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La humanización de la nada
Vincent Descombes
(2da Parte)

El final de la historia

Alexandre Kojève poseía un gran talento como narrador.  Con su comentario, la austera Fenomenología hegeliana se transforma en una especie de novela por entregas filosófica, en las que se suceden las escenas dramáticas: se enfrentan personajes pintorescos, los cambios situación mantienen la intriga, y el lector, ávido por conocer el final de la historia, pide la continuación.
De manera general, Kojève ha dado una versión antropológica de la filosofía hegeliana. Asunto nuevo para los franceses, al menos en esta fecha, pues de Hegel sólo se conocía el «idealismo absoluto» y el «panlogismo», pero muy poco el «hegelianismo de izquierda». La escena final de esta versión humanista de la dialéctica hegeliana también proporciona el principio de la misma. El último episodio del relato de la historia debe corresponder a un estadio final de la historia humana, tras el cual no pasa absolutamente nada nuevo. Kojève no ha dejado de insistir con malicia sobre las consecuencias chocantes de esta tesis: la historia está acabada, ahora entramos en la posthistoria.
De hecho, el final del Tiempo humano o de la Historia, es decir, la destrucción definitiva del Hombre propiamente dicho o del Individuo libre e histórico, significa sencillamente el cese de la Acción en todo el sentido del término. Lo que prácticamente quiere decir la desaparición de guerras y de revoluciones sangrientas. Y también la desaparición de la filosofía; pues, al no cambiar esencialmente el Hombre, no hay razón para cambiar los principios (verdaderos) que sustentan su conocimiento del Mundo y de él. Pero todo lo demás puede definirse indefinidamente: el arte, el amor, el juego, etc.; en resumen, todo lo que hace al Hombre feliz (20).

Ahora bien, el «final de la historia» no es sino la traducción a un lenguaje narrativo y figurado de lo que, en el lenguaje filosófico, recibe el nombre de saber absoluto. El saber absoluto es la ciencia de la identidad del sujeto y del objeto (o del pensamiento y del ser). Esta tesis metafísica, innegablemente oscura e indiscutiblemente «idealista», de repente ofrece un sentido fácil y de aspecto «realista», cuando no «materialista». La identidad del sujeto y del objeto quiere decir, en esta narración, que el hombre (sujeto) no encuentra nada fuera de él (en el objeto) que sea obstáculo a la realización de sus proyectos. En otros términos, la naturaleza está dominada y la sociedad pacificada: al vivir en el mundo como en un jardín florido y encontrar en sus semejantes otros tantos amigos, el hombre se retira, abandona el trabajo histórico y se convierte en sabio epicúreo, consagrándose a «todo lo que hace al hombre feliz» (el juego, el amor, el arte, etc.). El final de la historia es el final de la adversidad, término por el que se puede traducir la Gegenstandlichkeit hegeliana. La proposición de una identidad del sujeto y del objeto, que hasta ahora era «ideológica» (engañosa), se vuelve verdadera.
(...) El Saber Absoluto, es decir, la Sabiduría, presupone el logro total de la Acción negadora del Hombre. Este Saber sólo es posible: 1) en un Estado universal y homogéneo, en el que ningún hombre es exterior al otro, en el que no queda ninguna oposición social por suprimir; y 2) en el seno de una Naturaleza sometida por el trabajo del Hombre, Naturaleza que, al no oponerse al Hombre, ya no le es extraña(21).

No voy a discutir aquí el asunto de saber si haciendo esta traducción narrativa de la Fenomenología, Kojève deforma el pensamiento de Hegel o descubre su sentido más profundo. Su interpretación se pretende humanista por cuanto hace de la historia humana el lugar donde debe decidirse todo lo que ofrece un sentido. Sólo hay verdad en la historia. En consecuencia no hay verdades eternas, ya que el mundo no cesa de modificarse en el curso de la historia, pero hay errores que tienen provisionalmente apariencia de verdad, y hay errores que dialécticamente se transforman en verdades. Por ejemplo, el amo de la ciudad antigua que afirma: «En toda ciudad hay amos y esclavos», parece decir una verdad, ya que su enunciado se verifica siempre en el mundo antiguo, y sin embargo será «refutado» por la historia humana en cuyo decurso se liberan los esclavos. En cambio, un esclavo que dijese en la ciudad antigua: «Soy un hombre libre» -esclavo que sería estoico- parecería emitir un juicio falso, mientras que su error se convierte en verdad gracias a la historia. Es la acción la que decide acerca de lo verdadero y de lo falso. Por eso la dialéctica -es decir, el sentido clásico, el trastocamiento de lo verdadero en lo falso y de lo falso en lo verdadero- en lo sucesivo se considera como el rasgo más característico de un pensamiento de la historia o de la acción.
La acción, que no el ser, proporciona la regla de la verdad. Este activismo se distingue de un simple historicismo, ya que el relativismo histórico se contenta con desplazar las verdades a la historia, aboliendo así cualquier criterio de certeza. Ahora bien, para Kojève hay un criterio: es verdad lo que tiene éxito, es falso lo que fracasa. Este criterio es interior a la historia, es «inmanente» y no «trascendente», como se decía entonces. Por eso Kojève da el nombre de ateismo a su tesis y la define como la exacta antitesis de la teología cristiana. Habría que entender lo siguiente: para Hegel, todo lo que dice la teología cristiana es absolutamente cierto, a condición de ser aplicado no a un Dios trascendente imaginario, sino al Hombre real, que vive en el mundo (22).

El teólogo se imagina que el discurso teológico es un discurso en el que el hombre (sujeto) habla de Dios (objeto), cuando es un discurso en el que Dios habla de sí mismo, es decir, del hombre, pero sin saberlo. Esa sería la significación última de la conciencia absoluta de sí, o sabiduría: el autor del discurso teológico descubre que el Otro del que él hablaba es el mismo que el que hablaba de él. Se reconoce a sí mismo en aquel que tomaba por otro, y acaba de este modo con la alienación.
El ateísmo clásico rechazaba los atributos divinos, los consideraba inconcebibles por ser infinitos o incompatibles entre sí. El ateísmo humanista los reivindica para el sujeto humano que se convierte así en el verdadero Dios.
Lo que define al humanismo es precisamente esta sustitución según la cual siempre se escribe «hombre» allí donde estaba escrito «Dios». El título de humanista será enarbolado por Sartre y sus amigos en este sentido a partir de 1945: el existencialismo es un humanismo, como dirá en una conferencia publicada con este título que divulga los temas de El Ser y la Nada.
Que el humanismo ateo sea ateo en el sentido de reivindicar la divinidad del hombre, quiere decir que es una teología invertida. Incluso sabemos cuál es la teología de que el humanismo se apodera en provecho del ser humano: como revela Sartre, es la teología cartesiana. En un prólogo a una selección de textos de Descartes, Sartre explica que la idea genial de Descartes consiste en haber establecido un Dios creador de las verdades eternas. La libertad divina, lejos de estar precedida por un orden eterno de verdades que la definiría, y en consecuencia la limitaría, funda soberanamente el ser, lo verdadero y lo bueno. La única debilidad de Descartes consiste en haber atribuido a Dios un poder creador que, según Sartre, nos pertenece por derecho:
Harán falta dos siglos de crisis -crisis de la Fe, crisis de la Ciencia- para que el hombre recupere esta libertad creadora que Descartes ha puesto en Dios y para que se atisbe esta verdad, base esencial del humanismo: el hombre es el ser cuya aparición hace que un mundo exista (23).

Lo característico del humanismo es esta voluntad de recuperación o de reapropiación de los atributos divinos, y entre ellos el más valioso de todos, el poder de crear y de «hacer que un mundo exista». ¿En qué sentido puede llamarse creadora la acción humana? Esta pregunta es justamente la que nos conduce al centro de la especulación sobre la negatividad. De todas maneras conviene, antes de abandonar este término de humanismo, señalar los dos reveses que sufrirá más tarde: el enfoque de Heidegger en 1947 y el debate estructuralista.
En su Carta sobre el humanismo, escrita en contestación a las preguntas que le había hecho Jean Beaufret (24), Heidegger explica que no hay ninguna relación entre su pensamiento y el humanismo de Sartre. Su Carta... pone en evidencia lo siguiente: ese «existencialismo ateo», ese «humanismo», no son en absoluto lo que quisieran ser; es decir, la conclusión de una «ontología fenomenológica» (subtítulo de El Ser y la Nada); pues una «ontología fenomenológica», si tiene algún sentido esta expresión, sería una doctrina del ser que descansaría exclusivamente en la descripción fiel de las apariencias; sino que son lo que de ninguna manera querrían ser, es decir, la mera recuperación, en beneficio de un «hombre» que no pedía tanto, de la metafísica más tradicional, que considera la causalidad creadora como el atributo divino por excelencia. Después de esta intervención de Heidegger, la palabra «humanismo»deja de ser esa bandera de la que cada cual pretende ser el más digno defensor. Pronto, efecto retardado e inesperado de su Carta..., va a desencadenarse en Francia la «disputa del humanismo» (1965-1966). Competirán por el «antihumanismo», tanto los marxistas que condenarán la ideología burguesa del Hombre, como los nietzscheanos que despreciarán esta doctrina del resentimiento, nacida en la mente cansada del «último hombre», como los estructuralistas de estricta obediencia que anunciarán con Lévi-Strauss el proyecto de «disolver al hombre» (25). «Humanista» se convertirá en un término propio de escarnio, un epíteto injurioso, y se unirá a la colección de -ismos ridiculizados (vitalismo, espiritualismo, etc.).

Se observará que el eslogan de los años 1960 -«la muerte del hombre» - estaba prefigurado en el curso de Kojève, donde también aparecía como la consecuencia última de «la muerte de Dios». Kojève lo decía así: el final de la Historia es la muerte del Hombre propiamente dicho (26).
En una filosofía de la acción o de la historia, el hombre se define por el hecho de que actúa, cambia el curso de las cosas. Si la historia ha acabado, no hay nada que hacer. Ahora bien, un hombre ocioso no es un hombre. Cuando se franquea el umbral de la post-historia, por una parte la humanidad desaparece, y por otra, empieza el reino de la frivolidad, del juego, de la irrisión (pues nada de lo que se puede hacer en adelante tiene el menor sentido). Se hubiera objetado en vano a Kojève que las guerras y las revoluciones sangrientas no acabaron en absoluto en 1807, ni tampoco en 1934-1939. Pues Kojève hubiera contestado que la historia sólo se había acabado en principio como idea, o, justamente con la idea, que estaba por realizar con medios probablemente terroristas, de un «Estado homogéneo», expresión que en su pensamiento servía tanto para el Estado razonable de Hegel como para la sociedad sin clases de Marx. Para que esta idea se convirtiera en realidad planetaria, aún hacía falta algún tiempo, precisamente el tiempo de una acción correspondiente a estas guerras y a estas revoluciones en las que estábamos movilizados.

La negatividad

En la narración de Kojève, el primer papel está desempeñado por el concepto de negatividad. Hay dos vías que llevan a la comprensión de esta noción: la primera es antropológica, la segunda metafísica. Tomaré ambas en este orden.
En una filosofía en la que el éxito prueba la verdad del discurso del afortunado vencedor, la acción es la que lo decide todo. Los vagos no tienen ningún porvenir en semejante pensamiento. En este terreno de la acción humana, considerado como equivalente al de la historia -en virtud del dicho de Vico: «Los hombres hacen la historia»-, es donde debe efectuarse la recuperación de los predicados divinos, y ante todo la del poder creador o, como se expresa a veces Sartre, la de la «creatividad» (27).Pero ¿ por qué es creadora de algo la acción humana?
Kojève a menudo explicita su concepto de la acción mediante la aposición «el trabajo y la lucha». Y al ser entendido el trabajo como una lucha que violenta a la naturaleza, los dos modos de la acción tienen en común este carácter belicoso. Así, toda acción es oposición con un adversario. La acción, por definición, produce un efecto. Después de la acción el estado del mundo ya no es el de antes. De ahí este razonamiento: no hay novedad en este mundo sin una acción que la introduzca; no hay acción que no sea oposición; en consecuencia es la oposición (o la negación, la contradicción) la que introduce lo nuevo en lo viejo.
Según Kojève, la negatividad entendida en este sentido es la esencia misma de la libertad. El poder productivo de la negación es lo que libera. Cualquier otra definición sería «naturalista», ignoraría la diferencia entre el hombre como ser libre y el animal como ser determinado.

Pero si la libertad es ontológicamente Negatividad, se debe a que sólo puede ser y existir en tanto que negación. Ahora bien, para poder negar hace falta que haya algo que negar: un dato existente (...). La libertad no consiste en una elección entre dos datos: es la negación de lo dado, tanto de lo que es (como animal o como «tradición encarnada») como de lo que no es (y que es el Mundo natural y social). ( ... ) La Libertad que se realiza y se manifiesta en tanto que Acción dialéctica o negadora es por eso mismo, esencialmente, una creación. Pues negar lo dado sin terminar en la nada, es producir algo que no existía todavía; pero eso es exactamente lo que llamamos «crear» (28).

Sin embargo, Kojève no se pregunta en ninguna parte si es legítimo definir un concepto, aquí el de la acción, mediante la conjunción de otros dos conceptos (el trabajo y la guerra). Salta a la vista que esta unión es la que engendra la noción paradójica de una negación fecunda, al proporcionar el trabajo el elemento de la producción, de la transformación del estado de las cosas, y al procurar la guerra el elemento de la negación, del enfrentamiento con un adversario cuya supresión es cuestión de vida o muerte. Sólo el apólogo del Amo y el Esclavo permite asociar las dos formas de acción: el esclavo primero es un guerrero que ha sido vencido en un «combate por el reconocimiento», luego es un trabajador al servicio de un amo que le ha salvado la vida y se ha reservado su disfrute. Sin embargo, esta conjunción no pasa de ser una yuxtaposición, no produce ningún verdadero concepto. La guerra es una pura y simple destrucción, y en cuanto tal, no produce absolutamente nada. (Si hay un esclavo es porque el vencedor ha acabado la guerra perdonando la vida al vencido.) Todo lo más puede conducir a un traspaso de riquezas mediante el latrocinio. Por su parte, el trabajo, efectivamente, es una producción, pero en absoluto constituye una negación radical: el trabajo útil siempre es una utilización de los recursos existentes, una transformación del terreno a partir de una idea preconcebida (es decir, dada antes de la acción), nunca es una destrucción.

¿Las cosas estarán más claras por el lado metafísico? 
La humanizacíón de la nada implica que no hay nada negativo en el mundo, excepto la acción humana. La naturaleza, pues tal es el nombre de lo que produce sin que el hombre actúe, tiene que ser completamente positiva. El ser natural se definirá por la identidad (en el sentido ordinario y «no dialéctico» del término). La cosa natural -esa piedra, ese perro- es lo que es y no es nada de lo que su naturaleza (su identidad) le ordena ser. De ahí, la enseñanza de Kojève: la historia es dialéctica, la naturaleza no lo es. Lo que le permite hacer una concesión a los neo-kantianos para los que, como se sabe, el pecado original del sistema hegeliano es incluir una filosofía romántica de la naturaleza que pretendía «superar» la Mecánica de Newton. Kojève les da la razón en este punto: la Naturphilosophie es un monstruo que hay que abandonar.
Kojève da el nombre de ontología dualista a su posición. La palabra «ser» no podría tener el mismo sentido en el caso de la cosa natural y en el caso del hombre. La cosa de la naturaleza, ya se trate de esa piedra o de ese pino, se conforma con ser lo que es: sus ambiciones no van más allá de una simple perpetuación de sí misma (conatus spinozista). El hombre cuando se comporta como simple ser vivo tampoco actúa, se reproduce. Diremos, pues, que «la naturaleza no tiene historia». Entendemos con eso que la definición de un proceso natural consiste en que las cosas al final son como eran al principio, todas iguales. En el fondo no ha pasado nada: no se ha perdido nada por el camino, no se ha creado nada, pero de un huevo ha nacido, por ejemplo, una gallina, esta gallina a su vez va a poner un huevo, y así sucesivamente.

Lo característico de la acción humana, heredera del privilegio divino de la teología cristiana, es mantener una relación con la nada. Introduce lo nuevo en el mundo. Ahora bien, lo nuevo, si es verdaderamente nuevo, tiene que ser diferente a todo lo que ya se había visto. Se tiene que poder decir después de una auténtica acción: nada será como antes. El hecho de la acción es esta interposición de una «nada» entre el estado inicial y el estado final. El resultado entonces se puede llamar creado, producido ex nihilo. Y en consecuencia, el actor, cuando actúa, no manifiesta su voluntad de ser (de conservar su ser), sino su voluntad de no ser (su fastidio de ser como es, su deseo de ser otro). La filosofía de la acción ve en el actor una especie de dandy para el que la razón suprema de un gesto es la elegancia de una ausencia de toda razón natural.
Así, hay dos sentidos del ser:
1. El ser natural: «ser» quiere decir aquí seguir siendo el mismo, mantenerse idéntico.
2. El ser histórico (o «historicidad»): «ser» hay que definirlo aquí mediante la negatividad; el ser del actor consiste en no seguir siendo el mismo, en pretenderse diferente. Y «diferencia» aquí no significa sólo «ser diferente», en el sentido en que una manzana es diferente a una pera: la diferencia comporta una acción de desviar, de alterar. El mundo (en el sentido de una totalidad de lo que es) tendría entonces dos partes. En la parte natural, las cosas son como son y el devenir es cíclico. En la parte histórica o humana nada queda como es, ninguna identidad se mantiene.

Kojève
ilustra su ontología dualista con una imagen que Sartre recogerá a menudo en El Ser y la Nada. Él mundo, dice, es comparable a un anillo de oro.
Tomemos un anillo de oro. Tiene un agujero, y este agujero es tan esencial al anillo como el oro: sin el oro, el «agujero» (que además no existiría) no sería anillo; pero, sin el agujero, el oro (que sin embargo existiría) tampoco sería anillo. Pero si se han encontrado átomos en el oro, no es en absoluto necesario buscarlos en el agujero. Y nada dice que el oro y el agujero son de una única y misma manera (por supuesto, se trata del agujero en tanto que «agujero», y no del aire que hay «en el agujero»). El agujero es una nada que sólo subsiste (en tanto que presencia de una ausencia) gracias al oro que lo rodea. Igualmente, el Hombre que es Acción podría ser una nada que «se anonada» en el ser, por medio del ser que «niega» (29).
Esta imagen brillante no debe deslumbrarnos hasta el punto de hacernos olvidar el equívoco de la expresión «ontología dualista». Ontología significa doctrina del ser. La ontología dualista debería ser entonces la doctrina que reconoce dos sentidos en la palabra ser. Creemos haber entendido que hay una primera manera de ser, el ser en el sentido de la identidad que es característica de la naturaleza, y hay una segunda manera de ser, el ser en el sentido de la negatividad que es característica del hombre. Pero la imagen del anillo de oro dice otra cosa: según esta fábula dorada no habría dos sentidos del ser, sino que habría por una parte el ser (oro) y por otra parte la nada (agujero), En cuanto a la dialéctica, es decir, la inclusión de la nada en el ser o de la diferencia en la identidad, se encontraría en la conjunción de ambos: el oro (el ser) efectivamente no tiene necesidad del agujero para ser, pero el anillo de oro (el mundo) no sería lo que es, un anillo de oro, sin el agujero.
En consecuencia, la «ontología dualista» ya no es en absoluto dualista: al final se admite que el ser debe definirse por la identidad.

Identidad y diferencia

Aquí notamos que nos estamos quemando, como se dice en el juego del zurriago escondido.  Llegamos al meollo de la cuestión que determina la interpretación kojeviana -así como de la filosofía francesa contemporánea en su conjunto.
Por lo pronto, la dialéctica ya no es para nosotros esta noción inefable que Sartre pretende indefinible. Volvemos a encontrar la dialéctica en el sentido moderno de la palabra. En su sentido moderno, es decir, post-kantiano, la dialéctica es una interpretación del sentido que tiene la cópula «es» en el juicio categórico «S es P» (30). La dialéctica moderna procede de la discusión kantiana sobre
la distinción entre los juicios analíticos y los juicios sintéticos. Se opone a la interpretación analítica de la cópula, interpretación según la cual la palabra «es» significaría la identidad del predicado P con el sujeto S. Introduce, con un gesto cuyo sentido debe precisarse, la diferencia en la definición misma de identidad. Pero la diferencia se enuncia mediante un juicio negativo: «A no es B». La interpretación dialéctica del ser va a hacer surgir así un cierto no ser, interior al ser, que la lógica formal se interesa mucho en explicar. Kojève ha expresado todo esto con una ocurrencia divertida:
Parménides tenía razón en decir que el Ser es y que la Nada no es; pero ha olvidado añadir que hay una «diferencia» entre la Nada y el Ser, que es en cierta medida del mismo estatuto que el Ser, ya que sin ella, si no hubiera diferencia entre el Ser y la Nada, el Ser no sería (31).
En este texto, y por otra parte en todos los textos de esta época, «el Ser» hay que entenderlo siempre en el sentido de lo que es, el ente. En latín: el ens, y no el esse.  La broma de Kojève quiere decir lo siguiente: la diferencia, aunque sea una forma de la nada -ya que diferir de algo es no ser como ese algo- forma parte de lo que es; es necesario que sea así, pues lo que no forma parte de lo que es (del ens) se reduce a lo que no es, es decir, a la nada. Así, es inevitable una cierta inclusión (que está por definir) de la nada en el ente, sí queremos que haya una diferencia entre ambos.
Señalemos esto de paso: se podría igualmente concluir que la diferencia entre algo y nada no es, al menos en el sentido en que «ser» es «ser algo». Pues si la diferencia entre algo y nada fuese algo, haría falta una nueva diferencia para distinguir la diferencia, que es algo, de nada. En consecuencia, hará falta que «ser» no sea necesariamente «ser algo» (es decir, «ser idéntico»). Ahora bien, esta posibilidad del argumento es ignorada por Kojève y sus discípulos.
Kojève, con el fin de dar a lo negativo un perfil humano se ve obligado a repartir la identidad y la diferencia entre las regiones del universo. Aquí comienzan las dificultades.
Todo parece muy claro en la región «Naturaleza» del universo. Las cosas son lo que son y no piden más. No desean cambiar de identidad: no lo desean en absoluto... En consecuencia, para una cosa de la naturaleza, «ser» es equivalente a «ser uno mismo»: el ser tiene el sentido analítico de la identidad, lo que significa que «ser» implica «ser el mismo, siempre, en todas partes y en todos los casos». El día en que lo idéntico deje de ser él mismo, desaparece, ya no es, como se dice de una persona difunta.
En la región «Historia» del mundo reina la negatividad o, si se prefiere, la diferencia. Actuar en la historia, es trabajar en no ser tal como somos. En suma, el ser significa en la naturaleza la identidad, y en la historia la diferencia. La cosa natural es en tanto que es idéntica. El actor histórico es en tanto que actúa, y actúa en tanto que no deja de ser diferente. Llegamos a este resultado banal, muy poco «dialéctico»: en la naturaleza, «la identidad, es la identidad», mientras que, en la historia, «la diferencia es la diferencia». La consecuencia, sobradamente conocida desde el Sofista de Platón, aparece inmediatamente. Si la nada no es el ser, siendo «ser» idéntico a «ser idéntico», la nada nunca es idéntica a cosa alguna: nunca, en ninguna parte, en ningún caso. Pero si la nada no tiene ninguna identidad, si se define por la mera diferencia, la nada debe ser considerada diferente de sí misma: de lo contrario, tendría una identidad propia, lo que contradice la hipótesis. Por su parte, el ser, puesto que se define por la identidad, nunca puede entrar en un juicio negativo. Entonces se hace imposible afirmar que «el ser no es idéntico a la diferencia». El ser, una vez definido por la identidad absoluta, es idéntico a cualquier cosa, y en especial a la diferencia.

En consecuencia, como pretende la lógica formal, no hay sólo identidad entre la identidad y la identidad, sino que también hay identidad entre la diferencia y la diferencia: hay un cierto ser del no ser. Ahora, ¿hay la menor diferencia entre la identidad de la identidad con la identidad, por una parte, y la identidad de la diferencia con la diferencia, por otra? De ninguna manera. Pues no hay más identidad entre la identidad y la identidad que entre la diferencia y la diferencia. Y no hay más diferencia entre la diferencia y la diferencia que entre la identidad y la identidad. Y, sin embargo, identidad y diferencia efectivamente son relaciones diferentes. Sin duda. En consecuencia, la identidad de la identidad entre la identidad y la identidad, por una parte, y de la identidad entre la diferencia y la diferencia, por otra parte, es lo que hace la diferencia entre la identidad y la diferencia.
0 también, no es cierto que lo idéntico sea siempre exclusivamente idéntico, va que, al menos en un punto, lo idéntico es idéntico a lo diferente. Tampoco es cierto que lo diferente sea siempre diferente. Pues lo diferente sólo es diferente cuando es idéntico a sí mismo, propiedad que comparte precisamente con lo idéntico.

Éstas son algunas de las consecuencias que sacaremos de la premisa inicialmente planteada: que ser, siempre sea entendido en el sentido de ser idéntico. A fin de cuentas, lejos de poner en duda esta determinación de un ser unívoco y cuyo sentido se fija en el terreno de la lógica (en la relación del predicado y del sujeto en el seno del juicio atributivo), la dialéctica la hace suya. Si la dialéctica se permite el lujo de criticar la lógica formal y la «razón analítica», no es en absoluto porque ponga en duda el derecho de la lógica para decidir acerca del sentido que debe tener el verbo «ser». Es sólo porque reprocha a la lógica formal el hacer imposible, mediante una definición unilateral de la identidad, la significación copulativa o identificante del ser. La dialéctica sólo introduce la diferencia en la identidad o la negatividad en el ser, proclamando la unidad de los contrarios, con el fin de salvaguardar el sentido copulativo del ser. La diferencia es necesaria a la identidad para que la identidad se mantenga como el sentido primero, cuando no exclusivo, del ser.
Y, en consecuencia, Kojève se mantiene perfectamente de acuerdo con el sentido más profundo de la dialéctica al definir, a lo largo de su comentario, el ser por la identidad. De todas maneras, esta dialéctica exige, y Kojève lo sabe mejor que nadie, el surgimiento de la negatividad a partir de esta posición inaugural de un ser idéntico a sí mismo. La posición del «no-yo» tiene que ser la consecuencia directa de la posición del «yo=yo». No podría ser una constatación que se haría al lado de la primera. Ahora bien, la ontología dualista que propone es completamente incapaz de describir la metamorfosis del ser en nada, de la identidad en diferencia o del yo en no-yo. Sólo puede yuxtaponerlas. Esto nos autoriza a hablar de un fracaso de la dialéctica antropológica (de la humanización de la nada) para constituirse en filosofía. Los fenomenólogos franceses, acaso demasiado absortos por la preocupación de sus diversos compromisos «en lo concreto», como veremos, omitieron volver sobre esta cuestión ontológica.

La cuestión de la enunciación

La humanización de la nada exige una ontología dualista. En Hegel, la ontología se presenta con el nombre de «lógica» (con toda razón, como acabamos de ver). Según Kojève, harían falta dos lógicas: una para la naturaleza, que se reduciría a una epistemología de las ciencias físicas (lo que sería una «crítica de la razón analítica») y otra para la historia, que a diferencia de la primera sería dialéctica. Pero estas palabras, «a diferencia de la primera», despiertan en seguida la necesidad de una tercera lógica para decir si esta diferencia entre las dos primeras debe entenderse en el sentido de la primera (diferencia analítica) o de la segunda (diferencia dialéctica, Aufhebung). 0 la relación de la naturaleza y de la historia es analítica, o es dialéctica. Y como «naturaleza» e «historia» han sido definidas como las dos partes del mundo, esta tercera lógica sería la lógica de la totalidad.   Encontramos de nuevo, a costa de esta indispensable precisión, la tripartición hegeliana:
I. Lógica.
II. Filosofía de la naturaleza.
III. Filosofía del espíritu.

En la tripartición del sistema, la misma lógica sirve para la naturaleza y para la historia. Ahora bien, la lógica, cualquiera que sea el sentido en que se entienda, trata del concepto. ¿Y qué es un  concepto? Un concepto es una identidad: por ejemplo, el concepto de «perro» dice lo que tienen de idénticos todos los perros. La lógica trata, pues, de la identidad, del aspecto en el que las cosas son las mismas. Y la lógica dice que lo idéntico, si sólo es idéntico, no puede distinguirse de lo diferente.
Sólo se puede pensar lo idéntico pensándolo diferente de lo diferente. La diferencia es lo que permite a la identidad ser ella misma. De manera general, no se puede plantear un lo mismo más que concibiéndolo como diferente de lo otro. Gracias a lo otro lo mismo es lo que pretende y quiere ser: lo mismo. De ahí el paso del concepto a la naturaleza. El concepto es una identidad: lo otro de eso mismo que es el concepto es la cosa de la cual es concepto. Por definición, el concepto es diferente a la cosa: pero, si fuera «demasiado diferente», no sería el concepto de esa cosa (sería una concepción errónea); es decir, que el concepto, sin la cosa, no sería verdadero (ya que sería el concepto de nada, representación imaginaria). Si damos el nombre de naturaleza a todas esas cosas cuyos conceptos permiten pensar la identidad en diversos grados -genérico, específico, individual-, debemos concluir, por una especie de argumento ontológico, que la identidad del concepto consigo mismo tiene como condición la existencia fuera del concepto de las cosas de la naturaleza. El concepto no sería él mismo sin ese otro. Diremos, pues, que «la naturaleza» es la posición del concepto «fuera de sí mismo», en la exterioridad. Pero, igual que el concepto, para ser verdaderamente concepto, debe «ponerse» como diferente de sí mismo y «hacerse» cosa -las comillas indican aquí que se trata de un proceso puramente lógico, de una relación de condicionado a condición en el pensamiento, en «el elemento del concepto»-; del mismo modo la cosa, para ser verdaderamente cosa, también ha de ser otra que ella misma. Tiene como identidad su realidad de cosa: esta identidad, como toda identidad, se basa en una diferencia. Ahora bien, lo que es diferente de la cosa, es precisamente el concepto. La cosa se pone, pues, como lo otro de ella misma, como el concepto. Y aquí, ya no hay comillas: la posición ya no es, como antes, lógica, sino muy natural, real, ya que es el hecho de una cosa y no de un concepto. Este paso de la naturaleza al logos es lo que Hegel llama aparición del espíritu. Pues una cosa que, mientras sigue siendo una cosa y precisamente por seguir siéndolo, es capaz de convertirse en el concepto de sí misma, es decir, de concebir su identidad, semejante cosa es lo absoluto, no sólo como sustancia (cosa), sino como sujeto (consciencia de sí, saber de su identidad). Y esto es lo que Hegel llama Geist, espíritu. Así, con la aparición del pensador volvemos a encontrar al final la posibilidad del punto de partida, que era el pensamiento puro, objeto de una ciencia lógica. Dicho de otra manera, el sistema comporta una parte -aquella consagrada a la aparición del espíritu, o Fenomenología del espíritu-, donde se dice cómo el sistema es posible: cómo ese discurso ha podido ser enunciado.
Kojève pretende que es posible humanizar este espíritu hegeliano. La definición nominal del «espíritu» podría ser la siguiente: el que se conoce, en el discurso filosófico del saber absoluto, como el sujeto de ese discurso. Se trata, pues, de saber quién habla en filosofía: eso es precisamente lo que llamamos hoy la «cuestión de la enunciación». En tanto que la filosofía pasa por ser el discurso que el filósofo sostiene acerca del mundo, está más acá del saber absoluto, ya que el sujeto (autor) de este discurso habla de otro distinto a sí mismo, a saber, del mundo que él no es o del que sólo es una «parte». Al contrario, en la tradición cartesiana, el saber del filósofo se considera absoluto cuando habla de sí mismo (cogito). Pero igual que el filósofo no puede hablar de sí mismo, sino hablando también de las otras cosas a las que está ligado y que entran de ese modo en la definición de lo que es, sólo habla efectivamente de «sí mismo» hablando también del «no-sí mismo». Y, en consecuencia, el conocimiento del mundo que el filósofo va a desarrollar -su física- será el saber absoluto si es posible establecer cuál es el conocimiento de un sujeto, de un ego. Es necesario entonces que el sujeto del discurso filosófico sobre el mundo sea el mundo, o si se prefiere, que el objeto del discurso filosófico sobre el mundo sea el filósofo.
El desafío de la filosofía moderna (no sólo hegeliana) reside en el peligroso paso de una primera afirmación que no plantea ningún problema al sentido común:
El hombre habla del ser; a una proposición de carácter asombroso: El Ser habla de sí mismo en el discurso que el hombre sostiene acerca del Ser (32).
¿Cómo suministrar la prueba de que el sujeto que enuncia la proposición filosófica no es la persona particular del filósofo, sino el mundo, al que este filósofo no haría sino facilitar la ocasión de tomar la palabra? En Hegel, tal como lo reconstruye Kojève, la prueba de que ese peligroso tránsito se ha realizado sería la circularidad del discurso. Si la vuelta al punto de partida del discurso es posible en ese mismo discurso, entonces se demostrará que el sujeto de la enunciación es idéntico al sujeto del enunciado. Si el discurso filosófico consigue demostrar que el mundo no sería el mundo si el hombre no estuviera presente, se establecerá que el mundo es el verdadero filósofo, pues el mundo, al producir al hombre, produce la posibilidad del filósofo que hablará del mundo. 0 también, como escribe Kojève:
Es el Ser real existente en tanto que Naturaleza el que produce al Hombre que revela esta Naturaleza (y a sí mismo) hablando de ella (33).

Ahora bien, aquí debemos distinguir las dificultades generales que encuentra cualquier demostración de un «sujeto absoluto», y las dificultades propias de la versión humanista de esta demostración. Las primeras se pueden reunir bajo el título de la pregunta discutida, clásica en la tradición del comentario hegeliano: ¿cuál es la relación entre la fenomenología y la lógica en el seno del sistema? ¿Suponiendo que la ida (de la Fenomenología a la Lógica) sea posible, cómo se vuelve de la Lógica  a la Fenomenología?
Excedería mi propósito si entablara aquí una discusión sobre los méritos del sistema hegeliano. Sólo queremos observar cómo Kojève, reformando el sistema en un sentido «dualista» saca a la luz el problema de la enunciación, es decir, en términos hegelianos, el problema de la relación entre la conciencia (fenomenología) y el concepto (lógica). Como su título indica, la Fenomenología del espíritu es el discurso (logos) sobre la aparición del espíritu. Esta «aparición» consiste en lo siguiente: el filósofo, mientras se esfuerza por enunciar en un discurso la relación de la conciencia con lo que se presenta ante ésta como otra cosa distinta a ella, cae en la cuenta de que su discurso no tendría ningún sentido si no fuera el discurso sostenido por el mundo. La aparición del espíritu es la revelación de la identidad entre la cosa que el filósofo hace sujeto de su enunciado y él mismo, sujeto de la enunciación. ¿Pero dónde se produce esta revelación? Precisamente en la Fenomenología.
Éste es, pues, el sentido en el que la Fenomenología introduce la Lógica. En lo que atañe a esta Lógica ésta desarrolla el concepto del ser hasta el momento en que reconoce al ser supremo (ens verum) en el sujeto absoluto. Sujeto absoluto quiere decir, conforme a los presupuestos cartesianos de esta corriente de pensamiento, sujeto de un saber absoluto de su propia identidad. La Lógica es, pues, el conocimiento que el ente tiene de sí mismo. Queda ahora la dificultad de la vuelta a la Fenomenología. Si el ens supremum es espíritu, debe aparecerse a sí mismo y manifestarse: tiene que haber un «Fenómeno» del espíritu. Pero un fenómeno, como ha demostrado Kant, siempre es espacio-temporal. El espíritu debe, pues, aparecer en un discurso que será pronunciado o escrito en alguna parte, en una fecha determinada, por alguien. El paso peligroso, en el trayecto de vuelta del concepto a la conciencia, es el punto en que los recursos dialécticos del concepto deben permitir deducir el «aquí» a partir del «alguna parte», el «ahora» a partir del «en una fecha determinada» y el «yo mismo» a partir del «alguien». Reconocemos los indicadores circunstanciales de la primera página de la Fenomenología: yo, aquí, ahora. El conocimiento de la constitución del mundo debe darnos el poder de indicar el lugar de la aparición del espíritu (a saber, por ejemplo, Europa occidental, o incluso Alemania, o incluso Jena) y el tiempo de esta manifestación (por ejemplo, la época de los tiempos modernos, o incluso el tiempo posterior a la revolución francesa). En el sistema hegeliano, evidentemente es la «filosofía de la naturaleza» inserta entre la «lógica» y la «filosofía del espíritu», la que permite franquear el abismo que separa el concepto lógico de la persona del lógico. El enunciado, precisamente porque es dialéctico, permite prever las circunstancias de su enunciación, con una aproximación que los hegelianos encuentran satisfactoria: la época y la lengua del saber absoluto se deducen enteramente del concepto vacío de ser en general.

¿Cómo se presentan las cosas si la transición del concepto a la conciencia ya no pasa por una dialéctica de la naturaleza?

Kojève pone la Etica de Spinoza como ejemplo de un libro de filosofía escrito sin introducción previa: es un sistema de filosofía que a diferencia del sistema hegeliano no comporta como primera parte una «fenomenología». Por ello, explica Kojève, es un libro imposible. Lo que está escrito en la Ética quizá es cierto, pero de todas maneras nunca lo sabremos, pues este libro no puede leerse y no ha podido escribirse. En efecto, Spinoza plantea lo verdadero como eterno y no explica cómo se pueden descubrir las verdades eternas en el tiempo, en alguna parte, por alguien que antes las ignoraba. Este libro debe haber sido escrito y debe ser leído fuera del tiempo «en un abrir y cerrar de ojos» (34). La Ética es un conjunto de enunciados cuya enunciación es imposible.
La Etica lo explica todo, salvo la posibilidad de escribirla para un hombre vivo en el tiempo (...), la Ética sólo ha podido ser escrita, si es cierta, por Dios; y, señalémoslo, por un Dios no encarnado.
Se puede formular la diferencia entre Spinoza y Hegel de la siguiente manera. Hegel se convierte en Dios pensando o escribiendo la Lógica; o, si se quiere, convirtiéndose en Dios la escribe o la piensa. Spinoza en cambio, tiene que ser Dios desde siempre para poder escribir o pensar su Ética
(35).
La Ciencia de la lógica de Hegel también es un conjunto de enunciados divinos. Como escribe el mismo Hegel, tiene como contenido la presentación de Dios tal como es en su ser eterno antes de la creación de la naturaleza y de un espíritu finito (36).

Aquí es donde adquiere su relieve la reivindicación de Kojève de una interpretación «antropológica». Pues la declaración que hace Hegel al principio de su Lógica transforma este libro en un texto inhumano, cuyas frases no han podido ser escritas por hombre alguno. El enunciador es Dios, o, si se prefiere, «el Logos», «la Razón»:  de todas maneras no es Hegel. Pero, si es Dios quien habla en la Lógica, ¿cómo es posible que este libro esté firmado con el nombre de Hegel, quien, según todas las apariencias, también lo ha escrito a costa de un gran trabajo? 0 bien Hegel piensa efectivamente que él, Hegel, es el autor del libro en el que se enuncia el pensamiento de Dios antes de la creación del mundo (del que un fragmento lleve el nombre «Hegel»): pero entonces Hegel cree ser Dios, y, como es notorio que Hegel no es Dios y no ha pensado la Lógica de todos los tiempos, debemos admitir que Hegel está loco. 0 bien, hipótesis antropológica, Hegel se considera autor humano, mortal, sometido hasta en su pensamiento a la condición del tiempo: y su pretensión no es ya ser divino o eterno, sino llegar a serlo; en cuyo caso no está loco, aunque Kojève evoca un episodio depresivo de la entre sus venticinco y sus treinta años, y en él ve el efecto de la resistencia del individuo empírico llamado «Hegel» ante la amenaza del saber absoluto (37). Al pronunciar el enunciado especulativo («Soy todo lo que es»), el pensador con su particularidad abole su humanidad, pues se sobreentiende que un hombre nunca es en cuanto tal sino una mediocre parte del mundo. Este momento de locura ha impresionado enormemente a los escritores franceses. Georges Bataille lo menciona y lo comenta en la Experiencia interior (38). Toda una tradición de la literatura francesa asocia, por otra parte, la lectura de Hegel y la experiencia de la imposibilidad de escribir. Ya encontramos la huella en Flaubert (39). Mallarmé, al leer a Hegel en Tournon, también sufre una experiencia depresiva. Es célebre su carta a su amigo Cazalis del 14 de mayo de 1867: Acabo de pasar un año espantoso: mi Pensamiento se ha pensado, y ha llegado a una Concepción pura. Todo lo que de rechazo ha sufrido mi ser durante esta larga agonía es inenarrable. Pero, afortunadamente, estoy completamente muerto (...). Ahora soy impersonal y no el Stéphane que has conocido, sino una capacidad que tiene el Universo de verse y desarrollarse a través del que fue yo.

La cuestión de la enunciación es la cuestión de la verdad de los enunciados considerados desde el punto de vista de las condiciones de su enunciación. Un enunciado es «falso» si su enunciación se puede demostrar como imposible. Así, el «Soy Dios» implícito en la Lógica de Hegel como en la Etica de Spinoza, es un enunciado que se destruye a sí mismo, de la misma manera que las paradojas clásicas del género «Duermo», «Estoy muerto», etc.
Kojève argumenta a partir de un requerimiento humanista, con un estilo próximo al de Feuerbach: para él el sujeto enunciador del discurso filosófico es idéntico al individuo empírico, que tiene un nombre propio, presente «aquí y ahora», nacido en tal ciudad en tal año, etc. Este requerimiento conduce normalmente a cualquier versión de relativismo, o, como dirá Husserl, de «psicologismo». Ahora bien, Kojève quiere mantener el sujeto absoluto del saber absoluto. ¿Cómo es posible? Como hemos visto, es necesario que el mundo implique al hombre: lo que permitirá al filósofo, que trata el mundo, descubrir en él esta implicación y realizar el peligroso salto del «hablo» al «eso habla». Esta implicación es «dialéctica»: expresa la identidad del sujeto con el objeto. Y Kojève precisamente mantiene que su dualismo ontológico, aunque priva a la naturaleza de todo devenir dialéctico, no acaba en absoluto con el carácter dialéctico de la totalidad.
Si la Totalidad real implica al Hombre, y el Hombre es dialéctico, la Totalidad también lo es... (40)
Puesto que la totalidad es dialéctica, el umbral del saber absoluto puede ser franqueado: el hombre que conoce lo real es lo real que se conoce a sí mismo (y que descubre que es el sujeto absoluto). ¿Pero cómo puede implicar la totalidad al hombre sin que la naturaleza esté dialécticamente a la espera de su negación por el espíritu? Aquí, sin decirlo, Kojève hace una especie de reducción fenomenológica, en el sentido husserliano. Sustituye la cosa que el hombre no es y con respecto a la cual hay que demostrar que implica el discurso del sabio del que es objeto, por esta misma cosa por cuanto constituye precisamente este objeto del discurso sabio, es decir, la cosa como «objeto intencional» que diría Husserl, o como referente que diría un lógico. Desde luego, la cosa en tanto que se habla de ella supone el discurso donde se trata de ella, igual que, en la inmensa tautología husserliana, el objeto en tanto que es un cogitatum exige una cogitatio.

Tomados aisladamente, el Sujeto y el Objeto son abstracciones (...). Lo que existe en realidad -desde el momento en que se trata de la Realidad-de-la-que-se-habla; y puesto que hablamos de hecho de la realidad, para nosotros sólo puede tratarse de una Realidad-de-la-que-que-se-habla; lo que existe en realidad, digo, es el Sujeto-que-conoce-el-objeto o, lo que es igual, el Objeto-conocido-por-el-sujeto (41).
Así, Kojève despacha de un plumazo aquello que había que explicar. Lo que en todas las filosofías sigue siendo el problema más arduo, la dificultad más digna de ser meditada, aquí queda apartada con una broma. Pues lo difícil no es demostrar que todo objeto reclama un sujeto, sino que todo lo real es algo real de lo cual se habla, es decir, un objeto. Se trataba de engendrar la relación del conocimiento mismo: pero la solución kojèviana no engendra nada de nada y consiste en ignorar el problema. Kojéve escribe:
De hecho, esta mesa es la mesa de la que hablo en este momento, y mis palabras forman parte de esta mesa tanto como sus cuatro patas o la habitación que la rodea. Desde luego se puede hacer abstracción de estas palabras y también de muchas otras cosas; como, por ejemplo, de las cualidades llamadas «segundas». Pero no hay que olvidar al hacerlo que entonces no estamos ante la realidad concreta, sino ante una abstracción (42).

Este excelente ejemplo proporciona el enunciado mismo de la pregunta fenomenológica. ¿La palabra que nombra a la mesa «mesa» y la interpela con ese nombre para esta mesa (es decir, para ella y no sólo para nosotros) es un accidente exterior a su esencia, una «cualidad segunda?» ¿La mesa puede ser la mesa en un universo que fuera silencioso? ¿0 acaso el discurso a propósito de la mesa, lejos de ser una especie de superestructura que se añadiría a su realidad de mesa ya completa, producto de su encuentro casual con una criatura dotada de palabra, sería tan esencial a la mesa como sus cuatro patas? Ahí reside el problema de todas las fenomenologías concebibles.
Aquí Kojève también se las compone con una gracia, esta vez aparentando hablar como marxista. La mesa, dice, exige las palabras de las que es objeto en la medida en que ésta no viene al mundo y no aparece en él sino después de un trabajo humano, trabajo que implica discurso. Vemos claramente que la dificultad sólo queda desplazada. La mesa, claro está, es un producto del arte. ¿Pero el árbol que se ha cortado para obtener la madera de la mesa pedía transformarse en mesa e implicaba al trabajador? ¿La violencia que sufre el árbol cuando encuentra al hombre constituye para él un molesto accídente? (43). ¿El hombre que trabaja la madera es necesariamente un encargado de la explotación de los recursos forestales? ¿0 también puede ser que aquél, mediante una obra, realice en ella las posibilidades más esenciales de la naturaleza? Tales son las preguntas que habría que hacerse aquí.

Apéndice: La nada en El Ser y la Nada

En su comentario, Kojève señalaba que la elaboración de una «ontología dualista» era la tarea del futuro (44). Todo ocurre como si Jean-Paul Sartre se hubiera marcado como programa escribir este tratado de ontología dualista. Conocido antes de la guerra por sus relatos (El mundo), su novela (La náusea), sus crónicas literarias en la Nouvelle Revue francaise, así como por sus trabajos de psicología sobre la imaginación y las emociones, publica en 1943 con El Ser y la Nada su primer libro de filosofía. El dualismo requerido por Kojève aparece ya en el título de esta obra. Pues el y que une el ser a la nada asocia un contrario a un contrario, sin que se pueda hablar de comunidad alguna entre el ser y la nada. Sartre escribe:
En una palabra, lo que hay que recordar aquí en contra de Hegel, es que el ser es y que la nada no es (45).
Quizás, pero ¿cómo lo sabemos?
Sencillamente, «el ser no necesita en absoluto de la nada para concebirse» (46), mientras que la nada, al ser la negación del ser, necesita del ser para poder ponerse como su negación. El ser prescinde de la nada para serlo, pero como un parásito, la nada vive a expensas del ser: «Su ser depende del ser» (47).
Sin embargo, las cosas no son tan simples como inducen a pensar estas declaraciones perentorias. Si fuera cierta la afirmación de que «la nada no es», el título del libro de Sartre sería absurdo. Si la nada no es absolutamente nada, su nulidad nada añade al ser (es decir, en este caso al ente, al algo del «¿por qué algo y no mejor nada?»). Bastaba, pues, con titular esta exposición «ontología fenomenológica» (subtítulo del libro): «El Ser». 0 también: «El Ser, fuera del cual nada es».
Ahora bien, la ontología de Sartre no es en absoluto una doctrina de la unidad del ser, como se hubiera podido creer al verle rechazar cualquier participación de la nada en el ser. Afirma la dualidad del ser. La nada no es nada, lo cual significa que es la negación del ser: y la negación es algo y no nada. Ahora bien, la negación no puede engendrar la negación a partir de la plenitud de lo que es. Por eso hay que añadir la nada (que no es) al ser (que es): 1 + 0 suma 2 y no 1.
Si la nada supone la negación, a su vez la negación supone al negador. La humanización de la nada es completa.
El hombre es el ser a través del que la nada viene al mundo (48).

¿Pero si el hombre forma parte de algo, ¿cómo puede suscitar la nada? Para eso es menester que, a diferencia de todos los demás entes, el hombre no pueda prescindir de la negación para ser en tanto que hombre. Mientras la cosa para ser sólo necesita ser, para el hombre es indispensable no ser para ser (vemos que siempre hay que entender «ser»=«ser algo»). El sentido de esta paradoja estriba en conducir al lector hacia la definición negativa de la libertad: la libertad tiene como esencia la negatividad o, como dice Sartre, el poder de «anonadar».
La dualidad «ser y nada» se ha sustituido por la dualidad del ser característico de la cosa y del ser característico del hombre. Ambos términos del par ahora constituyen los dos sentidos del ser.
Se plantea el problema de la unidad de estos dos sentidos y Sartre lo menciona de pasada:
Aunque el concepto de ser tiene la particularidad de estar escindido en dos regiones incomunicables, hay que explicar, sin embargo, que estas dos regiones pueden reunirse en el mismo epígrafe. Esto requerirá el examen de estos dos tipos de ser y es evidente que sólo podremos captar verdaderamente el sentido de uno u otro cuando podamos establecer sus verdaderas relaciones con la noción del ser en general, y los lazos que las unen (49).
Es evidente...
A pesar de esta evidencia, la búsqueda del sentido que el ser pueda tener antes de su escisión en dos «regiones incomunicables», se deja para más tarde. Pero en realidad, en las 722 páginas del tratado, la cosa sólo ocupa cuatro páginas (págs. 30-34), consagrándose el resto a lo que el título calificaba de «nada».
Las dos «regiones» se llaman ahora «ser en sí»y «ser para sí». Estas categorías hegelianas hacen referencia: en el caso de la cosa que sólo necesita ser para ser, a esta suficiencia considerada como una identidad completa de la cosa consigo misma; y en el caso del hombre, a la diferencia que le impide asimilarse a una cosa, diferencia que proviene del hecho de la conciencia. Ahora bien, la «conciencia» aquí tiene el sentido del examen de conciencia, es decir, que en ese volver sobre sí (o reflexión), el hombre no se limita a percibirse a sí mismo (a ser para sí, en el sentido de un «comparecer ante sí mismo»), sino que se juzga, aprueba o condena lo que este examen le revela, otorga o no su consentimiento. Si se admite que «ser» se reduce a «aparecer», como plantea Sartre desde la primera frase de su libro, estamos obligados a atribuir al examen de conciencia una virtud de penetración ilimitada y de infalibilidad. Lejos de perderse en los laberintos de la subjetividad, la mirada de la conciencia llega hasta lo más hondo y no deja escapar nada. Tiene que ser así, puesto que esse=percipi. Cualquier error acerca de uno mismo será en realidad una mentira debida a la «mala fe». Por eso el hombre, que ya es para-él en ese primer sentido de que se percibe, también es para él en el sentido en que sólo es lo que es ante sus propios ojos. El ser para sí es, pues, la designación ontológica que conviene a la conciencia.

Si bastan cuatro páginas para describir al ser en sí, es porque no hay gran cosa que decir. En realidad, el lector no puede evitar el pensar que incluso esas cuatro páginas están de más. Sartre define «el ser en sí» mediante una identidad absoluta. «El ser es lo que es» (50). Pero hablar de identidad en semejante caso es decir demasiado, pues al ser la identidad una relación, exige un principio de diferencia o de reflexión. Ahora bien, el en sí está tan encerrado en sí mismo que no tiene relación con nada, ni siquiera consigo mismo. Desembocamos, pues, en una descripción del ser en sí que recuerda la primera hipótesis del Parménides de Platón:
Aquél es lo que es, lo que significa que, por sí mismo, ni siquiera podría ser aquello que no es; en efecto, hemos visto que no encerraba negación alguna. Es positividad plena. En consecuencia no conoce la alteridad: lo único que se concibe como otro es otro ser; no puede sostener relación alguna con lo otro (51).
Si Sartre no hubiera omitido aquí citar el Parménides, sin duda no se le hubiera escapado que su ser «plenamente positivo» estaba definido a fuerza de negaciones. Y en una «ontología fenomenológica» se es tal como se aparece. Si el ser en sí se presenta ante nosotros por vía negativa, es necesario que comporte una cierta negatividad. Además, un ser que no mantiene ninguna relación con cosa alguna no puede ser considerado idéntico, sobre todo si es incapaz de distinguirse de lo que no es. Finalmente, y por la misma razón, no podría tener de sí «ni nombre, ni discurso, ni ciencia, ni sensación, ni opinión», como escribe Platón del uno que no es sino uno: al no tener relación, ciertamente no puede aparecer y ser conocido (entrar en la relación del conocimiento), consecuencia cuando menos enojosa si nos acordamos de que en esta página se trataba de definir el ser del fenómeno.
Por su parte, «el ser para sí» se describe como la exacta antítesis del en sí. El para-sí sólo es diferencia y oposición. El ser en sí era tan idéntico a sí mismo que perdía hasta la relación de identidad, el ser para sí será tan negativo que estará perpetuamente en fuga ante sí mismo, incapaz de pararse en ninguna parte.
Pero con todo esto seguimos ignorando lo que quiere decir la palabra ser. La pregunta reconocida como decisiva en la página 31 sólo se recoge en la página 711: ¿Qué relación hay entre las dos regiones del ser? ¿Por qué una y otra son regiones del ser? Sartre, por otro lado, sin explicarse, califica de metafísico el problema del lazo entre el en sí y el para sí. Así lo enuncia: ¿por qué el para sí surge a partir del en sí? La tarea de la metafísica es examinar este surgimiento, «origen de toda historia» (52) . Reconocemos el problema con el que topaba la interpretación humanista del idealismo hegeliano: ¿cómo surge la historia a partir de una naturaleza que por hipótesis ignora la historia y la negación? Es precisamente en este punto donde Kojève se enredaba en sus esfuerzos por encontrar una implicación del hombre por el mundo.

Por otra parte, el en sí y el para sí han sido definidos como las dos regiones del ser («ser»=«totalidad de lo que es»). Es necesario, pues, que tengan algo en común, a saber, el ser. Por fin está planteado el problema filosófico. En esta conclusión de su libro, Sartre se pregunta sobre la posibilidad de considerar juntos el en sí y el para sí, es decir, sobre el sentido que tendría una síntesis de su tesis (en sí) y de su antítesis (para sí). Ahora bien, la síntesis es imposible, ya que la relación es unilateral: el para sí no puede prescindir del en sí, mientras que el en sí sólo necesita del para sí para aparecer ante él; ahora bien, explica Sartre, el en sí, para ser, no necesita aparecer. En consecuencia, el mundo no implica al hombre. Sartre juega por un momento con la hipótesis de que habría, en el «origen de la historia», un intento del en sí para entregarse a «la modificación del para sí» y acceder a la «dignidad del en sí para sí». Esta frase oscura, y respecto a la cual Sartre en seguida precisa que entraña una contradicción profunda, hace las veces de cosmología sartriana: si el en sí, o en otras palabras, el mundo de las cosas naturales, quisiera emerger de su identidad estúpida, tendría que asignarse una diferencia a fin de poder entrar en relación consigo mismo y alcanzar la conciencia. Este en sí sería a la vez ser (como la cosa) y conciencia (como el hombre). Y, en virtud de la definición voluntarista de la conciencia que impera en todo el libro, este ser consciente de sí sería el ens cause sui (lo que constituye la definición de Dios en las filosofías postcartesianas).
Todo esto viene a decir que Sartre al margen de su dualismo, considera una única posibilidad filosófica (que precisamente quiere evitar), la de un panteísmo metafísico que describiría el nacimiento de la humanidad en el planeta terrestre como el medio que utilizaría el Universo deseoso de percibirse a sí mismo, ofreciéndose, con la especie humana, el espejo (speculum) de su reflexión. Pero Sartre objeta que el en sí, para sentir el deseo que le llevaría a «ponerse como otro», tendría que poseer un atisbo de conciencia o de voluntad. De ello se desprende que el para sí no está autorizado a considerarse como el camino que tomaría el universo para alcanzar la conciencia de su divinidad. El tránsito de la subjetividad humana («Hablo del mundo,») a la subjetividad absoluta («El mundo habla de sí mismo») está prohibido. Esta prohibición sin duda es la última palabra y la más constante del pensamiento de Sartre. En 1961, en su artículo sobre Merleau-Ponty reprochará a este último haber adoptado, a fin de cuentas, la filosofía de la síntesis:
¿Hasta dónde llegaba, en esos sombríos años que le cambiaron interiormente? Al leerlo se diría a veces que el ser inventa al hombre para manifestarse a través de él (53).

En El Ser y la Nada, la conclusión es que hay que quedarse en el «como si»:
Todo ocurre como si el mundo, el hombre y el hombre en-el-mundo sólo llegasen a realizar un Dios fallido (54).
El lector de El Ser y la Nada no se sorprende por esta conclusión, que podía prever desde la introducción del libro. Como el ser es lo idéntico, que sólo es idéntico, mientras que la consciencia es la diferencia que nunca debe alcanzar la identidad, la relación entre ambos forzosamente es una no-relación y la síntesis un fracaso. De todas maneras, el lector es muy libre de considerar que lo que ha fracasado en este asunto es menos la deificación del hombre que la ontología de Sartre. Pues, después de haber llegado a la última página del libro, seguirá sin saber lo que son el ser y la nada, y qué ocurre con su conjunción.

NOTAS:

20. Intr. Hegel, pág. 435 (en la nota).
21. Intr. Hegel, pág. 301.
22. Intr. Hegel, pág. 571
23. «La liberté cartésienne», Situations, I, Gallimard, 1947, página 334.
24. Escrita en 1946 y publicada en alemán en 1947, la Carta de Heidegger fue traducida al francés en 1953. Ya se había publicado un fragmento en traducción francesa en 1948 en la revista Fontaine, precedido por un artículo de Beaufret, «M. He¡degger y el problema de la verdad» (que hoy se puede leer en su libro: Introduction aux philosophies de l'existence, Denoël-Gonthier, 1971). Este artículo acabará con las omisiones que habían permitido la explotación existencialista de Heidegger: éste será también el primero, y por mucho tiempo, el único texto legible en francés sobre el autor de Ser y Tiempo.
25. La pensée sauvage, Plon, 1962, págs. 326-327. (Traducción española de González Aramburu, El pensamiento salvaje, Méjico, F. C. E., 1964.)
26. Intr. Hegel, pág. 388 (en la nota).
27. CRD, pág. 68.
28. Intr. Hegel, pág. 492.
29. Intr. Hegel, pág. 485 (en la nota).
30. Cfr. la teoría de la «proposición filosófica» en Hegel.
31. Intr. Hegel, pág. 491.
32. Resume así la página 416 de la Intr. Hegel.
33. Intr. Hegel, pág. 448.
34. Intr. Hegel, pág. 352.
35. Intr. Hegel, pág. 354.
36. Wissenschaft der Logik, ed. Lasson, Meiner, I, pág. 31.
37. Intr. Hegel, pág. 441.
38. Hegel, al avanzar la experiencia de ser Dios, «creyó durante dos años volverse loco» (op. cit.,  Gallimard, 2.ª ed., 1954, página 14).
39. Derrida las pone de manifiesto en ED, pág. 12.
40. Intr. Hegel, pág. 483 (en nota).
41. Intr. Hegel, pág. 449.
42. Ibíd., pág. 483.
43. Esta idea reaparece en Lacan, con el apólogo de los elefantes (de los que se habla, para su desgracia) que da motivo a la ilustración de la portada del Seminaire, tomo I, Seuil, 1975.
44. Intr. Hegel, pág. 485 (en la nota).
45. En, pág. 51.
46. En, pág. 52.
47. Ibíd.
48. En, pág. 60.
49. En, pág. 31.
50. En, pág. 33.
51. En, pág. 715.
52. En, pág. 715.
53. «Merleau-Ponty vivant», Les Temps Modernes, núms. 184185, pág. 366.
54. En, pág. 717.

Texto extraído del libro "Lo mismo y lo otro" (cuarenta y cinco años de filosofía francesa), V. Descombes, págs. 47/79, editorial Cátedra, Madrid, España, 1998.
Edición original: Cambridge University Press, 1979.
Corrección: C. Falco
Selección y destacados: S.R.

Relacionar con: La humanización de la nada, Vincent Descombes (1er parte) >>>

Con-versiones marzo 2005

 

        

 

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