| El tiempo del sueño
Sylvie Le Poulichet
¿De qué modo el sueño mismo pone
en figuras lo que no cesa y cuál
va ser la función de un proceso semejante?
Los auténticos motores de la formación
del sueño serían, según Freud, los deseos (Wünschen) infantiles
indestructibles, que él compara con las sombras infernales de la
Odisea. Estas sombras cobraban una nueva vida tan pronto
como «bebían sangre»(1).
Enlazadas a los restos diurnos y a los pensamientos latentes del
Preconciente, y trasfiriendo su intensidad sobre ellos, estas
«sombras del mundo subterráneo» reclaman en cierto modo carne y
figura. Toman del mundo de la vigilia pequeñas nimiedades, representaciones
que nuestra conciencia había incluso abandonado: lo que se percibió
pero no totalmente reconocido. Y así, cada noche necesitan las «sombras
del mundo subterráneo» una extracción nueva cuya sustancia disgregarán
para reducirla a una materia primera, es decir, a
puras imágenes de percepción imbricadas en un montaje pulsional
por el juego de los significantes. El
sueño es cabalmente entonces ese lugar de trasferencia donde
puede acaecer el encuentro entre un tiempo que pasa y un
tiempo que no pasa.
Justamente en el momento en que el
soñante queda inmovilizado en su dormir y sustraído del mundo visible,
asciende y se moldea en él «un
puro campo de mirada», habitualmente escamoteado en la perspectiva
organizada por la visión del hombre despierto. En el momento en
que se cierran la visión y el tiempo de la vigilia, se abre «un
puro campo de mirada», de aparición y de trasformación donde,
como dice Lacan, «eso
muestra para nadie»: «Nuestra posición en el sueño, a
fin de cuentas, es fundamentalmente la del que no ve. El sujeto
no ve adónde eso va a parar, se deja llevar». Se trata aquí
de un «dar a ver gratuito donde se marca para nosotros la primitividad
de la esencia de la mirada» (2)
liberado de un tiempo lineal, el soñante «sigue» la metamorfosis
de las imágenes que se cumple en un juego de escritura anacrónico
(3).
Habrá que interrogar y desarrollar aquí estas proposiciones a fin
de esclarecer aún más la función
del sueño, que no puede reducirse a una operación estética,
como tampoco al simple cumplimiento de un anhelo o de un deseo preestablecido.
El
soñante identificado con los tiempos del objeto
En el estado
de vigilia, la perspectiva está en cierto modo regulada por
un sujeto de la representación que ve tan sólo desde un punto y
que por ello mismo elide la función de la mirada, es decir que él
es mirado desde todas partes. Al respecto, Lacan se inspiraba todavía
en los últimos trabajos de Merleau-Ponty, para quien
«el enigma reside en que mi cuerpo es a la vez vidente y visible»
(4):
es vidente, pero mirado también desde todas partes en el espectáculo
del mundo, él está en el cuadro.
En el
campo del sueño, el cuerpo mismo parece hacerse cuadro para
nadie en el corazón del dormir. El sueño no es simple visión del
interior ni copia deformada del mundo exterior, sino una
composición que en su tiempo propio figura tal vez el «el adentro
del afuera» y «el afuera del adentro». Sólo
en este entrelazamiento puede surgir, sin duda, un «puro campo de
mirada». Para poner esta hipótesis a prueba, es preciso
referirse una vez más a Merleau-Ponty, y concretamente a
sus reflexiones sobre el cuadro. Ningán cuadro podría pintarse si
no se moldeara en nosotros «la carne del mundo». es decir, entre
otras cosas, «la génesis secreta y afiebrada de las cosas en nuestro
cuerpo»: «Puesto que las cosas y mi cuerpo están hechos de la misma
estofa, es preciso que su visión se haga de alguna manera en ellos,
o aun que su visibilidad manifiesta se duplique en él con una visibilidad
secreta: "la naturaleza está en el interior", dice Cézanne.
Cualidad, luz, color, profundidad, que están ahí abajo ante nosotros,
no lo están sino porque despiertan un eco en nuestro cuerpo, porque
él les da acogida. Ese equivalente interno, esa fórmula carnal de
su presencia que las cosas suscitan en mí, ¿por qué a su vez no
suscitarían un trazado ...?
(5)
Merleau-Ponty evoca el trazado en el cuadro:
no una imagen ni una copia del mundo, sino una «cuasipresencia»,
«el reverso carnal» de las cosas expuesto a la mirada. El cuadro
ofrece «a la mirada, para que esta se una a ellas, las huellas de
la visión del adentro» y ofrece «a la visión lo que la tapiza interiormente,
la textura imaginaria de lo real» (6).
El cuadro no es imagen del mundo; según Merleau-Ponty, es
«el adentro del afuera» y «el afuera del adentro».
En el campo
del sueño, el proceso de figuración es más complejo todavía
porque allí ni siquiera se trata de exponer una «cuasipresencia»:
no hay expuesto ni exponente para una mirada, sino más bien «pura
mirada» que se expone. Decir
que en el campo del sueño se despliega un puro campo de mirada significa
que ya no hay distancia entre lo visto y el punto desde el cual
es visto: los dos coinciden. Esta coincidencia anula
el tiempo de la perspectiva y el tiempo de la representación, en
provecho de los pasajes constitutivos de los procesos inconcientes.
Esta fundamental ausencia de distancia entre lo visto y el punto
desde donde es visto instaura entonces un nuevo modo temporal, un
modo de aparición absolutamente propio del sueño (y, en otro contexto,
de la alucinación). Una
figura de sueño no es una imagen determinada por una visión,
ni una «trampa de cazar miradas» (7)
como
el cuadro; ella misma es un singular lugar de mirada anónimo
o un tiempo de composición de un campo de mirada, aun si la elaboración
secundaria y después el relato del sueño restauran parcialmente
una puesta en escena que implica, inversamente, el puesto de
un soñante espectador. Una figura de sueño mira al soñante
en la medida en que objetos singulares lo miran desde el tiempo
inmemorial de lo infantil: objetos que no cesan de captar
su deseo en lo inmemorial del fantasma, surgen allí y allí se trasforman.
Sin embargo, el soñante mismo queda identificado en el campo
del sueño, con esos objetos que lo miran y lo constituyen, por cuanto
ya no hay aquí distancia entre lo visto y el punto desde donde es
visto. En el campo del sueño, el sujeto es el objeto en
el tiempo mismo de la figuración.
El tiempo
del sueño representa sin duda uno de los únicos lugares
en que un sujeto se encuentra totalmente identificado con su
propia mirada -ese extraño objeto desprendible y evanescente-
hasta el punto de confundirse con él. En efecto, contrariamente
a la visión, la mirada escapa
y no pertenece a alguien, y jamás puedo yo ver mi propia mirada,
es decir, ese objeto pulsional inaprensible que atraviesa la imagen
especular. Sin embargo, el soñante pulverizado en su propio sueño
deviene recorrido o trayecto de esa mirada a la vez íntima y extraña.
Cuando surgen estos lugares de mirada
que son las figuras del sueño,
no podría privilegiarse ningún «punto de
vista»: un centro de simultaneidad constituido por condensación
puede manifestarse a veces como una mancha o un punto luminoso particularmente
intenso, pero no como un «punto de vista» estable. Y
los diferentes lugares de mirada se desplazan en el sueño
merced a trasformaciones cumplidas por el lenguaje, que da
vida a las figuras. Estos desplazamientos y estas
trasformaciones, en un campo de figuración donde sujeto y objeto
coinciden, determinan el tiempo propio del sueño:
aquí se cumplen los tiempos de los objetos
evanescentes, objetos captados y trasformados en los movimientos
del fantasma. En el sueño, la ausencia de distancia entre
lo visto y el punto desde donde es visto instaura las condiciones
de la identificación onírica, en
la cual el sujeto no cesa de devenir
los objetos que lo afectan.
Dar figura a los lazos: el trabajo del tiempo en el sueño
En el campo del sueño, «el pintor»
no es el yo ni el inconciente sino más bien el «trabajo
del sueño», donde el proceso primario que vale para el inconciente
opera sobre figuras y sobre incongruencias de lenguaje tratadas
a su vez como figuras. Engendra así formaciones compuestas por desplazamiento
y condensación, es decir, figuras plurales no detenidas, en permanente
metamorfosis según los ejes de la simultaneidad y de la sucesión.
El término «figura» debería
dar cuenta de una puesta en acto del
tiempo en la imagen: lugar de pasaje, acciones de pasar y después
de ligar, en y por la figura. En el campo del
sueño, las cosas no son para ellas mismas ni para alguien,
sino que acondicionan pasajes;
y el propio objeto de la figuración no es en él una cosa sino el lazo de una cosa con otra.
El sueño no es en absoluto una copia loca o fantástica de
lo real deformado por el deseo; antes que eso, él
da mirada a lo que no puede verse: da figura a los lazos.
El cuerpo pulsional jugado en figuras no es simple «imagen del cuerpo». La sintaxis equívoca
de las palabras tratadas como figuras permite primero multiplicar
los «puntos de contacto» entre los elementos del sueño, o los diferentes
pensamientos que pueden así expresarse simultáneamente.
En cuanto a la multiplicación
de los lazos, Freud propone un comentario que suele
pasar inadvertido: «Si el pensamiento onírico, inutilizable en
su expresión abstracta, es remodelado en un lenguaje figural (bildliche),
entre esta nueva expresión y el resto del material onírico pueden
establecerse con mayor facilidad que antes los contactos e identidades
que el trabajo del sueño requiere y que él se crea toda vez que
no los encuentra ya dados; en efecto, en cualquier lenguaje, en
virtud de su evolución, los términos concretos son más ricos en
anudamientos que los conceptuales» (8).
Retengamos que este lenguaje figural crea lazos donde no existen,
testimoniando así una actividad «autosimbólica» (9)
por vaciamiento «del contenido del pensamiento en otra forma».
El
trabajo del tiempo en el sueño puede entenderse como una
puesta en acto del tiempo en las imágenes que consuma pasajes.
Las figuras del sueño no son, en efecto, imágenes constituidas
sino composiciones significantes que captan y ligan fuerzas,
excitaciones. Se organizan a partir de la polisemia del lenguaje
y resultan de manifestaciones pulsionales. Son emanaciones de la
fuerza pulsional e instauran montajes inestables mediante
la actividad de trasformación que les es inherente, abriendo las
imágenes al lenguaje que las anima.
Freud señalaba que la actividad
autoerótica de la pulsión, cuyo objeto es el cuerpo propio,
intercambia este objeto con un objeto análogo en un cuerpo
extraño, y después la pulsión invierte esta relación, produce un
nuevo intercambio y finalmente introduce un nuevo elemento al cual
-en el ámbito de la pulsión escópica, por ejemplo- «eso» se muestra
para ser mirado por él. Ahora bien, estas etapas de trasformación
persisten unas junto a otras y esto hace que sea posible observar,
al lado de una moción pulsional, su contrario o aun la etapa que
la precede (10).
Esta actividad pulsional mencionada por Freud -que podemos
asimilar a un ritmo
de la pulsión-
no parece muy diferente del modo de composición
de las figuras en el sueño, con la diferencia de que en el
sueño las etapas de trasformación devienen la acción
misma del sueño que, por la puesta en figuras, pasa a ser potencia
de mirada. Así se pone en figuras un
tiempo no lineal, que no conoce la distinción pasado-presente-futuro:
tiempo de intercambios y metamorfosis que presenta a veces las sucesiones
en la simultaneidad. Se trata de un tiempo ajeno a toda representación
del tiempo y que produce superficies en devenir inestable,
ni internas ni externas, pero que dibuja los lazos
entre ambas. Y precisamente, el cuerpo
pulsional no está afuera ni adentro: él actualiza una serie
de recorridos de las excitaciones entre el cuerpo y el mundo, entre
los objetos separables de los cuerpos. De ahí que el cuerpo
pulsional devenga entonces aquí cuadro inestable en el que
se pinta el «afuera del adentro» y el «adentro del afuera».
Está claro que, a posteriori,
la proposición que introduce un relato de sueño y según la cual
«yo vi» realiza una usurpación con respecto a
la pluralidad y al anonimato de «eso
muestra». Lo cierto es que la visión, el saber y la nueva
temporalidad recompuestos por el relato del sueño no ejercen solamente
una acción negativa de tachadura, de pura deformación o de racionalización:
la censura que borra ciertos absurdos,
tapa agujeros, rectifica los elementos y los ordena en planos sucesivos,
entraña también ella una actividad de ligazón que es cómplice de
la verdad del sueño.
El
acontecimiento del sueño no tiene fin
He aquí seguramente el sueño de Francis
Bacon: superponer ciertas apariencias en formas que no es posible
encontrar en la vida, hacer visible el tiempo y la fuerza de alteración
del tiempo mediante el ascenso de «figuras». Pero el trabajo del
pintor no coincidirá con el trabajo del
sueño, en el cual el tiempo mismo de las sustituciones engendra una fuerza de
mirada anónima que da figura a los lazos. Se
puede pensar que sueño y cuadro son dos productos
diferentes de una intrusión silenciosa entre el adentro y el afuera:
elaboraciones de superficies que
no es posible objetivar ni detener. . . Porque son superficies
siempre en devenir, que nos metamorfosean más de lo que comunican.
Desde este punto de vista, el sueño es, evidentemente, mucho más
«asocial» que el cuadro, ya que es verdaderamente un producto psíquico
que «no tiene nada que comunicar a otro», según la expresión
de Freud en El chiste y su relación con lo inconciente.
¿Por qué hablar aquí de superficies
siempre en devenir, no objetivables? «Si las creaciones no son una
adquisición -dice Merleau-Ponty-, es porque tienen casi toda
su vida ante ellas...» (11). El sentido que se les da a posteriori
ha salido de ellas. La obra misma abrió el campo en el que aparecerá
bajo otra luz. Y el filósofo evoca a este respecto a las mujeres
de Matisse, que no eran inmediatamente mujeres sino que lo
devinieron: fue Matisse quien nos enseño a ver sus contornos
como «nervaduras».
Así, la obra dispara un tiempo en el que quizá tengan que pasar
unos años para que se la perciba como obra. Y no se trata exactamente
de que la veamos ni de que nos comunique un mensaje: en rigor, de
ahí en más miramos con ella, mientras ella continúa «modulando en
la inestabilidad» y «haciéndose en el fondo de nuestro ojo». La
obra se deviene al abrir el campo en que será percibida,
en que aparecerá de nuevo destilando lo visible de lo invisible.
Así se despliega su superficie en un devenir
inestable, que definiré igualmente como una puesta en acto
del tiempo en la imagen. El cuadro sería entonces
ese acontecimiento inestable que, al abrir un campo, se deviene
sin cesar, de tal suerte que nosotros devenimos con él y que él
modifica, sin que lo sepamos, las propias condiciones de nuestra
percepción, sin decirnos nada.
Tampoco nuestros sueños son adquisiciones,
ellos no se han detenido. Y el cuerpo pulsional
continúa haciéndose cada noche, «modulando en la inestabilidad»
a través del campo del sueño. Nuestros sueños
son, entre otras cosas, ese laboratorio de figuras en el
que, mientras una cosa mira a una cosa trasformarse en otra cosa,
el cuerpo se hace cuadro fugitivo... para nadie. Realizan así una
insólita autofiguración.
El hecho de que nuestros sueños
no sean adquisiciones y no se detengan se entiende de modo más preciso
a partir de la experiencia analítica, que apunta precisamente a
este devenir en el tiempo de su efectuación. Porque
el sueño no comunica un mensaje
ya formado, sino que abre en el análisis las condiciones de reaprehensión
y trasformación de una verdad que él figura: abre así un campo de
composición de la realidad psíquica. En efecto, un sueño
puede constituir un acontecimiento inestable que abra
un campo de composición y despliegue sus trasformaciones a lo largo
de una cura. Por si fuera poco, una vez que el sueño ha tenido
lugar escuchamos, de ahí en más, con él, aun cuando aparentemente
lo hayamos olvidado, porque él ha abierto caminos singulares que
los pensamientos podrán tomar. Se puede decir que actúa como un
acontecimiento psíquico instaurador de un tiempo de recomposición,
porque el sueño, en análisis es un lugar privilegiado
de desgarradura de la trama del tiempo y de apertura de los tiempos
implicados por el lenguaje en el cuerpo pulsional. Un sueño
analizado -y no explicado- tendría además este poder de desplegar
los tiempos del cuerpo pulsional y de devenir aún con el
correr del análisis, de aparecer aún bajo otra luz. Se trata entonces
de mantener la fuerza de ambigüedad del sueño, por lo mismo
que este presenta (y no representa) lo que está aún por venir,
lo que está aún por realizar. El trabajo del tiempo en el sueño, halla, pues,
un destino particular en la cura analítica: la puesta en acto del tiempo en las imágenes instaura un tiempo
de composición y de trasformación que se despliega a lo largo de
una cura. El sueño presenta en el análisis una composición
en devenir, de modo tal que sea posible ver aún lo que no estaba
previsto y oír lo que no estaba predicho. También en este
por-venir del sueño se recompone un pasado.
La
conquista del lenguaje y de las imágenes sobre el cuerpo
En esta temporalidad que el sueño,
abre en el análisis, es primeramente el cuerpo pulsional el que
continúa componiendo sus potencialidades y «modulando en la inestabilidad».
En efecto, el sueño no tiene solamente «capacidades diagnósticas»
en cuanto al estado de los órganos, como lo había indicado Freud;
también es capaz de poner en figuras
las metamorfosis del cuerpo pulsional. En este tiempo
del sueño, ocurren acontecimientos
pulsionales que no cesaban.
Referiré aquí un relato de sueño.
El soñante es un hombre y veamos lo que le sucede: entre sus
muslos se abre una vagina que deviene un pulmón gracias al cual
él respira por fin.
No es mi intención analizar este
sueño, privado en esta presentación de sus restos diurnos y de sus
asociaciones. Se trata más bien de decir
que un acontecimiento semejante ocurre en figuras,
como por primera vez, en ese tiempo de trasferencia que cumple
el sueño en análisis. Tales sueños tienen entonces
el poder de abrir un nuevo tiempo de composición en el análisis,
en el cual otras figuras insólitas, fragmentos de recuerdos y nuevos
lazos asociativos acuden con el correr de los días o los meses al
encuentro del enigma. Ellos instauran ese
tiempo de composición en el cual otros sueños, u otros
acontecimientos psíquicos, vendrán al encuentro de estos enigmas
como intentando responder a ellos. Si bien los fantasmas correspondientes
no son inéditos, lo cierto es que el acontecimiento y advenimiento
de este tipo de sueño en la cura inscribe de una manera nueva en
la historia de la trasferencia los devenires pulsionales. Ellos
inscriben un viraje en la captura del lenguaje y de las imágenes
sobre el cuerpo. Dicho de otra manera, lejos de dejarlos cristalizarse
en representaciones traumáticas, el análisis tiende a desplegar
esta presentación de modo que lo que ocurrió vaya siendo reconocido
y atravesado: así puede efectuarse el atravesamiento de planos de
identificación.
El montaje y la producción de tales
sueños en el análisis significan un acontecimiento que instaura
el tiempo de un atravesamiento
de planos de identificación. En lo que atañe a este montaje
y a este acontecimiento, citaré la fórmula empleada por Lacan
a propósito del sueño del niño que arde: «Solamente en el sueño
puede darse este encuentro verdaderamente único» (12).
En efecto, sólo el sueño puede ofrecer un lugar de
figuración a encuentros enigmáticos que manifiestan la verdadera
singularidad de la composición pulsional de un cuerpo. En él se
presenta un montaje
pulsional como el acontecimiento de un encuentro enigmático
y singular, por lo mismo que no existe, para la pulsión, objeto
fijo, adecuado y preformado. Hay que añadir que en este lugar
del sueño surgen así Triebe «por venir», pulsiones por
venir, que todavía no tienen más que un «lugar-teniente de representación»
(13). Esta es la paradoja puesta en juego
en el sueño: la pulsión estaba aún por venir, siendo incluso que
«persistía» desde lo inmemorial infantil en un tiempo que no pasa.
No existe «vieja pulsión» que venga a reeditar su copia en un sueño:
el sueño mismo actualiza encuentros imposibles y compone montajes
pulsionales inéditos aun cuando no hayan cesado de acudir. La
pulsión está por venir en ese tiempo del sueño
que es trasferencia, y el sueño abre aún en la trasferencia
de la cura el devenir inestable de sus montajes. El
sueño como advenimiento y como acontecimiento inestable,
absolutamente singular, no podría coagularse entonces en representaciones:
tiene demasiado que hacer y que hacer decir para que se lo detenga.
El tiempo
de composición abierto por el acontecimiento del sueño en
el análisis implica una serie de recaptaciones, de reaprehensiones,
en las cuales aparece de nuevo bajo otra luz: el punto donde es
visto se desplaza de tal manera que aún pueda ser
oído de otra manera. Porque
tanto con el sueño como con lo demás, nada puede ser analizado en
una sola vez. El sujeto se desplaza junto con el acontecimiento,
y los desplazamientos en serie efectúan un atravesamiento.
El
sueño compone "el menú" del goce
No
existe pulsión inmóvil en depósito: una pulsión
no existe en el espacio sino solamente en un tiempo de pasaje
que no deviene pasado, en un «empuje» que efectúa un recorrido constitutivo
de un objeto evanescente. Por otra parte, Freud entiende
la pulsión como un «concepto frontera» (Grenzbegriff) entre
lo somático y lo psíquico, es decir que designa la frontera entre
lo somático y lo psíquico. Y esta frontera no puede menos que ser inestable. Lo que llamamos
pulsión en nuestra «mitología psicoanalítica» consumaría
esencialmente ese tiempo de pasaje de la frontera, incesantemente renovado,
siendo que la pulsión no existe en sí misma como entidad
psíquica autónoma y constituida. Se puede pensar que este trabajo
en las fronteras, gracias a la «delegación de un representante
y de un afecto en la vida psíquica», se cumpliría primero cotidianamente
en el campo del sueño, mediante la actividad de separación y autofiguración
de los objetos parciales que toma
el tiempo de la metamorfosis de las palabras. Este trabajo de «delegación»
de representantes en la vida psíquica encuentra lugar en
los pasajes acondicionados por las figuras, cuando el cuerpo
jugado en la lengua deconstruida cobra potencia y tiempo de mirada.
Los objetos se elaboran
entonces como objetos pulsionales, es decir, como separables,
intercambiables, metamorfoseables y conjugados por verbos que se
vuelven en todos los sentidos. Así se cumplen los tiempos
pulsionales en el sueño, poniendo los pasajes en figura: por ejemplo
ver, ser visto, hacerse ver y ser inundado por el placer del ojo,
simultáneamente, en un sueño que muestra simplemente una mano que
pasa agua sobre un ojo... «¡Enjuagarse el ojo», dirá el soñante!
La lengua pulverizada en las figuras da
a los objetos pulsionales su tiempo de aparición y de trasformación.
Es en el campo del sueño donde se despliegan de manera privilegiada
los «montajes» de las pulsiones, tejiendo lazos entre las excitaciones
de las zonas erógenas y los "representantes psíquicos".
Y el sueño se hace así intérprete de las pulsiones en el
tiempo de las figuras, allí donde los representantes en movimiento no son en modo alguno reducibles
a representaciones detenidas.
¿No
se anuda así el deseo a la pulsión, en el campo del
sueño, mediante el juego de las figuras, por lo mismo
que el deseo capta allí en su red a los objetos
pulsionales evanescentes? El cumplimiento
de los deseos inconcientes implica la actualización de los
signos
ligados a las experiencias
de satisfacción, y estos signos
organizados en
red poseen la condición de significantes
que jamás significarán exactamente al referente,
pero que no pueden sino remitir a otros significantes... como en
el sueño y el análisis del sueño, donde no se tiene nunca la última
palabra sino sólo madejas de hilos asociativos que es posible desenrollar
sin cesar: un sueño no tiene fin, sino un «ombligo»
por el cual, según la expresión freudiana, se enlaza a lo «no reconocido»
(unerkannt). Ahora bien, puesto que todas las mociones pulsionales
«afectan a los sistemas inconcientes», ellas siguen a "la investidura
libremente móvil" (14)
por la cual se cumplen trasferencias, desplazamientos y condensaciones.
¿Y no es ante todo en el campo del sueño, donde las mociones pulsionales
encuentran su punto de impacto en los sistemas inconcientes, allí
donde se pone en figura el enganche de las pulsiones por los deseos?
¡Lacan decía en el Seminario
11 que la pulsión oral, opuestamente a la necesidad, no se satisface
con comida sino más bien con la lectura del menú! Esta humorada
podría ilustrar la función del sueño en su relación con las pulsiones:
¿acaso el sueño mismo no es la composición de un menú para
la pulsión?
¿No compone el sueño el menú del goce?
Su tiempo constitutivo de encuentros siempre nuevos entre objetos
y huellas permite cada noche recomponer algo del cuerpo pulsional:
cada noche, deletrear el menú del goce y consumir las huellas en
figura. Si
la pulsión es el concepto que designa la frontera entre lo somático
y lo psíquico, entonces el sueño se entiende como trabajo de
autofiguración y de composición de lo pulsional en las redes significantes
del deseo.
El sueño tiene su disparador
en el encuentro de dos inadecuaciones:
la falta de un objeto adecuado y preformado para la pulsión (falta
que no es sino la otra cara del exceso o de la tensión que la pulsión
mantiene) y la falta constitutiva del ser hablante, librado al juego
de los significantes (la reinvestidura de las «huellas de la percepción»
no desembocará en el reencuentro exacto de una primera experiencia
de satisfacción). La composición del sueño se efectúa también bajo
esta doble indeterminación, o gracias a esta doble inadecuación.
El goce imposible de reencontrar y los
significantes siempre inadecuados serán causas de los montajes oníricos.
Se comprende así también el sinsentido del sueño, que refleja esta
condición del sujeto: su
propia existencia no está inscrita en alguna parte de manera fija,
y él sigue un deseo que corre de huella en huella
sin saber adónde puede esto llevar. El
sueño proporciona sin embargo a
esa fuga una parada imaginaria, produciéndose enlaces entre el juego
alocado de las huellas investidas y los objetos pulsionales: es
aquí donde se elaboran los montajes del fantasma como puestas
del deseo en figuras.
El sueño encuaderna las hojas de
identificación del yo
Justamente cuando el yo, en
el sueño, queda totalmente descompuesto, en el momento en que precisamente
no está ya en condiciones de comunicar un mensaje, se produce el
mayor número de enlaces entre las pulsiones, las imágenes y los
significantes. Este momento corresponde a una destrucción de la
perspectiva que regula el mundo diurno de la representación, y a
la puesta en juego de una multitud de «diversos puntos de vista»
por los que un mismo «material» podrá ser figurado varias veces
en un sueño o en una serie de sueños (15).
Pero de este cuadro el yo no está ausente..., simplemente
ha
pasado a ser un yo plural y migrador, no detenido sobre la flecha
del tiempo, una «formación compuesta» en trasferencia.
En La interpretación de los sueños, Freud utiliza
de manera general el término trasferencia para designar, entre otras
cosas, el paso de la energía psíquica de un representante a otro.
Imaginemos, pues, aquí un yo compuesto por un conjunto abierto
de representantes no detenidos que se trasfieren la energía psíquica
unos a otros. «Todo sueño versa sobre la persona que sueña... »,
indica Freud (16).
El sueño es, efectivamente, una formación narcisista pero
que en este caso deberá ser referida a un trabajo de autofiguración
pulsional, más que a un simple «egoísmo». Las pulsiones se manifiestan
de manera privilegiada en el sueño debido a su capacidad de anudarse
al deseo mediante figuras y de investir por su intermedio las imágenes
del yo que en el tiempo de la vigilia no aparecen nunca como
tales.
Freud menciona diferentes posibilidades
de figuración de este yo «sobrentendido» tras otros personajes,
y de estas consideraciones se deduce que jamás se lo puede identificar
en un lugar estable, sino siempre descompuesto en hojas de
identificaciones y siempre en trasferencia interna. Es primeramente
en el campo
del sueño donde aparecen, en figuras,
los espejos
del yo y los rasgos de los objetos
que adopta este inconcientemente. Se manifiestan en él como las
hojas desprendidas del yo
y que el sueño
encuaderna. En particular, se
remplazan en el sueño investiduras de objeto por identificaciones:
el yo descompuesto en el campo del sueño adopta en figuras los rasgos
de los objetos y ocupa simultáneamente el lugar de diferentes objetos
figurados. En el tiempo del sueño, el yo es aquello que él
sueña.
¿No constituye este trabajo de trasformación
de investiduras de objeto en identificaciones un aspecto fundamental
del trabajo del sueño, que descompone al yo cada noche y figura
de este modo sus diferentes hojas? No se trata únicamente de objetos
«abandonados», según el modelo freudiano establecido con referencia
a la melancolía, de un yo formado por sedimentación de las capas
de identificación con los objetos abandonados. En el campo
del sueño acontecen cada noche, en mayor o menor medida,
una descomposición y una autofiguración de las diferentes capas
identificatorias del yo por las que se canalizan las pulsiones,
sin que los objetos en cuestión hayan sido abandonados necesariamente.
El sueño puede presentar entonces composiciones en las que
se dice la verdad del yo, según sus atolladeros identificatorios:
cuando se cumplen, en figuras, identificaciones contradictorias
que ponen de manifiesto la ubicación conflictiva del yo.
El
tiempo del sueño es proceso de trasformación, tiempo de figuración
de los pasajes y de las sustituciones, en una forma de autofiguración
de los conflictos psíquicos. El siguiente sueño, por ejemplo,
cuya lógica podrá ser entrevista una vez determinadas las tres secuencias
que lo componen: La madre de la soñante desaprueba la vida de
esta / La soñante está en el campo, junto a su padre, quien se muestra
afectuoso como nunca lo había sido en el mundo de la vigilia / De
pronto surgen unas mujeres que entablan un comercio sexual entre
ellas, y la soñante se suma a estas actividades. En figuras
se cumple aquí una sustitución: bajo el efecto de la desaprobación
materna, se produce el trueque de la relación de amor con el padre
en una identificación con este, o sea, la trasformación de una investidura
de objeto en una identificación con dicho objeto prohibido.
Los
sueños son cabalmente, junto con los síntomas, los lugares privilegiados
donde se expresa la complejidad de los atolladeros identificatorios.
Sólo
pasando y volviendo a pasar por los hilos de estas composiciones
se aflojará la tenaza del sufrimiento, cuando el yo despierto reconozca
aquí los espejos que lo capturan y la lógica de sus virajes identificatorios.
En
el espejo moviente del sueño
Sería equivocado reducir el trabajo
del sueño, así como su lenguaje figural, a un puro juego de deformación
inducido por la censura y del que resultaría, como a propósito,
un enigma o un rébus por descifrar. Esto equivaldría a integrar
nuevamente el sueño en un esquema clásico de comunicación: con un
emisor inconciente censurado y un destinatario que se supone ha
de descifrar el mensaje. Freud sigue mostrándose ambiguo
en este punto, pues él mismo ha asignado a la interpretación en
la cura analítica la tarea de "restablecer una comunicación
normal" al trasformar el contenido manifiesto del sueño en
contenido latente o al revelar aquellos pensamientos del sueño que
precedieron a la figuración, merced a las asociaciones del soñante.
Pero en 1925, en una nota agregada a La interpretación de los
sueños, aclaró
finalmente que «la esencia del sueño» no es otra cosa que el trabajo
del sueño (17).
El trabajo del sueño "no piensa ni calcula ni en general juzga,
sino que se limita a remodelar..." (18).
Así, pues, la esencia del sueño sería
esta actividad de trasformación de los pensamientos inconcientes
en contenido del sueño, actividad de trasformación en el sentido
pleno del término: no traducción sino creación
de lazos por producción de figuras, no una espacialización de
pensamientos inconcientes ya constituidos sino un tiempo de composición
de la realidad psíquica. El sueño es acontecimiento psíquico
que vale cada vez como advenimiento. Porque en los bastidores
del sueño no existe ningún metteur en scène inconciente que
coloque «figurantes» en la escena para representar una obra ya escrita.
El lenguaje, privado de su función de comunicación y encuentra aquí su
lugar de despliegue y resonancia en figuras que componen superficies
inestables en los tiempos pulsionales. La producción del
contenido figurado del sueño no es uno de los «últimos toques» del
proceso de formación del sueño, es el «acto psíquico» del sueño que crea retrospectivamente
su propio antecedente: es él quien abre el campo desde donde podrá
ser interpretado y quien moldea los lazos que dejará reconocer.
El primer tiempo lógico es aquí,
pues, el del acto de trasformación,
a partir del cual podrán deducirse o reconstruirse otros tiempos.
Así sucede con el tiempo en la figura: se trata de las distorsiones,
las trasforrnaciones, los desequilibrios y las vacilaciones de los
distintos elementos que moldean las figuras... en ese lugar donde
no hay nada visible para alguien. No es que existan un «original»
inconciente y unas copias oníricas: este original será producido
por las trasformaciones. Cual la línea en la pintura, que no imita
lo visible sino que hace visible por su manera «de ir en línea»
[«d'aller ligne], según la expresión de Henri Michaux,
las figuras del sueño engendran ligazones. Dicho de otro modo, el
sueño no es una fotografía de la vida psíquica sino, en efecto,
más que eso, un montaje inestable en el que se efectúan encuentros,
de donde a posteriori «yo» [je] puedo surgir como
sujeto del sueño. De ahí el carácter infijable del sujeto
del sueño: nunca está ya ahí, y no se produce
puntualmente sino en actos o movimientos de intercambio y ligazón.
El sueño sería
entonces, fundamentalmente, trabajo de composición de la realidad
psíquica, y su examen en el análisis le da estatuto de acontecimiento
capaz de engranar el atravesamiento de un plano de identificación.
Añadiré aquí un comentario: el trabajo
de ligazón cumplido por el sueño adopta en la cura diferentes funciones
según que se presente adelantando siempre un tiempo al trabajo elaborativo
del analista y el analizante, o según que venga a anudar a posteriori
elementos laboriosamente desplegados al hilo de las sesiones
y que no adquirían para el analizante ni lazos ni cuerpo. Los sueños serían a la vez, con relación al proceso
analítico, anticipadores y reversivos.
En el primer caso, el sueño es «provocador» -en el doble sentido
del término- y capaz de dejar puntualmente atónitos a analista
y analizante, quienes intentarán «seguirlo» sin cerrar las vías
por él abiertas. El sueño obra entonces como un esencial
motor del proceso analítico, al que estructura mediante esta función
de anticipación. Encuentra entonces su plena actividad de intérprete
en la trasferencia, y puede reenviar al sujeto su propio mensaje
en forma invertida y figurada. En su aspecto
reversivo, el trabajo de ligazón cumplido por el sueño se
presenta como un provisional «momento de concluir»: tiempo de actualización
de lazos y superficies que meses de trabajo analítico no habían
hecho más que anticipar, y que no tiene lugar sino a partir del
acto psíquico que el sueño cumple. Pero dejo todavía abierta esta
interrogación que apunta singularmente a la función trasferencial
de puesta en acto del tiempo en las imágenes.
Hacer
lazos y superficies cada noche, descomponiendo las hojas del yo
investidas por las pulsiones, sería una manera de hacerse cuadro
sin perspectiva. Esta actividad de autofiguración de montajes
pulsionales anudados a los deseos y a las imágenes del yo, ¿será
una función esencial del sueño, más originaria que la de cumplimiento
del Wunsch o del anhelo? En lo que atañe a este cumplimiento,
hay que postular, por otra parte, que el deseo inconciente no precedió
exactamente a la formación del sueño: el trabajo del sueño
compone el deseo inconciente que no tenía lugar. De ahí que no resulte
ya satisfactorio el esquema freudiano según el cual existen pensamientos
latentes del sueño que sólo esperan su pura expresión y su maquillaje
en las figuras del sueño.
Fue en relación con los sueños
traumáticos como indicó Freud una función del sueño
más originaria que el cumplimiento de anhelo, y que sin embargo
no contradice a este: se trata de intentar la ligazón psíquica de
excitaciones que hicieron efracción en el aparato psíquico cuando
este no se hallaba preparado por la angustia. Esta omisión de la
angustia habría causado precisamente un trauma. Estos sueños, agrega
Freud, "más bien obedecen a la compulsión de repetición, que
en el análisis se apoya en el deseo (promovido ciertamente por la
"sugestión") de convocar lo olvidado y reprimido"
(19).
Al canalizar el exceso y la angustia, la presencia del analista
precipita el ascenso de las figuras. El sueño aparece entonces
como un espejo inestable que, lejos de reflejar lo que estaría ya
constituido, da un tiempo de trasferencia a lo que no tiene lugar.
De una manera privilegiada y en una precipitación constituyente,
el
sueño en la cura detiene pasajeramente en figuras lo que
no cesaba y que no integraba todavía el
tiempo del deseo.
¡Según lo postula Maurice Dayan,
podría pensarse que la excepción de los sueños traumáticos concedida
por Freud a su inconmovible teoría del sueño era quizá, siendo excepción,
la regla! ¿No es lo real,
por esencia, un «exceso», un trauma, alrededor del cual deben moldearse
las figuras
del cuerpo? ¿No será todo sueño,
en su esencia, «sueño traumático», por lo mismo que es su función
captar lo real y el exceso pulsional en la red de las huellas del
deseo? Concretamente, el
sueño es un tiempo de trasferencia que revela lo real sexual velándolo
y trasformándolo.
Freud no dudaba en decir que las pulsiones
ejercen un impacto traumático en tanto sus excitaciones no estén
ligadas (20).
Y es también a causa de la ausencia de ligazón de las «huellas mnémicas
reprimidas» que existe «su capacidad de formar, adhiriéndose a los
restos diurnos, una fantasía de deseo que halla figuración en el
sueño» (21).
Decir
que todo sueño es en su esencia un sueño traumático no significa
que sea el efecto de un acontecimiento traumático propiamente dicho,
sino que toda pulsión abre un defecto y al mismo tiempo un exceso
en errancia que corre de huella en huella en pos de sus figuras.
De hecho, lo real siempre está ahí demasiado pronto: vamos
siempre a la zaga de un real que el sueño intenta
envolver cada noche.
Pero
con mucha frecuencia el sueño en análisis incluye, por añadidura,
la presencia del analista, y pasa a ser, de este modo, el lugar
de una trasferencia de trasferencia. Aquí es donde adquiere su mayor
potencia de trasformación y su mayor capacidad para efectuar un
tiempo identificante. Se trata del sueño reflejado,
que pone en escena a aquel a quien se dirige y que tiene poder
para producir a posteriori, mediante este redoblamiento,
un acto de subjetivación. Un asombroso relato de sueño hará aquí
oficio de alegoría: Introducida por su analista en una habitación
oscura, una analizante observa un objeto que cuelga entre otros
de la pared: un espejo que no es en verdad un espejo, pues el marco
es forzosamente el de un cuadro. Al mirarlo de costado, al colocarse
justo sobre el borde del marco, ve olas que agitan su superficie.
Es un espejo profundo y cambiante en el cual podría uno sumergirse.
La analista dice. ¡Ahora vaya, es preciso que usted se vea, por
fin!. ¡Palabra de sueño!
NOTAS:
(1) S. Freud, L' interprétation des
réves, op. cit., pág. 470. [La interpretación de los sueños, en
AE, vol. 5, pág. 546].
(2) J. Lacan, Le séminaire. LivreXI.
Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, op. cit., pág.
72. [Versión en cast.: El Seminario de Jacques Lacan. Libro 11.
. ., op. cit., págs. 83-4]. Este lugar del sueño que
muestra para nadie permanece, pues, ajeno a la conciencia de un
«yo me veo verme», correlativa del campo de la representación y
de su sujeto aprehendido como punto fijo. Lacan aclara sobre esto
que, durante el propio sueño, el sujeto puede muy bien «decirse
«No es más que un sueño». Pero no se capta como el que se
dice «A pesar de todo, soy conciencia de este sueño»».
(3)
Según Lacan, no se puede rechazar
la proposición freudiana de que los sueños se expresan en imágenes,
puesto que Freud muestra de qué clase de imágenes se trata: «...
a saber, imágenes que intervienen en una escritura, es decir, ni
siquiera en su sentido propio, ya que algunas estarán allí, no para
ser leídas, sino simplemente para aportar un exponente a lo que
debe ser leído, sin el cual este permanecería enigmático», en Le
Séminaire. Livre III. Les psychoses, Seuil, 1981, pág. 281.
[Versión en cast.: El Seminario de Jacques Lacan. Libro 3. Las
psicosis, Barcelona: Paidós, 1984, pág. 355].
(4)
M. Merleau-Ponty, «L' oeil et l'esprit»,
op. cit., pág. 197. Y también: «Visible y móvil, mi cuerpo
se cuenta entre las cosas, es una de ellas, está apresado en la
trama del mundo y su cohesión es la de una cosa. Pero, puesto que
ve y se mueve, mantiene a las cosas en círculo alrededor de sí,
ellas son un anexo o una prolongación de él mismo, están incrustadas
en su carne, forman parte de su definición plena y el mundo está
hecho de la estofa misma del cuerpo», ibid., pág. 197.
(5) Ibid., pág. 198.
(6) Ibid., pág. 199.
(7) Según la expresión de Lacan en su
capítulo sobre «La ligne et la lumiere», en Le Séminaire. Livre
XI. Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, op. cit.,
pág. 93. [Versión en cast.: «La línea y la luz», en El
Seminario de Jacques Lacan. Libro 11. . ., op. cit., pág. 108].
(8) S. Freud, L' interprétation des
réves, op. cit., pág. 292. [La interpretación de los sueños, en
AE, vol. 5, pág. 346].
(9) Según la fórmula tomada por Freud
de Silberer, ibid., pág. 296 [pág. 350].
(10) Me refiero aquí al ensayo de Freud:
«Pulsions et destins des pulsions», en Métapsycholegie, op.
cit., especialmente pág. 32. [«Pulsiones y destinos de pulsión»,
en AE, vol. 14, pág. 122].
(11)
M. Merleau-Ponty, «L' oeil et l'esprit»,
op. cit., pág. 214. Merleau-Ponty no utilizó en forma explícita
estas reflexiones sobre el cuadro para exponer su propio pensamiento
de la temporalidad. Sin embargo, inauguraba aquí sin la menor duda
una vía original, que a posteriorí es posible tomar a fin de concebir
un tiempo en la figura.
(12) Lacan, Le Séminaire. Livre
XI. Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse, op. cit.,
pág. 58. [Versión en cast.: El Seminario de Jacques
Lacan. Libro 11..., op. cit., pág. 67].
(13) Lacan propone traducir así los «vorstellungsrepraesentanz»,
es decir, aquello que según Freud determina esencialmente al
inconciente. Esta traducción permite en especial (en oposición a
"representante representativo") considerar la imaginería
del sueño como un «reverso de la representación». Ibid., pág.
58 [pág. 681.
(14) S. Freud, "Au-delá du principe
de plaisir", en Essais de psychanalyse, op. cit,
pág. 78. [Más allá del principio de placer, en AE, vol. 18,
pág. 34.]
(15) S. Freud, L' interprétation des
réves, op. cit., pág. 272. [La interpretación de los sueños, en
AE, vol. 4, pág. 321].
(16) Ibid., pág. 278 [pág. 328].
(17) Ibid., pág. 431 [vol. V,
pág. 502, nota agregada].
(18)
Ibid., pág. 439 [pág. 502].
(19) S. Freud, «Au-delá du principe de
plaisir», en Essais de psychanalyse, op. cit., pág. 75. [Más
allá del principio de placer, en AE, vol. 18, pág. 32].
(20) Ibid., págs. 77-8 [pág. 35].
(21) Ibid., pág. 79 [pág. 36].
Texto extraído de "La obra del
tiempo en el psicoanálisis", Sylvie Le Poulichet, págs. 57/76,
editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1996.
Edición original: Editions Payot
& Rivages, París, 1994.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones mayo 2005
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