| LA SALA DE PSICOPATOLOGIA
Alejandra
Pizarnik [*]
Para todos aquéllos que
cotidianamente se encuentran con la vida de otras personas en sus
quehaceres profesionales de toda índole les están dedicadas estas
palabras, estas frases, estos trozos de piel y carne, estos dolores
que son simplemente los del existir y que a menudo se olvidan o
no se tienen en cuenta por la premura del "furor sanandi".
Para todos aquéllos, entre los que me incluyo, estas palabras que
siguen serán un recordatorio de nuestros escasos recursos y del
debido respeto que debemos para con la existencia de nuestros semejantes.
Un respeto que no se funda en un hueco legal sino que lo hace en
lo más denso de una existencia, en ese lugar al cual no accedemos
a llegar sino es con la anuencia de nuestro interlocutor [S.R.]
[*]Alejandra Pizarnik
escribió este poema durante su estadía en el Hospital Pirovano.
El texto, tal como se reproduce, está mecanografiado y lleva correcciones
hechas a mano por la autora. No se había incluido en la edición
de 1982 de sus textos póstumos.
Después
de años en Europa Quiero decir París, Saint- Tropez, Cap St. Pierre,
Provence, Florencia, Siena, Roma, Capri, Ischia, San Sebastián,
Santíllana del Mar, Marbella, Segovia, Ávila, Santiago, y tanto
y tanto por no hablar de New York y del West Víllage con rastros
de muchachas estranguladas - quiero que me estrangule un negro
- dijo - lo que querés es que te viole - dije (¡oh Sigmund! con
vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté
en las mejores playas de Europa) y como soy tan inteligente que
ya no sirvo para nada, y como he soñado tanto que ya no soy de este
mundo, aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18, persuadiéndome
día a día de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido,
tenemos destino, - una señora originaria del más oscuro barrio de
un pueblo que no figura en el mapa dice:
- El dotor me dijo que tengo problemas. Yo no sé. Yo tengo algo
aquí (se toca las tetas) y unas ganas de llorar que mama mía.
Nietzsche: «Esta noche tendré una madre o dejaré de ser.»
Strindberg: «El sol, madre, el sol.»
P. Éluard: «Hay que pegar a la madre mientras es joven.»
Sí, señora, la madre es un animal carnívoro que ama la vegetación
lujuriosa. A la hora que la parió abre las piernas, ignorante del
sentido de su posición destinada a dar a luz, a tierra, a fuego,
a aire, pero luego una quiere volver a entrar en esa maldita concha,
después de haber intentado nacerse sola sacando mi cabeza por mi
útero (y como no pude, busco morir y entrar en la pestilente guarida
de la oculta ocultadora cuya función es ocultar)
hablo de la concha y hablo de la muerte,
todo es concha, yo he lamido conchas en varios países y sólo sentí
orgullo por mi virtuosismo - la mahtma gandhi del lengüeteo, la
Einstein de la mineta, la Reich del lengüetazo, la Reik del abrirse
camino entre pelos como de rabinos desaseados - ¡oh el goce de la
roña!
Ustedes,
los mediquitos de la 18 son tiernos y hasta besan al leproso, pero
¿se
casarían con el leproso?
Un
instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
sí,
de eso son capaces,
pero
luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como ustedes:
-
¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
Y
sí,
aquí
en el Pirovano
hay
almas que NO SABEN
por
qué recibieron la visita de las desgracias.
Pretenden
explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que la sala
- verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da terror,
y el desorden, y la soledad de los días vacíos habitados por antiguos
fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de
la infancia.
Oh,
he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala llena
de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de la
mejoría.
Pero
¿qué
cosa curar?
Y
¿por dónde empezar a curar?
Es
verdad que la psicoterapia en su forma exclusivamente verbal es
casi tan bella como el suicidio.
Se
habla.
Se
amuebla el escenario vacío del silencio.
0,
si hay silencio, éste se vuelve mensaje.
-
¿Por qué está callada? ¿En qué piensa?
No
pienso, al menos no ejecuto lo que llaman pensar. Asisto al inagotable
fluir del murmullo. A veces - casi siempre- estoy húmeda. Soy una
perra, a pesar de Hegel. Quisiera un tipo con una pija así y cogerme
a mí y dármela hasta que acabe viendo curanderos (que sin duda me
la chuparán) a fin de que me exorcisen y me procuren una buena frigidez.
Húmeda
Concha
de corazón de criatura humana,
corazón
que es un pequeño bebé inconsolable,
«Como
un niño de pecho he acallado mi alma» (Salmo)
Ignoro
qué hago en la sala 18 salvo honorarla con mi presencia prestigiosa
(si me quisieran un poquito me ayudarían a anularla)
oh
no es que quiera coquetear con la muerte
yo
quiero solamente poner fin a esta agonía que se vuelve ridícula
a fuerza de prolongarse,
(Ridículamente
te han adornado para este mundo - dice una voz apiadada de mí)
Y
Que
te encuentres con vos misma - dijo.
Y
yo le dije:
Para
reunirme con el migo de conmigo y ser una sola y misma entidad con
él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este
modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza
en la fusión de los contrarios.
El
suicidio determina
un
cuchillo sin hoja
al
que le falta el mango.
Entonces:
adiós
sujeto y objeto,
todo
se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos
para
niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales,
ese
jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es
el espacio
vuelto
tiempo y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión
y
del encuentro,
fuera
del espacio profano en donde el Bien es sinónimo de evolución de
sociedades de consumo,
y
lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mediante
relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos
de las ciudades en las que se compra y se vende (oh, en ese jardín
para la niña que fui, la pálida alucinada en los suburbios malsanos
por los que erraba del brazo de las sombras: niña, mi querida niña
que no has tenido madre (ni padre, es obvio).
De
modo que arrastré mi culo hasta la sala 18,
en
la que finjo creer que mi enfermedad de lejanía, de separación
de
absoluta NO- ALIANZA con Ellos
-
Ellos son todos y yo soy yo-
finjo,
pues, que logro mejorar, finjo creer a estos muchachos de
buena
voluntad (¡oh, los buenos sentimientos!) me podrán ayudar,
pero
a veces - a menudo- los recontraputeo desde mis sombras ínteriores
que estos mediquillitos jamás sabrán conocer (la profundidad, cuanto
más profunda, más indecible) y los puteo porque evoco a mi amado
viejo, el Dr. Pichon R., tan hijo de puta como nunca lo será ninguno
de los mediquitos (tan buenos, hélas!) de esta sala,
pero
mi viejo se me muere y éstos hablan y, lo peor, éstos tienen cuerpos
nuevos, sanos (maldita palabra) en tanto mi viejo agoniza en la
miseria por no haber sabido ser un mierda práctico, por haber afrontado
el terrible misterio que es la destrucción de un alma, por haber
hurgado en lo oculto como un pírata no poco funesto pues las monedas
de oro del inconsciente llevaban carne de ahorcado, y en un recinto
lleno de espejos rotos y sal volcada-
viejo
remaldito, especie de aborto pestífero de fantasmas sifilíticos,
cómo
te adoro en tu tortuosidad solamente parecida a la mía,
y
cabe decir que siempre desconfié de tu genio (no sos genial; sos
un saqueador y un plagiario) y a la vez te confié,
oh,
es a vos que mi tesoro fue confiado,
te
quiero tanto que mataría a todos estos médicos adolescentes para
darte a beber de su sangre y que vos vivas un minuto, un siglo más,
(vos,
yo, a quienes la vida no nos merece)
Sala
18
cuando
pienso en laborterapia me arrancaría los ojos en una casa en ruinas
y me los comería pensando en mis años de escritura continua,
15
o 20 horas escribiendo sin cesar, aguzada por el demonio de las
analogías, tratando de configurar mi atroz materia verbal errante,
porque
- oh viejo hermoso Sigmund Freud- la ciencia psicoanalítica se
olvidó la llave en algún lado:
abrir
se abre
pero
¿cómo cerrar la herida?
El
alma sufre sin tregua, sin piedad, y los malos médicos no restañan
la herida que supura.
El
hombre está herido por una desgarradura que tal vez, o seguramente,
le ha causado la vida que nos dan.
«Cambiar
la vida» (Marx)
«Cambiar
el hombre» (Rimbaud)
Freud:
«La
pequeña A. está embellecida por la desobediencia», (Cartas...)
Freud:
poeta trágico. Demasiado enamorado de la poesía clásica. Sin duda,
muchas claves las extrajo de «los filósofos de la naturaleza», de
«los románticos alemanes» y, sobre todo, de mi amadísimo Lichtenberg,
el genial físico y matemático que escribía en su Diario cosas como:
«Él
le había puesto nombres a sus dos pantuflas»
Algo
solo estaba, ¿no?
(¡Oh,
Lichtenberg, pequeño jorobado, yo te hubiera amado')
Y
a Kierkegaard
Y
a Dostoyevski
Y
sobre todo a Kafka
a
quien le pasó lo que a mí, si bien él era púdico y casto - «¿Qué
hice del don del sexo?» - y yo soy una pajera como no existe otra;
pero
le pasó (a Kafka) lo que a mí:
se
separó
fue
demasiado lejos en la soledad
y
supo - tuvo que saber
que
de allí no se vuelve
se
alejó - me alejé
no por desprecio (claro es que nuestro orgullo es infernal)
sino porque una es extranjera
una es de otra parte,
ellos se casan,
procrean,
veranean,
tienen horarios,
no se asustan por la tenebrosa
ambigüedad
del lenguaje
(No
es lo mismo decir Buenas noches que decir Buenas noches)
El
lenguaje
-yo
no puedo más,
alma
mía, pequeña inexistente,
decidíte;
te
las picás o te quedás,
pero
no me toques así,
con
pavura, con confusión,
o
te vas o te las picás,
yo,
por mi parte, no puedo más.
(1971)
Texto extraído
de "Poesía completa", Alejandra Pizarnik, editorial Lumen,
Barcelona, España; impreso en Argentina, 2003.
Selección: S.R.
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