Éxtasis
no es el
fast food del Peyotl
(dígase también: Posibles Territorios
entre Huxley y Creamfields)
Vanesa Guerra
”Lo
que hace falta es una nueva droga que alivie y consuele a nuestra
doliente especie sin hacer a la larga más daño del bien que hace
a la corta. Una droga así tiene que ser poderosa en muy pequeñas
dosis y sintetizable”
Aldous
Huxley
Las
puertas de la percepción, 1954
“Teóricamente,
no es inconcebible un idioma donde el nombre de cada ser indicara
todos los pormenores de su destino, pasado y venidero”
J.L.Borges,
El
idioma analítico de John Wilkins, 1952
“¿Crees
en los sueños? ¿Haces círculos y figuras en el agua? ¿Conoces
las fórmulas de los adivinos para tener suerte en la caza?¿Bebes
la sangre de otros?¿Has bebido Peyotl o hecho beber a otros, para
conocer secretos y saber dónde están las cosas perdidas?”
León
y Gama, 1611
¿Creamfields? ¿Es correcta la traducción Campo
de crema?¿Campo cremoso? Una masa y sus imperceptibles diferencias
que la habitan. Manadas humanas recorren armónicas el campo de
13 hectáreas a orillas del Plata. Múltiples sonidos acontecen
simultáneos en diversos escenarios y antiguas carpas de circo.
La luz refulge, traza dibujos imposibles, la música y de la música
sus gurúes Djs son brújula para el traslado y así, de un lado
a otro, la gente va, camina, corre, baila.
Para cierta generación, el evento –cuarta edición noviembre 2004- fue algo así
como un Woodstock moderado y posmoderno
¿¡!?
creo que podríamos discutirlo, pues la sumatoria de esas tres palabras da por
resultado un verdadero contrasentido. Sucede que siempre se buscan
referentes para entender lo que pasa. En cualquier rubro o género
se hurguetea para encontrar padres o abuelos, un paria nunca es
bienvenido. Es una dificultad o un vicio parlanchín: hablar de
lo nuevo implica hacer cadenas históricas en el relato; sortear
o soportar las rupturas son destinos diferentes pero posibles
cuando amanece un nuevo paradigma. Pareciera a fin de cuentas
que lo nuevo no existe ni siquiera como concepto, y si acaso gozara
de existencia ha de ser un fenómeno traumático, desbordante, incomprensible.
Habrá que ver.
¿Con
la palabra lo envejecemos todo? La palabra tiene memoria, comunidades
asociativas, raíces perdidas en el tiempo. Un diccionario bien
podría ser un tratado histórico. Cuando algo es nombrado todo
un pasado vibra y se remueve, generalmente no somos muy concientes
de estos efectos, la etimología es afán de unos pocos. (...) Sin
entrar en cuestiones delirantes –que tanto tientan- al punto de
saber que con las palabritas podríamos jugar el mismo juego que
jugó Zenón. Y para el caso nunca diríamos nada, creyendo que decimos
todo y haríamos tartamudear cada fonema soportando la fuerza de
un imán que nos lleva hacia lo profundo del pozo mudo.
Lo nuevo
ha de ser lo innombrable, una presencia que invita a la contemplación
o al espanto. En otra instancia, dar cuenta de esa experiencia
sin hacer uso de la lengua –nunca nueva pero siempre viva- sería
arrojarse a proferir neologismos. Esta ficción acaricia la locura
o la fantasía. Además –ya lo hemos dicho en otra nota (ver: El
mono baila por interés)- cada quien terminaría hablando su propia
“lengua” como la vuelta al castigo de babel, pero infinitamente
más repartida, en otros términos: cada uno con su lengüita chupeteándose
de horror o de hastío el ombligo. (...)
Nuestro
Huxley -que ampara este escrito desde un epígrafe- escribió lo
suyo, se recuerda el libro Las puertas de la percepción:
probablemente un abrazo escrito y dedicado a William Blake “si
las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría
de mostrar al hombre tal cual es: infinito”
Lo recordaremos –lo reinventamos tras su lectura- excitado
como niño, deseoso de hacer una prueba, de ofrecerse como conejito
de indias a un científico amigo, más una votada ansia de saber
que podrían dar oxígeno a un malestar inherente a lo humano. Así,
una luminosa mañana de mayo –nos cuenta- ingirió las cuatro décimas
de gramo de mescalina y esperó junto a su equipo los resultados.
¡Que científicos macanudos! El amigo científico y la pareja de
Huxley cuidaban la escena –agradeceré a algún lector que me recuerde
el nombre de la pareja de Aldous Huxley- Pues bien, el Team Mescalina
tomó al toro por las astas y dieron a la experiencia todos los
elementos de laboratorio ideal: anotaron, grabaron, arreciaron
con preguntas filosóficas, artísticas, etcétera, y Aldoux tomado
por la sustancia hablaba desde el otro lado de las cosas.
El hombre hizo como vidente, que no es lo mismo que oráculo.
No obstante, en ese estado la mística le besuqueó los labios antes
que las palabras pudieran desvanecerlo todo:
“ Yo estaba tan completamente absorbido por el mirar, tan fulminado por
lo que realmente veía, que no podía darme cuenta de ninguna otra
cosa (...) era algo indescriptiblemente maravilloso, hasta el
punto de ser casi aterrador”
Leyendo
a nuestro autor se comprende que ese maravilloso terror, esa familiaridad
a la idea borgeana de horror sagrado, de Mysterium tremendum,
surge cuando las cosas en su destello desbordan por su presencia
a aquellas palabras que las nombran. Podríamos imaginar que la
palabra funciona como velo y cuando este velo se desgarra la percepción
es violentada.
Para
Huxley ese estado posibilita que la palabra se separe del objeto,
como si fuera su cáscara. (Remarco que para Huxley esto no es
un concepto, sino que es del orden de una vivencia)
Esta
experiencia lo lleva a considerar una vez más que existe una relación
entre la mística, la esquizofrenia, el arte, y la afectación por
la mescalina.
Es posible
que nuestro autor sepa lo que dice, aunque otro tipo de análisis
nos empujara a quedar prendados de aquella mágica descripción
en la cual (recuérdese El idioma analítico de John
Wilkins) :“...los animales se dividen en (a) pertenecientes
al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados,(d) lechones,
(e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos,(h) incluidos en
esta clasificación,(i) que se agitan como locos,(j) innumerables,
(k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera,
(m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas...”
Quizá,
digo, debamos entender las relaciones que plantea Huxley, con
la misma lógica de división que usa Borges para construir su relato.
Veremos.
Para
Huxley, los modificadores de conciencia no se reducen a la drogas,
para el caso la conciencia se altera de diversas formas, la religión
y las técnicas de respiración son dos tópicos que gusta trabajar.
Apoyado en William James sostiene que la facultad mística corresponde
a la naturaleza humana, con lo cual sólo sería cuestión de despertarla.
Pero, un vez despierta la mística volvemos a encontrarnos con
la encrucijada de la palabra. Huxley acude a Goethe:
“... Goethe no se muestra siempre de acuerdo con sus propia
valoración de la palabra. En la madurez de su vida, escribió:
hablamos demasiado. Deberíamos hablar menos y dibujar más.
A mí personalmente, me gustaría renunciar de manera total a la
palabra y como la naturaleza orgánica, comunicar cuando tenga
que decir por medio de los dibujos. Esa higuera, esa lombriz,
ese capullo en el alfeizar de mi ventana a la serena espera de
su futuro, son firmas trascendentales. Una persona capaz de descifrar
bien su significado podría dispensarse totalmente de la palabra
escrita o hablada. Cuanto más pienso en ello, más me convenzo
de que hay algo inútil, mediocre y hasta –siento la tentación
de decirlo- afectado en la palabra. En cambio ¡como impresiona
la gravedad y el silencio de la naturaleza cuando se esta cara
a cara con ella, sin que nada nos distraiga, ante unas desnudas
alturas o la desolación de unos viejos montes!
A tal punto
Huxley considera esta idea que sostiene que los artistas, puntualmente
los pintores, no tienen una percepción limitada a lo que es biológicamente
o socialmente útil. Con lo cual su percepción “congénitamente
equipada” les permitiría ver todo el tiempo un mundo al que
los demás solo podríamos tener acceso bajo el efecto de una alteración
de conciencia dada por una sustancia como la mescalina o por un
estado de éxtasis místico.
Algo
del Uno resuena en ese pensamiento. Recordamos a Yung-chia Ta-shih:
“ La luna singular se refleja donde quiera que exista una capa de agua,
y todas las lunas de las aguas son abarcadas dentro de la Luna”
Este
Uno implica una multiplicidad.
(...)
Cuando
América comienza su camino hacia la globalización -pactemos para
este escrito 1492- ciertos hombres de las altas tierras desérticas
de México veneraban al Peyotl desde épocas remotas; El Peyotl
–palabra de origen náhuatl, lengua madre de los aztecas- es una
cactácea cuyos frutos se ingerían en una determinada época del año
para realizar ceremonias sagradas, facilitando un acercamiento
a las divinidades.
Fray
Bernardino de Sahagún ha escrito en sus crónicas “Hay una planta
que recuerda a la trufa; se llama Peyotl, es de color blanco y
se produce en las regiones más septentrionales del país. Los que
las comen ven cosas sorprendentes y risueñas, esta ebriedad dura
dos o tres días y después desaparece...”
Pero
todo aquello que respondía a la embriaguez del espíritu debía
estar ligado o producido por el misticismo aceptado, entiéndase
por los misterios relativos a la santa iglesia católica, o afectado
por los poderes diabólicos –que obviamente no es más que continuar
en el referéndum de la institución-
No obstante,
quizá situemos que había algo que podía desalojar al Yo y que
no era obra del milagro ni tampoco obra negra. Y Sahagún, padre
de la antropología americana lo intuye, del mismo modo que lo
intuyó Las Casas y otros hombres –no todos- que no pudieron dejar
de escribir frente a lo nuevo, frente a lo extraño, frente a lo
desbordante, esto es: frente a aquello de lo que no había precedente
alguno.
Por
eso con el discurso religioso no alcanzó, pues el punto no era
el demonio; el punto -o el acento tan huidizo- refería a lo que
se descentraba, pues un yo sin centro vaya a saber qué era y vaya
uno a saber cómo sonaba entonces: un yo descentrado, extasiado
o sea divinizado pero por fuera de la religión conocida era una
extrañeza, algo absolutamente ajeno-otro finalmente un alien,
algo inhumano. (Entiéndase por humano un Yo Centrado –organizado-sintético-social-)
Probablemente
semejante embriaguez no necesite tanto de las palabras como de
un lenguaje que las supere, un lenguaje hecho de imágenes y lógicas
que en principio pareciera que no apuntan a socializar nada.
¿Será
eso un lenguaje?
No lo
sé, para el caso también podría ser la poesía de los años veinte.
Artaud,
por ejemplo, necesito crear el teatro de la crueldad, como un
oxígeno a la palabra. Tan irremediable su dolor, su cuerpo ¿qué
palabra podía abarcarlo, aunque sea engañosamente? El estigma
del cuerpo enfermo le violentó la palabra, se la estalló y se
la supo cáscara y hueca y se la mostró y se la dejó al borde atributo
humano.
Algunos
creen que fue el efecto del opio, digamos que esa creencia nos
acerca a las posiciones eclesiásticas y nos aleja de la posición
que tomó por ejemplo Sontag (ver nota: Acercamiento a Artaud II)
o el mismo Artaud en la reflexión de su propia obra.
(...)
Obviamente
la civilización Europea del siglo XV no tenía antecedentes de
una “droga” como el Peyotl; lo mas parecido a los efectos que
se constataban en los pueblos afectos a estas ceremonias era la
locura, que para aquel entonces aún debía su génesis a la obra
del demonio, a sus escandalosas posesiones o nefandas fechorías.
Por
eso arrancamos esta nota diciendo que lo nuevo, lo que no devuelve
una imagen conocida, es un problema de todo orden, en principio
porque pone en juego los límites de la lengua, dado que nombrar
lo nuevo requiere hacer uso de un viejo instrumento y por otro
lado -como efecto colateral- pone en jaque la función del asombro. La afección que provoca el asombro no pareciera
soportarse demasiado tiempo, de hecho recuerdo que para los primeros
filósofos griegos, el asombro era una de las causas fundamentales
del hacer filosófico o sea del acercarse al abismo del no saber
(...)
En fin,
estoy extremando las cosas. Pero lean esto que escribió Díaz del
Castillo frente a la primera imagen del México Antiguo, a lo que
sigue, Miguel León Portilla lo categoriza como “Visiones Asombradas”:
“8 de noviembre de 1519
Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en
tierra firme otras grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha
y por nivel cómo iba a México nos quedamos admirados, y decíamos
que (se) parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el
libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios.. y
aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían
si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí
de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé
cómo lo cuente: Ver cosas nunca oídas, ni aun soñadas, como veíamos...”
Tal
el desconcierto frente a lo nuevo que algunos de aquellos soldados
creyeron que podría tratarse de un sueño, de algo no real, de
estar inmersos en una vívida alucinación, o en el escenario de
un libro escrito por otro: el efecto de ser un personaje menor,
un producto difuso: la invención de otra mente.
La realidad
ofrece del mundo una imagen compacta, un cierto efecto de solidez
en tanto queda abordado por un lenguaje que lo organiza, la realidad
ampara, siempre y cuando no presente una versión desconocida o
no reconocida de los hechos, no obstante, hay grietas o
intersticios por donde se filtra el terror fantaseado, algo que
se desacomoda, que puede desacomodarse y hasta desorganizarse
en circunstancias puntuales, digo: no diferenciar la realidad
del sueño puede producir una verdadera dosis de horror.
(Podríamos
recordar que frente al horror que impone la diferencia, la santa
inquisición asesinó gente desde el año 1184 hasta 1834 –fecha
oficial y sospechosa.
Sabemos
que hay otros ejemplos con plena vigencia.)
La
mística ha de ser una intoxicación, una embriaguez divina, Santa
Teresa de Ávila se bebe a Dios y sabe del amor inconmensurable
y hace Uno, ella, una en esa infinidad que es Él, el Sin Nombre,
él Todo Los Nombres. ¿Cómo no extasiarse con esas ideas donde
la existencia del Todo y del Uno dependen de un estado del alma?
Es curiosa la forma de esta Multiplicidad en la que El Uno se
expande y se afirma, la embriaguez es un ser expandido, abierto,
sin tiempo, cosa que provoca a las forma habituales del espacio.
Walser
también supo hacerse letra en el éxtasis, hasta parece improbable;
léanlo.
(...)
Para
un final que no busca concluir
Si
bien es cierto que para cierta clínica de las adicciones el tóxico
empleado ocupa un segundo lugar, no debemos dejar de escuchar
que cada época produce su propia droga- su Pharmakón (su remedio,
su veneno y su letra). En ese inmenso fenómeno social habrá raíces
antropológicas que arrojarán luz sobre hechos oscuros. Una lectura
transdiciplinaria bajaría los niveles de insolencia y pseudo-soberanía
que algunas ciencias humanas creen tener sobre el dolor de los
demás. Si bien, parte de las estructuras narcisistas y/o tóxicas
se piensan en el orden del desborde del objeto sobre la palabra,
debemos reconocer lo que engendra: un territorio que convive como
un cuerpo extraño al yo, un verdadero fuera de centro, pero que
propone un centro en sí.
En lo
que referíamos al principio de esta nota, y que dio lugar a esta
secuencia casi irrefrenable de paseos por la noción de lo nuevo
y de la embriaguez humana, considero que no es feliz creer que
“Creamfields ha sido, es un Woodstock moderado y posmoderno” debo
situar, antes de despedirnos, que las coordenadas que posibilitaron
aquella fiesta fueron acordes a su tiempo; como dijera Uwe Schmitt,
(Woodstock fue) el último símbolo común de un movimiento de
masas de protesta que creyó en la posibilidad de cambio ilimitado
en las relaciones.
Woodstock
es irrepetible del mismo modo que el mayo francés o el alunizaje.
Del
poder de las flores a las drogas de diseño hay más que un corte
en el camino. El espíritu de Woodstock no fue posmoderno pues
la masa conforme era clara y más allá de los éxitos había un fin,
un propósito, un. (Un que no es Uno pero se acerca)
La Escena
Rave, que deviene tardía en las sucesivas Creamfields, tiene otra
lógica y otra génesis. Digamos que no sólo presenta otras drogas
con glamoroso nombre ¡drogas de diseño!, no sólo implica esa
búsqueda de hacerse uno en los pulsos de la música, esto es de
hacerse música o hacer de la música latidos de un corazón artificial;
no sólo se trata de esa cosa tribal y primitiva de danza extasiada
(convengamos que todo esto ya dice mucho pero lo pensaremos en
otro momento).
Plantearía
que en estas épocas la práctica del cuerpo y del corpus (cuerpo
social) es otra.
Digo,
no es lo mismo dibujar flores y grafitos en las paredes que incrustarse
objetos con forma de flor en la piel.
No es
lo mismo pintarse los ojos con colores psicodélicos que hacerse
una cosmética que dura cinco años.
No es
lo mismo el tatuaje de un nombre que la las incisiones que cierta
estética actual logra con bisturís.
Quizá,
digo, el cuerpo se proponga de otra forma. Quizá, digo, el avance
sobre lo real del cuerpo, ese que podemos ver a diario destrozado
en la TV posibilite otra relación con lo que fueron los umbrales
del dolor o de eso que podríamos llamar impresión.
En fin,
si el cuerpo es otro, otras serán sus fiestas, sus drogas, sus
cicatrices.
He dejado muchos puntos sin desarrollar,
Lo haré
próximamente.
Comentarios
al autor: vmalmsten@hotmail.com
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