| Portar la cura : soportar la locura
Karina L. De Carlo*
En
principio algunas aclaraciones sobre el título del escrito, cuyo
desarrollo tratará de entramarse con lo que se denomina patologías
de época. Considero que la locura, en el sentido del extravío, del
desamarre, de lo extraño, de lo extranjero, no tiene época, nos
preexiste y nos sobrevivirá. Es así que la locura se soporta o no,
se medica o se estabiliza, se desata o se trata de atar, pero he
aquí el primero de los interrogantes: ¿se cura?
La
experiencia de trabajo con la locura me ha llevado a concluir sin
antes tratar de comprender, si de comprender se trata, el segundo
de los interrogantes ¿qué mueve a una persona que, devenida profesional
-en este caso quien escribe-, se decide a dedicar gran parte de
sus días a trabajar con lo que se rechaza, con lo que en general
no se tolera y se excluye? ¿Qué de uno permite hacer un lugar para
la escucha de esa lógica tan particular que presenta el discurso
de un paciente psicótico al cual lo suponemos sujeto?
Entiendo
que la locura se soporta y se porta. Que para entrar en el mundo
de los psicóticos hay que tener una cuota de locura y de pasión
que nos permita ofertar un lugar para esa lógica incomprensible
y fácilmente neurotizable por esa misma dificultad de soportarla.
Que tenemos que tratar de llevamos de la mano con la frustración,
ya que en este juego de mente, del uno por uno, no todo sirve, no
todo funciona, no todos se alojan, no todo se instala para permanecer,
ni con todos podemos hacerlo.
En
la misma medida que se sabe y tomamos noticia de esto -en el mejor
de los casos, vía análisis del analista-, es que podemos portar
algún tratamiento posible para una supuesta cura. «Cualquier
tratamiento posible de la psicosis precisa que el analista ponga
el cuerpo, esto es, soporte la angustia de la incertidumbre... Sólo
poniendo el cuerpo y soportando el malestar que producen los exilios
del psicótico, el analista ofrecerá la escucha en la clínica»
(1).
El
trabajo con la locura no es otra cosa que el trabajo con el sufrimiento
humano, quizá en la presentación más descarnada que exista. Es una
vacante para el lugar del supuesto saber y una bienvenida a la ignorancia.
Una de las formas de aceptar la castración. Un desafio cotidiano,
un navegar en una nave de locos, donde se hace dificil, para no
decir imposible, encontrar una carretera principal, porque de existir
está totalmente poceada, agujereada, sin posibilidad de tránsito
y nos encontramos frente a una diversidad de rutas laterales que
sólo será posible navegarlas sobre un mar de transferencia, intentando
en su recorrido bordar un camino transitable lo más perdurable posible.
Hoy,
mirando el Borda desde una distancia necesaria que me permite reconocer
lo aprehendido, esa especialidad adquirida que me remite a una canción
infantil: «que sepa coser... que sepa bordar... » ese oficio
"borda(dora)", con el cual siento que cuento necesariamente
para instrumentar un arte respecto de la maniobra a la hora de salir
a jugar/se el encuentro con el psicótico. Porque ahí en ese momento
uno está solo prestando un soporte al otro sufriente y tratando
de portar cierta cura.
Aún
me sigo preguntado por los pacientes que atendí. ¿Habrá logrado
dicho encuentro la instalación de alguna marca que instale una diferencia?
No lo sé. Lo que sí sé es de la marca que ellos dejaron en mi. Marca
indeleble que da cuenta de la experiencia de haber atravesado el
contacto con la locura humana en la catedral a la que concurren
para aliviar su padecer, el Hospital Borda. Lugar donde arte y locura
se mezclan y se desmezclan a la mejor manera pulsional. ¿Quien entiende
ese extraña combinación entre arte locura - exclusión - exilio -
olvido y muerte? Esa explosión de creatividad que puede anidar lo
bello entramado en lo más siniestro.
En
1942 el poeta Jacobo Fijman realizaba su segunda y definitiva
internación en el hospicio. «Resiste, escribe poesía y realiza
dibujos que se constituyen en un espacio soporte de la desorganización
de sus estados confusionales... El hospital es su casa. Los internos
los respetan. Está solo. Sentado en un banco, espera. Nadie se acuerda
de él. Para la literatura oficial no existe. Sin embargo, es uno
de los poetas más importantes de la literatura americana. El primero,
en su época, que escribe una poesía en imágenes, el primero que
logra salir de las combinaciones estróficas centradas en la metáfora»
(2).
Paul
Auster
dice respecto del poeta «es el primer hombre en nacer, pero también
el último... es él quien debe aprehender a hablar con los ojos y
curarse de la enfermedad de ver con la boca». «Es de esta manera
como lo bello es condición de lo siniestro que podemos soportar»
(3).
¿Fijman
escribía porque estaba loco? No. Escribía a pesar de ello y quizá
para soportarlo. «Vivo en un hospicio. Debo estar enfermo. Estoy
aquí porque no tengo a dónde ir... es que soy un enfermo que podría
vivir en su casa. Si la tuviera. No tengo nada... no tengo a nadie.
Ni familiares. Estoy solo. Por eso estoy aquí... los médicos no
pueden ser lo que no son... y es que no existe nadie que pueda entender
la mente... » (4).
Fijman
murió en el hospital Borda el 1º de diciembre de 1971. Lo llevaron
a la morgue y le abrieron el cerebro para encontrar las causas de
la soledad, la incomprensión, el hambre, la desesperación, la locura.
Sólo encontraron un enigma. De un pie le colgaron un cartelito:
«Jacobo Fijman, 72 años. Muerto de edema pulmonar» (5).
La
psicosis se nos presenta como un enigma, causas y azares quedan
secundariamente ubicados ante la irrupción de un camaval de lenguaje
donde, a veces, la locura se disfraza, provocándonos confusión,
sorpresa, preocupación, angustia, deseo y fugaz alegría. En el corsódromo
también tiene una cita el amor y su contracara, el odio.
Amor
y odio del analista y el paciente se presentan, sin ausencia, en
la totalidad de los tratamientos que se inicien así como también
en aquellos que se terminen.
Si
no hay posibilidad de análisis sin transferencia, sin la posibilidad
de crear esa ficción (¿de amor?) donde el otro pueda alojarse y
permanecer un tiempo. Entonces, «de que se trataría un fin de
análisis / tratamiento sino es del fin de un amor» (6).
Con todo lo que ese proceso y fin puedan generar.
Parafraseando
una canción popular la cual versa: «todos tenemos un amor que nos
complica la vida...». Creo que en la práctica de cada analista dedicado
a trabajar en el campo de la psicosis, bien podríamos sostener que
todos tenemos un psicótico que nos complica la vida, pero que también
llevamos como recuerdo lo que fue nuestro encuentro con él.
Quizá
como un regalo, de esos pocos, que nos entrega la clínica para insistir
en que no hay que retroceder ante la psicosis, quizá como tesoro
que nos permite articular teoría y práctica, como bastión que da
cuenta que hemos sobrevivido a tal encuentro, como esperanza que
existe un tratamiento posible y como certeza absoluta que la locura
existe más allá de los muros, del olvido y de los tiempos.
Notas:
*
Lic.
en Psicología. Ex concurrente servicio Nº15. Ex Residente y ex Jefe
de Residentes. Hospital J.T. Borda. Buenos Aires. Psicóloga del
CeSAC. Nº 33.
(1)
Elida Fernández. Las psicosis y sus exilios. Letra Viva, Buenos
Aires, 1999, p 17.
(2)
Enrique Carpintero. Jacobo Fijman, el más ausente: el juntador de
formas. Topia, Buenos Aires, 1993, p. 6.
(3)
Idem.
(4)
Jacobo Fijman. Obra poética, La torre abolida, Argentina, 1983.
(5)
Juan Bajarlía. Jacobo Fijman, poeta entre dos vidas. De la Flor.
1992.
(6)
Colette Soler. Estudios sobre las psicosis. Manantial, Buenos Aires,
1991, p. 141.
Texto
aparecido en "Psicoanálisis y el Hospital", Nro. 24, Patologías
de época, Ediciones del Seminario, Buenos Aires, Argentina, 2003.
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