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"Nietzsche y la filosofía"

Gilles Deleuze

(parte I)

 

Nos encontramos con el siguiente texto en el marco de un Seminario de Investigación que llevaba por título la pregunta de: Hoy, ¿hay lo humano?; lo incluímos con nuestros destacados porque pensamos que es un texto ineludible por su alta claridad y alta complejidad para todos aquellos que quieran adentrarse en el pensamiento de Nietzsche, y podrán percibir y sentir que 'este  pensamiento'  no se reduce a ser 'un pensamiento'.  Sus temas son: el nihilismo, la dialéctica, el anuncio de Dios ha muerto, Hegel, Stirner y el Zarathustra (el hombre superior), todo con la agudeza de G. Deleuze, un más que digno comentador, un filósofo-intérprete insoslayable, y esta palabra "intérprete" debe relacionarse con la siguiente afirmación: "La fórmula «Dios ha muerto» no es una proposición especulativa, sino una proposición dramática, la proposición dramática por excelencia". Una proposición dramática requiere de un ejecutor activo y no de un interpretante pasivo, por eso es que G. D. se transforma en un 'intérprete' y no en un interpretador. Actúa para nosotros el drama del texto de Nietzsche, haciéndonos sentir un pensamiento vivo.

 Sergio Rocchietti

 

El superhombre: contra la dialéctica

1. El nihilismo

En la palabra nihilismo, nihil no significa el no- ser, sino en primer lugar un valor de nada. La vida toma un valor de nada siempre que se la niega, se la deprecia. La depreciación supone siempre una ficción: se falsea y se deprecia por ficción, se opone algo a la vida por ficción (1). La vida entera se convierte entonces en irreal, es representada como apariencia, toma en su conjunto un valor de nada. La idea de otro mundo, de un mundo suprasensible, con todas sus formas (Dios, la esencia, el bien, lo verdadero), la idea de valores superiores a la vida, no es un ejemplo entre otros, sino el elemento constitutivo de cualquier ficción. Los valores superiores a la vida no se separan de su efecto: la depreciación de la vida, la negación de este mundo. Y si no se separan de este efecto es porque tienen por principio una voluntad de negar, de depreciar. No vayamos a creer que los valores superiores forman un recinto en el que la voluntad se detiene, como si, frente a lo divino, estuviésemos liberados de la obligación de querer. La voluntad no se niega en los valores superiores, sino que los valores superiores se relacionan con una voluntad de negar, de aniquilar la vida. «La nada como voluntad»: este concepto de Schopenhauer es sólo un síntoma; significa en primer lugar una voluntad de la nada... «Pero es lo de menos, y sigue siempre siendo una voluntad» (2). Nihil en nihilismo significa la negación como cualidad de la voluntad de poder. En su primer sentido y en su fundamento, nihilismo significa pues: valor de la nada tomado por la vida, ficción de los valores superiores que le dan este valor de la nada, voluntad de la nada expresada en estos valores superiores.

El nihilismo tiene un segundo sentido, más corriente. Ya no significa una voluntad, sino una reacción. Se reacciona contra el mundo suprasensible, se le niega toda validez. Ya no desvalorización de la vida en nombre de valores superiores, sino desvalorización de los propios valores superiores. Desvalorización ya no significa valor de la nada tomado por la vida, sino la nada de los valores, de los valores superiores. La gran noticia se propaga: no hay nada que ver detrás del telón, «los signos distintivos que han sido dados de la verdadera esencia de las cosas son los signos característicos del no- ser, de la nada.» (3). De esta forma, el nihilista niega a Dios, al bien e incluso a lo verdadero, a todas las formas de lo supra- sensible. Nada es verdad, nada está bien, Dios ha muerto. La nada como voluntad no es sólo un síntoma para una voluntad de la nada, sino, en el límite, una negación de cualquier voluntad, un taedium vitae. Ya no hay voluntad del hombre ni de la tierra. «Por todas partes nieve, aquí la vida es muda; las últimas cornejas cuya voz se deja oír chillan: ¿para qué? ¡es inútil! ¡nada! ¡ya nada sube y crece aquí!» (4). Este segundo sentido se había conservado familiar, pero sería incomprensible si no se viera cómo se desprende y supone el primero. Hace un momento se depreciaba la vida desde la altura de los valores superiores, se la negaba en nombre de estos valores. Aquí, al contrario, se permanece sólo con la vida, pero se trata todavía de la vida depreciada, que se desliza ahora en un mundo sin valores, desprovisto de sentido y de finalidad, rodando cada vez más lejos hacia su propia nada. Hace un momento, se oponía la esencia a la apariencia: se hacía de la vida una apariencia. Ahora, se niega la esencia, pero se conserva la apariencia. El primer sentido del nihilismo hallaba su principio en la voluntad de negar como voluntad de poder. El segundo sentido, «pesimismo de la debilidad», halla su principio simplemente en la vida reactiva, en las fuerzas reactivas reducidas a sí mismas. El primer sentido es un nihilismo negativo; el segundo sentido, un nihilismo reactivo.

2. Análisis de la piedad

La complicidad fundamental entre la voluntad de la nada y las fuerzas reactivas consiste en esto: la voluntad de la nada es quien hace triunfar a las fuerzas reactivas. Cuando, bajo la voluntad de la nada, la vida universal se convierte en irreal, la vida como vida particular se convierte en reactiva. La vida se convierte en irreal en su conjunto y reactiva en particular contemporáneamente. En su empresa de negar la vida, por una parte la voluntad de la nada tolera la vida reactiva, por otra la necesita. La tolera como estado de la vida cercano a cero, la necesita como medio por el que la vida viene conducida a negarse, a contradecirse. De este modo, en su victoria, las fuerzas reactivas tienen un testigo, peor, un conductor. Y, ocurre que las fuerzas reactivas, triunfantes, soportan cada vez menos a ese conductor y a ese testigo. Quieren triunfar solas, ya no quieren deber su triunfo a nadie. Quizá desconfían del oscuro final que la voluntad de poder alcanza por su cuenta a través de su propia victoria, quizá temen que esta voluntad de poder no se vuelva contra ellos y a su vez no las destruya. La vida reactiva rompe su alianza con la voluntad negativa, quiere reinar sola. He aquí que las fuerzas reactivas proyectan su imagen, pero esta vez para ocupar el lugar de la voluntad que las conducía. ¿Hasta dónde llegarán por este camino? Mejor una no «voluntad» de todo, que esta voluntad demasiado poderosa. Mejor nuestros rebaños sangrantes, que un pastor que nos quiere llevar demasiado lejos. Mejor sólo nuestras fuerzas, que una voluntad de la que no tenemos necesidad. ¿Hasta dónde llegarán las fuerzas reactivas? ¡Mejor apagarse pasivamente! El «nihilismo reactivo» en un cierto modo prolonga el «nihilismo negativo»: triunfantes, las fuerzas reactivas ocupan el lugar de este poder de negar que les conducía al triunfo. Pero el «nihilismo pasivo» es la última conclusión del nihilismo reactivo: apagarse pasivamente antes que ser conducido desde fuera.

Esta historia puede contarse también de otra forma. Dios ha muerto, pero, ¿de qué se ha muerto? Se ha muerto de piedad, dice Nietzsche. Unas veces esta muerte es presentada como accidental: viejo y fatigado, cansado de querer, Dios, acaba «por cansarse un día de su piedad demasiado grande» (5). Otras veces esta muerte es el efecto de un acto criminal: «Su piedad no conocía ningún pudor; se insinuaba en mis dobleces más inmundos. Tenía que morir este curioso entre todos los curiosos, este indiscreto, este misericordioso. A mí me ha visto sin cesar; quiero vengarme de un testigo así, o dejar de vivir. El Dios que lo veía todo, hasta al hombre: ¡este Dios debía morir! ¡el hombre no soporta que siga viviendo ni un solo testigo! (6) ¿Qué es la piedad? Es esta tolerancia por los estados de la vida cercanos a cero. La piedad es amor a la vida, pero a la vida débil, enferma, reactiva. Militante, anuncia la victoria final de los pobres, de los que sufren, de los impotentes, de los pequeños. Divina, les concede esta victoria. ¿Quién experimenta la piedad? Precisamente el que sólo tolera la vida cuando es reactiva, el que tiene necesidad de esta vida y de este triunfo, el que instala sus templos sobre el terreno pantanoso de una vida semejante. El que odia todo lo que es activo en la vida, el que se sirve de la vida para negar y depreciar la vida, para oponerla a sí misma. La piedad, en el simbolismo de Nietzsche, designa siempre este complejo de la voluntad de la nada y de las fuerzas reactivas, esta afinidad de la una con las otras, esta tolerancia de una respecto a las otras. «La piedad es la práctica del nihilismo... ¡La piedad persuade hacia la nada! No se habla de la nada, en su lugar se coloca el más allá, o Dios, o la verdadera vida; o el nirvana, la salud, la beatitud. Esta inocencia retórica, que entra en el dominio de la idiosincrasia religiosa y moral, parecerá mucho menos inocente en cuanto se comprenda cuál es la tendencia que se oculta bajo ese manto de palabras sublimes: la enemistad de la vida» (7). Piedad por la vida reactiva en nombre de valores superiores, piedad de Dios por el hombre reactivo: adivinamos la voluntad que se oculta en este modo de amar la vida, en este Dios de misericordia, en estos valores superiores.

Dios se asfixia de piedad: todo sucede como si la vida reactiva se le metiese por la garganta. El hombre reactivo da muerte a Dios porque ya no soporta su piedad. El hombre reactivo ya no soporta ningún testigo, quiere estar solo con su triunfo, y únicamente con sus fuerzas. Se pone en el lugar de Dios: ya no conoce valores superiores a la vida, sino únicamente una vida reactiva que tiene bastante con ella misma, que pretende secretar sus propios valores. Las armas que le dio Dios, el resentimiento, incluso la mala conciencia, todas las figuras de su triunfo, las vuelve contra Dios, las opone a él. El resentimiento se hace ateo, pero este ateísmo es todavía resentimiento, siempre resentimiento, siempre mala conciencia (8). El hombre reactivo es el asesino de Dios, «el más abominable de los hombres», «rezumando hiel y lleno de oculta vergüenza» (9). Reacciona contra la piedad de Dios: «También en el dominio de la piedad hay un buen gusto; este buen gusto ha acabado diciendo: Quitadnos a este Dios. Mejor quedarnos sin ningún Dios, mejor decidir cada uno con su cabeza, mejor estar loco, mejor ser uno mismo Dios» (10). ¿Hasta dónde llegará por este camino? Hasta un enorme hastío. Mejor no tener ningún valor que valores superiores, mejor no tener voluntad, mejor la nada como voluntad que una voluntad de la nada. Mejor apagarse pasivamente. Es el adivino, «adivino del gran cansancio», quien anuncia las consecuencias de la muerte de Dios: la vida reactiva sola con sí misma, careciendo incluso de la voluntad de desaparecer, soñando en una pasiva extinción. «¡Todo está vacío, todo es igual, todo está cumplido!... Todas las fuentes están secas para nosotros y el mar se ha retirado. El suelo se hunde pero el abismo no quiere tragarnos. ¡Ay! ¿dónde queda todavía un mar en el que sea posible ahogarse?... En verdad, estamos ya demasiado cansados para morirnos» (11). El último de los hombres, ése es el descendiente del asesino de Dios: mejor ninguna voluntad, mejor un único rebaño. «Ya no nos hacemos ni pobres ni ricos: es demasiado penoso. ¿Quién puede querer gobernar todavía? ¿Quién estaría aún dispuesto a obedecer? Es demasiado penoso. ¡Ningún pastor y un único rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales... » (12).

Así explicada, la historia nos conduce aún a la misma conclusión: el nihilismo negativo viene sustituido por el nihilismo reactivo, el nihilismo reactivo desemboca en el nihilismo pasivo. De Dios al asesino de Dios, del asesino de Dios al último hombre. Pero esta conclusión es el saber del adivino. Antes de llegar hasta aquí, cuántas aventuras, cuántas variaciones sobre el tema nihilista. Durante mucho tiempo la vida reactiva se esfuerza en segregar sus propios valores, el hombre reactivo ocupa el lugar de Dios: la adaptación, la evolución, el progreso, la felicidad para todos, el bien de la comunidad: el Hombre- Dios, el hombre moral, el hombre verídico, el hombre social. Éstos son los nuevos valores que nos son propuestos en lugar de Dios. Los últimos hombres dicen todavía: «Hemos inventado la felicidad» (13). ¿Por qué el hombre habría matado a Dios, sino es para ocupar el lugar aún caliente? Heidegger observa, comentando a Nietzsche: «Si Dios ha abandonado su lugar en el mundo suprasensible, este lugar, aunque vacío, continúa estando. La región vacante del mundo suprasensible y del mundo ideal puede ser mantenida. El lugar vacío, en cierto modo, pide incluso ser ocupado de nuevo, y sustituir el Dios desaparecido por otra cosa» (14). Más aún: es siempre la misma vida, esta vida que se beneficiaba en primer lugar de la depreciación de la vida en su conjunto, esta vida que se aprovechaba de la voluntad de la nada para conseguir su victoria, esta vida que triunfaba en los templos de Dios, a la sombra de los valores superiores; después, en segundo lugar, esta vida que ocupa el lugar de Dios, quien se rebela contra el principio de su propio triunfo y no reconoce más valores que los suyos; finalmente, esta vida extenuada que preferirá no querer, apagarse pasivamente, antes que ser animada por una voluntad que la sobrepase. Sigue siendo siempre la misma vida: vida depreciada, reducida a su forma reactiva. Los valores pueden cambiar, renovarse y hasta desaparecer. Lo que no cambia y no desaparece, es la perspectiva nihilista que preside esta historia desde el principio hasta el fin, y de la que derivan al mismo tiempo todos estos valores y su ausencia. Por eso Nietzsche puede pensar que el nihilismo no es un acontecimiento en la historia, sino el motor de la historia del hombre como historia universal. Nihilismo negativo, reactivo y pasivo: para Nietzsche se trata de una sola y misma historia jalonada por el judaísmo, el cristianismo, la reforma, el librepensamiento, la ideología democrática y socialista, etc. Hasta el último hombre " (15).

3. Dios ha muerto

Las premisas especulativas ponen en juego la idea de Dios desde el punto de vista de la forma. Dios no existe, o existe, en tanto que su idea implique o no implique contradicción. Pero la fórmula «Dios ha muerto» es de otra naturaleza: hace depender la existencia de Dios de una síntesis, opera la síntesis de la idea de Dios con el tiempo, con el futuro, con la historia, con el hombre. Dice simultáneamente: Dios ha existido y ha muerto y resucitará, Dios se ha hecho Hombre y el Hombre se ha hecho Dios. La fórmula «Dios ha muerto» no es una proposición especulativa, sino una proposición dramática, la proposición dramática por excelencia. No puede hacerse de Dios el objeto de un conocimiento sintético sin incorporarle la muerte. La existencia o la no- existencia dejan de ser determinaciones relativas correspondientes a las fuerzas que entran en síntesis con la idea de Dios o en la idea de Dios. La proposición dramática es sintética, luego, esencialmente pluralista, tipológica y diferencial. ¿Quién muere, y quién da muerte a Dios? «Cuando mueren los dioses, mueren siempre con varias clases de muertes» (16).

  Desde el punto de vista del nihilismo negativo: momento del conocimiento judío y cristiano. La idea de Dios expresa la voluntad de la nada, la depreciación de la vida; «cuando no se coloca el centro de gravedad de la vida en la vida, sino en el más allá, en la nada, se ha quitado a la vida su centro de gravedad» (17). Pero la depreciación, el odio a la vida en su conjunto, entraña una glorificación de la vida reactiva en particular: ellos, los malos, los pecadores... nosotros los buenos. El principio y la consecuencia. La conciencia judía o conciencia del resentimiento (tras la hermosa época de los reyes de Israel) presenta estos dos aspectos se hallan en una relación de premisas y conclusión, de principio y de consecuencia, que este amor es la consecuencia de este odio. Hay que hacer a la voluntad de la nada más seductora oponiendo un aspecto a otro, haciendo del amor una antítesis del odio. El Dios judío da muerte a su hijo para hacerlo independiente de sí mismo y del pueblo judío: éste es el primer sentido de la muerte de Dios (18). Ni Saturno tenía esta sutileza en sus movimientos. La conciencia judía da muerte a Dios en la persona del Hijo. Inventa un Dios del amor que padecería odio, en vez de hallar sus premisas y su principio. La conciencia judía hace a Dios, en su Hijo, independiente de las premisas judías. Al dar muerte a Dios ha hallado la manera de hacer de su Dios un Dios universal «para todos» y verdaderamente cosmopolita (19).

El Dios cristiano es, pues, el Dios judío, pero hecho cosmopolita, conclusión separada de sus premisas. En la cruz, Dios deja de aparecer como judío. Del mismo modo, en la cruz, muere el viejo Dios y nace el nuevo Dios. Nace huérfano y se vuelve a hacer un padre a su imagen: Dios de amor, pero este amor es aún el de la vida reactiva. He aquí el segundo sentido de la muerte de Dios: el Padre muere, el Hijo nos vuelve a hacer un Dios. El Hijo sólo nos pide creer en él, amarlo como él nos ama, convertirnos en reactivos para evitar el odio. En lugar de un padre que nos daba miedo, un hijo que pide un poco de confianza, un poco de creencia (20). Aparentemente distanciado de sus premisas odiosas, el amor de la vida reactiva debe valerse por sí mismo y convertirse en lo universal para la conciencia cristiana.

Tercer sentido de la muerte de Dios: san Pablo se apodera de esta muerte, da de ella una interpretación que constituye el cristianismo. Los Evangelios fueron quienes empezaron, san Pablo lleva hasta la perfección una grandiosa falsificación. Primero, ¡Cristo habría muerto por nuestros pecados! El creador habría ofrecido su propio hijo, se habría pagado con su propio hijo, tan inmensa era la deuda del deudor. El padre ya no mata a su hijo para hacerle independiente, sino por nosotros, por nuestra causa (21). Dios lleva a su hijo a la cruz por amor; nosotros responderemos a este amor siempre que nos sintamos culpables, culpables de esta muerte y que la reparemos acusándonos, pagando los intereses de la deuda. Bajo el amor de Dios, bajo el sacrificio de su hijo, toda la vida se convierte en reactiva. La vida muere, pero renace como reactiva. La vida reactiva es el contenido de la supervivencia como tal, el contenido de la resurrección. Sólo ella es la elegida por Dios, sólo ella tiene gracia ante Dios, ante la voluntad de la nada. El Dios crucificado resucita: ésta es la otra falsificación de san Pablo, la resurrección de Cristo y nuestra supervivencia, la unidad del amor y de la vida reactiva. Ya no es el padre que da muerte al hijo, ya no es el hijo que da muerte al padre: el padre muere en el hijo, el hijo resucita en el padre, por nosotros, por nuestra causa. «En el fondo san Pablo no podía utilizar de ninguna forma la vida del Salvador, necesitaba la muerte en la cruz, y aún alguna cosa más ... »: la resurrección (22). En la conciencia cristiana, no sólo se oculta el resentimiento, sino que se le cambia de dirección: la conciencia judía era conciencia del resentimiento, la conciencia cristiana es mala conciencia. La conciencia cristiana es la conciencia judía invertida: el amor a la vida, pero como vida reactiva, se ha convertido en lo universal; el amor se ha convertido en principio, el odio siempre vivaz aparece sólo como una. consecuencia de este amor, el medio contra lo que se resiste a ese amor. Jesús guerrero, Jesús lleno de odio, pero por amor.           

2º. Desde el punto de vista del nihilismo reactivo: momento de la conciencia europea. Hasta ahora la muerte de Dios significa la síntesis en la idea de Dios de la voluntad de la nada y de la vida reactiva. Esta síntesis tiene proporciones diversas. Pero en la medida en que la vida reactiva se convierte en lo esencial, el cristianismo nos conduce a una extraña salida. Nos dice que somos nosotros los que damos muerte a Dios. Con ello segrega su propio ateísmo, ateísmo de la mala conciencia y del resentimiento. La vida reactiva en lugar de la voluntad divina, el Hombre reactivo en el lugar de Dios, el Hombre- Dios no ya el Dios- Hombre, el Hombre europeo. El hombre ha matado a Dios, pero ¿quién ha matado a Dios? El hombre reactivo «el hombre más horrible». La voluntad divina, la voluntad de la nada no toleraría más vida que la vida reactiva; ésta ya no tolera ningún Dios, no soporta la piedad de Dios, toma al pie de la letra lo del sacrificio, lo ahoga en la trampa de su misericordia. Le impide resucitar, se sienta sobre la tapa. En lugar de correlación entre la voluntad divina y la vida reactiva, desplazamiento, reemplazamiento de Dios por el hombre reactivo. He aquí el cuarto sentido de la muerte de Dios: Dios se asfixia por amor a la vida reactiva, Dios ha sido ahogado por el ingrato a quien ama demasiado.

3º. Desde el punto de vista del nihilismo pasivo: momento de la conciencia budista. Si se dejan a un lado las falsificaciones que empiezan con los Evangelios y que hallan su forma definitiva en san Pablo, ¿qué queda de Cristo, cuál es su tipo personal, cuál el sentido de su muerte? Debe iluminarnos lo que Nietzsche llama «la abierta contradicción del Evangelio». Lo que los textos nos dejan adivinar del verdadero Cristo: el alegre mensaje que aportaba, la supresión de la idea de pecado, la ausencia de cualquier resentimiento y de cualquier espíritu de venganza, el rechazo de cualquier guerra incluso como consecuencia, la revelación de un reino de Dios aquí abajo como estado del corazón, y sobre todo la aceptación de la muerte como prueba de su doctrina (23). Nos damos cuenta de dónde quiere ir a parar Nietzsche: Cristo era lo contrario de aquello en que lo convirtió san Pablo, el Cristo verdadero era una especie de Buda, «un Buda sobre un terreno poco hindú» (24). Era demasiado avanzado para su época, para su medio: ya enseñaba a la vida reactiva a morir serenamente, a apagarse serenamente, mostraba su verdadera salida a la vida reactiva cuando ésta estaba todavía debatiéndose contra la voluntad de poder. Ofrecía un hedonismo a la vida reactiva, una nobleza al último de los hombres, cuando los hombres estaban todavía preguntándose si ocuparían o no el lugar de Dios. Ofrecía una nobleza al nihilismo pasivo, cuando los hombres se encontraban todavía en el nihilismo negativo, cuando empezaba apenas el nihilismo reactivo. Más allá de la mala conciencia y del resentimiento, Jesús daba una lección al hombre reactivo: le enseñaba a morir. Era el más dulce de los decadentes, el más interesante (25). Cristo no era ni judío ni cristiano, sino budista; más próximo al Dala¡- Lama que al Papa. Tan adelantado respecto a su país, a su medio, que su muerte tuvo que ser deformada, toda su historia falsificada, retrocedida, puesta al servicio de los estados precedentes, desviada en provecho del nihilismo reactivo o negativo. «Torcida y transformada por san Pablo en una doctrina de misterios paganos que acaba por conciliarse con toda la organización política... y por aprender a hacer la guerra, a condenar, a torturar, a juzgar, a odiar»: el odio convertido en medio de ese Cristo tan dulce (26). Porque la diferencia entre el budismo y el cristianismo oficial de san Pablo es ésta: el budismo es la religión del nihilismo pasivo, «el budismo es una religión para el fin y el cansancio de la civilización; el cristianismo no se encuentra aún con esta civilización, pero la crea si es necesario (27). La peculiaridad de la historia cristiana y europea es realizar, con hierro y con fuego, un fin que, por otra parte, existe ya y ha sido naturalmente alcanzado: la conclusión del nihilismo. Lo que el budismo había llegado a vivir como fin realizado, como perfección alcanzada, el cristianismo lo vive solamente como motor. No está excluido que consiga este fin; no está excluido que el cristianismo desemboque en una «práctica» despojada de toda la mitología pablista, no está excluido que encuentre la verdadera práctica de Cristo. «El budismo progresa en silencio en toda Europa» (28). Pero, cuánto odio y cuántas guerras para llegar aquí. Cristo personalmente se había instalado en este último fin, lo había alcanzado en un vuelo, pájaro de Buda en un medio que no era budista. Al contrario, para que este fin sea también el del cristianismo, éste tiene que pasar de nuevo por todos los estados del nihilismo, a la salida de una larga y terrible política de venganza.

4. Contra el hegelianismo

A lo largo de esta filosofía de la historia y de la religión no vamos a encontrar ninguna cita, ni siquiera ninguna caricatura de las concepciones de Hegel.  La relación es más profunda, la diferencia es más profunda.  Dios ha muerto, Dios se ha hecho Hombre, el Hombre se ha hecho Dios: Nietzsche, a diferencia de sus predecesores, no cree en esta muerte. No apuesta sobre esta cruz. Es decir: no hace de esta muerte un acontecimiento que posea santidad en sí. La muerte de Dios tiene tanto sentido como fuerzas capaces de apoderarse de Cristo y de hacerlo morir; pero, precisamente, aún esperamos a las fuerzas o al poder que llevarían a esta muerte hasta su grado superior, y harían de esta muerte algo distinto a una muerte aparente y abstracta. Contra todo el romanticismo, contra toda la dialéctica, Nietzsche desconfía de la muerte de Dios. Con él desaparece la edad de la ingenua confianza, en la que tan pronto se celebraba la reconciliación del hombre con Dios, como la sustitución de Dios por el hombre. Nietzsche no tiene fe en los grandes hechos febriles (29). Un hecho requiere mucho silencio y tiempo hasta que halla finalmente las fuerzas que le proporcionan una esencia. Sin duda, también para Hegel, se requiere tiempo para que un hecho consiga su verdadera esencia. Pero este tiempo sólo es necesario para que el sentido, tal como es «en sí», se convierta también en «por sí». La muerte de Cristo interpretada por Hegel significa la oposición superada, la reconciliación de lo finito y de lo infinito, la unidad de Dios y del individuo, de lo inmutable y de lo particular; y la conciencia cristiana tendrá que pasar por otras figuras de la oposición hasta que esta unidad se convierta también por sí misma en lo que ya es en sí. El tiempo del que habla Nietzsche, al contrario, es necesario para la formación de fuerzas que concedan a la muerte de Dios un sentido que no poseía en sí, que le aporten una esencia determinada como el espléndido regalo de la exterioridad. En Hegel, la diversidad de los sentidos, la elección de la esencia, la necesidad del tiempo, son otras tantas apariencias (30).

Universal y singular, inmutable y particular, infinito y finito, ¿qué es todo esto? Sólo síntomas. ¿Quién es este particular, este singular, este finito? y, ¿qué es este universal, este inmutable, este infinito? Uno es sujeto, pero, ¿quién es este sujeto, qué fuerzas? Otro es predicado u objeto, pero, ¿de qué voluntad es «objeto»? La dialéctica no llega ni siquiera a aflorar la interpretación, no sobrepasa jamás el ámbito de los síntomas. Confunde la interpretación con el desarrollo del síntoma no interpretado. Por eso, en materia de desarrollo y de cambio, no concibe nada más profundo que una permutación abstracta, en la que el sujeto se convierte en predicado, y el predicado pasa a ser sujeto. Pero el que es sujeto y el que es predicado no han cambiado, al final aparecen tan poco determinados como al principio, lo menos interpretados posible; todo ha sucedido en las regiones medias. No podemos asombrarnos de que la dialéctica proceda por oposición, desarrollo de la oposición o contradicción. La dialéctica ignora el elemento real del que proceden las fuerzas, sus cualidades y sus relaciones; de este elemento conoce tan sólo la imagen invertida que se refleja en los síntomas considerados en abstracto. La oposición puede ser la ley de la relación entre los productos abstractos, pero la diferencia es el único principio de génesis o de producción, el que produce la oposición como simple apariencia. La dialéctica se nutre de oposiciones porque ignora los mecanismos diferenciales diversamente sutiles y subterráneos: los desplazamientos topológicos, las variaciones tipológicas. En un ejemplo grato a Nietzsche se observa con mucha claridad: toda su teoría de la mala conciencia debe ser entendida como una reinterpretación de la conciencia infeliz hegeliana; esta conciencia, aparentemente destrozada, halla su sentido en las relaciones diferenciales de fuerzas que se ocultan bajo fingidas oposiciones. De igual modo, la relación del cristianismo con el judaísmo no deja subsistir la oposición, más que como cubierta y como pretexto. Destituida de todas sus ambiciones, la oposición deja de ser formativa, motriz y coordinadora: un síntoma, sólo un síntoma para interpretar. Destituida de su pretensión de rendir cuentas de la diferencia, la contradicción aparece tal cual es: perpetuo contrasentido sobre la propia diferencia, confusa inversión de la genealogía. En verdad, desde el punto de vista del genealogista, el trabajo de lo negativo es sólo una grosera aproximación a los juegos de la voluntad de poder. Al considerar los síntomas en abstracto, al hacer del movimiento de la apariencia la ley genética de las cosas, al no retener del principio más que una imagen invertida, toda la dialéctica opera y se mueve en el elemento de la ficción. ¿Cómo no van a ser ficticias sus soluciones, si los propios problemas son ficticios? De ninguna ficción deja de hacerse un momento del espíritu, uno de sus propios momentos. Andar con los pies en el aire no es algo que un dialéctico pueda reprochar a otro, es el carácter fundamental de la propia dialéctica. En esta posición, ¿cómo puede conservar una mirada crítica? La obra de Nietzsche va dirigida contra la dialéctica de tres maneras: la dialéctica desconoce el sentido, porque ignora la naturaleza de las fuerzas que se apropian concretamente de los fenómenos; desconoce la esencia, porque ignora el elemento real del que derivan las fuerzas, sus cualidades y sus relaciones; desconoce el cambio y la transformación, porque se contenta con operar permutaciones entre términos abstractos e irreales.

Todas estas insuficiencias tienen un mismo origen: la ignorancia de la pregunta: ¿Quién? Siempre el mismo desprecio socrático por el arte de los sofistas. Se nos anuncia a la manera hegeliana que el hombre y Dios se reconcilian, y también que la religión y la filosofía se reconcilian. Se nos anuncia a la manera de Feuerbach que el hombre ocupa el lugar de Dios, que recupera lo divino como su propio bien o su esencia, y también que la teología se convierte en antropología. Pero, ¿quién es hombre y qué es Dios? ¿quién es particular, qué es lo universal? Feuerbach dice que el hombre ha cambiado, que se ha hecho Dios; Dios ha cambiado, la esencia de Dios se ha convertido en la esencia del hombre. Pero el que es Hombre no ha cambiado; el hombre reactivo, el esclavo, que no deja de ser esclavo por presentarse como Dios, siempre el esclavo, máquina de fabricar lo divino. Lo que es Dios tampoco ha cambiado: siempre lo divino, siempre el Ser supremo, máquina de fabricar esclavos. Lo que ha cambiado, o mejor dicho, lo que ha intercambiado sus determinaciones es el concepto intermediario, son los términos medios que lo mismo pueden ser sujeto o predicado uno de otro: Dios o el Hombre (31).

Dios se hace Hombre, el Hombre se convierte en Dios. Pero, ¿quién es Hombre? Siempre el ser reactivo, el representante, el sujeto de una vida débil y depreciada. ¿Qué es Dios? Siempre el Ser supremo como medio de depreciar la vida, «objeto» de la voluntad de la nada, «predicado» del nihilismo. Antes y después de la muerte de Dios, el hombre sigue siendo «quién es» como Dios sigue siendo lo que es»: fuerzas reactivas y voluntad de la nada. La dialéctica nos anuncia la reconciliación del Hombre con Dios. Pero, ¿qué es esta reconciliación, sino la vieja complicidad, la vieja afinidad de la voluntad de la nada con la vida reactiva? La dialéctica nos anuncia la sustitución de Dios por el Hombre. Pero, ¿qué es esta sustitución, sino la vida reactiva en el lugar de la voluntad de la nada, la vida reactiva produciendo ahora sus propios valores? En este punto, parece que toda la dialéctica se mueva en los límites de las fuerzas reactivas, que evolucione totalmente hacia la perspectiva nihilista. Precisamente, existe un punto de vista desde el que la oposición aparece como el elemento genético de la fuerza; es el punto de vista de las fuerzas reactivas. Visto desde el lado de las fuerzas reactivas, el elemento diferencial está invertido, reflejado al revés, convertido en oposición. Existe una perspectiva que opone la ficción a lo real, que desarrolla la ficción como el medio por el que triunfan las fuerzas reactivas; es el nihilismo, la perspectiva nihilista. El trabajo de lo negativo está al servicio de una voluntad. Basta preguntar: ¿cuál es esta voluntad? para presentir la esencia de la dialéctica. El descubrimiento grato a la dialéctica es la conciencia infeliz, el profundizamiento de la conciencia infeliz, la solución de la conciencia infeliz, la glorificación de la conciencia infeliz y de sus recursos. Las fuerzas reactivas son las que se expresan en la oposición, la voluntad de la nada la que se expresa en el trabajo de lo negativo. La dialéctica es la ideología natural del resentimiento, de la mala conciencia. Es el pensamiento en la perspectiva del nihilismo y desde el punto de vista de las fuerzas reactivas. Del principio al fin está fundamentalmente pensada como cristiana: impotente para crear nuevas formas de pensar, nuevas maneras de sentir. La muerte de Dios, gran acontecimiento dialéctico y ardiente; pero acontecimiento que se queda en el estrépito de las fuerzas reactivas, en el humo del nihilismo.

5. Los avatares de la dialéctica

En la historia de la dialéctica Stirner ocupa un lugar aparte, el último, el lugar extremo. Stirner fue aquel dialéctico audaz que intentó conciliar la dialéctica con el arte de los sofistas. Supo hallar el camino de la pregunta: ¿Quién? Supo convertirla en la pregunta esencial contra Hegel, Bauer, y Feuerbach contemporáneamente. «La pregunta: ¿Qué es el hombre? se convierte en: ¿Quién es el hombre? y eres Tú el que debe responder. ¿Qué es? apuntaba hacia el concepto a realizar; empezando por quién es, la pregunta desaparece, ya que la respuesta está personalmente presente en el que interroga» (32). En otras palabras, basta formular la pregunta: ¿Quién? para conducir a la dialéctica a su verdadera salida: saltus mortalis. Feuerbach anunciaba al Hombre en lugar de Dios. Pero yo ya no soy el hombre o el ser genérico, ya no soy la esencia del hombre que no era Dios y la esencia de Dios. Se hace la permutación del Hombre y de Dios; pero el trabajo de lo negativo, una vez desencadenado, está ahí para decirnos: Todavía no eres Tú. «Yo no soy ni Dios ni Hombre, no soy ni la esencia suprema ni mi esencia, y en el fondo es lo mismo que conciba la esencia en mí o fuera de mí». «Como el hombre no representa más que otro ser supremo, el ser supremo, en definitiva, sólo ha sufrido una simple metamorfosis, y el temor del Hombre es sólo un aspecto diferente del temor de Dios» (33). Nietzsche dirá: el hombre más abominable, habiendo matado a Dios porque no soportaba su piedad, sigue siendo el blanco de la piedad de los Hombres (34).

El motor especulativo de la dialéctica es la contradicción y su solución. Pero su motor práctico es la alienación y la supresión de la alienación, la alienación y la reapropiación. La dialéctica revela aquí su verdadera naturaleza: arte sumarial entre todos, arte de discutir sobre las propiedades y cambiar de propietarios, arte del resentimiento. Una vez más Stirner ha alcanzado la verdad de la dialéctica en el título de su libro: Lo único y su propiedad. Considera que la libertad hegeliana aparece como un concepto abstracto; «no tengo nada contra la libertad, pero te deseo algo más que la libertad. Tú, no sólo tendrías que ser desembarazado de lo que no quieres, también tendrías que poseer lo que quieres, no tendrías solamente que ser un hombre libre, tendrías que ser igualmente un propietario». Pero, ¿quién se apropia o se reapropia? ¿cuál es la instancia reapropiadora? El espíritu objetivo de Hegel, el saber absoluto, ¿no siguen siendo una alienación, una forma espiritual y refinada de alienación? ¿La conciencia de sí mismo de Bauer, la crítica humana, pura o absoluta? ¿El ser genérico de Feuerbach, el hombre en tanto que especie, esencia y ser sensible? No soy nada de todo esto. Stirner demuestra sin dificultad que la idea, la conciencia o la especie, son otras tantas alienaciones como lo era la teología tradicional. Las reapropiaciones relativas siguen siendo alienaciones absolutas. Rivalizando con la teología, la antropología hace de mí la propiedad del Hombre. Pero la dialéctica no se detendrá hasta que yo no me convierta en propietario... Libre de desembocar en la nada, si es necesario. Al mismo tiempo que la instancia reapropiadora disminuye en altura, anchura y profundidad, el acto de reapropiar cambia de sentido, ejerciéndose sobre una base cada vez más exigua. En Hegel, se trataba de una reconciliación: la dialéctica estaba díspuesta a reconciliarse con la religión, con el Estado, con la Iglesia, con todas las fuerzas que alimentaban la suya. Sabemos lo que significan las famosas transformaciones hegelianas: no olvidan conservar piadosamente. La trascendencia permanece como trascendencia en el seno de lo inmanente. Con Feuerbach, el sentido de «reapropiar» cambia: menos reconciliación que recuperación, recuperación humana de las propiedades trascendentes. Nada se conserva, excepto lo humano «como ser absoluto y divino». Pero esta conservación, esta última alienación, desaparece con Stirner: el Estado y la religión, pero también la esencia humana, se niegan en el YO, que no se reconcilia con nada porque lo aniquila todo, por su propio «poder», por su propio «comercio», por su propio «placer». Superar la alienación significa entonces, pura y simplemente, aniquilación, recuperación que no deja subsistir nada de lo que recupera: «El yo no es todo, pero lo destruye todo» (35).

El yo que todo lo aniquila es también el yo que no es nada: «Sólo el yo que se descompone, el yo que nunca es realmente yo». «Soy el dueño de mi poder, y lo soy cuando me sé único. En lo único el poseedor retorna al nada creador del que ha surgido. Cualquier ser superior a mí, sea Dios o Hombre, se debilita ante el sentimiento de mi unicidad y palidece frente al sol de esta conciencia. Si baso mi causa en mí, el único, ésta reposa sobre su creador efímero y perecedero que se devora a sí mismo, y yo puedo decir: no he basado mi causa sobre Nada» (36). El libro de Stirner tenía un triple interés: un profundo análisis de la insuficiencia de las reapropiaciones en sus predecesores; el descubrimiento de la relación esencial entre la dialéctica y una teoría del yo, siendo únicamente el yo la instancia reapropiadora; una visión profunda de lo que era la conclusión de la dialéctica, con el yo, en el yo. La historia en general y el hegelianismo en particular hallaban su salida, pero también su mayor disolución, en un nihilismo triunfante. La dialéctica ama y controla la historia, pero ella misma tiene historia por la que sufre y que no controla. El sentido de la historia y de la dialéctica reunidas no es la realización de la razón, de la libertad ni del hombre en tanto que especie, sino el nihilismo, nada más que el nihilismo. Stirner es el dialéctico que revela el nihilismo como verdad de la dialéctica. Le basta formular la pregunta: ¿Quién? El yo único restituye a la nada todo lo que no es él, y esta nada es precisamente su propia nada, la propia nada del yo. Stirner es demasiado dialéctico para pensar en términos que no sean de propiedad, de alienación y de reapropiación. Pero demasiado exigente para no ver a dónde conduce este pensamiento: al yo que no es nada, al nihilismo. Entonces el problema de Marx, en la Ideología alemana, halla uno de sus sentidos más importantes: para Marx se trata de detener este fatal deslizamiento. Acepta el descubrimiento de Stirner, la dialéctica como teoría del yo. En un punto, da la razón a Stirner: la especie humana de Feuerbach sigue siendo una alienación. Pero el yo de Stirner, a su vez, es una abstracción, una proyección del egoísmo burgués. Marx elabora su famosa doctrina del yo condicionado: la especie y el individuo, el ser genérico y el particular, lo social y el egoísmo, se reconcilian en el yo condicionado según las relaciones históricas y sociales. ¿Es suficiente? ¿qué es la especie y quién es individuo? ¿ha encontrado la dialéctica un punto de equilibrio y de llegada, o únicamente un último avatar, el avatar socialista antes de la conclusión nihilista? Realmente es difícil detener a la dialéctica y a la historia sobre la pendiente común por la que se arrastran la una a la otra: ¿hace otra cosa Marx que señalar una última etapa antes del fin, la etapa proletaria? (37).

6. Nietzsche y la dialéctica

Tenemos plenos motivos para suponer en Nietzsche un conocimiento profundo del movimiento hegeliano, desde Hegel hasta el propio Stirner. Los conocimientos filosóficos de un autor no se valoran por las citas que utiliza, ni según la relación de bibliotecas siempre fantasistas y conjeturales, sino según las direcciones apologéticas o polémicas de su obra. No entenderemos bien el conjunto de la obra de Nietzsche si no vemos «contra quién» van dirigidos los principales conceptos. Los temas hegelianos están presentes en esta obra como el enemigo que se combate. Nietzsche denuncia sin cesar: el carácter teológico y cristiano de la filosofía alemana (el «seminario de Tubingue») - la impotencia de esta filosofía para salir de la perspectiva nihilista (nihilismo negativo de Hegel, nihilismo reactivo de Feuerbach, nihilismo extremo de Stirner) - la incapacidad de esta filosofía para desembocar en algo que no sea el yo, el hombre o los fantasmas de lo humano (el superhombre nietzscheano contra la dialéctica)- el carácter mixtificador de las pretendidas transformaciones dialécticas (la transvaloración contra la reapropiación, contra las permutaciones abstractas). Es cierto que en todo esto, Stirner juega el papel de revelador. Él es quien lleva la dialéctica a sus últimas consecuencias, mostrando hacia dónde conduce y cuál es su motor. Pero precisamente, por pensar todavía como dialéctico, por no salir de las categorías de la propiedad, de la alienación y de su supresión, Stirner se arroja él mismo en la nada que hunde bajo los pasos de la dialéctica. ¿Quién es hombre? Yo, sólo yo. Utiliza la pregunta ¿quién? pero sólo para disolver la dialéctica en la nada de este yo. Es incapaz de formular esta pregunta en otras perspectivas que no sean las de lo humano, bajo otras condiciones que no sean las del nihilismo; no puede dejar que esta pregunta se desarrolle por sí misma, ni formularla en otro elemento que la de una respuesta afirmativa. Carece de método, el tipológico, que correspondería al problema.

La labor de Nietzsche es positiva en un doble sentido: el superhombre y la transvaloración. En lugar de ¿quién es hombre? esta otra pregunta, ¿quién supera al hombre? «Los más preocupados se preguntan hoy: ¿cómo conservar al hombre? Pero Zarathustra pregunta lo que es el único y el primero en preguntar: ¿cómo será superado el hombre? El superhombre me preocupa enormemente, él es para mí el Único, y no el hombre: no el prójimo, no el más miserable, no el más afligido, no el mejor» (38). Superar se opone a conservar, pero también a apropiar, reapropiar. Transvalorar se opone a los valores en curso, pero también a las pseudo- transformaciones dialécticas. El superhombre no tiene nada en común con el ser genérico de los dialécticos, con el hombre en tanto que especie, ni con el yo. No soy yo quien soy el único, ni el hombre. El hombre de la dialéctica es el más miserable, porque no es nada más que un hombre, que ha aniquilado todo lo que no era él. El mejor también, porque ha suprimido la alienación, reemplazado a Dios, recuperado sus propiedades. No creamos que el superhombre de Nietzsche sea un afán de emulación: difiere en naturaleza con el hombre, con el yo. El superhombre se define por una nueva manera de sentir: otro sujeto que el hombre, otro tipo que el tipo humano. Una nueva manera de pensar, otros predicados que el divino; porque lo divino sigue siendo una manera de conservar al hombre, y de conservar lo esencial de Dios, Dios como atributo. Una nueva manera de valorar: no un cambio de valores, no una permutación abstracta o una inversión dialéctica, sino un cambio y una inversión en el elemento del que deriva el valor de los valores, una «transvaloración».

Desde el punto de vista de esta labor positiva todas las intenciones críticas de Nietzsche hallan su unidad. La amalgama, procedimiento grato a los hegelianos, se vuelve contra los propios hegelianos. En una misma polémica, Nietzsche engloba el cristianismo, el humanismo, el egoísmo, el socialismo, el nihilismo, las teorías de la historia y de la cultura, la dialéctica en persona. Todo esto, tomado como decisión, forma la teoría del hombre superior: objeto de la crítica nietzscheana. En el hombre superior la disparidad se manifiesta como el desorden y la indisciplina de los mismos momentos dialécticos, como la amalgama de las ideologías humanas y demasiado humanas. El grito del hombre superior es múltiple: «Era un grito largo, extraño y múltiple, y Zarathustra distinguía perfectamente que se componía de muchas voces; aunque a distancia se parecía al grito de una sola boca» (39). Pero la unidad del hombre superior es también la unidad crítica: hecho de piezas y de trozos que la dialéctica ha recogido por su cuenta, tiene por unidad la del hilo que sostiene el conjunto, hilo del nihilismo y de la reacción» (40).

7. Teoría del hombre superior

La teoría del hombre superior abarca el libro IV de Zarathustra; y este libro IV es el esencial del Zarathustra publicado. Los personajes que componen el hombre superior son: el adivino, los dos reyes, el hombre de la sanguijuela, el mago, el último Papa, el hombre más abominable, el mendigo voluntario y la sombra. Y a través de esta diversidad de personas, se descubre inmediatamente lo que constituye la ambivalencia del hombre superior: el ser reactivo del hombre, pero también la actividad genérica del hombre. El hombre superior es la imagen en la que el hombre reactivo se representa como «superior» y, mejor aún, se deifica. Al mismo tiempo el hombre superior es la imagen en la que aparece el producto de la cultura o de la actividad genérica. El adivino es adivino del gran cansancio, representante del nihilismo pasivo, profeta del último hombre. Busca un mar que beber, un mar donde ahogarse; pero cualquier muerte le parece aún demasiado activa, estamos demasiado cansados para morir. Desea la muerte, pero como una extinción pasiva (41). El mago es la mala conciencia, «el monedero falso», «el expiador del espíritu», «el demonio de la melancolía» que fabrica su sufrimiento para excitar a la piedad, para extender el contagio. «Tú encubrirías hasta tu enfermedad si te mostraras desnudo ante tu médico»: el mago camufla el dolor, le inventa un nuevo sentido, traiciona a Dionysos, se apodera de la canción de Ariana, él, el falso trágico (42). El hombre más horrible representa el nihilismo reactivo: el hombre reactivo ha vuelto su resentimiento contra Dios, se ha colocado en el lugar del Dios que ha matado, pero no deja de ser reactivo, lleno de mala conciencia y de resentimiento (43).

Los dos reyes son las costumbres, la moralidad de las costumbres, y los dos extremos de esta moralidad, las dos extremidades de la cultura. Representan la actividad genérica captada en el principio prehistórico de la determinación de las costumbres, pero también en el producto post- histórico donde las costumbres están suprimidas. Se desesperan porque asisten al triunfo del «populacho»: ven incorporarse sobre las costumbres a unas fuerzas que desvían la actividad genérica, que la deforman simultáneamente en su principio y en su producto (44). El hombre de la sanguijuela representa el producto de la cultura como ciencia. Es «el concienzudo del espíritu». Deseó la certeza, y apoderarse de la ciencia, de la cultura: «Mejor no saber nada absolutamente que saber muchas cosas a medias». Y en este esfuerzo hacia la certeza, se entera de que la ciencia no es ni siquiera un conocimiento objetivo de la sanguijuela y de sus causas primeras, sino sólo un conocimiento del «cerebro» de la sanguijuela, un conocimiento que ya no lo es porque tiene que identificarse a la sanguijuela, pensar como ella y someterse a ella. El conocimiento es la vida contra la vida, la vida que hace una incisión en la vida, pero únicamente la sanguijuela hace una incisión en la vida, sólo ella es conocimiento (45). El último Papa hizo de su existencia un largo servicio. Representa el producto de la cultura como religión. Sirvió a Dios hasta el fin, y dejó en ello un ojo. El ojo perdido es sin duda el ojo que vio a los dioses activos, afirmativos. El ojo restante siguió al dios judío y cristiano en toda su historia: vio la nada, todo el nihilismo negativo, y la sustitución de Dios por el hombre. Viejo lacayo que se desespera por haber perdido a su señor: «Estoy sin dueño y ni siquiera soy libre; por lo mismo nunca soy feliz salvo en mis recuerdos» (46). El mendigo voluntario ha recorrido toda la especie humana, desde los ricos hasta los pobres. Buscaba «el reino de los cielos», «la felicidad en la tierra» como la recompensa, pero también el producto de la actividad humana, genérica y cultural. Quería saber a quién le tocaba este reino, y qué representaba esta actividad. ¿La ciencia, la moralidad, la religión? 0 más cosas aún, ¿la pobreza, el trabajo? Pero el reino de los cielos no se encuentra ni entre los pobres ni entre los ricos: el populacho por todas partes, ¡«populacho arriba, populacho abajo»! El mendigo voluntario encontró el reino de los cielos como la única recompensa y el verdadero producto de una actividad genérica: pero sólo en las vacas, únicamente en la actividad genérica de las vacas. Porque las vacas saben rumiar, y rumiar es el producto de la cultura como cultura (47). La sombra es el propio viajero, la propia actividad genérica, la cultura y su movimiento. El sentido del viajero y de su sombra consiste en que únicamente la sombra viaja. La sombra viajera es la actividad genérica, pero en tanto que pierde su producto, en tanto que pierde su principio y los busca desesperadamente (48). Los dos reyes son los guardianes de la actividad genérica, el hombre de la sanguijuela es el producto de esta actividad como ciencia, el último Papa es el producto de esta actividad como religión, quiere saber cuál es el producto adecuado de esta actividad; la sombra es esta misma actividad en tanto que pierde su fin y busca su principio.

Hemos hecho como si el hombre superior se dividiera en dos clases. Pero en realidad es cada personaje del hombre superior el que posee los dos aspectos según una proporción variable; representante de las fuerzas reactivas y de su triunfo al mismo tiempo que representante de la actividad genérica y su producto. Debemos tener en cuenta este doble aspecto para comprender por qué Zarathustra trata al hombre superior de dos formas: a veces como el enemigo que no retrocede ante ninguna trampa, ninguna infamia, que desvía a Zarathustra de su camino; a veces como un invitado, casi un compañero que se lanza en una empresa muy similar a la del propio Zarathustra (49).


NOTAS:

(1).   AC, 15 (la oposición del sueño y de la ficción).
(2).   GM, III, 28.
(3).   Cr, Id, «La razón en la filosofía», 6.
(4).   GM, III, 26.
(5).   Z, IV «Fuera de servicio»:  versión del último Papa.
(6).   Z, IV «El hombre más horrible»:  versión del asesino de Dios.
(7).   AC, 7.
(8).   Sobre el ateísmo del resentimiento:  VP, III, 458; cf. Eh, II, 1: como opone Nietzche al ateísmo del resentimiento a su propia agresividad contra la religión.
(9).   Z, IV, «El hombre más horrible».
(10). Z, IV, «Fuera de servicio».
(11). Z, II, «El adivino».  GS, 125: «¿No vamos errando como por una infinita nada? ¿No sentimos el aliento del vacío sobre nuestro rostro? ¿No hace más frío? ¿No es siempre de noche, cada vez más noches?»
(12). Z, Prólogo, 5.
(13). Z, Prólogo, 5.
(14). Heidegger, Holzwege («la frase de Nietzsche:  Dios ha muerto»).
(15).
Nietzsche no siente afecto por la historia europea.  El budismo le parece una religión del nihilismo pasivo; el budismo da incluso al nihilismo una cierta nobleza.  Del mismo modo Nietzsche cree que Oriente está más adelantado que Europa:  el cristianismo permanece aún en los estados negativo y reactivo del nihilismo.
(16). Z, IV, «Fuera de Servicio».
(17). AC, 43.
(18). GM, I, 8:  «¿No es por la oculta magia negra de una política verdaderamente grandiosa de la venganza, de una venganza previsora, subterránea, lenta en tomar y en calcular sus golpes, que la propia Israel debió renegar y crucificar frente al mundo el verdadero instrumento de su venganza, como si este instrumento fuera su enemigo mortal, a fin de que el mundo entero, es decir, todos los enemigos de Israel, tuvieran menos escrúpulos en morder de sus encantos?».
(19). AC, 17:  «En otro tiempo, Dios sólo tenía a su pueblo, su pueblo elegido.  A partir de entonces se fue al extranjero, como su pueblo, se puso a viajar sin estar nunca en el mismo sitio: hasta que en todas sus partes estuvo en su casa, el gran cosmopolita».
(20). El tema de la muerte de Dios, interpretado como muerte del Padre, gozó del favor del romanticismo:  por ejemplo Juan-Pablo (Choix de rêves). Nietzsche da sobre esto una versión admirable en VO, 84:  al estar ausente el guardían de la prisión, un prisionero sale de la fila y dice en voz alta: «Yo soy el hijo del guardián de la prisión y tengo todo el poder sobre él.  Puedo salvaros, quiero salvaros.  Pero, por supuesto, sólo salvaré a  aquéllos que crean que soy el hijo del guardián de la prisión».  Entonces se corre la noticia de que el guardián de la prisión «acaba de morir súbitamente».  El hijo vuelve a hablar:  «Ya os lo he dicho, dejaré libre a todo el que tenga fe en mí, lo afirmo con la misma certeza con la que afirmo que mi padre todavía está vivo».  Esta exigencia cristiana: tener creyentes, es denunciada muy a menudo por Nietzsche.  Z, II, «Poetas»:  «La fe no salva, la fe en mí mismo menos que cualquier cosa».  EH, IV, 1:  «No quiero creyentes, creo que soy demasiado malo para esto, yo no creo ni en mí mismo.  No hablo nunca a las masas...Tengo un miedo espantoso que un día se me quiera canonizar»
(21). Primer elemento de la interpretación de san Pablo, AC, 42, 49; VP, I, 390.
(22). AC, 42.  Segundo elemento de la interpretación de san Pablo, AC, 42, 43: VP, I, 390.
(23). AC, 33, 34, 35, 40.  El verdadero Cristo, según Nietzsche, no llama a una creencia, aporta una práctica:  «La vida del Salvador no era más que esta práctica, tampoco su muerte fue otra cosa...No resiste, no defiende su derecho, no da un paso para alejar de él la cosa extrema, más aún, la provoca.  Reza, sufre y ama con los que le hacen daño.  Ni defenderse, ni encolerizarse, ni responsabilizarse.  Pero también no resistir al mal, amar el mal...Por su muerte Jesús no podía querer otra cosa, en sí, que dar la prueba más deslumbrante de su doctrina».
(24). AC, 31.  AC, 42:  «Un nuevo esfuerzo, hace un instante espontáneo, hacia un movimiento de apaciguamiento budista»;  VP, I, 390:  «El cristianismo es un ingenuo comienzo de pacifismo budista, surgido del mismo rebaño que anima el resentimiento».
(25). AC, 31.
(26). VP, I, 390.
(27). AC, 22.
(28). VP, III, 87.
(29). Z, II, «Grandes acontecimientos»:  «He perdido la fe en los grandes acontecimientos, desde que hay muchos gritos y humo alrededor...Y, ¡confiésalo!  Poco era lo conseguido cuando se disipaban tu estruendo y tu humareda».
(30). Sobre la muerte de Dios y su sentido en la filosofía de Hegel, cf. los comentarios esenciales de J. Wahl (La infelicidad de la conciencia en la filosofía de Hegel) y de Hyppolite (Génesis y estructura de la fenomenología del espíritu).  Y también el excelente artículo de Birault (L'Onotothéo-logique hégelienne et la dialectique, en Tijdschrift vooz Philosophie, 1958).
(31). A las críticas de Stirner, Feuerbach convenía:  dejo subsistir los predicados de Dios, «pero (yo) no podía siquiera dejar subsistir la naturaleza del hombre; ya que Dios es un ser compuesto de realidades, es decir, de predicados de la naturaleza y de la humanidad» (cf. La esencia del cristianismo en su relación con lo Unico y su propiedad, Manifiestes philosophoques, [P.U.F.])
(32).
Stirner, Lo único y su propiedad, p.449.  Sobre Stirner, Feuerbach y sus relaciones, cf. los libros de Arvon:  Aux sources de l'existencialisme:  Max Stirner; Ludwig Feuerbach ou la trasformation du sacré (P.U.F.)
(33). Stirner, págs. 36, 220.
(34). Z, IV, «El más abominable de los hombres».
(35). Stirner, pág. 216.
(36). Stirner, págs. 216, 449.
(37). Merleau-Ponty escribió un bello libro sobre Las aventuras de la dialéctica.  Entre otras cosas, denuncia la aventura objetivista, que se apoya «en la ilusión de una negación realizada en la historia y en su materia» (pág. 123) o que «concentra toda la negatividad en una formación histórica existente:  la clase proletaria» (pág. 278).  Esta ilusión comporta necesariamente la formación de un cuerpo cualificado:  «los funcionarios de lo negativo» (pág. 184).  Pero si queremos mantener la dialéctica en el terreno de una subjetividad y una intersubjetividad móviles, es muy dudoso que se escape al nihilismo organizado.  Hay figuras de la conciencia que ya son funcionarios de lo negativo. La dialéctica tiene menos aventuras que avatares; naturalista u ontológica, objetiva o subjetiva, es, diría Nietzsche, nihilista por principio; y la imagen que ofrece de la positividad es siempre una imagen negativa o invertida.
(38). Z, IV, «Sobre el hombre superior».  La alusión a Stirner es evidente.
(39). Z, IV, «La salvación».  Sin embargo, me parece que concordáis muy mal unos con otros cuando estáis reunidos aquí, vosotros que lanzáis gritos de angustia.
(40). Cr. Z, II, «Sobre el país de la cultura»:  El hombre de este tiempo es a la vez la representación del hombre superior y el retrato del dialéctico.  «Parecéis modelados con colores y trozos de papel pegados con cola...¡Cómo vais a creer, abigarrados como sois! Vosotros que sois pinturas de todo  aquello que jamás ha sido creído.
(41). Z, II, «El adivino»; IV, «El grito de angustia».
(42). Z, IV, «El Mago».
(43). Z, IV, «El hombre más horrible».
(44). Z, IV, «Conversación con los reyes».
(45).
Z, IV, «La sanguijuela».  Recuérdese también la importancia del cerebro en las teorías de Schopenhauer.
(46). Z, IV, «Fuera de servicio».
(47). Z, IV, «El mendigo voluntario».
(48). Z, IV, «La sombra».
(49). Z, IV, «La salvación»:  «No era a vosotros a quienes esperaba en estas montañas...Vosotros no sois mi brazo derecho...Con vosotros malgastaría hasta mis victorias...Vosotros no sois aquéllos a quienes pertenece mi nombre y mi herencia».  Z, IV; «El canto de la melancolía»:  «Quizás todos estos hombres superiores no huelen bien».  Sobre la trampa que tienden a Zarathustra, cf. Z, IV,«El grito de angustia», «El Mago», «Fuera de servicio», «El hombre más horrible».  Z, IV, «La salvación»: «Este es mi reino y mi dominio:  pero durante esta tarde y esta noche serán vuestros.  Que mis animales os sirvan, que mi caverna sea vuestro lugar de reposo».  Los hombres superiores son llamados «puentes», «grados», «corredor delantero»:  «Es posible que de vuestra semilla nazca un día, para mí, un hijo y un heredero perfecto».

Texto extraído de "Nietzsche y la filosofía", Gilles Deleuze, capítulo 5, págs. 207/233, editorial Anagrama, Barcelona, España, 1971.

Edición original: Presses Universitaire de France (P.U.F.), 1967.

Corrección: Cecilia Falco.

Selección y destacados: S.R.

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Con-versiones noviembre 2006

 

 

        

 

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