| 1984
George
Orwell (selección)
"No importa quién detenta
el Poder con tal de que la estructura jerárquica sea siempre la
misma".
La frase anterior es la
que consideramos como la mejor para resumir el espíritu de lo presentado
en este fragmento del libro 1984. Como siempre una selección tiene
una intención. La nuestra fue encontrada después de la grata sorpresa
de una relectura, la del libro aquí citado y debemos agregar que
a la sorpresa de la relectura le debemos agregar, también, la inquisitiva
pregunta de una persona que nos interrogaba si conocíamos a algún
pensador que estuviera pensando el futuro, o mejor dicho, lo que
vendrá. Lo que vendrá no es algo que nos desvele en su predicción,
ni en los surgimientos de lo que se percibe en como se ubican los
acontecimientos y ciertos datos que no son de lo más esperanzador
para nuestra querida humanidad (conjunto estadístico de los seres
vivientes humanos sobre la faz de nuestro planeta, 6477 miles de
millones a fines de junio del 2005; cuestión de demografía), lo
que vendrá puede llamarse utopía o utopía negra, o contrautopía,
insistimos en que no es alentador, como ya no es alentador, ni para
América Latina, Africa o Asia, aunque en realidad no lo es -de nuevo-
para el conjunto de la humanidad, lo que vendrá. Digamos, simplemente,
que lo que vendrá ya es, ya es y ya está. Lo que vendrá es la acentuación
y el desencadenamiento de lo propio existente en nuestro mundo.
No queremos extendernos en un catálogo de calamidades, eso ya se
hizo y se hizo mucho mejor de lo que lo podemos hacer nosotros,
hace ya mucho tiempo se hizo, por ejemplo lo hizo Juan en su Apocalipsis,
véase el Nuevo Testamento para mejores precisiones y descripciones.
No se trata de Revelaciones, que es la etimología de la palabra
Apocalipsis, se trata de la ejecución racional y sistemática de
dispositivos maquínicos ("maquinismo" en el decir de Orwell,
lo que permite la máquina y la máquina de la ingeniería social)
y también -máquinas o dispositivos- en el decir de filósofos como
Foucault y Deleuze, son éllos los que nos proveen y nos proveerán
de nuestros futuros. Pero entiéndase bien, los dispositivos maquínicos
funcionan sólos y no por la voluntad de algunos, es justamente lo
inverso, los algunos son producto del funcionamiento de aquéllos
(los dispositivos). Esa es una de las paradojas a ser desarmadas
su funcionamiento automático y las razones de éllo.
La selección con intención
muestra cómo puede ser hallada en "la literatura" (no
creemos más en los géneros, -¿quién podría luego de J. Derrida?-
por eso las comillas) la materia de pensamiento de lo que hemos
dado en llamar Transdisciplina Amo - esclavo, un nombre que nos
da la ocasión de tratar la figura hegeliana y humana del amo, del
esclavo, del poder, y de la misma constitución de lo humano y de
lo social. La última referencia que dejamos es que este libro fue
editado en 1949, cuatro años después de terminada la Segunda Guerra
Mundial y que merecería que se hiciera un trabajo detallado sobre
lo planteado por Orwell ya que -para nosotros- es lo más similar
a una teoría política y a una práctica que, hoy y siempre, dista
mucho de ser de ficción (la guerra y el poder).
Sergio Rocchietti
[...] "En realidad, a Winston le
molestaban casi todas las mujeres y especialmente las jóvenes y
bonitas porque eran siempre las mujeres, y sobre todo las jóvenes,
lo más fanático del Partido, las que se tragaban todos los slogans
de propaganda y abundaban entre ellas las espías aficionadas y las
que mostraban demasiada curiosidad por lo heterodoxo de los demás.
Pero esta muchacha determinada le había dado la impresión de ser
más peligrosa que la mayoría. Una vez que se cruzaron en el corredor,
la joven le dirigió una rápida mirada oblicua que por unos momentos
dejó aterrado a Winston. Incluso se le había ocurrido que podía
ser una agente de la Policía del Pensamiento. No era, desde luego,
muy probable. Sin embargo, Winston siguió sintiendo una intranquilidad
muy especial cada vez que la muchacha se hallaba cerca de él, una
mezcla de miedo y hostilidad. La otra persona era un hombre llamado
O'Brien, miembro del Partido Interior y titular de un cargo tan
remoto e importante, que Winston tenía una idea muy confusa de qué
se trataba. Un rápido murmullo pasó por el grupo ya instalado en
las sillas cuando vieron acercarse el «mameluco» negro de un miembro
del Partido Interior. O'Brien era un hombre corpulento con un ancho
cuello y un rostro basto, brutal, y sin embargo rebosante de buen
humor. A pesar de su formidable aspecto, sus modales eran bastante
agradables. Solía ajustarse las gafas con un gesto que tranquilizaba
a sus interlocutores, un gesto que tenía algo de civilizado, y esto
era sorprendente tratándose de algo tan leve. Ese gesto -si alguien
hubiera sido capaz de pensar así todavía- podía haber recordado
a un aristócrata del siglo XVIII ofreciendo rapé en su cajita. Winston
había visto a O'Brien quizás sólo una docena de veces en otros tantos
años. Sentíase fuertemente atraído por él y no sólo porque le intrigaba
el contraste entre los delicados modales de O'Brien y su aspecto
de campeón de lucha libre, sino mucho más por una convicción secreta
-o quizás ni siquiera fuera una convicción, sino sólo una esperanza-
de que la ortodoxia política de O'Brien no era perfecta. Algo había
en su cara que le impulsaba a uno a sospecharlo irresistiblemente.
Y quizás no fuera ni siquiera heterodoxia lo que estaba escrito
en su rostro, sino, sencillamente, inteligencia. Pero de todos modos su aspecto era el de una persona
a la que se le podría hablar si, de algún modo, se pudiera eludir
la telepantalla y llevarlo aparte.
Winston no había hecho nunca el menor esfuerzo para comprobar su
sospecha y es que, en verdad, no había manera de hacerlo. En este
momento, O'Brien miró su reloj de pulsera y, al ver que eran las
once y ciento, seguramente decidió quedarse en el Departamento de
Registro hasta que pasaran los Dos Minutos
de Odio. Tomó asiento en la misma fila que Winston, separado
de él por dos sillas. Una mujer bajita y de cabello color arena,
que trabajaba en la cabina vecina a la de Winston, se instaló entre
ellos. La muchacha del cabello negro se sentó detrás de Winston.
Un momento después se oyó un espantoso
chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar, ruido que
procedía de la gran telepantalla situada al fondo de la habitación. Era
un ruido que le hacía rechinar a uno los dientes y que ponía los
pelos de punta. Había empezado el Odio.
Como de costumbre,
apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein,
el Enemigo del Pueblo. Del público salieron aquí y allá fuertes
silbidos. La mujeruca del pelo arenoso dio un chillido mezcla de
miedo y asco. Goldstein era el renegado que desde hacía mucho
tiempo (nadie podía recordar cuánto) había sido una de las figuras
principales del Partido, casi con la misma importancia que el
Gran Hermano, y luego se había dedicado a actividades contrarrevolucionarias,
había sido condenado a muerte y se había escapado misteriosamente,
desapareciendo para siempre. Los programas de los Dos
Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos
dejaba de ser Goldstein el protagonista. Era el traidor por
excelencia, el que antes y más que nadie había manchado la pureza
del Partido. Todos los subsiguientes crímenes contra el Partido,
todos los actos de sabotaje, herejías, desviaciones y traiciones
de toda clase procedían directamente de sus enseñanzas. En cierto
modo, seguía vivo y conspirando. Quizás se encontrara en algún lugar
enemigo, a sueldo de sus amos extranjeros, e incluso era posible
que, como se rumoreaba alguna vez, estuviera escondido en algún
sitio de la propia Oceanía.
El diafragma de Winston se encogió.
Nunca podía ver la cara de Goldstein sin experimentar una
penosa mezcla de emociones. Era un rostro judío, delgado, con una
aureola de pelo blanco y una barbita de chivo: una cara inteligente
que tenía, sin embargo, algo de despreciable y una especie de tontería
senil que le prestaba su larga nariz, a cuyo extremo se sostenían
en difícil equilibrio unas gafas. Parecía el rostro de una oveja
y su misma voz tenía algo de ovejuna. Goldstein pronunciaba
su habitual discurso en el que atacaba venenosamente las doctrinas
del Partido; un ataque tan exagerado y perverso que hasta un niño
podía darse cuenta de que sus acusaciones no se tenían de pie, y
sin embargo, lo bastante plausible para que pudiera uno alarmarse
y no fueran a dejarse influir por insidias algunas personas ignorantes.
Insultaba al Gran Hermano, acusaba al Partido de ejercer una dictadura
y pedía que se firmara inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba
por la libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de
reunión y la libertad de pensamiento, gritando histéricamente que
la revolución había sido traicionada. Y todo esto a una rapidez
asombrosa que era una especie de parodia del estilo habitual de
los oradores del Partido e incluso utilizando palabras de neolengua,
quizás con más palabras neolingüísticas
de las que solían emplear los miembros del Partido en la vida corriente.
Y mientras gritaba, por detrás de él desfilaban interminables columnas
del ejército de Eurasia, para que nadie interpretase como simple
palabrería la oculta maldad de las frases de Goldstein. Aparecían
en la pantalla filas y más filas de forzudos soldados, con impasibles
rostros asiáticos; se acercaban a primer término y desaparecían.
El sordo y rítmico clap-clap de las botas militares formaba el contrapunto
de la hiriente voz de Goldstein.
Antes de que el
Odio hubiera durado treinta segundos, la mitad de los espectadores
lanzaban incontenibles exclamaciones de rabia. La satisfecha y ovejuna
faz del enemigo y el terrorífico poder del ejército que desfilaba
a sus espaldas, era demasiado para que nadie pudiera resistirlo
indiferente. Además, sólo con ver a Goldstein o pensar en
él surgían el miedo y la ira automáticamente. Era él un objeto
de odio más constante que Eurasia o que Asia Oriental, ya
que cuando Oceanía estaba en guerra con alguna de estas potencias,
solía hallarse en paz con la otra. Pero lo
extraño era que, a pesar de ser Goldstein el
blanco de todos los odios y de que todos lo despreciaran, a pesar
de que apenas pasaba día -y cada día ocurría esto mil veces- sin
que sus teorías fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en
la telepantalla, en las tribunas públicas, en los periódicos y en
los libros... a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir.
Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse engañar por él.
No pasaba ni un solo día sin que espías y saboteadores que trabajaban
siguiendo sus instrucciones fueran atrapados por la Policía
del Pensamiento. Era el jefe supremo de un inmenso ejército
que actuaba en la sombra, una subterránea red de conspiradores que
se proponían derribar al Estado. Se suponía que esa organización
se llamaba la Hermandad. Y también se rumoreaba
que existía un libro terrible, compendio de todas las herejías,
del cual era autor Goldstein
y que circulaba clandestinamente. Era un libro sin título.
La gente se refería a él llamándole sencillamente el libro.
Pero de estas cosas sólo era posible enterarse por vagos rumores.
Los miembros corrientes del Partido no hablaban jamás de la Hermandad
ni del libro si tenían manera de evitarlo.
En su segundo minuto,
el odio llegó al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos
tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que salía de
la pantalla. La mujer del cabello color arena se había puesto al
rojo vivo y abría y cerraba la boca como un pez al que acaban de
dejar en tierra. Incluso O’Brien tenía la cara congestionada. Estaba
sentado muy rígido y respiraba con su poderoso pecho como si estuviera
resistiendo la presión de una gigantesca ola. La joven sentada exactamente
detrás de Winston, aquella morena, había empezado a gritar: «¡Cerdo!
¡Cerdo! ¡Cerdo! », y, de pronto, tomando un pesado diccionario de
neolengua, lo arrojó a la pantalla.
El diccionario le dio a Goldstein en la nariz y rebotó. Pero la
voz continuó inexorable. En un momento de lucidez descubrió Winston
que estaba chillando histéricamente como los demás y dando fuertes
patadas con los talones contra los palos de su propia silla. Lo horrible de los Dos Minutos de Odio no era el que cada uno
tuviera que desempeñar allí un papel sino, al contrario que era
absolutamente imposible evitar la participación porque uno era arrastrado
irremisiblemente".
[...] Winston se encontraba cansadísimo,
tan cansado que le parecía estarse convirtiendo en gelatina. Pensó
que su cuerpo no sólo tenía la flojedad de la gelatina, sino su
transparencia. Era como si al levantar la mano fuera a ver la luz
a través de ella. Trabajaba tanto que sólo le quedaba una frágil
estructura de nervios, huesos y piel. Todas las sensaciones le parecían
ampliadas. Su «mameluco» le estaba ancho, el suelo le hacía cosquillas
en los pies y hasta el simple movimiento de abrir y cerrar la mano
constituía para él un esfuerzo que le hacía sonar los huesos.
Había trabajado más de noventa horas
en cinco días, lo mismo que todos los funcionarios del Ministerio.
Ahora había terminado todo y nada tenía que hacer hasta el día siguiente
por la mañana. Podía pasar seis horas en su refugio y otras nueve
en su cama. Bajo el tibio sol de la tarde se dirigió despacio en
dirección a la tienda del señor Charrington, sin perder de vista
las patrullas, pero convencido, irracionalmente, de que aquella
tarde no se cernía sobre él ningún peligro. La
pesada cartera que llevaba le golpeaba la rodilla a cada paso. Dentro
llevaba el libro, que tenía ya desde seis días antes pero
que aún no había abierto. Ni siquiera lo había mirado.
En el sexto día de la Semana del
Odio, después de los desfiles, discursos, gritos, cánticos, banderas,
películas, figuras de cera, estruendo de trompetas y tambores, arrastrar
de pies cansados, rechinar de tanques, zumbido de las escuadrillas
aéreas, salvas de cañonazos..., después de seis días de todo esto,
cuando el gran orgasmo político llegaba a su punto culminante y
el odio general contra Eurasia era ya un delirio tan exacerbado
que si la multitud hubiera podido apoderarse de los dos mil prisioneros
de guerra eurasiáticos que habían sido ahorcados públicamente el
último día de los festejos, los habría despedazado..., en ese momento
precisamente se había anunciado que Oceanía no estaba en guerra
con Eurasia. Oceanía luchaba ahora contra Asia Oriental. Eurasia
era aliada.
Desde luego, no se reconoció que
se hubiera producido ningún engaño. Sencillamente, se hizo saber
del modo más repentino y en todas partes al mismo tiempo que el
enemigo no era Eurasia, sino Asia Oriental. Winston tomaba parte
en una manifestación que se celebraba en una de las plazas centrales
de Londres en el momento del cambiazo. Era de noche y todo estaba
cegadoramente iluminado con focos. En la plaza había varios millares
de personas, incluyendo mil niños de las escuelas con el uniforme
de los Espías. En una plataforma forrada de trapos rojos, un orador
del Partido Interior, un hombre delgaducho y bajito con unos brazos
desproporcionadamente largos y un cráneo grande y calvo con unos
cuantos mechones sueltos atravesados sobre él, arengaba a la multitud.
La pequeña figura, retorcida de odio, se agarraba al micrófono
con una mano mientras que con la otra, enorme, al final de un brazo
huesudo, daba zarpazos amenazadores por encima de su cabeza. Su
voz, que los altavoces hacían metálica, soltaba una interminable
sarta de atrocidades, matanzas en masa, deportaciones, saqueos,
violaciones, torturas de prisioneros, bombardeos de poblaciones
civiles, agresiones injustas, propaganda mentirosa y tratados incumplidos.
Era casi imposible escucharle sin convencerse primero y luego volverse
loco. A cada momento, la furia de la multitud hervía inconteniblemente
y la voz del orador era ahogada por una salvaje y bestial gritería
que brotaba incontrolablemente de millares de gargantas. Los chillidos
más salvajes eran los de los niños de las escuelas. El discurso
duraba ya unos veinte minutos cuando un mensajero subió apresuradamente
a la plataforma y le entregó a aquel hombre un papelito. Él lo desenrolló
y lo leyó sin dejar de hablar. Nada se alteró en su voz ni en su
gesto, ni siquiera en el contenido de lo que decía. Pero, de pronto,
los nombres eran diferentes. Sin necesidad de comunicárselo por
palabras, una oleada de comprensión agitó a la multitud. ¡Oceanía
estaba en guerra con Asia Oriental! Pero, inmediatamente, se produjo
una tremenda conmoción. Las banderas, los carteles que decoraban
la plaza estaban todos equivocados. Aquéllos no eran los rostros
del enemigo. ¡Sabotaje! ¡Los agentes de Goldstein eran los
culpables! Hubo una fenomenal algarabía mientras todos se dedicaban
a arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando luego los trozos
de papel y cartón roto. Los Espías realizaron prodigios de actividad
subiéndose a los tejados para cortar las bandas de tela pintada
que cruzaban la calle. Pero a los dos o tres minutos se había terminado
todo. El orador, que no había soltado el micrófono, seguía vociferando
y dando zarpazos al aire. Al minuto siguiente, la masa volvía a
gritar su odio exactamente como antes. Sólo que el objetivo había
cambiado.
Lo que más le impresionó a Winston
fue que el orador dio el cambiazo exactamente a la mitad de una
frase, no sólo sin detenerse, sino sin cambiar siquiera la construcción
de la frase. Pero en aquellos momentos tenía Winston otras cosas
de qué preocuparse. Fue entonces, en medio de la gran algarabía,
cuando se le acercó un desconocido y, dándole un golpecito en un
hombro, le dijo: «Perdone, creo que se le ha caído a usted esta
cartera». Winston tomó la cartera sin hablar, como abstraído. Sabía
que iban a pasar varios días sin que pudiera abrirla. En cuanto
terminó la manifestación, se fue directamente al Ministerio de la Verdad, aunque eran ya las veintitrés.
Lo mismo hizo todo el personal del Ministerio. En verdad, las órdenes
que repetían continuamente las telepantallas
ordenándoles reintegrarse a sus puestos apenas eran necesarias.
Todos sabían lo que les tocaba hacer en tales casos.
Oceanía estaba en guerra con Asia
Oriental; Oceanía había estado siempre en guerra con Asia oriental.
Una gran parte de la literatura política de aquellos cinco años
quedaba anticuada, absolutamente inservible. Documentos e informes
de todas clases, periódicos, libros, folletos de propaganda, películas,
bandas sonoras, fotografías... todo ello tenía que ser rectificado
a la velocidad del rayo. Aunque nunca se daban órdenes en estos
casos, se sabía que los jefes de departamento deseaban que dentro
de una semana no quedara en toda Oceanía ni una sola referencia
a la guerra con Eurasia ni a la alianza con Asia Oriental. El trabajo
que esto suponía era aplastante. Sobre todo porque las operaciones
necesarias para realizarlo no se llamaban por sus nombres verdaderos.
En el Departamento de Registro todos trabajaban dieciocho horas
de las veinticuatro con dos turnos de tres horas cada uno para dormir.
Bajaron colchones y los pusieron por los pasillos. Las comidas se
componían de sandwiches y café de la Victoria traído en carritos
por los camareros de la cantina. Cada vez que Winston interrumpía
el trabajo para uno de sus dos descansos diarios, procuraba dejarlo
todo terminado y que en su mesa no quedaran papeles. Pero cuando
volvía al cabo de tres horas, con el cuerpo dolorido y los ojos
hinchados, se encontraba con que otra lluvia de cilindros de papel
le había cubierto la mesa como una nevada, casi enterrando el hablescribe
y esparciéndose por el suelo, de modo que su primer trabajo consistía
en ordenar todo aquello para tener sitio donde moverse. Lo peor
de todo era que no se trataba de un trabajo mecánico. A veces bastaba
con sustituir un nombre por otro, pero los informes detallados de
acontecimientos exigían mucho cuidado e imaginación.
Incluso los conocimientos geográficos
necesarios para trasladar la guerra de una parte del mundo a otra
eran considerables.
Al tercer día le dolían los ojos
insoportablemente y tenía que limpiarse las gafas cada cinco minutos.
Era como luchar contra alguna tarea física aplastante, algo que
uno tenía derecho a negarse a realizar y que sin embargo se hacía
por una impaciencia neurótica de verlo terminado. Es curioso que
no le preocupara el hecho de que todas las palabras que iba murmurando
en el hablescribe, así como cada línea escrita con su lápiz-pluma,
era una mentira deliberada. Lo único que le angustiaba era el temor
de que la falsificación no fuera perfecta, y esto mismo les ocurría
a todos sus compañeros. En la mañana del sexto día el aluvión de
cilindros de papel fue disminuyendo. Pasó media hora sin que saliera
ninguno por el tubo; luego salió otro rollo y después nada absolutamente.
Por todas partes ocurría igual. Un hondo y secreto suspiro recorrió
el Ministerio. Se acababa de realizar una hazaña que nadie podría
mencionar nunca. Era imposible ya que ningún ser humano pudiera
probar documentalmente que la guerra con Eurasia había sucedido.
Inesperadamente, se anunció que todos los trabajadores del Ministerio
estaban libres hasta el día siguiente por la mañana. Era mediodía.
Winston, que llevaba todavía la cartera con el libro, la
cual había permanecido entre sus pies mientras trabajaba y debajo
de su cuerpo mientras dormía, se fue a casa, se afeitó y casi se
quedó dormido en el baño, aunque el agua estaba casi fría.
Luego, con una sensación voluptuosa,
subió las escaleras de la tienda del señor Charrington. Por supuesto,
estaba cansadísimo, pero se le había pasado el sueño. Abrió la ventana,
encendió la pequeña y sucia estufa y puso a calentar un cazo con
agua. Julia llegaría en seguida. Mientras
la esperaba, tenía el libro. Sentóse en la desvencijada butaca
y desprendió las correas de la cartera.
Era un pesado volumen negro, encuadernado por algún aficionado
y en cuya cubierta no había nombre ni título alguno. La impresión
también era algo irregular. Las páginas estaban muy gastadas por
los bordes y el libro se abría con mucha facilidad, como si hubiera
pasado por muchas manos. La inscripción de la portada decía:
TEORÍA Y PRÁCTICA DEL COLECTIVISMO
OLIGÁRQUICO
Por EMMANUEL GOLDSTEIN
Winston empezó a leer:
CAPÍTULO PRIMERO
La ignorancia
es la fuerza
Durante todo el tiempo de que se tiene noticia -probablemente
desde fines del período neolítico- ha habido en el mundo tres clases
de personas: los Altos, los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de muchos modos, han llevado muy
diversos nombres y su número relativo, así como la actitud que han
guardado unos hacia otros, ha variado de época en época; pero la
estructura esencial de la sociedad nunca ha cambiado. Incluso
después de enormes conmociones y de cambios que parecían irrevocables,
la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual que un giroscopio
vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho que lo empujemos
en un sentido o en otro.
Los objetivos de estos tres grupos son por completo inconciliables.
Winston interrumpió
la lectura, sobre todo para poder disfrutar bien del hecho asombroso
de hallarse leyendo tranquilo y seguro. Estaba solo, sin telepantalla, sin nadie que escuchara
por la cerradura, sin sentir el impulso nervioso de mirar por encima
del hombro o de cubrir la página con la mano. Un airecillo suave
le acariciaba la mejilla. De lejos venían los gritos de los niños
que jugaban. En la habitación misma no había más sonido que el débil
tictac del reloj, un ruido como de insecto. Se arrellanó más cómodamente
en la butaca y puso los pies en los hierros de la chimenea. Aquello
era una bendición, era la eternidad. De pronto, como suele hacerse
cuando sabemos que un libro será leído y releído por nosotros, sintió
el deseo de «calarlo» primero. Así, lo abrió por un sitio distinto
y se encontró en el capítulo III. Siguió leyendo:
CAPÍTULO III
La guerra es
la paz
La desintegración del mundo en tres grandes superestados
fue un acontecimiento que pudo haber sido previsto -y que en realidad
lo fue- antes de mediar el siglo XX. Al ser absorbida Europa por
Rusia y el Imperio Británico por los Estados Unidos, habían nacido
ya en esencia dos de los tres poderes ahora existentes, Eurasia
y Oceanía. El tercero, Asia Oriental, sólo surgió como unidad aparte
después de otra década de confusa lucha. Las fronteras entre los
tres superestados son arbitrarias en algunas zonas y en otras fluctúan
según los altibajos de la guerra, pero en general se atienen a líneas
geográficas. Eurasia comprende toda la parte
norte de la masa terrestre europea y asiática, desde Portugal hasta
el Estrecho de Bering. Oceanía comprende las Américas, las islas
del Atlántico, incluyendo a las Islas Británicas, Australasia y
África meridional. Asia Oriental, potencia más pequeña que las otras
y con una frontera occidental menos definida, abarca China y los
países que se hallan al sur de ella, las islas del Japón y una amplia y fluctuante porción de
Manchuria, Mongolia y el Tibet.
Estos tres superestados, en una combinación o en otra,
están en guerra permanente y llevan así veinticinco años.
Sin embargo, ya no es la guerra aquella lucha desesperada y aniquiladora
que era en las primeras décadas del siglo XX. Es una lucha por objetivos
limitados entre combatientes incapaces de destruirse unos a otros,
sin una causa material para luchar y que no se hallan divididos
por diferencias ideológicas claras. Esto no quiere decir que la
conducta en la guerra ni la actitud hacia ella sean menos
sangrientas ni más caballerosas. Por el contrario, el histerismo
bélico es continuo y universal, y las violaciones, los saqueos, la matanza de niños, la esclavización
de poblaciones enteras y represalias contra los prisioneros hasta
el punto de quemarlos y enterrarlos vivos, se consideran normales,
y cuando esto no lo comete el enemigo sino el bando propio, se estima
meritorio. Pero en un sentido físico, la guerra afecta a
muy pocas personas, la mayoría especialistas muy bien preparados,
y causa pocas bajas relativamente. Cuando hay lucha, tiene lugar
en confusas fronteras que el hombre medio apenas puede situar en
un mapa o en torno a las fortalezas flotantes que guardan los lugares
estratégicos en el mar. En los centros de civilización la guerra
no significa más que una continua escasez de víveres y alguna que
otra bomba cohete que puede causar unas veintenas de víctimas. En
realidad, la guerra ha cambiado de carácter. Con más exactitud,
puede decirse que ha variado el orden de importancia de las razones
que determinaban una guerra. Se han convertido en dominantes
y son reconocidos conscientemente motivos que ya estaban latentes
en las grandes guerras de la primera mitad del siglo XX.
Para comprender la naturaleza de la guerra actual -pues, a pesar
del reagrupamiento que ocurre cada pocos años, siempre es la misma
guerra- hay que darse cuenta en primer lugar de que esa guerra
no puede ser decisiva. Ninguno de los tres superestados podría
ser conquistado definitivamente ni siquiera por los otros dos en
combinación. Sus fuerzas están demasiado bien equilibradas. Y sus
defensas son demasiado poderosas. Eurasia
está protegida por sus grandes espacios terrestres, Oceanía por
la anchura del Atlántico y del Pacífico, Asia Oriental por la fecundidad
y laboriosidad de sus habitantes. Además, ya no hay nada por qué
luchar. Con las economías autárquicas, la lucha por los mercados, que
era una de las causas principales de las guerras anteriores, ha
dejado de tener sentido, y la competencia por las materias primas
ya no es una cuestión de vida o muerte. Cada
uno de los tres superestados es tan inmenso que puede obtener casi
todas las materias que necesita dentro de sus propias fronteras.
Si acaso, se propone la guerra el dominio del trabajo. Entre
las fronteras de los superestados, y sin pertenecer de un modo permanente
a ninguno de ellos, se extiende un cuadrilátero, con sus ángulos
en Tánger, Brazzaville, Darwin y Hong-Kong, que contiene casi
una quinta parte de la población de la Tierra. Las
tres potencias luchan constantemente por la posesión de estas regiones
densamente pobladas, así como por las zonas polares. En la práctica,
ningún poder controla totalmente esa área disputada. Porciones de
ella están cambiando a cada momento de manos, y lo que en realidad
determina los súbitos y múltiples cambios de alianzas es la posibilidad
de apoderarse de uno u otro pedazo de tierra mediante una inesperada
traición.
Todos esos territorios
disputados contienen valiosos minerales y algunos de ellos producen
ciertas cosas, como la goma, que en los climas fríos es preciso
sintetizar por métodos relativamente caros. Pero, sobre todo, proporcionan
una inagotable reserva de mano de obra muy barata. La potencia que
controle el África Ecuatorial, los países del Oriente Medio, la
India Meridional o el Archipiélago Indonesio, dispone también de
centenares de millones de trabajadores mal pagados y muy resistentes.
Los habitantes de esas regiones, reducidos más o menos abiertamente
a la condición de esclavos, pasan continuamente de un conquistador
a otro y son empleados como carbón o aceite en la carrera de armamento,
armas que sirven para capturar más territorios y ganar así más mano
de obra, con lo cual se pueden tener más armas que servirán para
conquistar más territorios, y así indefinidamente. Es interesante
observar que la lucha nunca sobrepasa los límites de las zonas disputadas.
Las fronteras de Eurasia avanzan y retroceden entre la cuenca del
Congo y la orilla septentrional del Mediterráneo; las islas del
Océano Indico y del Pacífico son conquistadas y reconquistadas constantemente
por Oceanía y por Asia Oriental; en Mongolia, la línea divisoria
entre Eurasia y Asia Oriental nunca es estable; en torno al Polo
Norte, las tres potencias reclaman inmensos
territorios en su mayor parte inhabitados e inexplorados; pero el
equilibrio de poder no se altera apenas con todo ello y el territorio
que constituye el suelo patrio de cada uno de los tres superestados
nunca pierde su independencia. Además, la mano de obra de
los pueblos explotados alrededor del Ecuador no es verdaderamente
necesaria para la economía mundial. Nada atañe a la riqueza del
mundo, ya que todo lo que produce se dedica a fines de guerra, y
el objeto de prepararse para una guerra no es más que ponerse en
situación de emprender otra guerra. Las poblaciones esclavizadas
permiten, con su trabajo, que se acelere el ritmo de la guerra.
Pero si no existiera ese refuerzo de trabajo, la
estructura de la sociedad y el proceso por el cual ésta se mantiene
no variarían en lo esencial.
La finalidad principal
de la guerra moderna (de acuerdo
con los principios del doblepensar)
la reconocen y, a la vez, no la reconocen, los cerebros dirigentes
del Partido Interior. Consiste en usar los productos de las máquinas
sin elevar por eso el nivel general de la vida. Hasta fines
del siglo XIX había sido
un problema latente de la sociedad industrial qué había de hacerse
con el sobrante de los artículos de consumo. Ahora, aunque son pocos
los seres humanos que pueden comer lo suficiente, este problema
no es urgente y nunca podría tener caracteres graves aunque no se
emplearan procedimientos artificiales para destruir esos productos.
El mundo de hoy, si lo comparamos con el anterior a 1914,
está desnudo, hambriento y lleno de desolación; y aún más si lo
comparamos con el futuro que las gentes de aquella época esperaba.
A principios del siglo XX la
visión de una sociedad futura increíblemente rica, ordenada, eficaz
y con tiempo para todo -un reluciente mundo antiséptico de
cristal, acero y cemento, un mundo de nívea blancura- era
el ideal de casi todas las personas cultas. La ciencia y la tecnología se desarrollaban a una velocidad
prodigiosa y parecía natural que este desarrollo no se interrumpiera
jamás. Sin embargo, no continuó el perfeccionamiento, en parte
por el empobrecimiento causado por una larga serie de guerras y
revoluciones, y en parte porque el progreso científico y técnico
se basaba en un hábito empírico de pensamiento que no podía existir
en una sociedad estrictamente reglamentada. En conjunto,
el mundo es hoy más primitivo que hace cincuenta años. Algunas zonas
secundarias han progresado y se han realizado algunos perfeccionamientos,
ligados siempre a la guerra y al espionaje policíaco, pero los experimentos
científicos y los inventos no han seguido su curso y los destrozos
causados por la guerra atómica de
los años cincuenta y tantos nunca llegaron a ser reparados. No obstante,
perduran los peligros del maquinismo. Cuando
aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada
vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría
en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana.
Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad,
entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades
y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas
cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad,
sino sólo por un proceso automático -produciendo riqueza que
no había más remedio que distribuir-, elevó efectivamente
la máquina el nivel de vida de la gente que vivía a mediados
de siglo. Esta gente vivía muchísimo mejor que la de fines del siglo
XIX.
Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario amenazaba
con la destrucción -era ya, en sí mismo, la destrucción-
de una sociedad jerárquica. En un mundo en que todos trabajaran
pocas horas, tuvieran bastante que comer, vivieran en casas cómodas
e higiénicas, con cuarto de baño, calefacción y refrigeración, y
poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano, habría desaparecido
la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza
llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin
duda, era posible imaginarse una sociedad en que la riqueza,
en el sentido de posesiones y lujos personales, fuera equitativamente
distribuida mientras que el poder siguiera
en manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero,
en la práctica, semejante sociedad no podría conservarse estable,
porque si todos disfrutasen por igual del lujo y del ocio, la gran
masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele imbecilizar,
aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y
si empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde
que la minoría privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse
a los demás y acabarían barriéndoles. A la larga, una sociedad
jerárquica sólo sería posible basándose en la pobreza y en la ignorancia.
Regresar al pasado agrícola -como querían algunos pensadores
de principios de este siglo- no era una solución práctica,
puesto que estaría en contra de la tendencia a la mecanización,
que se había hecho casi instintiva en el mundo entero, y, además,
cualquier país que permaneciera atrasado industrialmente sería inútil
en un sentido militar y caería antes o después bajo el dominio de
un enemigo bien armado.
Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas restringiendo
la producción. Esto se practicó en gran medida entre 1920
y 1940. Muchos países dejaron que su economía se anquilosara. No
se renovaba el material indispensable para la buena marcha de las
industrias, quedaban sin cultivar las tierras, y grandes masas de
población, sin tener en qué trabajar, vivían de la caridad del
Estado. Pero también esto implicaba una debilidad militar, y
como las privaciones que infligía eran innecesarias, despertaba
inevitablemente una gran oposición. El problema era mantener en marcha las ruedas de
la industria sin aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes habían de ser
producidos, pero no distribuidos. Y, en la práctica, la única manera
de lograr esto era la guerra continua.
El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas
humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es
una manera de pulverizar o de hundir en el fondo del mar los materiales
que en la paz constante podrían emplearse para que las masas gozaran
de excesiva comodidad y, con ello, se hicieran a la larga demasiado
inteligentes.
Aunque las armas no se destruyeran, su fabricación no deja de ser
un método conveniente de gastar trabajo sin producir nada que pueda
ser consumido. En una fortaleza flotante, por ejemplo, se emplea
el trabajo que hubieran dado varios centenares de barcos de carga.
Cuando se queda anticuada, y sin haber producido ningún beneficio
material para nadie, se construye una nueva fortaleza flotante mediante
un enorme acopio de mano de obra. En principio, el esfuerzo de guerra
se planea para consumir todo lo que sobre después de haber cubierto
unas mínimas necesidades de la población. Este mínimo se calcula
siempre en mucho menos de lo necesario, de manera que hay una escasez
crónica de casi todos los artículos necesarios para la vida, lo
cual se considera como una ventaja. Constituye una táctica deliberada
mantener incluso a los grupos favorecidos al borde de la escasez,
porque un estado general de escasez
aumenta la importancia de los pequeños privilegios y hace que la
distinción entre un grupo y otro resulte más evidente. En comparación
con el nivel de vida de principios del siglo XX, incluso los miembros
del Partido Interior llevan una
vida austera y laboriosa. Sin embargo, los pocos lujos que disfrutan
-un buen piso, mejores telas, buena calidad del alimento, bebidas
y tabaco, dos o tres criados, un auto o un autogiro privado- los
colocan en un mundo diferente del de los miembros del Partido
Exterior, y estos últimos poseen una ventaja similar en comparación
con las masas sumergidas, a las que llamamos «los proles». La atmósfera
social es la de una ciudad sitiada, donde la posesión de un trozo
de carne de caballo establece la diferencia entre la riqueza y la
pobreza. Y, al mismo tiempo, la idea de que se está en guerra,
y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder
a una reducida casta parezca la condición natural e inevitable para
sobrevivir.
Se verá que la guerra
no sólo realiza la necesaria distinción, sino que la efectúa de
un modo aceptable psicológicamente. En
principio, sería muy sencillo derrochar el trabajo sobrante construyendo
templos y pirámides, abriendo zanjas y volviéndolas a llenar o incluso
produciendo inmensas cantidades de bienes y prendiéndoles fuego.
Pero esto sólo daría la base económica y no la emotiva
para una sociedad jerarquizada. Lo que interesa no es la moral de
las masas, cuya actitud no importa mientras se hallen absorbidas
por su trabajo, sino la moral del Partido mismo. Se espera
que hasta el más humilde de los miembros del Partido sea competente,
laborioso e incluso inteligente -siempre dentro de límites reducidos,
claro está-, pero siempre es preciso que sea un fanático ignorante
y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y
una continua sensación orgiástica de triunfo. En otras palabras,
es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la guerra.
No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una
victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo
único preciso es que exista un estado de guerra. La desintegración
de la inteligencia especial que el Partido necesita de sus miembros,
y que se logra mucho mejor en una atmósfera de guerra, es ya casi
universal, pero se nota con más relieve a medida que subimos en
la escala jerárquica. Precisamente es en el Partido Interior donde
la histeria bélica y el odio al enemigo son más intensos. Para ejercer
bien sus funciones administrativas, se ve obligado con frecuencia
el miembro del Partido Interior a saber que esta o aquella noticia
de guerra es falsa y puede saber muchas veces que una pretendida
guerra o no existe o se está realizando con fines completamente
distintos a los declarados. Pero ese conocimiento queda neutralizado
fácilmente mediante la técnica del doblepensar. De modo que ningún
miembro del Partido Interior vacila ni un solo instante en su creencia
mística de que la guerra es una realidad y que terminará victoriosamente
con el dominio indiscutible de Oceanía sobre el mundo entero.
Todos los miembros del Partido Interior
creen en esta futura victoria total como en un artículo de fe. Se
conseguirá, o bien paulatinamente mediante la adquisición de más
territorios sobre los que se basará una aplastante preponderancia,
o bien por el descubrimiento de algún arma secreta. Continúa sin
cesar la búsqueda de nuevas armas, y ésta es una de las poquísimas
actividades en que todavía pueden encontrar salida la inventiva
y las investigaciones científicas. En la Oceanía de hoy la ciencia
-en su antiguo sentido- ha dejado casi de existir. En
neolengua no hay palabra para ciencia. El método empírico de pensamiento,
en el cual se basaron todos los adelantos científicos del pasado,
es opuesto a los principios fundamentales de Ingsoc. E incluso el
progreso técnico sólo existe cuando sus productos pueden ser empleados
para disminuir la libertad humana.
Las dos finalidades del Partido son conquistar toda la superficie
de la Tierra y extinguir de una vez para siempre la posibilidad
de toda libertad del pensamiento. Hay, por tanto, dos grandes problemas
que ha de resolver el Partido. Uno es el de descubrir, contra la
voluntad del interesado, lo que está pensando determinado ser humano,
y el otro es cómo suprimir, en pocos segundos y sin previo aviso,
a varios centenares de millones de personas. Éste es el principal
objetivo de las investigaciones científicas. El hombre de ciencia
actual es una mezcla de psicólogo y policía que
estudia con extraordinaria minuciosidad el significado de las expresiones
faciales, gestos y tonos de voz, los efectos de las drogas que obligan
a decir la verdad, la terapéutica del shock, del hipnotismo
y de la tortura física; y si es un químico, un físico o un biólogo,
sólo se preocupará por aquellas ramas que dentro de su especialidad
sirvan para matar. En los grandes laboratorios del Ministerio
de la Paz, en las estaciones experimentales ocultas en las selvas
brasileñas, en el desierto australiano o en las islas perdidas del
Antártico, trabajan incansablemente los equipos técnicos. Unos se
dedican sólo a planear la logística de las guerras futuras; otros,
a idear bombas cohete cada vez mayores, explosivos cada vez más
poderosos y corazas cada vez más impenetrables; otros buscan gases
más mortíferos o venenos que puedan ser producidos en cantidades
tan inmensas que destruyan la vegetación de todo un continente,
o cultivan gérmenes inmunizados contra todos los posibles antibióticos;
otros se esfuerzan por producir un vehículo que se abra paso por
la tierra como un submarino bajo el agua, o un aeroplano tan independiente
de su base como un barco en el mar; otros exploran posibilidades
aún más remotas, como la de concentrar los rayos del sol mediante
gigantescas lentes suspendidas en el espacio a miles de kilómetros,
o producir terremotos artificiales utilizando el calor del centro
de la Tierra.
Pero ninguno de estos proyectos se aproxima nunca a su realización,
y ninguno de los tres superestados adelanta a los otros dos de un
modo definitivo. Lo más notable es que las tres potencias
tienen ya, con la bomba atómica,
un arma mucho más poderosa que cualquiera de las que ahora tratan
de convertir en realidad. Aunque el Partido, según su costumbre,
quiere atribuirse el invento, las bombas
atómicas aparecieron por primera vez a principios de los
años cuarenta y tantos de este siglo y fueron usadas en gran escala
unos diez años después. En aquella época cayeron unos centenares
de bombas en los centros industriales, principalmente de la Rusia
Europea, Europa Occidental y Norteamérica. El objeto perseguido
era convencer a los gobernantes de todos los países que unas cuantas
bombas más terminarían con la sociedad organizada y por tanto con
su poder. A partir de entonces, y aunque no se llegó a ningún acuerdo formal, no
se arrojaron más bombas atómicas. Las potencias actuales siguen
produciendo bombas atómicas y almacenándolas en espera de la oportunidad
decisiva que todos creen llegará algún día. Mientras tanto, el arte
de la guerra ha permanecido estacionado durante treinta o cuarenta
años. Los autogiros se usan más que antes, los aviones de bombardeo
han sido sustituidos en gran parte por los proyectiles autoimpulsados
y el frágil tipo de barco de guerra fue reemplazado por las fortalezas
flotantes, casi imposibles de hundir. Pero, aparte de ello, apenas
ha habido adelantos bélicos. Se siguen usando el tanque, el submarino,
el torpedo, la ametralladora e incluso el rifle y la granada de
mano. Y, a pesar de las interminables matanzas
comunicadas por la Prensa y las telepantallas, las desesperadas
batallas de las guerras anteriores -en las cuales morían en pocas
semanas centenares de miles e incluso millones de hombres- no han
vuelto a repetirse.
Ninguno de los tres superestados intenta nunca una maniobra que suponga el riesgo
de una seria derrota. Cuando se lleva a cabo una operación de grandes
proporciones, suele tratarse de un ataque por sorpresa contra un
aliado. La estrategia que siguen los tres superestados -o
que pretenden seguir- es la misma. Su
plan es adquirir, mediante una combinación, un anillo de bases que
rodee completamente a uno de los estados rivales para firmar luego
un pacto de amistad con ese rival y seguir en relaciones pacíficas
con él durante el tiempo que sea preciso para que se confíen.
En este tiempo, se almacenan bombas atómicas en los sitios estratégicos.
Esas bombas, cargadas en los cohetes, serán disparadas algún día
simultáneamente, con efectos tan devastadores que no habrá posibilidad
de respuesta. Entonces se firmará un pacto de amistad con la otra
potencia, en preparación de un nuevo ataque. No es preciso advertir
que este plan es un ensueño de imposible realización. Nunca
hay verdadera lucha a no ser en las zonas disputadas en el Ecuador
y en los Polos: no hay invasiones del territorio enemigo. Lo
cual explica que en algunos sitios sean arbitrarias las fronteras
entre los superestados. Por ejemplo, Eurasia podría conquistar fácilmente
las Islas Británicas, que forman parte, geográficamente, de Europa,
y también sería posible para Oceanía avanzar sus fronteras hasta
el Rin e incluso hasta el Vístula. Pero esto violaría el principio
-seguido por todos los bandos, aunque nunca formulado-
de la integridad cultural. Así, si Oceanía conquistara las áreas
que antes se conocían con los nombres de Francia y Alemania, sería
necesario exterminar a todos sus habitantes -tarea de gran
dificultad física- o asimilarse una población de un centenar
de millones de personas que, en lo técnico, están a la misma altura
que los oceánicos. El problema es el mismo para todos los superestados,
siendo absolutamente imprescindible que su estructura no entre en
contacto con extranjeros, excepto en reducidas proporciones con
prisioneros de guerra y esclavos de color. Incluso el aliado oficial
del momento es considerado con mucha suspicacia. El ciudadano medio de Oceanía nunca ve a un ciudadano de Eurasia
ni de Asia Oriental -aparte de los prisioneros- y se
le prohíbe que aprenda lenguas extranjeras. Si se le permitiera
entrar en relación con extranjeros, descubriría que son criaturas
iguales a él en lo esencial y que casi todo lo que se le ha dicho
sobre ellos es una sarta de mentiras. Se rompería así el mundo cerrado
en que vive y quizás desaparecieran el miedo, el odio y la rigidez
fanática en que se basa su moral. Se admite, por tanto,
en los tres Estados que por mucho que cambien de manos Persia, Egipto,
Java o Ceilán, las fronteras principales
nunca podrán ser cruzadas más que por las bombas.
Bajo todo esto
hallamos un hecho al que nunca se alude, pero admitido tácitamente
y sobre el que se basa toda conducta oficial, a saber: que las condiciones de vida de los tres superestados son casi
las mismas. En Oceanía prevalece la ideología llamada Ingsoc,
en Eurasia el neobolchevismo y en Asia Oriental lo que se conoce
por un nombre chino que suele traducirse por «adoración de la muerte»,
pero que quizás quedaría mejor expresado como «desaparición del
yo». Al ciudadano de Oceanía no se le permite
saber nada de las otras dos ideologías, pero se le enseña
a condenarlas como bárbaros insultos contra la moralidad y el sentido
común. La verdad es que apenas pueden distinguirse las
tres ideologías, y los sistemas sociales que ellas soportan son
los mismos. En los tres existe la misma estructura piramidal, idéntica
adoración a un jefe semidivino, la misma economía orientada hacia
una guerra continua. De ahí que no sólo no puedan conquistarse mutuamente los tres
superestados, sino que no tendrían ventaja alguna si lo consiguieran.
Por el contrario, se ayudan mutuamente manteniéndose en pugna. Y
los grupos dirigentes de las tres Potencias saben y no saben, a
la vez, lo que están haciendo. Dedican sus vidas a la conquista
del mundo, pero están convencidos al mismo tiempo de que es absolutamente
necesario que la guerra continúe eternamente sin ninguna victoria
definitiva. Mientras tanto, el hecho de que no hay peligro de conquista
hace posible la denegación sistemática de la realidad, que es la
característica principal del Ingsoc y de sus sistemas rivales.
Y aquí hemos de repetir que, al hacerse continua, la guerra ha cambiado
fundamentalmente de carácter.
En tiempos pasados, una guerra, casi por definición, era algo que más pronto
o más tarde tenía un final; generalmente, una clara victoria o una
derrota indiscutible. Además, en el pasado, la guerra era uno de
los principales instrumentos con que se mantenían las sociedades
humanas en contacto con la realidad física. Todos los gobernantes de todas las épocas intentaron imponer
un falso concepto del mundo a sus súbditos,
pero no podían fomentar ilusiones que perjudicasen la eficacia militar.
Como quiera que la derrota significaba la pérdida de la independencia
o cualquier otro resultado indeseable, habían de tomar serias precauciones
para evitar la derrota. Estos hechos no podían ser ignorados. Aun
admitiendo que en filosofía, en ciencia, en ética o en política,
dos y dos pudieran ser cinco, cuando se fabricaba un cañón o un
aeroplano tenían que ser cuatro. Las naciones mal preparadas acababan
siempre siendo conquistadas, y la lucha por una mayor eficacia no
admitía ilusiones. Además, para ser eficaces había que aprender
del pasado, lo cual suponía estar bien enterado de lo ocurrido en
épocas anteriores. Los periódicos y los libros de historia eran
parciales, naturalmente, pero habría sido imposible una falsificación
como la que hoy se realiza. La guerra era una garantía de cordura.
Y respecto a las clases gobernantes, era el freno más seguro. Nadie
podía ser, desde el poder, absolutamente irresponsable desde el
momento en que una guerra cualquiera podía ser ganada o perdida.
Pero cuando una guerra
se hace continua, deja de ser peligrosa porque desaparece toda necesidad
militar. El progreso técnico puede cesar y los hechos más palpables
pueden ser negados o descartados como cosas sin importancia. Lo
único eficaz en Oceanía es la Policía del Pensamiento. Como cada uno de los tres superestados
es inconquistable, cada uno de ellos es, por tanto, un mundo separado
dentro del cual puede ser practicada con toda tranquilidad cualquier
perversión mental. La realidad sólo ejerce
su presión sobre las necesidades de la vida cotidiana: la necesidad
de comer y de beber, de vestirse y tener un techo, de no beber venenos
ni caerse de las ventanas, etc... Entre la vida y la muerte, y entre
el placer físico y el dolor físico, sigue habiendo una distinción,
pero eso es todo. Cortados todos los contactos con
el mundo exterior y con el pasado, el ciudadano de Oceanía
es como un hombre en el espacio interestelar, que no tiene manera
de saber por dónde se va hacia arriba y por dónde hacia abajo. Los
gobernantes de un Estado como éste son absolutos como pudieran serlo
los faraones o los césares. Se ven obligados a evitar que sus gentes
se mueran de hambre en cantidades excesivas, y han de mantenerse
al mismo nivel de baja técnica militar que sus rivales. Pero, una
vez conseguido ese mínimo, pueden retorcer y deformar la realidad
dándole la forma que se les antoje.
Por tanto, la
guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura.
Se podría comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes cuyos
cuernos están colocados de tal manera que no pueden herirse. Pero
aunque es una impostura, no deja de tener sentido. Sirve para consumir
el sobrante de bienes y ayuda a conservar la atmósfera mental imprescindible
para una sociedad jerarquizada. Como se ve, la guerra
es ya sólo un asunto de política interna. En el pasado, los grupos
dirigentes de todos los países, aunque reconocieran sus propios
intereses e incluso los de sus enemigos y gritaran en lo posible
la destructividad de la guerra, en definitiva luchaban unos contra
otros y el vencedor aplastaba al vencido. En nuestros días no luchan
unos contra otros, sino cada grupo dirigente contra sus propios
súbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio ni
defenderlo, sino mantener intacta la estructura de la sociedad.
Por lo tanto, la palabra guerra se ha hecho equívoca. Quizás
sería acertado decir que la guerra, al hacerse continua, ha dejado
de existir. La presión que ejercía sobre los seres humanos
entre la Edad neolítica y principios del siglo XX ha desaparecido,
siendo sustituida por algo completamente distinto. El efecto sería
muy parecido si los tres superestados, en vez de pelear cada uno
con los otros, llegaran al acuerdo -respetándolo- de vivir en paz
perpetua sin traspasar cada uno las fronteras del otro. En ese caso,
cada uno de ellos seguiría siendo un mundo cerrado libre de la angustiosa
influencia del peligro externo. Una paz
que fuera de verdad permanente sería lo mismo que una guerra permanente.
Éste es el sentido verdadero (aunque la mayoría de los miembros
del Partido lo entienden sólo de un modo superficial) de la consigna
del Partido: la guerra es la paz".
Winston dejó de
leer un momento. A una gran distancia había estallado una bomba.
La inefable sensación de estar leyendo el libro
prohibido, en una habitación sin telepantalla,
seguía llenándolo de satisfacción. La soledad y la seguridad eran
sensaciones físicas, mezcladas por el cansancio de su cuerpo, la
suavidad de la alfombra, la caricia de la débil brisa que entraba
por la ventana... El libro le fascinaba o, más exactamente, lo tranquilizaba.
En cierto sentido, no le enseñaba nada
nuevo, pero esto era una parte de su encanto. Decía lo que el propio
Winston podía haber dicho, si le hubiera sido posible ordenar sus
propios pensamientos y darles una clara expresión. Este libro era
el producto de una mente semejante a la suya, pero mucho más poderosa,
más sistemática y libre de temores. Pensó Winston que los
mejores libros son los que nos dicen lo que ya sabemos. Había vuelto
al capítulo I cuando oyó los pasos de Julia en la escalera. Se levantó
del sillón para salirle al encuentro. Julia entró en ese momento,
tiró su bolsa al suelo y se lanzó a los brazos de él. Hacía más
de una semana que no se habían visto.
-Tengo el libro -dijo Winston
en cuanto se apartaron.
-¿Ah, sí? Muy bien -dijo ella sin
gran interés y casi inmediatamente se arrodilló junto a la estufa
para hacer café.
No volvieron a hablar del libro hasta
después de media hora de estar en la cama. La tarde era bastante
fresca para que mereciera la pena cerrar la ventana. De abajo llegaban
las habituales canciones y el ruido de botas sobre el empedrado.
La mujer de los brazos rojizos parecía no moverse del patio. A todas
horas del día estaba lavando y tendiendo ropa. Julia tenía sueño,
Winston volvió a tomar el libro, que estaba en el suelo, y se sentó
apoyando la espalda en la cabecera de la cama.
-Tenemos que leerlo -dijo-. Y tú
también. Todos los miembros de la Hermandad deben leerlo.
-Léelo tú -dijo Julia con los ojos
cerrados-. Léelo en voz alta. Así es mejor. Y me puedes explicar
los puntos difíciles.
El viejo reloj marcaba las seis,
o sea, las dieciocho. Disponían de tres o cuatro horas más. Winston
se puso el libro abierto sobre las rodillas en ángulo y empezó a
leer:
CAPÍTULO PRIMERO
La ignorancia
es la fuerza
»Durante todo el
tiempo de que se tiene noticia, probablemente desde fines del período
neolítico, ha habido en el mundo tres clases de personas: los Altos,
los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de muchos modos, han
llevado muy diversos nombres y su número relativo, así como la actitud
que han guardado unos hacia otros, han variado de época en época;
pero la estructura esencial de la sociedad nunca ha cambiado. Incluso
después de enormes conmociones y de cambios que parecían irrevocables,
la misma estructura ha vuelto a imponerse, igual que un giroscopio
vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho que lo empujemos
en un sentido o en otro.
-Julia, ¿estás despierta? -dijo Winston.
-Sí, amor mío, te escucho. Sigue.
Es maravilloso.
Winston continuó leyendo:
Los fines de estos tres grupos son inconciliables. Los Altos quieren
quedarse donde están. Los Medianos tratan de arrebatarles
sus puestos a los Altos. La finalidad de los Bajos,
cuando la tienen -porque su principal característica es hallarse
aplastados por las exigencias de la vida cotidiana-, consiste
en abolir todas las distinciones y crear una sociedad en que todos
los hombres sean iguales. Así, vuelve a presentarse continuamente
la misma lucha social. Durante largos períodos, parece que los Altos
se encuentran muy seguros en su poder, pero siempre llega un momento
en que pierden la confianza en sí mismos o se debilita su capacidad
para gobernar, o ambas cosas a la vez. Entonces son derrotados por
los Medianos, que llevan junto a ellos a los Bajos
porque les han asegurado que ellos representan la libertad y la
justicia. En cuanto logran sus objetivos, los Medianos abandonan
a los Bajos y los relegan a su antigua posición de servidumbre,
convirtiéndose ellos en los Altos. Entonces, un grupo de
los Medianos se separa de los demás y empiezan a luchar entre
ellos. De los tres grupos, solamente los Bajos no logran
sus objetivos ni siquiera transitoriamente. Sería exagerado afirmar
que en toda la Historia no ha habido progreso material. Aun hoy, en un período de decadencia, el ser humano se encuentra mejor que hace
unos cuantos siglos. Pero ninguna reforma ni revolución alguna han
conseguido acercarse ni un milímetro a la igualdad humana. Desde
el punto de vista de los Bajos, ningún cambio histórico ha significado mucho
más que un cambio en el nombre de sus amos.
A fines del siglo XIX eran muchos
los que habían visto claro este juego. De ahí que surgieran escuelas
del pensamiento que interpretaban la Historia como un proceso cíclico y aseguraban que la desigualdad era
la ley inalterable de la vida humana. Desde luego, esta doctrina
ha tenido siempre sus partidarios, pero se había introducido un
cambio significativo. En el pasado, la necesidad de una forma jerárquica
de la sociedad había sido la doctrina privativa de los Altos. Fue defendida por
reyes, aristócratas, jurisconsultos, etc. Los Medianos, mientras
luchaban por el poder, utilizaban términos como «libertad», «justicia»
y «fraternidad». Sin embargo, el concepto de la fraternidad humana
empezó a ser atacado por individuos que todavía no estaban en el
Poder, pero que esperaban estarlo pronto. En el pasado, los Medianos
hicieron revoluciones bajo la bandera de la igualdad, pero se limitaron
a imponer una nueva tiranía apenas desaparecida la anterior.
En cambio, los nuevos grupos de Medianos proclamaron de antemano
su tiranía. El socialismo, teoría que apareció a principios
del siglo XIX y que fue el último eslabón de una cadena que se extendía
hasta las rebeliones de esclavos en la Antigüedad, seguía profundamente
infestado por las viejas utopías.
Pero a cada variante de socialismo aparecida a partir de
1900 se abandonaba más abiertamente la pretensión de establecer
la libertad y la igualdad. Los nuevos movimientos que surgieron
a mediados del siglo, Ingsoc en Oceanía, neobolchevismo en Eurasia
y adoración de la muerte en Asia oriental, tenían como finalidad
consciente la perpetuación de la falta de libertad y de la desigualdad
social. Estos nuevos movimientos, claro está, nacieron de los antiguos
y tendieron a conservar sus nombres y aparentaron respetar sus ideologías.
Pero el propósito de todos ellos era sólo
detener el progreso e inmovilizar a la Historia en un momento
dado. El movimiento de péndulo
iba a ocurrir una vez más y luego a detenerse. Como de costumbre,
los Altos serían desplazados
por los Medianos, que entonces se convertirían a su vez
en Altos, pero esta vez,
por una estrategia consciente, estos últimos Altos
conservarían su posición permanentemente.
Las nuevas doctrinas surgieron en parte a causa de la acumulación de conocimientos
históricos y del aumento del sentido histórico, que apenas
había existido antes del siglo
XIX. Se entendía ya el movimiento cíclico de la Historia, o parecía entenderse;
y al ser comprendido podía ser también alterado. Pero la causa principal
y subyacente era que ya a principios del siglo
XX era técnicamente posible la igualdad humana. Seguía siendo cierto que los hombres
no eran iguales en sus facultades innatas y que las funciones habían
de especializarse de modo que favorecían inevitablemente a unos
individuos sobre otros; pero ya no eran precisas las diferencias
de clase ni las grandes diferencias de riqueza. Antiguamente,
las diferencias de clase no sólo habían sido inevitables,
sino deseables. La desigualdad era el precio de la civilización.
Sin embargo, el desarrollo del maquinismo
iba
a cambiar esto. Aunque fuera aún necesario que los seres humanos
realizaran diferentes clases de trabajo, ya no era preciso que vivieran
en diferentes niveles sociales o económicos. Por tanto, desde el
punto de vista de los nuevos grupos que estaban a punto de apoderarse
del mando, no era ya la igualdad humana un ideal por el que convenía
luchar, sino un peligro que había de ser evitado. En épocas más
antiguas, cuando una sociedad justa y pacífica no era posible, resultaba
muy fácil creer en ella. La idea de un paraíso terrenal en el que
los hombres vivirían como hermanos, sin leyes y sin trabajo agotador,
estuvo obsesionando a muchas imaginaciones durante miles de años.
Y esta visión tuvo una cierta importancia incluso entre los grupos
que de hecho se aprovecharon de cada cambio histórico. Los herederos de la Revolución francesa,
inglesa y americana habían creído parcialmente en
sus frases sobre los derechos humanos, libertad de expresión, igualdad
ante la ley y demás, e incluso se dejaron influir en su conducta
por algunas de ellas hasta cierto punto. Pero
hacia la década cuarta del siglo XX
todas las corrientes de pensamiento político eran autoritarias.
Pero ese paraíso terrenal quedó desacreditado precisamente cuando
podía haber sido realizado, y en el segundo cuarto del siglo XX
volvieron a ponerse en práctica procedimientos que ya no se usaban
desde hacía siglos: encarcelamiento sin proceso, empleo de los prisioneros
de guerra como esclavos, ejecuciones públicas, tortura para extraer
confesiones, uso de rehenes y deportación de poblaciones en masa.
Todo esto se hizo habitual y fue defendido por individuos considerados
como inteligentes y avanzados. Los nuevos sistemas políticos
se basaban en la jerarquía y la regimentación.
Después de una década de guerras nacionales, guerras civiles, revoluciones y
contrarrevoluciones en todas partes del mundo, surgieron el Ingsoc
y sus rivales como teorías políticas inconmovibles. Pero ya las
habían anunciado los varios sistemas, generalmente llamados totalitarios,
que aparecieron durante el segundo cuarto de siglo y se veía claramente
el perfil que había de tener el mundo futuro. La nueva aristocracia
estaba formada en su mayoría por burócratas, hombres de ciencia,
técnicos, organizadores sindicales, especialistas en propaganda,
sociólogos, educadores, periodistas y políticos profesionales. Esta
gente, cuyo origen estaba en la clase media asalariada y en la capa
superior de la clase obrera, había sido formada y agrupada por el
mundo inhóspito de la industria monopolizada y el gobierno centralizado.
Comparados con los miembros de las clases dirigentes en el pasado,
esos hombres eran menos avariciosos, les tentaba menos el lujo
y más el placer de mandar, y, sobre todo, tenían más consciencia
de lo que estaban haciendo y se dedicaban con mayor intensidad
a aplastar a la oposición. Esta última diferencia era esencial.
Comparadas con la que hoy existe, todas las tiranías del pasado
fueron débiles e ineficaces. Los grupos gobernantes se hallaban
contagiados siempre en cierta medida por las ideas liberales y no
les importaba dejar cabos sueltos por todas partes. Sólo se preocupaban
por los actos realizados y no se interesaban por lo que los súbditos
pudieran pensar. En parte, esto
se debe a que en el pasado ningún Estado tenía el poder necesario
para someter a todos sus ciudadanos a una vigilancia constante. Sin embargo, el invento
de la imprenta facilitó mucho el manejo de la opinión
pública, y el cine y la radio contribuyeron en
gran escala a acentuar este proceso. Con el desarrollo de la televisión
y el adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir simultáneamente
en el mismo aparato, terminó la vida privada. Todos los ciudadanos,
o por lo menos todos aquellos ciudadanos que poseían la suficiente
importancia para que mereciese la pena vigilarlos, podían ser tenidos
durante las veinticuatro horas del día bajo la constante observación
de la policía y rodeados sin cesar por la propaganda oficial,
mientras que se les cortaba toda comunicación con el mundo
exterior.
Por primera vez en la Historia existía la posibilidad
de forzar a los gobernados, no sólo a una completa obediencia a
la voluntad del Estado, sino a la completa uniformidad de opinión.
Después del período revolucionario
entre los años cincuenta y tantos y setenta, la sociedad volvió
a agruparse como siempre, en Altos, Medios y Bajos. Pero el nuevo grupo de Altos,
a diferencia de sus predecesores, no actuaba ya por instinto, sino
que sabía lo que necesitaba hacer para salvaguardar su posición.
Los privilegiados se habían dado cuenta
desde hacía bastante tiempo de que la base más segura para la oligarquía
es el colectivismo. La riqueza y los privilegios
se defienden más fácilmente cuando se poseen conjuntamente.
La llamada «abolición de la propiedad privada», que ocurrió a mediados
de este siglo, quería decir que la propiedad iba a concentrarse
en un número mucho menor de manos que anteriormente, pero con esta
diferencia: que los nuevos dueños constituirían un grupo
en vez de una masa de individuos. Individualmente,
ningún miembro del Partido posee nada, excepto insignificantes objetos
de uso personal. Colectivamente, el Partido es el dueño de todo
lo que hay en Oceanía, porque lo controla todo y dispone de los
productos como mejor se le antoja. En los años que siguieron a la
Revolución pudo ese grupo tomar el mando sin encontrar apenas oposición
porque todo el proceso fue presentado como un acto de colectivización.
Siempre se había dado por cierto que si la clase capitalista era
expropiada, el socialismo se impondría, y era un hecho que los capitalistas
habían sido expropiados. Las fábricas, las minas, las tierras, las
casas, los medios de transporte, todo se les había quitado, y como
todo ello dejaba de ser propiedad privada, era evidente que pasaba
a ser propiedad pública. El Ingsoc,
procedente del antiguo socialismo y que había heredado su fraseología,
realizó los principios fundamentales de ese socialismo, con el resultado,
previsto y deseado, de que la desigualdad económica se hizo permanente.
Pero los problemas que plantea la
perpetuación de una sociedad jerarquizada son mucho más complicados.
Sólo hay cuatro medios para que un grupo dirigente sea derribado
del Poder. 0 es vencido desde
fuera, o gobierna tan ineficazmente que las masas se le rebelan,
o permite la formación de un grupo medio que lo pueda desplazar,
o pierde la confianza en sí mismo y la voluntad de mando. Estas
causas no operan sueltas, y por lo general se presentan las cuatro
combinadas en cierta medida. El factor que decide en última instancia
es la actitud mental de la propia clase gobernante.
Después de mediados
del siglo XX, el primer peligro había desaparecido. No había posibilidad
de una derrota infligida por una potencia enemiga. Cada uno de los
tres superestados en que ahora se divide el mundo es inconquistable,
y sólo podría llegar a ser conquistado por lentos cambios demográficos,
que un Gobierno con amplios poderes puede evitar muy fácilmente.
El segundo peligro es sólo teórico. Las masas nunca se levantan
por su propio impulso y nunca lo harán por la sola razón de que
están oprimidas. Las crisis económicas del pasado fueron absolutamente
innecesarias y ahora no se tolera que ocurran, pero de todos modos
ninguna razón de descontento podrá tener ahora resultados políticos,
ya que no hay modo de que el descontento se articule. En
cuanto al problema de la superproducción, que ha estado latente en nuestra sociedad
desde el desarrollo del maquinismo,
queda resuelto por el recurso de la guerra
continua (véase el capítulo III), que es también necesaria
para mantener la moral pública a un elevado nivel. Por
tanto, desde el punto de vista de nuestros actuales gobernantes,
los únicos peligros auténticos son la aparición de un nuevo grupo
de personas muy capacitadas y ávidas de poder o el crecimiento del
espíritu liberal y del escepticismo en las propias filas gubernamentales.
0 sea, todo se reduce a un problema de educación, a moldear
continuamente la mentalidad del grupo dirigente y del que se halla
inmediatamente debajo de él. En cambio, la consciencia de las
masas sólo ha de ser influida de un modo negativo.
Con este fondo se puede deducir la estructura general de la sociedad
de Oceanía. En el vértice de la pirámide
está el Gran Hermano.
Éste es infalible y todopoderoso. Todo triunfo, todo descubrimiento
científico, toda sabiduría, toda felicidad, toda virtud, se considera
que procede directamente de su inspiración y de su poder. Nadie
ha visto nunca al Gran Hermano.
Es una cara en los carteles, una voz en la telepantalla. Podemos
estar seguros de que nunca morirá y no hay manera de saber cuándo
nació. El Gran Hermano es la concreción con que el Partido se presenta
al mundo. Su función es actuar como punto de mira para todo amor,
miedo o respeto, emociones que se sienten con mucha mayor facilidad
hacia un individuo que hacia una organización. Detrás del
Gran Hermano se halla el Partido Interior, del cual sólo forman parte
seis millones de personas, o sea, menos del seis por ciento de la
población de Oceanía. Después del Partido Interior, tenemos el Partido
Exterior; y si el primero puede ser descrito como «el cerebro
del Estado», el segundo pudiera ser comparado a las manos. Más abajo
se encuentra la masa amorfa de los proles, que constituyen
quizás el ochenta y cinco por ciento de la población. En los términos
de nuestra anterior clasificación, los proles son los Bajos.
Y las masas de esclavos procedentes de las tierras ecuatoriales,
que pasan constantemente de vencedor a vencedor (no olvidemos que
«vencedor» sólo debe ser tomado de un modo relativo) y no forman
parte de la población propiamente dicha.
En principio, la pertenencia a estos
tres grupos no es hereditaria. No se considera que un niño nazca
dentro del Partido Interior porque sus padres pertenezcan a él.
La entrada en cada una de las ramas del Partido se realiza mediante
examen a la edad de dieciséis años. Tampoco hay prejuicios raciales
ni dominio de una provincia sobre otra. En los más elevados puestos
del Partido encontramos judíos, negros, sudamericanos de pura sangre
india, y los dirigentes de cualquier zona proceden siempre de los
habitantes de ese área. En ninguna parte de Oceanía tienen sus habitantes la sensación
de ser una población colonial regida desde una capital remota. Oceanía
no tiene capital y su jefe titular es una persona cuya residencia
nadie conoce. No está centralizada en modo alguno, aparte de que
el inglés es su principal lingua franca y que la neolengua
es su idioma oficial. Sus gobernantes no se hallan ligados
por lazos de sangre, sino por la adherencia a una doctrina común.
Es verdad que nuestra sociedad se compone de estratos -una división
muy rígida en estratos- ateniéndose a lo que a primera vista parecen
normas hereditarias. Hay mucho menos intercambio entre los diferentes
grupos de lo que había en la época capitalista o en las épocas preindustriales.
Entre las dos ramas del Partido se verifica algún intercambio,
pero solamente lo necesario para que los débiles sean excluidos
del Partido Interior y que los miembros ambiciosos del Partido Exterior
pasen a ser inofensivos al subir de categoría. En la práctica, los
proletarios no pueden entrar en el Partido. Los más dotados de ellos,
que podían quizás constituir un núcleo de descontentos, son fichados
por la Policía del Pensamiento y eliminados. Pero semejante estado
de cosas no es permanente ni de ello se hace cuestión de principio.
El Partido no es una clase en el antiguo sentido de la palabra.
No se propone transmitir el poder a sus hijos como tales descendientes
directos, y si no hubiera otra manera de mantener en los puestos
de mando a los individuos más capaces, estaría dispuesto el Partido
a reclutar una generación completamente nueva de entre las filas
del proletariado. En los años cruciales, el hecho de que el Partido
no fuera un cuerpo hereditario contribuyó muchísimo a neutralizar
la oposición. El socialista de la vieja escuela, acostumbrado a
luchar contra algo que se llamaba «privilegios de clase», daba por
cierto que todo lo que no es hereditario no puede ser permanente.
No comprendía que la continuidad de una oligarquía no necesita ser
física ni se paraba a pensar que las aristocracias hereditarias
han sido siempre de corta vida, mientras que organizaciones basadas
en la adopción han durado centenares y miles de años. Lo esencial de la regla oligárquica no es la herencia de padre
a hijo, sino la persistencia de una cierta manera de ver el mundo
y de un cierto modo de vida impuesto por los muertos a los vivos.
Un grupo dirigente es tal grupo dirigente en tanto pueda nombrar
a sus sucesores. El Partido no se preocupa de perpetuar su
sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No importa quién
detenta el Poder con tal de que la estructura jerárquica sea
siempre la misma.
Todas las creencias, costumbres, aficiones, emociones y actitudes
mentales que caracterizan a nuestro tiempo sirven para sostener
la mística del Partido y evitar que la naturaleza de la sociedad
actual sea percibida por la masa. La rebelión física o cualquier
movimiento preliminar hacia la rebelión no es posible en nuestros
días. Nada hay que temer de los proletarios. Dejados aparte,
continuarán, de generación en generación y de siglo en siglo, trabajando,
procreando y muriendo, no sólo sin sentir impulsos de rebelarse,
sino sin la facultad de comprender que el mundo podría ser diferente
de lo que es. Sólo podrían convertirse en peligrosos si el progreso
de la técnica industrial hiciera necesario educarles mejor; pero
como la rivalidad militar y comercial ha perdido toda importancia,
el nivel de la educación popular declina continuamente. Las
opiniones que tenga o no tenga la masa se consideran con absoluta
indiferencia. A los proletarios se les puede conceder la
libertad intelectual por la sencilla razón de que no tienen intelecto
alguno. En cambio, a un miembro del Partido no se le puede
tolerar ni siquiera la más pequeña desviación ideológica.
Todo miembro del Partido vive, desde
su nacimiento hasta su muerte, vigilado por la Policía
del Pensamiento. Incluso cuando está solo no puede tener
la seguridad de hallarse efectivamente solo. Dondequiera que esté,
dormido o despierto, trabajando o descansando, en el baño o en la
cama, puede ser inspeccionado sin previo aviso y sin que él sepa
que lo inspeccionan. Nada de lo que hace es indiferente para la
Policía del Pensamiento. Sus amistades, sus distracciones,
su conducta con su mujer y sus hijos, la expresión de su rostro
cuando se encuentra solo, las palabras que murmura durmiendo, incluso
los movimientos característicos de su cuerpo, son analizados escrupulosamente.
No sólo una falta efectiva en su conducta, sino cualquier pequeña
excentricidad, cualquier cambio de costumbres, cualquier gesto nervioso
que pueda ser el síntoma de una lucha interna, será estudiado con
todo interés. El miembro del Partido
carece de toda libertad para decidirse por una dirección
determinada; no puede elegir en modo alguno. Por otra parte, sus
actos no están regulados por ninguna ley ni por un código de conducta
claramente formulado. En Oceanía no existen
leyes. Los pensamientos y actos que, una vez descubiertos, acarrean
la muerte segura, no están prohibidos expresamente y las interminables
purgas, torturas, detenciones y vaporizaciones no se le aplican
al individuo como castigo por crímenes que haya cometido, sino que
son sencillamente el barrido de personas que quizás algún día pudieran
cometer un crimen político. No sólo se le exige al miembro del Partido
que tenga las opiniones que se consideran buenas, sino también los
instintos ortodoxos. Muchas de las creencias y actitudes que se
le piden no llegan a fijarse nunca en normas estrictas y no podrían
ser proclamadas sin incurrir en flagrantes contradicciones con los
principios mismos del Ingsoc. Si una persona es ortodoxa
por naturaleza (en neolengua se le llama
piensabien) sabrá en cualquier circunstancia,
sin detenerse a pensarlo, cuál es la creencia acertada o la emoción
deseable. Pero en todo caso, un enfrentamiento
mental complicado, que comienza en la infancia y se concentra en
tomo a las palabras neolingüísticas paracrimen, negroblanco y
doblepensar, le convierte en un ser incapaz de pensar demasiado
sobre cualquier tema.
Se espera que todo
miembro del Partido carezca de emociones
privadas y que su entusiasmo no se enfríe en ningún momento.
Se supone que vive en un continuo frenesí de odio contra los enemigos extranjeros y los
traidores de su propio país, en una exaltación
triunfal de las victorias y en absoluta
humildad y entrega ante el poder
y la sabiduría del Partido. Los descontentos producidos por esta vida
tan seca y poco satisfactoria son suprimidos de raíz mediante la
vibración emocional de los Dos Minutos de Odio, y las especulaciones
que podrían quizás llevar a una actitud escéptica o rebelde son
aplastadas en sus comienzos o, mejor dicho, antes de asomar a la
consciencia, mediante la disciplina interna adquirida desde la niñez.
La primera etapa de esta disciplina, que
puede ser enseñada incluso a los niños, se llama en neolengua paracrimen.
Paracrimen significa la facultad de parar, de cortar en seco,
de un modo casi instintivo, todo pensamiento peligroso que pretenda
salir a la superficie. Incluye esta facultad la de no percibir las
analogías, de no darse cuenta de los errores de lógica, de no comprender
los razonamientos más sencillos si son contrarios a los principios
del Ingsoc y de sentirse fastidiado e incluso asqueado por todo
pensamiento orientado en una dirección herética. Paracrimen equivale,
pues, a estupidez protectora. Pero no basta con la estupidez. Por
el contrario, la ortodoxia en su más completo sentido exige un control
sobre nuestros procesos mentales, un autodominio tan completo como
el de una contorsionista sobre su cuerpo. La sociedad oceánica se
apoya en definitiva sobre la creencia de que el Gran Hermano
es omnipotente y que el Partido
es infalible. Pero como en realidad el
Gran Hermano no es omnipotente y el
Partido no es infalible, se requiere una incesante flexibilidad
para enfrentarse con los hechos. La palabra clave en esto es negroblanco.
Como tantas palabras neolingüísticas, ésta tiene dos
significados contradictorios. Aplicada a un contrario, significa
la costumbre de asegurar descaradamente que lo negro es blanco en
contradicción con la realidad de los hechos. Aplicada a un miembro
del Partido significa la buena y leal voluntad de afirmar que lo
negro es blanco cuando la disciplina del Partido lo exija. Pero
también se designa con esa palabra la facultad de creer que
lo negro es blanco, más aún, de saber que lo negro es blanco
y olvidar que alguna vez se creyó lo contrario. Esto exige una continua
alteración del pasado, posible gracias al sistema de pensamiento
que abarca a todo lo demás y que se conoce con el nombre de doblepensar.
La alteración
del pasado es necesaria por dos razones, una de las cuales
es subsidiaria y, por decirlo así, de precaución. La
razón subsidiaria es que el miembro del Partido, lo mismo que el
proletario, tolera las condiciones de vida actuales, en gran parte
porque no tiene con qué compararlas. Hay que cortarle radicalmente
toda relación con el pasado, así como hay que aislarlo de los países
extranjeros, porque es necesario que se crea en mejores condiciones
que sus antepasados y que se haga la ilusión de que el nivel de
comodidades materiales crece sin cesar. Pero la razón más importante
para «reformar» el pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad
del Partido. No solamente es preciso poner al día los
discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que
las predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse
en ningún caso que la doctrina política del Partido haya cambiado
lo más mínimo porque cualquier variación de táctica política es
una confesión de debilidad. Si, por ejemplo, Eurasia o Asia Oriental
es la enemiga de hoy, es necesario que ese país (el que sea de los
dos, según las circunstancias) figure como el enemigo de siempre.
Y si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos.
Así, la Historia ha de ser escrita continuamente. Esta falsificación
diaria del pasado, realizada por el Ministerio
de la Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del
régimen como la represión y el espionaje efectuados por el Ministerio
del Amor.
La mutabilidad del pasado es el eje
del Ingsoc. Los acontecimientos
pretéritos no tienen existencia objetiva, sostiene el Partido,
sino que sobreviven sólo en los documentos y en las memorias
de los hombres. El pasado es únicamente lo que digan los
testimonios escritos y la memoria humana. Pero como quiera que
el Partido controla por completo todos los documentos y también
la mente de todos sus miembros, resulta que el pasado será lo que
el Partido quiera que sea. También resulta que aunque el
pasado puede ser cambiado, nunca lo ha sido en ningún caso concreto.
En efecto, cada vez que ha habido que darle
nueva forma por las exigencias del momento, esta nueva versión es
ya el pasado y no ha existido ningún pasado diferente. Esto
sigue siendo así incluso cuando -como ocurre a menudo- el mismo
acontecimiento tenga que ser alterado, hasta hacerse irreconocible,
varias veces en el transcurso de un año. En cualquier momento se
halla el Partido en posesión de
la verdad absoluta y, naturalmente,
lo absoluto no puede haber sido diferente
de lo que es ahora. Se verá, pues, que el control del pasado depende
por completo del entrenamiento de la memoria. La seguridad
de que todos los escritos están de acuerdo con el punto de
vista ortodoxo que exigen las circunstancias, no es más que una
labor mecánica. Pero también es preciso
recordar que los acontecimientos ocurrieron de la manera
deseada. Y si es necesario adaptar de nuevo nuestros recuerdos o
falsificar los documentos, también es necesario olvidar que
se ha hecho esto. Este truco puede aprenderse como cualquier otra
técnica mental. La mayoría de los miembros del Partido
lo aprenden y desde luego lo consiguen muy bien todos aquellos que
son inteligentes además de ortodoxos. En el antiguo idioma se conoce
esta operación con toda franqueza como «control de la realidad».
En neolengua se le llama doblepensar,
aunque también es verdad que doblepensar comprende muchas cosas.
Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente,
dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. El intelectual del Partido sabe en qué dirección han de ser alterados sus recuerdos;
por tanto, sabe que está trucando la realidad; pero al mismo tiempo
se satisface a sí mismo por medio del ejercicio del doblepensar
en el sentido de que la realidad no queda violada. Este
proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se verificaría con
la suficiente precisión, pero también tiene que ser inconsciente
para que no deje un sentimiento de falsedad y, por tanto, de culpabilidad.
El doblepensar está arraigando
en el corazón mismo del Ingsoc, ya que el acto esencial del Partido
es el empleo del engaño consciente, conservando a la vez la firmeza
de propósito que caracteriza a la auténtica honradez. Decir
mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo
hecho que no convenga recordar, y luego, cuando vuelva a ser necesario,
sacarlo del olvido sólo por el tiempo que convenga, negar la existencia
de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que
existe esa realidad que se niega..., todo esto es indispensable.
Incluso para usar la palabra doblepensar es preciso
emplear el doblepensar. Porque para usar la palabra se admite que
se están haciendo trampas con la realidad. Mediante un nuevo acto
de doblepensar se borra este conocimiento; y así indefinidamente,
manteniéndose la mentira siempre unos pasos delante de la verdad.
En definitiva, gracias al doblepensar ha sido capaz el Partido
-y seguirá siéndolo durante miles de años- de parar
el curso de la Historia.
Todas las oligarquías
del pasado han perdido el poder porque se anquilosaron o
por haberse reblandecido excesivamente. 0 bien se hacían estúpidas
y arrogantes, incapaces de adaptarse a las nuevas circunstancias,
y eran vencidas, o bien se volvían liberales y cobardes, haciendo
concesiones cuando debieron usar la fuerza, y también fueron derrotadas.
Es decir, cayeron por exceso de consciencia o por pura inconsciencia.
El gran éxito del Partido es
haber logrado un sistema de pensamiento en que tanto la consciencia
como la inconsciencia pueden existir simultáneamente. Y ninguna
otra base intelectual podría servirle al Partido para asegurar su
permanencia. Si uno ha de gobernar, y de seguir gobernando siempre,
es imprescindible que desquicie el sentido
de la realidad. Porque el secreto del gobierno infalible
consiste en combinar la creencia en la propia infalibilidad con
la facultad de aprender de los pasados errores.
No es preciso decir que los más sutiles
cultivadores del doblepensar son aquellos que lo inventaron y que saben
perfectamente que este sistema es la mejor organización del engaño mental. En nuestra sociedad,
aquellos que saben mejor lo que está ocurriendo son a la vez los
que están más lejos de ver al mundo como realmente es. En
general, a mayor comprensión, mayor autoengaño: los más inteligentes
son en esto los menos cuerdos. Un claro ejemplo de ello es que
la histeria de guerra aumenta en intensidad a medida que subimos
en la escala social. Aquellos cuya actitud hacia la guerra es más
racional son los súbditos de los territorios disputados. Para estas
gentes, la guerra es sencillamente una calamidad continua que pasa
por encima de ellos con movimiento de marea. Para ellos es completamente
indiferente cuál de los bandos va a ganar. Saben que un cambio de
dueño significa sólo que seguirán haciendo el mismo trabajo que
antes, pero sometidos a nuevos amos que los tratarán lo mismo que
los anteriores. Los trabajadores algo más favorecidos, a los que
llamamos proles, sólo se dan cuenta de un modo intermitente de
que hay guerra. Cuando es necesario se les inculca el frenesí de
odio y miedo, pero si se les deja tranquilos son capaces de olvidar
durante largos períodos que existe una guerra. Y en las filas
del Partido -sobre todo en las del Partido Interior- hallamos
el verdadero entusiasmo bélico. Sólo creen
en la conquista del mundo los que saben que es imposible.
Esta peculiar trabazón de elementos opuestos
-conocimiento con ignorancia, cinismo con fanatismo- es una de las
características distintivas de la sociedad oceánica. La ideología
oficial abunda en contradicciones incluso cuando no hay razón alguna
que las justifique. Así, el Partido rechaza y vilifica todos los
principios que defendió en un principio el movimiento socialista,
y pronuncia esa condenación precisamente en nombre del socialismo.
Predica el desprecio de las clases trabajadoras. Un desprecio al
que nunca se había llegado, y a la vez viste a sus miembros con
un uniforme que fue en tiempos el distintivo de los obreros manuales
y que fue adoptado por esa misma razón. Sistemáticamente socava
la solidaridad de la familia y al mismo tiempo llama a su jefe supremo
con un nombre que es una evocación de la lealtad familiar. Incluso
los nombres de los cuatro ministerios que los gobiernan revelan
un gran descaro al tergiversar deliberadamente los hechos. El Ministerio
de la Paz se ocupa de la guerra; El Ministerio de la Verdad, de
las mentiras; el Ministerio del Amor, de la tortura, y el Ministerio
de la Abundancia, del hambre. Estas contradicciones no son accidentales,
no resultan de la hipocresía corrie |