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"Pisa Pisuela"
Sergio Rocchietti

Alejandra Pizarnik

Vieja melodía infantil que se canta para
elegir compañeras de juego: "Pisa,
pisuela,color de ciruela, vía vía en este
pie, no hay de menta ni de rosa, para mi
querida esposa, que se llama Doña Rosa
y que vive en Mendoza".

I. El anuncio

Alejandra Pizarnik, una mujer una poeta, está muerta.
No es muy importante decir esto, ni siquiera le interesará a mucha gente saberlo. Habrá otra que la leerá y para la mayoría no habrá existido jamás.
Algunos dirán: "triste destino el del humano, nacer, crecer, morir y ser olvido".
Otros destacarán: "¡no!, no será olvidada".
Dejemos de lado la discusión, estéril por lo demás, acerca del olvido y del recuerdo. Ya la podemos encontrar en la Ilíada y debemos confrontarla a la lectura de Petrarca, especialmente en "Los triunfos", para darla por terminada antes de iniciada. El tiempo se encarga de todo, hasta de nuestras conjugaciones, verbos en pasado, presente o futuro. El tiempo se encargará de todo y de todos, hasta de comerse nuestros recuerdos y hasta de comerse nuestros olvidos. Y también los de ellos, de los que vendrán, de los que aún no han llegado, pero llegarán.

Quizás se diga también: "Bueno, una pequeña mancha de melancolía siempre es esperable en los espíritus tristes". Durante siglos la melancolía ha sido una eficaz compañera del llamado "genio".
Una mujer, una poeta, ha muerto. Y ha muerto por su propia mano. Por la decisión de su propia mano. De su propia mano en su propia vida.
¿Propia vida?
Dejemos, es demasiado temprano. Estamos en el umbral. Sopesemos nuestras palabras, vale la interrogación también aquí: ¿nuestras? palabras.
Propia vida, vida propia. Nuestras palabras ¿nuestras? palabras. Incluso arriesguemos: ¿palabras?

De opiniones que de comunes tan comúnmente causan la ignorancia y así se transita hasta el final: "el que se suicida no tiene el valor de seguir vivo". Fácil. Fácil comunidad de los que insensibles no sienten pero hablan, y comúnmente hablan para no decir nada, que los perturbe, que los aparte, que los aleje. Sí, de eso, de eso mismo, que común, nos hace: idénticos, iguales, mansitos por masificaditos. Igualitos, que bien se refuerza con el diminutivo que debiera ser diminutivito.
Va otra (opinión) con tinte intelectualoide (que rima con metaloide): "A. P. estaba fascinada con la muerte". Hablar así es no decir nada. ¿Hasta cuándo tendremos que seguir aceptando el juego banal de interpretaciones simplonas que quieren adquirir un vuelo que jamás tendrán cuando nos referimos a las existencias? ¿Tanta secularización ejercida desde el siglo XIX no se detendrá más ni siquiera ante la consideración de lo sagrado de una vida? ¿Y qué es eso sagrado de la vida? Esa misma vida. Esa misma vida considerada como una existencia. Como una existencia otra. De otro. De otra (para hacer coincidir los géneros).
Lo sagrado no es religioso. Lo sagrado es detención y consideración. Lo sagrado es avance en otros tiempos. Con otras palabras. Con otros modos. Primero, el del cuidado. Cuidar a, no cuidarnos de.

Sigamos. "A. P. Estaba fascinada con la muerte". Agreguemos: ¿a qué mortal no lo atre la muerte? Si lo designamos mortal es porque sabemos que la muerte, en el mejor de los casos, será tratada como un problema, como una idea, y por supuesto que no, como una experiencia, ya que es una idea que experimentada nos deja fuera de la posibilidad de seguir conceptualizándola. Agreguemos también: tonterías. Cuando alguien nos propone una frase así, atendámos más hacia la proveniencia, hacia aquél que la emitió, que hacia lo que allí es dicho. No reposemos más que un momento antes de preguntar: ¿qué muerte es la mencionada por A. P. en sus poesías? ¿la de ella? ¿la nuestra? ¿la de todos? ¿la que nos imaginamos en nuestras pesadillas? ¿la que pensamos? ¿la que tememos?
No.
La palabra "muerte" escrita en las poesías de Alejandra Pizarnik es un trazo de lo innombrable de cada muerte, de lo indecible y de lo inaudible, pero algo en ese trazo hecho con jirones de tiempo y vida, marca y lanza, golpea y resuena. Da a oír.
Ese trazo no visible a simple vista es trazo de una palabra repetida, reiterada y a menudo encontrada en sus poesías. Un trazo que se desliza y se metamorfosea en una identidad siempre constante en su materia fónica, mas siempre cambiante en su anudar, en su soltar.
En lo literal, "la voz decía sobre el despertar y sobre la muerte" (pág. 331) o en lo figurativo que hace imagen: "pájaros parados en el aire son a mis ojos // lo que flores en la mano de un muerto" (pág.329), pero nunca es propuesta una fascinación sino que lo provocado es: un encuentro.
Un encuentro bajo la forma múltiple del trazo, que incandescente no podrá ser arrojado lejos sino cuando entremos en lo oscuro de la noche sin día.
Mientras tanto el poema: ¿flores en la mano de un muerto?

Una mujer una poeta ha muerto por su propia mano. Ese fue su acto. Final. Y lo respetamos. Porque sabemos del alto grado de dolor y dolores que llevan a su realización. Luego nada. No más trazos. No más voces. No más noches. No más oscuro. Nada.

Dicho esto podemos iniciar nuestra lectura. Podemos empezar a oír. Algo puede empezar.     

II. El dolor

En un diálogo de A.P. con María Isabel Moia se dice lo siguiente -es lo que nos guiará: una cierta entonación, un cierto énfasis, en definitiva una cierta decisión que no es sino una elección, podría haber habido otras- :
M.I.M. ‑ Mientras contestabas a mi pregunta, tu voz en mi memoria me dijo desde un poema tuyo: mi oficio es conjurar y exorcizar.*
A.P. ‑ Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo (cf. Kafka). Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.
M.I.M. ‑ Entre las variadas metáforas con las que configuras esta herida fundamental recuerdo, por la impresión que me causó, la que en un poema temprano te hace preguntar por la bestia caída de pasmo que se arrastra por mi sangre.* Y creo, casi con certeza, que el viento es uno de los principales autores de la herida, ya que a veces se aparece en tus escritos como el gran lastimador.*
A.P. ‑ Tengo amor por el viento aun si, precisamente, mi imaginación suele darle formas y colores feroces. Embestida por el viento, voy por el bosque, me alejo en busca del jardín.
M.I.M. ‑ ¿En la noche?
A.P. ‑ Poco sé de la noche pero a ella me uno. Lo dije en un poema: Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.*

Los asteriscos [*] corresponden a líneas escritas efectivamente por A.P. Hemos destacado sólo una frase que es la que consideramos eje. Eje que atraviesa (que organiza) la existencia misma de A.P. Existencia misma que es considerada en sus letras de escritura y en ningún otro lugar y que no es la existencia de A.P. en su vida sino en ese texto que no es ella pero la hizo ser y la causó a ser y venda y herida. Así tal cual. No puede ser dicho de otro modo. Debemos alterar la gramática para hacer sentir 'de' la existencia.

Esa escritura de sutura, de cirugía, de reparación, esa escritura de obsesión, de tiempo y gasto, de gesto y minuciosidad. Esa escritura que quiere y no puede que puede y no quiere curar. Curar de la herida. Curar de las heridas. Que son, que hacen. Que cierran y se abren.
Y llegarán. Otras. Sobre las cicatrices. Sobre esa herida fundamental. Que lastima al fundamento, que es herida fundamental. ¿Cuál es? ¿De dónde es? ¿Es o son? esas heridas.
Desgarradura, desgarraduras. Del velo, del cuerpo. Hemos sido heridos, y no lo sabemos, ni cuando, ni donde, ni por quien o quienes. Hemos sido heridos y ahora somos herida. Dolor.
Es destacable que la palabra dolor haya sido ausentada de su escritura. La gran ausente: la palabra dolor.
No así sufrimiento. En 'Arbol de Diana':
Pero con los ojos cerrados y un sufrimiento en verdad demasiado grande pulsamos los espejos hasta que las palabras olvidadas suenan mágicamente.

Ser poeta ¡que ironía! Nadie puede serlo. Ser poeta es la identidad boba de un género literario. Y a propósito que linda palabra es 'boba', hasta es una palabra boba 'boba', bbbbbobbba, es una palabra bombé, softly, suave, redondeada y no deja de ser linda porque es expresión pura de sonido, explosión de bbbbb.
Con los ojos cerrados como los poetas antiguos ciegos ante las imágenes del mundo, vueltos hacia el interior de sí para estar atentos a esa caverna del interior, que da a oír los ecos de las Musas. Y con un sufrimiento grande en verdad grande para ser llevado por una persona, para ser con uno, uno y el sufrimiento, pulsamos las formas de las superficies de reflejo y espejo como instrumentos músicales oh, Musa, hasta que las palabras olvidadas por los otros, gastadas por las bocas y el tiempo, arrojadas a los rincones, retornen con soplos nuevos y sonidos actuales, hasta que calmen al insomne y nos hagan dormir y quizás soñar nuevamente.

III. Archivo de sangre, sufrimiento y no dicho (dolor):

En 'Pequeños cantos' se oye decir:
[...]

nadie me conoce yo hablo los muertos

[...]

sólo palabras
las de la infancia
las de la muerte
las de la noche de los cuerpos

[...]

el centro
de un poema
                            es otro poema
el centro del centro
                            es la ausencia

en el centro de la ausencia
mi sombra es el centro
del centro del poema

[...]

Cubres con un canto la hendidura.
Creces en la oscuridad como una ahogada.
Oh cubre con más cantos la fisura, la
                                     hendidura, la desgarradura.

[...]

una idea fija
una leyenda infantil
una desgarradura

[...]

qué es este espacio que somos

[...]

no
las palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?

En Inéditos se agrega a lo anterior:

Lo que se ve, lo que se va, es indecible.
Las palabras cierran todas las puertas.

[...]

El poema es espacio y hiere.

[...]

Yo preparo mi muerte.

No se elige ser poeta. Ni se lo es hemos dicho. Otros dirán desde la simplificación lo que no se puede pronunciar sino en voz baja. En baja voz: maldita bendición bendita, bendita bendición maldita. Repetir como en un rezo infinito para exorcizar tamaña condena.
Y también hemos dicho una mujer una poeta para indicar en una dirección de la cual no queremos apartarnos. No cualquiera puede decir lo que A.P. escribió en lo que hoy es su Poesía Completa; podríamos haber indicado en la dirección de una mujer 'un sufrimiento demasiado grande' y no nos equivocaríamos, creemos. También dejamos librado a la lectura de cada quien las palabras que citamos de A.P.(las que anteceden) habiendo hecho decisión de una elección previa y en ese decidir hemos tendido hacia un acentuar. Hemos acentuado la vertiente del dolor de una mujer que dio forma poética a ese dolor. Dar forma poética es recobrar la antigua palabra griega 'poiesis' que significa crear. Crear de un dolor forma, crear con dolor formas. Formas que no tenían existencia antes de su creación. De su creación de viento. O no son las palabras tenues hálitos de viento, soplo apenas distinguible de fuerzas insondables. Pequeñas o grandes palabras, pequeños o grandes soplos, pequeñas o grandes emociones.
No hemos querido avanzar hasta ahora lo que es para nosotros la verdadera relación de ese dolor. No un dolor en general. No un dolor inespecífico. O específico. No. Queremos acercarnos a la autenticidad de ese dolor que los antiguos griegos también, siempre ellos, qué se le va a hacer, están en el origen, origen de ficción, pero origen necesario y fundante, recuérdese aquello de la "herida fundamental" del dialogo citado anteriormente; la autenticidad de ese dolor que no es sino 'dolor de existir'.
Váyase a los coros de las Tragedias griegas o a sus diálogos, a la poesía lírica o a Pessoa y se encontrará aquello que es audible. ¡Pero como! Existir ¿duele? Sí. No es necesario Otto Rank y su "trauma del nacimiento" para enterarse, alcanza con vivir para llegar a la mínima afirmación de que existir duele. Y también que existir alegra. En ocasiones. El dolor es abundante y no  meramente bajo su forma primaria, dolor del cuerpo, sino bajo todas las formas posibles de la inquietud o el desasosiego, el tedio o la abulia, la angustia o el pánico. Existir duele si no podemos hacer algo con ello y por más que hagamos siempre habrá algo no decible y algo sensible en ese dolor de vivir, en ese dolor de ser. De ser humano hablante. De ser. De ser con y de estar en el mundo. De haber nacido y de haber conocido.
Con ese dolor algunos intentan escribir. Desde ese dolor algunos intentan curarse escribiendo "mi oficio es conjurar y exorcizar" dice A.P. y agrega "reparar", el poema intenta reparar la hemorragia de la herida fundamental que es la conciencia de ser, que es tener conciencia de que uno es. ¿Pero por qué el humano padece por ser? ¿por qué? exasperemos nuestra pregunta: ¿POR QUE? Hagamos silencio. Y digamos: es así. Padecemos por ser, porque "anudamos nuestra vida a espasmos y enigmas"[**]. No queremos y no creemos que se trate de cuestiones metafísicas. No podemos simplemente ser. Ser simplemente junto a las cosas. Junto a las otras cosas del mundo. Maldita bendición bendita, bendita bendición maldita: hablamos. Y hablando anudamos, tejemos, soldamos, fundimos, nuestra vida a espasmos y enigmas.
Y hay otros. Para otros el amor sin poema. Para A.P. el amor con poema y con letra y con destinatarios. Y con sangre. Y con huracán, viento y noche. Ser oscura oscuridad, disuelta en el fondo de la luz, disuelta en el centro del centro del centro que es un poema, disuelta en el centro del centro del centro que es un yo que se ausenta, que es una ausencia central, otro nombre de la herida. ¿O acaso pensaron que la herida fundamental tiene un solo nombre? No. Cada palabra es una ausencia y cada palabra es una presencia pero es una presencia de viento, en forma de sonido y viento. De emisión tenue y alada, sombra también, viento de la noche. Parafraseando a A.P.: si digo amor ¿amaré?

[**] Estamos citando una maravillosa frase del escritor norteamericano Cordwainer Smith:
"Oímos tus palabras pero no sabemos de que hablas. ¿Tratas de contarnos que se siente al vivir? En tal caso ya lo sabemos. No mucho. Nada especial. Los pájaros también tienen vida, y los peces. Sóis vosotros, los hombres quienes pueden hablar y anudar la vida en espasmos y en enigmas".

IV. El tiempo

Oigamos aún algo más. En 'Las grandes palabras' se puede escuchar lo siguiente:

aún no es ahora
ahora es nunca

aún no es ahora
ahora y siempre
es nunca

Hagamos otra interrogación. Hay lo que merece ser interrogado y hay lo que nos merece ser dejado en un silencioso fluir. Junto a las cosas, entre los seres. Mas hagamos la pregunta dirigida ahora al título: ¿cuáles son las grandes palabras? Aún, ahora, nunca y siempre, responderemos. Adverbios de tiempo. Y arriesgamos acercar que la gran palabra de las grandes palabras es: el tiempo. O mejor, tiempo. Y agregamos: nosotros. Cada uno de nosotros. Nosotros y el tiempo. Y ya llegamos, nuevamente, a los adverbios de tiempo. El uso de los adverbios, lo sepamos o no ¿qué? que estamos empleándolos, nos tranquiliza. El uso del lenguaje, el uso que hacemos del lenguaje, al que utilizamos simple y casi 'naturalmente' sin preguntarnos ni preguntarle, nos tranquiliza. Surge así el cálido dominio que hacemos y ejercemos sobre aquello que nos es conocido.
Sin preguntarnos sobre lo que estamos haciendo al decir lo que estamos diciendo. Sintiendo esa suave tibieza de lo familiar por haber sido ya utilizado y sabido. Nos volvemos a encontrar con lo mismo, creemos. Sin preguntarnos y sin preguntarle a otros, del lenguaje.
Sin preguntarle al lenguaje de qué nos habla, de qué habla.
¿Y cómo se le pregunta al lenguaje?
Se lo hace no en abstracto; al lenguaje como tal no podemos llamarlo, no podemos convocarlo (esa es una de las tareas de la lingüística y sus estructuras). Lo que sí podemos hacer es interrogar lo que es dicho por medio de la emisión fónica de alguien o recuperando los sonidos de un texto y ejerciendo alí nuestra interrogación. Texto o voz, texto y voz, lo que se escribió, lo que se dijo, puede ser interrogado. Y aún más, si consideramos que nuestra pequeña interrogación adquiere grandes voces o susurros no por eso no estaremos interrogando con ellas al lenguaje. Al lenguaje, capacidad del habla de alguien, -aunque no nos detengamos en el alguien porque lo sabemos claudicable, efímero e ilusorio- podemos interrogarlo. Y en ese mismo momento estaremos convocando a todo nuestro 'sueño de lenguaje'.
Regresemos entonces y hagamos la pregunta que nos hacemos también nosotros ¿y cómo se le pregunta al lenguaje?
Oyéndolo.
Oír. Oír el lenguaje.
Oír el lenguaje es preguntarle al lenguaje.

Algunas veces podemos ser llamados a oír el lenguaje porque allí algo nos convoca con esa voz del lenguaje en el lenguaje. Las llamadas casi siempre son singulares y si no nos oponemos acudiremos a ese lugar. Un lugar de encuentro que comienza cuando algo en nosotros es sorpresa o asombro quizás molestia o incomodidad, cualquier comienzo puede llevarnos a la atención de lo que clama o implora o insiste en ser escuchado.

Ya está hemos llegado. Hemos sentido y hemos oído. Nos detenemos.
Oír el lenguaje es detenernos. Oír el lenguaje es detenernos si no hemos proseguido como si nada hubiera sucedido. Oír el lenguaje es detenernos no en la atención sino en la espera.
Hacemos silencio y esperamos. Para eso nos hemos detenido, hemos salido de lo habitual, de los hábitos, de la continuidad, de esas espesuras de superficie que son delgadas como el hielo sobre los lagunas en invierno. Y que pueden romperse con facilidad pero que no lo hacen sino hay suficiente peso sobre ellas. Los hábitos, lo habitual y sus rupturas, ése es otro tema. Ya hemos llegado a las otras riberas, a las orillas que nos acercan a los acontecimientos hasta entonces inauditos y ahora seguimos las señales sonoras que alteran.
El primer paso en esa dirección es no darlo, es atender sin atención. Es oír lo que se pronuncia. Lo que se pronuncia en el lenguaje.
Oír.
Oír el lenguaje.
Oír el lenguaje es preguntarle al lenguaje.
Preguntarle al lenguaje es oír lo que se pronuncia en el lenguaje.

Habiendo oído 'Las grandes palabras' decimos que: 

aún no llegó el tiempo del ahora
ahora es lo que no llegará nunca

aún espero un ahora que no llegará
ese ahora de lo que no llegará
es siempre

siempre es nunca para mí

Habiendo oído decimos. Decimos sin saber porque y aún decimos que. Que pudimos oír lo que hemos escrito de aquellas grandes palabras. Y quizás hayamos reunido un tiempo de la existencia con un tiempo de las letras. No lo sostendremos con firmeza; escribir tiene algo de la Penélope de la Odisea, se escribe y se teje, y luego se desteje. Eso es un asunto de archivo, de memoria y olvido. De incisión y lisura. Desliz o caída.
Se desteje sólo. Se deshace (pronunciado así: des-hace). Solo. El texto es criba de cuerpo (escriba), tamiz de cuerpo. Un cuerpo tamizado por las letras es un cuerpo sangrante y sangrado. Bendito y curado, maldito y sangrado, sangrando. Voz con voces. Desliz de resbalar a otro paso y a otro. Se camina o se resbala para no apartar el pie del bendito (bien dicho) suelo. Se cae en las incandescencias desde las letras hacia las hogueras.

El primer paso en la dirección de oír el lenguaje es detenerse. Detenerse también es poder hacer algo con el tiempo y con el lenguaje. Nuestro tiempo o mejor, nuestros tiempos están engarzados en los tiempos de los lenguajes (el lenguaje como sueño de lenguaje), alguien dirá: 'la gramática', y se olvidará de lo que la gramatica tiene de grama, de huella, mas no por eso se equivocará, la gramática es nuestra entrada a los tiempos, pasado presente y futuro con sus conjugaciones, ya hemos aludido a los adverbios, y todo ello es cierto, y funciona, y tiene eficacia, y sin embargo, no hemos considerado aún el tiempo en la existencia, no lo haremos. Estamos delimitando con cuidadosa precisión o con prisa feroz que la consideración del lenguaje es con el tiempo. Tiempo de la acción de un detenerse. De la voluntad de un esperar. La consideración de un tiempo de la existencia no puede realizarse sin las letras que hacen marca en ese tiempo y por ello las huellas (grama) perduran un instante en la playa mojada. Serán borradas de cualquier superficie de inscripción. Con el tiempo, aquí ya se trata de otro, de otro de los tiempos, es inútil catalogarlos, vano ejercicio. Lo nombramos: aión. Tiempo de lo eterno, sueño de lo eterno. Sueño, no dormir sino soñar. Retomamos a Petrarca en sus 'Triunfos', el tiempo es el que siempre triunfa. Y también ¿por qué pelear contra el tiempo?, ¿por qué?, ¿por no mortal serlo?   
El tiempo y el espacio son dos grandes -ahora sí, antes no, cuando planteabamos de la existencia- problemas metafísicos, no son tales cuando se puede percibir su relación con lo vivido. No hay nada más vivible que el tiempo y el espacio. Kant los señala como los a priori trascendentales; tiempo y espacio. Es simple, somos en el tiempo y somos en el espacio. Somos en y entre los tiempos, somos en y entre los espacios. Y ahora, ya no más metafísica, palabra de un bibliotecario alejandrino que para ordenar los textos de Aristóteles, aquellos que estaban despues de la Física, dijo: los que están más allá de la física son los de la metafísica. Larga tradición lo avala, hoy. Hermosa palabra: metafísica, llena de tiempos y de vientos, de palabras pronunciadas, sopladas y escritas sobre, en la metafísica, en aquello que está más allá de lo que aparece en el mundo. Y para nosotros lo que aparece en el mundo es un poema. Y si ese poema dice, algo resuena en nosotros, letras de fuego, gritos y laceraciones junto a los pliegues del silencio y las honduras de lo no visible. La metafísica nos hace pensar, el poema nos horada. Nos socava, nos infiltra otros significados, otros sentidos.  

El primer paso en la dirección de oír el lenguaje es detenernos. Detenernos a oír las resonancias. Una dirección; hay direcciones en un espacio no recorrido con el cuerpo pero sí vivido en la intensión de esa dirección, ¿dónde? en ese lugar, en esa caverna, en esa bóveda, donde las acústicas resuenan de otro modo que el de lo cotidiano. La detención inaugura otro tiempo y otro espacio. El espacio de la escucha atenta. El tiempo de la espera y del surgimiento. Lo cotidiano se detuvo.
¿Llamaremos poético a ese espacio y a ese tiempo que se sale de lo vivido cotidiano y nos lleva a otras regiones no transitadas en la frecuencia del día a día, del hora a hora?
Es una posibilidad.
¿Llamaremos poético al resultado o a la acción?
El resultado frecuente de un espacio y un tiempo poético es la facilidad del poema. Y con ello surge nuestra dificultad. Creemos que un poema es el resultado esperable de un tiempo y un espacio poético que pasarán al leve olvido que se ubica detrás del poema. Mas el poema no es sino 'lo que queda'; nuestro entrecomillado no hace cita de nadie sino del mismo uso del lenguaje que nos muestra que 'lo que queda' es una frase, locus, lugar, desde donde nos podemos ubicar muchos y nadie. Dicho de otro modo: un lugar de enunciación. ¿Quién lo dijo? Este, aquél, o nadie, cualquiera, fue dicho, se dijo, se dice, se dirá.
¿Hay que suponer que alguien recorre ese espacio y tiempo y que como resultado de ese recorrer 'lo que queda' es un poema?
No, no es necesario.
No es necesario si queremos eludir las trampas del autor, las trampas en las cuales caemos porque hay autor. Se trata en la dirección de oír el lenguaje de des-autorizar las letras. Y ¿por qué se hace necesario eludir las trampas el autor? Para oír sin velos. Sin identidades. Porque para oír lo que se dice en el lenguaje se hace necesario salir del territorio de fango de la identidad de un autor, supuesto ego, y quizás, favorezcamos así, a sentir al actor del supuesto autor. El actor del supuesto autor no es sino el lenguaje hecho intensión, no la intención (de alguien) sino la intensión (intensidad de).
¿Qué lo mueve? ¿Qué lo conmueve? ¿Qué lo agita?
Al supuesto actor (autor), constructor del escenario con su acción, la ficción, de la escritura.

Si se hace difícil, porque lo es, oír el lenguaje, es aún más arduo hacer la escucha de la huella, huellas, que se deslizan en una escritura. Huellas refulgentes, si se lo puede percibir, donde la escritura hace sentir. No es frecuente.
No es frecuente comenzar a vibrar en las resonancias de las letras. No es frecuente que nos suceda.
Y a veces, pasa. Pasa por nosotros el viento que hace vibrar nuestras cuerdas de trazos sucedidos y vividos, de otros y nosotros, o no vividos y no sucedidos; a eso que hace instrumento, acorde, acuerdo o desacuerdo, para entendernos y darnos a entender lo llamamos yo, ego, alma, psique o mundo y es algo, algo y no alguien.
A veces, afortunadas veces, nos toca dejar de ser quienes somos, algo nos hace dejar de ser quienes creemos que somos, para ser alcanzados por el vibrato, por el trémolo, el ritmo y los ecos. Los tiempos se indistinguen y confunden, las referencias se borran y se es otra cosa, algo. Algo que se alcanza allí. Y nos sucede.

Problema del poema: ¿cómo se puede hacer sentir un universo de sonoridades a otro?
Solución: no se puede. Pero se intenta.
Problema mayor: ¿cómo se puede hacer sentir?
Regreso: con fragmentos de pieles y sonidos ¿cómo hacer resonancias?. No de músicas sino con sonidos que enlazan, que entrelazan las intensidades en emoción, en pasión, en ideas, con letras.
Las letras sonando, consonando, disonando.

He aquí un pálido, breve, insuficiente -siempre lo será (en la ficción del tiempo del aión)- bosquejo de lo que se siente en el transcurrir hacia la forja de un poema. Fragmento que une lenguaje, cuerpo, sentir y hacer de las letras. Y tratemos de no ser presuntuosos, es tarea de otros, que el poema sea poema. Azar de los otros: clausurar en los nombres y en el nombre de, lo que podrá ser llamado o no, poema.
Poema es aquello que se inicia en ese recorrido de un ir hacia la forja, con cuerpo hecho pasión y sonido. Visible letra, oculta fuerza.

V. Para un final

Una cita elegida por A.P. de G.Trakl inaugura su libro 'Las aventuras perdidas':
Sobre negros peñascos
se precipita embriagada de muerte,
la ardiente enamorada del viento.

Si se lo aprende, si se lo busca, si se lo alcanza, si no se lo sufre, hay tantas maneras de dejar de ser sin ser alcanzado por la definitiva extinción. Es tan sencillo porque lo hemos vivido, cada decisión, cada elección, cada, cada, cada, puede transformarnos. Mutar, transmutar, transformarnos, cambiar, eso es lo que no puede ser impedido. Pero el yo, el yo, el yo y yo, ay, dolor de ser yo, ni siquiera de existir eso ya es más complicado, el llegar allí, eso requiere, re-quiere toda una consideración, fuerte, ser llamado por, no ser captado por, haber bordeado abismos, haber sentido vértigos, haberse caído y haberse levantado, a ver si se ve, el horizonte o el abrazo, al otro. El dolor de ser puede ser insoportable, ingobernable.
En 'La última inocencia' su propio nombre (su nombre propio) se transforma en aquello que está debajo: Solo un nombre (es el título)
alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra
¿No se escuchan varias voces llamando aquí y otra respondiendo? La indicación de un estar abajo, ¿no es la indicación de una referencia necesaria (estoy aquí) y a la vez de un lugar de sentir el peso de las voces de los otros que pesan sobre? Que pesan sobre yo. Que pesan sobre Alejandra.
Darle a los vientos sonidos, darle a los soplos moldes, no alcanzó para disipar la oscura noche que se cernía si no se hacía la tarea, la tarea de la forja interminable, de la disipación de la nada. Cual herrero enfurecido cada noche se lanzaban llamas y metal, chispas de luz para calmar la presencia de la oscura noche, metales de palabras para los mortales y para la niña una calma fugaz. [Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche]

El dolor de ser yo lleva hacia la nada cuando no se puede seguir exorcizando con la letra.
Nada. Anda. Es el simple traslado de una letra que hace de una cosa otra. Que hace de alguien otro. Pero la herida es incurable.
Decimos que: anda hacia la nada el hombre. Anda. Y en su andar algo queda. Camino a la nada. Dolor de nada. Dolor de hombre. Dolor de ser. De existir. Dolor de vida y dolor de muerte. Dolor.
La herida era incurable ¿no, Alejandra?
Y te fuiste.

Bibliografía:
1.     Poesía Completa, Alejandra Pizarnik, Editorial Lumen, Barcelona, España, 2003.
2.     Prosa Completa, Alejandra Pizarnik, Editorial Lumen, Barcelona, España, 2003.

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Comentarios al autor: srocchietti@ciudad.com.ar

Con-versiones marzo 2005

 

        

 

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