vez estuve vomitando durante tres días y tres noches, tenía sed de muerte...)  Si pudiera describiros lo incesante que es todo esto, el continuo sufrimiento que atenaza en la cabeza, sobre los ojos, y esta impresión general de parálisis, de la cabeza a los pies.»

¿En qué sentido la enfermedad - e incluso la locura- está presente en la obra de Nietzsche? Ella no es

nunca fuente de inspiración. Nietzsche no concibió nunca que la filosofía pudiera proceder del sufrimiento, del malestar, de la angustia - aunque el filósofo, el tipo de filósofo según Nietzsche, padezca un exceso de sufrimiento. Pero tampoco concibe la enfermedad como un acontecimiento que afecte desde el exterior a un cuerpo- objeto, a un cerebro- objeto. Ve en la enfermedad más bien un punto de vista sobre la salud; y en la salud un punto de vista sobre la enfermedad. «Observar como enfermo conceptos más sanos, valores más sanos, después, al revés, desde lo alto de una vida rica, sobreabundante y segura de sí, hundir la mirada en el trabajo secreto del instinto de decadencia, ésa es la práctica en la que más a menudo me he adiestrado... » La enfermedad no es un móvil para el sujeto que piensa, pero menos aún es un objeto para el pensamiento: constituye más bien una intersubjetividad secreta en el interior de un mismo individuo. La enfermedad como evaluación de la salud, los momentos de salud como evaluación de la enfermedad: ésa es la «vuelta del revés», el «desplazamiento de las perspectivas», en donde Nietzsche ve lo esencial de su método y de su vocación para una transmutación de los valores (1). Ahora bien, a pesar de las apariencias, no hay reciprocidad entre los dos puntos de vista, entre las dos evaluaciones. De la salud a la enfermedad, de la enfermedad a la salud, esto sólo seria una idea, pero la movilidad misma es una salud superior: este desplazamiento, esta ligereza en el desplazamiento es la señal de la «gran salud». Por eso es por lo que Nietzsche puede decir hasta el final (es decir, en 1888): soy lo contrario de un enfermo, soy saludable en el fondo. Se evitará recordar que todo acabó mal. Porque el Nietzsche vuelto loco es precisamente el Nietzsche que ha perdido esa movilidad, el arte del desplazamiento, que ya no puede, mediante su salud, convertir la enfermedad en un punto de vista sobre la salud.

Todo es máscara en Nietzsche. Su salud es una primera máscara para su genio; sus sufrimientos, una segunda máscara, a la vez para su genio y para su salud. Nietzsche no cree en la unidad de un Yo, y no la experimenta: sutiles relaciones de poder y de evaluación entre diferentes «yo» que se ocultan, pero que también expresan fuerzas de otra naturaleza, fuerzas de la vida, fuerzas del pensamiento - tal es la concepción de Nietzsche, su manera de vivir. Wagner, Schopenhauer, e incluso Paul Rée: Nietzsche los vivió como sus propias máscaras. Después de 1890 sucede que algunos amigos suyos (Overbeck, Gast) piensen que la demencia, para él, es una última máscara. Había escrito: «Y a veces la locura misma es la máscara que oculta un saber fatal y demasiado seguro.» De hecho, no lo es, y solamente lo es porque ella indica el momento en que las máscaras, al cesar de comunicar y de desplazarse, se confunden dentro de una rigidez de muerte. Entre los momentos más altos de la filosofia de Nietzsche están las páginas donde habla de la necesidad de enmascararse, de la virtud y de la positividad de las máscaras, de su instancia última. Bellas eran las manos, las orejas y los ojos de Nietzsche (se felicita por sus orejas, considera las orejas pequeñas como un secreto laberíntico que conduce a Diónisos). Pero, sobre esa primera máscara, otra, representada por el enorme bigote. «Dame, te lo ruego, dame... - ¿Qué? - Otra máscara, una segunda máscara.»

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Después de Humano, demasiado humano (1878), Nietzsche prosiguió su empresa de crítica total: El caminante y su sombra (1879), Aurora (1880). Prepara La gaya ciencia. Pero surge algo nuevo, una exaltación, una sobreabundancia: como si Nietzsche hubiera sido proyectado hasta el punto en que la evaluación cambia de sentido y se enjuicia la enfermedad desde lo alto de una extraña salud. Sus sufrimientos continúan, pero a menudo dominados por un «entusiasmo» que afecta al propio cuerpo. Nietzsche experimenta entonces sus más altos estados, ligados a un sentimiento de amenaza. En agosto de 1881, en Sils- Maria, mientras bordea el lago Silvaplana, tiene la perturbadora revelación del eterno Retorno. Después la inspiración de Zaratustra. Entre 1883 y 1885 escribe los cuatro libros de Zaratustra y acumula notas para una obra que deberia ser su continuación. Lleva la crítica hasta un nivel que ella no tenía anteriormente; la convierte en el arma de la «transmutación» de los valores, el No al servicio de una afirmación superior. (Más allá del bien y del mal, 1886; Genealogía de la moral, 1887). - Es la tercera metamorfosis o el devenir- niño.

Experimenta, no obstante, angustias y vivas contrariedades. En 1882 tuvo la aventura con Lou von Salomé. Ésta, una muchacha rusa que vivía con Paul Rée, le pareció a Nietzsche un discípulo ideal y digna de amor. Siguiendo un esquema afectivo que ya había tenido ocasión de aplicar, Nietzsche le solicita rápidamente matrimonio por mediación de su amigo. Nietzsche persigue un sueño: siendo él mismo Diónisos, recibirá a Ariadna, con la aprobación de Teseo. Teseo es el «Hombre superior», una imagen paterna - lo que ya había sido Wagner para Nietzsche. Pero Nietzsche no se habla atrevido a pretender claramente a Cósima- Ariadna. En Paul Rée, y anteriormente en otros amigos, Nietzsche encuentra otros tantos Teseos, padres más juveniles, menos impresionantes (2). Diónisos es Superior al Hombre superior, tal como Nietzsche lo es a Wagner. Con más razón, como lo es a Paul. Rée. Es fatal, es sabido que semejante fantasía fracasa. Ariadna siempre prefiere a Teseo. Malwida von Meysenburg como carabina, Lou Salomé, Paul Rée y Nietzsche formarán un extraño cuarteto. Su vida en común estaba hecha de desavenencias y de reconciliaciones. Elisabeth, la hermana de Nietzsche, posesiva y celosa, hizo todo lo posible por la ruptura. La obtuvo, desde el momento en que no llega Nietzsche ni a desvincularse de su hermana ni a atenuar la severidad de los juicios que él hacía sobre ella («la gente como mi hermana es inevitablemente adversaria irreconciliable de mi manera de pensar y de mi filosofia, esto se funda sobre la naturaleza eterna de las cosas ... », «no amo, mi pobre hermana, las almas como la tuya». «estoy profundamente harto de tus indecentes charlas moralizadoras ... »). Lou Salomé no amaba a Nietzsche con amor; se le aparece tras haber escrito, más tarde, un libro extremadamente bello sobre Nietzsche (3).

Nietzsche se siente cada vez más solo. Se entera de la muerte de Wagner; lo que reactiva en él la imagen de Ariadna- Cósima. En 1885, Elisabeth se casa con Förster, wagneriano y antisemita, nacionalista prusiano; Förster irá con Elisabeth a Paraguay a fundar una colonia de arios puros. Nietzsche no asiste a la boda y no soporta a ese cuñado enojoso. A otro racista le escribe: «¿Quiere dejar de enviarme sus publicaciones? Temo por mi paciencia.» Se suceden, en Nietzsche, las alternancias de euforia y de depresión, cada vez más seguidas. Unas veces todo le parece excelente: su sastre, lo que come, el recibimiento de la gente, la fascinación que cree que ejerce en las tiendas. Otras veces le arrastra la desesperación: la ausencia de lectores, una impresión de muerte, de traición.

Llega el gran año 1888: El crepúsculo de los ídolos, El caso Wagner, El Anticristo, Ecce Homo. Todo sucede como si las facultades creadoras de Nietzsche se exacerbaran, tomaran un último impulso que precede al hundimiento. Cambia incluso el tono en estas obras de una gran maestría: una nueva violencia, un nuevo humor, algo asi como lo que hay de cómico en lo Sobrehumano. A la vez Nietzsche levanta de si una cósmica imagen mundial provocadora («el recuerdo de algo formidable estará un día ligado a mi nombre», «sólo a partir de mí existe la gran politica en la tierra»); pero se concentra también en el instante, se preocupa por algún suceso inmediato. Desde finales de 1888 Nietzsche escribe extrañas cartas. A Strindberg: «He convocado en Roma una asamblea de príncipes, quiero hacer que fusilen al joven Kaiser. ¡Hasta más ver! Porque volveremos a vernos. Una sola condición: Divorçons... Nietzsche- César.» El 3 de enero de 1889 en Turín sucede la crisis. Todavía escribe cartas, firma Diónisos, o el Crucificado, o los dos a la vez. A Cósima Wagner: «Ariadna, te amo. Diónisos». Overbeck acude a Turín, encuentra a Nietzsche extraviado, sobreexcitado. Se lo lleva a trancas y barrancas a Basilea, donde Nietzsche se deja internar tranquilamente. Se le diagnostica una «parálisis progresiva». Su madre hace que lo trasladen a Jena. Los médicos de Jena suponen una enfermedad sifilítica que se remontaría a 1866. (¿Se trata de una declaración de Nietzsche? Siendo joven, contaba a su amigo Deussen una curiosa aventura en que un piano le había salvado. Un texto de Zaratustra, «entre hijas del desierto», debe ser considerado desde este punto de vista). A veces tranquilo, a veces en crisis, parece que se ha olvidado totalmente de su obra y compone todavía música. Su madre lo recoge en su casa; Elisabeth regresa de Paraguay a finales de 1890. La evolución de la enfermedad prosigue lentamente, hasta la apatía y la agonía. Muere en Weimar en 1900 (4).

Sin una certeza completa, el diagnóstico de parálisis general es probable. La pregunta es más bien: ¿forman los síntomas de 1875, de 1881, de 1888, un mismo cuadro clínico? ¿Es la misma enfermedad? Verosímilmente sí. Poco importa que se trate de una demencia antes que de una psicosis. Hemos visto en qué sentido la enfermedad, incluso la locura, estaban presentes en la obra de Nietzsche. La crisis de parálisis general marca el momento en que la enfermedad sale de la obra, la interrumpe y hace imposible su continuación. Las últimas cartas de Nietzsche dan pruebas de ese momento extremo; también ellas pertenecen todavía a la obra, forman parte de ella. Mientras Nietzsche tuvo el arte de desplazar las perspectivas, de la salud a la enfermedad y al revés, disfrutó, por enfermo que estuviese, de una «gran salud» que hacia que la obra fuera posible. Pero cuando le faltó este arte, cuando se confundieron las máscaras dentro de la de un payaso y un bufón, bajo la acción de uno u otro proceso orgánico, la propia enfermedad se confundió con el final de la obra (Nietzsche había hablado de la locura como una «solución cómica», como una última bufonada).

Elisabeth ayudó a su madre a cuidar a Nietzsche. Dio piadosas interpretaciones de la enfermedad. Le hizo agrios reproches a Overbeck, quien respondió con mucha dignidad. Tuvo grandes méritos: hacerlo todo para asegurar la difusión del pensamiento de su hermano; organizar el Nietzsche- Archiv en Weimar (5). Pero esos méritos se esfuman ante la suprema traición: procuró poner a Nietzsche al servicio del nacionalsocialismo. Ultimo rasgo de la fatalidad de Nietzsche: la pariente abusiva que figura en el cortejo de cada «pensador maldito».


Notas:

(1)   Ecce homo, «Por qué soy tan sabio», 1.
(2) Ya en 1876, Nietzsche había pedido en matrimonio a una joven a través de Hugo von Senger, amigo suyo - más tarde Senger se casó con ella.
(3) Lou Andreas Salomé, Friedrich Nietzsche, 1894.
(4) Sobre la enfermedad de Nietzsche, cf. el hermoso libro de E. E Podach, El hundimiento de Nietzsche.
(5) Desde 1950, los manuscritos fueron transportados al antiguo edificio del Goethe- Schiller Archiv en Weimar.

Texto extraído de "Nietzsche", Gilles Deleuze,  págs. 9/22, editorial Arena Libros, Madrid, España, 2000.

Selección, destacados y nota introductoria: S.R.

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Con-versiones noviembre 2006

 

 

 

        

 

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