Seminario XII: Problemas cruciales para el psicoanálisis
Jacques Lacan
Clase 10 (3 de
marzo de 1965) Castración
R S I
Frustración
S I R
Privación
I R S
Les hablaré hoy
de modo que represente un nudo entre el trayecto que hemos proseguido
hasta ahora y aquel que va a abrirse: el de la
identificación. Entiendo, el modo en el cual se presentará
a nosotros en la experiencia analítica. Ella plantea su problema
como aportando un jalón esencial en lo que se ha formado en el curso
de una larga tradición - llamada más o menos, a justo título-
tradición filosófica, en lo que
se ha formado alrededor de ese tema: la
identificación.
El asunto que he
intentado introducir para ustedes, por una reflexión sobre lo que
constituye en el centro de nuestra experiencia, como siendo la experiencia
analítica, el sujeto, parece ser presentado a nosotros en el curso
de nuestros últimos pasos. El sujeto
sería, si creemos de él el camino estrecho donde he tratado
de dirigir vuestra mirada con la teoría de los números, el sujeto
sería, en suma, reconocible en lo que se prueba en el pensamiento
matemático estrechamente atinente al concepto de la falta. En ese
concepto cuyo número es cero.
La analogía es sorprendente
con ese concepto, con lo que he intentado formularles como el sujeto, como apareciendo y desapareciendo en
una pulsación siempre repetida, como efecto del significante, efecto
siempre evanescente y renaciente. La analogía es sorprendente
en esta metáfora con el concepto de la reflexión del matemático- filósofo
Frege. El fue conducido necesariamente a tomar partido del
apoyo, de la contribución de ese concepto cuya asignación de número
es cero para hacernos ese uno, siempre desvaneciéndose para agregarse,
en su repetición, pero en una unidad de repetición de la cual se
puede decir que, tocamos allí, que nunca se reencuentra, a medida
que ella progresa, lo que ha perdido, sino esa proliferación que
la multiplica sin límite, que se manifiesta como presentificando
de un modo serial una cierta manifestación de la infinitud. Así
el sujeto se manifiesta Uno como originándose en una privación
y en algún modo, por su intermedio, encadenado, unido de manera
indisoluble a esta identidad que, se les ha dicho en una formulación
reciente, es una identidad que no es otra cosa que una consecuencia
de esa exigencia primera, sin la cual nada podría ser verdadero,
pero que deja al sujeto en suspenso, colgado a lo que se ha llamado,
a lo que Leibniz dice - esta
referencia ha sido puntualizada ante ustedes- que
la identidad no es otra cosa que aquéllo sin lo cual no podría
ser la verdad.
Pero para nosotros,
analistas, ¿es que la cuestión de la identificación
se plantea de un modo, de alguna suerte, anterior al estatuto de
la verdad?
¿Cómo tendríamos
nosotros el testimonio en ese fundamento deslizante de nuestra experiencia
que pone en su raíz lo que a la vez se presenta, en nosotros, en
un momento siendo profundamente lo mismo?
¿Cómo la transferencia,
en tanto se refiere para nosotros, al doble polo en lo que hay en
el amor para nosotros de más auténtico y también de lo que se manifiesta
en nosotros en la vía del engaño?
Al haber tomado
esta referencia al número, hemos querido volver a buscar
el punto de referencia más radical, aquél en el cual vamos a localizar
al sujeto en el lenguaje
instituído, antes, de algún modo, que el
sujeto se identifique allí, se localice allí, como aquél
que habla.
Antes ya que la
frase tenga ese yo (je) donde el sujeto primeramente se plantea
como el schifter, hay un sujeto de la frase. El sujeto está primero
en ese punto, raíz del acontecimiento donde él se dice, no que el
sujeto sea éste o aquél, sino que hay algo. Llueve; tal es la frase
fundamental. En el lenguaje está la raíz
de eso: hay acontecimientos. Es en un tiempo segundo
que el sujeto se identifica allí como aquél que habla.
Sin duda tal o cual forma de lenguaje está allí en su diferencia
para recordarnos que hay modos diversos de dar la preeminencia a
esta identificación del sujeto de la
enunciación a aquél que le habla; efectivamente, la experiencia
del verbo ser está allí sin duda para promover al primer plano ese
Ich como siendo el soporte del sujeto.
Ningún lenguaje
está, de ningún modo hecho así - falso problema- lógica
que puede plantearse en nuestras lenguas indo- europeas, en
otras formas del estatuto lingüístico.
Es por ello que
he tenido que poner algo en caracteres chinos. Si los problemas lógicos del sujeto en la tradición china
no son formulados con un desarrollo tan exigente, tan fecundo como
el de la lógica, no es porque no exista en el chino el verbo ser,
como se dice. La palabra más usual en él chino hablado se dice:
che. Como podríase pasar de eso al uso, pero que sea fundamental...
Todos esos caracteres se escriben en la forma cursiva. Esta fórmula
- que espero traducirles - la he recogido en una caligrafía
monacal.
El carácter de esta
fórmula: cómo es el cuerpo. Ese "che" es también un ese,
un demostrativo y que el demostrativo en chino es lo que sirve para
designar el verbo ser, muestra que otra es la relación del sujeto
a la enunciación, donde él se sitúa.
Nosotros, analistas,
veremos a qué nivel es necesario retomar el problema para situar
nuestra marcha actual, aquélla que se había acabado antes de nuestra
separación - interrupción de tres semanas- para situar
el alcance de lo que hemos querido designar en esa relación del
cero al uno.
La presencia imaginante
del significante, su articulación fundamental, hace necesario que
les designe, sino que les comente, tres páginas de "La Psicología
de los yo" (sic) referencia de Le bon, capítulo VII, La Identificación.
Se los señalo, porque se ven allí concentrados todos los enigmas
ante los cuales Freud, con su honestidad profunda, manifiesta
a la vez, se detiene, señalando con el dedo ahí donde se desliza,
allí donde escapa, lo que podría tener de satisfactorio en la referencia
que ha producido en el momento en que se trata para él de dar la
clave, el entorno, el corazón de su tópica. Lejos de formular en ese nivel, en ese
capítulo, los términos de la identificación bajo la forma, de algún modo feliz,
dialéctica, resurgiendo de ella misma tal que los abordajes que
ha hecho hasta allí, en su descripción de los estadios de la libido
tales como ha podido esbozarlos, y especialmente en el punto donde
gira su pensamiento y el registro de la temática conciente e inconciente,
pase a la temática tópica en lo que llama la introducción del narcisismo.
Lo que él llama la identificación primaria parece abrirse por una
suerte de progreso de la estructuración del exterior en identificaciones
más precisas, donde el sujeto, ubicándose en el campo primero cerrado,
en ese pretendido autismo, del cual se ha hecho abuso de tal modo
fuera del análisis, encontraba la mirada al mundo exterior, para
sí reencontrarse en su propia imagen. Identificación
secundaria e inmediata referencia a lo que tenía que
encontrar en esta multiplicidad perceptible, esta adaptación que
haría de él un objeto armonioso de un conocimiento realizado. Nada
semejante cuando Freud trata de abordar en lo que es, para
el pensamiento del analista, una instancia radical:la identificación.
Nada que sea menos propio para dejar distinto, como lo fue siempre,
el velo central de la psicología, a dejar distinto ese registro
de esa localización del conocimiento
de lo que nos sería representado como pura, simple y ciegamente,
el punto necesario de la escalada vital si se la da como lo que
debe -¡Dios sabe por qué!- culminar en la función
de una conciencia. Nada que distinga menos este alcance de
la relación del sujeto viviente con un mundo que lo distinga menos
como entendimiento de algo con otro registro irreductible, como
un desperdicio. Desde allí es adoptada esta perspectiva para ser
lo esencial del progreso subjetivo, lo que se llama la voluntad en el vocabulario filosófico. Qué más
irrisorio que esta apertura, que esta profunda alienación del sujeto
en sí mismo, en dos facultades y que se establece en una experiencia
parcializante, qué más irrisorio que ver proseguirse los dos ciclos,
lo cual debe predominar en Dios. ¿No hay algo de irrisorio en una
teología que no ha cesado de girar alrededor de ese falso problema
instituído sobre una psicología deficiente?
Si Dios que debe
saber todo, si él sabe todo, debe someterse a lo que él sabe: que
es impotente, o que debe tener todo lo querido y resulta de ello
que es entonces bien maligno.
La fuerza del ateísmo,
de lo que hay de impasse en la noción divina, en los argumentos
ateos, muy a menudo más teístas que los otros; la lección está en
buscar en los mismos teólogos.
No hay ninguna disgresión
en tanto que, en fin, este correlato de la alienación divina es el término y lo vemos en Descartes,
indicado en su lugar, no como se lo dice heredado, transmitido de
la tradición escolástica, sino, de algún modo, necesitado por esta
posición del sujeto, en tanto que
la falsa infinitud de ese yo siempre reproduce; que la recurrencia, es de
allí que parte la necesidad del seguro de ese algo que está aquí
fundado, que no es de ningún modo un engaño. Y de la deducción de
lo que hace falta que el campo en el cual se reproduce esta multiplicación
infinita, de la unidad donde
el sujeto se pierde, sea de algún
modo garantido por este ser, donde sólo Descartes tiene la
ventaja de designarnos que entre voluntad y entendimiento, nos hace
falta elegir.
Que sólo la voluntad,
en su impensable, el más radical que se sostenga la verdad,
hasta las verdades más eternas, que sólo ese Dios es pensable; pero
se nos designa así, de él, el último impasse. Pues es precisamente
allí alrededor de lo cual gira un momento esencial del pensamiento
de Freud. Pues yendo mucho más lejos
que todo pensamiento ateístico que lo haya precedido, no sólo nos
designa el punto del impasse divino, lo reemplaza por la temática
paterna. Si nos dice que allí está el soporte de la creencia
en un Dios engañoso es seguramente para darle otra estructura, y
la idea del padre no es la herencia ni el sustituto del padre, el
padre de la iglesia; sino que es, entonces ese padre originario,
ese padre del cual en el análisis no se habla nunca más, porque
no se sabe qué hacer de él. Ese padre, ¿cómo y cuál es el
estatuto que nos es necesario darle en lo que es de él en nuestra
experiencia? He ahí en qué y dónde, se sitúa el alcance que viene
ahora de nuestra interrogación sobre la
identificación en la experiencia analítica.
En ese texto que
les indico - volumen XVIII de la Standard Edition, página 105-
¿qué es lo que sorprende? Es que habiéndonos hablado de la identificación
primero, viene, y en una anterioridad de la cual nos hace muy bien
sentir que hay allí un enigma, que nos la propone como primordial,
que la identificación del padre es planteada
primero en esta deducción, que el interés, muy especial, que el
niño muestra por su padre, está puesto allí como un primer tiempo
de toda explicación posible, de eso de lo cual se trata en la identificación.
Y es en ese momento como el analista podría - iniciado por
su experiencia y las explicaciones anteriores- podría allí
equivocarse. Piensen que en ese interés primero hay algo que ha
sido localizado como siendo la posición pasiva del sujeto, la actitud
femenina. No subrayado por Freud, ese primer tiempo es, hablando
propiamente, lo que constituye una identificación típicamente masculina;
el va más lejos, exquisitamente masculina. Este aspecto primordial
que le hará describir que en un segundo tiempo, lo que va a operarse es la rivalidad
con el padre - dice él- concerniente al objeto primordial.
Ese primer tiempo toma su valor por ser, una vez articulado en su
carácter primitivo y del cual surge su relieve, también la dimensión
mítica, por ser articulado al mismo tiempo en lo que es así producido
como la primera forma de la identificación, a saber: la
incorporación.
En el momento en
que se trata de la referencia primordial, la más mítica, se podría decir y no nos equivocaríamos
al decir la más idealizante, en
tanto es ella quien estructura la función
del Ideal del Yo, referencia primordial que se hace sobre
la evocación del cuerpo.
Esas cosas que manejamos,
esos términos, esos conceptos que dejamos en una suerte de nada,
sin nunca preguntarnos de qué se trata, merecen, sin embargo, ser
interrogados. Sabemos que cuando se trata de la incorporación y como refiriéndose al primer estadio
inaugural de la relación libidinal, la cuestión no es simple. Seguramente
algo allí se distingue de eso en lo cual podríamos ceder, es decir
hacer de ello un asunto de representación de imágenes. La inversa
de lo que, más tarde, será la diseminación sobre el mundo de nuestras
proyecciones diversamente afectivas. No es de eso de lo que se trata,
ni siquiera del término introyección,
que podría ser ambiguo. Se trata de incorporación
y nada indica que sea lo que sea, aquí se trate de poner en el activo
de una subjetividad. La incorporación,
si ésta es esa referencia que Freud anticipa, reside en que nadie está allí para saber que ella se produce,
que la opacidad de esta incorporación es esencial, y por
otra parte, en todo ese mito que se sirve, que se ayuda de
la articulación localizable etnológicamente de la comida canibalística,
está allí en el punto inaugural del surgimiento de la estructura
inconciente. Es en la medida en que hay allí un modo
totalmente primordial, bien lejos que la referencia sea - como
se le dice en la teoría freudiana- idealizante. Ella tiene
esa forma de materialismo radical cuyo soporte es, no como se dice
el biológico, sino el cuerpo. El cuerpo,
en la medida en que no sabemos ya ni como hablar de él después que
el vuelco cartesiano, la posición radical del sujeto, nos enseña
a no pensarlo más que en términos de extensión.
La pasiones del
alma de Descartes son pasiones de extensión y esta extensión,
si vemos por qué alquimia singular, más y más dudosa, después de
un momento del cual sabemos la operación del mago alrededor de ese
pedazo de cera que, purificado de todas sus cualidades y, ¡mi Dios,
que son cualidades hediondas! que es necesario retirarles unas tras
otras, no queda más que esta sombra de sombra y de deyectos purificados.
¿No aprehendemos
allí que algo se deriva de haber conducido demasiado bien su juego
con el Otro? Descartes se
desliza hacia el padre de algo de
esencial que nos es recordado por Freud, en que la naturaleza
del cuerpo tiene algo que hacer
con lo que introduce, restaura, como libido; que es la libido en tanto que, por otra
parte, ésto tiene relación con la existencia de la reproducción
sexual, pero de ningún modo idéntico, en tanto que la primera forma
de esta pulsión oral por donde se opera la incorporación.
¿Pero que es ésta
incorporación? Si su referencia mítica, etnológica,
nos es dada por el hecho que el consume la víctima primordial, el
padre desmembrado, es algo que se designa sin poder nombrarse, que
no puede nombrarse al nivel del término velado del ser, que es el
ser del otro que, aquí está a consumir, que es asimilado bajo la
forma por la cual se resume el ser del cuerpo. Lo que
se nutre en el cuerpo de este ser se presenta como lo más
inasible de él, lo que nos reenvía siempre a la esencia ausente
del cuerpo.
¿Quién de esta cara
de la existencia de una especie animal, como bisexuada en tanto
está ligada a la muerte, aísla de ella como viviente en el cuerpo,
precisamente lo que no muere, lo que hace que el cuerpo antes de
ser lo que muere y pasa por el desfiladero de la reproducción sexuada,
en eso que existe en una devoración
fundamental que va del
ser al ser? Allí no está de ningún modo la filosofía que yo preconizo,
ni creencia. Esta articulación, esas formas de las cuales digo que
es para nosotros, que hacen cuestión para nosotros, que Freud
lo pone en el origen de todo lo que tiene que decir de la identificación
y no duden de ello, esto es riguroso. Quiero
decir que el término mismo de instinto de vida no tiene otro sentido
que el de instituir en lo real esta suerte de otra transmisión que,
siendo transmisión de una líbido, en ella misma es inmortal.
Que deba ser para
nosotros una tal referencia, ¿cómo concebir que esté puesta en primer
lugar por Freud, en primer plano? ¿Es una necesidad de institución
original de lo que se trata en la realidad inconciente, en la función
del deseo, o es un término, es muro de detención? ¿Es algo reencontrado
por la experiencia instaurada? Prosigamos, para ello, la lectura.
Vemos que es en un segundo tiempo que se instaura la mirada a esta
primera referencia, que se instaura la dialéctica
de la demanda a la frustración a saber lo que Freud
nos propone como segunda forma de la
identificación, el hecho que, a partir del momento en
que se introduce el objeto de amor, la elección del objeto,
es allí que se introduce también, la posibilidad de la
frustración, de la identificación al objeto de amor mismo.
Pues, lo mismo que
era chocante en la primera fórmula que nos da de la identificación,
ver allí la correlación enigmática de la incorporación,
del mismo modo, también allí Freud, será ante ustedes, enigma.
Nos dice que podemos fácilmente - por referencia, de algún
modo lógica de lo que es de ello, de esta alternancia de la elección
del objeto a la identificación del objeto en tanto que deviene objeto
de la identificación- que eso no es allí otra cosa que la
alternancia del ser y del tener. Que por no tener
el objeto de la elección, un sujeto no llega a serlo. Los términos
de sujeto y objeto son puestos aquí en balanza. Freud
nos dice también que no hay allí para él, más que un misterio, que
nos encontramos allí ante una opacidad. ¿Es que esa opacidad no
puede de ningún modo ser aliviada? ¿Ser resuelta?¿No es en esa vía
en la que se prosigue el camino por donde trata de conducirlos?
El tercer término, dice Freud, es el de la identificación directa
del deseo al deseo. La identificación
fundamental por la cual, nos dice, es la histérica quien
nos da su modelo. En ella, en él, en esta suerte de paciente, no
es necesario mucho para localizar algún signo, allí donde se produce
un cierto tipo de deseo. El deseo de la histérica funda todo deseo como deseo
de histérica. El juego, el tornasol de la ecoificación, de la repercusión
infinita del deseo sobre el deseo, la comunicación indirecta con
el deseo del Otro, está allí, instaurada como tercer término.
¿No es suficiente decir que el agrupamiento permanece indisociado,
heteróclito, en ese capítulo esencial que Freud cree deber
reunir?
Pues es allí que
creo haber introducido una serie estructurada, destinada no sólo
a reunir, a permitir situar como siendo el punto de enganche
esencial que mantiene el pensamiento freudiano, donde él
nos obliga a cubrir ese campo cuadrado del cual marca los bordes,
pero también a integrar allí lo que, en nuestra experiencia nos
ha permitido después de hacer la experiencia de las vías y los senderos
por donde los progresos de esta experiencia nos permiten percibir
lo bien fundado de las apercepciones de Freud y también,
por qué no, su desfallecimiento.
Esos desfallecimientos no lo son al nivel conceptual, pero veremos,
que lo son al nivel de la experiencia. He introducido
en su momento, una tripartición que tiene el mérito de anticipar
lo que alguien ha podido, en el curso de una reunión reciente, recordarles,
como título, lo que habría querido introducir en el seminario de
este año: las posiciones subjetivas. No se trata de otra cosa
en lo que hace unos cinco años, y más he introducido, recordando
cuan esenciales son. Nuestra experiencia nos obliga a confrontar
para distinguir de ello, los pisos de estructuras, los términos
de la privación, de la frustración, y de
la castración.
Toda la experiencia
analítica después de Freud, se inscribe al nivel de una exploración
más y más escudriñadora de la frustración,
de la cual se ha articulado que constituye la situación esencial
del progreso en el análisis y que todo el análisis transcurre a
su nivel. En verdad, esta limitación del horizonte conceptual tiene
por efecto del modo más manifiesto y más claro, hacer cada vez más
impensable lo que Freud nos ha designado en su experiencia
como siendo el tope de detención, el punto de detención de su experiencia,
a saber: la castración.
La castración
en lo vivido terminal de un análisis de neurótica, o de un análisis
femenino, es, hablando propiamente, impensable. Si la operación
analítica no es otra cosa que esta experiencia conjugada de
la demanda, de la transferencia, en el curso de la cual el sujeto
tiene que hacer la experiencia de la falla que lo separa del reconocimiento
que él vive en otra parte que en la realidad y que en esta experiencia
de la abertura (béance) está todo lo que él tiene que integrar en
la experiencia analítica.
La articulación
de la castración a la frustración; ella sóla nos ordena interrogar
de Otro modo las relaciones del sujeto que en el modo que pueda,
de alguna manera extinguirse en la doble relación de la transferencia
y la demanda.
Esa localización
necesita, precisamente como previo, que el estatuto
del sujeto como tal sea planteado y esto es lo
que constituye la oscilación - que no soy el único en haber
formulado- de la posición de la privación.
Sin duda de un modo confuso, pero articulado, alguien como Jones,
que tomaba partido de una generación donde se tenía un poco más
de horizonte, se dio a la función de
la privación - cuando se trata de interrogar
al enigma de la relación de la función femenina al falo, en la función
de la privación- , su momento de detención indispensable en
la articulación lógica de esas tres posiciones. Es
lo que hace necesario para nosotros el tener primero planteado que
el sujeto, el sujeto en su forma esencial, se introduce como
en esta suerte de relación radical que es insustituible, impensable,
fuera de esta pulsación, tan bien figurada por esta oscilación del
cero al uno que se prueba como siendo en toda aproximación al número,
necesaria para que el número sea pensable.
Que haya una primera
relación entre esta posición del sujeto
y el nacimiento del uno,
esto es lo que era para nosotros a cercar alrededor de esta atención.
Lleva al uno, que nos ha hecho ver que
hay dos funciones del uno. El uno del espejismo que está
en confundir el uno con el individuo, o si ustedes quieren,
para traducir ese término, el insecable, y por otra parte el uno
de la numeración, que es otra cosa.
El uno de la numeración
no cuenta los individuos, y sin duda la pendiente de la confusión
es fácil. La idea que eso no es otra cosa, su función tiene algo
de tal modo fácil y de tal modo simple, que es necesaria la meditación
reflexiva de un practicante del número para apercibirse que el uno
de la numeración es otra cosa, que la diferencia y la alteridad
son otra cosa.
Todos aquellos que,
desde los primeros tiempos han tenido que meditar sobre la naturaleza
radical de la diferencia, han visto bien que se trata de
otra cosa en la numeración, que de la distinción de las cualidades;
que el problema de la distinción es indiscernible y porque no sólo
todo lo que agrupa sobre sí mismo la identidad de cualidad, todo
lo que cae bajo la cualidad del mismo concepto, la distinción fundamental
que hay de lo sensible a lo mismo, para darle la resonancia de un
término familiar del parecido al mismo. Otra cosa es el registro
de lo parecido y lo mismo. El otro está
íntimamente unido, no al parecido sino al mismo. Y la cuestión
de la realidad del otro es distinta
de toda discriminación conceptual y cosmológica. Ella debe ser impulsada
al nivel de esta repetición del uno que lo instituye en su heterotidad
(hétérotité) esencial. Interrogarla sobre lo que ella es de eso,
de esta función del Otro, como se nos presenta a nosotros,
es de lo que se trata y que entiendo introducir hoy, pues la etapa,
creo, está franqueada, fue facilitada por nuestras exploraciones
anteriores introduciendo, al nivel de esta cuestión
del Otro, la cuestión horrificada de tal modo de aquellos
que alrededor de mí preferirían encontrar, desvíada de mi mensaje,
la cuestión de los potes de mostaza.
El pote de mostaza se caracteriza por el hecho de que nunca hay mostaza
dentro. Está vacío por definición; es la cuestión, precisamente,
de los indiscernibles. Es fácil decir que
el pote de mostaza que está aquí se distingue de aquél que está
allí - como dice Aristóteles- porque ellos no
están hechos de la misma materia. La cuestión, así, es fácilmente
resuelta. Si elijo los potes de mostaza
es por su dificultad. Si se tratara del cuerpo, verán que Aristóteles no tiene la
respuesta tan fácil; como el cuerpo siendo lo que tiene la propiedad
de, no sólo asimilarse a la materia, que es absorbible, sino de
asimilarse a otra cosa, a saber, con su esencia de cuerpo. Allí
donde ustedes no encontrarán fácilmente el distinguir los indiscernibles
y podrían con el monje Chi Vu, practicar el Zen dudo de decirlo
pues corren el riesgo de expandir que yo lo hago practicar.
El dice como ese
cuerpo, al nivel del cuerpo, imposible de distinguir
ningún cuerpo de todos los cuerpos. No es porque ustedes sean doscientas
sesenta cabezas que ustedes son unidades.
Tomamos los potes de mostaza. Son distintos. Pero yo planteo la cuestión: el hueco, el vacío que constituye
el pote de mostaza, ¿es el mismo o es que son vacíos diferentes?
La cuestión es un poco más espinosa. Ella es alcanzada por esa génesis
del uno al cero a la cual está constreñido el pensamiento aristotélico.
Para decir todo, esos vacíos son de tal modo un solo vacío, que ellos no
comienzan a distinguirse más que a partir del momento en que se
ha llenado uno de ellos. La recurrencia comienza a partir del momento
en que el vacío se llena. Esta es la constitución del sujeto. Alguien ha podido
hacer recortarse la teoría de Freud con una cierta forma
de mi sujeto.
La apología que
les doy del vacío y de su llenado y de la génesis de una distinción
de la falta tal como ella se introduce al nivel de la chopina (chopine)
[*].¡Yo no sería el primero
en haber sustituído a un mozo de café por Dios! "Un Tuborg",
implica que yo pida otro. Es precisamente siempre el mismo.
El punto esencial,
al nivel de la falta. Este Otro que da la medida de mi sed,
que me da la ocasión de pedir para otro, por correspondencia biunívoca;
ese Otro puro está al nivel de la aparición donde se introduce,
primeramente, como presencia de la falta: el sujeto. Es a partir de
allí, únicamente, que puede concebirse la perfecta bipolaridad,
la perfecta ambivalencia de lo que se producirá inmediatamente al
nivel de su demanda, ésto es en tanto que el sujeto se instaura
como cero -como ese cero que está falto de llenado- que puede
jugarse la simetría de lo que se establece y que, para Freud,
resta enigmático, entre el objeto que él
puede tener y el objeto que él puede ser.
Es precisamente,
de permanecer en ese nivel, que puede ser impulsada, hasta su término,
una farsa de escamoteo, enteramente particular, pues no
es verdad que todo se agote para el sujeto en la dimensión del Otro, que todo sea, por relación al Otro, una demanda de tener
donde se transfiera, donde se instituya una falacia del ser.
Las
coordenadas del espacio del Otro no juegan en esa simple
díada. Dicho de otro modo, el punto cero de origen de las coordenadas
donde nosotros lo instituímos, no es un verdadero punto cero.
Lo que la experiencia
nos muestra es que la demanda, en la experiencia analítica no tiene
sólo el interés de que gocemos de ella como plano y registro de
la frustración, reenviando al sujeto a esta reducción engañosa de
un ser, cuya comparación al ser del analista abordaría la vía de
la salud.
La experiencia
analítica nos muestra - y
ésto ningún analista puede rechazarlo, aunque él no extraiga consecuencia-
que en la operación de la cual se trata,
siempre hay un resto. Que la división del sujeto
entre cero y uno, no la reduce ningún complemento de la demanda
al nivel del tener ni del ser; que el efecto de la operación no
es jamás un puro y simple cero. Que el
sujeto, al desplegarse en el espacio
del Otro, desplegara otro sistema de coordenadas que
las coordenadas cartesianas; que la forma impalpable de la estructura
del sujeto es la que nos va a revelar de donde surgió la virtud
del uno que no es, de ningún modo, el de ser simplemente un signo.
La experiencia de la muesca del cazador, aún si ella ha nacido por azar,
la existencia del uno y del número, lejos de ser eso a lo cual ella
se aplica y del lugar del cual, lejos de serle consecuente, ella
engendra al individuo, no tiene necesidad de nada individual para
nacer más que la verdadera prioridad específica del número que tiende
a las consecuencias de lo que se introduce en esas formas
que trato de presentificar, bajo el espacio topológico, en el efecto
sobre esas formas del corte. Hay formas que se dividen
inmediatamente en dos por un sólo corte, otras de las cuales pueden
hacer dos sin que la forma desaparezca. Esto es el resto de un solo
trozo. El número comunicativo en topología: allí está el uso y el
privilegio de lo que trato de hacer jugar ante ustedes, en tanto
que es a fines prácticos de representación bajo forma de imagen
- lo que he dibujado- que representa la botella de
Klein, en hacer partir de un punto, un corte. Ellas tienen la
apariencia de ser dos porque pasan dos veces por el mismo punto.
Por pereza, y también por un cierto sentimiento de vanidad, pues
no hago la imagen que habría podido ser complementaria, fácil de
imaginar, al nivel de ese círculo mítico, el contrapelo (rebrousement)
hace pasar el corte a través de la longitudinalidad. En tanto el
círculo retorna tendrán la posibilidad de hacerlo pasar al primer
punto. Tendrán así, un solo corte. La propiedad de este corte es
de no dividir la botella de Klein, sino simplemente de desarrollarla
en una sola banda de Moebius, relacionar esos dos puntos
hasta hacer de ellos, uno.

Se darán cuenta
que algo les fue ocultado en la operación precedente, en tanto que
esta conjunción tiene, como la figura aquí representada, un efecto
que tiene como propiedad dejar intacta la banda, pero hace aparecer
allí un residuo. Los psicoanalistas conocen ese
residuo que está más allá de la demanda,
de la transferencia, ese residuo por el cual se encarna
el carácter radicalmente dividido del S del sujeto. Es lo
que se llama el objeto a, en el juego de identificación de
la privación primordial. No tiene sólo como efecto la manifestación
de un puro agujero, de ese cero inicial de la realidad
del sujeto encarnándose en la pura falta. Hay siempre
en esa operación especialmente surgiente de la experiencia frustrante,
algo que escapa a su dialéctica, un residuo; algo que se manifiesta
al nivel lógico; donde aparecía el cero, la experiencia subjetiva
hace aparecer algo que llamamos el objeto a, que
por su sola presencia modifica, inclina, toda la economía posible
de una relación libidinal al objeto de una elección que se califica
de objetal. Esto da a toda relación, a la realidad del objeto
de nuestra elección, su ambigüedad fundamental, que hace que en
el objeto elegido esté siempre la
duda que eso de lo cual se trata está en otra parte. Eso
es la experiencia analítica que está hecha para ponernos en evidencia que la cumbre
es satisfacerse en la identificación con el analista, o al contrario,
de la alteridad, de rechazarlo como otro. Término patético
de la experiencia analítica.
La cuestión alrededor
de la cual debe elaborarse lo que pertenece al análisis, no solo
los resultados terapéuticos, sino la legitimidad esencial de lo
que nos funda como analistas, y primeramente que, de no conocer,
de no haber puntuado donde se sitúa lo que yo llamo la operación
legítima, es imposible que el analista opere de ningún modo
que merezca ese título: la operación.
El mismo es ciego, capturado en la falacia. Esta falacia es precisamente
la cuestión que se plantea al término del análisis: que es al nivel
de la castración que ese punto que, en el es quema, en la
parte de doble entrada, que he tratado de hacerles localizar, de
qué modo se intercambia la repartición de esos términos de lo imaginario,
lo simbólico y lo real. Hablando en esa época no de posición subjetiva, sino para tomar un esquema freudiano,
un modo de acción, de habitat, de repartir en relación a esos tres
pisos, las cosas a derecha o a izquierda, del lado del agente y
del lado del objeto - en la época yo había dejado en blanco
lo que estaba del lado del agente- se trata del estatuto que
conviene dar a esta dimensión del Otro en el lugar
de la palabra como tal. En el análisis, lo perciben bien,
reunimos toda la cuestión de la esencia del Wunsch, del estatuto
de la verdad. Es hacia esta mira, a través de algunas etapas, que
trataré de plantear la dialéctica de la demanda y del deseo.
[*] Antigua medida
correspondiente a medio litro aproximadamente.
Traducción: Ana
María Gómez.
Revisión y destacados:
Sergio Rocchietti
Corrección del texto:
Cecilia Falco
Con-versiones
mayo 2005
|
|