| Escoger
su herencia
Elisabeth Roudinesco / Jacques Derrida
Capítulo 1(ª)
A
la manera del diálago, Derrida y Roudinesco se encuentran para trabajar
una pregunta de Víctor Hugo: ¿De qué estará hecho el mañana?
En
este capítulo, los autores plantearán la problemática del porvenir
en función del trabajo inexorable a realizar con lo que se hereda.
¿Qué es la herencia? ¿Cómo nos obliga? ¿Qué es ser fiel a
la herencia? Y en todo caso, ¿cómo nos posicionamos cuando la herencia
no es una elección sino algo que ”violentamente nos elige”?
V.G.
Élisabeth
Roudinesco:
Ante todo me gustaría evocar el pasado, nuestra historia común. Hoy
es de buen tono reprobar a los pensadores de los años setenta y exigir
de quienes los reivindican un "deber de inventario" o, peor
aún, un "arrepentimiento". A las obras de dicha época, signadas
por la coyuntura tan particular del “estructuralismo, se reprocha
desordenadamente: la valorización excesiva del espíritu de rebeldía,
el culto del esteticismo, un apego a cierto formalismo de la lengua,
el rechazo de las libertades democráticas y una profunda incredulidad
para con el humanismo.
Me parece que esta proscripción es estéril y conviene encarar nuestra
época de una manera muy diferente. Esta consiste en "escoger
su herencia” según sus propios términos: ni aceptarlo todo ni barrer
con todo. Usted
es el heredero de las obras mayores de la segunda mitad del siglo.
Cantidad de ellas surgieron de los sistemas de pensamiento hoy rechazados.
Usted "deconstruyó" (1)
esas obras, sobre todo las de Claude
Lévi-Strauss, Michel Foucault, Louis Althusser, Jacques Lacan
(2).
Con ellos y en
vida de ellos, a partir de sus libros, usted se "explicó"
-tiene mucha afición por ese verbo-, se entregó a un trabajo de comentario
de textos al tiempo que reivindicaba la importancia que tenían para
su evolución las enseñanzas de Edmund
Husserl, de Martin Heidegger
o de Emmanuel Lévinas.
Fue en esa
época, alrededor de 1967, cuando yo empecé a leer sus obras, y sobre
todo De
la gramatología y La escritura y la diferencia,(3)
como todos los estudiantes de letras de mi generación que se interesaban
en la literatura de vanguardia, en la lingüística estructural surgida
de Ferdinand de Saussure y de Roman Jakobson. La subversión consistía
entonces en afirmar que el sujeto humano está determinado por el lenguaje,
por funciones simbólicas, por el destino de una "letra"
o de un significante, o incluso por una escritura anterior a la palabra,
y finalmente por la existencia del inconsciente en el sentido freudiano.
Al tiempo que respetaba el compromiso político de Jean Paul Sartre,
nuestra generación criticaba su resistencia a enfrentar la cuestión
del inconsciente en la formación de un sujeto y su humanismo del sujeto
"pleno", transparente a sí mismo (4).
Luego, sobre
todo en el segundo coloquio de Cluny, organizado en la primavera de
1970 por La
Nouvelle Critique, (5)
revista del Partido Comunista francés, lo critiqué a usted por considerarlo
“infiel" a esa herencia que deconstruía. Por mi parte, yo pretendía
ser fiel, pero no dogmática. Luego me sentí más cerca de usted y pensé
que había tenido razón de hacer hablar las obras en el interior de
sí mismas, a través de sus fisuras, sus blancos, sus márgenes, sus
contradicciones, sin tratar de aniquilarlas. De
aquí proviene la idea de que la mejor manera de ser fiel a una herencia
es serle infiel, es decir, no recibirla literalmente, como una totalidad,
sino más bien pescarla en falta, captar su "momento dogmático":
"Yo me siento heredero, fiel en la medida de lo posible",
dice en una entrevista de 1983 (6).
De igual modo, acerca de Lévinas, dice que él "se encuentra en
una relación de infidelidad y de fidelidad a la ontología" (7).
Los verdaderos
adversarios del pensamiento de dicha época aparecieron posteriormente,
en 1986, cuando Luc
Ferry y Alain
Renaut publicaron un libro que tuvo una gran repercusión: La
pensée 68 (8).
De alguna
manera, hoy es usted el último heredero de ese pensamiento que resultó
tan fecundo. Me atrevería a decir que hasta es el sobreviviente, porque
con excepción de Claude
Lévi-Strauss, el resto de los protagonistas de esta escena
han muerto. Y todo ocurre como si, a través de la deconstrucción,
usted lograra hacerlos vivir y hablar, no como ídolos, sino como los
portadores de una palabra viva.
Por lo demás,
y sin duda porque es un heredero fiel e infiel, asume en el mundo
de hoy la posición de intelectual universal que antaño fue la de un
Zola,
luego, más recientemente, de un Sartre.
Al respecto, encarna una nueva forma de disidencia que su palabra
y sus obras (traducidas a más de cuarenta lenguas) llevan de un extremo
a otro del mundo. En resumen, tengo ganas de decir que está triunfando
(9).
Al respecto,
en ocasiones tengo
la impresión de que el mundo de hoy se le parece y se parece a sus
conceptos, que nuestro mundo está deconstruido y que se ha vuelto
derridiano al punto de reflexionar, como una imagen en un espejo,
el proceso de descentramiento del pensamiento, del psiquismo y de
la historicidad que usted contribuyó a poner en marcha.
Jacques Derrida:
Fiel e infiel, ¡cuánta razón tiene! A menudo me veo pasar muy rápido
ante el espejo de la vida, como la silueta de un loco (cómico y
trágico a la vez) que se mata siendo infiel por espíritu de fidelidad.
Así que estoy listo para seguirla, salvo en la alusión al triunfo.
Para nada tengo el mismo sentimiento que usted; y no lo digo por
cortesía o modestia. Sin duda, el paisaje ha cambiado. Sin duda,
vemos cómo pierden el aliento -pero sin exagerar- los esfuerzos
compulsivos, con frecuencia patéticos, atemorizados o desesperados,
para desacreditar a cualquier precio, no solamente mi trabajo, por
supuesto, sino toda una configuración a la que éste pertenece (aunque
me vea obligado a revindicar aquí un triste privilegio: yo atraigo
una agresividad más tenaz y encarnizada). Sin duda, se disciernen
las señales, en ocasiones igualmente inquietantes, de cierta legitimación.
Pero, ¿cómo hablar de "triunfo”? No, y tal vez no sea deseable.
Para volver al punto de partida, y para acompañarla en este diálogo,
arriesgaré algunas generalidades sobre la noción de herencia.
Es cierto,
siempre me reconocí, ya se trate de la vida o del trabajo del pensamiento,
en la figura del heredero, y cada vez más, de manera cada vez más
asumida, con frecuencia feliz. Al explicarme de manera insistente
sobre ese concepto o esa figura del legatario, llegué a pensar que,
lejos de una comodidad garantizada que se asocia un poco rápido
a dicha palabra, el
heredero siempre debía responder a una suerte de doble exhortación,
a una asignación contradictoria: primero hay que saber y saber reafirmar
lo que viene "antes de nosotros", y que por tanto recibimos
antes incluso de elegirlo, y comportarnos al respecto como sujetos
libres. Sí, es preciso (y ese es preciso está inscripto en la propia
herencia recibida); es preciso hacerlo todo para apropiarse de un
pasado que se sabe que en el fondo permanece inapropiable, ya se
trate por otra parte de memoria filosófica, de la precedencia de
una lengua, de una cultura, y de la filiación en general. ¿Qué quiere
decir reafirmar?
No solo aceptar dicha herencia, sino reactivarla de otro modo y
mantenerla
con vida. No escogerla (porque lo que caracteriza la herencia es
ante todo que no se la elige, es ella la que nos elige violentamente),
sino escoger conservarla en vida. En el fondo, la vida, el
ser-en-vida, se define acaso por esa tensión interna de la herencia,
por esa reinterpretación de la circunstancia del don, hasta de la
filiación. Esa reafirmación que al mismo tiempo continúa e interrumpe
se asemeja, por lo menos, a una elección, a una selección, a una
decisión. Tanto la suya como la del otro: firma contra firma. Pero
no utilizaré ninguna de esas palabras sin rodearlas de comillas
y precauciones. Comenzando por la palabra "vida". Habría
que pensar la vida a partir de la herencia, y no a la inversa.
Por lo tanto, habría que partir de esa contradicción formal y aparente
entre la pasividad de la recepción y la decisión de decir "sí",
luego seleccionar, filtrar, interpretar, por consiguiente transformar,
no dejar intacto, indemne, no dejar a salvo ni siquiera eso que
se dice respetar ante todo. Y después de todo. No dejar a salvo:
Salvar, tal vez, todavía, por algún tiempo, pero sin ilusión sobre
una salvación final.
Pero bien
ve por qué soy sensible a lo que dijo de la ausencia o la renuncia
de toda aniquilación. Siempre
-en la medida de lo posible, por supuesto, y por "radical"
o inflexible que deba ser una deconstrucción- me prohibí herir o
aniquilar. Precisamente, reafirmar siempre la herencia es
el modo de evitar esa ejecución. Incluso
en el momento en que -y es la otra vertiente de la doble exhortación-
esa misma herencia ordena, para salvar la vida (en su tiempo finito),
reinterpretar, criticar, desplazar, o sea, intervenir activamente
para que tenga lugar una transformación digna de tal nombre: para
que algo ocurra, un acontecimiento, la historia, el imprevisible
por-venir.
Mi
deseo se parece al de un enamorado de la tradición que quisiera
librarse del conservadurismo. Imagínese a un loco del pasado, loco
de un pasado absoluto, de un pasado que ya no sería un presente
pasado, de un pasado a la medida, a la desmesura de una memoria
sin fondo; pero un loco que tema la añoranza, la nostalgia, el culto
del recuerdo. Doble exhortación contradictoria e incómoda, pues,
para ese heredero que sobre todo no es lo que se llama un "heredero".
Pero nada es posible, nada tiene interés, nada me parece deseable
sin ella. Ella gobierna dos gestos a la vez: dejar la vida en vida,
hacer revivir, saludar la vida, "dejar vivir", en el sentido
más poético de lo que, por desgracia, se transformó en un eslogan.
Saber
"dejar", y lo que quiere decir "dejar" es una
de las cosas más bellas, más arriesgadas, más necesarias que conozca.
Muy cerca del abandono, el don y el perdón. La experiencia
de una "deconstrucción" nunca ocurre sin eso, sin amor,
si prefiere esa palabra. Comienza por homenajear aquello, aquellos
con los que "se las agarra". "Agarrárselas"
es una muy seductora, muy intraducible manera de la lengua francesa,
¿no le parece? (*)
Esta "manera"
de hacer va bien con una deconstrucción que se agarra, se hace agarrar
y se deja agarrar en lo que comprende y toma en cuenta, al tiempo
que se prenda de ello.(**)
Concierne
a los límites del concepto. En latín o en francés así como
en alemán, el
concepto (Begriff) nombra el gesto de una agarrada,
es una incautación. La deconstrucción es considerada hiperconceptual,
y ciertamente lo es; en efecto, hace un gran consumo de los conceptos
que produce así como de los que hereda, pero solo hasta el punto
en que cierta escritura pensante excede la agarrada o el dominio
conceptual. (***)
Entonces intenta pensar el límite del concepto, hasta padece la
experiencia de este exceso, amorosamente se deja exceder. Es
como un éxtasis del concepto: se lo goza hasta el desborde.
En
los textos "deconstructores", en apariencia encarnizados,
que he escrito acerca de los autores de los que usted habló, siempre
hay un momento en que declaro, con la mayor sinceridad, la admiración,
la deuda, el reconocimiento y la necesidad de ser fiel a la herencia
para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente. Es decir,
a mi cuenta y riesgo, de manera selectiva. Jamás hablo de lo que
no admiro, salvo si alguna polémica (de la que nunca tomo la iniciativa)
me obliga a hacerlo, e intento replicar entonces limitándome a posturas
impersonales o de interés general. Si
la herencia nos asigna tareas contradictorias (recibir y sin embargo
escoger, acoger lo que viene antes que nosotros y sin embargo reinterpretarlo,
etc.), es porque da fe de nuestra finitud. Únicamente un ser finito
hereda, y su finitud lo obliga. Lo obliga a recibir lo que
es más grande y más viejo y más poderoso y más duradero que él.
Pero la misma finitud obliga a escoger, a preferir, a sacrificar,
a excluir, a dejar caer. justamente para responder al llamado que
lo precedió, para responderle y para responder de él, tanto en su
nombre como en el del otro. El concepto
de responsabilidad no tiene el menor sentido fuera de una experiencia
de la herencia. Incluso antes de decir que uno es responsable
de tal herencia, hay que saber que la responsabilidad en general
(el "responder de", el "responder a", el "responder
en su nombre") ante todo nos es asignada, y, de punta a punta,
como una herencia. Uno es responsable ante lo que lo precede pero
también ante lo venidero, y que por tanto aún está delante de
uno. Delante dos veces, delante de lo que debe de una vez por
todas, el heredero está doblemente endeudado. Siempre se trata de
una suerte de anacronía: anticipar en nombre de aquello que se nos
anticipa, ¡y anticipar el mismo nombre! ¡Inventar su nombre, firmar
de otra manera, de un modo siempre único, pero en nombre del nombre
legado, de ser posible!
Tratándose
de los años setenta a los que usted aludía, esta doble ley se verifica.
Se podrían encontrar otros ejemplos, por supuesto, en los pensamientos
filosóficos anteriores, ya se trate de los de Platón, Descartes
o Kant, Hegel o Heidegger. Pero como usted eligió privilegiar lo
que nos es común, me siento feliz de que esta entrevista comience
así. Vamos a seguir, en línea de puntos, algunos momentos de nuestros
itinerarios respectivos, allí donde se cruzaron en el tiempo.
A fines
de los años sesenta, en efecto, para mí se trataba de heredar, quiero
decir, de dar respuesta a una herencia, a un momento de la historia
en el que ya se habían elaborado grandes obras que estaban presentes
en el campo de la filosofía. No hablo solamente de Husserl
o de Heidegger,
sino, más cerca de nosotros, en Francia, de Lévinas,
de Lacan,
de Lévi-Strauss,
y, más cerca todavía, de Foucault,
de Althusser,
de Deleuze
por supuesto, de Lyotard. Aunque pueda parecer eclecticismo (pero
no había ni la sombra de eclecticismo en todo eso, justamente, se
trata de otro lugar de la afinidad, de una "pertenencia"
común que queda por definir y que se siente más -incluso un poco
demasiado- en el extranjero que en Francia), me sentía muy profundamente
de acuerdo con el
gesto de cada uno de ellos, por diferente que fuese. Por
eso, si se tiene a bien seguir mis textos desde el comienzo, siempre
hay un momento en que yo señalo la
alianza. Lo hice por todos aquellos que acabamos de nombrar.
Pero ese
momento fue también el de lo que usted llamó el "sistema".
Yo comencé a escribir entre 1962 y 1966, cuando el estructuralismo
era no solo un pensamiento sistemático, sino un nuevo pensamiento
del sistema, de la forma sistémica, con el predominio del modelo
lingüístico en Lévi-Strauss
y en Lacan,
cualquiera que sea la complicación con que, cada uno a su manera,
afectaban a dicho modelo. Por cierto, sentía la fecundidad y la
legitimidad de tal gesto, en ese momento, en respuesta a empirismos,
a positivismos u otros "obstáculos" epistemológicos, como
a menudo se decía. Pero no por eso dejaba de percibir el precio
que habría que pagar, o sea, cierta ingenuidad, la repetición un
poco jubilosa de viejos gestos filosóficos, la sumisión un poco
hipnótica a una historia de la metafísica cuyo programa me veía
conducido a descifrar, y también las combinatorias, todas las posibilidades
para mis ojos entonces extenuados, fatigados. Creí
poder discernir lo que ese programa podía implicar de esterilizante,
hasta de precipitado y dogmático. A pesar, o a través de
la “subversión” de la que usted hablaba hace un rato. Pienso sobre
todo en el desconocimiento o la negación práctica de cierta cantidad
de motivos, por ejemplo la ruptura en historia, la interrupción,
el pasaje de una fuerza sistémica a otra, etcétera. En ese momento,
con precaución, yo
insistía mucho en ese motivo de la fuerza que el estructuralismo
corría el riesgo de neutralizar. Y ese lazo de la fuerza y la historia,
a mi juicio, debía ser tomado en cuenta.
Cada
vez, la respuesta deconstructiva a obras como las de Foucault, Lévi
Strauss o Lacan era diferente. Y diferente con cada texto. Casi
nunca escribí sobre tal o cual autor en general, ni traté la totalidad
de un cuerpo como si fuera homogéneo. Lo que me importa es más bien
la distribución de las fuerzas y los motivos en tal o cual obra,
y reconocer lo que en ella es hegemónico o lo que se ve secundarizado,
hasta negado.
También aquí intentaba -cosa que siempre me esfuerzo por hacer-
respetar el idioma (10)
o la singularidad de una firma. La axiomática estructuralista, común
a estos autores, era puesta en práctica cada vez en un estilo diferente,
en un lugar y en cuerpos heterogéneos. Para cada una, yo quería
descubrir lo que usted llamó el "momento dogmático" -el
residuo de credulidad- para "deconstruirlo", respetando
siempre la exigencia estructuralista. Nunca dije nada contra el
estructuralismo.
Élisabeth Roudinesco:
Por el contrario, escribió una bella frase en 1963 en "Fuerza
y significación": "Si algún día se retirara, abandonando
sus obras y signos sobre las playas de nuestra civilización, la
invasión estructuralista se volvería un objeto de controversia para
el historiador de las ideas". (11)
Se trata de un homenaje: el día en que el estructuralismo haya desaparecido
como fuerza creadora habrá que hacer el duelo pero también evaluar
su lugar en la historia de la civilización...
Jacques Derrida:
Tengo la debilidad de valorar ese gesto. Por eso vuelvo a la cuestión
de la aniquilación: en ningún caso -y si a veces es preciso en algún
momento polémico, lo lamento de antemano- querría que la deconstrucción
sirviera para denigrar, herir o debilitar la fuerza o la necesidad
de un movimiento. De ahí proviene esa situación que describió hace
un rato: en tal o cual momento de un proceso, las alianzas se desplazan
y me veo como el aliado de Lacan
y de Foucault,
lo dije explícitamente, en ciertos contextos. La siniestra mueca
del libro grotesco que, en efecto, fue entonces La
pensée 68 (¿realmente es preciso seguir hablando de eso?
¿Le interesa?), distinguió claramente los campos. A veces ocurre
que señale mi reticencia respecto de tal o cual momento del pensamiento
de Lacan
o de Foucault,
sabiendo que, a pesar de todo, por ejemplo ante ofensivas tan oscurantistas,
permanezco a su lado en el movimiento general de lo que se llama
la experiencia o la exigencia del pensamiento.
Por
eso la idea de herencia implica no solo reafirmación y doble exhortación,
sino a cada instante, en un contexto diferente, un filtrado, una
elección, una estrategia.
Un heredero no es solamente alguien que recibe, es alguien que escoge,
y que se pone a prueba decidiendo. Esto es muy explícito en Espectros
de Marx. (12)
Todo texto es heterogéneo. También
la herencia, en el sentido amplio pero preciso que doy a esa palabra,
es un "texto". La afirmación del heredero, naturalmente,
consiste en su interpretación, en escoger. Él discierne ,de manera
crítica, diferencia, y eso es lo que explica la movilidad de las
alianzas. En ciertas situaciones soy el aliado de Lacan
contra otros; en otras, objeto a Lacan.
No veo en esto ningún oportunismo, ningún relativismo.
Élisabeth Roudinesco:
Usted trata ese tema del enemigo, el amigo y el adversario más particularmente
en un seminario donde deconstruye la obra de Carl
Schmitt. (13)
Usted subraya que, según Schmitt, la diferencia política procede
de una discriminación entre el amigo y el enemigo. Sin esta discriminación
no hay política. A esto opone una concepción más freudiana de la
política, la que “inscribiría el odio en el propio duelo de nuestros
amigos".(14)
Y cita la famosa historia de los erizos que Freud
había tomado de Schopenhauer.
Unos puercoespines renuncian a apretarse unos contra otros para
luchar contra el frío. Sus pinchos los lastiman. Obligados a volver
a acercarse en tiempo de helada, terminan por encontrar, entre la
atracción y la repulsión, entre la amistad y la hostilidad, la distancia
conveniente.
Me parece
que de alguna manera es necesario distinguir. Aquellos con quienes
usted "se explica" a través de la deconstrucción están
cerca de usted, los “otros" no lo están. Tratan de destruir
y no de escoger una herencia.
Yo admiro
al mismo tiempo los grandes sistemas de pensamiento y el valor de
subversión -y por lo tanto de deconstrucción- que despliegan. Por
eso, cuando hacía mis estudios de letras en la Sorbona antes de
1968, leía sus textos al mismo tiempo que los de los "otros".
Luego me sentí perfectamente representada en la frase que pronunció
Lacan
en 1969, en respuesta a Lucien Goldmann, quien recalcaba que la historia la hacen los hombres
y no las estructuras. Goldmann
comentaba de esta manera el eslogan de Mayo escrito sobre un pizarrón
de la Sorbona: "Las estructuras no van a la calle". Lacan respondió: "Si hay algo que demuestran los acontecimientos
de Mayo es precisamente que las estructuras van a la calle".(15)
Sus textos
y los de los "estructuralistas" (Lacan,
Foucault, Barthes, Althusser, Lévi- Strauss) servían entonces
para criticar a los "enemigos políticos, los partidarios de
la vieja Sorbona, que nunca querían hablar ni de literatura moderna
ni de lingüística, y mucho menos de psicoanálisis. Me acuerdo, por
ejemplo, y lo conté en Genealogías, que el titular de la
cátedra de lingüística, André
Martinet, se negaba a evocar el nombre de Roman
Jakobson, su "enemigo", y que sus asistentes, nuestros
"maestros", le obedecían. Usted, y los otros, eran la
encarnación de la Revolución, de una revolución que reivindicaba
las estructuras (y su deconstrucción), pero que lo tenía todo de
un compromiso político: la libertad de pronunciar, frente a los
mandarines y sus servidores, nombres prohibidos. Son cosas que nuestros
conservadores olvidan hoy cuando sueñan con restaurar la vieja escuela
republicana. Sin duda, es necesario mantener su espíritu en lo que
tiene de progresista. Pero no hay que olvidar nunca hasta qué punto,
en ciertos momentos, pudo ser francamente reaccionaria.
Precisamente
después yo pude captar la manera en que usted deconstruía los sistemas
de pensamiento en el interior de un espacio crítico que no los destruía
sino que los hacía vivir de otro modo. Pienso sobre todo en dos
intervenciones mayores.
Una se
refiere a un capítulo de la séptima parte de Tristes
trópicos titulado “Lección de escritura". Al describir
la vida y las costumbres de los indios Nambikwara, semi nómades
del Brasil occidental, entre los cuales había residido, Lévi-Strauss
(16)
muestra cómo la escritura irrumpe en un grupo de indios, que sin
embargo no conoce sus reglas, cuando el jefe utiliza trazos dibujados
sobre un papel como un medio de hacer creer a los miembros de su
tribu que él posee el poder de comunicarse con los blancos. Lévi-Strauss
infiere de esto que la escritura es así el instrumento de una colonización,
de una violencia, de una explotación que pone fin a un estado natural
fundado en el predominio de una palabra plena, no sospechada de
inautenticidad. Por mi parte, considero a Tristes trópicos como uno de los libros más bellos de la segunda
mitad del siglo, tanto por su estilo, la melancolía que lo anima,
como por la manera en que mezcla la autobiografía, la reflexión
teórica y el relato de aventuras. Lo descubrí y amé cuando era muy
joven y desempeñó para mí un papel de despertar político frente
a la cuestión de la colonización en general.
Es evidente
que ese libro lo impactó y fascinó, ya que le consagra páginas magníficas.
Pero, respecto de esa “Lección de escritura”, usted compara la posición
anticolonialista de Lévi-Strauss,
que asimila la aparición de la escritura a una violencia ejercida
sobre el sujeto, con la de Rousseau.
En su Ensayo sobre el origen de las lenguas, en efecto, éste condena
la escritura en la medida en que sería una destrucción de la "plenitud
de la presencia" y una verdadera enfermedad de la palabra:
un "peligroso suplemento". A Lévi-Strauss,
continuador de Rousseau,
usted
opone la idea de que esta protesta contra el escrito no sería más
que el señuelo de un etnocentrismo invertido, víctima de la ilusión
de un posible origen de la palabra plena como fuente de una ética
naturalista o libertaria. Así, la civilización del escrito sería
equivocadamente sospechosa de haber contribuido al exterminio de
los pueblos llamados "sin escritura". A su juicio, esta
actitud sería la señal de una represión de la huella y de la letra
-en el sentido freudiano del término- cuyo mecanismo habría que
deconstruir para comprender su significación.
Su
segunda intervención (17)
tiene como objeto la manera en que Foucault
comenta el famoso pasaje de las Meditaciones de Descartes(18)
sobre el origen de la locura. En su Historia
de la locura, Foucault separa en Descartes el ejercicio de
la locura del ejercicio del sueño. En el primero, la locura está
excluida, y ese decreto de exclusión filosófica anuncia el decreto
político del "gran encierro" de 1656. En el segundo, forma
parte de las virtualidades del sujeto, cuyas imágenes sensibles
se vuelven engañosas bajo el asalto del "Genio Maligno".
Allí donde
Foucault hace decir a Descartes que "el hombre bien puede estar
loco aunque el cogito no lo esté", usted subraya por el contrario
que con el acto del cogito el pensamiento ya no debe temer la locura
porque el "cogito vale aunque yo esté loco". Reprocha
entonces a Foucault que constituya un acontecimiento en estructura
ya que, a su manera de ver, la división entre locura y razón, o
sea, el ostracismo contra la locura, no comienza con Descartes sino
con la victoria de Sócrates sobre los presocráticos.
Hoy,
todos estos debates pueden parecer bien sofisticados, pero tenían
una incidencia fuerte sobre el compromiso social y político de toda
una generación de estudiantes; y permitían, como había ocurrido
con el pensamiento heideggeriano en los años treinta, luego con
las reflexiones de Sartre sobre el ser, el otro y la nada, entrar
en una modernidad que intentaba reconciliar la estética y la política,
el inconsciente y la libertad, el humanismo y el antihumanismo,
el progresismo y la crítica de las ilusiones del progresismo; en
suma comprender los fenómenos de exclusión, de construcción del
sujeto y la identidad, el estatus de la locura, los problemas del
racismo y las luchas de la época colonial.
Jacques Derrida:
En efecto, no hay nada serio en política sin esa aparente "sofisticación"
que estimula los análisis sin dejarse intimidar, aunque fuera por
la impaciencia de los medios. En el interior de este campo complejo
y difícil de recortar hay sitio para diferencias aparentemente microscópicas.
Todos esos autores parecen sostener el mismo lenguaje. En el extranjero,
con mucha frecuencia se los cita en serie. Y es irritante, porque,
apenas se miran los textos con precisión, uno percibe que las separaciones
más radicales dependen en ocasiones de un pelo. A todas luces, por
suerte y por necesidad, fue una época feliz donde se cruzaban todos
aquellos que se interesaban en diferencias micrológicas, en análisis
de textos muy refinados. Gran nostalgia. Ya ve que sigo inconsolable...
Entonces
uno podía oponerse y decidirse sobre desafíos de una gran importancia
para el pensamiento, a partir de argumentos que hoy se considerarían
mucho más sofisticados o inútilmente sutiles. Mi relación con cada
autor era diferente. Para volver a la palabra "deconstrucción",
por ejemplo, Foucault
me parece más "deconstructor" que Lévi-Strauss,
en la medida en que era más impaciente y más rebelde, no tan conservador
en política y más comprometido en acciones "subversivas"
y luchas “ideológicas”, lo que no ocurre con Lévi-Strauss
o Lacan.
Pero desde otro punto de vista, me parece que Lacan
es más audazmente "deconstructor" que Foucault.
Por eso me sentí -y lo sigo estando- más cerca de Lacan
que de Foucault.
Lévi-Strauss
es diferente. Mi crítica se refirió primero a un punto muy particular,
un pasaje de Tristes
trópicos (en "La lección de escritura") que, a
mi juicio, revelaba una filosofía y una “ideología” cuyos límites
traté de expresar y de la que pueden encontrarse otros signos.
Pero después
de De
la gramatología, en un segundo texto sobre Lévi-Strauss,
que escribí poco tiempo más tarde ("La
estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”)(19)
por el contrario intento, al analizar su prefacio a la obra
de Marcel
Mauss, (20)
acompañar a mi manera, suscribiéndola hasta cierto punto, la demostración
y la preocupación de Lévi-Strauss.
Por consiguiente, relación doble, y una vez más dividida.
Lo que
siempre me dejó un poco perplejo con Foucault,
más allá del debate sobre el cogito, es que, si comprendo muy bien
la necesidad de señalar divisiones, rupturas, pasajes de una episteme
a otra, al mismo tiempo siempre tuve la impresión de que eso conllevaba
el riesgo de tornarlo menos atento a secuencias largas, donde podrían
encontrarse diferencias incluso más allá del momento cartesiano.
Podrían encontrarse otros ejemplos, incluso en textos como Vigilar
y castigar (21)
o en otros más recientes. El gesto típico de Foucault
consiste en endurecer en oposición un juego de diferencias más complicado
y que se extiende en un tiempo
más largo. Para esquematizar en extremo, diría que Foucault
instaura en rupturas y en oposiciones binarias un abanico de diferencias
más complejo; por ejemplo, el par visibilidad/invisibilidad, en
Vigilar
y castigar. Contrariamente a lo que dice Foucault, no
creo que se pase de lo visible a lo invisible en la administración
de las penas, a partir del siglo XVII. Al tiempo que reconozco la
legitimidad relativa de tal análisis, según ciertos criterios limitados,
estaría tentado de afirmar que en la evolución de los castigos no
se pasa de lo visible a lo invisible sino más bien de una visibilidad
a otra visibilidad, más virtual. Yo intento demostrar (en un seminario
sobre la pena de muerte) que el mismo proceso se orienta hacia otra
modalidad, otra distribución de lo visible (y por ende de lo invisible)
que hasta puede, por el contrario, extender con consecuencias decisivas
el campo virtual de lo espectacular y lo teatral.
Lo mismo
ocurre con el cogito. Comprendo la exactitud de lo que afirma Foucault
a propósito de Descartes,
con la salvedad de que en cierto momento puede leerse el acontecimiento
del cogito, en la demostración hecha por Descartes,
como una inclusión (y no como una exclusión) de la locura. Así,
el gesto de Descartes
puede ser comprendido de otra manera. Y, por supuesto, sus consecuencias
son ¡limitadas, no solo para la interpretación de Descartes,
desde ya, y eso cuenta, sino para los protocolos de lectura y los
dispositivos metodológicos o epistemológicos de La historia de la
locura...
Lo que
me interesó no es simplemente una oposición política (conservador/no
conservador) sino el precio que se debía pagar, en cada caso, para
que se realizara un progreso. Cada vez, un presupuesto posibilitaba
la conquista teórica y la avanzada del saber. Yo buscaba ese presupuesto
que hacía del freno, si puede decirse, un amortiguador indispensable
de la aceleración...
Élisabeth Roudinesco:
Volveremos sobre esto. Todos esos pensadores de los años setenta
también son escritores. Ahí está su fuerza. Al igual que usted,
yo tengo nostalgia de esa época, pero hay que ir para adelante.
Hay
recortes que no son los de nuestra generación. Lévi-Strauss
tiene una escritura clásica. Pensador naturalista, quiso mostrar
la existencia de un continuum entre lo biológico y lo cultural.
Foucault,
en mi opinión, es más un heredero del romanticismo alemán. Por lo
que respecta a Lacan, en efecto, y aunque pertenezca a la misma generación que Lévi-Strauss,
está más cerca de usted desde el punto de vista del estilo.
En La pensée 68, Ferry y Renaut
predican un retorno a la filosofía francesa vía Kant,
es decir, a una filosofía "neokantiana" de profesores,
reprochando a esta época -hacen la amalgama- el ser nietzscho-heideggeriana.
¿En qué sería vergonzoso ser nienscheano-heideggeriano? Hay algo
muy político en esas su. puestas teorizaciones. Si Francia no se
alimentara de la filosofía alemana, y a la inversa, si Alemania
no se inspirara en la filosofía de las Luces, sería un desastre
para los dos países y para Europa. Los pensadores de quienes hablamos
tienen la característica de haber reintroducido en Francia la filosofía
alemana. Hasta Lévi-Strauss
reivindica su deuda para con Freud
y Marx.
Lacan
reintrodujo la filosofía hegeliana en el pensamiendo freudiano a
partir de la enseñanza de Alexandre
Kojéve y en una época en que los psicoanalistas franceses
querían desterrar de sus filas toda la herencia alemana de Freud.
En su caso, la herencia de Husserl,
Heidegger, Nietzsche y Lévinas
es central. Habla de ello en "Violencia
y metafísica". (22)
Jacques Derrida:
¡La escritura y Francia! Para tratar de responderle uniré esos dos
motivos de "la escritura" (el idioma en la escritura,
en la manera de escribir) y la “nacionalidad”. Primera observación
lateral: incluso los que usted acaba de designar como aquellos de
los que visiblemente heredo -Heidegger,
Lévinas, Husserl- son pensadores que nunca dejé realmente
de cuestionar. Y fueron cuestiones graves, centrales. Siempre con
una inquietud radical, sin descanso o sin fondo, sobre todo por
lo que respecta a Heidegger
y Husserl.
Pero volveré sobre esto.
Retomo
la cuestión de la escritura y la nacionalidad. Ya se trate de Foucault,
de Lévi-Strauss,
Delcuze, Althusser o Lyotard,
siempre tuve el sentimiento de que -pese a las diferencias de estilo-
mantenían con la lengua francesa una relación común. Y en el fondo
muy apacible, muy sedentaria. Todos escriben "un francés determinado";
tienen el respeto, no de una actitud académica o convencional, sino
de cierto clasicismo. Su
escritura no hace temblar la lengua, no hace mover la retórica francesa
más tradicional. Frente a ella, tengo la sensación de que
todo lo que intento hacer pasa por una lucha cuerpo a cuerpo con
la lengua francesa, una lucha turbulenta pero primordial, quiero
decir donde todo el desafío se fija, donde lo esencial está en juego.
Como usted
sabe, siento por esta lengua un amor inquieto, celoso y atormentado.
Esto lo tengo en común con Lacan,
aunque escribamos de una manera muy diferente. También él tiene
una manera de tocar la lengua francesa, o de dejarse tocar por ella,
que, a mi parecer, y si no soy demasiado injusto, no siento en los
otros. Comparto
con él una atención constante a cierto movimiento de la frase, a
un trabajo, no del significante, sino de la letra, la retórica,
la composición, la dirección, el destino, la puesta en escena.
Por lo tanto, con relación a esto, me siento más cerca de Lacan
que de todos los demás. Aunque, desde otro punto de vista, ¡Lacan
sea tan francés, Santo Dios, tanto más que yo! Se debe poder decir
y pensar todas esas cosas a la vez: todos "ellos" son
más "franceses" que yo, y más franceses unos que otros,
y sin embargo me atreveré a pretender que entre la lengua "francesa"
y yo habrá, habrá habido más amor. Un amor loco, si quiere. ¡y celos,
celos recíprocos, si no parece demasiado insensato!
Aquí se
trata de una relación con la francesidad de la lengua, de la letra,
la retórica, la composición, de la escena de la escritura. Dicho
lo cual, y ya que vuelve a eso, los autores de La
pensée 68, que jamás pudieron leer a toda esa gente, escribieron
un libro repleto de torpezas y groserías, un libro nulo pero sintomático.
¡Interesante por sintomático! A fuerza de mezclarlo todo, terminaron
por ignorar las críticas contra Nietzsche
y sobre todo contra Heidegger que estaban contenidas en esa "filiación nietzscho-heideggeriana".
Actuaron sin mirarlo de cerca, como si pudiera confundirse la elección
de una herencia con una incorporación ciega. No quisieron ver las
diferencias que se manifestaban en cada uno respecto de Nietzsche
o Heidegger.
Por lo que a mí concierne, si mi relación con Heidegger
era explícita, la discusión con su pensamiento era más bien tormentosa,
como lo muestro no solo en Del
espíritu,(23)
donde está mejor desplegada esta discusión, sino desde mis primeros
textos y mis primeras referencias a Heidegger.
Aunque deba mucho, como otros, a Heidegger,
de entrada me inspiró una intensa inquietud
política. Fue también lo que ocurrió, de una manera muy diferente,
con Lévinas.
Élisabeth Roudinesco:
Los autores de La
pensée 68 quisieron probar que toda esa generación filosófica
era hostil a la democracia. El razonamiento es de un simplismo pasmoso.
Se trata de mostrar que Pierre
Bourdieu es un "Marx francés", Lacan
un "Freud francés", Foucault
un "Nietzsche francés" y usted un "Heidegger francés".
Esta herencia sería deshonrosa porque, a la manera de ver de los
autores, Marx
es responsable del gulag, Nietzsche
un pobre esteta nihilista incapaz de comprender los progresos de
la razón occidental, y Heidegger
un simple nazi. Por lo que respecta a Freud,
no sería más que un oscurantista surgido de las profundidades del
romanticismo alemán y adepto de una visión irracional del inconsciente.
Por lo
tanto, los herederos de ese pensamiento llamado "alemán"
no serían más que antidemócratas hostiles al humanismo porque critican
el ideal del humanismo progresista y son partidarios, cada uno a
su manera, de los grandes totalitarismos del siglo. Pero lo peor,
según Ferry
y Renaut,
es que Foucault,
Lacan y Derrida
son los tres heideggerianos además de ser otra cosa: Foucault es
Nietzsche + Heidegger, Lacan es Freud + Heidegger, Derrida es Heidegger
+ Heidegger. (24)
En otras palabras, cada uno de los tres es no solo antidemócrata
sino sospechoso de haber tenido simpatía por un filósofo de quien
se dice claramente, a todo lo largo del libro, que no sería nada
más que un secuaz del nazismo. Por otra parte, precisamente por
esta razón, siempre según Ferry
y Renaut,
la juventud de mayo del 68 los habría seguido: por odio al hombre
y adhesión a un comunismo criminal, un antihumanismo sospechoso
o un esteticismo dudoso.
De paso,
Ferry
y Renaut
olvidan a Althusser,
hacen de Bourdieu
un marxista, cuando, jamás lo fue, y se entregan a una exégesis
particularmente ridícula de las obras de Lacan
y de Foucault.
Además, desdeñan el hecho de que todo el pensamiento francés del
siglo, todo el que marcó este siglo, en filosofía y en literatura,
de Georges
Bataille a Emmanuel
Lévinas pasando por André
Breton y Alexandre
Koyré, fue atravesado por la doble herencia de Nietzsche
y de Heidegger,
a través de lecturas infinitamente variadas y contradictorias de
las obras de esos dos filósofos. En cuanto al pensamiento de Freud,
es realmente peligroso decir que es oscurantista o está ligado por
un lado al nazismo y por el otro al gulag. (25)
Pero lo
que me impacta en ese libro es que se inscribe en una tradición
patriotera. Y ese odio a Alemania y a la filosofía alemana, en mi
opinión, es tanto más sospechoso cuanto que se manifiesta en el
mismo momento en que se juega la construcción política de Europa,
de una Europa en la cual la reconciliación entre Alemania y Francia
es necesaria para conjurar los demonios del pasado, y sobre todo
los nacionalismos.
Jacques Derrida:
Es cierto, pero no sé si ese punto de vista es profrancés o antialemán.
Sigue siendo en nombre de cierto Kant
y de la filosofía kantiana como con frecuencia pretenden hablar.
Lo que atacan es lo que ellos llaman un estilo, que, hablando de
"mí", pretenden reducir a una "ingeniosidad"
o una "fecundidad" "léxicas". En mi caso (¡el
caso del "heideggerianismo francés”, título del capítulo que
me dedican!), recuerdo esta fórmula: ellos descubren que "Derrida
= Heidegger + el estilo de Derrida". En suma, apenas una manera
de escribir.(26)
Muchos conflictos y oposiciones no estuvieron motivados tanto por
cuestiones de tesis o contenido filosófico como por gestos de escritura.
Con mucha frecuencia, algunos autores se determinan por su alergia
a una manera de escribir, una manera de tratar la lengua, una escena
de escritura, y que, además, se traduce y "se exporta",
(27)
como lo comprueban con cierta impaciencia. No hay nada fortuito
en que me hayan atacado a propósito de la escritura, diciendo "no
tiene nada que decir", "escribe de manera diferente",
u ocurre que "la gente se interesa en él". Confundiendo
la escritura con el estilo y el estilo con la estética, afirman
que "Derrida" es Heidegger con una estética diferente.
Mientras que si se hubieran tomado el tiempo y la molestia de leer
lo que yo escribo, habrían visto que los desafíos eran de muy diferente
gravedad.
Dicho
lo cual, comparto su punto de vista -y resumiré de este modo la
cosa-, según el cual la cuestión francoalemana fue no solo decisiva
para esa época sino que sigue siéndolo hoy. En mi libro sobre la
obra de Jean-Luc
Nancy (28)
vuelvo a esa historia de frontera francoalemana. Y no olvidemos
que las Luces también son y no son alemanas. El Aufklärung no es
exactamente las Luces, ni el Iluminismo, etcétera. Acá hay un tejido
muy complicado. Pero estoy de acuerdo, en este asunto hay desafíos
políticos confesados u ocultos que pasan por la cuestión de la nación,
de la tradición nacionalista, en filosofía y en teoría. Esto pasa
por la especificidad nacional de la institución universitaria, por
todos los desafíos profesionales del campo institucional. (29)
Élisabeth Roudinesco:
Me parece que cada vez que Francia y Alemania estuvieron separadas
por nacionalismos exacerbados, fue, como dije, un desastre para
Europa. Por el contrario, cuando Alemania y Francia reanudan lazos
con las Luces -y en este programa incluyo la crítica de las Luces,
la deconstrucción de la filosofía del progreso, por ejemplo-, esta
cercanía es de hecho un poderoso fermento para la construcción europea.
Por otra parte, usted dice que la grandeza real de Europa consiste
"en no cerrarse sobre su propia identidad y en avanzar de manera
ejemplar hacia lo que no es ella, hacia el otro rumbo o el rumbo
del otro. (30)
Cuando
escribí La
historia del psicoanálisis en Francia me di cuenta de que
nada era peor que el patrioterismo francés que condujo a tratar
al psicoanálisis como "ciencia germana" y por tanto de
imputar a Freud,
es decir, a la cultura alemana, la voluntad de reducir el hombre
al salvajismo de sus pulsiones sexuales. Se ha dicho en Francia
que el supuesto "pansexualismo" de Freud
era la manifestación de un espíritu "teutón", olvidando
por otra parte la especificidad del espíritu vienés finisecular.(31)
Jacques Derrida:
La resistencia no fue recíproca. Tras la Segunda Guerra Mundial,
la resistencia al pensamiento francés fue más fuerte y más intensa
en Alemania, y todavía ahora, que la inversa.
Élisabeth Roudinesco:
¿Piensa en la manera en que Jean
Beaufret (32)
reintrodujo la obra de Heidegger
en Francia, cuando su lectura de alguna manera era desterrada de
Alemania debido a la colaboración con el nazismo?
Jacques Derrida:
Pienso en la reacción de Jürgen
Habermas.(33)
Primero, con tanto desconocimiento como violencia, embistió contra
lo que interpretaba como un neoconservadurismo francés (Foucault,
Lyotard, yo mismo). El discurso filosófico de la modernidad
(34)
desarrolla con abundancia sus críticas contra mi trabajo, sobre
todo a partir de lecturas americanas. Me parecieron más que injustas
y las respondí un poco por aquí y por allá, sobre todo en Limited
Inc.(35)
Pero todo esto ya es un poco historia, y hasta fue superado, hasta
cierto punto nos explicamos, de manera felizmente muy amigable.
Un seminario nos reunió en Francfort en junio pasado, y después
durante un encuentro en París. Nuestras elecciones políticas, sobre
todo por lo que respecta a Europa, con frecuencia son cercanas,
aliadas, cuando no profundamente idénticas; y aparecen como tales
en numerosas ocasiones públicas.
Élisabeth Roudinesco:
Usted dice que no hay ni relativismo ni nacionalismo en filosofía.
En su ser original, la filosofía es griega. En consecuencia, no
es occidental o europea sino universal, por cuanto ha tomado el
mundo griego para desplegar luego conceptos fundadores que no pertenecen
a ninguna nación ni a ninguna etnia en particular. En otras palabras,
todos pueden apropiarse de la conceptualidad filosófica como un
universal que no puede ser encerrado en ninguna frontera.
En muchas
ocasiones subraya que hay que pensar el mundo contemporáneo a partir
de los conceptos suministrados por la filosofía, en la medida en
que jamás es idéntica a sí misma, como por otra parte la cultura,
de la que también dice que su característica es no tener identidad
sino ser portadora de una diferencia. (36)
A
partir de ahora, pues, la herencia está inscripta en una modernidad
que precisamente consiste en no replegarse sobre "lo idéntico
a sí". Hoy, este desafío me parece fundamental.
Jacques Derrida:
En efecto, no se trata de nada menos: la significación de la
filosofía. Su “idea", su institución se inscribe
ante todo en una lengua y una cultura, en la lengua y la cultura
griegas. Por eso no existe en ninguna otra parte fuera de Grecia
algo que pueda llamarse rigurosamente "filosofía". En
otra parte, si bien hay pensamientos por cierto muy poderosos, y
no filosóficos, la filosofía como proyecto específico de un pensamiento
del ser nació en Grecia.
Pero nació
-y en esto puede seguirse a Husserl
y a Heidegger-
como el proyecto universal de una voluntad de desarraigo. Si la
filosofía tiene una raíz (Grecia), su proyecto consiste al mismo
tiempo en levantar las raíces y hacer que lo que se piensa en griego
-y más tarde en alemán, según Heidegger-
sea
liberado en "más de una lengua". Así,
pues, de entrada la filosofía se libera, o por lo menos tiende a
liberarse, de su limitación lingüística, territorial, étnica y cultural.
Lo
universal así proyectado no está dado a la manera de una esencia,
pero anuncia un proceso infinito de universalización. Durante 25
siglos, ese proyecto de universalización de la filosofía jamás dejó
de mutar, de desplazarse, de romper consigo mismo, de extenderse.
Hoy debe profundizar ese camino para seguir liberándose cada vez
más de sus límites étnicos, geográficos y políticos. La paradoja,
en efecto, es que uno se libera del etnocentrismo, y eventualmente
del europeocentrismo, en nombre de la filosofía y de su filiación
europea. Hay aquí una contradicción viviente, la de la misma Europa,
ayer y mañana: no solamente se otorga armas contra sí misma y contra
su propia limitación sino que da armas políticas a todos los pueblos
y todas las culturas que el propio colonialismo europeo ha sometido.
Una vez más, esto se asemeja a un proceso autoinmunitario.
Y a menudo,
aquellos que dieron su vida en las luchas por la independencia,
lo hicieron a partir de la incorporación de los filosofemas provenientes
de la Europa de las Luces. El ejemplo más impactante es el de Nelson
Mandela, que incorpora un discurso no solo europeo sino británico.
A menudo toma en préstamo una lógica y una argumentación. (37)
Tomemos
el ejemplo del derecho internacional. Por sus conceptos, es sustancialmente
europeo, pero lleva en sí una transformación del derecho que siempre
es perfectible, y por lo tanto inacabada. Es necesario vetar por
que la parte europea de ese derecho internacional no venga a limitarlo
para que uno pueda liberar al derecho de sus propios límites europeocéntricos,
pero sin por ello destruir la memoria de ese derecho, pues esta
permite y prescribe también su transformación, su perfectibilidad
infinita.
Una vez más, entonces,
hay aquí una tarea de deconstrucción interminable: hay que extraer
de la memoria de la herencia las herramientas conceptuales que permitan
impugnar los límites que esta herencia impuso hasta ahora.
En el corazón del derecho internacional existen lugares donde es
menester pasar y desplazar el límite. Los derechos del hombre son
perfectibles, se transforman sin cesar. Por eso más vale definir
esos derechos arrancándolos de sus límites: reconocer el derecho
de las mujeres, el derecho al trabajo, los derechos de la infancia,
etcétera. Pero hay que efectuar ese gesto en nombre de una idea
del derecho ya presente en el proyecto de la Declaración Universal
de los Derechos del hombre, que a su vez está fundada en la declaración
de 1789.
De igual manera,
si
la filosofía griega es europea al inicio, pero si su vocación realmente
es universal, esto significa que incesantemente debe liberarse del
relativismo. El trabajo filosófico consiste en una liberación constante:
hacerlo todo para reconocer pero también superar, sin por fuerza
traicionarlo, su propio límite etnocéntrico o geográfico.
Notas:
(ª)
Escoger su Herencia. Capítulo 1 del libro “Y
mañana qué...” Jacques Derrida/ Élisabeth Roudinesco.
Fondo de Cultura Económica, 2002. Traducción: Víctor Goldstein
(1)
Utilizado por Jacques Derrida por primera vez en 1967 en De la
grammatologie (París, Minuit) (Trad. cast.: De la gramatología,
México, Siglo XXI), el
término "deconstrucción" está tomado de la arquitectura.
Significa deposición o descomposición de una estructura. En su definición
derridiana, remite a un trabajo del pensamiento inconsciente ("eso
se deconstruye") y que consiste en deshacer, sin destruirlo
jamás, un sistema de pensamiento hegemónico o dominante.
De algún modo, deconstruir
es resistir a la tiranía del Uno, del logos, de la metafísica (occidental)
en la misma lengua en que se enuncia, con la ayuda del mismo material
que se desplaza, que se hace mover con fines de reconstrucciones
movibles. La deconstrucción es Io que ocurre", aquello de lo
que no se sabe si llegará a destino, etcétera. Al mismo tiempo,
Jacques Derrida le confiere un uso gramatical: el término designa
entonces un trastorno en la construcción de las palabras en la frase.
Véase “Lettre á un ami japonais” (1985), en Psyché. Inventions de
l'autre, París, Galilée, 1987, pp. 387-395. En el gran diccionario
de Émile Littré puede leerse: "La erudición moderna nos testimonia
que en una comarca del inmóvil Oriente, una lengua llegada a su
perfección se ha deconstruido y alterado por sí misma por la sola
ley del cambio natural del espíritu humano".
(2)
Claude Lévi-Strauss, Tristes Tropiques, París, Plon, 1955 (Trad.
cast.: Tristes trópicos, Barcelona, Paidós, 1997); Michel Foucautt,
Histoire de la folíe á l'age classique (1961), París, Gallimard,
1972 (Trad. cast.: Historia de la locura en la época clásica, México,
Fondo de Cultura Económica, 1976); Les mots et les choses, París,
Gallimard, 1966 (Trad. cast.: Las palabras y las cosas: una arquelogía
de las ciencias humanas, Madrid, Siglo XXI, 1999). Louis Althusser,
Pour Marx, París, Maspero, 1965 (Trad. cast.: Para leer "El
Capital", Barcelona, Planeta-De Agostini, 1985). Jacques Lacan,
Écrits, París, Seuil, 1966. (Trad. cast.: Escritos, Siglo XXI, 1987).
(3)
Jacques Derrida, De la grammatologie, ob. cit.; L´écriture
et la différence, París, Seuil, 1967 (Trad. cast.: La escritura
y la diferencia, Rubí, Anthropos, Editorial del hombre, 1989).
(4)
Véase al respecto Élisabeth Roudinesco, Généalogies, París,
Fayard, 1994, y François Dosse, Histoire du structuralisme, 2 vols.,
París, La Découverte, 1992.
(5)
Este coloquio reunía a intelectuales de todas las tendencias, y
más particularmente a escritores cercanos a tres revistas: Tel
Quel, Change, Action Poétique. En esta oportunidad presenté
una ponencia en la cual mostraba que las tesis de Derrida estaban
inspiradas en una visión heideggeriana de lo arcaico cercana a las
de Carl Gustav Jung. Narré este episodio en Histoire de la psychanalyse
en France, t. II (1986), París, Fayard, 1994, pp. 544-545 (Trad.
cast.: La batalla de cien años: historia del psicoanálisis en Francia,
Madrid, Fundamentos). Véase también L´inconscient et ses lettres,
París, Mame, 1975. Jacques Derrida me respondió en Positions, París,
Minuit, 1972 [Trad. cast.: Posiciones, Valencia, Pre-Textos, 1976].
(6)
Jacques Derrida, Points de suspension, París, Galilée, 1998,
p. 139. Véase también “Rencontres de Rabat avec Jacques Derrida.
Idiomes, nationalités, déconstructions” en Cahiers Intersignes,
13, 1998.
(7)Jacques
Derrida, “Violence et métaphysique” (1964), en L´écriture et
la différence, ob. cit.
(8)
Luc Ferry y Alain Renaut, La pensée 68, París, Gallimard,
1986.
(9)
Jacques Derrida es el autor de poco más de cincuenta libros, a los
que se añaden cuantiosos prefacios e intervenciones en obras colectivas.
Participó en alrededor de un centenar de entrevistas.
(*)
El giro utilizado es s'en
prendre. (N. del T.)
(**)
En toda esta frase hay un juego entre prendre
y s'éprendre (agarrar y prendarse). A continuación la
versión original: "une
déconstruction qui se prend, qui se fait prendre et se laisse prendre
dans ce qu'elle comprend et prend en considération tout en s'en
éprenant". (N. del T)
(***)
En el original: "la
Prise ou la maîtrise conceptuelle”. (N. del T)
(10)
El idioma (idiome)
es una lengua particular, y el término remite por extensión a la
manera de expresarse propia de una época, de un grupo social, de
una persona. Según Jacques Derrida, lo idiomático es "una propiedad
de la que no es posible apropiarse. Lo rubrica sin pertenecerle.
Solo se le aparece al otro y a uno le vuelve únicamente en destellos
de locura que reúnen la vida y la muerte", en Points de
suspension, ob. cit., p. 127. (En francés, idiome no
es una palabra muy utilizada, y significa lo que É. Roudinesco expresa
en la primera oración de la nota. Normalmente se emplea Langue.
N. del T.)
(11)
Véase Jacques Derrida, L´écriture et la différence, ob. cit.
(12)
Jacques Derrida, Spectres de Marx, París, Galilée, 1993.
Véase nuestro capítulo 6: “El espíritu de la Revolución". (Trad.
cast.: Espectros de Marx: el Estado de la deuda, el trabajo del
duelo y la nueva Internacional, Madrid, Trotta, 1998).
(13)
Jacques Derrida, Politiques de l'amitié, París, Galilée,
1994, pp. 93-129 (Trad. cast.: Políticas de la amistad, Madrid,
Trotta, 1998). Carl Schmitt, La notion du polítique, théorie du
partisan (1932), París, Flammarion, 1992 (Trad. cast.: El concepto
de lo político, Madrid, Alianza, 1998).
Carl Schmitt (1888-1985), jurista alemán y alumno de Max Weber,
participó en la vida política de su país a fines de la República
de Weimar y comienzos del régimen hitleriano. Amenazado por la SS,
renunció a sus actividades en 1936. Detenido por los Aliados en
1945, fue juzgado en virtud de sus lazos con el nazismo y beneficiado
luego con un sobreseimiento.
(14)
Jacques Derrida, Politiques de l'amitié, ob. cit., p. 145.
Véase Sigmund Freud, "Actuelles sur la guerre et la mort"
(1915), en: CEuvres compUtes (OC), XIII, París, PUF, 1988, pp. 125.137
[Trad. cast.: Obras completas, Buenos Aires, Amorrortu, 19981; Psychologie
des masses et analyse du moi (1921), (OC, XVI, París, PUF, 1991,
pp. 1-83 (Trad. cast.: Psicología de las masas, Madrid, Alianza,
2001).
(15)
Jacques Lacan, “Intervention sur l´exposé de Michel Foucault” (1969),
en: Littoral, 9, junio de 1983. La conferencia que dictó Foucault
en la Sociedad Francesa de Filosofía lleva por título "Qu'est-ce
qu'un auteur?", retomado en Dits et écrits, 1, 1954-1969, París,
Gallimard, 1994, pp. 789-821.
(16)
Jacques Derrida, “La violence de la lettre. De Lévi-Strauss
á Rousseau”, en: De la gramnutologie, ob. cit. Véanse también
Claude Lévi-Strauss, La vie familiale et sociale des Indiens Nambikwara,
París, Société des Américanistes, 1949; Les statctures élémentaires
de la parenté (1949), La Haya, Mouton, 1967 (Trad. cast.: Las estructuras
fundamentales del parentesco, Barcelona, Paidós, 1998).
(17)
Jacques Derrida, "Cogito et histoire de la folie" ( 1963),
en: L´écriture et la différence, ob. cit.
(18)
¿Y cómo podría negar -escribe Descartes- que estas manos y este
cuerpo sean míos, de no ser que me comparase con ciertos insensatos
cuyo cerebro está tan trastornado y ofuscado por los negros vapores
de la bilis que aseguran constantemente que son reyes cuando son
muy pobres; que están vestidos de oro y de púrpura cuando están
totalmente desnudos o que se imaginan como cántaros o con un cuerpo
de gusano? ¡Cómo! Son locos, y no sería yo menos extravagante si
me ajustara a sus ejemplos." En “Propos sur la causalité psychique”
(1946), en: Écrits, ob. cit., Lacan ya deja entender, como más tarde
lo hará Derrida, que la fundación del pensamiento moderno por Descartes
no excluye el fenómeno de la locura. Véase Élisabeth Roudinesco,
"Lectures de Histoire de la folie (1961-1986) ", en: Penser
la folie . Essais sur Michel Foucault (en col.), París, Galilée,
1992.
(19)
Jacques Derrida, en L´écriture et la différence, ob. cit.
(20)
Claude Lévi-Strauss, “Introduction á l'oevre de Marcel Mauss”, en
Marcel Mauss, Sociologie et anthropologie, París, PUF, 1950 (Trad.
cast.: Sociología y antropología, Madrid, Tecnos, 1979).
(21)
Michel Foucault, Surveiller et punir. Naissance de la prison, París,
Gallimard, 1975 (Trad. cast.: Vigilar y castigar: nacimiento de
la prisión, Madrid, Siglo XXI, 2000).
(22)
Véase L'écriture et la difference, ob. cit.
(23)
Jacques Derrida, De l'esprit. Heidegger et la question, París,
Galilée, 1987 (Trad. cast.: Del espíritu: Heidegger y la pregunta,
Valencia, Pre-Textos, 1989). Esta obra fue publicada en el momento
de la aparición en Francia del libro de Victor Farias, Heidegger
et le nazisme, París, Verdier, 1987, que volvía a lanzar el debate
sobre la colaboración del filósofo alemán con el nacionalsocialismo
(Trad. cast.: Heidegger y el nazismo, Barcelona, El Aleph Editores,
1989). Derrida se manifestó sobre esta obra en una entrevista con
Didier Eribon para Le Nouvel Observateur: «¿Por
qué el archivo espantoso parece insoportable y fascinante? Precisamente
porque nadie pudo jamás reducir toda la obra de pensamiento de Heidegger
a la de un ideológo nazi cualquiera. De otro modo, ese 'expediente'
no tendría un gran interés. Desde hace más de medio siglo, ningún
filósofo riguroso pudo ahorrarse una 'discusión' con Heidegger".
Véase "Heidegger, l'enfer des philosophes” en Points de
suspension, ob. cit., p. 194. Tras haber sido sospechoso en
Francia de no haberse diferenciado lo suficiente del nazismo de
Heidegger, Derrida fue sospechoso en los Estados Unidos de no haber
desconfiado lo suficiente de su amigo Paul de Man (1919,1983), profesor
y teórico de la literatura en numerosas universidades americanas
y reconocido culpable en 1987 de haber mantenido, entre 1940 y 1942,
una crónica literaria en un diario belga favorable a la ocupación
alemana. Véase Jacques Derrida, Mémoires pour Paul de Man, París,
Galilée, 1988 (Trad. cast.: Memorias para Paul de Man, Barcelona,
Gedisa, 1989).
(24)
Los autores de La pensée 68 añaden a la lista a Jean-François
Lyotard, él también considerado como heideggeriano desde la publicación
de Le différend, París, Minuit, 1983 (Trad. cast.: La diferencia,
Barcelona, Gedisa, 1988.)
(25)
Véase nuestro capítulo 9: "Elogio del psicoanálisis".
(26)
“La estrategia derridiana -escriben Ferry y Renaut- consistirá entonces,
en el fondo, en ser más heideggeriano que el propio Heidegger",
y, más lejos: "Por supuesto, habría que considerar no que Derrida
constituye una especie de heideggeriano (un heideggeriano francés)
sino que Heidegger fue una suerte de prederridiano alemán",
en: Luc Ferry y Alain Renaut, La pensée 68, ob. cit.
(27)
Ibid., p. 166.
(28)
Jacques Derrida, Le toucher. lean-Luc Nancy, París, Galilée, 1999.
(29)
Entre 1984 y 1988 Jacques Derrida consagró su seminario de la EHESS
a la cuestión del nacionalismo y de la relación con el otro: 1 -
Nación, nacionalidad, nacionalismo; 2 - Nomos, Ugos, Topos; 3 -
Lo teológico político; 4 - Kant, el judío, el alemán; 5 - Comer
al otro. Retórica del canibalismo. Véanse Psyché, ob. cit., y Politiques
de l'amitié, ob. cit., p. 11.
(EHESS, École des Hautes Études en Sciences Sociales, Escuela de
Altos Estudios en Ciencias Sociales. N. del T.)
(30)
Jacques Derrida, L´autre cap, París, Minuit, 1991, p. 33 (Trad.
cast.: El otro cabo: la democracia para otro día, Barcelona, Ediciones
del Serbal, 1992).
(31)
Véanse al respecto Carl Schorske, Vienne, fin de siécle (1961),
París, Seuil, 1983 (Trad. cast.: Fin de siglo, Barcelona, Gustavo
Gil¡, 19811 y Jacques Le Rider, Modernité viennoise et crises de
l´identité (1990), París, PUF, 1994.
(32)
Jean Beaufret (1907-1982): tras una participación activa en la Resistencia
antinazi, ]ean Beaufret fue el portavoz en Francia de una de las
corrientes del pensamiento heideggeriano. Contribuyó al mismo tiempo
en un verdadero trabajo de lectura de este pensamiento y en una
ocultación del compromiso nazi de Heidegger.
(33)
Nacido en 1929 y heredero de la Escuela de Francfurt, Jürgen Habermas
rompió con la herencia heideggeriana. Véase Profils philosophiques
et politíques (1971), París, Gallimard, 1974 (Trad. cast.: Perfiles
filosóficos y políticos, Madrid, Taurus, 2000).
(34)
Jürgen Habermas, Le discours philosophique de la modernité (Francfort,
1985), París, Gallimard, 1988 (Trad. cast.: El discurso filosófico
de la modernidad, Madrid, Taurus, 1993).
(35)
Jacques Derrida, Limited Inc., París, Galiléc, 1990.
(36)
Jacques Derrida, L´autre cap, ob. cit., y Du droit a la philosophie,
París, Galilée, 1990.
(37)
Jacques Derrida, "Le dernier mot du racisme" (1983), y
"Admiration de Neison Mandela ou les lois de la réflexion"
(1986), en: Psyché, ob. cit. Véase nuestro capítulo 6: "El
espíritu de la Revolución".
Texto extraído de "Y mañana qué ...", E.R. - J.D., capítulo
uno, editorial FCE, Buenos Aires, Argentina, 2003.
Selección
y destacados: V.G.
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