Seminario XII: Problemas cruciales para el psicoanálisis
Jacques
Lacan
Clase 8 (3 de febrero de 1965)
Quisiera que
continuáramos avanzando en lo que es el problema crucial; que
busquemos proponer una forma, una topología esencial en la praxis
psicoanalítica. Es a ese fin que reproduzco aquí esta forma de
la botella de Klein. Forma, si ustedes quieren, que no
es única, en tanto aquélla misma es una forma que
puede parecerles simplificada y es la que ustedes encuentran en
los libros más elementales. Toda representación de ella es inexacta,
forzada.
La representación que puedo darles de ella en el pizarrón es una proyección
en el espacio en tres dimensiones, a la cual la superficie
de la botella de Klein, no pertenece. Es, entonces, de una cierta
inmersión en el espacio de lo que se trata. Hay una relación
analógica entre lo que la superficie representa para nosotros
y el espacio donde ella funciona; el espacio donde ella
funciona siendo precisamente el espacio del Otro, en tanto
que lugar de la palabra. No es hoy que trataré de proseguir
esa analogía de un campo de tres dimensiones y lo que llamaré
el espacio del Otro. El lugar del Otro no deja de tener
cierta analogía con las dimensiones cartesianas
que podrían ser introducidas, cosa que no haré hoy.
Hay cuatro
esquemas, abajo, a la derecha.



Para todos aquellos
que han tenido el tiempo disponible para conocer ciertas distinciones
que he hecho sobre el discurso de uno de mis antiguos colegas
distinciones que implican una, recuperación, hasta una rectificación
de ciertas analogías introducidas por él, de los términos que
sirven para definir las instancias de la segunda tópica, más especialmente,
los términos Yo ideal e Ideal del yo; donde él permanece en suspenso, Freud
los ha distinguido. La cosa puede permanecer bajo forma
de pregunta.
El caso
había sido solucionado en tanto el Yo ideal y el Ideal del yo
tienen un sentido en psicología y que el autor apuntaba a enlazar
en la experiencia analítica. El lo apuntaba en los términos de
persona, hasta de personalismo. Yo trataba, por esas distinciones,
de no poner en cuestión una fenomenología que conserva su precio;
trataba de mostrar lo que el análisis nos permite articular allí.
Es entonces una simple alusión al esquema que ustedes verán en
ese artículo, al cual, algunos trazos del dibujo se relacionan.
No es en vano que les recuerde de que se trata. La virtud o la
inspiración de esta construcción reposa enteramente sobre una
experiencia de física divertida que se llama el
ramo invertido. Gracias al uso de un espejo esférico,
se puede hacer aparecer en el interior de una cara, supuesta real,
un falso ramo; por poco que el ramo esté disimulado a la vista
del espectador, da, por el efecto de retorno del espejo esférico,
una imagen que, a diferencia de la imagen en el espejo plano,
una imagen que se llama real. Es decir que es algo que se sostiene
en el espacio a modo de una ilusión.
Un ilusionista,
en una atmósfera dividida por telones negros, llega a hacer surgir
especies de fantasmas suficientes para, al menos, interesar al
ojo. Es partiendo de modo ficticio, que me he complacido en hacer
surgir una cara ilusoria. Esta ilusión no se prosigue más
que para un ojo que está en alguna parte, ubicado en el campo
de un modo tal que, para él, eso pueda hacer imagen. Es decir
que un cierto reenvío de los rayos sobre el espejo esférico, que
después de haberse recruzado para reconstituir la imagen real
va a expandirse en un cono, en el fondo del espacio interesado.
Es necesario que el ojo supuesto a recibir, la imagen real, esté
en un cono.
En otros
términos, es necesario que el espectador
esté en un cierto campo bastante limitado, para que él
no escape a los efectos del espejo esférico. Es aquí que
surge el resorte de la pequeña complicación suplementaria -que
yo agrego- que la ilusión de la imagen real
es un sujeto. Ese sujeto es enteramente mítico.
Es porque el S no está barrado. Es mítico. Es exigible
del lado del espejo esférico, que representa los mecanismos
internos del cuerpo, que ve en un espejo esférico que representa
los mecanismos internos al cuerpo -que ve en un espejo-
lo que se produce aquí de ilusión para quien estuviera allí. Esto
no es muy difícil de comprender; en efecto, las posiciones de
S y de I están en relación al espejo, estrictamente
simétricas. Es suficiente que S encuentre su propia imagen
eventual más allá del espejo, en alguna parte de un cono, para
que vea en el espejo lo que él vería si estuviera en el lugar
marcado I.

Es la relación
que hay en la identificación que
se llama Ideal del Yo, a saber:
ese punto de acomodación que el sujeto de siempre -ese siempre
no es quizá lo que cobre una historia, a saber la historia del
niño en su relación de identificación con el adulto. Es,
entonces, de un cierto punto de acuerdo en el campo del Otro
en tanto que él ha tejido no sólo las relaciones simbólicas,
sino que, de un punto imaginario, es fijado, acomodado
en ese punto que él va a tener todo a lo largo del desarrollo,
a lo cual se refiere en la génesis; que él va a tener, en el curso
de su desarrollo que acomodar esta ilusión que está allí: la
ilusión del florero invertido. Es decir, hacer jugar
alrededor de algo que es el ramo y que tenemos aquí reducido,
para la claridad, a una sola flor o un sólo signo, a acomodar
alrededor de ese algo -que no tiene aún dicho nombre-
que está aquí, la imagen virtual de la
flor, a acomodar, en suma, esta imagen real del florero
invertido. Esta imagen real del florero
invertido es el yo ideal, es la sucesión de formas que cristalizará
en lo que se llama -que se llama de un modo demasiado monolítico
por una suerte de extrapolación que se introduce en toda una teoría-
una perturbación.
El yo bajo la forma de historias sucesivas de yo ideales, incluyendo
aquellas, toda la experiencia de lo que se podría decir de la
toma entre manos de la imagen del cuerpo. Está allí desde
siempre, lo que he acentuado bajo el título del estadio del
espejo, del carácter nodal de la relación del yo
a la imagen especular.
Si el espejo
tiene aquí su razón de ser en tanto define una cierta relación
entre el cuerpo y lo que se produce de dominio de su imagen en
el sujeto, introduce allí
de un modo visible lo que está claro: a saber que, anterior a
esta experiencia, el soporte del otro, el otro que sostiene al niño ante
el espejo está allí en una dimensión esencial. El primer gesto
del niño en esta asunción jubilosa de su imagen en el espejo,
ese giro de la cabeza hacia el otro real, percibido al mismo tiempo
en el espejo y cuya referencia parece inscripta.
Es
de lo que se trata en la vuelta que hago aquí a este pequeño esquema,
es mostrar que la función y la relación que hay entre esta flor -aquí designada por a- esta flor no tiene, en esta experiencia y por relación al
espejo, la misma función, no es homogénea a lo que viene a jugar
alrededor de ella, a saber, la imagen del cuerpo y el yo. Puedo
agregar para aquellos que han seguido ya mi desarrollo fuera de
mis seminarios sobre la identificación, que por esta sola condición
de hacer intervenir el registro de la topología, se puede decir
-es una metáfora que no es más que una metáfora-,
no busquen hacer entrar allí la imagen física. De todos modos,
pese a que Freud haya utilizado esquemas enteramente semejantes,
se me puede acordar allí una realidad que hacemos aquí nosotros
mismos. Por otra parte, no olviden que, con la ayuda de una referencia
más cerca de lo real que es una referencia topológica, que, si
la imagen del cuerpo, i (a), se origina en el sujeto, en la experiencia
especular, el a -
saben que instancia le doy en la economía del sujeto y
su identificación- el a,
no tiene imagen especular, no es especularizable.
¿Debemos mantener, sostener, que él se encuentra centrando todo
el esfuerzo de especularización?
Es de allí, lo
recuerdo, que debe partir toda la cuestión para nosotros, más
exactamente la puesta en cuestión de lo que se trata en la identificación y más especialmente en la identificación tal como se prosigue, se cumple, en la
experiencia analítica. Ven allí que el
juego de la identificación, al mismo tiempo que el fin
del análisis, está suspendido en una alternativa entre dos
términos que comandan, que determinan, las identificaciones que
son distintas, sin que se las pueda llamar opuestas, pues
no son del mismo orden: el Ideal del yo, lugar de la función
del trazo unario, de nuestra suspensión del sujeto
en el campo del Otro, alrededor del cual, sin duda, se
juega la suerte de las identificaciones del yo en
su raíz imaginaria, pero también, por otra parte, el punto
de regulación invisible, si ustedes quieren, pero pongo este invisible
entre comillas pues si él no es visto en el espejo, su relación
a lo visible está a retomar enteramente -el
año pasado he dado los fundamentos de ello.
Alrededor del a oculto en la referencia al Otro, alrededor del
a, tanto y más que en el Ideal del yo, se jugarán
las identificaciones del sujeto. La cuestión está en saber si debemos considerar
que el fin del análisis puede contentarse con una sola
de las dos dimensiones que determinan esos dos polos, a
saber: culminar en la rectificación del
Ideal del yo.
¿Es otra
identificación del mismo orden y, especialmente, lo que se llama
la identificación al analista? Si todas las aporías, las dificultades,
los impasses, a los cuales, efectivamente, la experiencia
del análisis, los decires de los analistas nos aportan el testimonio,
no es eso alrededor de algunas cosas insuficientemente vistas,
apuntadas, comprendidas y no localizadas al nivel de lo que juegan
a la vez esos impasses y la posibilidad de su solución.
Es un retorno
para proponerles una fórmula que reintroduce aquí nuestra aprehensión
de la botella de Klein y de aquello de lo cual se trata
en esta figura, yo diría la clase, que tratamos de dar con esta
topología. Es eso de lo que se
trata en lo concerniente al deseo.
Aquí, el
deseo es algo que nos ocupa en
el inconciente freudiano, esto es en la medida en que él es otra
cosa que lo que se ha llamado hasta ahora, tendencia desconocida,
misterio animal; si el inconciente es lo que es, esta abertura que habla,
el deseo está, para nosotros, en formular en alguna parte
en el corte característico de la escansión de ese lenguaje y ésto
es lo que trata de expresar nuestra referencia topológica.
Anticipo la fórmula
siguiente antes de comentarla. Podríamos decir que el
deseo es el corte por el cual se revela una superficie como acósmica.
Allí está el orden en el cual ustedes deben sentirlo
bien después de un momento, pues ya ese término de acósmico
lo he sacado de más de un horizonte, el carácter no visto, profundamente
anti-intuitivo, y como decía recientemente un matemático con el
que trataba de poner en juego algún otro ejercicio esas superficies
horribles de ver, quiero decir que mi matemático para resolver
esos problemas de los que se trataba, se negaba enérgicamente
hasta a mirar efectivamente
del lado de la desembocadura de la botella,
esta especie de curiosa boca aculada en ella misma pero por el
interior, por el hecho que se llega a ese borde por los dos lados
a la vez. Hay cosas que pueden representarse en la reflexión.
Yo,
que no temo lo horrible, les he hablado de ello como de un círculo
de retorno, de hecho, no hay en ninguna parte círculo de retorno,
simplemente porque puede deslizarse por todos lados.
Hago alusión
a la media de nylon, material vuelto hacia arriba sobre sí mismo
de algún modo pudiendo atravesarse sobre sí mismo sin daño. Verán
que todos los puntos de su recorrido, sus círculos de retorno
brusco, son reemplazados. Es su ubicuidad lo que hace la esencia
de la botella de Klein.
Es por
éso que la cuestión que puedo plantear al matemático sobre lo
que ocurre, sobre el círculo de retorno le produce horror. Lo
que yo les represento allí, es tan horrible de ver, para que sea
más aprehensible, desde que yo lo haya manipulado, esta
botella, verán que dificultad, ésto es más hablante que
sí yo me contentara con algún símbolo, cálculo, en el cual ustedes
no tendrían la sensación que eso hace sentido. Les pido localizar
ciertas cosas.

Para ir de un Punto A a un punto
B representado sobre el círculo de retorno -pueden ser un
punto A y punto B cualquiera- si tomamos un cierto tipo
de camino, ir y volver, cortamos la botella de un cierto modo,
de un cierto modo que deja intactas sus características. La cortamos
en dos bandas de Moebius,es decir en dos superficies no orientables
como la botella. Si procedemos de un modo ligeramente diferente,
el primer trazo es el mismo, el otro pasa de otro modo. Cortamos
también la botella, pero la transformamos en una suerte de cilindro
puro y simple, en algo perfectamente orientable, en algo que tiene
un derecho y un revés, estando el otro fuera de estado para pasar
de un borde sobre el otro, podemos ver en qué se relaciona la
divergencia de esas posibilidades. Si el tiempo nos dejara hacerlo,
tendría la ocasión de mostrar lo que esto sirve para figurar.
Hay, entonces, un buen corte: el que
revela la superficie, una superficie orientable y un nuevo corte
que la escamotea, que la reduce a una superficie más banal, más
accesible a la intuición. En tanto que ustedes saben, cosa
curiosa, que en ese campo, como los matemáticos -donde la
recreación ha servido de pilote a verdaderos problemas-
es en la especulación matemática pura, que
han aparecido esos extraños seres topológicos, si ellos descienden
a la recreación esto es secundario, lo que es un proceso opuesto
a lo que observamos en otros campos. ¿Qué quiere decir ésto? Que
nadie entra aquí si no es topólogo, como se lo decía en otro momento
a la puerta de cierta escuela.
¿Será esa, entonces, la función de
ese famoso deseo del analista en
esa superficie acósmica, el ser aquél que sabe cortar (tailler)
algunas figuras? pues nada es sin enunciarse en ese campo del
pensamiento de la historia (conforme la obra de Carlyle)
[*]. El cortador (tailleur) recortado
(retaillé) sería de alguna manera, el anuncio y la pre-figura
de lo que con Marx y Freud el sujeto sublima. Seguramente
hay algo de eso, hay algo en el análisis
que hace eco a la filosofía de los hábitos,
no es para nosotros el entrar en el análisis con el término de
disfraz en francés (Verkleidung), hay que hacer otra
cosa con algún hábito. La frase
de una reina difunta hablando de su hijo:"Bien cortado,
pero es necesario volverlo a coser".
Todo está en el campo, en el análisis,
en la eficacia del buen corte, pero también en considerar el modo en que
es hecho ese corte. El permite a la vestimenta volverla de otro
modo. El Sartor Resartus [*]
del cual quiero hablar hoy, lo puntualizo, no es el paciente,
no es el sujeto: es el analista. Lo que quiero tratar de hacerles vivir un instante,
y de imaginar para ustedes, es una cierta
dificultad que tiene el analista con su propia teoría.
Tomaré esto de
un número de la "International of Psychoanalysis", dando
cuenta del congreso de Estocolmo. Es la obra de una joven mujer,
donde en el límite del momento, donde el término joven comienza
a tomar un sentido más fluído. Ella no es una joven analista,
está, cuanto menos, en una posición particular, en un medio de
la comunidad analítica, digamos, que en la sociedad inglesa, ella
representa una suerte de bebé de todos. Es muy activa, muy aguda,
muy inteligente, no sin alguna audacia, de la cual lleva la traza
el título de su comunicación, en tanto pone en cuestión uno de
los términos tejidos, integrados, del modo más corriente en la
experiencia psicoanalítica. Se desarrolla en un campo educacional,
brevemente, un estilo bien inglés del psicoanálisis. Hablar de
ese estilo no es solucionar las orientaciones doctrinales que
pueden plantearse en el interior de ese propósito general.
El título:
"Explotación inconciente del mal padre para mantener la
creencia de la omnipotencia infantil". Se trata aquí
de mostrarles por qué camino un práctico viene a poner en duda
eso, alrededor de lo cual gira todo lo que se le enseña como siendo
el resorte de la experiencia analítica, en razón de los caminos
de esta enseñanza, en esta dirección que lo ha conducido. Ella
se da cuenta que todo lo que se dice ordinariamente de la transferencia,
a saber, error sobre la persona, reproducción de las experiencias
hechas con los padres en la relación con el analista, ha conducido
a poner el acento, de modo más prevalente,
en los efectos que se prosiguen en el desarrollo del sujeto, que
puede llamarse un condicionamiento emocional inadecuado. Se conduce
más y más a los espíritus por una vertiente genética en que el
buen padre no se inquieta en aportar a cada fase del desarrollo
del niño ese algo que no producirá lo que se llama disturbio,
perturbación emocional. Al centrar el asunto alrededor
del ideal de la formación afectiva donde de lo que se trata es
de algo de una relación entre dos seres vivientes, el uno
teniendo necesidades, el otro para satisfacerlas. De alguna manera
la desembocadura, la buena formación está allí suspendida
a concepciones de armonía, de etapas, senos, que un analista
educado en ese
baño, -no hay lugar para sorprenderse pues esa vertiente, esa
pendiente no es, cuando menos, mas que el bajo de una pendiente-
el análisis no tiene ninguna salida de allí y lo que tenemos que
tratar no es eso, hacia lo cual su práctica, en un cierto campo,
un cierto medio, viene a puntuarse fascinada.
Es muy seguro
que partimos de otra experiencia, a saber que si aparecía como
el resorte perceptible de eso de lo cual se trata, a saber: la
ectopía de una respuesta en el niño, a esos pretendidos malos
(...) aturdimiento del análisis que se llama la
transferencia.
Es necesario
saber si se le acuerda importancia a mis fórmulas, si ellas pueden
ser aplicadas, reducidas, soy yo mismo quien ha aportado esta
traducción: transferencia, ésto es
engaño en su esencia. Si ello es así, se debe poder dar figura a la equivalencia: neurosis de transferencia,
neurosis de engaño. Tratemos:¿quién se engaña?
Si la transferencia es precisamente ese algo por el cual el sujeto,
en el alcance de sus medios, ha establecido su sitio
en el lugar del Otro, no hay necesidad de muchas
referencias para confirmárnoslo. Se trata de saber
si la interpretación de la transferencia que se limita
a constatar que lo que es allí de él figurado, representado en
el comportamiento del paciente viene de otra parte, de lejos,
hace tiempo, de las relaciones con sus padres. Si él lo interpreta
así, puede, quizá, favorecer ese engaño. Esta
es, al menos, la cuestión que seguramente yo destaco, pero que
por hoy, lo anticipo como siendo justamente la
cuestión promovida por nuestra esperanza del análisis,
por esta persona preciosa, de la cual, por azar, su nombre es
Perla.
Después
de algunas salutaciones a las autoridades de su medio, ella plantea
correctamente la cuestión: cómo discriminar, en el retorno
de la experiencia traumática en la transferencia, en la situación
analítica, la explotación dice ella -se expresa demasiado
bien- de esas experiencias traumáticas, para el mantenimiento
de la omnipotencia, o toda potencia, bien conocida en las referencias
analíticas comunes, que son las que pertenecen al niño y por otra
parte al inconciente. En otros términos, alguien, un analista,
plantea, en la pendiente del tiempo presente, la vertiente seguida
por la experiencia analítica, plantea
la cuestión de saber si, sin duda, esta
interpretación de la transferencia, que tiene todo su alcance
de experiencia rectificativa, de un juego que es importante, si
al limitarse a ese campo, no es para el analista en tanto que
aquí está el Otro, el Otro del sujeto cartesiano,
ese Dios, del cual les he dicho que no se trata tanto de
saber si es o no, engañador. Lo que Descartes
no promueve es si él no es engañado. Si Descartes no lo
promueve es por una razón: es que ese Dios no engañador, al cual él hace tan generosamente
remisión de lo arbitrario de las verdades eternas, ¿no ha sentido
desde siempre que hay, por parte del gran jugador, enmascarado
algún engaño? ¿Qué importa dejarle algún engaño si el del
Cogito le sustrae su certeza por Ser quien piensa res cogitans?
Dios puede ser el amo de
las verdades eternas, él mismo no está asegurado en esta remisión,
que él mismo lo sepa.
Es precisamente
de eso de lo que se trata para el analista, de saber hasta qué
punto eso de lo que se trata, es decir, la
estructura del sujeto, es algo que
se pueda, radical y puramente referir a ese doble registro
de una cierta normatividad de las necesidades, en medio de lo
cual intervienen de un modo más o
menos oportuno, incidencias que en otro tiempo se llamaban traumáticas,
pero que se tienden a llamar efectos del traumatismo acumulativo.
Hay, precisamente algo que no ha ido en un cierto momento. Si
no se sigue un camino peligroso para un cierto número de pacientes
en permitirse instalarse ellos mismos en una historia,
que configura el acomodarse a partir de la falta de ciertas exigencias
ideales, seguramente toda suerte
de insights, de puntos de vista, de aprehensiones, pueden instalarse
en esta función y este registro y no es más falso decir que el
yo puede unirse allí, hasta
remanejarse allí. Es precisamente lo que la figura -sobre
la cual me excuso de haber debido permanecer largo tiempo-
les ilustraba. Todo lo que se juega alrededor de la transferencia,
de las identificaciones, a la vez provisorias y sucesivas, refutadas,
que toman lugar, vendrá a jugar sobre la imagen i´(a)
y permitirán al sujeto reunir sus variantes. Pero ¿está allí todo?.
Si eso lleva a descuidar la función igualmente radical, la función
en el otro polo de lo que es más secreto, de lo que el análisis
nos ha enseñado a ubicar en el objeto a. Insisto. Si el objeto
a es la función que todo
el mundo sabe, está claro que él no viene en nuestra incidencia
del mismo modo en los diferentes enfermos.
Quiero decir que es exigible que en lo que va a seguir, les diga lo que es un
objeto a en la psicosis, la neurosis, la perversión. Eso
no es parecido.
Pero hoy, quiero
decirles cómo, en un analista seguramente sensible a su
experiencia, el objeto a
se le aparece; poco importa aquí que el caso con el cual ella
promueve sus reflexiones sea un caso border-line, con cosas
que se han hasta etiquetado: pequeño mal, a menos que eso no sea
crisis de despersonalización.
Un sujeto
que ha vivido hasta la edad de 14 años en la atmósfera de una
pareja entre la cual las tensiones permanentes, las detenciones
repentinas se producen más que numerosas, hasta que, teniendo
el niño la edad de 14 años, la pareja se disuelve. Tiene un hermano
mayor tres años.
Que se
lo llame esquizoide, por el momento que a ustedes importa, que
él sufra en el modo de ese sujeto que ponemos sobre el borde del
campo psicótico, de esta especie de falsedad resentida de su self,
de su sí-mismo, de esta puesta en suspenso, hasta de esa
vacilación de todas sus identificaciones, todo éso, para nosotros,
por el momento, es secundario. Lo que importa es ésto: que ese
paciente es psicoanalizado por la analista en cuestión con una
corta interrupción, durante diez años. Ella hace en 1954
una comunicación sobre él -eso parece ser a los 10
años-, lo que nos es relatado, es anterior.
Acerca
de ese paciente ella se ha destacado con lo que yo llamaría ese
pequeño aparato de radiación inconciente,
ese pequeño geiger. Dos fases de experiencia posible
con un tal sujeto, durante las cuales hay algo donde el sujeto
se presta al juego, en todo caso hace sorprendentes progresos,
y la analista es conciente. Quiero decir que ella
conoce bien todo ese efecto de falla, detrás de la cual ocurren
esos misteriosos cambios, eso por lo cual el analista sabe bien
que se sitúa su experiencia, del día al día de la experiencia
analítica, saben lo que el discurso del paciente les dirige a
ustedes directamente. Si eso marcha o si no marcha, lo que surge
como trampa de lo que nos es presentado, que es, a la vez, apertura
a la verdad, sabe bien cuando eso se produce.
"Pero hay períodos -nos dice élla-
donde yo siento nuevamente algo que conozco bien: me encuentro,
de algún modo, fijada por él". Como es necesario que ella ubique en algún lugar
el geiger,-eso le molesta- el paciente hace un bloqueo.
¿Qué es lo que aprisiona en el interior? A ella, la analista.
Ella ha
sostenido eso, de algún modo, durante diez años. No trato de ironizar
sobre los análisis que duran diez años, hablo de los analistas
que sostienen una situación que dura diez años. ¿Qué quiere decir
eso? Que en los resultados obtenidos, se ha dado al paciente el
campo y que después toda clase de cosas no han girado demasiado
mal, ha cesado de ser un beatnik, se ha casado, ha hecho cosas
consideradas generalmente normales. Es a continuación de
una de sus pequeñas crisis que sobrevino en el momento en que
él abatía un árbol, que eso le hace surgir, muy rápido, un estado
de pánico.
La segunda
vez el paciente está en el punto de no poder articular más una
palabra, de tener sudores profusos. Es sorprendente que en esas
condiciones el analista se introduzca demasiado bien en el campo
de los medios oficiales, tomando la parte de hacer lo que se podría
llamar una subversión del caso. Ella toma al paciente en cara
a cara. Allí ocurren cosas enteramente curiosas. Si al nivel de
su comunicación ella dice que uno se ha extraviado, quizá, durante
diez años, en dejar ponerse el acento del lado de los estragos
de los padres, del padre, en la ocasión, la cosa es quizá imprevisible,
en la teoría ordinaria. Digamos que la parte sana del yo del analista
ha debido hacer lugar a una parte supersana. Quizá pone en cuestión
que el padre esté en el origen de los estragos. Lo que es sorprendente
es que, en sus distinciones más y más le ocurre -que va
a hacer la analista que, de algún modo, cosa bastante interesante
en su propia relación- una palabra de ella misma de la cual
ella recibirá el mensaje secundariamente. Le ocurre un día decirse
que el paciente debe tener gran necesidad del padre no satisfaciente.
Ella se lo dice.
Ante las
declaraciones de ese paciente, que son declaraciones de las cuales
no habría lugar a sorprenderse viniendo de un sujeto psicótico
que tiene la sensación cuando eso va bien, que no es él, que él
está en otra parte, se puede dejar pasar eso, se puede también
uno preguntarse hasta dónde, en qué medida el análisis ha reforzado
el lado falsificado de la identificación fundamental del paciente.
La analista
percibe todo eso, percibe sin duda, con algún retraso que esta
relación deteriorada con el padre todo lo que se puede aprehender
de ella cuando se está al alcance de ver su signo, su resorte,
es que el paciente ha hecho todo para mantenerla -en el
rol del analista más bien-. El vuelco que se produce es
el de preguntarse por qué el paciente, en suma, por una suerte
de retroceso que le viene de una vuelta en que ella se ha dejado
enviscar durante diez años, ¿por qué el paciente, digamos, por
lo menos ha sido también cómplice del mantenimiento de esta mala
relación? Es aquí, que no es necesario decir que, percibiendo
esta posibilidad, la disección que ha hecho de ello la analista
sobre la vía de esta revisión desgarrante, es enteramente insuficiente
para percibirla ustedes. Es necesario que yo mismo formule, quiero
decir de un modo no decisivo, de algún modo radical, sino al nivel
de eso de lo cual se trata, a saber, del deseo. Allí, aún, si
se le da un sentido a las fórmulas que he anticipado, si se puede
admitir que en un rodeo, digo que el deseo del hombre es el deseo del Otro, si es de éso de lo
que se trata en el análisis, ¿dónde se presenta ese deseo del
Otro?
El deseo del Otro se presenta en ese campo radical donde el deseo
del sujeto le es irreductiblemente no anudado,
sino precisamente en esa torsión que trato de representarles
aquí con mi botella. Esto es insostenible y exige intérprete,
intérprete mayor, aquél con el cual no hay cuestión: ésto es la
ley.
La ley soportada por algo que se llama: el nombre del padre.
Es decir
en un registro enteramente preciso y
articulado de identificación, sobre lo cual fui
impedido de puntuar los hitos mayores, con la consecuencia que
no lo haré de inmediato.
Lo que veremos es que en la transferencia siempre se trata de suplir ese
problema fundamental por alguna identificación: la ligazón del
deseo con el deseo del Otro. El otro no es deseado en tanto
que es el deseo del Otro quien es determinante, ésto es en tanto
que el Otro es deseante.
En su momento lo he articulado alrededor
de "El Banquete" [**].
Alcibíades se aproxima a Sócrates y quiere seducirlo
para arrebatar su deseo y toma la metáfora de la cajita en forma
de sileno, en el centro de la cual hay un objeto precioso. Sócrates
no posee otra cosa que su deseo. El deseo, como Platón
mismo lo articula en Sócrates, no se atrapa así, ni por
la cola, como dice Picasso, ni de otro modo, en tanto que
el deseo es la falta.
Se
habita el lenguaje. Fui llevado a decir que hay en Heidegger,
en alguna parte una sugestión, que hay allí una salida a la crisis
de la habitación; pero no se habita
la falta; la falta, por el contrario puede habitar en cualquier
parte. Ella habita en el interior del objeto a, no en el otro
espacio en el cual se despliegan las vertientes del engaño, sino
el deseo del Otro está allí oculto en el corazón del objeto.
Aquel que sabe abrir con un par de tijeras
el objeto a, de buena manera, aquél es el amo del deseo.
Esto es lo que Sócrates hace
con Alcibíades en menos de dos (...), diciéndole: "Mira
no, lo que yo deseo, sino lo que tú deseas, y mostrándotelo, yo
lo deseo contigo; es ese imbécil de Agatón".
Entonces el paciente, luego de una
sesión, que analizada largamente por nuestra analista, aportará
el síntoma siguiente: las cosas están en tal punto para él que
no puede sostener un tenedor sin apercibirse que él querría, a
la vez, pinchar el pan y la manteca, que están hechos para juntarse,
pero que están sobre platos separados. Lo que es instructivo es
ver que, poniéndose a sus anchas, en la actitud de ese cara a
cara, nuestra analista le responde: "La parte de usted
incapaz de ir mejor, que ha hecho alianza conmigo y se tiene por
encima de la cabeza del modo en que usted continúa siendo incapaz
de hacer un paso hacia lo que le falta; éste es el statu quo,
y el modo en el cual usted no puede avanzar para aprehender un
objeto que desea. Es como una confesión de placer, su boca hambrienta
de bebé, en los dos. Como usted no puede hacer más que una cosa
a la vez, el otro va a sucumbir en el hambre y va a morir por
ello. Es por lo cual le he puesto a la espera de conservar el
statu quo y de no sentir lo que usted puede hacer, pues eso significaría
que uno de ustedes, self (yo) sería abandonada para siempre y
muera de hambre".
Interpretación de la cual puede decirse
que es demasiado circunlocutiva, que ella busca reunir, en un
tirón de ala, aquéllo de lo cual se trataba en la partida:
la demanda.
No
sólo la demanda, sino precisamente eso hacia lo
cual converge todo análisis de la demanda; como la demanda
en el análisis está hecha por la boca. Uno se sorprende que lo
que salga al fin sea el orificio oral. No hay otra explicación
al muro, pretendidamente regresivo, que se considera como
necesariamente obligatorio de toda regresión en el campo analítico.
Si cesan ustedes de tomar por guía demanda con identificación
y transferencia, no hay ninguna razón de culminar en la demanda
oral.
El
circulo de deducción es circular y la única cuestión es saber
en qué sentido se lo recorre. Se lo recorre obligatoriamente de
un extremo al otro. En un análisis se tiene el tiempo de hacer
varias veces el giro. Por una especie de sensación de palpar
justo aquéllo de lo cual se trata, ella distingue algo que es
otra estructura, ésto es que la demanda oral se produce por el mismo orificio
invocante. Hay dos bocas.
Todo eso es ingenioso pero farfulla
lo esencial, a saber: que en un síntoma parecido, el síntoma largo
tiempo ubicado que hace el enigma de los filósofos, el de Buridan [***],
o sea el desdoblamiento del objeto y no del objeto de la libertad
más que de la diferencia, la referencia esencial que es dada por
el sujeto es que se trata de otra cosa que de la
demanda, pero que es el deseo y que ella no sabe dar allí el buen golpe de
tijeras. Tendré que volver sobre ese caso.
Desearía que el tiempo no se alargara
tanto en vuestra memoria para que no perdieran el hilo. Lo que
vamos a ver como esencial es que en ningún momento, después de
haber tenido esta inspiración, (...) que lo que el sujeto ha mantenido
a través de toda su historia, es la necesidad de mantener su captura
sobre el adulto. Las tinieblas son tan espesas sobre las exigencias
infantiles que la analista no entrevé hasta lo que, sin embargo,
está articulado de todas maneras en su observación, ésto es que,
en ese caso, y por relación a su padre,
un padre depresivo, es decir en cuya economía, el objeto parcial
tiene una importancia prevalente. Esto es, que el paciente, como
todo niño, pero más que otros justamente en razón de esa estructura
del padre, el paciente, lo repito, como todo niño, deja en grados
diversos, el paciente es, él mismo, ese objeto a. La
captura del niño sobre el adulto y todo lo que hay
en el mito del niño -como lo expresaba la analista en lo
concerniente a su toda-potencia - no tiene de ningún
modo el resorte de una pretendida magia, todo el mundo es capaz
de hablar ese lenguaje, no es un don. Hay momentos en que la analista
llegará a decir: "Esos pacientes tienen un modo de provocar
en mí un matiz sentimental que hace que yo los crea."
Es en el hecho de creerlos que yace el
resorte fatal. Ella sabe que cuando uno les cree, los pacientes
se dan cuenta de ello, cuando los engañan se sienten recompensados.
No hay otra fuente de la toda-potencia
infantil, y no diré las ilusiones que ella engendra de su realidad,
que el niño es el único objeto a, auténtico, real; inmediatamente
a ese título, él contiene al deseante.
Hasta el fin
de esta reanudación de la observación, de esta colección que se
termina en una suerte de satisfacción general, de happy end, tan
ilusorio como el resto, ella no se da cuenta de lo que se trata
verdaderamente. Cree, que el arma del paciente, eso deviene el
mal niño, estaba en reducir a su padre a nada, de reducirlo a
ser un mal objeto, entonces, que él no tiene nada de semejante
a eso. De lo que se trata, no es del
efecto que el niño trata de producir, sino del efecto que
resiente él de ello, a saber, de estar ubicado en ese punto ciego
que es el objeto a y si la analista hubiera sabido justamente
ubicar la función de su deseo, ella se habría dado cuenta
que el paciente hacía efecto en ella misma. Esto, a saber, que
ella era transformada por él en objeto a y la cuestión
es saber por qué ella ha soportado diez años una tensión
que le era a ella misma tan intolerable, sin preguntarse qué goce
encontraba allí, ella misma.
Allí
se puntúa lo que se llama más o menos legítimamente contra-transferencia
y como es siempre de eso de lo cual se dice, en
la neurosis de transferencia, que es el resorte de los análisis
interminables.
La neurosis de transferencia es una neurosis
del analista. Se la evade en la transferencia en la medida en
que él no está en el punto en cuanto al deseo del analista.
[*]
Referencia a la obra literaria "Sartor
resartus" (s. XIX) de Thomas Carlyle. Traducción posible
de ese título -que pierde la sonoridad homófonica del latín- 'el
sastre remendado'.
[**] Referencia al Seminario VIII.
[***]
Referencia a Jean Buridan, docto
escolástico del siglo XIV (1300-1358). Rector de la Universidad
de París, se le atribuye el argumento conocido como "el asno
de Buridan", que ilustra la situación de un hombre que duda
al ser solicitado desde dos lugares al mismo tiempo. ¿Por qué
comenzaría un asno igualmente apremiado por el hambre y la sed
y que se encontraría a igual distancia de un balde de agua y un
montón de avena? Se trata aquí del problema de la libertad indiferenciada.
Traducción: Ana María Gómez.
Revisión, destacados y notas: Sergio
Rocchietti
Corrección del texto: Cecilia Falco
Con-versiones mayo 2005